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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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domingo, 31 de mayo de 2009

AL ABISMO DE CHICAGO --- RAY BRADBURY

AL ABISMO DE CHICAGO

Ray Bradbury







Bajo un pálido cielo de abril, con un leve viento que disipaba el recuerdo invernal, el anciano entró en el parque casi vacío a mediodía. Sus lentos pies estaban envueltos en vendas manchadas de nicotina, y tenía los cabellos enmarañados, largos y grises, lo mismo que su barba, rodeando una boca que parecía temblar continuamente llena de revelaciones.

El anciano miró hacia atrás como si hubiera perdido más cosas de las que podía empezar a recordar allí, en el montón de ruinas, ante la desdentada silueta de la ciudad. Al no encontrar nada, siguió arrastrando los pies hasta que localizó un banco ocupado por una mujer solitaria. La contempló, asintió con la cabeza, se sentó al otro extremo del banco y no volvió a mirarla.

Permaneció con los ojos cerrados y la boca ocupada durante tres minutos, moviendo la cabeza como si su nariz estuviera escribiendo una palabra en el aire. Hecho esto, abrió la boca para pronunciar la palabra con voz clara y aguda:

- Café.

La mujer dio un respingo e irguió el cuerpo.

Los nudosos dedos del anciano voltearon en pantomima sobre su regazo, sin mirar.

- ¡Gira el abrelatas! ¡Envase rojo brillante de letras amarillas! Aire comprimido. ¡Pufff! Envasado al vacío. ¡Ssst! ¡Como una serpiente!

La mujer volvió la cabeza como si la hubiesen golpeado, para contemplar con horrorizada fascinación la lengua en movimiento del anciano.

- Qué perfume, qué aroma, qué olor. ¡Exquisitos, oscuros, maravillosos granos brasileños, recién molidos!

La mujer se puso en pie de un salto, tambaleándose como si acabase de recibir un tiro, y se agarró al respaldo del banco.

El anciano abrió los ojos de par en par.

- ¡No! Yo...

Pero ella echó a correr, y desapareció.

El anciano suspiró y reanudó su deambular por el parque hasta encontrar un banco donde estaba sentado un joven completamente absorto en la tarea de envolver hierba seca en un pequeño rectángulo de papel fino. Sus delgados dedos moldearon la hierba tiernamente, en un rito casi sagrado, temblando mientras enrollaba el tubo; luego lo colocó entre sus labios e, hipnóticamente, lo encendió. Se reclinó hacia atrás, bizqueando de placer, comulgando con el fétido aire que invadía su boca y sus pulmones. El anciano contempló el humo exhalado disolviéndose en el viento de mediodía, y dijo:

- Chesterfield.

El joven se cogió las rodillas con fuerza.

- Raleighs - dijo el anciano -. Lucky Strike.

El joven le miró fijamente.

- Kent. Kools. Marlboro - dijo el anciano, sin mirar al joven -. Así se llamaban. Paquetes blancos, rojo, ámbar, verde hierba, azul celeste, dorado, con la tirilla roja en la parte superior para quitar el crujiente celofán, y la etiqueta azul del impuesto del Gobierno...

- ¡Cállese! - dijo el joven.

- Se compraban en las droguerías, en los quioscos de refrescos, en las estaciones del Metro...

- ¡Cállese!

- Calma - dijo el anciano -. Ese humo me ha hecho pensar...

- ¡No piense! - El joven hizo un gesto tan violento que su cigarrillo liado a mano cayó deshecho sobre sus piernas -. ¡Mire lo que ha conseguido!

- Lo siento. Era un día tan agradable y amistoso...

- ¡Yo no soy amigo de nadie!

- Todos somos amigos ahora; si no ¿para qué vivimos?

- ¿Amigos? - refunfuñó el joven, sacudiéndose del regazo la hierba y el papel -. Tal vez hubieran «amigos» en los años setenta, pero ahora...

- Mil novecientos setenta. Tú debías ser un niño entonces. Todavía se encontraban caramelos Butterfingers envueltos en papel de color amarillo canario. Baby Ruths, Clark Bars en papel naranja; Milky Ways... tómese un universo de estrellas, cometas, meteoros. Qué bonito...

- Nunca fue bonito. - El joven se puso en pie súbitamente -. ¿Qué le pasa a usted?

- Recuerdo las limas y los limones, eso es lo que me pasa. ¿Te acuerdas de las naranjas?

¡Maldita sea! Naranjas, un cuerno. ¿Me está llamando embustero? ¿Quiere ponerme enfermo? ¿Está usted chiflado? ¿No conoce la ley? ¿No sabe que puedo denunciarle?

- Lo sé, lo sé - dijo el anciano, encogiéndose de hombros -. El tiempo que hace me ha engañado. Me ha hecho comparar...

- Comparar rumores. Es como dicen ellos, la Policía, los Agentes Especiales. Ellos lo dicen. Son rumores, maldito agitador. Usted...

Cogió al anciano por las solapas, que se desgarraron, por lo que hubo de agarrarle otra vez, gritándole a la cara:

- Le voy a romper la crisma... Hace mucho tiempo que no le parto la cara a nadie...

Empujó al anciano. Del empujón pasó a las bofetadas, y de las bofetadas a los puñetazos: una verdadera lluvia de golpes cayó sobre el anciano, que la soportaba como alguien sorprendido por una terrible tormenta. Con sólo los dedos intentaba protegerse de los puños que magullaban sus mejillas, sus hombros, su frente, su barbilla, mientras el joven gritaba cigarrillos, gemía caramelos, aullaba tabacos, chillaba golosinas, y cuando el anciano cayó le atacó a puntapiés. De pronto, el joven dejó de golpearle y empezó a llorar. Al oír aquel ruido, el anciano, caído en el suelo, retorciéndose de dolor, apartó sus dedos de su boca lastimada y abrió los ojos para mirar con asombro a su agresor. El joven sollozaba.

- Por favor... - suplicó el anciano.

Los sollozos del joven se hicieron más ruidosos, y le brotaron lágrimas de los ojos.

- No llores - dijo el anciano -. No estaremos siempre hambrientos. Reconstruiremos las ciudades. Oye, no quise hacerte llorar, sólo quería que pensaras a dónde vamos, lo que estamos haciendo, lo que hemos hecho... No me pegabas a mí. Querías golpear otra cosa, pero yo estaba más a mano. Mira, no me has hecho nada. Estoy bien.

El joven dejó de llorar y bajó los ojos para mirar al anciano, quien forzó una sonrisa bañada en sangre.

- Usted... no puede andar por el mundo - dijo el joven - molestando a la gente. ¡Voy a buscar a alguien para que le ajuste las cuentas!

- ¡Espera! - El anciano hizo un esfuerzo por incorporarse -. ¡No!

Pero el joven, dando voces, echó a correr hacia la salida del parque.

Semiincorporado, el anciano se tentó los huesos, encontró uno de sus dientes caído entre la gravilla, lleno de sangre, y lo cogió tristemente.

- Estúpido - dijo una voz.

El anciano miró a su alrededor y hacia arriba.

Un hombre delgado, de unos cuarenta años, se apoyaba en un árbol cercano, con una expresión de cansancio y de curiosidad en su alargado rostro.

- Estúpido - repitió.

El anciano le miró con aire asombrado.

- ¿Ha estado usted ahí todo el tiempo, y no ha hecho nada?

- ¿Qué debía hacer? ¿Luchar con un tonto para salvar a otro? No. - El desconocido le ayudó a levantarse y sacudió el polvo de sus ropas -. Sólo peleo cuando vale la pena hacerlo. Vamos, le llevaré a mi casa.

El anciano volvió a mirarle con asombro.

- ¿Por qué?

- Ese muchacho regresará con la policía de un momento a otro. No quiero que le encierren; es usted un producto muy valioso. Había oído hablar de usted y le buscaba desde hace varios días. Y he tenido que encontrarle representando uno de sus famosos números... ¿Qué le dijo al muchacho para que se enfadase tanto?

- Le hablé de naranjas y de limones, de caramelos y cigarrillos. Estaba a punto de recordarle con todo detalle los juguetes de cuerda, las pipas de brezo y los cepillos de cerda cuando hizo caer el cielo sobre mí.

- Casi no se lo reprocho. A mí mismo me están entrando ganas. ¡Vámonos ya, oigo una sirena!

Y salieron rápidamente del parque.



Bebió primero el vino hecho en casa, porque resultaba más fácil. La comida tendría que esperar hasta que su hambre venciera al dolor en su boca lastimada. Sorbió, asintiendo con la cabeza.

- Excelente, muchas gracias. Excelente.

El desconocido que le había sacado rápidamente del parque estaba sentado frente a él en la endeble mesa del comedor, mientras la esposa del desconocido colocaba unos platos rajados y desconchados sobre el raído mantel.

- La paliza - dijo el marido, finalmente -. ¿Cómo ocurrió?

Al oír esto, la esposa casi dejó caer un plato.

- Tranquilízate - dijo el marido -. Nadie nos ha seguido. Adelante, viejo. Cuéntenos por qué se comportaba usted como un santo aspirante al martirio. Es usted famoso, ¿no lo sabía? Todo el mundo ha oído hablar de usted. A muchos les gustaría conocerle. Pero yo deseo conocer en primer lugar las razones de su conducta. ¿Bien?

Pero el anciano estaba absorto en la contemplación del plato desconchado que tenía ante sí. ¡Veintiséis! ¡No: veintiocho guisantes! Contó la suma increíble, se inclinó sobre tan insólitas legumbres como un hombre que reza se inclina sobre las cuentas de su rosario. Veintiocho gloriosos guisantes verdes, y unas cuantas hilachas de fideos medio rancios anunciando que hoy las cosas iban mejor. Pero debajo del montoncito de pasta, el plato rajado demostraba que las cosas habían ido peor desde hacía muchos años. El anciano se quedó como suspendido sobre el plato, semejante a un enorme e inexplicable pajarraco caído por azar en aquel frío apartamento. Sus samaritanos anfitriones le contemplaron hasta que finalmente dijo:

- Estos veintiocho guisantes me recuerdan una película que vi cuando era niño. Un cómico... ¿Entienden ustedes esa palabra? Un hombre que hacía reír se encontraba con un loco en un asilo nocturno, y...

El marido y la esposa rieron en voz baja.

- No, no es ese todavía el chiste, lo siento - se disculpó el anciano -. El loco invitaba al cómico a sentarse ante una mesa vacía, sin cuchillos, ni tenedores, ni comida. «La cena está servida», anunciaba. Temiendo ser asesinado, el cómico le seguía la corriente. «¡Excelente!», exclamaba, fingiendo masticar la verdura, el filete y el postre, aunque no mordía nada. «¡Estupendo! ¡Maravilloso!», y tragaba aire. Ahora pueden reír.

Pero el marido y la esposa, completamente inmóviles, se quedaron mirando los platos y su mísero contenido

El anciano meneó la cabeza y continuó:

- El cómico, creyendo convencer al loco, exclamaba: «¡Y estos melocotones regados con coñac! ¡Soberbios!» «¿Melocotones?», gritó el loco, sacando un revólver. «¡Yo no he servido melocotones! ¡Está loco!» Y mataba al cómico por la espalda.

Durante el silencio que siguió, el anciano, cogió el primer guisante y lo sopesó amorosamente en la punta de su tenedor de estaño. Estaba a punto de llevárselo a la boca cuando...

Resonó una imperiosa llamada en la puerta.

- ¡Policía especial! - gritó una voz.

En silencio, pero temblando, la esposa ocultó el plato extraordinario.

El marido se levantó con serenidad para conducir al anciano hacia una pared, en la cual se abrió un entrepaño. El anciano pasó al otro lado, el entrepaño volvió a cerrarse y el anciano permaneció oculto allí, a oscuras, mientras al otro lado, invisible, se abría la puerta del apartamento. Se oyeron murmullos de voces excitadas. El anciano podía imaginar al Agente Especial con su uniforme azul oscuro, con el revólver en el puño, entrando para no ver sino los escasos muebles, las paredes desnudas, el resonante suelo de linóleo, las ventanas con hojas de cartón sustituyendo a los cristales: toda una delgada y grasienta película de civilización dejada sobre la playa vacía cuando se retiró la marea de la guerra.

- Estoy buscando a un viejo - dijo la cansada voz de la autoridad al otro lado de la pared. Qué extraño, pensó el anciano, incluso la ley suena cansada ahora -. Usa ropas remendadas... - Pero ahora todo el mundo llevaba ropas remendadas -. Sucio. De unos ochenta años de edad...

Pero, ¿acaso no va todo el mundo sucio? ¿No somos todos viejos?, se gritó el anciano en su fuero interno.

- Si le entregan, la recompensa son raciones para una semana - dijo la voz del policía -, más diez latas de verduras y cinco latas de sopa como gratificación especial.

Envases de hojalata con sus etiquetas de brillantes colores, pensó el anciano. Las latas aparecieron como meteoros deslizándose sobre sus párpados en la oscuridad. ¡Una atractiva recompensa! No DIEZ MIL DOLARES, ni VEINTE MIL DOLARES, no, no, sino... cinco maravillosas latas de sopa auténtica, no de sucedáneo, y diez, cuéntalas, diez hermosas y brillantes latas de verduras exóticas tales como habichuelas verdes y maíz tierno... ¡Piensa en ello! ¡Piensa!

Siguió un largo silencio, durante el cual el anciano creyó oí, leves murmullos de estómagos revolviéndose intranquilos, amodorrados pero capaces de evocar cenas más opíparas que los residuos de la antigua ilusión convertida en pesadilla durante el largo crepúsculo que había seguido al D. A.: Día del Aniquilamiento.

- Sopa, verduras - repitió la voz del policía -. ¡Quince hermosas latas!

La puerta se cerró de golpe.

Las pesadas botas resonaron a través del destartalado inmueble, y se oyeron nuevas llamadas a las tapaderas de ataúd de las puertas, para volver a otros Lázaros a la vida hablándoles en voz alta de latas brillantes y sopas auténticas. Finalmente, los golpes cesaron y resonó un último portazo.

El entrepaño volvió a abrirse. Marido y mujer evitaban mirar al anciano cuando salió. Él sabía por qué, e hizo gesto de tocarles el brazo.

- Hasta yo mismo - dijo, suspirando -. Hasta yo estuve a punto de entregarme para reclamar la recompensa, para comer la sopa...

Pero ellos continuaban sin mirarle.

- ¿Por qué? - inquirió -. ¿Por qué no me han entregado? ¿Por qué?

El marido, como si hubiera recordado algo de pronto, hizo una seña a su esposa. Ella se dirigió hacia la puerta, vaciló; su marido asintió con la cabeza, impaciente, y ella salió, silenciosa como un soplo sobre una telaraña. La oyeron deslizarse a lo largo del vestíbulo, llamando suavemente a las puertas, las cuales se abrían a susurros y murmullos.

- ¿Qué está haciendo? ¿Qué se propone hacer usted? - preguntó el anciano.

- Ya lo verá. Siéntese y termine de cenar - dijo el marido -. Dígame por qué es usted tan loco que ha llegado a enloquecernos a nosotros hasta el punto de ir a buscarle y traerle aquí.

- ¿Por qué soy tan loco? - El anciano se sentó y se puso a masticar lentamente, tomando uno a uno los guisantes del plato que le había sido devuelto -. Sí, soy un loco. ¿Cómo empezó mi locura? Hace años contemplé el mundo en ruinas, las dictaduras, los estados y naciones esquilmadas, y me dije: «¿Qué puedo hacer yo, un débil anciano? ¿Qué? ¿Reparar el desastre? ¡Bah!» Pero una noche, medio dormido, un antiguo disco de fonógrafo resonó en mi cabeza. Dos hermanas, llamadas Duncan, famosas cuando yo era un niño, cantaban una canción llamada RECORDANDO. «Recordar es lo único que hago, querido, conque inténtalo y recuerda tú conmigo.» Repetí la canción y no era una canción, sino un sistema de vida. ¿Qué podía ofrecer a un mundo que empezaba a olvidar? ¡Mi memoria! ¿Para qué iba a servir eso? Para ofrecer un nivel de comparación; decirles a los jóvenes lo que fue en otro tiempo, poner en evidencia nuestras pérdidas. Descubrí que, cuanto más recordaba, más lograba recordar. Según con quién me sentaba, recordaba las flores de imitación, los teléfonos, las neveras, las chicharras (¿ha hecho usted sonar alguna vez una chicharra?), los dedales, y los clips de bicicleta; no las bicicletas, no, sino los clips de bicicleta... ¿Verdad que resulta curioso? En cierta ocasión un hombre me pidió que recordara los instrumentos de a bordo de un Cadillac. Los recordé y se los descubrí detalladamente. Mientras me escuchaba unas gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. ¿Lágrimas de felicidad... o de tristeza? No puedo saberlo. Sólo puedo recordar. No hago literatura, no; nunca he tenido memoria para las comedias o los poemas. Son algo que se pierde, que muere. En realidad, no soy más que un evocador de lo vulgar, que al fin y al cabo es algo que también forma parte de la civilización. Lo único que ofrezco realmente son los restos y cacharros cromados de tercera mano de una civilización que acabó por correr hacia el precipicio. Pero, de un modo u otro, la civilización debe ponerse de nuevo en marcha. Los que sepan ofrecer delicada poesía, que la recuerden, que la ofrezcan. Los que sepan tejer y fabricar hermosas redes, que las tejan, que las fabriquen. Mi talento es menos importante que el de ellos, y tal vez desdeñable en el largo trecho a recorrer hacia la antigua cumbre. Pero yo debo soñar que vale la pena. Porque, insignificantes o no, las cosas que la gente recuerde son las que tratará de recuperar. En consecuencia, me dedico a ulcerar sus deseos medio muertos con el ácido de mis recuerdos. Tal vez así se decidan a reconstruir la ciudad, el Estado y luego el mundo. Hagamos que un hombre desee el vino, otro un cómodo sillón; un tercero querrá un planeador con alas para remontarse sobre los vientos de marzo y construirá pterodáctilos electrónicos de mayor tamaño para dominar vientos todavía más fuertes, con un mayor número de pasajeros. Algún tonto deseará tener un árbol de Navidad, y un listo sabrá buscarlo. Juntemos todos esos deseos, y yo estaré allí para inducir a esos hombres a realizarlos. Sí, en otro tiempo hubiera gritado: «¡Sólo lo mejor de lo mejor, sólo la calidad verdadera!» Pero las rosas pueden florecer sobre el estiércol. Lo vulgar debe existir para que pueda florecer lo más excelente. Yo seré el más vulgar que exista y combatiré a todos los que dicen déjalo correr, húndete, revuélcate en el polvo, deja que las razas cubran el sepulcro donde estás enterrado vivo. Protestaré contra las tribus de hombres - mono vagabundos, contra los hombres - oveja que mastican la hierba de los campos despreciados por los lobos feudales que se hacen fuertes en las cumbres de los escasos rascacielos restantes y acaparan los alimentos olvidados. Mataré a esos villanos con un abrelatas y un sacacorchos. Los pondré en fuga con fantasmas de Buick, Kissel-Kar y Moon, les azotaré con látigos de regaliz hasta que griten pidiendo misericordia. ¿Si será posible conseguirlo? Ha de intentarse.

Con las últimas palabras, el anciano revolvió el último guisante en su boca, mientras su samaritano anfitrión se limitaba a mirarle con expresión de amable asombro. En toda la casa la gente se removía, se abrían y cerraban puertas, y los rumores crecían en intensidad por los corredores. El desconocido dijo:

- ¿Y usted me pregunta por qué no le hemos entregado? ¿Oye esos rumores al otro lado de la puerta?

- Parece como si todos los habitantes del inmueble...

- Todos. Viejo loco, ¿recuerda los cinematógrafos? Mejor aún, ¿los cinematógrafos al aire libre donde se podía entrar en automóvil?

El anciano sonrió.

- ¿Los recuerda usted?

- Casi.

- Mire, si va a seguir siendo un loco, si quiere correr riesgos, hágalo ahora y de una sola vez, ante un auditorio numeroso. ¿Por qué desperdiciar su aliento con una persona, o con dos o incluso tres, si...

El marido abrió la puerta e hizo un gesto con la cabeza hacia fuera. En silencio, uno a uno o por parejas, entraban los habitantes del inmueble. Entraban en aquella habitación como si fuese una sinagoga, o una iglesia, o ese otro tipo de templo llamado cinematógrafo, o el tipo de cinematógrafo llamado cine al aire libre. Y la tarde iba cayendo; el sol se hundía en el horizonte y muy pronto, en las primeras horas de la noche, al caer la oscuridad, la habitación quedaría envuelta en sombras y una sola luz iluminaría al anciano y éste hablaría y ellos escucharían y se cogerían de la mano y sería como en los viejos tiempos en las salas a oscuras, o en el interior de los coches, y sería sólo un recuerdo: palabras por palomitas, y palabras por goma de mascar, y refrescos, y bombones; pero las palabras, de todos modos, las palabras...

Y mientras la gente entraba y se sentaba en el suelo, y el anciano les contemplaba, negándose a creer que hubieran acudido sin conocerle siquiera, el marido dijo:

- ¿No es mucho mejor esto que correr un riesgo al aire libre?

- Sí. Es extraño... Odio el dolor, odio ser golpeado y perseguido. Pero mi lengua se mueve. Debo escuchar lo que dice. Pero esto es mejor.

- Bien. - El marido metió un billete rojo en la palma de la mano del anciano -. Cuando esto haya terminado, dentro de una hora, aquí hay un billete de un amigo mío que trabaja en Transportes. Un tren cruza el país cada semana. Cada semana consigo un billete para algún idiota al que deseo ayudar. Esta semana le toca a usted.

El anciano leyó el punto de destino en el doblado papel rojo:

- ABISMO DE CHICAGO. - Y añadió -: ¿Todavía está allí el Abismo?

- El año que viene, por estas fechas, el lago Michigan puede irrumpir a través de la última corteza y formar un nuevo lago en el pozo donde en otro tiempo estuvo la ciudad. Hay vida de todas clases en los bordes del cráter, y una vez al mes sale hacia el oeste un tren secundario. Cuando llegue allí, siga viaje y olvide que nos ha conocido. Le daré una pequeña lista de personas como nosotros. Cuando haya pasado algún tiempo, procure localizarlas: viven en lugares desérticos. Pero, por el amor de Dios, quédese al aire libre, durante un año y tómese unas vacaciones. Mantenga cerrada su maravillosa boca. - El marido le entregó una tarjeta amarilla -. Este es un dentista amigo mío. Dígale que le haga una dentadura nueva que sólo se abra a las horas de comer.

Al oír esto, algunos de los presentes se echaron a reír, y el anciano también rió silenciosamente. Los vecinos, docenas de ellos, habían acabado de entrar y era tarde. Marido y esposa cerraron la puerta y se quedaron de pie junto a ella, y se volvieron para presenciar la última ocasión especial en que el anciano podría abrir su boca.

El anciano se puso en pie.

Su auditorio permaneció inmóvil y silencioso.

El tren entró a medianoche, oxidado y ruidoso, en una estación súbitamente llena de nieve. Bajo la cruel ventisca, gentes mal lavadas subieron a los anticuados vagones empujando al anciano por el pasillo hasta un compartimiento vacío que en otro tiempo había sido un lavabo. El suelo no tardó en quedar convertido en un lecho rodante sobre el cual dieciséis personas se retorcían y daban vueltas en la oscuridad, tratando de conciliar el sueño.

El tren se precipitó a través de la blancura desierta.

El anciano se repetía: «Silencio, cállate, no hables, no digas nada, quédate quieto, ¡piensa!, ¡cuidado!, ¡no te muevas!», mientras se veía mecido, traqueteado, sacudido de acá para allá. Permanecía medio recostado contra una pared. Sólo había otro pasajero de pie en aquel horrible compartimiento: a unos pies de distancia, también recostado contra la pared, estaba un muchacho de ocho años cuya palidez enfermiza cubría sus mejillas. Completamente despierto, con los ojos brillantes, parecía contemplar, contemplaba, la boca del anciano. El muchacho miraba porque no tenía más remedio. El tren pitaba, rugía, traqueteaba, aullaba y corría.

Transcurrió media hora de estruendosa carrera nocturna bajo la luna velada por la nieve, y la boca del anciano permaneció herméticamente cerrada. Otra hora, y continuó cerrada. Una hora más y empezaron a aflojarse los músculos alrededor de sus mejillas. Otra, y sus labios se entreabrieron para desentumecerse. El muchacho permanecía despierto. El muchacho miraba, esperaba. Inmensos velos de silencio cernían el aire nocturno exterior, hendido por el avance del tren. Los viajeros, sumidos en un inconfesado terror, entumecidos por la velocidad, dormían cada uno su sueño, pero el muchacho no apartaba los ojos, y al fin el anciano se inclinó hacia delante, muy despacio.

- Eh..., muchacho. ¿Cómo te llamas?

- Joseph.

El tren traqueteaba y gruñía como un monstruo avanzando a través de una oscuridad intemporal hacia una mañana inimaginable.

Joseph... - El anciano saboreó la palabra y se adelantó un poco más, con los ojos risueños y brillantes. Su rostro se llenó de pálida belleza. Sus ojos se dilataron hasta que parecieron no ver. Miraban algo distante y oculto. Se aclaró la garganta, procurando no hacer ruido.

- Ejem...

El tren rugió al tomar una curva. La gente osciló de un lado a otro en sueños.

- Bueno, Joseph - susurró el anciano, alzando suavemente los dedos al aire -. Érase una vez...



FIN

miércoles, 27 de mayo de 2009

Fuego negro ---- Star Trek/6

Fuego negro
Sooni Cooper

Star Trek/6




El ataque

1

–Oh, Dios mío –gritó el jefe de ingenieros Montgomery Scott al ser arrojado contra el mamparo cuando la nave se sacudió repentinamente, y sus tímpanos resonaron dolorosamente cuando el eco de una terrible explosión recorrió el aire.
Era el sonido de una detonación interna, cuyas ondas expansivas arrancaban a la Enterprise de su curso y la arrojaban a una espiral de velocidad hiperespacial. Observó cómo el equipo de ingeniería se lanzaba a la acción mientras él les daba instrucciones para compensar los erráticos giros. Luego recurrió al control auxiliar para devolver la nave a su curso. Todas las comunicaciones con el puente estaban cortadas; se hallaba solo.
Horrorizado, Scott se dio cuenta de que la fuente de la explosión era el puente. El turboascensor estaba inutilizado, y el equipo de reparaciones de emergencia estaba trabajando frenéticamente para apartar los escombros de la escalerilla que conducía al puente. Scott se unió al equipo, soplete en mano, para trabajar con ellos... mientras rezaba.
Avanzó muy lentamente por la escalerilla llena de escombros y, con una fuerza que no tenía, empujó contra la inamovible escotilla. Buscó a dos robustos miembros de la tripulación, y con sus fuerzas combinadas ejercidas contra la resistente escotilla consiguieron abrirla lentamente. Scott se irguió sobre el demolido puente.
–Oh, Dios mío –susurró mientras recorría la estancia con la mirada.
Observó que el estallido había tenido lugar en el centro del puente. Era como una visión del infierno; la destrucción irradiaba desde el centro de la explosión hacia las paredes exteriores. La cubierta interior del casco había sido destruida por la violencia de la explosión, y Scott detectó un pequeño abultamiento en la cubierta exterior.
–Será mejor que saquemos rápidamente de aquí a los heridos –ordenó–. La cubierta exterior estallará en cualquier momento.
Examinó al tripulante que tenía más cerca: muerto. Caminando por encima de los escombros, buscó al capitán. Lo que quedaba de la terminal de navegación estaba desparramado en dirección a la oscurecida pantalla de visión exterior. Primero encontró a Sulu. El timonel, atrapado bajo los escombros, se arrastraba por el suelo intentando liberarse.
Scott encontró al capitán con el uniforme cubierto de sangre y tan desgarrado como el cuerpo que contenía. Toda el área estaba cubierta de sangre y salpicada de metal retorcido. El cuerpo del joven aprendiz de navegante estaba destrozado hasta resultar casi irreconocible. Junto al mismo, yacía Chekov, cuyo estado era imposible de determinar; estaba casi cubierto de escombros. Un grupo de miembros de la tripulación comenzó a descubrirlo con expresión preocupada.
Unas salpicaduras verdes condujeron a Scott hasta el cuerpo de Spock, que estaba postrado boca abajo, cerca de la humeante y ennegrecida terminal científica. De la espalda le sobresalía un trozo de metal dentado. La teniente Uhura yacía sin conocimiento; Scott pudo ver que había sido arrojada contra el panel de comunicaciones, que ahora era una masa de chisporroteantes y llameantes cables retorcidos.
Ni todos los años de entrenamiento y control, ni todos los años de experiencia habían preparado a Scott para aquella escena de mutilación. Las lágrimas contenidas le escocían los ojos mientras trabajaba junto con el resto de la tripulación, llevándose a los heridos y muertos del puente que estaba completamente destrozado.
–¡Concéntrense en los vivos! –gritó Scott, observando cómo se agrandaba el abultamiento de la cubierta exterior.
McCoy permanecía en el pasillo que estaba al final de la escalerilla, evaluando rápidamente el alcance y naturaleza de las heridas al ser sacado cada uno de los tripulantes y depositado en una camilla para trasladarlo a la enfermería.
Sonaba la alarma de desastre total; el equipo médico de emergencia estaba reuniéndose rápidamente.
–¿Ya los han sacado a todos? –preguntó Scott cuando el último de los heridos era bajado por la escalerilla.
Se arrojó contra la escotilla, la cerró y aseguró apretándola. El escape de aire y el sonido de los metales que saltaban en pedazos a causa de la excesiva tensión se combinaron en un rugido aterrorizador al desprenderse la totalidad de la cúpula del puente con una repentina sacudida que hizo entrar a la nave en otra serie de giros y tambaleos erráticos.

McCoy, ya en la enfermería, estaba demasiado absorto como para proferir sus habituales quejas. Estaba siendo utilizada toda la sala de cirugía; cada equipo quirúrgico trabajaba eficientemente para reparar las heridas más peligrosas.
El doctor M'Benga, mejor cualificado que McCoy para tratar con la anatomía y especiales problemas de los vulcanianos, estaba aplicando sus habilidades y experiencia a las críticas heridas de Spock.
«Gracias a Dios que recogimos sangre T negativa para Spock la última vez que paramos a repostar –pensó McCoy–. Al menos podremos cubrir todas sus necesidades plásmicas.»
Pero la principal preocupación del médico era el estado de gravedad del capitán; no había podido aún evaluar todas las heridas de Kirk, y McCoy entró en la sala de operaciones sin saber exactamente con qué se encontraría. «Al menos está vivo... apenas. »
Hizo falta toda la integridad profesional de McCoy para contener la desesperación cuando acabó de examinar a su paciente y amigo. Había muchísimos órganos que se podían transplantar, muchísimas cosas que se podían remendar y arreglar en un cuerpo humano. Las heridas de Kirk rozaban ese límite. Necesitaba gran cantidad de sangre. Los tremendamente apremiados equipos quirúrgicos habían agotado las reservas antes de que comenzara la operación de Kirk. Un pedido de donantes emitido a toda la nave formó muy pronto una cola en el pasillo al que daba la enfermería. Cualquier miembro de la tripulación que tuviera el tipo de sangre adecuado quedaba fuera de servicio hasta después de la extracción; sin embargo, puesto que la nave necesitaba a toda su tripulación para enfrentarse con la emergencia, todos regresaban a sus puestos en cuanto donaban la sangre, olvidando el período normal de recuperación.

Scott valoró ceñuda y desapasionadamente los daños sufridos por su querida nave. La tensión sufrida cuando el puente se desprendió había sido demasiado para la Enterprise, y él sabía que tendrían que librarse de la totalidad de la sección superior, o la nave se partiría como resultado de la fatiga metálica. Eso requeriría la total evacuación de la sección principal: un desplazamiento sistemático y preciso de todo el personal y los suministros a la mayor velocidad posible. Pero no se podía dar prisa a las operaciones quirúrgicas. Todo menos el equipo médico fue trasladado al casco inferior, y Scott estaba contando los minutos, luego las horas, esperando con ansiedad que la nave se mantuviera de una pieza hasta que hubieran concluido las operaciones vitales y los pacientes pudieran ser trasladados sin correr peligro.
McCoy aceptó de mala gana el hecho de que sus pacientes, independientemente de lo crítico que fuera su estado, tendrían que ser trasladados inmediatamente después de las operaciones quirúrgicas. Trabajó sin descanso, hora tras hora, respaldado por su equipo de profesionales, perdiendo toda noción del tiempo mientras se esforzaba por salvar la vida de Jim Kirk.
La avanzadísima tecnología médica de la época hacía que una sesión de cirugía tan larga como aquella resultara insólita, pero McCoy estaba esencialmente reconstruyendo a un hombre. Otro cirujano posiblemente habría renunciado, pero McCoy continuó, diligentemente, reparando el cuerpo de un hombre al que admiraba tanto como quería. Sólo cuando –hubo hecho todo lo que en su opinión podía, y su resistencia ya no lo mantenía en pie, concluyó la operación y se retiró al camarote que se le había asignado en la atestada sección inferior de la nave. Y entonces sollozó silenciosamente –por su amigo, por su falta de destreza– en su agotamiento, y con una desesperación más grande que la que jamás había sentido. En todas las ocasiones anteriores, cuando había pensado que Jim estaba muerto, había sido una rápida toma de conciencia que debía ser aceptada. Las horas que había empleado en reconstruir a aquel hombre, la tensión que había puesto sobre sí, la aceptación de sus limitaciones como médico, el hasta entonces desconocido pronóstico... todo se sumó para provocar aquel escape de emoción y tensión.
El timbre del camarote sonó y McCoy, recobrando la compostura, pulsó el botón que dejaría entrar a su visitante. Un médico joven entró con sus pertenencias.
–Doctor Jonah Levine, señor.
Resultaba claro que el joven estaba tan sorprendido como McCoy por haber sido destinado como compañero de camarote del jefe de la sección médica.
–Debe de haber un error. Yo no he compartido mi camarote en años –protestó McCoy con tono cansado.
–Anoté el camarote que me asignaron, señor. Diecisiete B–O tres.
La señal del intercomunicador los interrumpió. McCoy contestó con presteza.
–Doctor, le necesitan en la enfermería... de inmediato.
–La enfermera Christine Chapel parecía tremendamente agitada.
–¿Jim? –preguntó él.
–No. El doctor M'Benga quiere verlo en seguida. –Spock –dijo en voz alta, dejando al joven doctor Levine la solución del problema del camarote.

–Parece usted exhausto, McCoy. Ya sé que está agotado, pero me he encontrado con un problema en el caso de Spock que no sé muy bien cómo manejar –explicó M'Benga con voz cansada.
–Usted es la autoridad de la nave en medicina vulcaniana, M'Benga. Tiene que ser algo realmente grave como para que quiera mi opinión.
–Lo es. Spock no es completamente vulcaniano, ¿recuerda? Parece haber algunas irregularidades en sus pautas de recuperación. No debería estar consciente, pero lo está. Parece estar luchando para evitar caer en el modo vulcaniano de curación. Está controlando el dolor... pero con muchas dificultades. No puedo conseguir que se relaje. Le hago perder el conocimiento con una inyección, y vuelve a despertarse en el tiempo mínimo. No hace más que preguntar por el señor Scott.
El oficial jefe médico asintió sombríamente, con pesar.
–Iré a verlo. Quizá pueda hacer que se relaje de forma que pueda comenzar el proceso de autocuración. Yo no comprendo del todo qué es, pero funciona, y nosotros hemos hecho por él todo lo médicamente posible. Tómese un descanso, M'Benga. Necesita reposar. Yo me quedaré con Spock.
Agradecido, M'Benga se tendió en el salón. Aquello había sido una maratón para los equipos médicos, tanto a nivel físico como psicológico. Él, al igual que McCoy, estaba completamente exhausto.
Spock yacía de espaldas, rígido, con el rostro contorsionado de dolor. McCoy escuchó el apenas audible murmullo de la letanía vulcaniana de control mental: «Soy vulcaniano; no hay dolor».
–Pero hay dolor, Spock. ¿Por qué está luchando contra el proceso de autocuración?
Spock se sobresaltó al oír la voz de McCoy y recobró el estado de alerta.
–No hay tiempo, no hay tiempo... –dijo Spock con voz ronca–. El señor Scott. Tengo que ver al señor Scott.
Reunió toda su disciplina para reprimir el dolor de la espalda mientras luchaba por incorporarse. McCoy lo empujó suavemente de vuelta a la cama.
–Debe permanecer tendido e inmóvil. El trozo de metal le llegó muy cerca de la médula espinal. Todavía le queda una esquirla en la espalda, que podremos extraerle sólo cuando se encuentre más recuperado de la primera operación. Hasta entonces, tiene que dejar que su proceso de curación natural actúe.
–Traiga al señor Scott... –insistió Spock con palabras débiles pero pronunciadas con total precisión.
Viendo que no llegaría a ninguna parte mientras Spock no se relajara, McCoy cedió.
–De acuerdo. Lo traeré. Ahora descanse.
–El capitán... ¿cómo está? McCoy meneó la cabeza.
–No muy bien –replicó con voz queda–. Ahora descanse hasta que llegue Scott. Me quedaré con usted hasta entonces.
Spock cerró los ojos. La frente del vulcaniano estaba empapada por el esfuerzo. McCoy pasó un paño húmedo por la frente de Spock, advirtió el puño apretado del vulcaniano y meneó la cabeza con frustración al mirar que los monitores que estaban emplazados por encima de la cabeza del paciente registraban la batalla interior que Spock estaba librando.
Scott llegó al cabo de pocos minutos. Se mantenía en pie a base de pura fuerza de voluntad, agotando sus últimas reservas para mantener la nave en funcionamiento. Hasta donde el ingeniero tenía noticia, aquella era la primera vez en que una nave se veía obligada a deshacerse de la cubierta superior. Las decisiones tenían que tomarse rápido y de forma eficaz, y él no había dispuesto de tiempo para descansar.
–Bueno, doctor, que sea rápido. Tengo una nave que mantener de una pieza –le soltó a McCoy, al entrar.
–Tranquilícese, Scotty. No podrá mantenerla de una pieza si continúa en ese estado. Le recomiendo al menos unas cuantas horas de sueño –le aconsejó McCoy.
–¿Es por eso por lo que me ha llamado a la enfermería? Ahora no tengo tiempo para descansar.
–No, Scotty. Él quiere hablar con usted y no descansará hasta hacerlo. Intente tranquilizarlo.
Spock abrió los ojos. Hablando circunspectamente y con gran esfuerzo, se dirigió al ingeniero.
–Señor Scott... sabotaje... ha sido un acto de sabotaje... una bomba... nada del puente pudo haber causado una explosión de esa magnitud... tiene que haber un intruso a bordo...
–Sí, señor Spock, esa idea también ha pasado por mi cabeza. He comprobado nuestras listas de personal. No hay a bordo nadie que no debiera estar. Todos son sin duda de la Flota Estelar.
–Un intruso pudo haberse colado a través del sistema de seguridad de la Flota Estelar... Investigue más a fondo. Estado de la nave... dígamelo... –Se le escapó un involuntario grito ahogado. Cerró apretadamente los ojos, luchando para recuperar el control perdido.
Scott le informó sucintamente.
–Considerando las circunstancias, hemos salido muy bien parados. En el puente se produjeron cinco muertes y cinco heridos muy graves. Todos los miembros de la tripulación, excepto los que se hallaban en el puente cuando la explosión, han dado cuenta de su posición y están ilesos. La cubierta superior ha sido desprendida de la nave. Estamos amontonados aquí abajo, pero todo funciona y está bajo control. Puede relajarse.
–Bien –susurró Spock–. ¡Ahora ayúdeme a levantarme!
Levantó débilmente una mano en busca de la asistencia de Scott. El ingeniero miró a McCoy, quien le indicó con un gesto que se marchara.
–No hay nada que hacer, Spock. No puede levantarse. Acabo de explicarle por qué no puede moverse. Christine... –McCoy le hizo un gesto a la enfermera que se hallaba junto a él con un vaporizador hipodérmico, y rápidamente le administró al vulcaniano un poderoso sedante.
–Asegúrese de mantenerlo dormido –ordenó McCoy, mientras abandonaba la sala para examinar a Kirk.
El escáner médico mostraba todas las constantes vitales a un nivel muy bajo. McCoy examinó el cuerpo inconsciente de Kirk y comprobó por segunda vez los instrumentos de la enfermería auxiliar. No se sentía del todo tranquilo respecto a las instalaciones secundarias, aunque su funcionamiento era comprobado con regularidad y mantenido en condiciones para emergencias como aquélla. Aquélla no era su enfermería. Los tres médicos que habían permanecido en torno a Kirk desde que McCoy se había marchado a su camarote aguardaban nuevas órdenes.
–Váyanse a descansar. Yo me quedaré con él... De todas formas, no podría dormir. Que alguien me traiga un poco de café.
Una enfermera joven en la que no había reparado nunca antes, le trajo una humeante taza de café.
–¿Dónde ha estado escondida, jovencita? –preguntó el doctor, más para distraerse de su creciente cansancio que por otra cosa.
–En la clínica, doctor. Soy nueva a bordo. Cathy White. Soy una de las cadetes de la academia asignada a una sesión de prácticas.
–Ah, sí, casi lo había olvidado. No ha sido una sesión de prácticas muy corriente, ¿verdad? No siempre es tan malo.
–¿Se recuperará, señor? –preguntó la joven mientras miraba al capitán que yacía inmóvil sobre el lecho.
–No lo sé aún. Su estado es inestable. Realmente no puedo saberlo a estas alturas. Lo único que podemos hacer ahora es esperar.
El médico se sentó en la silla que había junto al lecho, rodeando la taza con una mano y mirando fijamente a su amigo mientras se sentía completamente impotente.
Los gritos de Christine Chapel interrumpieron la quietud de la enfermería.
–¡Señor Spock, no puede usted levantarse! ¡Por favor, tiéndase! ¡Por favor!
McCoy se precipitó a la sala contigua, seguida de la joven practicante, donde halló a Spock de pie y estremeciéndose; utilizaba la cama para apoyarse mientras que con la otra mano se tocaba la espalda dolorida. O no estaba intentando disimular el dolor que lo acometía, o no conseguía hacerlo. McCoy no estaba seguro de cuál de las dos cosas le sucedía. Christine se volvió hacia él cuando entró.
–¡Realmente intenté mantenerlo tendido, como usted me ordenó, pero él simplemente no quiere escucharme!
–Yo me encargaré de esto, Christine. Simplemente déjennos solos, por favor.
–Sí, señor –respondió Christine, cogiendo a Cathy White y encaminándose hacia la puerta.
Cathy no estaba preparada para el tipo de calamitosas emergencias que estaban teniendo lugar a bordo de la Enterprise.
–¿Es siempre tan difícil, Christine? Yo no he tenido ninguna experiencia con pacientes no terrícolas.
–El señor Spock es un hombre de lo más insólito. Todos lo admiramos muchísimo. Estoy segura de que el doctor McCoy podrá tranquilizarlo. Sin embargo, es posible que oiga algunos gritos...; no les haga caso.
Como incitada por la advertencia de Christine, pudo oírse la voz alta de McCoy cuando se enfureció con Spock.
–¿Qué está intentando hacer? ¿Matarse? ¿Se cree que le hemos arreglado la espalda para que usted se autodestruya? ¡Regrese a la cama! ¡Es una orden!
–No tengo intención alguna de permanecer aquí tendido mientras la nave está en peligro, doctor. Le pido que no interfiera.
–Bueno, pues lo haré. Y no tiene usted la fuerza necesaria para impedírmelo.
–No me obligue... –Spock levantó la mano con la que se apoyaba y dio un paso vacilante.
–¡Fíjese! Ni siquiera puede tenerse en pie sin sujetarse. Atienda a razones, Spock. Este no es un momento apropiado para que haga alarde de su testarudez vulcaniana.
Tras haber sublimado el dolor todo lo que podía, Spock comenzaba a sentirse más fuerte. Se irguió lentamente y dio un paso cauteloso.
–Estoy bien, doctor. El malestar está ya completamente bajo control. –Su voz alcanzó su habitual timbre de tenor–. Puede dejar a un lado su fanatismo.
–¿Fanatismo? Mire, larguirucho demasiado crecido, no tengo tiempo para... Espere un momento, Spock. No estoy dispuesto a iniciar con usted uno de nuestros duelos de esgrima verbal. –La ira de McCoy cedió–. Escúcheme, Spock. Escuche a McCoy, el médico. Yo sé que usted respeta esa parte de mí aunque se niegue a admitirlo. Esto es una estimación médica, no una arbitraria valoración personal. Ahora, por favor, escúcheme.
Spock se reclinó fatigadamente contra la cama, reuniendo la fuerza que sabía que iba a necesitar.
–Ya le he hablado de su herida. Cada movimiento que hace usted pone en peligro su vida. Si esa esquirla se mueve, podría matarlo o dejarlo paralítico. Eso es un hecho. Eso no puede sublimarlo o expulsarlo simplemente con el deseo. Puede que sea capaz de controlar el dolor, pero ese fragmento está dentro de su cuerpo. El dolor es ahora su aliado, Spock. ¡Siéntalo! Indica un peligro físico real. Puede suprimirlo, pero no hará más que engañarse a sí mismo. Esta vez se trata de una señal, de una señal de advertencia para usted, que intenta evitarle otras heridas peores. Si yo no puedo convencerlo, permítase sentir el dolor. No luche contra él. La severidad del mismo lo convencerá de que estoy en lo cierto al respecto.
–Sé lo que estoy haciendo, doctor –replicó Spock con convicción–. Sé qué es lo que debo hacer.
Seguidamente salió andando de la sala, haciendo caso omiso de McCoy; casi consiguió su habitual y digna postura erguida.
Spock se volvió solícito hacia el resto de los pacientes de la enfermería temporal. Sulu estaba probando delicadamente sus miembros reparados, de espaldas al primer oficial.
El vulcaniano se dirigió al timonel con tono despreocupado.
–Veo que está recuperándose bien, teniente.
Un Sulu atónito se volvió.
–¡Señor Spock, está usted bien! Los rumores decían que estaba gravemente herido.
–Los seres humanos son propensos a los rumores, señor Sulu. Como puede usted ver, estoy perfectamente bien. No he venido aquí para hablar de mi salud, a pesar de que es un tema de importante consideración. ¿Cómo están los demás?
–Es un milagro que no hayamos resultado todos muertos. Parece que los aprendices de la academia recibieron la peor parte de la explosión. Excepto usted y el capitán, todos fuimos protegidos por nuestros estudiantes. Estaremos todos de vuelta en nuestros puestos dentro de nada. –Sulu guardó silencio–. Me siento culpable por estar vivo a costa de esos muchachos.
–Sí –dijo pensativamente Spock–, los aprendices. Señor Sulu, ¿recuerda si en el puente sucedió algo fuera de lo corriente antes de la explosión?
–No.
–¿Está seguro? ¿No entró nadie desconocido?
–¿Quién podría haber entrado allí, señor Spock? Todos hemos pasado la investigación de la Flota Estelar.
Tal como acostumbraba, Spock no respondió, sino que se sumió en profundos pensamientos.
–Señor Sulu, tengo una idea pero necesito más información. ¿Me ayudará usted?
–Si significa averiguar qué ocurrió con el puente, haré todo lo que me pida.
–Perfecto. Sospecho que vio usted más de lo que es capaz de recordar. Creo que el shock le ha bloqueado la memoria. Si me permitiera realizar un sondeo mental limitado, podría conseguir sacar a la superficie los fragmentos que están en el subconsciente. ¿Me permitirá realizar el sondeo?
–Sí. –Sulu se daba cuenta de la importancia de aquella información; el vulcaniano nunca hacía una solicitud como aquélla a la ligera.
Spock apoyó las puntas de los dedos sobre una de las sienes de Sulu, concentrándose para llegar al subconsciente del timonel.
–Quiero que rememore el período inmediatamente anterior a la explosión. Le pediré que describa con todo detalle las actividades del puente.
A Spock le resultó fácil penetrar en los niveles superficiales de la memoria de Sulu; pero a medida que se aproximaba a la experiencia del accidente, encontró una creciente resistencia. Delicadamente, Spock facilitó la liberación de aquellos recuerdos que precedían inmediatamente a la explosión, del bloqueo que el subconsciente del timonel ejercía sobre ellos. Finalmente, Sulu relajó la vigilancia mantenida sobre las perturbadoras escenas, y éstas quedaron a disposición de Spock. El timonel, rindiendo ahora su mente a la de Spock, habló lenta y claramente.
–Estaba enseñándole al cadete que se me había asignado cómo cambiar de velocidad hiperespacial a velocidades sublumínicas en caso de emergencia. El mecanismo de a bordo de la Enterprise es más sofisticado que el de los simuladores de la academia. Se llamaba John Real. Detrás de mí, Chekov instruía a su estudiante. Usted estaba ante la terminal científica mirando las lecturas de la computadora. Tenía la espalda vuelta hacia el centro del puente. La teniente Uhura estaba teniendo problemas con su cadete. Podía oír cómo la corregía una y otra vez.
»Uhura estaba a punto de perder la paciencia. El capitán estaba en el sillón de mando. Se levantó. Ahora se está aclarando. Una de las chicas cadete entró en el puente. Tenía algo para que el capitán lo firmara. Se lo entregó y se marchó.
–¿No esperó a que el capitán lo firmara? –No. Se lo entregó al capitán y se marchó. –¿Qué sucedió luego?
–El capitán dejó el papel sobre su asiento. Spock sondeaba delicadamente.
–¿Y luego...?
–La explosión... no recuerdo nada más.
Spock apartó la mano de la cabeza de Sulu, que de inmediato salió del estado parecido a un trance.
–¿Le he sido de alguna ayuda?
–Sí, teniente. Me ha dado usted una pista.
–¿Puedo ayudarlo en algo más?
–Todavía no. Aún es demasiado pronto como para que pueda llegar a una conclusión satisfactoria. Sabré qué ocurrió de manera más específica cuando haya analizado los hechos de los que acaba de informarme. Debo estar totalmente seguro antes de actuar. –Spock se volvió para marcharse pero se detuvo–. Una cosa más. ¿Podría describir a la cadete que entró en el puente?
Con la memoria estimulada, Sulu, que tenía una vista muy aguda para los detalles visuales, recordó rápidamente.
–Era muy rubia, de estatura baja y constitución robusta. Parecía casi cuadrada. ¿Sabe a qué me refiero? No era gorda, pero sí fornida, para su estatura. ¿Va a interrogarla?
–Quizá –replicó Spock con tono ausente mientras salía de la sala. Su concentración ya estaba atentamente enfocada sobre la tarea que tenía entre manos.
Tras comprobar el estado de los otros tripulantes heridos, Spock se encaminó hacia la silenciosa y oscura sala en la que yacía James Kirk. El capitán estaba aún sin conocimiento. Por lo que Spock pudo ver de su estado, seguramente era lo mejor.
Dos enfermeras desconocidas trabajaban en torno al capitán. Spock se acercó y se sentó en la silla que estaba junto al capitán. Un agónico dolor le recorrió la columna vertebral y él profirió un grito ahogado; dedicando todo su esfuerzo a recobrar el control, recuperó la disciplina vulcaniana del control mental. El grito ahogado alertó a una de las enfermeras, que comenzó a acercársele.
–Estoy bien. Por favor, déjenme solo –les ordenó abruptamente.
El aura de incuestionable autoridad de Spock era abrumadora; las enfermeras se marcharon de mala gana. Luego apoyó su mano sobre la frente del capitán, estableciendo así una fusión mental sanadora. Kirk gimió al adquirir conciencia de que el vulcaniano entraba en su mente. Spock llevó sus capacidades al máximo para suprimir el dolor de su amigo tanto como el suyo.
Un rato después, cuando McCoy fue a comprobar el estado de su paciente, encontró una marcada diferencia.
–Spock ha estado aquí, ¿no es cierto?
–Sí, doctor. ¿Cómo lo ha sabido?
–Le he visto hacer eso otras veces. No podría existir ninguna razón para que se produjera una mejoría tan grande en tan poco tiempo. Esto muy bien puede constituir la diferencia para la recuperación de Jim.
Kirk recobró el conocimiento e intentó hablar.
–No intente hablar, Jim. Ha pasado un momento muy duro. –McCoy le hizo un gesto a la enfermera, quien le administró un sedante hipodérmico que hizo efecto de inmediato. Mientras Kirk caía en el profundo sueño reparador, McCoy pudo leer la palabra que formaban sus labios.
« Spock. »
El oficial jefe médico suspiró de alivio mientras se alejaba de su dormido capitán.
–Ya ha pasado lo peor –dijo, tanto para sí como para la enfermera que estaba a su lado.



2

Finalmente, el señor Scott permitió que otro ingeniero supervisara las restantes tareas. La sección inferior de la Enterprise había sido preparada para regresar a la Base Estelar 12, la instalación más cercana. Cuando la nave estuvo atracada y a salvo, Scott se retiró de inmediato a la habitación que le había sido asignada allí. Bebió un largo trago de brandy, entró en la ducha sónica y se dejó caer en la cama.
Pero no podía dormir. Daba vueltas y más vueltas con los acontecimientos de los pasados dos días destellando sin cesar por su mente. Se levantó, bebió otro trago de brandy directamente de la botella, y regresó a la cama. Parecieron pasar horas antes de que cayera en un profundo y exhausto sueño.
Estaba atontado cuando reconoció el sonido del timbre de su puerta. Spock entró en la habitación oscurecida. Scott lo miró con ojos turbios desde el borde de la cama, donde se hallaba sentado.
–¿Qué ocurre, señor Spock? Tiene aspecto de haber comido algo muy agrio –dijo mientras bostezaba y volvía a tenderse en la cama, más dormido que despierto.
–Señor Scott, necesito su ayuda. Sospecho que la explosión de a bordo de la Enterprise fue un sabotaje. Creo que ya he compartido esa teoría con usted.
–Sí, pero en ese momento no estaba en condiciones de discutir las posibilidades.
–Es verdad. Pero ahora debo investigar más allá. Debo obtener una prueba concreta. Necesitaré una nave lo suficientemente grande como para regresar lo antes posible a la sección desechada, y voy a necesitar la ayuda de un ingeniero. Le propongo que regresemos a la sección desechada y busquemos minuciosamente hasta encontrar una prueba que corrobore mis sospechas.
–Yo mismo examiné todas las cintas de grabación, señor Spock. Los relevos del puente auxiliar funcionaron muy bien. No pude encontrar nada que indicara que la explosión fuera otra cosa que un accidente.
–Señor Scott, usted más que nadie tiene que saber perfectamente que en el puente no hay ningún mecanismo que pueda causar un estallido de esa magnitud. Tuvo que tratarse de un objeto ajeno a él.
–Sí, eso también me pasó por la cabeza a mí. Pero no pude encontrar nada que sostuviera esa teoría.
–Es por eso por lo que tenemos que regresar a la sección abandonada. Debemos investigar antes de que algo altere los restos del puente. Cuando envíen un remolque, las pruebas podrían quedar borradas.
–¿Ya ha solicitado la nave, señor Spock?
–Ese es uno de los problemas. El doctor McCoy no quiere darme el alta médica. No puedo obtener permiso para abandonar la base. Tiene que ser usted quien solicite la nave. Es lógico que usted solicite regresar a la cubierta desechada para prepararla para el remolque. Yo le acompañaré.
–Sí, pero aun así usted no tendrá permiso para marcharse, señor Spock.
–Eso es responsabilidad mía. ¿Me ayudará?
–Lo haré –respondió Scott sin vacilación–. Si mi nave ha sido saboteada, quiero ser el primero en enterarme de quién lo hizo.
–Imaginaba que sería esa su respuesta más probable –reconoció Spock.

Tal y como había predicho Spock, a Scott se le proporcionó de inmediato la nave adecuada, y ambos oficiales llegaron en menos de un día al lugar en el que se habían desprendido del casco. Con sus trajes de soporte vital y sus equipos firmemente sujetos, Spock y Scott flotaron hacia la abandonada sección superior de la Enterprise. Unas luces de posición pequeñas dibujaban el borde exterior. Todo lo demás estaba a oscuras. Todos los sistemas habían sido desconectados; estaba muerta, girando levemente en el espacio.
Se dirigieron a la sección superior, donde el estallido había agujereado las cubiertas. Una masa de metal retorcido era cuanto quedaba del puente. De un extremo al otro y desde arriba hasta abajo, examinaron cada centímetro del destrozado puente, concentrándose en el área central donde se había originado la explosión. Entre los escombros no pudo hallarse ni la sombra de una prueba. Regresaron a la nave exploradora, se quitaron los abultados trajes, y mantuvieron una breve conferencia.
–El escape de la atmósfera hacia el exterior que se produjo al volar el casco exterior, expulsó cualquier cosa que hubiera por encontrar, señor Scott. En lo que queda del puente no hallaremos nada que sustente nuestras sospechas. Tengo otra idea. No es lógica... es más bien intuitiva. Pero es nuestra única alternativa. Raramente me permito seguir lo que ustedes llaman «un impulso», pero tengo la impresión de que no me queda otra elección.
»Si lo recuerda usted, había unos sesenta y tres cadetes en la Enterprise cuando se produjo la explosión. Todos habían sido investigados y aceptados por la Flota Estelar, pero si de alguna forma uno solo de ellos resultara ser un impostor, posiblemente tendríamos una pista. He determinado que uno de esos cadetes, una mujer joven, estuvo en el puente justo antes de la detonación. Si pudiera determinar su identidad, creo que tendría la posibilidad de encontrar al saboteador, o saboteadora, en este caso. La computadora tiene esa información. Con esos datos y con lo que he averiguado por la tripulación, tendría que ser capaz de descubrirla. ¿Puede darme la energía suficiente como para entrar en los bancos de la computadora?
–Sí. Puedo establecer una línea desde la nave exploradora a la computadora. Será algo provisional, pero funcionará durante algún tiempo.
–Excelente. Por favor, hágalo.
Scott, ahora absorto en su tarea, no advirtió los movimientos vacilantes de Spock mientras intentaba adoptar una postura cómoda sobre un panel de instrumentos. El vulcaniano apretó los dientes, inspiró profundamente y dejó escapar el aire de una forma algo explosiva. Scott se volvió al oír aquel sonido, pero sólo vio a Spock ocupado en el ajuste de unos circuitos.
Con la conexión establecida con la computadora, Spock volvía a estar en contacto con su alter ego, la computadora principal de a bordo de la Enterprise. Buscó los historiales de las cadetes femeninas asignadas a la nave para la sesión de prácticas. Cuando hubo completado la primera parte de la recuperación de expedientes por datos, sólo quedaron cinco estudiantes. Todas eran rubias, de estatura media o baja, y todas tenían acceso al puente. Luego se dedicó al proceso de eliminación. Todas eran terrícolas; todos sus expedientes indicaban unas capacidades superiores para la especialidad escogida. Todas tenían más o menos la misma edad.
–Señor Spock, mi conexión temporal está a punto de romperse. Espero que haya terminado –anunció Scott cuando un cable comenzó a chisporrotear cerca de la terminal. Finalmente se soltó con un chispazo espectacular.
–He reducido la lista a cinco, señor Scott. Pero cualquiera de ellas podría ser la culpable... y ninguna de ellas. Tenemos que examinar sus camarotes... examinar cualquier cosa por insignificante que pueda parecer.
Ambos volvieron a ponerse los trajes espaciales y regresaron a la sección abandonada. Registraron cuatro camarotes sin hallar nada. Spock estaba examinando el contenido de un cajón en el quinto, y le resultaba difícil concentrarse en la investigación a causa del creciente dolor de la espalda. Se aferró al cajón para apoyarse cuando sintió que su espalda cedía, y lo sacó de los carriles mientras él flotaba momentáneamente fuera de control.
–¿Se encuentra bien? –Scott se volvió hacia el vulcaniano a toda la velocidad posible en su estado de ingravidez.
–Sí –consiguió replicar Spock, dominando el dolor una vez más.
Flotó de vuelta a su posición original. El cajón había sido completamente sacado del mueble, y su contenido flotaba ahora por la habitación. Cogió un frasco extrañamente chato y un papel arrugado. Ni él ni Scott encontraron alguna otra cosa de interés.
De vuelta en la nave exploradora, Spock examinó las dos pruebas que acababa de hallar. El frasco contenía una sustancia química que tendría que analizar. En el papel se veían una serie de puntos que parecían seguir una pauta aleatoria. Cuando Scott hizo girar la nave para regresar a la Base Estelar 12, Spock estaba ya profundamente absorto en el análisis de los puntos.
Cuando llegaron, Spock se sentó ante la terminal de computadora que estaba más cerca de su camarote, sin dar más indicaciones respecto a lo que estaba buscando. Scott regresó a los planes de salvamento, y no se dijo nada más acerca de la investigación.
La operación de remolque había empezado, y Spock continuaba ante la terminal de la computadora, sin tomarse tiempo alguno para comer o dormir. McCoy cloqueaba y se impacientaba y realizaba el equivalente médico de una gavota en torno al obseso vulcaniano, pero no conseguía que se le hiciera caso.
Durante uno de los infrecuentes altos, Spock advirtió finalmente la presencia del médico. McCoy revoloteaba como una ansiosa madre, esperando el colapso de Spock.
–Muy bien, Spock. ¿Qué es lo que cree que va a encontrar? Hace cuatro horas que está en ello.
–Eso es correcto, doctor. Puede que pasen días antes de que encuentre lo que estoy buscando. Estimo al menos diez millones de posibilidades.
–¿Qué es lo que está buscando, Spock? Es una pregunta de parte de Jim. ¿Lo recuerda? El capitán James T. Kirk.
–Para decirlo de forma precisa, doctor, estoy buscando un planeta.
–¡Un planeta! ¡Hay billones de ellos!
–Exacto, doctor. Es por eso por lo que no puedo perder mi tiempo haciendo caso de sus pataletas. Ahora, sea amable y deje de molestarme.
Se volvió hacia la computadora, haciendo destellar en la pantalla un sistema solar tras otro, tan rápidamente como sus ojos podían explorarlos.


3

Como Spock había solicitado, la vista de las diligencias referentes a la investigación del estallido de la Enterprise fue fijada para la hora 1500, poco después de que finalmente concluyera con su incansable estudio de las configuraciones planetarias. Se puso la casaca formal con dificultades, a causa de las precauciones adoptadas con su espalda herida. Repasó los hechos y teorías que presentaría durante la vista mientras caminaba pasillo abajo hacia la sala de audiencia. Para un observador casual, el porte de Spock parecía poseer el mismo vigor de siempre. Para McCoy, que observaba cada movimiento, aquello era una indicación de que las cosas iban todo menos bien en el interior de su recalcitrante paciente.
Con excepción del capitán, que aún estaba demasiado débil como para asistir a la vista, estaba presente toda la oficialidad de la Enterprise. Uhura, Sulu y Chekov mantenían una conversación en voz muy baja, en un rincón de la sala. Scott estaba sentado en la silla que le había sido asignada, y se impacientaba por volver a su principal preocupación: recuperar y reparar la Enterprise. El teniente Lowry, que había estado de servicio como oficial de seguridad el día de la explosión, estaba detrás de Scott, obviamente incómodo. Spock ocupó una silla junto a McCoy.
–Se da cuenta, claro está –le susurró el oficial médico a Spock–, de que usted se marchó sin el alta médica.
–Soy perfectamente consciente de ello, doctor –le replicó Spock con impasibilidad.
Mientras hablaba, la junta de investigación fue llamada al orden. Los tres oficiales que constituían la comisión, todos de rango superior al de capitán, pidieron silencio. Todos ocuparon sus asientos, y comenzó la vista.
El comodoro Kingston Clark, un veterano estadista de la Flota Estelar muy respetado, era quien oficiaba. En los antiguos tiempos de la navegación marítima, podría habérselo definido como un «lobo de mar». Clark les dirigió la palabra a los oficiales reunidos.
–Esta es una vista formal, caballeros, pero creo que conseguiremos más si todos nos relajamos un poco. Estamos todos aquí para intentar determinar qué ocurrió a bordo de la Enterprise. Todos los que estamos aquí reunidos tenemos la misma meta. Con eso en mente, comenzaremos las diligencias. –Al advertir la presencia de McCoy, agregó–: Nos encargaremos del desacato de las órdenes médicas por parte del comandante Spock en otro momento. Llamen al primer testigo, por favor.
El actuario llamó a la teniente Uhura al estrado. El comodoro Clark le sonrió cuando se hubo sentado. Uhura le entregó al actuario su placa de identificación, y se removió nerviosamente mientras su historial era solicitado por computadora.
–Teniente Uhura, usted es la oficial de comunicaciones de la Enterprise. ¿Vio u oyó usted algo que fuera de alguna manera poco corriente antes de la explosión? –la interrogó Clark.
–No, señor. Estaba completamente absorta en el entrenamiento de la cadete que me había sido asignada. La muchacha estaba teniendo dificultades con los canales subespaciales. Nada inusual apareció en el panel de comunicación. La cadete estaba inclinada por encima de mi hombro cuando se produjo la explosión; ella recibió el impacto de la explosión y murió. –Uhura vaciló–. Le debo mi vida a esa muchacha, señor.
El alférez Chekov siguió a Uhura. Su descripción de los sucesos del puente previos a la explosión fue muy similar a la de Uhura. Sulu siguió a Chekov, y lo que dijo sobre los acontecimientos del puente en aquel momento fue muy parecido a lo anterior. Pero agregó una cosa.
–El señor Spock me visitó cuando estaba en la enfermería. Me dijo que le había proporcionado una pista que iba a investigar. Creo que tenía que ver con la cadete que abandonó el puente justo antes de que se produjera el estallido.
El teniente Lowry declaró a continuación. No podía ofrecer ninguna información adicional, pero aceptaba toda la responsabilidad dado que ese día estaba de servicio. Después fue llamado Scott. Relató los sucesos tal como habían ocurrido en la sala de máquinas. Puesto que no había estado en el puente en el momento de la explosión, no podía aportar nada en cuanto a pruebas directas. Cuando mencionó a Spock, todos los ojos se volvieron hacia el vulcaniano, que permanecía sentado imperturbable y con la vista clavada al frente.
Con una mirada feroz dedicada a Spock, McCoy dio su parte médico.
–Quiero dejar claro, para que conste, que yo no le he dado al comandante Spock el alta médica para asistir a esta vista. Debe descansar con el fin de que podamos concluir las operaciones quirúrgicas; en su estado actual no podemos hacerle nada. Sus heridas fueron extremadamente graves.
Spock se encaró directamente con Clark, haciendo caso omiso del estallido de McCoy.
–Como usted puede ver, comodoro, estoy perfectamente bien. El doctor McCoy está exagerando. Considero que frecuentemente demuestra un exceso de celo en el cumplimiento de su deber. Por favor, continúe con la investigación.
Clark miró cautelosamente a Spock.
–Generalmente no escucharíamos su declaración si se le considerara incapacitado para el servicio. Sin embargo, debo admitir que parece usted lo bastante en forma.
McCoy se irritó.
–Se trata de una habilidad vulcaniana. Él está enmascarando los síntomas. Créame, está dolorido. Simplemente no deja que se le note.
–¿Es eso cierto, comandante Spock? –inquirió Clark.
Spock se mostró firme.
–En este momento estoy completamente capacitado para el servicio.
El escáner médico de McCoy zumbó. Él sabía mejor que los demás qué era lo que le ocurría al primer oficial. Comenzó a hablar.
–Bueno, pues –dijo Clark, interrumpiendo a McCoy–, continuaremos adelante con esta investigación.
McCoy le gruñó a Spock, mascullando juramentos en voz susurrante, mientras el resto de los oficiales de la Enterprise observaban el intercambio, con pleno conocimiento de qué era lo que Spock estaba haciendo.
–Comandante Spock –continuó el comodoro–, fue a petición suya que la presente vista fue convocada para este momento. Hasta este instante no veo prueba alguna que indique que la explosión que se produjo a bordo de la Enterprise fuera otra cosa que un lamentable accidente.
–Comodoro –respondió Spock–, si me permite continuar, intentaré convencerlo con pruebas materiales.
–Continúe, señor Spock. Pero se lo advierto: harán falta pruebas muy persuasivas para tratar de convencer a esta comisión.
De una forma muy estudiada, Spock comenzó la presentación de los hechos referentes al recuerdo que Sulu tenía de la cadete, y el consiguiente examen que él y Scott habían hecho de la sección desprendida. De vez en cuando, Scott asentía con la cabeza para manifestar su acuerdo. Por lo demás, la sala permanecía en casi absoluta quietud.
–Como ya sabe, mi raza es conocida por confiar en la lógica como modo de conducta ante cualquier dificultad. Todas las pruebas que presentaré, por lo tanto, han sido consideradas muy cuidadosamente. Tras la explosión, analicé el factor de fuerza que habría hecho falta para causar una devastación tan completa. Estoy tan bien informado como cualquiera de la Flota Estelar respecto a la tolerancia de una nave espacial. El señor Scott coincide con mis conclusiones. Asumimos sobre nosotros la responsabilidad de regresar a la sección abandonada para investigar la explosión. No había ninguna prueba material en lo que quedaba del puente.
»Fue entonces cuando seguimos la pista del señor Sulu. La única persona que no era un miembro estable de la tripulación, y que había entrado en el puente y salido justo antes de producirse la explosión, era una de las cadetes asignadas a la sesión de entrenamiento que estábamos llevando a cabo entonces. Entré en los expedientes de la computadora y, mediante un proceso de eliminación, reduje la investigación a cinco posibles candidatas potenciales. Luego, el señor Scott y yo registramos su camarotes en la sección abandonada, en busca de algo fuera de lo normal. Todas menos una tenían las cosas normales para un corto viaje de servicio. La excepción, la cadete Isabel Tomar¡, tenía escondidos en un cajón de su camarote dos objetos fuera de lo corriente. Uno de ellos, un frasco plano que contenía una sustancia química, identificada tras los análisis como mono etanolamina láuricadietanolamina esteárica; el otro objeto era un papel arrugado con una serie de puntos, que según creo es una carta astronómica. Me ha llevado una gran cantidad de tiempo encontrar el emplazamiento estelar equivalente en los registros de la Flota Estelar. Indudablemente, el mapa que voy a enseñarles ahora y la carta hallada en la Enterprise presentan diferencias. Yo las interpreto como omisiones más que como diferencias significativas.
Spock le transmitió las indicaciones adecuadas a la computadora, la cual proyectó las imágenes en la pantalla. –La carta de la izquierda es la que encontré en la Enterprise; la otra, una copia de la biblioteca de la Flota Estelar.
Como pueden ver, coinciden lo suficiente como para que pueda considerárselas como la misma cosa, dado que una está obviamente trazada a mano y la otra es una proyección de sondeos por telescopio. Esta sección nunca ha sido minuciosamente cartografiada. Está muy alejada, al otro extremo de la galaxia. Nosotros nunca nos hemos aventurado físicamente en ella. Yo sugiero que nuestra sospechosa proviene de uno de los sistemas solares proyectados aquí.
El comodoro Clark sonrió con desaprobación.
–¿Está usted sugiriendo que hemos sido saboteados por alguien de un planeta tan remoto como eso?
–Correcto –replicó Spock sin vacilación. Clark meneó la cabeza negativamente.
–¿Cuál dice usted que fue esa sustancia química que encontró?
–Mono etanolamina láurica...
–En términos sencillos, ¿qué es?
–Un depilatorio, señor. Una sustancia para quitar el exceso de vello.
–Señor Spock, no sé por lo que se refiere a las mujeres vulcanianas, pero las mujeres humanas utilizan ese tipo de cosa de forma regular. No veo nada de extraño en que una sustancia de esa naturaleza esté presente en el camarote de una mujer.
–Señor –respondió Spock–. La potencia indica la presencia de una cantidad de dicha sustancia química que a una mujer terrícola le bastaría para diez años, tres meses y un cierto número de días si decidiera permanecer completamente libre de cabello y vello durante ese período.
Como era habitual, Spock no tenía intención de resultar divertido, pero en la sala se oyó un murmullo de hilaridad contenida cuando acabó la última afirmación. La únicareacción de Spock fue la de alzar ligeramente una ceja con aire consternado.
–Esta vista será conducida con orden –estalló Clark–.No permitiré que esta investigación se convierta en un circo.
Se volvió hacia los dos oficiales que se hallaban a su lado. Susurraron entre sí durante unos instantes, y luego Clark se dirigió a Spock.
–Señor Spock, sé lo trastornado que debe sentirse después de la explosión ocurrida en su nave y los muertos y heridos que resultaron de la misma, pero no podemos ver razón alguna que nos haga pensar que se trató de otra cosa que un desgraciado accidente mecánico. El hallazgo del depilatorio no demuestra nada, e incluso usted admite que el mapa estelar y los puntos que encontró en el trozo de papel no coinciden con exactitud.
–Señor, deseo agregar una cosa más. La cadete Isabel Tomar¡ parece haberse desvanecido completamente. No existe expediente de ella ni en la academia ni en los archivos de la Flota Estelar; sólo la computadora de a bordo de la Enterprise tiene noticia de su existencia. Es algo significativo que haya desaparecido de forma tan absoluta.
Clark parecía exasperado.
–En ese caso, señor Spock, la computadora de a bordo de la Enterprise tiene que estar en un error.
–Soy yo el responsable de esa computadora, señor. No existe indicio alguno de mal funcionamiento.
–Comandante Spock, hemos tomado una decisión. Sus pruebas son insuficientes para sustentar la causa que presenta. La decisión de esta comisión es que la explosión que se produjo en la Enterprise es aún de origen desconocido, y probablemente accidental. Se cierra la vista.
–Pero, comodoro Clark, yo estoy convencido de que hay pruebas suficientes como para justificar que se continúe con la investigación –insistió Spock–. Tiene que escuchar mis razones. Yo creo que nos hallamos en un peligro extremo, y si demostramos ser vulnerables podríamos dejar el camino abierto para posteriores y más graves ataques.
–No veo ninguna razón para creer que estamos amenazados, comandante Spock. Usted ha presentado sus pruebas; yo le ordeno que regrese al hospital con el comandante McCoy y permanezca allí hasta que él lo declare físicamente apto para volver al servicio.
El comodoro se puso de pie, como lo hicieron todos los demás de la comisión investigadora, y abandonó la sala.
Spock se puso trabajosamente de pie, y le hizo un gesto a Scott para que se le acercara. McCoy se hallaba de pie junto a Spock, y no consiguió reprimir un aire de triunfo.
–Muy bien, Spock, ya lo ha retrasado durante bastante tiempo. Ahora está usted en mis manos. ¡Regrese a la enfermería de inmediato!
–No tengo ninguna intención de regresar con usted a la enfermería, doctor. Tengo algunos asuntos que discutir con el señor Scott. Si hace el favor de dejarnos ahora, yo...
–No hay nada que hacer, Spock –lo interrumpió McCoy–. Tiene usted una orden directa del comodoro. Ya tiene bastantes problemas por haber abandonado la base sin órdenes ni permiso.
Haciendo caso omiso del iracundo McCoy, Spock cogió a Scott por un brazo y salió de la sala sin más comentarios.
Se produjo un sonoro murmullo en toda la sala de audiencia. Prevalecía un sentimiento de insatisfacción.
–¿Por qué Clark hizo caso omiso de la declaración? –le preguntó Sulu a McCoy cuando abandonaban la sala.
–Maldito si lo sé, señor Sulu. Yo no soy más que un viejo médico rural que no puede retener a un paciente el tiempo necesario como para tratarlo..., pero en este asunto hay algo que no parece estar del todo en su sitio...

2
La búsqueda


1

U.S.S. RAVEN:* CLASE CRUCERO AA. POTENCIAL HIPERESPACIAL: 5 MAX. CAPITÁN ROSS FONTAINE. TRIPULACIÓN: 17,8 HUMANA – 8 ANDROIDEA – 1 VULCANIANA. ESTADO PRESENTE DE LA TRIPULACIÓN: PERMISO DE DESCANSO – BASE ESTELAR 12. ESTADO DE LA NAVE: APROVISIONAMIENTO CONCLUIDO. SISTEMAS DE LANZAMIENTO EN PROGRESO – INGENIERO FESTUS PARKER AUTORIZADO A BORDO. EMPLAZAMIENTO: BASE ESTELAR 12, MUELLE 6. SEGURIDAD ORDINARIA.

Spock leyó con satisfacción el informe de la computadora. La Raven, que había atracado dos días antes, serviría bien a sus propósitos. Scott, que miraba por encima del hombro de Spock, asintió con la cabeza. Habían encontrado la nave que necesitaban. Pero el escocés estaba incómodo.
–¿Está seguro de que esta es la única forma, señor Spock? La Flota Estelar no se toma amablemente el que le cojan las naves prestadas sin autorización, ya lo sabe.
–Si tiene reservas, señor Scott, no está en absoluto obligado a acompañarme –replicó tranquilamente Spock–. Estoy decidido a demostrar que mis sospechas respecto a la explosión son correctas. Su compañía, sin embargo, será muy útil y bienvenida.
–Será un poco delicado manejar una nave de ese tamaño con sólo dos tripulantes, pero creo que podremos conseguirlo –respondió Scott–. ¿Cuándo nos la llevaremos?

*«Cuervo», en inglés. (N. de la T)

–Esta noche. Sólo necesitaremos nuestros efectos personales. La nave está completamente aprovisionada.
El único guardia que se hallaba ante el muelle de atraque comprobaba su cronómetro cada pocos minutos. Los turnos de guardia en una base estelar eran más una cuestión de forma que de necesidad, y él estaba sacrificando una buena noche de sueño por una tarea que no resultaba esencial.
Bostezando, se recostó contra la pared, cuyo largo se puso a contemplar mientras deseaba que aquella larga guardia tocara a su fin. No percibió la presencia de Spock hasta que el vulcaniano estuvo directamente detrás de él. Se volvió, reconoció a Spock y esbozó una sonrisa. Eso fue lo último que recordaría más tarde. La presión precisa aplicada en su hombro lo hizo perder instantáneamente el conocimiento. Spock lo tendió suavemente sobre el suelo y llamó a Scott con un gesto. Con sus pertrechos a cuestas, entraron en la nave.
Spock se encaminó directamente hacia la computadora y metió una grabación en la terminal. El panel de comunicaciones despertó a la vida, enviando una señal al centro de control de vuelo de la base estelar. Spock activó el mecanismo auditivo, y le habló al personal del centro de control.
–U.S.S. Raven: Comprobaciones normales de lanzamiento. Vuelo limitado. Solicito permiso.
–Especifique autorización –zumbó monótonamente la respuesta.
–Comandante Festus Parker, jefe de ingenieros. Comprobación de los sistemas de seguridad. Autorización: procedimiento estándar.
–Permiso concedido; vuelo de duración limitada. Por favor, informe a la base del estado de la nave a su regreso.
–Órdenes recibidas y comprendidas. Parker fuera.
Spock asintió con la cabeza y Scott activó la secuencia de lanzamiento. Una vez hubieron salido, Spock modificó el acceso a la computadora navegacional para que no pudieran seguirles la pista. Ya estaban en el espacio profundo antes de que nadie de la base se diera cuenta de que había alguna irregularidad.
Scott mantuvo plenamente ocupadas sus manos en dirigir la nave durante el largo viaje, mientras en la limitada computadora de la Raven Spock buscaba tediosamente el más probable de los sistemas solares del sector indicados en el esquemático mapa que había hallado en el camarote de la cadete Tomari.
Al acercarse al área, el vulcaniano se concentró en los que tenían planetas que pudieran sustentar vida. De las diez estrellas del sector, sólo una poseía un planeta que pudiera ser habitable, por lo que trazaron el rumbo hacia el cuarto mundo de un pequeño sol brillante.
Se posaron sobre un valle plano al pie de una cadena montañosa, en un área desértica del pequeño planeta que denominaron «Pesquisa». Con los equipos poco sofisticados de la Raven, Spock era incapaz de determinar si en el planeta existía alguna forma de vida inteligente. Era apenas habitable, con el nivel de oxígeno meramente adecuado. La única región que podía sustentar vida de forma apropiada parecía ser el polo septentrional, dado que el resto del pequeño mundo era extremadamente cálido. Spock suponía que, puesto que la cadete Isabel Tomar¡ parecía humana, la forma de vida que estaban buscando tenía que ser de apariencia humanoide, o tener, al menos, la capacidad de parecer humana.
Tras utilizar los sensores y escáners de la nave para comprobar que no hubiera ninguna amenaza detestable, los dos hombres desembarcaron cautelosamente.
Treparon por la ladera rocosa de una pequeña colina; Spock seguía a Scott con dificultad, enmascarando el dolor que sentía con un esfuerzo cada vez mayor. Scott le tendió una mano a Spock para ayudarlo a llegar hasta la cresta de la colina, y el vulcaniano la aceptó, agradecido. El ingeniero había aceptado en silencio no presionar a Spock sobre su estado físico, pero no perdía de vista en ningún momento el problema de su compañero y lo ayudaba siempre que podía sin hacer que resultara demasiado evidente.
Hasta donde podían ver, el paisaje yermo se extendía interminablemente y no presentaba signo alguno de vida. Las onduladas elevaciones estaban teñidas por un sol anaranjado, lo que le confería al territorio la apariencia de un ocaso perpetuo. La vegetación era escasa, con predominancia de matojos de color amarillento que se hallaban dispersos por la parte inferior de las faldas de las colinas. No había lugar alguno en el que ponerse a cubierto en caso de necesidad, y ambos oficiales eran plenamente conscientes de su vulnerabilidad dado que marchaban sin escolta de seguridad ni sensores portátiles.
Regresaron a la nave, descorazonados. El planeta parecía carecer totalmente de cualquier signo de vida. Detrás de ellos, otro grupo de colinas bajas sombreaba el resto del paisaje. Ambos hombres se encaminaban hacia aquellas elevaciones con la esperanza de encontrar un terreno más prometedor, cuando un rayo fásico pasó cerca de Spock
–Van a quedarse muy quietos, con las manos a la vista y apartadas de sus armas –dijo una voz femenina que les llegó desde detrás de las rocas–. No se vuelvan. Quédense donde están –continuó la voz.
Spock oyó el sonido de tres pares de pies que se acercaban; una mano se tendió desde detrás de él hacia su pistola fásica. Scott también fue desarmado.
–Vuélvanse ahora.
Ambos giraron sobre sí para encararse con sus captores, y se quedaron mudos de sorpresa al ver que tres oficiales romulanos les sonreían satisfechos.
Fue la mujer quien captó la atención de Spock. Era más alta que la media romulana, y su porte era erguido y confiado. Llevaba los oscuros cabellos pulcramente recogidos en una cola, lo que hacía resaltar las facciones bien cinceladas. A pesar de que Spock raramente era sensible a la belleza femenina, la radiante comandante Julina logró obtener la apreciación estética del vulcaniano.
–Debería de haber sabido que en esto andaba metida la Federación –declaró ella con tono iracundo.
Scott inició una protesta, pero ella no estaba dispuesta a escuchar explicaciones de ninguna clase.
–Dos cautivos de la Federación serán un trofeo digno de exponer cuando regresemos. Los romulanos no solemos hacer prisioneros, pero ustedes son una excepción.
La comandante romulana se apartó un poco para conferenciar con sus oficiales.
Los prisioneros de la Federación fueron llevados a la nave exploradora romulana que se hallaba escondida en una hondonada cercana, y encerrados en una pequeña área de almacenamiento. La estancia estaba atestada de cosas y resultaba incómoda. Scott exploró cada centímetro de la prisión, pero no pudo encontrar forma de huir.
–Parece que estamos a punto de realizar un largo viaje en esta dependencia diminuta, señor Spock.
Pero Spock no estaba escuchando a su compañero; estaba concentrado en las voces de sus captores romulanos, de las que obtenía una información de lo más iluminadora. Spock se recostó contra el mamparo mientras se cogía con ambas manos la espalda dolorida e intentaba tenderse. Contuvo la respiración cuando un estallido de agudo dolor le agarrotó la espalda y le recorrió la pierna derecha.
–¿Se encuentra bien? –preguntó Scott, cada vez más preocupado.
Según su estilo habitual, el primer oficial negó el dolor que sentía, y cuando éste remitió, Spock le dijo:
–Parece que los romulanos también fueron víctimas de un acto de sabotaje muy parecido al que se produjo a bordo de la Enterprise. Ahora creen que, puesto que nos han encontrado aquí, somos nosotros los culpables. Fueron conducidos hasta aquí por un mapa similar al que yo descubrí. Aparentemente, nuestro adversario no atacó exclusivamente a la Federación. Eso amplía enormemente el campo de nuestro problema.
–Tendremos que decirles que estamos buscando al mismo enemigo que ellos.
–En este momento no estamos en posición de poder decirles nada, señor Scott. Dudo que fueran a aceptar nuestra palabra, aunque les explicáramos qué es lo que estamos haciendo en este planeta. Resulta obvio que fuimos atraídos hasta aquí, pero ¿por quién y por qué? Los romulanos creen que somos los responsables del sabotaje de una de sus instalaciones, y que fueron atraídos hasta aquí con algún propósito malvado. Si llegan a llevarnos a Romulus, nos veremos en una posición tremendamente seria.
–Sí, señor Spock, y no tenemos posibilidad alguna de obtener ayuda.
Spock guardó silencio y Scott se recostó con aire impotente. Permanecieron callados durante algún tiempo, hasta que el sonido de una explosión en las proximidades de la nave atrajo bruscamente la atención de ambos. Otra detonación, más cercana esta vez, sacudió violentamente la nave romulana. Spock pudo oír cómo la comandante le gritaba órdenes a su tripulación mientras todos se aprestaban para la defensa. El sonido de un arma desintegradora disparada desde el interior de la nave romulana fue ahogado al sacudirse ésta con una explosión que se produjo cerca de la sección de almacenamiento.
–¡Están rodeados! –gritó una voz profunda desde el exterior–. Rodeados. Es inútil que continúen resistiendo.
Spock pudo oír que la comandante mantenía una tensa conferencia con sus oficiales.
–En esta nave no tenemos ningún mecanismo de autodestrucción. No tenemos alternativa. No podemos destruirnos nosotros mismos junto con la nave...
Entonces una explosión ensordecedora arrancó completamente la escotilla de la nave, interrumpiendo las palabras de la comandante.
Scott y Spock, encerrados y completamente impotentes, se dieron cuenta de que lo único que podían hacer era esperar a que los recién llegados los encontraran.
–¿Seremos rescatados, o nos convertiremos en prisioneros de otro grupo?
Spock respondió con su típica calma racional.
–Pronto lo sabremos.
Scott ayudó a Spock a ponerse de pie cuando la puerta de la sala en la que se hallaban comenzó a abrirse. Los oficiales intercambiaron miradas, Spock con una ceja alzada y Scott con alarma.
Frente a ellos había dos klingon.
–¡Fuera! –ordenó la voz ya conocida–. ¿Qué es esto? ¿Representantes de la Federación? ¿Escondidos? ¿Pensaban ustedes que podía atacarse al imperio klingon? ¿Pensaron acaso que las fuerzas combinadas del imperio romulano y la Federación podrían destruirnos? ¡No es tan fácil vencernos!
La comandante romulana protestó.
–Nosotros no atacamos su imperio. No existe alianza alguna con la Federación. Esos hombres son nuestros prisioneros, no nuestros aliados.
–Ha sido un buen intento, comandante, pero no nos embaucará. Es obviamente una estratagema para cogernos desprevenidos. –El klingon les hizo señas a todos para indicarles que abandonaran la nave–. Tendremos mucho tiempo para arrancarles la verdad cuando regresemos a nuestra nave.
–Señor Spock –susurró Scott–. Dígales que no estamos involucrados en ningún ataque. A usted le creerán.
El klingon, que había oído a Scott, se volvió hacia Spock entrecerrando los ojos.
–Así que es el famoso comandante Spock, de la Enterprise. Su reputación lo ha precedido. Es usted un prisionero particularmente valioso.
Spock habló con tranquilidad.
–Si mi reputación me ha precedido, entonces tiene que estar usted enterado de mi integridad. Por mi honor de vulcaniano, le aseguro que la Federación no tiene nada que ver con los ataques dirigidos contra los imperios de cualquiera de ustedes. Nosotros, de hecho, fuimos igualmente atacados. Doy por supuesto que también ustedes tienen un mapa similar al que llevo encima yo.
Spock desplazó la mano hacia el cinturón: los klingon levantaron sus desintegradoras.
–Les aseguro que no estoy armado. No hago más que sacar un papel que les ayudará a aclarar nuestras diferencias. Creo que la comandante –Spock hizo un gesto hacia la romulana que se hallaba de pie junto a él– tiene también un mapa que la condujo hasta aquí. Sería extremadamente interesante comparar todos los mapas. Estoy convencido de que tenemos un enemigo común. El porqué de que hayamos sido conducidos hasta aquí y con qué propósito, es algo que continúa siendo un misterio. Pero que fuimos definitivamente atraídos a este lugar por un adversario muy inteligente, es algo que parece seguro.
El klingon cogió el mapa de Spock, y la comandante romulana sacó otro. El klingon los comparó con el suyo, y les entregó los tres a Spock y la romulana.
–Puede que esté en lo cierto, vulcaniano. Es muy probable que se nos haya traído hasta aquí intencionadamente. Esto no me gusta. ¿Quién...?
–Eso está todavía por determinar –respondió Spock–.Pero dado que al parecer tenemos un enemigo común, iría en favor de nuestros intereses que, dadas las circunstancias, dejemos de momento a un lado nuestras diferencias.
Los klingon refunfuñaron ante la sugerencia. Los romulanos, más inclinados a la lógica, aceptaron la situación con más facilidad.
–Una tregua, entonces –ladró el comandante klingon.
–De acuerdo –se apresuró a responder Spock.
Sostuvieron una conferencia en el claro que estaba junto a la nave klingon. Tanto éstos como los romulanos habían viajado hasta el planeta en pequeñas naves exploradoras, del mismo tipo que la que se habían apropiado Spock y Scott. Ninguna de las naves estaba equipada con transportadores o sensores sofisticados. Aparentemente, tampoco los otros grupos, al igual que la Federación, habían pensado que el incidente mereciera el sondeo de una nave bien equipada.
Los tres romulanos, el trío de klingon, así como el vulcaniano y el terrícola que representaban a la Federación, se sentaron en torno a una mesa erigida sobre el suelo del desierto. La lógica de Spock y su capacidad de conservar una objetividad desapasionada lo convertían en la opción natural para liderar al grupo.
–Nos resultará mucho más fácil trabajar juntos si nos presentamos formalmente. Si pensamos los unos en los otros como en seres con un mismo problema, nos será más fácil trascender nuestras pasadas diferencias.
Scott estaba impresionado por la comprensión que Spock demostraba tener de los aspectos psicológicos y sociológicos de una alianza entre adversarios de tanto tiempo como los presentes. El vulcaniano no era conocido precisamente por su sensibilidad hacia las complicaciones en las relaciones interpersonales.
–Yo soy el comandante Spock, primer oficial de la U.S.S. Enterprise, del planeta Vulcano. Mi compañero es el teniente comandante Scott, jefe de ingenieros, originario de la Tierra.
La comandante romulana, que estaba a la derecha de Spock, tomó la palabra.
–Comandante Julina, de la nave capitana Pájaro de Presa, romulana. Mi planeta de origen, Relus, del sistema de Romulus.
Siguieron sus oficiales.
–Subcomandante Placus, Pájaro de Presa, de Romulus.
–Delus, oficial de artillería, Pájaro de Presa, de Romulus.
El comandante klingon se presentó con un gruñido característico.
–Comandante Klee, nave klingon, Fuerza. –Luego presentó a su tripulación–. A mi derecha, mi primer oficial, el teniente comandante Melek. Mi otro oficial, el teniente Kasus. Todos originarios del planeta Klingon. Ahora que ya nos hemos identificado, sugiero que intentemos averiguar qué estamos haciendo aquí.
–¿Puedo proponer una posibilidad? –preguntó Spock. Todos asintieron.
–Creo que estamos tratando con un adversario que está poniendo a prueba nuestro poder, y posiblemente nuestro ingenio. Lo que resulta alarmante es que nos atacaran a todos. No puedo imaginarme unas fuerzas lo suficientemente grandes o poderosas como para enfrentarse simultáneamente con la combinación del poder militar de todos nosotros... a menos que la intención fuera hacernos creer que los actos de sabotaje habían sido perpetrados por nuestros enemigos conocidos, e intentar que nos lanzáramos los unos sobre los otros.
–Si no nos hubiéramos encontrado aquí, es muy probable que el imperio klingon hubiera culpado a la Federación –concedió Klee.
–El imperio romulano también habría culpado a la Federación –agregó Julina.
–Pero –interrumpió Spock– nos hemos encontrado en este planeta, hasta el que hemos sido todos conducidos. Yo no creo que...
Desde las colinas que rodeaban a los nuevos aliados, una voz resonó como un trueno a través de algún tipo de amplificador.
–¡Tiren sus armas al suelo! Permanezcan completamente inmóviles. No intenten huir. No tenemos ningún deseo de matarlos.
Uno de los klingon, el teniente Kasus, cogió su desintegradora y se giró rápidamente disparando al mismo tiempo. Un rayo de tipo fásico le dio de lleno cuando disparaba, y el klingon desapareció en un destello de luz y colores.
–Es inútil resistirse. ¡Sigan mis órdenes de forma exacta!
Los representantes de la Federación habían sido desarmados anteriormente por los romulanos, así que tanto Spock como Scott se pusieron impotentemente de pie mientras los demás arrojaban las armas sobre el suelo del desierto con airada resignación.
–Ahora, pongan las manos a la espalda –ordenó la incorpórea voz desde detrás de las colinas. Spock se encontró de pronto con las manos atadas a la espalda por una fuerza que era incapaz de resistir. No advirtió la presencia de ninguna ligadura visible en las manos de los demás cuando también ellos parecieron tener las manos sujetas a la espalda por una fuerza invisible.
–Si esta es una muestra de su tecnología y poder, es posible que hayamos subestimado a nuestro enemigo –observó Spock.
–Sí –estuvo de acuerdo Scott–. Nos hallamos en un triste apuro.
Desde todas partes, surgieron unos hombres pequeños y robustos que se aproximaron a los cautivos. Spock levantó una ceja con interés cuando obtuvo una clara visión de sus captores. Eran de piel blanca, y estaban cubiertos por una gruesa capa de vello rubio que se hacía más espeso alrededor de la cara, donde adquiría la apariencia de una barba completa. Se cubrían con pieles de animales al estilo primitivo, echadas por encima de un hombro y sujetas alrededor de las caderas. Iban armados con palos y lanzas.
–Ya veo por qué necesitaba el depilatorio –comentó Spock.
El líder alienígena abofeteó a Spock.
–¡Silencio! –le ladró, tratando al vulcaniano como a una forma de vida inferior. Spock permaneció inmóvil: «No hace falta agravar una situación que es ya de por sí grave».
Los prisioneros fueron alineados en una sola fila, y conducidos al otro lado de las colinas circundantes. En cuanto llegaron a lo más alto de una ladera y comenzaron a descender, pudieron apreciar lo que las colinas habían ocultado hasta entonces: un cohete alimentado con combustible químico, de gran tamaño, que se hallaba sobre una plataforma de lanzamiento, listo para despegar. Spock volvió a alzar una ceja cuando vio aquel primitivo sistema de propulsión.
Scott se sintió deslumbrado por aquella aparición del mundo pasado.
–¡Miren eso! –exclamó–. Una máquina que funciona de la época de los primeros vuelos espaciales. ¡Es mejor que las de los museos!
Fue silenciado por el pinchazo de una lanza en la espalda.
Fueron conducidos a un ascensor que los llevó hasta el caballete y al interior de la nave, donde los encerraron en una cámara de la sección inferior. La puerta se cerró, y los prisioneros se encontraron a oscuras en el interior de una celda cilíndrica de paredes Ilsas. También descubrieron que tenían las manos libres de las ligaduras invisibles. En la oscuridad de la cámara, el contingente klingon –ahora reducido a dos–, se sentó, guardando un hosco silencio. Spock entabló conversación con la comandante Julina y sus dos oficiales, mientras Scott se concentraba en los sonidos de la nave, absorto en la oportunidad de estudiar de primera mano los primitivos métodos de propulsión.
El lanzamiento fue brusco pero eficaz, y el vuelo parecía muy suave. La nave, una vez lanzada, pareció funcionar de acuerdo con los diferentes principios de la física: la gravedad artificial quedó establecida. El ingeniero estaba intrigado.
Pasado un rato, cada prisionero se hundió en sus propios pensamientos. El lugar en el que se encontraban era frío e incómodo. El reloj interno de Spock contaba los minutos, lo que le proporcionaba un sentido más preciso del tiempo transcurrido del que tenían los demás, pero pasado un rato incluso él perdió la noción temporal al carecer de instrumentos, a causa de la estrechez de la prisión. Les proporcionaban comida a intervalos regulares, siempre carne que Spock rechazaba. Estaba viviendo de agua y aire.
Scott estaba cada vez más preocupado. No podía ver a Spock entre tinieblas, pero sabía que su amigo estaba sufriendo. No obstante, como de costumbre, Spock negaba la existencia de problema alguno.
–Los vulcanianos pueden sobrevivir indefinidamente sin sustento, cuando es necesario –afirmó.
Tras lo que pareció un viaje interminable, la nave se precipitó fuera del espacio a la atmósfera de su planeta de origen. Aterrizaron con una sacudida que derribó bruscamente a los prisioneros. Cuando la mayoría ya había recobrado el equilibrio y la posición erecta, Spock continuaba tendido; Scott y Julina se acercaron a ayudarlo.
–Estaré bien dentro de un momento. Por favor, no necesito ayuda alguna.
Se obligó a ponerse de pie, y se irguió muy lentamente mientras intentaba que nadie advirtiera el deterioro de su estado. Finalmente se abrió la puerta de la celda. Los macilentos prisioneros abandonaron agradecidos los confines de aquella cámara, y fueron conducidos fuera de la nave.
Se encontraron en un mundo crudo y desolado, cuyo sol rojo apenas le proporcionaba la tibieza suficiente como para sobrevivir en él. La mayor parte del paisaje estaba formado por rocas peladas, cubiertas de una fina capa de escarcha. El crudo frío parecía atravesar como un cuchillo los uniformes de los prisioneros, diseñados para el entorno artificial de una nave. Los llevaron al interior de un edificio de piedra, los separaron de acuerdo con su raza, y seguidamente los metieron en celdas. Por primera vez desde que habían comenzado la búsqueda de la saboteadora, Scott y Spock fueron separados cuando el vulcaniano fue encerrado en la misma celda que los romulanos, a quienes se asemejaba mucho.
Se les proporcionó comida y agua. Una vez más, Spock rechazó la carne de animal que le ofrecieron. El carcelero reparó en su rechazo.
–Usted no come. Es necesario que conserve sus fuerzas.
–Empujó la comida hacia Spock, el cual le dio la espalda.
Con una fuerza descomunal, Spock sintió que un poder invisible le sujetaba las manos a la espalda. Fue bruscamente sacado de la celda, empujado por el corredor, y obligado a entrar en una habitación en la que estaba sentada una hembra de la especie.
La mujer tenía una cantidad de vello considerablemente inferior a los demás. Ella indicó la puerta con un movimiento de cabeza, y dos guardias se apostaron en el exterior de la misma.
–Bueno, señor Spock, los guardias dicen que se ha negado a comer. ¿Es cierto eso?
–Sí –fue todo lo que respondió Spock.
–Se le ha ofrecido carne. ¿Es verdad, entonces? ¿Come usted plantas exclusivamente?
–Sí –volvió a replicar Spock.
–Este es un mundo duro, Spock. Nuestro clima no permite el crecimiento de plantas comestibles. Tendrá que subsistir con carne hasta que podamos traer vegetales para usted. ¡Tenemos muy poco por lo que a otra clase de comida se refiere, así que comerá usted lo que se le dé!

Spock continuó sumido en un impenetrable silencio.
–Ya me han hablado de su testarudez vulcaniana. Parece que los rumores de la nave eran correctos...
Fue entonces cuando Spock se dio cuenta de que aquella tenía que ser la misteriosa cadete que había sido vista en el puente. Era baja de estatura, robusta, casi cuadrada, como la había descrito Sulu. Tenía el rostro ancho, y parecía aún más lleno a causa del vello que comenzaba a crecerle abundantemente en él.
–Cadete Isabel Tomari –dijo el vulcaniano en voz alta.
–Parcialmente correcto, Spock. Un nombre que inventé al ocupar mi puesto a bordo de la Enterprise. Es una combinación de mi propio nombre, Ilsa, y del de este planeta, Tomarii. Tiene que ser usted muy observador como para haberme reconocido, especialmente con mi pelo parcialmente crecido. Ahora, regresemos a nuestro problema. Comerá usted, aunque tengamos que obligarlo a ello. Lo necesitamos con sus fuerzas completas.
–¿Con qué propósito? –Spock desplazó el peso desde la pierna derecha entumecida a la izquierda, intentando ocultar el creciente malestar.
Ella no respondió a la pregunta y llamó a uno de los guardias que estaban afuera.
–¿Dónde lo habéis encerrado?
–Con los otros de su raza, begum * Ilsa.
–Él no es como los otros. Tengo un interés especial en él. Ponedlo en una celda aparte.
Esta vez, fue llevado a una celda pequeña, ocupada sólo por él. Una vez más, sus manos se vieron libres al cerrarse la puerta con un potente sonido metálico. Era terriblemente fría. El vulcaniano estaba teniendo dificultades para conservar la tolerancia hacia las gélidas temperaturas, y la falta de nutrición comenzaba también a repercutir en su cuerpo. Se concentró en estabilizar su estado físico, bloqueando el malestar todo lo posible, y en analizar la información que había recogido observando a sus captores hasta aquel momento.

*Mujer musulmana de alto rango social. (N. de la T)

Algún tiempo después, Spock pudo oír que unos guardias se aproximaban a su celda; se obligó a ponerse de pie. La pesada puerta se abrió y lo sacaron al corredor. La fuerza invisible le ligó bruscamente las manos entre sí, esta vez delante de él. Una a una, las celdas fueron abiertas y los prisioneros sacados al exterior. Los klingon estaban tensos y con aspecto hosco; no se adaptaban con facilidad a ser capturados ni encarcelados. Pero, de forma muy similar a la de Spock, los romulanos se mostraban más analíticos respecto a la situación en la que se encontraban.
Scott salió de la celda y se encaminó directamente hacia Spock antes de que uno de los guardias lo detuviera. El ingeniero miró a su compañero con auténtica preocupación. Se daba cuenta de que el estado de Spock no era bueno; su palidez era, por sí sola, alarmante para alguien que estuviera familiarizado con el vulcaniano.
Les hicieron formar una fila en una sala espaciosa contigua al bloque de celdas. Las paredes estaban cubiertas de gotas de agua, lo que hacía que la sala resultara húmeda y fría; la temperatura era cercana al punto de congelación. Los tomariianos estaban completamente cómodos en aquel frío; los prisioneros sufrían lo indecible.
Ilsa entró en la estancia, seguida de un numeroso grupo de tomariianos de alto rango. Deteniéndose directamente delante de Spock, Ilsa fue la primera en hablar.
–Este, el vulcaniano, es de gran interés. Su raza es conocida por su gran fuerza física y su gran lógica. Se me ha dicho que son pacíficos. Ya lo veremos. Me lo quedaré yo como abanderado. La mujer romulana me servirá también. Los otros os los dejo para que escojáis. Las batallas comenzarán dentro de un ciclo solar.
Un varón tomariiano, que llevaba puesta una piel manchada, hizo girar en redondo a Scott, examinando al escocés con expresión interesada.
–Él me servirá como abanderado a mí. Es el ingeniero, según tengo entendido. Útil. ¿Cómo te llamas? –le preguntó a Scott.
Scott no respondió. Se volvió a mirar a Spock, que le hizo un ligero gesto de asentimiento.
–Comandante Montgomery Scott –respondió entonces.
–Bien, Scott. Seremos un equipo ganador. Yo soy Ilob.
Otro de los tomariianos, más robusto y fuerte que los demás, se detuvo ante los klingon.
–Yo me quedaré con estos dos. Tienen más aspecto de guerreros que los otros. Mis bandos necesitan hombres robustos y fuertes.
–No, yo me quedaré con uno de ellos –gritó otro tomariiano, aferrando al comandante Klee por un brazo y arrastrándolo a su lado–. Será una buena incorporación para mis filas.
La discusión de los dos tomariianos por la posesión de los klingon llegó casi a las manos. Ilsa finalmente se interpuso entre ellos.
–Es necesario separarlos. Cada uno de vosotros se quedará con uno de ellos. No toleraré ninguna discusión. Continuemos.
Otro tomariiano escogió a Delus, el romulano de más alta estatura. El subcomandante Placus, el romulano que quedaba, fue reclamado por un tomariiano más bajo que los demás, que contempló a su cautivo con desaprobación.
–Parece muy delgado como para que resulte útil. Creo que me he quedado con el más débil del lote. Pero haré todo lo que pueda. –Se volvió a mirar a Ilsa–. No comprendo tu elección, begum. Pareces haber escogido a los menos capacitados del grupo.
–Es mi elección, Ilram. Ya veremos. Vamos, Spock, tenemos mucho que hacer. Sígame. –Tocó a Julina–. Tú también me seguirás.
Avanzaron, rodeados por la escolta armada, a través del yermo paisaje de Tomarii. Los científicos ojos de Spock detectaron la ausencia de potencial mineral en la roca mientras caminaban.
–Este es uno de los planetas más pobres en recursos que he visto que sustente vida de un orden superior –le murmuró Spock a su compañera de cautiverio–. Existen demasiadas inconsistencias. La tecnología del vuelo espacial debería ir acompañada de una cultura material más compleja de la que vemos aquí. La capacidad que tienen de controlar una fuerza del tipo de la que nos sujeta las manos y el uso que hacen de cuchillos y lanzas son incongruentes. Existen otras discrepancias. Por último, no entiendo qué es lo que quieren de nosotros.
–Tampoco yo –reconoció Julina–. Tenemos que ser pacientes.
–Debo disponer de más factores antes de poder realizar un análisis adecuado –dijo el vulcaniano pensando en voz alta.
El toque de la lanza en la espalda hizo que Spock volviera al estado de alerta. Había estado rezagándose, y lo obligaron a acelerar el paso para alcanzar a los demás. Cada paso le provocaba un punzante dolor en la espalda; estaba sin aliento cuando llegó al lado de Ilsa, quien miró a Spock con expresión intrigada. Todo lo que había oído en la Enterprise con respecto al vulcaniano parecía erróneo: no parecía capaz de mantener el paso de marcha normal.
Poco después llegaron a una zona de edificios de piedra y entraron en el complejo a través de un pasillo estrecho y bien protegido. El patio interior era grande y desprovisto de todo adorno. Todas las estructuras estaban construidas con piedra gris, al igual que el piso del patio. Aquel era con mucho el más descolorido de los complejos habitacionales que Spock había visto en su vida.
El vulcaniano observaba cada uno de los movimientos de Ilsa. Ella tocó ligeramente un anillo que llevaba en el dedo del corazón, y desapareció la fuerza que les sujetaba las manos. Julina, una vez libre, se puso a flexionar los brazos para activar la circulación que había estado inhibida; Spock se puso a dar fuertes pisotones en un intento de recobrar en la pierna derecha parte de la sensibilidad. El entumecimiento se hacía cada vez más pronunciado. No sabía cuánto pasaría antes de que se descubriera su debilidad y se diera por concluida su utilidad. Había sacado la conclusión, por todo lo que había visto y por lo hablado con Ilsa, de que la fuerza física era de primordial importancia para aquella cultura. Se concentró en tener una apariencia vigorosa.
Un curioso grupo de tomariianos los había rodeado cuando entraron en el patio. Una mujer, obviamente una entrenadora de algún tipo, le entregó a Ilsa un abultado paquete de pieles. Ella le tendió una suntuosa y manchada a Spock, y otra leonada de color oro a Julina.
–Pónganse esto –les ordenó, entregándoles las ropas insuficientes a los prisioneros. Spock y Julina vacilaron, pero Ilsa se mostró insistente–. ¡Pónganselas ahora!
–¿Ahora? –preguntó Spock, recorriendo con los ojos al grupo que los miraba fijamente.
–Aquí y ahora, como acabo de ordenar. ¿O prefieren que los haga desnudar y vestir por la fuerza?
Resignado por el hecho de que no tenía elección, Spock se sometió.
–La fuerza no será necesaria; cumpliremos con su orden.
Comenzó a quitarse el uniforme y Julina, siguiendo su ejemplo, hizo otro tanto. Mientras Spock se desnudaba, un varón tomariiano joven se le acercó y pasó una mano por el brazo del vulcaniano en sentido ascendente, y por el pecho. Spock conservó la apariencia de calma gracias a sus años de entrenamiento de disciplina vulcaniana. Otros tomariianos siguieron el ejemplo del muchacho, murmurando sorprendidos comentarios cuando tocaban las pieles desnudas del hombre y la mujer extraños. Pero era a Julina a quien Spock estudiaba. Las pieles bárbaras no ocultaban ni un ápice de su belleza. Parecía una diosa primitiva que desafiara a todos los que se le acercaran. «Podría ser una antigua guerrera vulcaniana», pensó, mirándola meditativamente.
Julina le devolvió a Spock la mirada. La piel moteada que llevaba él estaba hecha para alguien más robusto. Colgaba holgadamente de su delgado cuerpo, poniendo de manifiesto su reciente pérdida de peso.
Ilsa lo examinó cuidadosamente.
–Tenemos que revestir esos huesos con un poco más de carne, Spock. Quizá eso acelere su paso. –Le pasó la mano por la profunda cicatriz que tenía en la espalda, tocando el área en la que aún estaba alojada la esquirla de metal, cerca de la columna–. Parece una herida reciente –observó.
Spock no respondió.
–Usted estaba en el puente cuando yo provoqué la explosión. Recuerdo haberlo visto allí. ¿Resultó herido en la detonación?
–Sí.
–¿De gravedad?
–La herida no ha disminuido mis capacidades.
Ella volvió a pasar la mano por la cicatriz.
–Me alegro de que no fuera más grave. Usted es el más interesante de nuestros prisioneros.
Sin pronunciar más palabras, Ilsa se encaminó hacia el edificio central, indicándoles con una floritura de la mano,
a Spock y Julina, que la siguieran. Ambos se alegraron de moverse, tanto para alejarse del grupo que los miraba fijamente como para evitar congelarse en el frío tomariiano.


2

El ingeniero que Scott llevaba dentro se sentía entusiasmado por la oportunidad de explorar la tecnología única de Tomarii. Cada día realizaba las maniobras militares como se esperaba de él, pero cada tarde regresaba a la base de cohetes con su captor, Ilob, el general de la flora tomariiana.
«Estas computadoras primitivas serían una maravilla para Spock si pudiera verlas. Tengo que hallar una forma de llegar hasta Spock. » Pero luego su atención era atraída por otra maravilla técnica arcaica, y se ponía a estudiar el nuevo descubrimiento con ávido interés.
El sistema de lanzamiento era sencillo; requería una enorme cantidad de personal, pero básicamente era un simple cohete de alimentación química lanzado desde una plataforma corriente. Scott tuvo oportunidad de examinar el interior de una de las naves, y descubrió otro nivel de avance tecnológico. Una vez en órbita, el vehículo tenía potencial hiperespacial, un motor de materia/antimateria, y un sistema de soporte vital tan sofisticado como cualquiera de los que había visto. No pudo encontrar ningún dispositivo del tipo de los transportadores. Aparentemente, se limitaban a descender sobre la superficie del planeta de una forma igualmente arcaica a como eran lanzados, a juzgar por la sacudida del aterrizaje.
Ilob era un ser relativamente razonable. Una vez hubo comprendido cuánto superaban los conocimientos de ingeniería de Scott a los suyos propios, le dio al ingeniero vía libre y se dedicó a observar sus procedimientos y asimilarlos en silencio. Ilsa les había dicho lo avanzada que era la tecnología de la Federación. La responsabilidad de Ilob era incorporar los nuevos conocimientos al sistema tomariiano; esperaba tener dentro de poco tiempo unas técnicas de lanzamiento más avanzadas. Sus contribuciones serían vitales para las maniobras que se avecinaban.
Vestido con la piel que le habían entregado, y con la espesa barba y pelo más largo que le estaban creciendo, Scott parecía un guerrero celta de la antigiiedad. Durante las prácticas militares matutinas, él llevaba la bandera de Ilob al frente de la marcha, con una apariencia tan primitiva como la de sus peludos compañeros.
Mientras le enseñaba a Ilob algunos trucos tecnológicos, éste a su vez le había dicho casi todo lo que necesitaba saber de la tecnología tomariiana. Se trataba de una información crucial para trazar un plan de huida. Su aparente disposición cooperadora le permitía a Scott moverse libremente y estudiar las debilidades tomariianas. No había visto a Spock, ni había tenido noticia alguna de los otros que habían sido capturados con él. Sin otra opción posible, estaba aguardando el momento propicio, esperando la oportunidad de comunicar sus descubrimientos a alguno de los suyos.

A los klingon les iban bien las cosas, dado que la sociedad guerrera tomariiana no era diferente de la suya propia. No obstante, también ellos estudiaban las debilidades de su enemigo con la intención de escapar. Con el pragmatismo típico de su pueblo, el comandante Klee contemplaba, con vengativa expectación, la posibilidad de que los klingon se apoderaran de aquel territorio virgen.
Placus y Delus, los cautivos romulanos, se tomaban aquel confinamiento de una forma más intelectual. Sorprendieron a sus captores con su fuerza física y su resistencia. Los romulanos eran capaces de una ferocidad igual a la de los klingon... si se los provocaba adecuadamente. Julina era una guerrera nata; entrenada en la tradición romulana, era una experta en tomar rápidas decisiones estratégicas, en el uso de armamento complejo y en el combate cuerpo a cuerpo. Vencía a Ilsa en las sesiones de entrenamiento a las que los dos prisioneros eran sometidos cada mañana, especialmente en los ejercicios que requerían agilidad y velocidad. Ilsa observaba a la comandante romulana con profundo interés y una cierta dosis de celos.
La destreza de Spock con las armas primitivas era casi igual a la de Ilsa; de haber estado en condiciones físicas plenas, habría dejado pasmados a sus captores con sus habilidades. Dadas las circunstancias, se contenía forzándose a realizar cada tarea mientras enmascaraba su creciente incapacidad. Pero por lo que Ilsa había oído a bordo de la Enterprise, Spock debería de haber estado dando más de sí. Decidió por tanto hacerle saber su desilusión respecto a cómo actuaba durante las sesiones de entrenamiento. En la cavernosa sala que dedicaba para las audiencias, Ilsa interrogó a su prisionero.
–Spock, no está rindiendo usted lo suficiente en la preparación para la batalla. Considero que su destreza no iguala a lo que yo esperaba. ¿Existe algún problema?
– –le dijo respetuosamente él–, tiene que deberse a la falta de comida. No hay suficiente vida vegetal para sustentarme.
–En ese caso debe comer la carne que le damos.
–Yo no puedo comer carne animal.
–Querrá decir que no quiere comerla, Spock. Ha decidido no cooperar. No pienso dejar que siga debilitándose por un ideal vulcaniano. Es antieconómico y estropearía mis planes. ¿Es que deberé obligarlo a tragar la comida?
Spock entrelazó las manos a la espalda y adoptó una expresión decidida.
–Esa sería una desafortunada elección por su parte, begum. Me vería obligado a resistir, lo que podría causarme daños. Yo sé que usted no quiere que resulte dañado. No comprendo plenamente por qué nos ha escogido a mí y a la otra prisionera, pero me doy cuenta de que el que conservemos la salud y la fuerza es algo que definitivamente la beneficia. Estoy en lo cierto, ¿no es verdad?
–Sí, Spock –concedió ella–. Los necesito con todas sus fuerzas intactas. He enviado a buscar la comida que ha solicitado. A cambio, usted debe prometerme que intentará hacer mejor las cosas.
–Haré todo lo que pueda, begum –replicó dócilmente Spock, con plena conciencia de que a partir de entonces le resultaría mucho más difícil ocultarle a Ilsa su deterioro físico.
Las noches eran casi insoportables. Tanto Spock como Julina sufrían intensamente de frío. Estaban alojados juntos como cautivos de Ilsa. Para Spock, la falta de privacidad no era más que otra molestia; para Julina, acostumbrada a convivir con sus hombres, era un arreglo satisfactorio. Dormían sobre una pila de pieles puesta sobre el suelo de piedra, la cual apenas les proporcionaba el calor suficiente. Fue la práctica comandante romulana quien finalmente llegó a una solución parcial para remediar las incomodidades.
–Spock, los dos estamos helados. Si durmiéramos juntos y compartiéramos nuestro calor corporal, ambos nos beneficiaríamos.
–Prefiero dormir solo –fue la seca y tajante respuesta de él.
–Considere el arreglo como una necesidad práctica. Es una solución lógica para el problema que tenemos.
Él tuvo que reconocer que ella tenía razón.
A Julina no le llevó mucho tiempo advertir el malestar de su compañero cada vez que ella hacía un movimiento en el lecho durante la noche. También se dio cuenta de la dificultad que tenía para levantarse por la mañana. Finalmente, tras un día particularmente riguroso, cuando Spock yacía junto a ella en la oscuridad, Julina pudo oír la respiración irregular de Spock mientras el vulcaniano luchaba para controlar el dolor. Ella se acercó más a él en busca de calor; él dio un respingo cuando ella lo tocó.
La oscuridad y la intimidad de aquel arreglo nocturno hizo que Julina rompiera el tácito acuerdo que había entre ellos de mantener la afinidad en el nivel de alianza pragmática. Julina percibía la represión emotiva de Spock respecto a ella; lo comprendía y aceptaba. No había hecho ningún movimiento de avance hacia Spock, pero eso no reflejaba falta alguna de deseo de hacerlo. La preocupación que sentía ahora era más inmediata: Spock estaba dolorido. Le habló con la oscuridad como aliada para ocultar su profunda preocupación.
–Spock, debo hablar con usted.
Él permaneció en silencio, luchando para ocultar el dolor.
–Sé que está dolorido. Hace algún tiempo que me doy cuenta de eso. Es hora de que me diga qué le ocurre. Quiero ayudarlo.
–Prefiero no hablar de mi estado físico. Estoy bastante bien.
–Puede que consiga esconder su problema ante Ilsa, pero no ante mí. El más ligero movimiento por mi parte le causa un malestar extremo. Me doy cuenta de que está empeorando. Por favor, permítame que comparta su carga. Podría ser capaz de aliviar su estado.
–No existe forma alguna en la que pueda ayudarme –replicó Spock con tono cansado.
–Estoy segura de que conoce usted las capacidades romulanas, Spock; pertenecemos ambos a la misma rama genética. Tenemos capacidades limitadas para el contacto mental.
–Sí, estoy al tanto de las capacidades telepáticas romulanas. No es usted la primera romulana que conozco, Julina. Mi experiencia con otra comandante romulana fue bastante... iluminadora.
Durante un instante, un destello de celos ardió en el interior de Julina. Su naturaleza competitiva se impuso a su estoicismo calmo habitual.
–¿Ha conocido a otra mujer romulana?
Spock no respondió; guardó silencio en la oscuridad.
Julina controló su estallido de celos.
–No tiene importancia, Spock. Ahora estamos aquí y usted necesita ayuda. Permítame que lo alivie de una parte del dolor. Cuénteme por qué sufre de esa forma.
La persistencia de ella no podía ser pasada por alto. Spock se dio cuenta de que no tendría paz mientras no le dijera lo que quería saber. Habló quedamente.
–A Ilsa le dije una media verdad. La explosión de a bordo de la Enterprise fue devastadora. Llevo una esquirla de metal cerca de la columna, que no podían extraerme de inmediato. Está causándome un tremendo dolor. Soy capaz de controlarlo, hasta cierto punto. Estoy comenzando a perder la sensibilidad de la pierna derecha. En este momento apenas puedo evitar cojear. Dentro de poco ya no seré capaz de ocultar la debilidad. Usted no puede evitar que la esquirla de metal se mueva, ni que el deterioro continúe adelante. Se me advirtió de esa posibilidad, pero decidí hacer caso omiso de la advertencia.
Julina se volvió hacia Spock, apoyándole las manos apretadamente sobre las sienes. Presionó el área con la misma fuerza que lo haría un vulcaniano, compartiendo el dolor de él durante un momento antes de separarse, incapaz de tolerarlo por más tiempo.
–Spock, no me había dado cuenta de cuán intensamente estaba sufriendo. Me temo que sólo podré ayudarlo en parte.
Él le sujetó las manos para evitar una segunda fusión mental, pero ella se soltó y volvió a apoyar sus dedos sobre la cabeza de él, arrastrando una parte del dolor a su propio interior.


3

El ciclo solar ya casi había tocado a su fin. El sol rojo que dominaba el día tomariiano se había hecho aún más débil y el planeta se volvía intolerablemente frío. Era el momento de comenzar la campaña de guerra.
Los prisioneros habían sido entrenados y se estaban haciendo ya los preparativos para la batalla. Los cohetes estaban preparados para su lanzamiento; las tripulaciones de apoyo en tierra estaban listas para retirarse a las más tibias viviendas subterráneas durante todo el ciclo de la estación fría tomariiana. El propósito de aquella guerra y el lugar en el que tendría lugar eran todavía un misterio para los prisioneros que, junto con sus captores tomariianos, abordaron las naves para abandonar el planeta. Spock y Julina fueron llevados a la nave capitana con Ilsa. Los demás subieron, con sus custodios tomariianos, a las otras naves que estaban preparadas para partir.
La curiosidad de Spock no podía ser reprimida; confiaba demasiado en la información para poder formular una estrategia destinada a confrontar aquella situación, como para que pudiera mantenérselo completamente desinformado durante mucho más tiempo. Ansiaba estar en el puente desde el que la begum dirigía a sus fuerzas. Obligado a permanecer en los confines de un pequeño compartimiento de la nave, el vulcaniano reflexionaba sobre los factores que conocía, y compartía sus observaciones con Julina.
–Estos tomariianos continúan siendo un enigma. Su arquitectura y cultura de otros materiales es la más elemental y desnuda que jamás haya visto. Sin embargo, en casa de Ilsa hay algunos objetos de asombrosa belleza. La copa de oro de la que está tan orgullosa está tan finamente labrada que tiene las intrincaciones de las telas de araña; y el plato que cuelga de la pared está modelado con una delicadeza de artesanía que sobrepasa cualquier trabajo de artesano que jamás haya visto. Una escultura que tiene medio oculta en un rincón presenta unas líneas tan equilibradas que abrumarían incluso al sentido vulcaniano de la estética.
»Hay otras cosas que no encajan con la existencia utilitaria tomariiana. Esos objetos parecen provenir de planetas distintos, con diferentes conceptos del diseño y el material, coleccionados de una forma que parece ser aleatoria. Y no todo lo acumulado es de valor. Hay cosas que carecen completamente de él. Los tomariianos parecen no hacer distinción entre las verdaderas obras maestras del arte y los objetos turísticos que se venden en los planetas de ocio.
–Eso no tiene ningún sentido para mí, Spock. Nunca me había enfrentado con una raza o cultura como ésta en toda mi experiencia espacial.
–Tampoco yo –dijo Spock, y continuó con su análisis–.Las pieles de animales que llevan puestas los tomariianos son primitivas... No se me ocurre ninguna otra palabra que las describa mejor. Sus joyas, excepción hecha de las que son obviamente un dispositivo, como el anillo de Ilsa, varían en calidad tanto como los demás objetos que he podido examinar. Estoy convencido de que se trata de despojos de guerra, una colección de muestras recogidas por los tomariianos de muchos mundos diferentes.
–Me inclino a estar de acuerdo con usted. Pero si lo que dice es verdad, tienen una esfera de influencia mucho mayor de lo que yo había imaginado.
–Sí, y en ese contexto, las inconsistencias de la tecnología quedan explicadas –comentó él–. Los tomariianos utilizan la tecnología adquirida de sus enemigos conquistados, se llevan lo que les resulta útil. Descartan las cosas que consideran superfluas, por lo que su tecnología, al igual que sus colecciones de objetos, no sigue un sistema fijo. No son innovadores, sino carroñeros que han desarrollado sólo la tecnología suficiente como para comenzar su aventura de conquista. Cómo es de amplia su influencia, es algo que aún está por determinar; pero por lo que podemos deducir, es impresionantemente extensa.
Los tomariianos estaban ahora camino de una nueva misión, aunque el vulcaniano no sabía si se trataba de una misión de conquista o de otra clase. Pensó en los preparativos pasados: habían extraído un placer deportivo de la perspectiva de guerra, haciendo apuestas sobre los resultados.
Spock estaba seguro de que habían apostado también por la actuación de sus respectivos prisioneros. Mientras pensaba en aquello, se le aclaró la totalidad de la forma de razonar tomariiana.
–Ahora comprendo cuál tiene que ser nuestro papel en todo esto. Nosotros somos un muestreo de prueba. Nuestro comportamiento en la batalla será indicativo del poder potencial de nuestras respectivas fuerzas militares.
–Así que fue por eso por lo que nos atacaron –dijo Julina–. No era un acto abierto destinado a iniciar un enfrentamiento. Se trataba de una brecha abierta con éxito en la seguridad del imperio, la prueba de un punto débil de nuestras defensas. Fue una prueba destinada a hacer caer víctimas en las redes tomariianas, y nosotros mordimos el señuelo. Los ataques contra la Federación y el imperio klingon fueron lo mismo.
–Ahora está a punto de tener lugar la última prueba. Será un ensayo de supervivencia; probarán nuestra tenacidad, ingenio y destreza en condiciones de batalla, Julina. Es de la mayor importancia que les demostremos a los tomariianos nuestra determinación de defender a nuestros pueblos. Resulta irónico –reflexionó Spock, haciendo una mueca– que yo represente a la Federación en esta prueba. El ciudadano del planeta más partidario de la no violencia.
Miró a Julina, que había estado insólitamente callada durante el viaje. Ella había abrigado la esperanza de aprovechar la batalla que se avecinaba para reunir a su grupo y huir, pero esa oportunidad nunca se le presentaría. Los que viajaban en las otras naves serían destinados a otro sitio; evidentemente, las fuerzas no se reunirían en una sola batalla. Eran cuatro los grupos atacantes que habían salido del planeta, cada uno a un planeta diferente, cada uno con una misión distinta.
Los preparativos de última hora estaban siendo llevados a cabo; se convocó una sesión final.
–Se nos ha asignado una tarea noble –proclamó Ilsa ante las fuerzas reunidas–. Nuestro deber exige que acabemos con la insurrección de las fuerzas tomariianas en este planeta. Se trata de la misión final. Tomariianos luchando contra tomariianos, una batalla entre fuerzas que disfrutan por igual de las artes y los riesgos de la batalla.
Spock podía ver que los tomariianos se lamían literalmente los labios con expectación.
Dado que se estaba planificando la estrategia de batalla, Spock y Julina habían sido llevados a la sala de reunión para darles instrucciones. A Spock le entregaron una lanza larga que llevaba atada una bandera. Advirtió que los tomariianos llevaban lanzas y cuchillos pero, como refuerzo, también unas armas parecidas a pistolas fásicas, metidas en las fundas que les colgaban de la cintura. Era evidente que llevaban armas más avanzadas para el caso de que las más tradicionales resultaran inadecuadas. Obviamente, los tomariianos no estaban apegados a la integridad; eran perfectamente capaces de jugar sucio, si resultaba necesario.
–¿Es esta mi única arma? –le preguntó Spock al oficial al mando.
–¿Tienes miedo? –le preguntó el fornido comandante tomariiano, burlándose de lo que interpretaba como miedo por parte de Spock.
Spock alzó una ceja consternado, mientras comprobaba lo afilada que estaba la punta de la lanza.
Ilsa entró en la sala, seguida por un séquito de soldados armados. Se encaminó directamente hacia Spock, y le pasó una mano por el brazo derecho, acariciando el brazalete dorado que le había dado anteriormente. Luego le pasó una mano por la espalda en sentido descendente, sintiendo la falta de carne sobre las costillas. Él se mordió un labio, reprimiendo el dolor que le causaba aquel examen.
–Desearía que hubiera ganado más peso, Spock. Necesitará de toda su fuerza en la batalla que se avecina. No va a decepcionarme, ¿verdad?
El vulcaniano se volvió para mirar a Ilsa, aferrando con todas sus fuerzas la lanza. Su expresión de ira apenas contenida –y de dignidad– fue bastante para evitar que ella siguiera importunándolo.
Salieron de la órbita y descendieron con una sacudida abrupta, como antes. Se trataba de un ejército pequeño, pero era ciertamente el más salvaje que Spock hubiera visto jamás. El vulcaniano parecía tan primitivo como sus camaradas de armas; el brillante pelo de la piel que lo cubría destellaba al sol. Las joyas que le habían hecho ponerse estaban cuidadosamente escogidas, incluso en el caso del pendiente de la oreja derecha. Recordó cuando Ilsa le había colocado aquel pendiente; fue entonces cuando experimentó toda la potencia de aquel rayo inmovilizador que lo había sujetado mientras ella le perforaba la oreja con una enorme aguja y encajaba la brillante piedra en su sitio. Evocó el ávido interés de ella cuando examinó la sangre verde desconocida para ella. Después de ello, se había mostrado aún más intrigada con él.
Un toque en el brazo arrancó a Spock de sus pensamientos.
–Es hora de que salgamos de la nave –lo alertó Julina–. Spock, antes de que entremos en batalla, tengo que decirle algo. Tengo que contarle lo que siento. Usted tiene la capacidad de enmascarar sus sentimientos con la lógica. Mi pueblo pertenece a la misma rama que el suyo. Sé que tiene emociones, enmascaradas, pero están definitivamente presentes. Yo no he estado tan reprimida como usted durante mi educación. Siento por usted un profundo cariño. Usted tiene que darse cuenta de qué es lo que siento... Los lazos entre nosotros han ido más allá de la mera compasión de su dolor.
–Es verdad –replicó Spock–. El nexo mental ha sobrepasado ese límite. No había necesidad de palabras, Julina.
–Hay una cosa más, Spock. En caso de que usted me sobreviva, quiero asegurarme de que el imperio romulano sea advertido de la amenaza tomariiana. ¿Contactará usted con el imperio en mi nombre si falla nuestro intento de huida y yo muero? Sé que le estoy pidiendo que ayude a un enemigo de la Federación...
–Hemos formado una alianza debido a estas circunstancias especiales, Julina. Tiene mi palabra. Si puedo, informaré a su imperio del peligro. Me siento obligado a informar también a los klingon. Hemos prometido aliarnos entre nosotros durante este período de peligro para todos.
Tras una larga mirada que se cruzó entre ellos y que cimentaba lo que acababan de decirse verbalmente, Spock cogió la lanza y ambos se prepararon para entrar en batalla.

Ilob y Scott alcanzaron una relación que estaba mucho más próxima a la amistad de lo que podía esperarse entre un prisionero y su captor. El general tomariiano encargado del complejo de lanzamiento halló un espíritu afín en el ingeniero. En otras circunstancias, Scott podría haberlo llamado amigo. A pesar de todo, la relación que mantenían era amistosa, y la vida de Scott no era del todo desagradable.
Para Scott, el principal inconveniente, una vez que se hubo acostumbrado a la incomodidad del frío tomariiano, era la falta de bebidas alcohólicas. El licor, un producto derivado de los vegetales, era desconocido. El emprendedor escocés recicló algunas piezas metálicas del complejo de lanzamiento, y en tiempo digno de una marca galáctica había destilado un licor de un vegetal parecido al diente de león, que reanimaba de manera formidable. Se fabricó un recipiente para su uso personal con la vejiga de un animal que se colgó de la cintura mediante una correa de cuero. Ilob pensó que la diversión de su prisionero era interesante aunque no peligrosa, y permitió que Scott continuara recogiendo plantas e hiciera funcionar su alambique.
No pasó mucho tiempo antes de que el tomariiano, con la afición que sentía su raza por las imitaciones, estuviera compartiendo el licor casero de Scott. Dado que se había convertido en el compañero de bebida de Scott, a Ilob cada vez le resultaba más difícil pensar en el escocés como en su prisionero.
Scott incluso había ayudado en el lanzamiento de las fuerzas de ataque, antes de que se le pidiera que abordara la última nave. A diferencia de Spock, a Scott no sólo se le permitió el acceso a la sala de control, sino que también ayudó a dirigir las operaciones. Una vez más se maravilló por la falta de tecnología avanzada en los despegues, pero quedó impresionado por la sofisticación de los mecanismos una vez que la nave estuvo en vuelo.
Independientemente, él había llegado a la misma conclusión que Spock: la tecnología era de otros. Estaba claro que los tomariianos no comprendían plenamente los principios que hacían funcionar sus naves. Llegó a la conclusión de que tenían que disponer de una tripulación de apoyo que tuviera más conocimientos en otro lugar; y en parte tenía razón. Cuando las naves necesitaran reparaciones, los ingeniosos tomariianos traerían a los auténticos inventores de aquellas máquinas para que se encargaran del mantenimiento. No era un sistema eficiente, pero eso no parecía preocuparles. Siempre que las cosas funcionaran, no se preocupaban por los detalles de procedimiento.
Ilob, además de sus deberes como jefe del complejo de lanzamiento, había sido destinado a una misión de batalla. Debía capturar el pequeño planeta de Paxas, que se hallaba en la frontera del cuadrante más cercano a los dominios klingon. El planeta era estratégicamente importante, pero no tenía ningún otro interés para los tomariianos. Junto con la nave capitana Illan, así llamada por el sol de Tomarii, Ilob tenía una flota de otras dos naves. En cada una de esas naves del convoy de Ilob, estaba uno de los cautivos romulanos con los tomariianos que habían sido responsables de su entrenamiento.
Bajaron a la superficie del planeta en una región aislada, y desembarcaron. A Scott le entregaron una lanza que llevaba atada una bandera; además, Ilob le puso un cinturón a Scott del que pendían un cuchillo y un arma parecida a una pistola fásica, ambas en sus fundas.
–Montgomery –dijo el general con voz tronante–, tú me caes bien. No debería entregarte estas armas, pero quiero darte una oportunidad en la lucha. No deseo que te maten. Nos parecemos muchísimo, tú y yo.
–Sí –reconoció Scott–, muchísimo. No tenemos por qué ser enemigos, Ilob. La Federación estará dispuesta a discutir un tratado con Tomarii.
–Puede que eso sea cierto, Montgomery –concedió el general–. Comprendo eso, pero conozco a mi pueblo. No hay posibilidad alguna de trato. Estamos decididos a conquistar y luchar. Esa es nuestra forma de hacer las cosas.
–¿A pesar de que pueda existir otra forma?
El escocés se apoyó en la lanza, sin esperar realmente una réplica por parte de Ilob. Pero, como oficial de la Flota Estelar, estaba obligado por su honor a intentar llegar hasta el tomariiano, a pesar de la evidente futilidad de intentar salvar el abismo de valores culturales.
Scott observó a los grupos de avance que se les aproximaban, procedentes de las otras naves. Cada uno era precedido por un romulano, vestido con pieles al igual que él, y con una lanza en la punta de la cual ondeaba una bandera de batalla. Se celebró una breve reunión de ataque de última hora, y las tropas se desplegaron.
El primer momento de ataque cogió a las gentes de Paxas por sorpresa. El pequeño asentamiento que estaba directamente en el camino de avance de las fuerzas tomariianas fue completamente arrasado. A Scott le pareció que el enemigo no estaba en lo más mínimo preparado para el ataque. Los residentes del planeta parecían ser sencillos granjeros que disponían de un rústico potencial armamentístico. Fue una victoria demasiado fácil para los guerreros tomariianos, amantes de la violencia. Con el éxito fácil en sus manos, los soldados de Ilob disfrutaron inmensamente del pillaje. Al día siguiente planeaban atacar una importante ciudad del continente en el que habían aterrizado. Lo celebraron durante toda la noche al estilo tomariiano, comiendo y apostando los despojos en sus juegos.
El hecho de llevar la bandera de batalla puso a Scott en la vanguardia durante la batalla del día siguiente. Estaba asqueado por lo sanguinarios que se mostraban los soldados tomariianos. Todavía más inquietante y repulsivo era el darse cuenta de que los tomariianos heridos no eran atendidos por nadie, y que en la compañía no había ningún tipo de personal médico. Los heridos de gravedad eran despachados casi como los propios enemigos, sin apenas una segunda mirada.
De pronto, las tornas de la batalla se volvieron. Los paxanos avanzaron en gran número con unas armas parecidas a pistolas fásicas. Las fuerzas tomariianas fueron detenidas, y luego perseguidas en retirada total.
Scott dejó caer la lanza que llevaba con la bandera, y se preparó para defenderse con el arma tipo pistola fásica. Los dos romulanos se hallaban detrás de él, dispuestos a batallar con las lanzas. El subcomandante Placus era el que más cerca estaba de Scott cuando las defensas paxanas alcanzaron a los invasores que se retiraban. Los tomariianos dejaron caer sus lanzas y cuchillos inútiles, y comenzaron a utilizar las más sofisticadas armas de refuerzo.
Scott empujó a Placus, que estaba insuficientemente armado, detrás de sí. Ambos observaron con impotencia cómo caía Delus. Ilob abrió la marcha de la última carrera hasta la escotilla, y condujo a sus hombres de vuelta a la seguridad de la nave. Scott sintió un punzante dolor en el hombro derecho en el momento en el que trasponía la escotilla. Recobró el conocimiento dentro de la nave, con un preocupado Placus a su lado.
–¿Qué ha ocurrido? –preguntó el mareado escocés, intentando levantarse.
–Le acertó uno de los dardos paxanos.
–¿Qué utilizaron? Me siento aturdido.
–Renunció a su intento de levantarse cuando lo invadió una ola de náusea. Placus meneó la cabeza.
–No puedo ver nada más que una pequeña herida en su hombro. El dardo continúa clavado.
–Sí –gimió Scott–, y haciéndome sentir como a la mañana siguiente de una juerga. Tiene que extraérmelo. ¿Puede hacerlo?
El romulano parecía no dar crédito a lo que oía.
–Sin duda, los tomariianos tendrán un médico que pueda extraer el objeto.
–Lo dudo –replicó Scott–. ¿No se ha dado cuenta? No atienden a los heridos. Los que pueden se las arreglan solos. A los otros los dejan morir, o los matan... –en ese punto volvió a perder el conocimiento.
El romulano nunca había tenido que atender a un camarada caído. Bajó los ojos y contempló fijamente al humano herido; la mancha roja del hombro de Scott lo acobardaba. Cuando Scott recobró el conocimiento, alentó a Placus para que corriera el riesgo de extraerle el dardo.
–Bueno, muchacho, estaré igualmente en problemas, tanto si intenta sacarme esa cosa como si no. Está haciéndome sentir muy raro. No sé cuánto tiempo podré permanecer en estado de vigilia para ayudarlo.
Finalmente, convencido de la necesidad, Placus sacó el cuchillo que llevaba colgado del cinturón.
–Parece que nuestros captores piensan que no podemos hacerles daño. Me han permitido conservar este cuchillo.
–Sí, el rayo inmovilizador es muy eficaz, pero... –Scott se interrumpió; se le revolvía el estómago–. Será mejor que me quites ese dardo, muchacho.
–Nunca he tenido que hacer esto antes, Scott. Ni siquiera a un romulano. No tengo ni idea de cómo puede reaccionar un ser humano. No tenemos ningún antiséptico ni nada que pueda reducir el dolor. Soy un buen soldado, pero no soy un carnicero.
–Yo tengo un remedio para ambas cosas, Placus. En la bolsa que cuelga de mi cinturón. Es desperdiciar un buen licor el echarlo por la parte de fuera del cuerpo, pero es necesario. Déme un sorbo antes de utilizar el resto. Eso es, buen muchacho.
Placus cogió el pellejo del cinturón de Scott y se lo dio; el escocés tomó un buen trago. El alcohol, combinado con el efecto del dardo, hizo que todo le diera vueltas.
–Muy bien, muchacho, ahora el hombro –barboteó valientemente Scott, preparándose para la extracción del dardo.
Placus abrió un tajo en el hombro de Scott, haciendo muecas de dolor al cortar el área sensible. Scott contuvo la respiración, intentando no moverse. El romulano sondeó el área buscando el objeto foráneo sin ningún éxito. Apretó los dientes mientras sondeaba más adentro; afortunadamente, Scott se desmayó.
El pequeño dardo estaba alojado profundamente en el músculo, por debajo del omóplato. Al extraerlo, Placus reparó en su peculiar estructura cristalina. Parecía tener vida propia; vibraba en la mano de Placus, transmitiéndole las mismas sensaciones que Scott había experimentado cuando lo tenía alojado en su cuerpo. Placus envolvió el insólito cristal en un trozo de tela y se lo metió en el cinturón. Luego se dispuso a vendar la bostezante herida causada por su torpe incisión, utilizando un trozo de piel que había cortado de sus atuendos y embebido en alcohol.
Pasaron horas antes de que Scott recobrara el conocimiento. Le dedicó una cansada sonrisa al romulano que no se había movido del lugar que ocupaba junto a él, y susurró un sencillo «gracias». Placus, satisfecho de que Scott se hubiera recuperado, se tendió junto al ya dormido escocés y compartió su calor en el frío de la nave tomariiana.


4

Spock y Julina se vieron rápidamente arrastrados a la lucha entre los tomariianos. La batalla era, con mucho, la más sanguinaria que Spock hubiera presenciado. Los tomariianos no sentían ninguna necesidad de utilizar las armas de refuerzo entre fuerzas iguales. Su sed de sangre se manifestaba vívidamente cuando se acuchillaban mutuamente, con demasiado regocijo para el gusto de Spock.
El hecho de llevar la bandera de batalla de Ilsa lo colocaba en la vanguardia de la refriega, y se encontró atacando al enemigo, en mera defensa propia, con tanto salvajismo como sus captores. Ocasionalmente atisbaba a Julina, blandiendo su lanza y su cuchillo con tanta destreza como cualquiera de los que batallaban. Ella se mantenía dentro del campo visual de él, a veces tan cerca que podría haberla tocado.
Julina se había quedado intencionadamente cerca de Spock. Actuaba como amortiguador para él, protegiéndolo sutilmente todo lo que podía. Ella se maravillaba de lo bien que estaba luchando, dado que sabía lo atroz que era el dolor que lo atormentaba. Se abrió camino a cuchilladas a través de dos tomariianos que estaban decididos a matar al extraño guerrero, y llegó justo a tiempo de coger a Spock que caía, doblado en dos por el dolor.
–¿Está herido? –murmuró Julina.
–No, es mi espalda. Acaba de fallarme... Enseguida me pondré de pie.
–Quédese en el suelo, Spock. Usted no puede mantener este ritmo. Lo matará.
–También lo harán los tomariianos si no me levanto. Él le tendió las manos y ella lo ayudó a ponerse de pie. –¿Está herido? –gritó Ilsa por encima del hombro, hacia Spock.
–No –respondió Spock a gritos–. Estoy bien.
Acababa de recobrar un equilibrio inestable, cuando cargó contra él otro tomariiano. Recibió el embate en la zona media del cuerpo, y volvió a caer, esta vez perdiendo el conocimiento.
Se despertó dentro de la nave de Ilsa. Julina estaba tendida junto a él, dormida.
«¿Por qué me han rescatado? Los tomariianos matan a sus heridos. ¿De qué otra cosa puedo servirle a Ilsa?»
Julina se despertó sobresaltada al sentir que Spock se movía a su lado.
–¿Se encuentra bien? –le preguntó, dándole un cuenco de agua–. No pude encontrarle ninguna herida. –Parece que estoy de una pieza –la tranquilizó él–, excepto por la herida que ya tenía en la espalda. ¿Cómo he llegado hasta aquí?
–Ilsa ordenó que lo trajeran a la nave. Sus camaradas querían dejarlo con los demás heridos, pero ella no quiso ceder. Lleva mucho tiempo sin conocimiento. Creo que al otro lado de la puerta hay un guardia que quiere acabar con usted.
–Me pregunto cuál es el motivo que tiene Ilsa para querer conservar mi vida.
–Tiene que estar ciego, Spock. Resulta evidente que está enamorada de usted.
–No sea absurda, Julina. Ella pertenece a una especie completamente distinta de la mía. No sería posible..., no es lógico...
Julina se echó a reír.
–¿Desde cuándo tiene la lógica algo que ver con nuestra situación? Yo diría que eso es lo último de lo que podría acusarse a los tomariianos.
–Es verdad –dijo Spock con seriedad–, pero si está usted en lo cierto, nos hallamos en serias dificultades. No existe ninguna posibilidad de que pueda manifestar interés alguno por ella.
–Y –agregó Julina– está celosa de mí.
–¿Lo dice en serio? –Spock alzó una ceja–. No me había dado cuenta.
–No podría –replicó Julina en tono flemático.
La puerta de la estancia se abrió e Ilsa avanzó hacia Spock. Lo examinó de pies a cabeza con minuciosidad clínica; al no hallar ninguna herida obvia, pareció aliviada. Spock, con la intención de conservar alguna dignidad durante el examen, se retiró al interior de sí mismo hasta que ella hubo concluido. Satisfecha por el hecho de que Spock no hubiera resultado dañado, pasó precipitadamente ante Julina, le dirigió una feroz mirada de advertencia, y los dejó solos sin pronunciar una sola palabra. Poco después de su partida, entró un guardia para trasladar a Julina a otra estancia de la nave.
«Ella estaba en lo cierto –pensó Spock–. A partir de ahora tendremos que ser muy cuidadosos.»
De vuelta en Tomarii, los ejércitos se marcharon a sus diferentes campamentos mientras los oficiales de los tres grupos atacantes se reunían en consejo. La espaciosa sala de audiencias estaba llena de guerreros que se pavoneaban, hablaban a gritos y fanfarroneaban sobre las hazañas realizadas durante las recientes batallas. El breve período de fríos severos de Tomarii había concluido; el débil sol rojo estaba más próximo al planeta, lo que hacía que la temperatura fuera al menos tolerable para los cautivos que estaban de regreso. Spock especulaba sobre el cambio climático e intentaba calcular las órbitas del planeta alrededor de su sol. Era un buen ejercicio mental, que le mantenía la mente apartada de su malestar y de los avances, ahora más evidentes, de Ilsa hacia él. No había podido hablar con Julina desde que habían vuelto a Tomarii.
En una pantalla instalada en la pared de piedra de la gran sala estaba proyectada la imagen del imperio tomariiano. Spock y Julina, nunca lejos de Ilsa, estaban en el fondo de la habitación y estudiaban atentamente la carta astronómica.
–Si lo que vemos indicado en la carta es verdad, y no tengo ninguna razón para dudarlo, la esfera de influencia tomariiana se ha propagado por un territorio extenso –le comentó Spock a Julina–. Es más de un octavo de la galaxia conocida.
–El imperio klingon es el más cercano al de Tomarii –dijo Julina–. Será interesante observar el conflicto que estalle cuando se superpongan.
–Por lo que he visto, será sólo una cuestión de tiempo –comentó Spock.
Ilob informó de su derrota con todo detalle, prometiendo un despliegue mucho mejor en el siguiente intento de invasión. Los otros oficiales, pagados de sí mismos por sus victorias, relataron profusamente sus hazañas. Tras los informes formales, Ilsa ordenó silencio.
–Es el momento de comentar la actuación de nuestros prisioneros.
La atención de Spock se concentró totalmente en aquello, pero él y Julina fueron sacados a empujones de la sala antes de que comenzaran los comentarios. Spock tenía dificultades para oír los informes desde la sala contigua, donde los encerraron, a pesar de su desarrollado sentido auditivo.
Ilob fue el primero en hablar.
–Montgomery es un excelente ingeniero y un soldado correcto. No tengo quejas de él. Fue valiente en la batalla. Los romulanos también demostraron ser buenos soldados. Desgraciadamente, uno de ellos fue abatido por los paxanos. Scott y Placus se comportaron de forma extraña. El humano se puso delante del romulano con la intención de protegerlo. Cuando el humano recibió uno de los dardos de los paxanos, el romulano se lo extrajo y le salvó la vida con ello. Nunca había presenciado ese tipo de comportamiento antes de ahora.
En la sala se oyó un murmullo general de comentarios. La costumbre tomariiana había sido gravemente violada. Entonces Ilob intervino.
–Ellos no lo sabían; quizá se trate de una de sus costumbres, y ellos ignoraban nuestra forma de hacer las cosas.
–¿Estás defendiendo a los prisioneros, Ilob? –preguntó Ilsa con incredulidad.
–No, no –tartamudeó Ilob–. Sólo estoy haciendo una observación.
–Y los klingon, ¿cómo se comportaron? –preguntó Ilsa.
–Magníficamente, begum. Son muy parecidos a nosotros en muchos sentidos. Resultarán adversarios dignos –dijo con voz tronante uno de los generales.
–Son los más próximos a nosotros –consideró Ilsa–. Sería conveniente enfrentarse primero con ellos. Es un reto que deseamos –proclamó–. Comenzaremos por los klingon.
Un rugido de aprobación aclamó el anuncio.
Tomada la decisión, la atención se volvió hacia la disposición de los prisioneros.
–Ya no nos son de ninguna utilidad, begum. Ya han servido a su propósito. Yo digo que los matemos ahora y continuemos adelante con la planeada invasión.
–¡Matémoslos! –fue el coreo unánime–. ¡Matémoslos ahora!
–¡No! –gritó Ilsa–. Todavía no. Puede que todavía nos sean de alguna utilidad. Yo determinaré el momento en el que deban morir.
Un silencio de asombro siguió al decreto de Ilsa.
–Manténgalos bajo vigilancia –ordenó.
Ilsa salió precipitadamente de la sala del consejo, mientras intentaba no demostrar el torbellino emocional que se agitaba en su interior ante la perspectiva de la muerte de Spock.
Juntos por primera vez desde que los habían capturado, los prisioneros hallaron poco consuelo los unos en los otros. Los klingon estaban decididos a escapar a toda costa, con el fin de informar a su imperio del peligro que habían descubierto. Placus y Julina compararon los conocimientos de sus experiencias y las implicaciones para el imperio romulano. Spock y Scott compararon sus conclusiones sobre las inconsistencias tecnológicas de la cultura tomariiana. De no haber sido por la presentación lógica de los hechos que hizo Spock, aquello habría resultado caótico.
–No estamos en una posición mejor de la que ocupábamos cuando decidimos cooperar entre nosotros por primera vez. Sugiero que intentemos trazar un plan de huida. No puede pasar mucho tiempo antes de que hayamos acabado de servir a los propósitos de los tomariianos y ellos decidan, por tanto, eliminarnos. Reunamos nuestros conocimientos antes de que nos dejen completamente impotentes o vuelvan a separarnos. Scott, ¿qué ha descubierto usted que pueda sernos de utilidad?
–Lo más importante, creo yo, es el hecho de que están constantemente preparados para el lanzamiento de las naves. Si consiguiéramos llegar a la torre de acceso, tendríamos una muy buena posibilidad de despegar.
Julina, menos esperanzada, le formuló una pregunta.
–¿Pero cómo vamos a zafarnos de su rayo inmovilizador?
Yo no he hallado ninguna forma de neutralizarlo.
–El rayo tiene un alcance limitado –intervino Klee. Spock se volvió a mirar al klingon.
–¿Cómo ha llegado a esa conclusión, comandante Klee?
–Melek lo puso a prueba. A trescientos metros deja de surtir efecto.
–Esa es una distancia considerable –exclamó Scott.
–Sí –concedió Spock–, pero no imposible de alcanzar cuando se conocen los límites.
–Su armería no está bien guardada –agregó Placus–. Si pudiéramos distraer a los guardias en algún momento, podríamos robar algunas de esas pistolas fásicas que tienen. Parece que no nos consideran una amenaza muy grande.
–No los subestime, Placus –le advirtió Spock–. Debemos tener cuidado. Debemos asegurarnos de que los cogeremos con la guardia baja.
–¡Ningún klingon actuaría así! –declaró desdeñosamente Klee.
–Entonces haga una excepción en este caso, comandante Klee. Tenemos todos la misma meta: huir –explicó Spock.
Refunfuñando, el klingon concedió.
–No me gusta precipitar el intento, pero no creo que los tomariianos vayan a darnos mucho más tiempo. Nuestra eliminación es algo inminente –dijo Spock con gravedad–. Tenemos que maniobrar de forma que podamos acercarnos al campo de lanzamiento, aprovechando el desprecio que sienten por nosotros. Scott me ha dicho que en la plataforma mantienen sólo una guardia ligera entre vuelo y vuelo. Si conseguimos llegar hasta allí, algunos de nosotros podrán escapar.
–Placus –ordenó Julina–. Si yo caigo en el intento, continúa adelante. Uno de nosotros debe regresar para advertir al imperio del peligro.
El subcomandante, de mala gana, dio por recibida la orden.

El siguiente día amaneció con el débil sol de Tomarii; comenzaba a apretar nuevamente el frío. Spock había estado computando la órbita del planeta, intentando comprender los erráticos cambios estacionales, pero no había conseguido determinar todos los detalles; los esquemáticos cálculos que había realizado tendrían que bastarles. Eran de vital importancia para calcular la trayectoria de su ruta de escape. Se los comunicó a Scott, quien a su vez se los transmitió a Placus. Compartían toda la información para el caso de que no todos consiguieran llegar al cohete de huida.
Bajo vigilancia, se permitía a los prisioneros ejercitarse en el exterior del complejo de edificios. El enamoramiento de Ilsa hacia Spock era algo crucial. Con el fin de conservar la vida del vulcaniano, tenía que permitir que los demás también vivieran; de forma que no pareciera que estaba favoreciendo a Spock, permitía a los otros los mismos privilegios que a él. Esa debilidad de ella les proporcionaría las condiciones idóneas que necesitaban para aquel día.
Los guardias tomariianos, dado que no percibían amenaza alguna, permitieron que sus prisioneros caminaran en dirección al campo de lanzamiento. Los guardias que había en él fueron despachados silenciosa y eficazmente en cuanto estuvieron fuera de la vista de los edificios. Los cautivos avanzaron lentamente hacia la plataforma, con los klingon a la cabeza. Placus los seguía de cerca, con Julina; Scott marchaba a continuación, delante del cojeante Spock.
El ascensor que subía hasta la escotilla estaba desactivado. Klee fue el primero en subir por la escalerilla vertical, con Melek, Placus y Julina que lo seguían de cerca. Scott ya estaba muy adelantado con respecto a Spock, cuando el vulcaniano alcanzó el primer peldaño y comenzó a izarse penosamente. Estaba a medio camino cuando un dolor atroz pareció desgarrarle la espalda y sintió que las piernas se le quedaban entumecidas. Aferrándose con todas sus fuerzas a la escalerilla, Spock intentó izarse sólo con los brazos, pero fue inútil. Cayó al suelo con un golpe sordo, y perdió el conocimiento.
Scott se volvió justo a tiempo de ver que Spock caía. Invirtió la dirección que llevaba, y descendió por la escalerilla para ayudar a su amigo. Llegó junto al vulcaniano cuando éste recobraba el conocimiento.
–Vuelva a subir –le dijo Spock–. Yo no puedo moverme. Sálvese usted... –Con una sonrisa irónica, agregó–: Es un momento desafortunado para comprobar que el docto McCoy tenía razón. Ahora vuelva a subir. ¡Es una orden!
Julina miró hacia el suelo donde yacía el inmóvil Spock, y también descendió por la escalerilla.
–Venga, intentemos levantarlo. Entre los dos podemos subirlo –le gritó Scott cuando ella se acercaba. Levantaron el cuerpo del impotente vulcaniano y, medio llevándolo en volandas, medio arrastrando el cuerpo flojo, Scott y Julina intentaron subirlo por la escalerilla hasta la compuerta de la nave. Pero, sin previo aviso, las cuerdas invisibles los inmovilizaron a todos. Dejaron caer a Spock al derrumbarse, impotentes, sobre el suelo.
Durante el abortado rescate de Spock, los otros habían tenido la oportunidad de entrar en la nave, que estaba en lo alto de la plataforma de lanzamiento. La escotilla se cerró, y Klee, el de más alto rango entre los fugitivos, dio orden de despegar a pesar de las ardientes objeciones de Placus.
Los guardias tomariianos liberaron a los prisioneros de la fuerza inmovilizadora, y les ordenaron que arrastraran a Spock con ellos. Se retiraron rápidamente del área de lanzamiento para escapar del efecto de la detonación que produciría. El cohete encendió los motores y se elevó con una sacudida hacia el cielo.
–Estoy segura de que ellos traerán ayuda –le aseguró Julina a Scott.
–Sí, Placus hará todo lo que pueda para regresar a rescatarnos, pero no confío en los klingon.
Fueron encerrados en una celda vacía, donde los dejaron solos. Julina velaba por Spock. Scott lo había tendido sobre un banco de piedra que había en la parte posterior de la celda; era duro y frío, pero era mejor que el suelo. Cuando Spock abrió los ojos, Scott se le acercó.
–Tendrían que haberme dejado –dijo Spock con severidad.
–Ya es demasiado tarde como para mirar atrás. Ahora estamos aquí y tendremos que sacar el mejor partido posible de ello. Julina está segura de que su hombre regresará a rescatarla a ella, y también a nosotros. –Scott hablaba con una convicción que no sentía.
La puerta de la celda se abrió. Ilsa, llena de furia, se detuvo en la entrada. Julina y Scott fueron rudamente empujados al exterior del calabozo, y Spock se quedó solo con la iracunda begum.
–Usted es el líder de todos ellos, Spock. Lamentará el haber planeado la huida. ¡Levántese! –Ella lo cogió por un brazo con todas sus fuerzas, intentando arrancarlo del banco–.¡Levántese, le he dicho! –Exigió la mujer, propinándole un fuerte puntapié en la espalda.
Spock, que no estaba preparado para aquel golpe en su columna dañada, profirió un agónico grito, y se desmayó sumiéndose en la inconsciencia.
Scott, al oír gritar a Spock, se volvió para ayudar a su amigo. Luchó para liberarse de los guardias, pero todo fue inútil. Él y Julina fueron sacados al patio a empujones para aguardar su suerte.
Los guardias levantaron a Spock y volvieron a tenderlo sobre el banco. Ilsa les señaló el cuenco de agua que había sobre el suelo. Uno de los guardias lo cogió y arrojó el agua fría como el hielo sobre Spock, que recobró bruscamente el conocimiento.
–Ahora va a obedecerme, Spock. ¡Levántese! –volvió a exigirle Ilsa.
–No soy capaz de cumplir con sus deseos, begum –replicó débilmente Spock–. La herida que sufrí cuando detonó la bomba en la Enterprise me ha dejado paralítico. No puedo moverme desde la mitad de la espalda hacia abajo.
–Antes no había dado indicios de debilidad. No confío en usted, Spock –le espetó ella–. ¡Pónganlo de pie!
Los guardias acataron la orden, levantando a Spock y sujetándolo.
–Suéltenlo. Creo que está mintiendo.
Los hombres lo soltaron y el vulcaniano cayó pesadamente. La mujer hizo que los guardias volvieran a dejarlo sobre el banco. Ilsa vio que Spock se aferraba con todas sus fuerzas al borde de la repisa de piedra, en un esfuerzo por no demostrar el dolor que sentía.
Depositaron un cuenco con carne justo al alcance de Spock y colocaron el de agua un poco más lejos que el primero. Enfurecida por el papel que Spock había desempeñado en la huida, y por su propia incapacidad para obtener la respuesta deseada del objeto de su interés, Ilsa emprendía la venganza.
–Tendrá que coger el agua usted mismo, o rogar por ella. –Le sonrió al salir, dejando la puerta abierta–. La dejaré abierta –se burló desde el corredor–. Usted no se escapará.
Spock se quedó a solas. Recorrió con los ojos la descolorida celda gris. La débil luz del corredor era la única iluminación que tenía. «Esta habitación podría convertirse en mi tumba», pensó. Realizó un intento, a modo de ensayo, de alcanzar el agua. Estaba fuera de su alcance. Estiró el brazo hasta el máximo, esforzándose por cubrir hasta la última fracción de espacio posible con los dedos extendidos. El dolor lo había abandonado para ser sustituido por el completo entumecimiento. Tenía los labios secos y resquebrajados. La combinación de frío, dolor y sed lo había debilitado enormemente. Retiró el brazo mientras se daba cuenta de que posiblemente moriría de sed antes de que la herida consiguiera matarlo. Prefería enfrentarse con la muerte antes que suplicar, y finalmente se sumió en un sueño intranquilo.
Spock se despertó con el sonido de unos pasos que se aproximaban a la celda. Se esforzó por ver en la oscuridad, consciente de su total vulnerabilidad. Quien se deslizó por la puerta fue Julina. Corrió hacia él, triunfante por el éxito de su intento de llegar hasta él, hasta que comprobó su debilidad. Cogió rápidamente el cuenco de agua y, apoyando la cabeza de él sobre su falda, le mojó los labios con el líquido fresco. Le dio un pequeño sorbo, y luego un poco más. Él descansó la cabeza sobre las piernas de ella, agradecido por su llegada.
–No puedo quedarme mucho rato. He conseguido zafarme de los guardias. –Entonces vio el cuenco de carne, todavía intacto, que estaba comenzando a pudrirse–. No ha comido nada desde que lo apresaron, ¿no es cierto?
El negó con la cabeza.
–Intentaré encontrar algo que usted pueda comer antes de volver a verlo.
–¿Cómo está el señor Scott? –preguntó él, deseando alejar la conversación de su propia persona.
–No lo he visto, desde que nos separaron. Imagino que también él está pasando un mal momento.
–¿Cómo consiguió usted zafarse de los guardias?
–Fue relativamente sencillo. Siguen pautas muy regulares. Lo único que tuve que hacer fue esperar hasta que llegara el momento en que el personal de guardia fuera más escaso y aprovechar la situación. Pero debo regresar antes de que me echen en falta. Estoy segura de que podré escaparme otra vez. Ilsa nos mantiene con vida a Scott y a mí para ocultar el interés que siente por usted. Dejaré el agua donde pueda alcanzarla.
Ella le acarició suavemente el rostro, aludiendo al lazo que se había establecido entre ellos.
Poco después de que ella se marchara, un guardia entró en la celda y volvió a poner el cuenco fuera del alcance del vulcaniano.
A cada oportunidad que tenía, Julina intentaba llegar hasta Scott. Se le permitían breves períodos de ejercicio, a los que ella se dedicaba en las colinas cercanas al complejo de edificios. Los guardias pensaban que era extraña su preocupación por las plantas, pero la consideraban inofensiva y le permitían recoger a su antojo las escasas plantas del tipo del diente de león. Ella guardaba las patéticas plantas con la esperanza de dárselas a Spock a la primera oportunidad que tuviese. Pasó todo un día más antes de que pudiera volver a escabullirse.
Encontró al vulcaniano mucho más débil que la vez anterior: apenas estaba consciente. Lo reanimó con dulzura y lo obligó a tragar las hojas semimarchitas para darle fuerzas.
–Tiene que intentar resistir, Spock. Placus regresará con un grupo de rescate. Por favor, inténtelo. Tiene que vivir. Dígame que lo intentará.
–Lo haré –prometió débilmente Spock, y la observó mientras se marchaba.


5

Los conocimientos de ingeniería de Scott hacían que él resultara valioso. Fue destinado al campo de lanzamiento bajo la supervisión de Ilob, pero con una estrecha vigilancia. Él estaba esperando la oportunidad de escabullirse de los guardias y llegar hasta Julina y Spock. Durante sus períodos de ejercicios, se acercó cada vez más al complejo de edificios, hasta que vislumbró a Julina recogiendo plantas. Echó a correr hacia ella, perseguido por los guardias.
–¿Ha visto a Spock? –le preguntó, mientras lo arrastraban lejos de ella.
–Sí –le gritó ella–. Necesitará ayuda muy pronto o lo perderemos.
–¡Intente encontrarse otra vez aquí conmigo! –le gritó él.
Ella estaba decidida a intentarlo. Una vez más, Julina se escabulló hasta la celda de Spock; incluso le pareció que era más fácil pasar inadvertida. «Los guardias se estarán volviendo descuidados», pensó mientras deseaba que fuera cierto. Había hallado una forma de llegar hasta Spock con regularidad, y proporcionarle comida y agua. Pero a pesar de eso, al vulcaniano apenas le resultaba suficiente como para sobrevivir, y cada vez estaba más débil: si Spock continuaba con vida era gracias a los continuados cuidados de ella. Preguntaba por Scott. Ella le prometió reunirse con el ingeniero antes de la siguiente visita.

Al día siguiente avanzó un poco más recolectando plantas, y llegó hasta el linde del campo de lanzamiento. Scott advirtió su presencia y, haciendo ejercicio, se desplazó hacia el campo en el que ella buscaba vegetales. Se aproximó hacia donde ella estaba haciéndose el distraído, y esta vez consiguió acercarse lo suficiente como para hablarle. El comportamiento aparentemente plácido de ambos engañó a los guardias, por lo que se les permitió conversar sin interrupciones.
–¿Cómo está Spock? –fue el saludo de Scott.
–Está muy débil. La ayuda tiene que llegar dentro de muy poco. Él quiere que intentemos escapar sin él. Si decidiéramos hacer eso, él moriría irremediablemente.
–... Y si no lo hacemos, puede que muramos todos –dijo Scott con ferocidad–. Pero yo no me marcharía sin él. ¿Y usted?
–No –replicó Julina con firmeza. Scott se dio cuenta de lo profundo que era el cariño que había llegado a sentir por Spock.
–Julina –intentó tranquilizarla él–, Placus regresará pronto.
–Lo hará... si le es posible.
–Los klingon no lo harán. No creo que una partida de rescate de su propio imperio venga a buscarlos, ni aun en el caso de que puedan localizarlos.
–Es verdad, Scott. Klee me contó eso. También nuestro imperio consideraba nuestra misión algo de poca importancia. Tampoco los romulanos enviarán a nadie a rescatarnos. ¿Qué hay de la Federación?
–Nuestra misión era... –Hizo una pausa–. Podría decirse que era... eh... extraoficial. Nadie sabe que estamos aquí.
–Oh...
Julina estaba a punto de decir algo más cuando los guardias, tras haber permitido a sus prisioneros el tiempo de esparcimiento que consideraban suficiente, empujaron a Scott para que regresara al trabajo. Julina, con una brazada de plantas medio marchitas y flores, regresó al complejo de edificios.

Spock sentía que se debilitaba cada vez más. Sabía que su fortaleza vulcaniana lo mantendría con vida durante un largo período de tiempo después de que perdiera el conocimiento, y que podía permanecer en estado comatoso durante varios días antes de morir. Aguardó la siguiente visita de Julina con el firme propósito de hacerle un pedido de vital importancia.
Al regresar, Julina encontró a Spock durmiendo. Le cogió una mano, que parecía tremendamente delgada entre las suyas, y se sentó en silencio junto a él. Estudió las macilentas facciones de él y se preguntó si Spock sobreviviría. De pronto, la mano de Spock aferró la de ella con una fuerza sorprendente. Ella le acercó el cuenco de agua a los labios como hacía siempre, pero esta vez él se negó a beber.
La voz de él era ronca cuando le habló con gran esfuerzo.
–Tenemos que hablar, Julina.
Dulcemente, ella le acercó el agua a los labios.
–Primero, beba y coma; luego hablaremos.
–No, Julina. Tengo que hablarle ahora.
–Aferró la mano de ella con más fuerza–. ¿Escaparía ahora si pudiera?
–Sí, pero no voy a dejarlo aquí solo, desamparado.
–Si yo estuviera en condiciones de marcharme, ¿consideraría usted la huida?
–Lo haría. Pero usted está desamparado. Sin mis visitas, moriría. ¡No voy a dejarlo aquí!
–Y Scott... ¿piensa igual que usted?
–Sí.
–Ya lo suponía –dijo Spock con firmeza–. Julina, tiene que hacer usted algo por mí. Lo he considerado muy cuidadosamente. Lo que le pediré no será fácil para usted, pero es lo más lógico y necesario.
–¿Qué quiere que haga? No intentaré escapar sin usted.
–No tiene nada que ver con un intento de huida.
–Lo ayudaré en todo lo que pueda. Usted lo sabe.
–Entonces ayúdeme a acabar con mi vida. Un arma, un veneno, cualquier cosa que pueda conseguir para ese propósito.
–¡No! –Ella intentó arrancar su mano de la de él–. ¡No lo ayudaré a destruirse!
–Tiene que hacerlo. Le explicaré mi razonamiento. Las enseñanzas romulanas que ha recibido la capacitan para comprender la necesidad de lo que le pido. Estoy completamente incapacitado; soy un estorbo para la supervivencia tanto de Scott como de usted. Por lo tanto, el factor que estorba debe ser eliminado. Si usted se hallara en mi posición, también escogería la muerte con dignidad. Estoy muriendo lentamente. Dentro de poco ya no seré capaz ni de destruirme. Cada vez que viene a verme me encuentra más débil. Yo creo que le permiten que venga para que les ayude a prolongar mi sufrimiento con el fin de que Esa pueda obtener una perversa satisfacción por el estado en que me encuentro. Usted libraría a sus compañeros romulanos de una suerte semejante. ¿Va a condenarme a mí a una muerte lenta para divertir al enemigo... o me permitirá morir rápidamente, con dignidad?
Ella se quebró.
–Tiene usted razón. Yo preferiría una muerte rápida antes que permitir que el enemigo se deleitara con mi sufrimiento. No puedo hacer menos por usted. Le traeré lo que me pide.
Julina se relajó.
–Gracias –le dijo Spock, soltándole la mano.

Julina regresó con una daga que Ilsa solía llevar en el brazo en las ceremonias. Era más decorativa que útil. La hoja era tan corta que Julina pudo ocultarla con facilidad y traérsela a Spock. No la echarían en falta hasta el día siguiente, si es que Ilsa decidía utilizarla.
Spock examinó la enjoyada daga desapasionadamente. Era hermosa, trabajada por algún artesano excelente de un lejano planeta desconocido. Spock agradeció silenciosamente al artesano la creación de un objeto de tal belleza para sus propósitos. Luego le habló a Julina, que se hallaba sentada junto a él sobre la plataforma de piedra, observándolo atentamente.
–No tenía intención alguna de pedirle ayuda, pero siento que estoy demasiado débil como para utilizar la daga de forma eficaz. Yo guiaré la daga; usted debe proporcionarme la fuerza de empuje necesaria.
–¡No lo haré! ¡No puedo! –protestó ella violentamente, pero sabía que la lógica vulcaniana de Spock le demostraría que aquella solicitud era algo que no podía negarle.
–Julina, no me haga rogarle su ayuda... –Spock le aferró firmemente la mano.
–No, Spock, no diré nada más. Tiene usted razón. Haré todo lo que me diga.
Guió la mano de la mujer, colocando la daga encima de su corazón.
–Ahora –le ordenó.
Julina sumó su fuerza a la de él, clavándole la daga ferozmente en el costado.
Ella se apartó, soltó el cuchillo, y la mano de Spock se deslizó, floja, de debajo de la de ella. Ella recorrió las facciones de él con los dedos, se demoró un instante sobre su boca, y susurró en el oído ya sordo:
–Te amo.
Y se marchó silenciosamente.
El guardia, que tenía órdenes de comprobar el estado de Spock tras cada visita de Julina, entró distraídamente en la celda. En el suelo de piedra gris ya se había formado un charco verde. Al ver la sangre, el guardia corrió hacia Spock, y halló la daga que sobresalía de un flanco del vulcaniano. Hizo sonar la alarma y otros guardias acudieron diligentemente. Prendieron a Julina de inmediato.
La conmoción pudo ser oída hasta en el campo de lanzamiento. Ilob y Scott corrieron al complejo de edificios junto con los demás para averiguar qué había sucedido. Scott pudo ver que a Julina la sujetaban dos guardias robustos. Ilsa, con una lanza en la mano, se le acercó. Corrió hacia Julina, mientras observaba con horror cómo Ilsa levantaba la lanza y se la clavaba a la romulana, matándola instantáneamente.
–¿Qué ha ocurrido? –gritó Scott–. ¿Por qué la ha matado?
Corrió hacia el cadáver de la hermosa romulana en la que había llegado a confiar y a quien había llegado a admirar, abrazó su cuerpo laxo y lo sostuvo entre los brazos haciendo caso omiso de los regueros de sangre que manaban de la herida.
–¿Por qué? –fue todo lo que pudo preguntar, levantando los ojos hacia Ilsa que contemplaba, de pie, a su víctima y al humano.
La tomariiana se volvió a mirar al guardia.
–¿Está muerto el vulcaniano? Si lo está, tú lo pagarás.
Se te había ordenado vigilar a la mujer cuando iba a visitarlo.
–No lo sé, begum –dijo él atemorizado–. No he tenido tiempo de comprobarlo con exactitud.
–Tráelo –le ordenó al guardia, haciendo un gesto en dirección a Scott. El hombre empujó al escocés delante de él hasta el interior de la celda de Spock.
Scott se quedó de piedra ante la visión del vulcaniano tendido y aparentemente inerte, con el enjoyado cuchillo aún alojado en el flanco. Intentó hallar algún signo de vida. No pudo encontrarle el pulso ni sentir un solo latido del corazón, pero eso no era insólito en el caso de los vulcanianos. Ilsa llevaba una rodela brillantemente pulida en el cinturón; Scott se la arrebató antes de que pudiera impedírselo.
–Necesito esto para averiguar si aún está vivo –explicó.
–Atiéndalo –le dijo Ilsa con voz queda.
Con la prueba de la débil respiración de Spock en la pulida superficie, Scott se arrodilló junto al vulcaniano para examinar la herida que tenía en el costado. La hemorragia era un signo ominoso. Scott apenas podía entender cómo Spock había conseguido sobrevivir durante tanto rato en el débil estado en que se hallaba. «¿Por qué Julina intentó matarlo? Eso no tiene sentido. ¿Qué pudo haberla poseído para hacer algo así?» Aquellos pensamientos corrían por su cabeza mientras intentaba decidir qué debía hacer a continuación.
–¿Puede salvarlo? –preguntó Ilsa con preocupación.
–Usted es la responsable de su estado –le espetó él–. Pero haré todo lo que pueda. Yo no soy médico; podría matarlo. Él es vulcaniano, y yo no estoy cualificado para tratar algo así ni siquiera en el caso de un ser humano. Primero, tenemos que sacarlo de este agujero y llevarlo a un lugar más limpio y abrigado. No creo que podamos moverlo con ese cuchillo clavado. Voy a quitárselo e intentar evitar que muera desangrado antes de hacer nada más. Luego podremos trasladarlo.
–Haced lo que dice –ordenó Ilsa a los guardias.
Scott apretó los dientes, aferró el puñal y lo retiró. Un río de sangre manó de la herida. Inmediatamente, Scott colocó sobre la misma un trozo de piel que cortó del atuendo de Spock, y aplicó presión sobre ella.
–Ahora, llévenlo con mucho cuidado mientras yo mantengo la presión sobre la herida –ordenó Scott.
Los guardias le obedecieron; levantaron suavemente el cuerpo laxo del vulcaniano y lo trasladaron a las habitaciones de la begum.
–Hay que mantenerlo abrigado –indicó Spock, y encendieron un fuego–. Mantas, necesito muchas mantas –exigió el escocés.
Una gruesa pila de pieles fue depositada junto a él.
Cubrió a Spock con las pieles, con la parte del pelo hacia el cuerpo para proporcionarle más calor. Spock sufría un shock clínico profundo. Scott sacudió la cabeza con impotencia.
–No sé si realmente podré ayudarlo –dijo con tristeza. Retiró la mano de la herida, y un río de sangre verde manchó las lustrosas pieles.
–Creo que erró el corazón y golpeó contra una costilla..., quizá le atravesó un pulmón... No puedo saberlo.
Con una tosca aguja de hueso e hilo de tripa embebido en el omnipresente licor casero, Scott cosió las capas de músculo y piel lo mejor que pudo. Cuando acabó, se dejó caer hacia atrás, exhausto y abatido.
–A partir de ahora ya no depende de mí –murmuró.
Scott apoyó la cabeza en los brazos y se preparó para una larga noche de vela. Durante toda la operación, Ilsa había permanecido de pie detrás del escocés, fascinada por lo que él estaba haciendo; nunca antes había presenciado un intento de salvar la vida a un hombre herido.
Las razones de su acción serían difíciles de justificar ante sus súbditos. No era una decisión racional, sino puramente emocional. Ni siquiera ella podía comprender plenamente la atracción que sentía hacia aquel cautivo alienígena. Se tendió sobre un sofá cubierto de ricas pieles y esperó junto con Scott.
El ingeniero se envolvió en una manta de piel y se tendió en el suelo junto a Spock. Se adormecía ocasionalmente en el silencio y tibieza de la estancia. Le parecía que nunca se había sentido tan cómodo como ahora.
Un ligero movimiento de una de las manos de Spock lo devolvió al estado de vigilia. El vulcaniano comenzaba a recobrar el conocimiento. Sus pestañas se agitaron y abrió los ojos. Miró el rostro ampliamente sonriente de Scott suspendido sobre el suyo. Luego cerró los ojos y se quedó dormido.
Durante los días siguientes, Spock, demasiado débil como para resistirse, fue obligado a beber caldo. Ilsa supervisaba personalmente las atenciones que le prestaban, asegurándose de que lo alimentaban con regularidad y lo mantenían abrigado. Cuando le resultó evidente que sobreviviría, Spock se sometió a lo inevitable y dejó de luchar contra su recuperación. Pero se mostraba completamente callado y retraído.
Scott estaba alarmado. Intentó buscar alguna manera de que Spock volviera a interesarse por la vida. Se quedaba levantado durante toda la noche para tallar un rústico juego de ajedrez en hueso, pero Spock no reaccionaba. El escocés tenía que hallar un medio de conseguir que el despegado y remoto vulcaniano recobrara su pleno estado de alerta. Scott sacó de su cinturón un pequeño trozo de piel, desenvolvió el pequeño dardo cristalino de Paxas y lo depositó en la indiferente mano de Spock. La extraña sensación que surgía del cristal resonó a través del brazo del vulcaniano. A medida que la rara sensación aumentaba, también lo hacía el interés de Spock.
–¿De dónde ha sacado esto? –fueron las primeras palabras que pronunció desde su fallido intento de suicidio. En aquel momento se enfrentaba con un reto mental, y el científico que llevaba dentro volvía a funcionar.
–Le aseguro que me tenía preocupado, señor Spock. Me alegro al comprobar que comienza a ser usted mismo. ¿Está dolorido?
Spock yacía completamente plano, exactamente como lo habían colocado.
–No, Scott. Ya no siento dolor. No tengo sensibilidad alguna en el área inferior a la herida. Ayúdeme a sentarme. Este cristal es verdaderamente fascinante.


3
La Enterprise


1

–Capitán Kirk a sala de transportes. Uno para ser transferido.
James T. Kirk pronunció aquellas familiares palabras con profunda satisfacción. Finalmente, tras el prolongado descanso obligatorio, regresaba a su verdadero hogar. Llegaba con un día de antelación según lo que indicaban las órdenes que tenía: un día para reencontrarse con la reparada y reconstruida Enterprise, un día para sentir a su nave y regocijarse por el hecho de estar de regreso antes de que el deber absorbiera su atención.
–Lo siento, señor. Tengo orden de transferir a todo el personal a bordo sólo cuando lo especifiquen las órdenes. Llega usted con un día de antelación –fue la respuesta que le llegó de la nave.
–Aquí el capitán. El oficial al mando. Transfiérame. –Lo lamento señor. Eso va en contra de las órdenes que tengo –repitió la voz desconocida.
–¡Sala de transporte, es una orden! Yo cargaré con toda la responsabilidad. ¡Transfiérame a bordo de inmediato! –La sensación placentera cedió paso a la exasperación.
–Sí, señor, si usted insiste. El transportador fue activado.
Kirk echaba humo cuando bajó del transportador.
–Teniente, cuando yo le doy una orden, usted la obedece. ¿Me ha comprendido?
–Sí, señor. Pero yo...
–Nada de peros, teniente. Queda relevado. Preséntese ante su superior... y refresque sus conocimientos del protocolo...
«Pero bueno, ¿por qué he sido tan duro con él? –se preguntó Kirk mientras salía de la sala–. No hacía otra cosa que seguir unas órdenes anteriores. ¿Por qué salté con tanta ira sobre él? Algo va mal. Puedo sentirlo. Pero eso es irracional –se dijo para tranquilizarse–, no es más que el nerviosismo del primer día del regreso.»
En su camarote, comprobó la caja de seguridad, y depositó las nuevas órdenes en el lugar apropiado. Todavía no había recibido sus uniformes nuevos. El accidente, el largo proceso de recuperación y el descanso obligado le habían dado el tiempo suficiente para hacer ejercicios y volver a ponerse en forma a causa de la pérdida de peso. Los nuevos uniformes le sobraban por todas partes, así que había encargado unos nuevos, que llegarían al día siguiente. Aún no había subido a bordo ninguno de los miembros de la tripulación, por lo que decidió que no le haría falta el uniforme reglamentario. Se puso una camiseta y unos panTalones, se calzó con un par de botas muy gastadas que sentía como viejas amigas, y salió de su camarote.
Entró en el turboascensor.
–Puente. –Aquella palabra tan familiar sonaba muy bien.
La reducida tripulación temporal estaba controlando la nave desde el puente auxiliar. Se alegró de estar a solas en el centro neurálgico de la Enterprise; sabía que sería algo imposible después de ese día. Pero ese era su día, un día para disfrutar de su nave. Recorrió los niveles superiores del puente, pasando una mano por los instrumentos recién instalados. Mirando al interior de un sensor, accionó una palanca y observó los registros que el instrumento mostraba, las formas de vida que habitaban la estación que tenía debajo. Impulsó el asiento del puesto del timonel, y la observó girar suavemente.
Mientras sonreía, se sentó en el conocido puesto de mando. El mullido asiento cedió para amoldarse a su cuerpo. El acolchado era más abundante y daba una sensación ligeramente distinta a la de antes. Lo recorrió una punzada de ansiedad. Sentía que aquella Enterprise era diferente. Había estudiado las modificaciones en el nuevo diseño: todos los planos y especificaciones estaban firmemente grabados en su memoria. Planificaban cambios incluso más drásticos para el futuro. Aquello lo hizo sentir vagamente incómodo.
Estiró las piernas ante sí, intentando relajarse. Con un gesto automático, buscó el botón para grabar su diario; el dedo no encontró el botón: diferente. Reajustó el movimiento y accionó el interruptor.
–Diario del capitán, fecha estelar 6205.7. James T. Kirk, el capitán. He regresado a mi nave. ¡Pero era diferente!
Accionó el interruptor para activar la oscurecida pantalla de visión exterior. Una imagen de la Base Estelar 12 apareció en ella. Kirk hizo girar su asiento y miró los puestos de comunicaciones y de ciencia. Los paneles de instrumentos eran ahora grises. Se levantó del asiento y se encaminó hacia el turboascensor, pero se detuvo ante las puertas; ya no eran rojas: el gris había reemplazado al color que le era familiar. Se sintió algo intranquilo.
De vuelta en su camarote, se quitó la camiseta y se tendió en la cama. Encendió la consola de la biblioteca, seleccionó las especificaciones del puente y estudió los cambios con la intención de reconciliarse con las diferencias. Nunca había pensado en sí mismo como en una persona rígida. De hecho, era necesario que un capitán de nave estelar estuviera abierto a las situaciones nuevas y fuera flexible en su forma de abordar los cambios rápidos e inesperados. Kirk estaba fastidiado consigo mismo. «¿Por qué me siento tan incómodo? Una pintura nueva no debería ponerme nervioso. Hay algo que no está bien..., puedo sentirlo.» Se desvistió, programó la computadora para que lo despertara temprano, se puso a leer y cayó en un sueño inquieto.
–Cero seiscientas, capitán James T. Kirk, llamada de despertador –zumbaba la computadora una y otra vez.
–¡Ya te oigo! –le gruñó Kirk a la computadora. Luego hizo una pausa, frunciendo el entrecejo–. Computadora, ¿qué hora es?
–Las cero seiscientas y treinta segundos –respondió inmediatamente la computadora con una agradable voz masculina.
Se sacudió las telarañas del interior de la cabeza. «¡Que me condenen! ¡Incluso han cambiado la voz de la computadora! Me pregunto qué dirá Spock de eso.» El pensar en su primer oficial y amigo tranquilizó a Kirk y lo hizo sonreír.
Esperaba con ansiedad la reunión con todos sus oficiales, pero especialmente con Spock. Por lo menos la presencia de Spock haría que todos los cambios perturbadores resultaran insignificantes.
Sonó el timbre de la puerta.
–Señor, la ordenanza Helman con sus uniformes nuevos.
–Aguarde un momento, ordenanza.
Kirk se puso una bata y presionó el botón de apertura de la puerta. La nueva ordenanza entró con paso inseguro.
–Entre. No voy a morderla.
–Sí, señor –replicó ella sin mucho convencimiento–. Este es mi primer destino, señor.
–¡Lo imaginaba! –dijo él, divertido por la perplejidad de la muchacha–. ¿No cree que debería colgar esas cosas, ordenanza, eh...?
–Helman, señor. Sí, señor...
El uniforme nuevo era gris; ese cambio había tenido lugar mientras él se estaba recuperando. Frunció el entrecejo, se lo puso y se miró al espejo. Era sorprendentemente favorecedor.
–¡No está mal! –comentó–. Otra cosa nueva a la que habrá que habituarse.
Ya reglamentariamente uniformado, el capitán de la Enterprise avanzó por el pasillo hacia el turboascensor. Se sintió tentado de ir hacia la sala de transportes y recibir a los oficiales que regresaban, pero resistió el impulso y decidió en cambio controlar el regreso de la tripulación desde el puente.
«Habrá muchísimo tiempo para que nos pongamos al día» –se dijo.
Durante el período de recuperación y descanso no había podido ver a la mayoría de sus oficiales. Suponía que, al igual que él, habían decidido tomarse un intervalo de descanso después de la explosión que resultara lo más reparador posible, e intentado evitar episodios de rememoración innecesaria de la horrorosa experiencia por la que todos habían pasado.
Al entrar en el puente fue recibido por una ola de perfume y un abrazo desinhibido de Uhura. Por el momento había decidido renunciar a todo decoro militar. Kirk, tan contento como ella de ver un rostro familiar, le devolvió el abrazo con gusto, para gran sorpresa del timonel que era nuevo a bordo y nunca antes había visto a un capitán que saludara a sus oficiales con tal efusividad.
El capitán ocupó su asiento, disfrutando de la sensación de estar de regreso. El siguiente en entrar fue Sulu, que le tocó el hombro al timonel.
–Yo lo relevaré, teniente. –Se volvió a mirar a Kirk–. Es magnífico estar de vuelta a bordo, señor.
Kirk le dedicó una amplia sonrisa.
Chekov apareció a continuación. Lucía un nuevo galón en el uniforme.
–El teniente Chekov se presenta en su puesto, señor.
–Lo felicito por el galón, teniente Chekov. –Kirk le estrechó la mano–. Y, Chekov, quiero decirle que es bueno tenerlo de vuelta a bordo.
Chekov y Sulu se saludaron cálidamente. Aquello estaba comenzando a parecerse otra vez a su nave. Kirk se recostó en su asiento. Escuchó los sonidos de los mecanismos de a bordo: cada pitido y zumbido, cada luz y parpadeo le daban la bienvenida. «Es agradable estar vivo... y de regreso.»
–Sala de transportes, señor. Todo el personal ha subido a bordo.
–Enterado –respondió Kirk de forma rutinaria.
En la terminal de ciencia había un desconocido inclinado sobre los instrumentos. Kirk reparó en la ausencia de Spock. «Debe de estar revisando la computadora.»
La voz de la sala de transporte no había sido la de Scott. «Tiene que estar en alguna parte de la sala de máquinas», supuso el capitán.
Kirk pulsó el botón del intercomunicador.
–Señor Scott, nos marcharemos dentro de diez minutos.
–Siguió un largo silencio–. Señor Scott, ¿puede oírme? Responda, por favor.
–Aquí el teniente comandante Douglas, señor, desde la sala de máquinas. Aquí no hay nadie con ese nombre, señor.
–¿Quién está al mando ahí abajo?
–Yo, señor.
–Suba al puente, Douglas.
–¿Ahora, señor?
–No quiero decir mañana. ¡Suba aquí de inmediato! Sulu y Chekov miraron furtivamente a Kirk por encima del hombro. Uhura se volvió a mirarlo, se encontró con los ojos de él y desvió rápidamente la mirada, intentando parecer demasiado absorta como para responder de inmediato.
Kirk hizo girar su asiento para mirar hacia la terminal científica, ante la cual en ese momento no había nadie. Volvió a pulsar el botón del intercomunicador.
–¡Señor Spock, preséntese de inmediato en el puente!
Uhura, directamente en la línea de la mirada del capitán, intentaba pasar inadvertida.
Pulsando nuevamente el botón, Kirk habló una vez más.
–McCoy, preséntese en el puente.
–Sí, señor –fue la rápida respuesta que le dio el jefe médico–. Voy hacia allí, Jim.
« ¡Por fin, una voz conocida! »
Un hombre moreno de estatura baja entró en el puente sonriendo de forma simpática.
–El comandante Leonidas se presenta para el servicio, señor.
–Los cabellos despeinados le daban un aire de gallardo abandono.
Kirk hizo girar su asiento para mirar al oficial desconocido.
–Me encuentro en desventaja, comandante. ¿Cuál es su puesto?
–El de primer oficial, señor.
–¿Primer oficial? Yo creía que ya tenía un primer oficial... Spock. ¿Dónde está Spock?
Sulu se volvió, miró furtivamente a Kirk y volvió la vista hacia sus instrumentos.
–Teniente comandante Douglas, señor –informó elegantemente el oficial ingeniero cuando entró en el puente.
–¿Dice usted que fue designado como jefe de ingenieros? –le preguntó Kirk, obviamente desconcertado.
–Sí, señor.
–Necesito unos datos de la computadora. ¿Dónde está Spock? –volvió a preguntar el capitán con tono de exigencia.
Un rubio alto y corpulento entró en el puente.
–Teniente comandante Martin, señor. Presente para el servicio.
–¿Cuál es su destino? –le preguntó un perplejo Kirk al recién llegado.
–El de oficial científico, señor.
Kirk volvió a sorprender a Sulu mirándolo.
–Señor Sulu, ¿sabe usted qué es lo que está sucediendo aquí? ¿Por qué soy el último en enterarse de lo que ocurre en mi nave? –Se volvió a mirar al oficial científico–. Quiero que me imprima la lista de los destinos. ¡Ahora mismo!
Martin se encaminó hacia la computadora y pulsó los botones pertinentes. Sentado con el cuerpo tenso, Kirk esperó.
Los otros permanecieron de pie rígidamente sin saber qué esperar del evidentemente furioso capitán.
McCoy entró en el puente y captó de inmediato la tensión reinante. «¡Vaya por Dios! Se ha enterado de lo de Spock y Scott. ¡Ahora van a desatarse todos los infiernos! Debería de habérselo dicho antes de que regresara a la nave.»
–¡Bones! –Kirk casi gritó al levantarse para recibir al oficial jefe médico–. ¡A1 menos usted está a bordo! Martin le entregó a Kirk la lista de destinos. Él la estudió y levantó los ojos hacia los oficiales desconocidos. –Nos reuniremos en la sala de juntas dentro de media hora –les dijo con voz ronca.
McCoy se dispuso a marcharse.
–¡Usted quédese aquí, Bones! ¿Qué está ocurriendo? –le espetó a McCoy con el entrecejo fruncido–. Usted sabía que Scotty y Spock no estaban a bordo, ¿no es cierto?
Sulu, Chekov y Uhura se pusieron tensos como si se prepararan para recibir un golpe.
–No hablemos aquí, Jim. Vayamos a algún lugar privado.
–No voy a aplazarlo, Bones. Los asuntos concernientes a la nave pueden tratarse en el puente. ¡Ahora, respóndame!
–No aquí, Jim.
McCoy avanzó hacia el turboascensor con un reticente Kirk siguiéndole los pasos.
Entraron en el consultorio que el médico tenía en la enfermería, y McCoy sacó una botella de brandy. Le dio un vaso a Kirk y bebió un largo sorbo del suyo propio. El capitán dejó el vaso sobre la mesa, intacto.
–Estoy esperando, Bones.
–Jim, fue por su bien.
–¿Qué es lo que fue por mi bien?
–El no decirle nada.
–¿El no decirme nada de qué? Déjese de rodeos, McCoy. Simplemente dígame qué está ocurriendo. Ni siquiera se me entregó una lista de los destinos antes de que subiera a bordo. Había dado por supuesto que tendría de vuelta a toda mi tripulación intacta. Usted sabe por qué mis dos mejores oficiales no están a bordo. ¡Déjese de dilaciones y dígame por qué!
McCoy le entregó dos grabaciones de computadora a Kirk, que las recogió jugando nerviosamente con ellas.
–¿Es esta su respuesta? ¿Unas grabaciones?
–Es la difícil explicación, Jim.
–¿Explicación? ¿Explicación de qué?
–Estaba usted demasiado gravemente herido como para informarlo, Jim. Mi decisión de médico fue la de mantenerlo en la ignorancia. Si se hubiera enterado de la situación, habría despegado independientemente de lo mal que estuviera. No había nada que usted pudiera hacer entonces, ni lo hay ahora.
Kirk insertó la cinta en el lector.

Fecha estelar 6101.1: vista preliminar, procedimiento de consejo de guerra, comandante Spock y teniente comandante Montgomery Scott. Cargos: deserción; robo de un vehículo de la Flota Estelar. Actual paradero de los acusados: desconocido. Caso pendiente.

La segunda grabación era de la vista.
–¿Es eso todo? –Kirk sacó la cinta de la terminal de la computadora y la depositó sobre la mesa. Se sentó, esperando que McCoy continuara explicando–. ¿Y bien, Bones?
–¿Qué puedo decirle, Jim? Desaparecieron. No tenemos ni la más mínima noción de hacia dónde. Nadie se fijó.
–¿Está diciéndome que nadie tiene ni la más ligera idea de hacia dónde se dirigieron?
McCoy sacudió la cabeza.
–Jim, si hubiera habido algo que yo hubiese podido hacer... Simplemente despegaron y se desvanecieron. Supongo que se dirigieron hacia esa serie de puntos que Spock pensaba que era importante. Estaba claramente insatisfecho con la respuesta de la Flota Estelar..., o más bien la falta de respuesta... hacia lo que él creía que era una prueba suficiente de que detrás de la explosión del puente se escondía un acto de sabotaje.
–No es propio de Spock el no dar noticia de su paradero y sus intenciones. Tiene que haber dejado alguna pista. – Kirk meditó sobre el movimiento más probable de Spock.
McCoy bebió otra copa, esperando que Kirk acabara de aceptar la situación.
–Jim, han desaparecido. Si hubiera podido, Spock nos habría dicho dónde se encuentran. Ha pasado mucho tiempo. Tiene que aceptar el hecho de que han desaparecido.
Kirk miró a McCoy con una furia que raramente manifestaba exteriormente. Estaba enfadado con McCoy por no haberle dado cuenta de lo que estaba ocurriendo, y enfadado consigo mismo por haber supuesto con demasiada presteza que todo volvería a la normalidad cuando él regresara a su nave. Dio rienda suelta a su resentimiento y frustración, descargándolas en el médico.
–¡Usted es en parte responsable de todo esto! Si me hubiera contado qué era lo que sucedía, yo habría podido encontrarlos ¡Podría haberles impedido que se marcharan! Ahora ya ha pasado demasiado tiempo.
Se levantó y salió de la enfermería, dejando tras de sí a un McCoy completamente deprimido.
Kirk no sentía ningún deseo de mantener una reunión hasta que no hubiera asimilado las devastadoras noticias y trazado una estrategia. Se encaminó hacia su camarote y accionó el intercomunicador.
–Cancele la reunión que había programado, Uhura. Cámbiela para las cero setecientas horas de mañana.
La voz firme de Uhura tomó nota del cambio y se lo notificó a los oficiales correspondientes.
Los pensamientos de Kirk eran lóbregos. «Yo sentí que algo no iba bien... y ahora que sé de qué se trata... ¿qué?»


2

«¿Qué haría Spock? No se marcharía sin dejarme un mensaje. ¿Dónde podría haber dejado una pista?» Kirk estaba obsesionado con hallar respuestas. Se encaminó corredor abajo, y entró en el camarote de Spock. Era tarde: las luces de la nave habían disminuido en función del ciclo nocturno. Tendió la mano hacia el panel de luces y de inmediato se arrepintió.
Todo había cambiado. Todos los extraños objetos del vulcaniano habían desaparecido: la pequeña llama que siempre le había conferido a aquel camarote una calidad diferente, los tapices rojos que añadían misterio al entorno de Spock; todo había desaparecido.
Con el aumento de intensidad de las luces, Alexander Leonidas parpadeó y se incorporó rápidamente, despertando con un sobresalto.
–¿Ocurre algo, señor? –preguntó con voz soñolienta al ver al capitán de pie en la entrada.
–No ocurre nada –le respondió Kirk–. Estaba buscando algo. ¿Vaciaron este camarote cuando se lo asignaron a usted?
–¿Vaciarlo, señor?
–¿Lo vaciaron de todo lo que contenía? ¿Había en él algo además del mobiliario de reglamento?
Kirk advirtió algunos de los toques personales de Leonidas: la fotografía de una chica y otra de la clase de la academia.
–Cuando llegué no había nada aquí, señor. ¿Debería de haberlo habido?
–No, comandante. Espero que no piense que tengo la costumbre de meterme en las habitaciones de mis oficiales sin que me hayan invitado, pero...
–¿Puedo ayudarlo a buscar lo que sea que esté buscando, señor?
–Cuando sepa de qué se trata, se lo diré. Lamento haberlo despertado. Y, comandante, por favor, no le mencione a nadie esta visita.
–No, señor –respondió el perplejo primer oficial, no muy seguro de que no debiera hablarle a nadie del extraño comportamiento del capitán.
Kirk regresó a su camarote, se quitó el uniforme y las botas, y se echó sobre la cama. Se quedó tendido en la oscuridad, mientras intentaba reconstruir la lógica de Spock. Estaba muy cansado. Había sido un día largo y lleno de cosas, lleno de personas nuevas, una nueva nave, dolorosas decepciones, ira y frustración. «¡Maldición! » Apretó los puños y golpeó la cama. Permaneció allí tendido durante horas, mirando hacia el techo, hasta que finalmente lo venció el agotamiento y se quedó dormido.
Cuando a la mañana siguiente el capitán James T. Kirk entró en la sala de juntas, ya había conseguido controlar su ansiedad. Observó el conjunto del personal de mando de la Enterprise con un interés casi objetivo. El rostro familiar de Sulu, sonriente como siempre, le levantó un poco el ánimo.
McCoy estaba conversando con Uhura. El primer oficial Alexander Leonidas bebía una taza de café mientras hojeaba una serie de cartas estelares con aire ausente. El teniente Thorin Martin, con la insignia naranja de la sección científica en el uniforme, mantenía una animada charla con el ingeniero, Heath Douglas.
Kirk ocupó su asiento. La ordenanza Yolanda Helman le dio una taza de café recién hecho. El grupo se sentó. El capitán esperó unos segundos y luego tomó la palabra.
–Caballeros, algunos de ustedes me conocen bien; otros llegarán a conocerme. Ningún capitán puede llevar una nave en solitario. Todos ustedes son esenciales para el bienestar de la nave y su tripulación. Nuestro éxito depende de que seamos capaces de trabajar como un equipo. Yo me apoyo en su destreza y en su lealtad, para conmigo y para con la nave. Habrá momentos en los que nos encontraremos con problemas que sobrepasen cualquier experiencia anterior, y debemos ser capaces de enfrentarnos con lo nuevo, lo insólito y a veces lo aterrorizador. Algunos de ustedes ya han servido en la Enterprise. Les doy la bienvenida de regreso a la nave.
A aquellos de ustedes que son nuevos a bordo, les doy la bienvenida a la mejor nave de la flota.
»Ahora vayamos al trabajo. Nuestra misión es simple. Un viaje de pruebas para examinar el funcionamiento de la nave. Luego se nos ha ordenado cartografiar la sección del sistema de Omega Seis. ¿Alguna pregunta o comentario?
McCoy observaba atentamente a Kirk. «Esa calma es una impostura. Lo conozco demasiado bien como para tragármela. ¿Qué se trae Jim realmente entre manos?»
Las preguntas eran de orden técnico. No se planteó ningún asunto urgente. La reunión se dio por terminada.
–Martin, Leonidas –los llamó Kirk en el momento en que salían por la puerta–. ¿Podrían quedarse un momento, por favor?
McCoy se volvió para regresar al interior de la sala.
–No será necesaria su presencia en esta reunión, doctor.
Kirk volvió su atención hacia los nuevos oficiales. Sentado en la punta de la silla, les habló.
–Señor Leonidas, quiero una revisión completa de la computadora. Quiero saber para qué estuvo utilizándola el señor Spock antes de desaparecer... y adónde fue. Señor Martin, ¿cuál es su graduación en computación?
–Un seis, señor. Sólo un nivel por debajo del que obtuvo el comandante Spock. É1 era el único siete de la Flota Estelar.
–Bien. Necesito a alguien tan bueno como Spock para encontrar lo que busco. Intente encontrar cualquier cosa fuera de lo corriente. Cualquier pista. Esta es una situación de prioridad uno. Esas computadoras son el otro yo de Spock. Tiene que haber programado algo dentro de ellas. Puede que sea muy sutil. ¡Vayan a buscarlo! –Kirk se levantó y salió de la sala.
Leonidas se pasó la mano por entre los rizados cabellos, confuso.
–¿De qué iba todo eso?
Martin estaba igualmente confundido. Se encogió de hombros.
–Creo que lo averiguaremos tarde o temprano.
Ambos salieron juntos de la sala, y se encaminaron a la terminal de la computadora principal que estaba en el puente.

La Enterprise funcionaba perfectamente. Kirk debería de haber sentido un gran regocijo por el renacimiento de su nave, pero no sentía nada parecido. Cumplía con sus obligaciones de forma automática, exigía que quienes le rodeaban trabajaran con la máxima eficiencia, y no daba indicio alguno de satisfacción hacia la nave o su tripulación, ni de la frustración que sentía por la pérdida de sus amigos desaparecidos.
La figura solitaria que se sentaba en el puesto de mando era completamente inabordable. McCoy no subía al puente porque estimaba que cualquier intervención no haría más que agravar las cosas. «Dejemos que Jim lo solucione. Siempre lo hace.»
Leonidas tenía un hábito que a Kirk le resultaba irritante. El griego tenía una sarta de cuentas que sujetaba en una mano y las hacía entrechocar cuando quería concentrarse.
Por encima de todos los pitidos y sonidos de electricidad estática que eran considerados normales en la rutina de la Enterprise, el sonido de las cuentas de Leonidas, que entrechocaban unas con otras marcando un ritmo nervioso, era como polvo de pica–pica que ascendiera por la espalda del capitán, y que hacía que estuviera a punto de perder el control.
Leonidas, que no se daba cuenta del efecto que le producía a Kirk, se sentó junto a él con las cuentas entrechocando. Kirk le aferró la muñeca, obligándolo a dejar caer la sarta.
–¡No vuelva a traerlas al puente, señor!
Kirk se marchó precipitadamente del puente. Sulu y Chekov se volvieron a mirar al capitán que salía. Se sentían aliviados por que hubiera cesado el entrechocar de cuentas, pero nunca antes habían visto al capitán comportarse de aquella forma. Leonidas recogió la sarta de cuentas, se la metió en el cinturón y ocupó el asiento de mando.
Vio que Sulu y Chekov lo miraban fijamente.
–¿No tienen ustedes nada que hacer? –les preguntó mientras firmaba un informe que le había entregado la ordenanza Helman.

Mientras se retiraba a su camarote durante el descanso, Kirk se dio cuenta de que su actitud severa e inflexible estaba angustiando a sus oficiales, pero en lo único que podía pensar era en Spock y Scott. Tenía que haber alguna pista; estaba seguro de ello. Abrió la caja de seguridad y sacó su diario personal.
Utilizaba el diario como registro, pero también como pizarra sonora en la que exponer los problemas complejos y frustrantes. Al sacar el diario de su compartimiento, una cinta de grabación cayó al suelo. La recogió y examinó. En la esquina inferior derecha del cuadrado rojo había un símbolo reconocible.
El IDIC... ¡E1 mensaje de Spock! Hasta entonces no lo había visto. Kirk insertó la grabación en su terminal privada. La imagen de Spock apareció en la pantalla.

–Capitán... Jim... Si está escuchando esta grabación, doy por supuesto que yo he desaparecido o muerto, y usted está planeando mi búsqueda. Si yo no he tenido éxito en mi investigación, será inútil que usted continúe por el mismo camino. Si ha escuchado las cintas de la vista que examinó la explosión de la Enterprise, sabrá que he salido en busca de un adversario desconocido. No emprendo esta búsqueda a la ligera. Creo que la Federación se halla en un gran peligro, pero no tengo las pruebas materiales suficientes para apoyar mi postura. El señor Scott se ha mostrado de acuerdo en acompañarme, para proporcionarme su asistencia en ingeniería y navegación. Jim, no nos busque. Procuraré hacerle llegar un mensaje si averiguamos algo. ¡No nos siga! Larga y próspera vida, amigo mío...

Allí acababa la grabación.
Kirk la recobró y jugueteó con ella. La tenía más cerca de lo que había tenido a Spock desde la pesadilla del puente. Pasó los dedos por encima del símbolo IDIC. «Qué curioso. No recuerdo que Spock haya usado antes este símbolo. Ahora que lo pienso, Spock nunca utilizó un código de identificación visual, no en el caso de las grabaciones de computadora que manejaba. Si ha marcado ésta, quizá también lo haya hecho con otras. Spock siempre es eficiente. Tengo que rehacerme. Bones hizo lo que creyó que era su deber como médico..., intentaba protegerme..., no puedo culparlo por ello. Tengo que volver de una vez a la eficiencia... No hay tiempo para la autocompasión. »
–Señor Martin, preséntese en el camarote del capitán –llamó a través del intercomunicador.
Cuando llegó, Kirk le entregó la grabación del mensaje con el pequeño IDIC en la esquina.
–Quiero que busque en los bancos de la computadora cualquier grabación marcada de la misma forma que ésta.
El oficial científico examinó el punto.
–¿Qué es este símbolo, señor?
–Es un IDIC vulcaniano, comandante. Se lo explicaré en otro momento.
–Pero, señor, hay miles de grabaciones de computadora. Podría llevar una cantidad de tiempo enorme.
–En ese caso, consiga ayuda, pero encuentre esas grabaciones.
–Sí, capitán.
Martin abandonó el camarote del capitán en un estado de confusión mayor que nunca.
Horas más tarde, Martin continuaba buscando. Estaba comenzando a soñar con grabaciones de computadora, rojas, azules, todas pulcramente apiladas..., todas con pequeños símbolos IDIC en la esquina inferior derecha. Nadie le había dicho nunca que el servicio en una nave estelar pudiera ser tan tedioso. Había establecido un ritmo: un rápido movimiento del pulgar hacía aparecer a la vista todas las esquinas. Buscó, por lo que le parecía la millonésima vez, en una nueva sección de grabaciones. Estuvo a punto de pasar por alto el diminuto símbolo. Volvió a repasar aquel grupo. ¡Allí estaba! Llamó a Kirk.

Los tres oficiales ejecutivos se reunieron alrededor de la carta que había en la pantalla.
–¿Puedes decirme de qué se trata? –preguntó Kirk.
Martin se encogió de hombros. Leonidas se aproximó más para examinar la imagen.
–¡Capitán! –exclamó con entusiasmo–. ¡Es una carta estelar! ¡Mi pasatiempo es coleccionar mapas de sistemas solares poco conocidos, y me apostaría la carrera a que es un mapa estelar! No estoy familiarizado con ese área, pero sin duda se trata de eso.
La imagen de la pantalla cambió. Un mapa galáctico completo apareció superpuesto a la pequeña carta.
–¿Qué saca de eso, Leonidas?
–Se trata de nuestra galaxia, señor. La sección detallada en la carta se halla en el extremo más alejado..., al otro lado exactamente. Nosotros nunca hemos cartografiado esa zona. Está demasiado lejos. –Leonidas estaba loco de entusiasmo–. Nunca antes había visto este mapa galáctico, capitán. Debe de ser el más avanzado de nuestro sistema. ¿Dónde lo consiguió Spock?
–En Vulcano, apostaría –conjeturó Kirk en voz alta11 siempre ha tenido un as científico en la manga. ¿Hay algún planeta habitable en el área detallada?
–No podría decírselo. No es más que una carta estelar; no hay ningún planeta señalado.
«Spock debe de estar allí. Tiene que haber encontrado un planeta. No hay ningún otro indicio», pensó Kirk.
–¿Cuánto tiempo nos llevará llegar hasta ese cuadrante? –inquirió.
Leonidas consiguió calcular rápidamente la pregunta:
–Alrededor de tres días a velocidad hiperespacial máxima. Pero, señor, nos resultará difícil explicarle a la Flota Estelar el porqué de que vayamos en la dirección opuesta al curso que nos ha sido designado.
–Voy a ejercitar mis prerrogativas de capitán y apostar por el mapa de Spock. Él nunca hace nada sin un propósito definido. Vamos a seguir la línea que él ha trazado. ¡Si él cree que ha habido un sabotaje, yo quiero saber quién hizo estallar la Enterprise!
Hizo una reverencia en silencio. «¡A1 diablo con las órdenes! ¡Voy a encontrar a Spock! Necesitaré una razón legítima para entrar en esa región.»
–¿Existe algo de interés especial en esa región, señor Leonidas?
–Necesitaré algún tiempo para analizar los datos, señor –le replicó Leonidas, ansioso por estudiar la carta.
Una hora más tarde, Leonidas levantó la mirada de la terminal de navegación de la computadora.
–¡Capitán –informó entusiasmado–, creo que he encontrado algo!
–¿Qué? –Kirk se levantó de su asiento y se reunió con Leonidas ante la pantalla.
–Una gigante roja, señor. Quiero decir que es realmente grande, capitán. Más grande que ninguna de las que haya visto antes. No está exactamente en el cuadrante que nos interesa, pero está muy cerca.
–¿Es de interés suficiente como para estudiarla? –Es del mayor interés, señor. ¡Es única en su género! –¡Leonidas, acaba de ganarse su paga! Timonel, trace un rumbo sobre las coordenadas que le ha dado el señor Leonidas.
–Pero, capitán, la gigante roja no está en el cuadrante que ha señalado Spock.
Kirk le replicó con voz tranquilizadora.
–Está lo bastante cerca, señor. Lo bastante cerca. Uhura, envíe un mensaje a la Flota Estelar, espacial normal. Investigando insólita gigante roja de gran interés... y déles las coordenadas.
Uhura se volvió a mirar a Kirk.
–¿Espacial normal, capitán? Tardará una semana en llegar.
Él le sonrió con astucia.
–¿Y qué prisa hay?


3

Al entrar en la sala de ocio, Alexander Leonidas sonreía cordialmente. Su visita diaria era algo con lo que la tripulación estaba comenzando a contar. Aquel era su primer destino como primer oficial, una promoción que había merecido y había esperado durante mucho tiempo. Era un hombre de estatura baja, de sólo un metro sesenta y ocho, por lo que había conseguido entrar por los pelos en la Flota Estelar. Quedaba empequeñecido por la tripulación de hombres de elevada estatura de a bordo.
Adoraba a las mujeres y éstas lo adoraban a él. Su sonrisa podía hechizar a la más seria de todas. Leonidas contrastaba sorprendentemente con el anterior primer oficial, cuyos modales serios y comportamiento extraño lo apartaban de los demás.
Cada noche, cuando acababa con sus deberes, Leonidas iba a la sala de ocio. Las lecciones de baile del primer oficial se habían convertido rápidamente en una auténtica leyenda. Al cabo de pocos días tenía un grupo de bailarines entusiastas, hombres y mujeres. El jolgorio de la sala de ocio resonaba por los pasillos mientras el griego amante de la diversión aleccionaba a la tripulación a disfrutar con el movimiento.
Les enseñaba antiguas danzas folclóricas griegas, y tocaba un instrumento cuyas agudas cuerdas parecían tener alma propia. Era la imagen misma de la calidez, girando y cantando, con los negros cabellos, más largos de lo que era reglamentario, rizados en torno a su rostro: era la encarnación personificada del goce de la vida. Su presencia era un verdadero aliciente en el tedio de los viajes estelares.
Aquella noche, Leonidas estaba en plena forma. Kirk, al oír las risas cuando pasaba ante la puerta, miró al interior para ver qué ocurría. Un destello de color pasó junto a la puerta, y una mano salió para cogerlo. Fue llevado al centro mismo del círculo de danzantes miembros de la tripulación. Mientras cantaban y danzaban, lo arrastraron inexorablemente hacia el espíritu del baile, hasta que todos se detuvieron por puro agotamiento.
Riendo a carcajadas, Kirk se dejó caer al suelo con todos los demás. Se dio cuenta de que se sentía bien; por primera vez desde la explosión, se sentía uno con la nave y la tripulación; la sensación que recordaba haber sentido antes de aquel terrible suceso. Tras dejar la sala de recreo, continuó hacia su camarote, mientras admitía, de mala gana, que le había cogido un cierto cariño a su nuevo primer oficial. A su manera, Leonidas era una adquisición de valor para la nave. Era completamente diferente de Spock: tan relajado, tan afable. A Kirk le gustaba.

McCoy acababa de concluir con las revisiones físicas rutinarias requeridas para todos los tripulantes. Se sentó en su consultorio y se sirvió una copa de brandy. El timbre sonó.
–Adelante.
La alta figura rubia del nuevo oficial científico, Thorin Martin, se detuvo en la entrada.
–Entre y tómese una copa, señor Martin. Tiene aspecto de necesitarla –le comentó McCoy.
–¿Resulta tan evidente, doctor? McCoy asintió con la cabeza.
–¿Qué problema tiene? ¿Las mujeres?
–Ojalá fuera tan sencillo, señor. Se trata del capitán...
–¿Ah?
–Señor, parece que tengo problemas para comunicarme con él. Quizá usted pueda decirme qué es lo que estoy haciendo mal.
McCoy lo comprendió al instante.
–Martin, no es un problema suyo. Es del capitán. Usted simplemente no puede evitar ser usted mismo.
–¿Podría explicarme eso, señor?
–Sencillamente, usted no es Spock. Y tampoco puede ser Spock. Lo he observado cuando estaba en el puente. Usted es humano, no una computadora vulcaniana ambulante.
Spock puede pensar dos veces, quizá tres, más rápido que cualquiera de nosotros. Tiene las respuestas antes de que se le formulen las preguntas. Es imposible que un hombre llegue a reemplazarlo. Jim..., el capitán... no hace más que esperar que usted actúe como Spock. ¡Eso es imposible!
–¿Qué debo hacer, entonces?
–Relajarse. Haga las cosas lo mejor que pueda. Es lo único que puede hacer cualquiera de nosotros.
–Pero es que el capitán está descontento con mi trabajo. Me doy cuenta.
–No, Martin. Él es un hombre justo. Él sólo le pide que cumpla con los deberes de su oficial científico. Spock era también su mejor amigo. Supongo que al verlo en su lugar hace que sienta la pérdida con mayor intensidad. Sólo déle un poco de tiempo. ¿Quiere que yo hable con él?
–Oh, no, señor –replicó apresuradamente Martin–. ¡No quiero provocar más fricciones!
–Tómese otra copa, señor Martin.
–Por favor, llámeme Thorin.
–De acuerdo, Thorin. Tome otro trago. Le hará bien.

En opinión de Douglas, el largo período de máxima velocidad hiperespacial necesario para llevar la Enterprise a su destino, estaba sometiendo a la nave a tensiones excesivas.
–Pero, capitán –protestó el conservador ingeniero–, no veo qué necesidad tenemos de forzar la nave hasta ese punto. No estamos presionados por el tiempo. Estamos provocando una posible avería en los motores.
–Mantengo mi decisión, Douglas –insistió Kirk–. Yo creo que el tiempo es un factor importante. Puedo percibirlo.
El ingeniero registró sus objeciones en el cuaderno de bitácora y refunfuñó, pero la nave continuó avanzando a máxima velocidad hiperespacial. Contentándose con leer sus revistas, Douglas se retiró a su camarote. Se quitó el traje arrugado que llevaba puesto, se echó hacia atrás una onda de sus cabellos pelirrojos y tendió su robusto cuerpo de un metro ochenta y tres de estatura en la cama.
Todavía no tenía ningún auténtico amigo a bordo de la Enterprise. El primer oficial era demasiado extravagante, y el oficial científico estaba demasiado atareado. La única persona que despertaba su interés era Yolanda Helman. «Me pregunto cómo será ocupar el puesto de ordenanza del malhumorado capitán –pensó–. ¿Cómo de íntima es la relación que tienen?» Se dio cuenta de que estaba un poco celoso. «El trabajo de ella no implica automáticamente una relación más profunda, pero ella es bonita, y joven, y deseable. Si yo fuera el capitán... »


4

La sensación de intranquilidad comenzó a apoderarse nuevamente de Kirk. Cuanto más se aproximaban al grupo de estrellas que Spock había señalado en azul, más apremiante sentía que era la necesidad de viajar a toda la velocidad posible. Era casi como si estuvieran arrastrándolo magnéticamente. Él no lo comprendía, pero todo su ser palpitaba de urgencia. Tenía los nervios de punta: todos los sonidos de la nave parecían ampliados.
–Capitán, estamos aproximándonos al grupo estelar Xi. Los sensores detectan un planeta habitable que órbita la cuarta estrella. Su nivel de oxígeno es correcto, pero yo no recomendaría practicar allí el atletismo. Parece haber una zona fresca en el polo septentrional; el resto parece demasiado cálido para que haya vida tal y como la conocemos.
Martin continuó mirando al interior del sensor, leyendo los datos en voz alta.
Kirk se volvió hacia el oficial científico, y lo escuchó con gran interés. Leonidas estaba mirando otro sensor, y daba golpecitos con un pie por la emoción.
–Navegante, trace el rumbo hacia ese planeta. órbita alta. No queremos que nos detecten.
–Sí, señor.
–Señor Sulu, quiero que haga cambiar el rumbo en cuanto reciba las coordenadas.
–Sí, señor. Curso trazado y adoptado.
Todos contemplaron la pantalla de visión exterior mientras era ejecutado el cambio de rumbo, esperando con impaciencia una visión más clara del planeta. Leonidas se hallaba de pie junto al capitán, preparado para una aventura. Había servido en otras naves, pero nunca antes había dispuesto de la autoridad de un primer oficial para utilizar el potencial de una nave estelar para sus impulsos exploradores.
Kirk recorrió el puente con los ojos, seleccionando mentalmente a los hombres que integrarían el grupo de descenso. No le tranquilizaba la idea de llevarse a los oficiales nuevos con él; entrarían en un territorio desconocido y probablemente hostil. «¡Tengo que ser capaz de confiar en ellos! No habrá mejor momento que éste», pensó con determinación.
–Señor Leonidas, equipe a un grupo de descenso. Usted, Martin, Sulu, Chekov y el doctor McCoy me acompañarán. –Había decidido igualar en número a sus antiguos tripulantes fiables con los oficiales nuevos, con la esperanza de que la mezcla funcionara bien.
Con evidente desaprobación, Douglas equilibró el transportador y lo probó antes de realizar la transferencia a tierra.
–Capitán –dijo con tono dubitativo–, va a tener que hacer frente a una situación desconocida. ¿No debería ordenar al personal de seguridad que echara antes un vistazo?
–Douglas, no puedo pedirles a mis hombres que se arriesguen más que yo. Es mi responsabilidad y mi elección. Sencillamente haga su trabajo y esté preparado para transferirnos a bordo a toda prisa si fuera necesario.
Douglas frunció el entrecejo.
–Sí, señor.
Chekov entró en la sala del transportador con los brazos cargados, y entregó pistolas fásicas a todos los miembros del grupo de descenso.
Martin, realizando un sondeo de última hora del planeta, anunció sus descubrimientos.
–Capitán, los sensores detectan formas de vida, alrededor de unas tres docenas de individuos en el centro de la zona más fresca. Tienen un metabolismo alto y una gran cantidad de calor corporal. En el área de observación parece haber también indicios de una fuente de energía. –Martin parecía perplejo–. Resulta extraño, señor. Hay algo equívoco. No parece probable que en un planeta tan cálido pueda evolucionar una forma de vida con una temperatura corporal tan alta. Apostaría cualquier cosa a que las formas de vida que hay ahí abajo no proceden de ese planeta.
–Bueno, parece que ya tenemos un enigma –observó Kirk–. ¡Caballeros, vayamos a resolverlo!
Kirk subió al transportador. Los otros cinco se reunieron con él en la plataforma.
–Douglas, déjenos en un lugar fuera de la vista de esos seres. ¡Activación!
Se materializaron detrás de una colina, a una cierta distancia del área habitada. No había nadie a la vista.
–Procedimiento de exploración normal –dijo Kirk–.Dispérsense.
Leonidas y Sulu avanzaron hacia la cadena de colinas bajas. Martin y Chekov se encaminaron cautelosamente hacia el asentamiento. McCoy se quedó a solas con el capitán.
–Tengo una extraña sensación en los huesos, Jim –dijo el médico–. Hace calor, pero tengo escalofríos. Larguémonos de aquí.
–Usted se siente intranquilo siempre que descendemos. Manténgase ocupado. Póngase a trabajar con ese escáner médico. Vea si hay algo de interés en la flora u otra cosa.
El comunicador de Kirk emitió un pitido. Era Leonidas, extremadamente agitado pero bajo control.
–¡Capitán! Hemos encontrado la Raven. Está abandonada... No hay nadie por los alrededores... ni siquiera veo huellas.
–¿Han entrado en la nave?
–No, capitán –respondió Leonidas–. Hemos pensado que usted querría verla antes.
Poco a poco estaba aprendiendo cómo era James Kirk y su estilo de mando.
La voz de Chekov irrumpió a través del comunicador.
–¡Kepitán, hemos encontrrado una nafe klingon! Está afandonada. –Sus palabras tenían un fuerte acento ruso.
–¿Está seguro de ello, Chekov?
–Kepitán, reconosco una nafe klingon cuando la feo.
–Sí, ya lo sé, teniente –concedió Kirk–. Nos reuniremos de inmediato en la posición de Leonidas. Kirk fuera.
Todos se encaminaron hacia la abandonada nave de la Federación. Kirk meditaba sobre aquel enigma. «La Raven y una nave klingon. ¿Qué conexión existe entre ambas?»

Estaba tal y como Spock la había dejado. La carta que los había conducido hasta allí, idéntica a la empleada por Kirk, estaba expuesta sobre el panel de navegación. Una muda de ropa limpia estaba tendida en la sección posterior. Martin lo recorrió todo con el sensor. Allí no había nada fuera de lo corriente.
–Parece que planeaban regresar –observó Kirk. McCoy examinó los suministros médicos.
–Jim, los analgésicos han desaparecido. Spock tiene que haber estado realmente dolorido. ¡Maldito idiota! Le dije... –Ahora no, Bones –le advirtió Kirk. –No hay signos de lucha, capitán –comentó Martin. Sulu buscó las armas.
–Las pistolas fásicas no están aquí, señor. Todos salieron de la nave.
–Lo que tenemos es una Raven vacía, ningún signo de lucha, ausencia de armas y una nave klingon. Vayamos a ver esa nave.
La nave klingon no ofrecía más información que la suministrada por la Raven. Pudieron saber que había transportado a una tripulación de tres hombres. El principal punto de interés era el mapa: las mismas coordenadas que habían seguido Spock y la Enterprise. Estaba claro que a los klingon les habían dado la misma pista. ¿Por qué?
Chekov y Leonidas, demasiado curiosos como para estarse quietos, escalaron la colina siguiente para continuar investigando. Encontraron la nave romulana y se miraron el uno al otro con asombro. Los intentos de ponerse en contacto con Kirk y el resto del grupo mediante los comunicadores resultaron inútiles. Correr era bastante extenuante en aquella atmósfera ligera, pero regresaron a donde se hallaba el resto de la partida en un tiempo récord.
–¡Hemos encontrado una nafe romulana! –jadeó Chekov–. Nuestrros comunicadorres no funsionafan. Debe de serr algo de esta atmósferra que inhife siertas trrasmisiones...
Leonidas señaló en dirección a la nave exploradora. –Sí, señor, está justo al otro lado de esa colina... –¿Abandonada? –se anticipó Kirk.
Le respondieron al unísono.
–Sí, señor.
En la nave romulana encontraron armas desparramadas por el suelo: pistolas paralizadoras romulanas y desintegradoras klingon. Encontraron también las pistolas fásicas de la Federación guardadas en el arsenal. El viento había borrado todas las huellas. No había ningún indicio de qué le había ocurrido a ninguno de ellos.
El capitán sintetizó los descubrimientos mientras intentaba formular una hipótesis.
–En la nave romulana hemos encontrado una carta similar a la hallada en la nave klingon y en la Raven. ¿Es posible que nos hayan conducido a todos hasta aquí? –Miró por encima del hombro–. Esto tiene que ser una trampa. Spock estaba en peligro, así que nosotros podríamos estar en una situación similar. ¿A cuánta distancia indican las lecturas que están esas formas de vida?
–A unos ochocientos metros al norte, señor.
–Aún no nos han detectado. Es extraño. No parece que tengan sensores. Leonidas, Sulu, ustedes dos vayan delante...y guarden silencio.
Se arrastraron colina arriba en la dirección en la que los sensores indicaban la presencia de formas de vida, y vieron la plataforma de lanzamiento. En el extremo superior de la estructura había un cohete preparado para despegar. Leonidas profirió un silbido bajo.
–¡Guau, miren eso!
Sulu, por una vez en su vida, se quedó sin habla.
Kirk tenía los ojos desmesuradamente abiertos ante aquel descubrimiento.
La tripulación tomariian estaba preparándose para lanzar el cohete. Los hombres de la Enterprise los observaban desde el otro lado de la colina. El cohete despegó con una explosión de luz, calor y ruido.
Chekov estaba muy impresionado.
–¿Qué es eso?
–Un modelo antiguo de cohete de alimentación química, teniente –le explicó Martin–. Un viejo dinosaurio. ¡Nunca pensé que vería ese primitivo aparato en acción! Habían comenzado a alzar la voz. Kirk los hizo callar. –No queremos que nos descubran. Guarden silencio –les ordenó.
McCoy estaba muy quieto. Había observado el lanzamiento de la nave, pero estaba más interesado en los tomariianos del destacamento de tierra.
–¡Jim, mire, son peludos! ¡Él mencionó el depilatorio! –Habló por el comunicador–. ¡Douglas, transfiéranos a bordo!
A1 regresar a la Enterprise, Kirk mantuvo una conversación con el grupo de descenso.
–Ese planeta no puede ser el lugar que buscamos. Allí había alrededor de tres docenas de hombres; tiene que tratarse de algún tipo de puesto avanzado. Tenemos que averiguar de dónde vienen, y no tenemos ni una sola pista. –Kirk se volvió a mirar a Martin–. ¿Alguna otra lectura de vida inteligente aparte de la de nuestros peludos amigos?
–No, señor.
–Entonces, Spock no está aquí, y tampoco lo están los romulanos ni los klingon. Pero apostaría cualquier cosa a que esas formas de vida de ahí abajo saben dónde están. Aún no hemos llegado a un punto muerto.
–Kepitán –llamó Chekov desde el sensor de seguridad–, han lansado otrro cohete.
–¡Eso es! Chekov, siga el curso del lanzamiento –ordenó Kirk–. Vamos a seguirlo. Sulu, quiero que igualemos su velocidad. Manténgase a una distancia discreta. No quiero que nos descubran ahora.
–¡No puedo creerlo! –dijo Douglas con asombro mientras observaba las lecturas del sensor–. ¡Esa nave tiene potencia hiperespacial y un motor de materia–antimateria! Es más pequeña y maniobrable que la Enterprise. Ese motor no es coherente con la forma de lanzamiento que utilizan.
–No los pierda de vista, señor Sulu –dijo Kirk con tranquilidad–. Pronto tendremos las respuestas que buscamos.
Leonidas estaba exultante. El primer oficial observaba, cartografiaba y disfrutaba de cada instante. Su entusiasmo aumentó al acercarse la nave a la enorme gigante roja que él había mencionado anteriormente. Dominaba completamente la región que la rodeaba. Su brillo podía ser visto desde una distancia increíble.
–Capitán –anunció el oficial–, nos estamos aproximando tremendamente a esa gigante roja.
La pantalla de visión exterior mostraba el mortecino objeto rojo que eclipsaba todo lo que había en su entorno. Martin estaba en la terminal científica, con los ojos en el sensor.
–Señor, nos dirigimos directamente hacia ella. Podría tener un campo magnético tremendo. No podemos aproximarnos demasiado hasta habernos asegurado.
–¿Qué hay de la nave que estamos siguiendo?
–Se dirige directamente hacia el sol, capitán. No, ha virado; está circundando la gigante roja.
–Continúe siguiéndola, timonel. Ajuste el curso –ordenó Kirk con voz queda.
El sol era tan grande que tardaron todo un día, a una velocidad de factor hiperespacial tres, en darle la vuelta. Cuando llegaron al otro lado, Leonidas se quedó clavado ante la pantalla de visión exterior.
–Mire, capitán, un sol pequeño y muy caliente, un bebé que probablemente se formó al estallar el otro. ¡Eso tiene que haber sido un espectáculo digno de verse! Apuesto a que se tragó todo lo que había en este área cuando se convirtió en gigante roja. Aquí no puede haber un planeta, señor. No con toda esa energía que lo arrasa todo. Tiene que haber destruido todos sus planetas, si es que tenía alguno.
–¿No hay posibilidad ninguna de que pueda haber un planeta en este sector?
–No veo cómo.
–Entonces, ¿adónde van nuestros peludos amigos?
–No sé qué decirle, capitán. El curso que siguen los está llevando hacia el espacio que media entre los dos soles. La fuerza gravitacional los arrastrará hacia uno u otro.
–No creo que sean suicidas, Leonidas. Ellos tienen que saben adónde van. Sígalos, timonel.
Sulu se dio por enterado y continuó concentrándose en el curso que seguían. Fue Martin quien vaciló.
–Capitán, estamos acercándonos demasiado. Comienza a afectarnos la fuerza de atracción del sol más grande, y si compensamos el timón seremos arrastrados hacia el otro. No podemos seguir adelante sin riesgos.
–¿Está seguro, Martin?
–Está en lo cierto, capitán –le informó Leonidas–. Nos quemaremos si intentamos ir más lejos.
–Deténgase justo aquí, Sulu. ¿Alguna solución, caballeros? Su nave parece entrar en el corredor que hay entre los dos soles. ¿Por qué no podemos hacerlo nosotros?
–Somos demasiado grandes, capitán. Una nave pequeña podría conseguirlo si tuviera cuidado de permanecer entre las fuerzas de atracción de ambos soles y viajara a mucha velocidad. ¡Es realmente como caminar por la cuerda floja!
–Una lanzadera, entonces –sugirió Kirk.
–No, capitán –lo contradijo Leonidas–. Las distancias son inmensas. Una lanzadera no tendría ni la autonomía ni la velocidad necesarias.
Kirk se retiró a su camarote para quedarse a solas con el problema. No iba a renunciar ahora que había llegado hasta aquel punto. Estaba decidido a seguir al cohete. Tras una hora de profunda concentración, reunió a todos sus oficiales.
–Caballeros, he tomado una decisión. Vamos a seguir esa nave al interior del pasillo que media entre los soles.
–Pero, señor. –Douglas casi saltó de la silla; se puso de pie bruscamente y expresó sus objeciones levantando la voz.
Kirk entrecerró los ojos.
–Aprecio sus opiniones, pero ya he tomado una decisión. –Mirando a Douglas a los ojos, continuó–: Es una orden. Vamos a llevar a la Enterprise por ese pasillo a pesar de las dificultades y los peligros. No les prometo que vaya a ser fácil, pero no tenemos otra elección. Creo que hemos sido demasiado conservadores en nuestra primera estimación del tamaño del pasillo. Disponemos de la mejor tripulación de la Flota Estelar. Si alguien puede atravesarlo, nosotros también podemos... ¡y lo vamos a hacer! Depende de ustedes, caballeros, el hacerlo con el mayor índice de seguridad posible. Debemos darnos prisa.
–Sulu, se hará usted cargo del timón durante toda la maniobra. Será delicada y usted es el mejor que tenemos. Martin, usted se encargará de la navegación.
Martin lo interrumpió.
–Capitán, le sugiero que atravesemos el pasillo a la máxima velocidad posible. Los campos magnéticos no nos afectarán si viajamos a velocidades multihiperespaciales. De todas formas, considero que esta misión es demasiado peligrosa. Debo hacer constar mis objeciones en el diario de a bordo.
–Hágalo entonces, Martin. Pero cumpla con su deber –le replicó Kirk–. Douglas, quiero todos los sistemas de la nave en perfecto funcionamiento. Puede que tengamos que recurrir a nuestras reservas energéticas muy rápidamente. Uhura, envíe un mensaje al cuartel general de la Flota Estelar para dar cuenta de nuestro intento de rescate y posición.
–Capitán, es imposible –gritó Douglas con el rostro visiblemente demudado.
Kirk le respondió con voz inflexible.
–Para averiguar si algo es imposible, ¡inténtelo!

La Enterprise siguió al cohete, equilibrando su recorrido con la precisión de un hombre que camina por una cuerda floja. Con Kirk gobernándola, la nave recorrió el peligroso camino entre los campos magnéticos, haciendo cuidadosos equilibrios para no ser arrastrada por ninguna de las dos estrellas y acabar en llamas.
Kirk observó los rostros contraídos que lo rodeaban en el puente. Todos reflejaban una gran tensión. Cada uno guiaba la nave en silencio, como si dependiera de su voluntad individual, a través del peligroso pasaje. Sólo cuando Martin anunció que los sensores detectaban la presencia de un planeta delante de ellos, comenzaron a relajarse y con un profundo suspiro aflojaron la tensión. Una vez más, la Enterprise, cuyo capitán no se dejaba acobardar por lo que parecía imposible, se había aventurado con éxito a donde ningún hombre había llegado antes.

La tripulación tenía sentimientos diversos hacia la obsesión del capitán. Los que lo conocían confiaban en su juicio: sabían que se arriesgaría hasta el límite para salvar su nave. Los que eran nuevos se interrogaban respecto a su cordura. A Kirk no le preocupaba ninguna de aquellas opiniones. La decisión, así como la responsabilidad, eran suyas.

La reunión de Kirk con McCoy fue privada. –¿Exactamente en qué estado es probable que encontremos a Spock, si tenemos la suerte suficiente como para encontrarlo? –le preguntó el capitán al médico.
–Ya me imaginaba que pronto me formularía esa pregunta. –McCoy le indicó una silla y Kirk se sentó–. Seré franco. Existen tres posibilidades: una, que esté bien.
–¿Probabilidades de que así sea?
–Yo no soy Spock, Jim, pero yo diría que ocho o nueve contra una.
–¿Tan mal lo ve?
El médico asintió con la cabeza.
–Dos: que la esquirla se haya movido y él esté paralítico. Probabilidades: yo diría que un ochenta por ciento. Tres: que esté muerto; probabilidades de que la herida lo haya matado, un veinte por ciento. Pero todo esto no son más que conjeturas, Jim. Lo han podido asesinar esas criaturas peludas, ya lo sabe. ¡Soy un médico, no un agente de seguros!
–Ya lo sé –dijo Kirk con suavidad–. Ya lo sé, pero tengo que creer que los encontraremos... vivos. Si al menos hubiera estado allí cuando Spock decidió marcharse...
–No es culpa suya, Jim. Usted apenas estaba vivo. Y no me gustan las tensiones que ha estado soportando últimamente. Usted no es de hierro, ¿sabe?
–Se me declaró apto para el servicio, Bones. Podré arreglármelas, sólo con que usted me ayude. No ponga barreras falsas en el camino. Equípese lo mejor que sepa. No sé qué es lo que vamos a encontrar.
–Ya he preparado un equipo de medicina –le respondió McCoy, que se había anticipado a la solicitud de Kirk–. He metido en él todo lo imaginable, incluido un fregadero de cocina.

La nave había sido lo primero en su lista de prioridades, pero Kirk se encontró con que sus prioridades se volvían confusas. Ya había escogido entre su primer oficial, no, su amigo, y la nave, sorprendiéndose a sí mismo por la facilidad con que había arriesgado la Enterprise y su tripulación en lo que posiblemente era un desatino. Siempre había reconocido la complejidad de sus sentimientos hacia Spock, que incluía también los aspectos militar y profesional, pero aun así sabía que la amistad de Spock era una de las relaciones personales más importantes que había tenido en su vida adulta.
El perder a Spock era como perder una parte de sí mismo. Juntos, estaban en equilibrio: el humano emotivo que a veces sentía demasiado, y el vulcaniano lógico que enmascaraba su lado humano y necesitaba la humanidad de su amigo para sentirse completo. Cada uno complementaba al otro. Se preguntaba si Spock se daba cuenta de lo unidos que estaban.
Tendido en la oscuridad de su camarote, Kirk se dio cuenta de que le resultaría difícil aceptar enteramente la pérdida de Spock. «Quizá ha sido eso lo que me atrajo hasta este sector lejano de la galaxia. Si no puedo encontrarlo, o si lo encuentro muerto, sé que seré capaz de adaptarme. Funcionaré. Continuaré cumpliendo con mi deber. Incluso seré capaz de disfrutar de la vida ocasionalmente, pero lo echaré profundamente de menos.»
«Estás poniéndote prematuramente sentimental –se reprochó–. Primero buscaremos, y luego nos ajustaremos a lo que encontremos... y encontraré a Spock... ¡Puedo sentirlo! »


5

–Es algo muy peligroso, capitán –informó Leonidas a Kirk–. Hemos conseguido mantenernos dentro del pasaje que hay entre las fuerzas gravitacionales de ambos soles, pero es muy estrecho. Esas formas de vida son más avanzadas de lo que pensamos en un principio. Han conseguido hallar el pasillo entre los dos soles con total precisión.
Kirk observaba la pantalla de visión exterior mientras Leonidas hablaba.
–Yo no los subestimo, Leonidas. Fueron ellos quienes hicieron estallar la Enterprise y atrajeron a Spock a la trampa. Si eso es una muestra, estamos enfrentándonos con oponentes muy peligrosos.
–Ahora puedo trazar un mapa de este sistema, señor. Creo que nos aproximamos a un planeta que está escondido entre los dos soles. Debe de tener una órbita extraña, atrapado como está. –Programó la computadora para que trazara un esquema gráfico del sistema derivado de los datos recogidos hasta ese momento–. Lo proyectaré en la pantalla de visión exterior.
Cuando Leonidas se puso a dar explicaciones, resultó obvio que el tema le resultaba inspirador.
–Habitualmente, una gigante roja no es lo suficientemente densa como para crear un efecto gravitacional de importancia, pero ésta, al tener una masa semejante, se comporta de forma distinta. A causa de la atracción gravitacional de ambos soles, un planeta atrapado entre ambos estaría en un equilibrio delicado y describiría una órbita elíptica. Ese equilibrio le provocaría excentricidades cuando se aproximara al sol rojo, pero aun así lo dejaría demasiado próximo al más pequeño, de forma que no podría ser arrastrado por el de mayor tamaño. Sería imposible vivir en el lado que mira al sol brillante, y por eso supongo que el planeta no tiene rotación sino que, como nuestra luna, tiene siempre orientada la misma cara hacia el sol rojo. En ese caso, estará muy frío al alcanzar el extremo más alejado de la órbita, cuando esté más apartado de la gigante roja. Tiene que ser insoportablemente frío. Posiblemente eso explique que sus habitantes estén cubiertos de pelo y posean un metabolismo alto. Eso evitaría que se congelaran. De alguna manera, ese planeta tiene que haber sobrevivido a la explosión de la estrella cuando se convirtió en gigante roja. Debe de haber estado en la periferia misma del sistema cuando la estrella explotó, y entonces estaría ya muy frío. El nacimiento del sol pequeño y más caliente tiene que haber causado estragos. ¡Lo que resulta sorprendente es que haya conseguido sobrevivir algo en ese planeta! Tiene que tratarse de un lugar inhóspito, en el mejor de los casos, y sus habitantes deben de ser tenaces.
»No puedo decir si hay alguna luna, pero supongo, dado que la materia fue dispersada por la explosión de la gigante roja, que podría haber una o más, y que también estarían atrapadas en órbitas peculiares. Es un sistema realmente fascinante, capitán. No conozco ningún otro que se le parezca ni remotamente. Es una oportunidad única en la vida de un astrónomo.
Con la palabra «fascinante», el corazón de Kirk dio un vuelco. Spock habría dicho eso.
–Para salir del planeta, esos seres tienen que tener la capacidad de calcular los campos gravitacionales y evitar su fuerza de atracción. Nos enfrentamos con una tecnología avanzada, capitán. Todavía no comprendo por qué utilizan esa técnica arcaica de lanzamiento.
–Pronto lo averiguaremos, Leonidas –dijo Kirk, estirando las piernas ante sí mientras estudiaba la carta.
–Kepitán, hay un ofjeto dirrectamente delante de nosotros. –Chekov pasó los datos de la sonda a imagen y proyectó ésta en la pantalla de visión exterior–. Mirre, kepitán, es el planeta.
Kirk sonrió con evidente satisfacción.
–Ya lo veo, Chekov. Continúe adelante, aproxímese lentamente y colóquenos en una órbita alta.
–Sí, señor. –Chekov se puso a ajustar el curso.
–No, capitán –interrumpió Leonidas–. No podemos establecer una órbita normal. El otro lado del planeta está demasiado cerca del sol más caliente. Pónganos en una órbita paralela a la del planeta, Chekov.
–Haga lo que él ha ordenado, Chekov. É1 es el experto.
Martin continuó observando los sensores mientras establecían la órbita.
–Parece haber una densidad de población elevada en un área relativamente reducida, capitán.
–Eso tiene sentido –comentó Leonidas–. El otro lado del planeta será demasiado cálido para la vida, y la mayor parte de la zona habitable tiene que ser muy fría. Estimo que sólo una pequeña zona del ecuador es habitable de alguna manera, y que aun así es muy fría como para que nosotros podamos sentirnos cómodos.
–Prepare un grupo de descenso, Chekov. Vamos a bajar.


4
La mascota


1

Ilsa se dispuso a dar comienzo a la tarea vespertina de bañar a su interesante entretenimiento: Spock. La pasiva resistencia del vulcaniano a los servicios que ella le prestaba la divertía; lo consideraba como un reto. Nunca antes se había interesado de aquella manera por un cautivo, pero el orgullo y la fortaleza de Spock, antes de quedar incapacitado por la herida, eran admirables.
Spock comprendía muy bien su posición; esencialmente, era su mascota. Ilsa, que estaba al tanto de la admiración que él sentía por los objetos de arte que tenía en la casa, ponía especial cuidado en traerle cosas para que las estudiara y las disfrutara. En el área de la habitación en la que él permanecía, se hallaba reunida toda la colección. Cada objeto era hermoso de por sí, pero la totalidad de la colección reunida en un espacio pequeño le resultaba ofensiva al espartano Spock.
Spock levantó los ojos cuando Esa entró en la habitación. La sonrisa de ella ponía de manifiesto el deleite que le causaba atenderlo. Cogió un recipiente de agua tibia del hogar, y se encaminó hacia él para llevar a cabo el ritual diario.
Spock, consciente de que no tenía otra elección, le permitió que lo bañara. No pronunció una sola palabra, mientras intentaba retirarse al interior para no sentir la humillación a la que era sometido. Le resultaba difícil mostrarse pasivo, pero la lógica dictaba que la situación requería aquiescencia.
–Estás muy callado esta noche, Spock.
Él continuó en silencio.
–Cuando yo te hable, me responderás –lo reprendió, dándole una bofetada.
La ausencia de reacción por parte de él la enfurecía; Spock sabía que a pesar de que le resultaba agradable complacerlo, también sabía que se divertía infligiendo dolor. No podía arriesgarse a provocar su ira.
–Los días son más cortos –comentó él–, y mucho más fríos.
–Se acerca la estación más fría.
Spock, que siempre calculaba el tiempo que transcurría, había estimado que llevaba en la casa de Ilsa algo más de un mes. Ella acabó de lavarlo, lo peinó y retrocedió para admirar su obra. Él se retiró más profundamente a su interior para conservar la cordura.
Siempre que disponía de un rato de privacidad, Spock desenvolvía el diminuto cristal y estudiaba sus interesantes propiedades. Generaba una energía que alteraba las funciones biológicas normales, y podía interferir con otro tipo de energía en transmisión. Ansiaba tener un laboratorio en el que poder analizar a fondo las propiedades de aquella sustancia.
Con la sesión de baño concluida y su dignidad algo recuperada, permaneció tendido de espaldas tal y como lo habían colocado, entre ricas capas de pieles tibias. Ilsa estaba cepillándose los cabellos, relajada y complacida. Spock la sobresaltó al iniciar una conversación. No había hecho algo así antes de ese día.
–Begum, ¿me concedería una petición?
Ella se aproximó a su cautivo y le acarició los relucientes cabellos negros.
–Si la petición es razonable, la consideraré.
–Hecho de menos a mi compañero, Scott. ¿Podría verlo, aunque fuera por poco rato? –Odiaba suplicar, pero la conocía lo suficientemente bien como para saber que los ruegos le producirían satisfacción–. Por favor, Begum, es una petición muy pequeña.
–Pensaré en ello, Spock. Ahora, tengo algo que te gustará. –Ilsa entró en la alcoba, quedando fuera de la vista de Spock, y regresó con un jarrón–. Estamos en la estación más cálida. Toda la vida vegetal de Tomarii florece y da frutos en esta época. En nuestro planeta no tenemos una gran variedad de plantas, pero ésta es la más hermosa.
Del jarrón salía una graciosa rama blanca como la leche que tenía unas hojas en forma de corazón unidas a él por unos tallos más finos y que se agitaban con cada movimiento que ella hacía al aproximarse a Spock. Una vaina de color blanco plateado estaba unida a uno de los tallos inferiores; en uno de los superiores había otra parcialmente abierta; contenía granos leguminosos de un delicado color malva salpicados de brillantes motas rojas. La Begum sostuvo el jarrón ante Spock para que lo examinara. 11 se incorporó sobre un hombro para ver mejor la rama.
–Es hermosa, Spock, pero mortal. La vaina y los granos son venenosos. Es triste que una cosa tan adorable sea letal. Incluso unos pocos granos pueden provocar la muerte. Pero podemos admirar su belleza, ¿no te parece? Mira, la dejaré cerca de ti para que puedas disfrutarla. –Ilsa depositó el jarrón que contenía la planta en una repisa cercana a la plataforma en la que él yacía.

A la mañana siguiente, cuando Spock se despertó, reconoció la bienvenida cara de Scott que le sonreía.
–Es usted todo un espectáculo –dijo el escocés riendo entre dientes–. Pelo largo, barba, y si adelgaza más podremos enhebrarlo en una aguja.
–¿Se ha visto a sí mismo recientemente, señor Scott?
–Sí. Podría pasar por un tomariiano si no se me mira de cerca.
Cambiando a un tema más sombrío, Spock le habló al ingeniero con un tono bajo e intenso.
–Señor Spock, no sé durante cuánto tiempo le permitirá Ilsa que permanezca aquí. Ayúdeme a sentarme, por favor.
–¿Cómo está, señor Spock? ¿Alguna mejoría?
–No. He perdido completamente la sensibilidad. Soy incapaz de moverme. Está resultando violento, embarazoso, pero hasta ahora he sido capaz de tolerar los inconvenientes. Pero no es de mi bienestar físico de lo que quería hablar con usted. Ya ha pasado un período de tiempo suficiente como para suponer que Placus y los klingon no volverán a buscarnos. Estoy convencido de que el romulano habría regresado a buscar a Julina si hubiera podido. Por lo tanto, de eso se desprende que el intento de huida fracasó o que lo mataron, lo que no nos deja esperanza alguna de ser rescatados. A los klingon les importa poco nuestra supervivencia. Si no hubiera convenido a sus propósitos, seguro que no nos habrían ayudado. Eso deja en sus manos el tema de la huida de este planeta.
»Es de vital importancia que usted regrese a la Federación. El cristal que me dio para que lo estudiara es un hallazgo significativamente valioso. Sin un análisis de laboratorio completo, no estoy en posición de determinar el alcance total de la energía del cristal, pero estoy convencido de que tiene un gran valor a pesar del limitado análisis que he podido realizar.
»Yo creo que se trata de un cristal de trilitio, que contiene un átomo más de litio que nuestros cristales de dilitio. Eso debería, de por sí, indicar su valor; es una fuente de energía más poderosa que cualquiera de las que jamás hayamos tenido. Interfiere en las funciones biológicas, como pudo experimentar usted cuando la tuvo alojada en el hombro, y tiene también la capacidad de neutralizar otras fuentes energéticas. Para comenzar, creo que nos resultará eficaz para contrarrestar la fuerza inmovilizadora de los tomariianos. Si usted pudiera obtener una muestra de gran tamaño, sería de gran valor para la Federación.
–Sí, ¡piense sólo en la energía que podríamos obtener para una nave estelar!
–Así es. Un cristal del tamaño de uno de sus dedos podría alimentar a la Enterprise. Veo que se ha dado cuenta de la importancia de su descubrimiento, pero hay más. He obtenido una gran cantidad de información de Ilsa; en ocasiones se muestra de lo más gárrula. Este planeta es el lugar de origen de los tomariianos, pero se está muriendo. Han retenido aquí su gobierno por la pura determinación de conservar un vestigio de su herencia. Nosotros sólo hemos visto el núcleo central de gobierno; el grueso de la población está en otra parte. Los tomariianos son numerosos y constituyen unas fuerzas formidables cuando se reúnen. Como ya sabe usted, consideran que las vidas individuales son prescindibles, lo que los convierte en guerreros implacables. Su esfera de influencia es considerable, y va en aumento. Se han concentrado en este sector, pero están buscando regiones más amplias para conquistar. Poseen soldados, poder y recursos de muchos planetas diferentes en asombrosa abundancia. Nos veremos seriamente obligados a defendernos de ellos. Tiene que regresar usted a la Federación e informar de inmediato; nuestros aliados romulanos y klingon se dieron cuenta de esa amenaza.
–Todo eso puede ser verdad, señor Spock, pero yo no puedo despegar tranquilamente y dejarlo a usted aquí.
–Esa es una actitud muy poco realista. Usted no puede protegerme de hecho. Estoy desamparado. Tiene que aceptar el hecho de que soy prescindible y hallar la manera de regresar a la Federación. Ha establecido una buena relación con Ilob. Tendría que resultarle relativamente fácil aprovecharse de esa relación y escapar.
–No, Spock. No sin usted. El capitán esperaría que yo lo sacara de aquí.
–Le estoy ordenando que se marche, señor Scott. Soy su oficial superior.
–Y yo rechazo esa orden sobre la base de que no es usted físicamente apto para el mando.
–Usted no es el oficial médico, señor Scott. No tiene ni la habilidad ni la capacidad para emitir un dictamen médico.
–En ese caso estamos empatados, Spock. No puede usted obligarme a obedecer una orden. ¡No nos encontramos precisamente en la Enterprise, ¿sabe?!
A medida que el debate se intensificaba, las voces subían de volumen, lo que atrajo a Ilsa de vuelta a la habitación, donde encontró a Scott con el rostro enrojecido de ira y a Spock tenso de exasperación.
–¡Márchese! –ordenó la mujer.
Scott se marchó de la habitación con grandes zancadas enfurecidas.
–La visita de tu amigo no ha sido lo que esperabas. Lo lamento. Esperaba que te complacería. Me encargaré de que no vuelva a trastornarte.
–Eso no será necesario –replicó suavemente Spock.
Nuevamente solo, Spock contempló las alternativas. Tenía que conseguir que Scott saliera de Tomarii. «Mientras yo esté vivo, Scott no se marchará. Tengo que hacer un nuevo intento para quitar de en medio el factor entorpecedor: mi propia persona –pensó fríamente–. Tanto Scott como Ilsa suponen que fue Julina quien intentó quitarme la vida. Yo les he permitido que lo supusieran. Debo hallar otra forma de intentarlo, y esta vez con éxito.»
Recorrió con los ojos la colección de objetos que lo rodeaban, y su mirada se detuvo en el jarrón que Ilsa le había regalado el día anterior. Dentro del mismo, la planta hermosa y mortal destellaba con una delicadeza blanco plateada. Tendió un brazo hacia el jarrón, y se estiró para cubrir la distancia que lo pondría a su alcance. Necesitó de todas sus fuerzas para abarcar el último centímetro, lo que le hizo perder el equilibrio y caer sobre el frío suelo de piedra. Permaneció inmóvil, y esperó para comprobar si alguien lo había oído caer. Nadie había captado el ruido.
Ahora el jarrón estaba al alcance de su mano. Tras vaciar la vaina abierta, alojó los cinco granos leguminosos manchados de rojo en la palma de una mano. Spock se metió los granos en la boca y los tragó.
Con un interés casi académico por las sensaciones que experimentaría, el vulcaniano se tendió de espaldas sobre el suelo frío, y esperó a que el veneno le hiciera efecto. Al principio sintió un rubor, un cosquilleo de calor que lo hizo sudar ligeramente. «El veneno está actuando con rapidez; excelente», pensó. Al resultarle progresivamente más difícil el respirar, intentó abandonarse a la incapacitación respiratoria, pero el sistema reflejo de su cuerpo no se lo permitió. Las funciones autonómicas se impusieron y lo obligaron a jadear para ventilarse; él se debatía contra los esfuerzos que su cuerpo hacía por luchar contra el veneno. Los ruidos llegaron hasta la pared exterior, e Ilsa y un guardia corrieron al interior de la habitación y lo hallaron en estado convulso, tendido sobre el piso. Ella lo cogió en sus brazos e intentó aplacar las convulsiones. La respiración de Spock se convirtió en un estertor, disminuyó y él se sumió en la inconsciencia.
Entonces ella vio el jarrón volcado y la vaina vacía. Al darse cuenta de lo que Spock había hecho, envió a buscar a Scott; el escocés era la única esperanza que tenía de salvar al vulcaniano. «Él sabrá qué hacer», se dijo, esperanzada. Bajó a Spock de su falda, lo cubrió con pieles y esperó.
Sentía compasión; había aprendido a querer, a desear la supervivencia de las personas próximas a ella. Era algo confuso y turbador, pero en cierta manera reconfortante. Había conocido una nueva forma de sentir que la había impresionado tanto que se había convertido en una parte de su comportamiento.
Al estudiar el cuerpo inmóvil de Spock, Ilsa admitió ante sí misma que de alguna forma dependía de que él continuara existiendo. «Lo echaré de menos.» Sintió un escalofrío al que no estaba acostumbrada. «¡Tiene que vivir!»


2

–Capitán, he localizado la presencia de un vulcaniano –anunció Martin, sin dejar de mirar al interior de sus sensores–. Es más difícil detectar la de un ser humano ahí abajo, pero creo que también he localizado a Scott.
–Déle al jefe de transporte las coordenadas, Martin. Sulu, Leonidas, McCoy, prepárense para descender. –Vio el insólitamente completo equipo médico de McCoy, y asintió con sombría aprobación.

Scott aún no había acabado de recorrer el camino que lo conduciría al exterior del complejo de edificios de piedra, cuando fue detenido por un guardia y llevado precipitadamente de vuelta a la vivienda de Ilsa. Inmediatamente percibió la urgencia de la situación cuando Ilsa corrió ansiosamente hacia él y vio el cuerpo de Spock tendido en el suelo.
–¡Tiene que ayudarlo! –suplicó ella de una forma impropia para una tomariiana.
El escocés buscó el pulso de Spock. Advirtió que tenía los labios grisáceos y que no respiraba.
–¿Qué ha sucedido? –preguntó, confundido por la repentina recaída.
–¡Veneno, ha tomado veneno!
–¿Spock? ¿Intentó matarse? ¡Eso no tiene sentido!
–Ayúdelo –exigió desesperadamente ella.
Sin tiempo para analizar la situación, Scott se arrodilló junto a Spock y cubrió la boca del vulcaniano con la suya propia. Dado que no disponía de ningún medicamento, el único recurso que le quedaba era el viejo método de reanimación boca a boca para hacer que Spock continuara respirando. El tiempo pareció detenerse mientras él se afanaba sobre el vulcaniano. Scott comenzaba a sentirse desfallecer a causa del esfuerzo de respirar por dos, y se daba cuenta de que pronto tendría que detenerse, pero no había nadie que pudiera reemplazarlo. Se llenó completamente de aire los pulmones por última vez, concentrándose en el ritmo de la respiración, mientras intentaba hacer caso omiso de la inutilidad de sus esfuerzos.
De pronto, el zumbido familiar del efecto del transportador llenó la habitación, amplificado por los ecos que devolvían los muros de roca. Solidificándose ante él, vio la completamente inesperada pero muy bienvenida forma del capitán James T. Kirk. En la experiencia de Scott, no había nada más próximo a un milagro que aquel momento ya que, detrás de la silueta del capitán, estaba el doctor Leonard McCoy.
Sorprendida, Ilsa se quedó inmóvil durante un breve momento. Luego se dio cuenta de que estaba viendo a unos intrusos materializarse de la nada. Cuatro fornidos tomariianos llegaron corriendo y con las armas desenfundadas en respuesta al grito que profirió ella.
Kirk, Chekov y Martin, con las pistolas fásicas preparadas, se volvieron para disparar.
–¡No! –gritó Scott–. Ahora no. Por el amor de Dios, lo único que no nos hace falta en este momento es que nos sometan por la fuerza.
»Begum –gritó Scott entusiasmado–. ¡Es McCoy... el doctor! ¡Un médico! ¡Maldición! –Señaló a McCoy–. ¡Él puede ayudar a Spock!
McCoy corrió hacia Spock, y lo examinó con su sensor médico. Los guardias tomariianos se disponían a atacar, pero ella los contuvo.
McCoy concentró sus esfuerzos en salvar a Spock con una eficiencia rápida como el rayo.
–Scott, continúe usted con la reanimación respiratoria. Yo le estimularé el corazón.
McCoy se inclinó hacia delante y aplicó presión, de forma rítmica, al órgano del vulcaniano que estaba fallando. Luego le aplicó una inyección de trioxígeno para facilitar la respiración de Spock, y luego ajustó el inoculador hipodérmico para administrarle una dosis alta de la impredecible sustancia llamada «cordazina», que estimularía la actividad cardíaca del paciente.
–Nada –susurró McCoy–. Tenemos que intentarlo con más cordazina, independientemente de lo peligrosa que pueda resultar... –Le administró al vulcaniano otra dosis de estimulante cardíaco.
–Eso es suficiente como para levantar a un muerto, y él continúa sin responder. Otra dosis podría acabar con él.
–¿Y si no se la administra?
–Morirá.
Al ver la mirada de Kirk, McCoy inyectó otra dosis de la peligrosa sustancia en el cuerpo de Spock. Todos estaban como congelados en un cuadro vivo de espera, forzándose por oír cualquier sonido que indicara que Spock respiraba. Tras lo que parecieron horas, pudo oírse una inspiración estertórea en el silencio de la estancia.
–Eso es, está respirando otra vez. La marcha del corazón es lenta. ¡Voy a necesitar oxígeno, y rápido!
Apartando su atención de Spock por primera vez desde el descenso, McCoy habló por el comunicador.
–Enfermera Chapel, transfiera aquí una bomba para lavado de estómago y una botella de oxígeno.
–¿Han encontrado a Spock? ¿Está bien?
–Sí y no –le ladró McCoy–. ¡Dése prisa!
El material solicitado chisporroteó al materializarse ante él.
Ilsa observaba atentamente a McCoy mientras éste atendía a Spock. Pasó el escáner médico por encima del cuerpo inconsciente de Spock, y pareció alarmado. Spock retenía la vida muy tenuemente en el mejor de los casos. Tras insertar el tubo de la bomba, comenzó a vaciar el estómago de Spock.
–¿Qué está haciendo? –preguntó la Begum, observando atentamente el procedimiento.
No podía imaginar una tortura más eficaz que la que el médico parecía estar infligiéndole a Spock, pero no se atrevía a detenerlo por el bien del vulcaniano.
McCoy examinó los granos leguminosos que acababa de extraer del estómago de Spock.
–La única cosa que lo ha salvado es el haberse tragado estas cosas enteras. Sólo mordió una de ellas. Son unas porquerías peligrosas..., su veneno es mortal.
Volvió a pasar el analizador médico por encima de los granos.
–En circunstancias ordinarias, lo pondría de pie y lo haría caminar hasta que volviera a despertarse.
–¿Y por qué no lo hace ahora? –preguntó Kirk con tono preocupado.
–Porque está paralítico, Jim. Yo sabía que esa esquirla iba a moverse. Está todo lo mal que yo esperaba que estuviese.
–¿Puede extraérsela?
–Todavía no, Jim. No está lo suficientemente fuerte como para soportar ninguna clase de cirugía. Además del efecto del veneno, está desnutrido y anémico. Su sangre no tiene el cobre suficiente ni para llenar un dedal. Llevará tiempo recuperarlo lo suficiente como para practicarle cualquier operación quirúrgica.
–¿Qué es esa cirugía de la que habla? –preguntó Ilsa.
Fue Kirk quien respondió a la pregunta.
–Es un procedimiento que le permitirá volver a caminar si sale bien.
–¿Es posible eso? –Estaba asombrada.
McCoy, enfurecido por el estado de Spock, se desató contra Ilsa.
–Está en un estado terrible y es culpa de usted.
Scott intentó evitar que McCoy realizara más ataques contra la Begum, pero fue Kirk quien controló al médico.
–Ahora no, Bones. Tiene usted un paciente al que atender.
McCoy se sometió, y pasó el escáner médico una vez más por encima del cuerpo de Spock, mientras refunfuñaba iracundo. Entonces Ilsa habló a Kirk.
–Ha recorrido usted una larga distancia para encontrar a sus hombres, capitán. Tendré que tomar en cuenta su persistencia y considerar ese rasgo dentro de nuestros planes.
Kirk devolvió a la Begum su mirada especulativa con una de firmeza.
–Los únicos planes que debería de hacer en este momento son los de permitirnos retirar de aquí a nuestros tripulantes, sin interferencias. Cuando obtengamos un informe completo de los dos oficiales que usted ha detenido, sospecho que sus planes van a encontrarse con unos cuantos reveses por lo que a la Federación se refiere. –Kirk contactó con la nave–. Grupo de descenso y los oficiales recuperados listos para transferencia.
Algo espantada por el poder de aquellos recién llegados, como se evidenciaba en la milagrosa aparición y desaparición, Ilsa permitió que los intrusos se llevaran a Spock y Scott con ellos. Pero su recién hallada compasión tenía una faceta que en aquel momento estaba experimentando: el dolor de la pérdida.

De regreso en la Enterprise, Kirk pudo relajarse totalmente por primera vez desde que se había enterado de la desaparición de Spock y Scott.
–Scotty, ¡es usted un hermoso espectáculo! –Kirk sonrió y apoyó las manos sobre los hombros del hirsuto ingeniero.
–Sí, un hombre de las cavernas clásico, capitán. Es bueno verlo bien y de una sola pieza. La última vez que lo vi estaba usted bastante mal.
–¿Tiene alguna idea de a qué fue debida la explosión de la Enterprise?
–Fue una prueba, capitán...
–¿Qué clase de prueba? –preguntó Kirk.
–Para ver cómo reaccionábamos en la batalla y demás –respondió Scott–. Spock cree que están planeando atacar a la Federación en gran escala. Y son capaces de ello, capitán. No deje que lo engañen sus condiciones primitivas de vida.
–¿Qué ha sucedido con Spock? ¿Lo envenenó Ilsa?
–Me temo que fue Spock quien hizo eso consigo mismo, capitán –replicó Scott con gravedad–. Y cuando pienso en todo lo ocurrido, veo que éste no ha sido su primer intento.
–¿Qué lo empujaría a hacer algo semejante?
–Es culpa mía, capitán. Él me ordenó que intentara huir. Yo no podía marcharme sin él. Creo que pensó que estaba eliminando la causa de que yo permaneciera allí.
–No hubiera pensado que llegaría tan lejos; el suicidio no es una alternativa lógica.
–Tiene que haberle parecido la única forma de hacerme salir de allí, capitán. Cuando uno lo piensa, lo era, dadas las circunstancias. Pero eso cambió con su llegada.
Ambos hombres reflexionaron sombríamente acerca del estrecho margen de tiempo que había salvado la vida de Spock; Kirk recordó la agónica sensación de emergencia que había experimentado al aproximarse a Tomarii, y se sintió profundamente agradecido por haber sido capaz de identificarla.


3

En la enfermería, McCoy examinaba a Spock de forma más minuciosa.
–No está usted en condiciones de someterse a una operación quirúrgica en este momento. Con órdenes o sin ellas, voy a retrasar la operación hasta que lo crea capaz de tolerarla. Continuaremos con su recuperación, y seré yo quien decida cuál es el momento apropiado.
–Está usted en lo correcto, por supuesto, doctor –admitió Spock, cogiendo por sorpresa a McCoy, dispuesto para la batalla–. Es de suponer que el período de recuperación será largo.
–Más largo que la mayoría, Spock. Sus músculos ya han comenzado a atrofiarse. Al menos ahora no podrá escaparse.
–La situación actual es completamente diferente, doctor. Cooperaré plenamente con su régimen médico.
–Perfecto, Spock. Ya era hora –dijo McCoy, sonriente. Finalmente se había salido con la suya.


4

Tras la compilación de las observaciones de Spock y Scott sobre la amenaza tomariiana, y el subsiguiente envío de la misma a la Flota Estelar, llegó finalmente el descanso.
El entorno familiar de la nave le transmitió a Spock una sensación de seguridad, y cayó en un profundo sueño reparador.
Al entrar en la enfermería para comprobar el estado del antiguo primer oficial rescatado de Tomarii, Leonidas frunció el entrecejo.
–¿Dónde está el guardia de seguridad? –le preguntó con tono imperativo a la enfermera de guardia.
–No hay ninguno –replicó ella, completamente perpleja–. ¿Para qué íbamos a necesitar un guardia de seguridad?
Leonidas pulsó el botón del intercomunicador.
–Seguridad, quiero dos guardias armados en la enfermería. ¡De inmediato!
Apenas había acabado de llamar a los guardias cuando McCoy, avisado por la enfermera, entró disparado en la sala.
–¿Qué demonios está sucediendo, Leonidas?
–Estoy poniéndole una guardia al prisionero, doctor.
–¿Qué prisionero?
–Spock.
–¿Está usted loco? Spock no va a ir a ninguna parte. –Es el procedimiento de seguridad adecuado, McCoy. Las voces altas despertaron a Spock, que oyó la última frase.
–¿Ocurre algo?
–Está usted bajo arresto –le anunció Leonidas–. Me sorprende que el capitán no haya tomado las disposiciones pertinentes.
Kirk, que en ese momento llegaba para visitar a Spock, oyó la afirmación de Leonidas y reaccionó con una frialdad gélida.
–Acaba usted de exceder los límites de su autoridad, señor. Soy yo quien da las órdenes en esta nave. Si lo hubiera creído necesario, yo mismo habría puesto a Spock bajo arresto.
–Me guío por el libro, capitán. El del reglamento de la Flota Estelar, señor.
Kirk sintió ganas de golpearlo, pero dominó su temperamento. Su rostro se enrojeció de ira, pero se daba cuenta de que no podía continuar retrasando la orden de arresto. El hombre al que consideraba su primer oficial estaba de vuelta a bordo, pero incapacitado y bajo una orden de detención. El jefe ingeniero también tendría que ser confinado en su camarote. Sus reemplazos eran meramente temporales a los ojos de Kirk.
Se preguntaba qué le había ocurrido al exuberante y bien parecido Leonidas de la sala de ocio. Y Douglas, el contencioso ingeniero, ciertamente no era Scott, y se veía ahora en una posición inferior a la que le correspondía por servir tanto a Kirk como a la nave. El rescate había sido un éxito, pero el capitán no estaba nada satisfecho por las consecuencias del mismo.


5

La operación quirúrgica de Spock no fue complicada, pero había sido retrasada durante demasiado tiempo. McCoy extrajo el fragmento de metal de la espalda del vulcaniano, poniendo buen cuidado en no dañar aún más el tejido que lo rodeaba. «Es muy pequeño –reflexionó McCoy mientras lo examinaba–, pero ha sido una fuente de increíble agonía.»
Reparó el nervio y el músculo dañados y cerró la incisión con sus precisos instrumentos de láser. El médico había advertido a Spock del largo período de convalecencia que sería necesario después de la operación, pero sabía que el testarudo vulcaniano se negaría a atender cualquier consejo de descanso en cuanto se sintiera lo suficientemente recuperado como para moverse.
Con terapia incluida, McCoy estimaba que pasaría un mes antes de que Spock volviera a su estado normal. Sin embargo, al cabo de tres días Spock salió caminando de la enfermería, con paso inseguro y una faja reforzadora de la espalda alrededor del tronco, pero definitivamente por sus propios medios. El vulcaniano consiguió realizar un corto recorrido por el pasillo, y subió hasta el puente para darle una sorpresa al capitán.
Su entrada en el puente fue recibida por un desinhibido abrazo de Uhura –lo que provocó por parte de Spock un divertido intento de recuperar la dignidad perdida–, aclamaciones por parte del resto de la tripulación y un regocijado alivio en Kirk. El capitán, a pesar de las tranquilizadoras afirmaciones de McCoy, había estado preocupado por Spock.
El cálido momento fue bruscamente destrozado por Leonidas.
–Capitán, el señor Spock no debería de estar en el puente. Está bajo arresto.
–Eso ya lo sé, Leonidas –le espetó Kirk–, pero la decisión debo tomarla yo. Por favor, recuérdelo.
Kirk raramente reprendía a un oficial delante de la tripulación, si es que alguna vez lo hacía. El espíritu de celebración desapareció.
–¿Será suficiente el confinamiento en su camarote, señor Spock? –preguntó Kirk de forma rutinaria.

5
El consejo de guerra


1

Sentado en la sala de justicia de la Base Estelar 12, Kirk rememoró otros procesos legales, otras salas de audiencia, y otros oficiales en el lugar de los tres jueces que entraban en aquel momento. Kirk evocó las decisiones adoptadas en aquellas otras ocasiones. La última vista no había salido bien, y él no había comprendido la decisión cuando leyó las actas. Antes de eso, siempre habían sido favorables. Intentó convencerse de que aquella vez el veredicto también sería favorable.
Una puerta emplazada a un lado de los jueces se abrió, y él contempló a Spock y Scott, que entraron acompañados por dos oficiales de seguridad de la Flota Estelar. Tenían un aspecto estirado y formal con sus uniformes de reglamento. El alguacil ordenó que la sala se pusiera de pie al entrar los oficiales que la presidirían. Todos los ojos se volvieron hacia el hombre alto y distinguido que ocupó el asiento del centro del estrado.
Kirk no había dejado de repasar los historiales de los oficiales que juzgarían los casos de los oficiales de la Enterprise. El comodoro Pierce tenía reputación de ser justo pero severo. A la izquierda de Pierce estaba sentado el comodoro Kingston Clark, una figura que McCoy conocía de la vista anterior. A la derecha de Pierce estaba el capitán de la flota Iko Tomako, un hombre que tenía reputación de ser extremadamente conservador.
Kirk no estaba demasiado preocupado por el resultado del proceso. «No realmente», pensó, apartando de sí un instante de ansiedad.
Spock, imperturbable como siempre, no daba muestras de preocupación; en opinión de Kirk parecía casi demasiado confiado. Scott estaba sentado con el cuerpo rígido, junto a Spock, tamborileando nerviosamente con los dedos sobre el brazo del asiento.
Cuando la sala estuvo en silencio y todo el mundo sentado, Pierce dirigió la palabra a la sala.
–El consejo de guerra general que juzgará al comandante Spock y al teniente comandante Montgomery Scott abre ahora la sesión. ¿Está la defensa preparada para presentar su caso?
Una mujer atractiva que estaba sentada detrás de los acusados se levantó y respondió.
–La defensa está preparada, señor. Ellen Janest, defensora del teniente comandante Scott.
Todos los ojos se posaron sobre Spock cuando éste se puso de pie.
–Yo he decidido renunciar a ser defendido, señor.
Pierce frunció el entrecejo.
–Que conste en acta.
–¿Renuncia a ser defendido? –le susurró Kirk a McCoy–. ¿Por qué haría eso Spock?
McCoy meneó la cabeza.
–¿Por qué no insistiría Clark en que fuera defendido? –Kirk murmuró con tono de desaprobación–. Debería tener un representante legal profesional.
Pierce continuó.
–Los cargos contra el teniente comandante Scott son deserción y robo de una nave de la Flota Estelar. ¿Cómo se declara, teniente comandante Scott?
Scott se puso de pie junto a su defensora y se dirigió al tribunal.
–Inocente.
–Los cargos contra el comandante Spock son traición, deserción y robo de una nave de la Flota Estelar. ¿Cómo se declara, comandante?
El vulcaniano se levantó, se encaró con el juez, y le dio su respuesta en un tono de voz completamente controlado.
–Culpable.
A Kirk le resultó difícil controlar la frustración que sentía. Tocó con el codo a McCoy.
–Primero rechaza ser defendido –le murmuró–, y ahora se declara culpable. Bones, ¿sabe qué es lo que se le ha metido dentro a Spock? ¡No me gusta el cariz que está tomando todo esto!
El médico estaba estudiando a Spock con ojos profesionales. Se sentía tan confundido como Kirk.
–Yo mismo estoy intentando comprenderlo. Quizá tiene algo guardado en su manga vulcaniana.
–Le aseguro que espero que así sea –replicó Kirk.
–Este tribunal, con el fin de ser justo, ha decidido examinar cada caso por separado. Comenzaremos con el caso del teniente comandante Scott. El comodoro Bragg se hará cargo de la acusación.
Bragg, un hombre de estatura baja y voz de timbre agudo, procedió de inmediato.
–Teniente comandante Scott, el día de la fecha estelar 5505.6, ¿se apoderó usted, sin la autorización pertinente, de la nave U.S.S. Raven?
El proceso continuó de forma tranquila. A medida que Kirk escuchaba las declaraciones de los testigos, se daba cuenta de que aumentaban los puntos a favor de Scott. Janest era extremadamente competente, y la suerte del ingeniero parecía estar en excelentes manos.
Kirk se puso tenso mientras observaba a la mujer que se levantaba de su asiento junto a Scott y se acercaba al tribunal para comenzar con el sumario. Era una de las mejores abogadas de la Flota Estelar, y su belleza y compostura sencillas aumentaban su eficacia.
–Debemos tomar en consideración los motivos y resultados de los actos del teniente comandante Scott. Cuando acompañó al comandante Spock, estaba esencialmente siguiendo órdenes, ya que el comandante Spock era su oficial al mando en aquel momento. La misión que los dos realizaron hasta Tomarii ha tenido consecuencias muy beneficiosas, de las cuales no es la más despreciable el descubrimiento de un cristal de trilitio, una fuente de energía mucho más poderosa y eficaz que el dilitio. Este descubrimiento y el posible tratado con el planeta Paxas, donde fueron hallados dichos cristales, serán algo útil tanto para la Federación como para el pueblo de Paxas. Esos descubrimientos reforzarán nuestros contingentes y nos proporcionarán una base más cercana al imperio klingon, asegurándonos así el disponer de una advertencia avanzada en caso de posibles ataques.
»Pero el resultado más importante ha sido el descubrimiento del planeta Tomarii y del extenso imperio tomariiano, del cual no teníamos el más mínimo conocimiento. La amenaza que representa para los planetas pacíficos es enorme, y ahora podrá ser contrarrestada. Si el teniente comandante Scott y el comandante Spock no hubieran tomado esa iniciativa, podríamos habernos encontrado completamente desprevenidos para enfrentarnos con esa nueva amenaza.
Cuando Janest concluyó su argumento, Kirk le hizo a McCoy un gesto de aprobación con la cabeza, y sonrió por primera vez en aquel día.
–Antes de reunirnos para tomar una decisión sobre el caso del teniente comandante Scott –continuó Pierce–, procederemos con el del comandante Spock. –Miró al fiscal–.Comandante Bragg, puede proceder.
Bragg se volvió para encararse con Spock. Se detuvo directamente ante el vulcaniano y comenzó su interrogatorio.
–Comandante Spock, en el día de la fecha estelar 5505.6, ¿abordó usted, sin la autorización pertinente, la nave estelar Raven y abandonó la Base Estelar 12 con destino desconocido sin permiso?
–Sí, señor. Lo hice.
–¿Violó usted la orden de la Flota Estelar 8711KP y estableció contacto con los imperios romulano y klingon, advirtiéndoles del peligro de los tomariianos?
–Sí.
–Tenía pleno conocimiento de que esa acción constituía un acto de traición, ¿no es cierto?
–Tenía pleno conocimiento de la orden contraria a dichos contactos y de las consecuencias de mis actos.
–La acusación llamará ahora a declarar a sus testigos, comandante Spock. Tiene derecho a interrogarlos por usted mismo si así lo desea.
–Estoy al tanto del procedimiento –respondió Spock.
–Comandante Alexander Leonidas, ¿puede subir al estrado?
La computadora resumió el historial de servicio de Leonidas mientras éste se disponía a ocupar el estrado de los testigos. El comodoro Bragg continuó.
–Comandante, en aquel momento usted estaba sirviendo como primer oficial a bordo de la Enterprise, ¿no es así?
–Sí, señor.
–En calidad de tal, ¿aconsejó usted al capitán Kirk sobre los peligros de llevar a la Enterprise al planeta Tomarii con el fin de intentar el rescate?
–Sí, lo hice, señor.
–¿Y aceptó él su consejo?
–No, señor. Pero es prerrogativa suya como oficial superior el tomar la decisión final.
–¿Arriesgó el capitán la nave y a toda su tripulación con el fin de completar el rescate?
–Sí, pero lo consiguió sin ninguna pérdida personal o material.
–Limítese a responder a las preguntas, comandante –le indicó Pierce.
Leonidas asintió con la cabeza.
–¿En qué condiciones encontraron al comandante Spock cuando llegaron al planeta?
El primer oficial miró a Kirk antes de responder.
–Estaba paralítico, señor.
–En su opinión, comandante Leonidas, ¿podría haber cumplido el comandante Spock con esa llamada misión de informar a la Flota Estelar de la amenaza tomariiana, en caso de que no hubiera intervenido la Enterprise?
–No, señor.
–¿Toda esta aventura hubiera sido inútil de no ser por el rescate llevado a cabo por el capitán Kirk?
–Sí, hasta donde yo puedo determinar. Ya hice constar mi opinión, señor.
–Eso es todo, comandante.
Pierce miró a Spock, quien le indicó que no deseaba interrogar al testigo.
A Kirk le hizo falta todo su control para no interrumpir el procedimiento con acaloradas objeciones; lo único que podía hacer era permanecer sentado y esperar.
Acabada su declaración, Leonidas bajó del estrado de los testigos y ocupó un asiento en el fondo de la sala. Al pasar junto al capitán, le ofreció un encogimiento de hombros a modo de disculpa.
–Capitán James T. Kirk, por favor, ocupe el estrado. Kirk avanzó con paso firme.
–Capitán, ¿tuvo que rescatar usted a sus comandantes arriesgando una nave estelar en el intento?
–Los seguí hasta Tomarii, señor; y llevé a cabo un intento de rescate. Pero fue decisión mía el buscarlos. En un mensaje personal dirigido a mí, el señor Spock me pidió de forma específica que no fuera en su busca. La búsqueda y el rescate fueron enteramente responsabilidad mía. No es a mí a quien se está juzgando, caballeros. Mis acciones no afectan para nada al caso de Spock.
–Muy por el contrario, capitán –insistió Bragg–, las acciones de él precipitaron las de usted. Los actos del comandante Spock hicieron que usted pusiera en peligro la Enterprise en beneficio de él.
–Yo no lo expresaría de esa forma. Nosotros fuimos a rescatar a unos miembros de nuestra tripulación que se hallaban en un planeta hostil; es un procedimiento rutinario de la Flota Estelar.
–¿Se trata entonces de un asunto de interpretación, capitán?
–Si así lo prefiere, comodoro. –A Kirk no le gustaba el giro que estaban tomando los acontecimientos–. Me gustaría hacer una declaración.
–¿En defensa del comandante Spock, capitán? –inquirió Pierce.
–Sí, señor.
–Tendrá esa oportunidad mucho más adelante, capitán Kirk, cuando la defensa presente su caso. Prosiga, comodoro Bragg.
–Capitán, ¿no le ordenó usted al comandante Spock que se confinara en su camarote, y no lo abandonó él posteriormente para contactar con los imperios romulano y klingon, cometiendo por tanto un acto de traición?
–Técnicamente, señor, yo le pregunté a Spock si el confinamiento en su camarote sería suficiente, si no recuerdo mal mis palabras exactas. Puede comprobarse en el diario de a bordo. Él estuvo de acuerdo en que era suficiente. Yo di por supuesto que él quería decir que permanecería en su camarote. Mis palabras no fueron precisas.
–El comandante Spock sabía qué era exactamente lo que usted quería decir, y decidió hacer caso omiso de ello. ¿Estoy en lo cierto?
–Podría interpretarse de esa forma –consintió Kirk, de mala gana.
–Capitán, fue usted personalmente quien hizo recluir al comandante Spock en el calabozo tras descubrir que había contactado con los imperios enemigos, ¿no es así?
–Sí. Spock me explicó en ese momento las razones que tenía para realizar ese contacto. Se había aliado con los representantes romulanos y klingon que eran también prisioneros de los tomariianos. Había dado su palabra a uno de los aliados de que si sobrevivía a los demás, advertiría a los imperios de los representantes del peligro que pendía sobre ellos. Cumplió con su palabra. Un vulcaniano está obligado a ello, independientemente de las consecuencias personales que le acarree. En mi opinión, no puso en peligro a la Enterprise.
–A1 enviarle un mensaje subespacial a los enemigos, el comandante Spock les proporcionó las coordenadas de la nave. ¿Es eso correcto, capitán?
–Sí, señor. Pero no fuimos atacados a consecuencia de su violación de las medidas de seguridad.
–Eso es irrelevante, capitán. El hecho es que el comandante Spock cometió voluntariamente un acto de traición con pleno conocimiento de las posibles consecuencias de dicho acto. Usted reconoció ese hecho cuando lo hizo encarcelar a bordo de la Enterprise inmediatamente después del incidente. ¿Estoy en lo correcto?
Empujado a una posición en la que se veía forzado a sustentar sus propias acciones, Kirk sólo respondió:
–Sí, señor, lo hice.
–Gracias, capitán –dijo Bragg con tono triunfante–. Una cosa más, capitán Kirk. Hubo otro incidente en el que el comandante Spock se apoderó de una nave de la Flota Estelar, la U.S.S. Enterprise, y puso rumbo a Talos IV, un planeta al que a la Federación se le tiene prohibido el acceso. ¿Recuerda usted aquel incidente, capitán?
–Sí, señor. Pero en aquel caso no se presentó ningún cargo contra el comandante Spock. Él actuó por orden de su anterior capitán, que estaba gravemente herido y podía ser asistido sólo por los talosianos. La Flota Estelar comprendió sus acciones y no se tomaron represalias contra él.
–De todas formas, él se llevó la nave.
Kirk tuvo que reconocerlo.
–Sí, señor, lo hizo.
Pagado de sí mismo, Bragg le dio las gracias al capitán.
–Eso es todo, capitán Kirk. Doctor Leonard McCoy, por favor, ocupe el estrado.
Bragg continuó con la exposición de su caso.
–Doctor McCoy, usted le dio al comandante Spock una orden médica que él decidió desafiar. ¿Es eso correcto?
–Sí –dijo McCoy con firmeza.
–¿Lo advirtió de las posibles consecuencias de sus actos?
–Sí, señor, está todo registrado en mi diario médico.
–¿Es usted de la opinión de que el comandante Spock corrió un riesgo innecesario y tenía pocas posibilidades de llevar a buen fin su aventura?
–Desde el punto de vista médico, tenía pocas posibilidades, señor.
–Cuando encontró usted al señor Spock, ¿cuál era su estado?
–La esquirla de metal que tenía alojada cerca de la columna como resultado de la explosión ocurrida a bordo de la Enterprise, se había desplazado, dejándolo paralítico. También estaba desnutrido y anémico, consecuencia de su confinamiento.
–¿Incapacitado para actuar por el bien de la Federación o de sí mismo, doctor?
–Sí.
Kirk, lleno de frustración, se imaginó una mordaza sobre la boca de McCoy, mientras el doctor continuaba alimentando la causa contra Spock.
–Entonces, ¿su opinión médica es que la aventura del comandante Spock estaba condenada al fracaso a causa de su estado físico?
–Sí.
–Eso es todo, doctor.
–Señor –le dijo McCoy al comodoro Pierce–. Deseo hacer una declaración.
–Más tarde se le dará esa oportunidad, doctor, cuando la defensa presente su caso. ¿Tiene algún otro testigo, comodoro Bragg?
–No, señor, de momento, no.
–Procederemos con la defensa. Comandante Spock, puede usted presentar su caso.
Spock se levantó, y con aire decidido se acercó al tribunal.
–No tengo defensa alguna, señor. Soy técnicamente culpable de los cargos presentados contra mí. Yo fui quien inició toda la aventura. Yo la planeé y acepto toda la responsabilidad por mis acciones. Hice lo que creí mejor para la Flota Estelar. Fue una decisión lógica por mi parte, basada en lo que yo consideré que era una prueba válida. No voy a excusarme y aceptaré la decisión de ustedes sin cuestionarla.
–¿No tiene usted testigos para su defensa, comandante Spock?
–Correcto, señor.
Kirk no pudo controlar su frustración por más tiempo.
Se puso de pie de un salto y habló al tribunal.
–Señor, deseo hacer una declaración en favor de Spock.
–No procede, capitán.
McCoy tiró a Kirk de la manga.
–Siéntese, Jim. No hará ningún bien a nadie perdiendo los estribos.
–Alguien tiene que salir en su defensa.
–Ya lo sé –le susurró McCoy–, pero no creo que haya ni una sola condenada cosa que podamos hacer.
El comodoro Clark les dirigió una mirada de ferocidad; la sala guardó un profundo silencio.
–Se aplaza la sesión –declaró Pierce–. Volveremos a reunirnos mañana a las 0900 horas con una decisión sobre ambos casos. Pueden retirarse.
Spock continuaba siendo la personificación de la calma en el centro de la actividad frenética que rodeó su detención y juicio en la Base Estelar 12. Tanto Kirk como McCoy estaban furiosos con él por no haberse defendido. Ambos permanecían de pie en la celda; no sabían qué decir.
El vulcaniano se negaba a hablar. Pensaba que ya había dicho lo que debía y se negaba a hablar más del asunto. Así que los tres permanecieron sentados y en silencio, en espera de que alguno hablara, pero ninguno lo hizo.
Spock se sintió aliviado cuando ambos se marcharon. Su principal preocupación era Scott; esperaba con todas sus fuerzas que el ingeniero fuese absuelto. En cuanto a sí mismo, aceptaría la decisión que adoptara el tribunal.
La hora cero novecientas se acercaba con demasiada rapidez, o quizá estaba tardando demasiado en llegar, Kirk no estaba muy seguro de cuál de las dos cosas. En cualquiera de los dos casos, no se encaró con mucho entusiasmo con el nuevo día. Llevaba varias horas levantado, paseándose por el camarote que ocupaba en la base. Sopesó las declaraciones, volvió a pensar en el caso, y repitió el proceso mentalmente una vez más. Si él estuviera sentado entre el tribunal de jueces, se vería obligado a declarar culpable a Spock. El caso de Scott no estaba tan claro; podía ser absuelto si el tribunal se mostraba indulgente.
«¿Pero qué sería de Spock?» Kirk contaba con su propia declaración para convencer a los jueces de los caracteres y las habilidades de sus oficiales lo suficiente como para garantizarles al menos unas sentencias suaves. Se sentía vagamente perturbado por la aparente reticencia de la Flota Estelar con respecto al tema de la amenaza tomariiana en sí. Después del informe completo que le había sido presentado a la Flota Estelar, Kirk había esperado órdenes de emprender una misión destinada a incapacitar o contrarrestar la amenaza que aquella civilización remota representaba para la Federación. En aquel momento lo más importante era el resultado del juicio. Jim se puso el uniforme de paseo y se reunió con McCoy para trasladarse a la sala del tribunal.
Cuando llegaron, Spock y Scott, junto con Ellen Janest, ya estaban en sus asientos. El tribunal aún estaba vacío. La sala de justicia estaba llena de rostros conocidos, ya que todos los miembros de la tripulación de la Enterprise que podían estar presentes se encontraban allí.
Los jueces entraron. Kirk intentó leer en sus rostros la decisión que habían tomado, pero los largos años de práctica les habían enseñado a enmascarar sus emociones. Cuando estuvieron sentados, el comodoro Pierce le pidió a Scott que se levantara y se aproximara al tribunal. Fue directamente al asunto.
–Teniente comandante Montgomery Scott, el tribunal lo ha declarado INOCENTE de los cargos y especificaciones presentados contra usted. No obstante, pensamos que se impone algún castigo dado que tomó usted parte en esa arriesgada empresa. El tribunal ordena un año de suspensión de vuelo, tiempo durante el cual enseñará en las instalaciones de la academia de la Base Estelar 3. Además, se le degradará al rango de teniente. Se le ordena presentarse inmediatamente en su nuevo destino. Eso es todo.
Scott suspiró de alivio y sonrió a Kirk. El ingeniero pensaba que un año de suspensión de vuelo era algo tolerable: podría mantenerse al día con las revistas de ingeniería, y la enseñanza podría resultar un interesante cambio durante algún tiempo. El que lo degradaran no le molestaba en lo más mínimo. Había ascendido desde la condición de soldado raso ya una vez, y creía que podía volver a hacerlo antes de su retiro.
Scott regresó a su asiento y estrechó la mano de su muy agradable abogada. Cuando miró a Spock, su contento disminuyó.
De pie y firme, Spock estaba ante el tribunal. El comodoro Pierce se puso de pie para leer el veredicto.
–Comandante Spock, el tribunal lo declara CULPABLE de los cargos.
Kirk dio un respingo al oír aquellas palabras. Vio que los músculos de la espalda de Spock se contraían. Ese fue el único signo que Spock dio de sus sentimientos, y resultó imperceptible para todos excepto para Kirk.
Pierce continuó.
–La sentencia se basa en su propia admisión de culpabilidad, así como en las pruebas presentadas contra usted. Pasará cinco años en el centro correccional y de rehabilitación de Minos. La sentencia se ejecutará de inmediato. Cuando haya cumplido con su sentencia, le quedará prohibida la participación en todas las acciones de la Flota Estelar y el acceso a sus instalaciones.
Cuando lo condujeron fuera de la sala, Spock, que no manifestó expresión alguna, no se volvió ni una sola vez a mirar a su capitán.
Kirk solicitó permiso para hablar con Spock antes de su traslado. Se le concedió, y siguió a los guardias a una pequeña sala de detención.
Cuando entró, uno de los guardias estaba esposándole las manos por delante, con unas esposas que iban unidas a un cinturón que le rodeaba la cintura. Cuando Kirk traspuso la puerta, Spock continuaba teniendo una apariencia demasiado tranquila.
–Eso no es necesario, teniente. Spock no les causará problema ninguno –dijo Kirk, aproximándose al guardia.
–Lo siento, señor. Es el procedimiento reglamentario para los prisioneros en tránsito.
Cerró las esposas, dejando completamente inmóviles los brazos de Spock.
Spock habló con calma.
–Está bien, Jim. Yo acepto la situación.
–¿Puede dejarnos a solas, teniente? –preguntó Kirk.
–No, señor, lo siento.
Pero el guardia respetó el deseo de ambos de hablar a solas, y se marchó al otro extremo de la habitación para concederles a Kirk y Spock un cierto grado de privacidad.
–Spock –comenzó Kirk–, iniciaré un proceso de apelación: la sentencia no ha sido razonable. Podemos conseguir que la modifiquen. Su padre puede ayudarnos. Sin duda, un hombre de su posición puede conseguir que le conmuten la pena. ¡Podría estar de vuelta en la Enterprise mañana mismo!
La actitud de Spock cambió de forma brusca.
–Capitán, le prohíbo terminantemente que contacte con mi padre. Usted no comprende las relaciones de los vulcanianos. Yo no puedo pedirle ayuda a Sarek, y usted no debe hacerlo. Tiene que prometerme que no intentará contactar con él de ninguna manera.
Al ver lo agitado que se ponía Spock ante la mención de su padre, Kirk concedió con voz queda.
–Se lo prometo, Spock. No me pondré en contacto con Sarek si para usted es tan importante que no lo haga. ¡Pero no comprendo su actitud!
–No le pido que comprenda los motivos que tengo, Jim. Pero sí le pido que respete mi decisión y mis actos. Acepte toda la situación de forma realista. Yo he cometido esos delitos de los que se me acusa. Sobreviviré a esos cinco años. No quiero hablar más del asunto. Por favor, Jim. –Intentó tranquilizar a su amigo–. Estaré bien.
Pero Kirk conocía a Spock. Un centro de rehabilitación le resultaría intolerable. Spock también lo sabía.
–Estoy intentando comprender, Spock. Si alguna vez necesita algo, póngase en contacto conmigo: en cualquier momento, en cualquier lugar. Estaré allí para ayudarlo. ¡Recuérdelo!
–Lo lamento, señor –lo interrumpió el guardia–. No puedo permitirle quedarse durante más tiempo.
Las cosas que ambos querían decir realmente quedaron sin ser expresadas. Kirk asintió con la cabeza y Spock fue conducido fuera de la habitación. El vulcaniano se volvió y miró hacia atrás al llegar a la entrada. Con una expresión resuelta en los ojos, miró en lo más hondo de los doloridos ojos de Kirk.
–Larga y próspera vida, amigo mío.
La puerta se cerró y Kirk se quedó solo.

6
Minos


1

–¡Desnúdese!
– El oficial de seguridad le ladró la orden a Spock cuando éste entró en la unidad de detención de la Base Estelar 12. Después de que le quitaran las esposas, Spock comenzó a desvestirse. Se quitó la parte superior del uniforme, la dobló pulcramente y la dejó sobre una silla cercana. Luego estiró los bajos de los panTalones por encima de las botas para poder quitárselos.
–¡Dése prisa! –lo acosó el guardia, que disfrutaba del poder que podía ejercer sobre el prisionero–. ¡Todo! –ordenó cuando Spock vaciló en quitarse la camiseta–. ¡Las botas también!
Spock se quitó las botas con dificultad. La faja que le reforzaba la espalda y sobre la que McCoy había insistido que llevara puesta hasta que la herida cicatrizara completamente, le impedía moverse con total libertad.
El guardia cogió el montón de ropas pulcramente dobladas y las arrojó a un rincón. Le entregó a Spock un mono de color amarillo fluorescente y un par de sandalias gastadas.
–¡Póngase eso!
Spock cogió el mono, hecho intencionadamente distinguible para desalentar los intentos de huida, y se vistió lentamente con él. El vulcaniano observó cómo el guardia se llevaba el pequeño montón de ropa que él acababa de quitarse. Junto con el uniforme, el control que había tenido sobre su propio destino había desaparecido.
Durante la totalidad del proceso de identificación de prisioneros y cambio de ropa, Spock se mantuvo inexpresivo. Recordaba las ocasiones a bordo de la Enterprise, los raros casos en los que les encargaban el traslado de prisioneros, en los que él había contemplado a aquellos hombres con lástima. El traslado de prisioneros había sido responsabilidad de la sección de seguridad, y él sentía sólo un ligero interés por el asunto. Aquel proceso le resultaba agudamente desagradable al ser objeto de todas las precauciones, pero nadie habría podido darse cuenta; su rostro no revelaba absolutamente nada.
El muelle de seguridad de la Base Estelar 12 estaba emplazado en el extremo más remoto de la estación espacial. Era por tanto necesario llevar al prisionero por el corredor principal a través de casi toda la base. Spock conocía la disposición física de la base, y temía la larga caminata a plena vista de los que pasaran por allí. Se retiró más al fondo de sí mismo al acercarse la hora de su traslado.
Fue todavía peor de lo que había esperado. La estación estaba llena de tripulantes de la Enterprise, los cuales estaban haciendo las adquisiciones de última hora antes de regresar al espacio profundo. El corredor era infinitamente largo.
«En realidad, tiene 132,8 metros de largo», se dijo Spock para tranquilizarse mientras lo sacaban de la unidad de detención al largo pasillo. Inmediatamente reconoció a un teniente que pasaba por allí.
Enfocando la vista en el final del corredor, Spock no miraba hacia los lados.
No había duda posible respecto a la identidad del prisionero encadenado y acompañado por los guardias que avanzaba hacia las tres mujeres que estaban concluyendo sus compras antes de regresar a la Enterprise. Christine Chapel fue la primera en verlo como una mancha de color brillante que caminaba hacia ellas. Cuando se acercó más, ella estalló en lágrimas y avanzó hacia él. Uno de los guardias la mantuvo firmemente a la distancia de su brazo extendido. Uhura y Rand, con sus propias lágrimas de compasión apenas contenidas, se llevaron a Christine del lugar.
Cada mirada le resultaba casi físicamente dolorosa a medida que continuaba avanzando por el corredor con los guardias. Spock estaba atravesando un pasillo de fuego cruzado. Percibía la hostilidad que despertaba en los mirones de la estación. La única compasión era la procedente de los miembros de la tripulación de la Enterprise. Se acorazó con vulcaniana disciplina mientras, una a una, otras personas se volvían a mirarlo.
El consejo de guerra había sido el principal tema de conversación en la Flota Estelar durante varios días, por lo que no fue sorprendente encontrar a un grupo de reporteros de la Flota Estelar aguardando ante las puertas del muelle cuando los guardias se aproximaron a la nave con el prisionero. Inexpresivo y silencioso, Spock toleró a los reporteros que lo acosaban hasta que los guardias lo condujeron al interior de la nave que lo esperaba.
El calabozo de la nave era muy parecido al de cualquier otra, y tenía la clara ventaja de proporcionarle un lugar en el que refugiarse de las descaradas miradas de los curiosos. Exceptuando al guardia que estaba apostado en el exterior de la celda, y de algún ocasional miembro de la tripulación entrometido que se detenía a mirar a las musarañas, Spock estaba finalmente solo. Movió los brazos enérgicamente para restablecer la circulación después de que le quitaran las esposas, y se puso de espaldas a la puerta para crearse un ambiente lo más privado posible. No tenía ni idea de cuándo llegaría a Minos, porque la nave tenía otras cosas que atender por el camino. Le resultaba desconcertante no tener control sobre sus propios desplazamientos. Dentro de los límites de las órdenes de la Flota Estelar y las vicisitudes de cada misión, siempre había disfrutado de libertad. También estaban el reto, la aventura y el entusiasmo de la exploración. Y había estado el compañerismo de su capitán y amigo, James T. Kirk.
Spock siempre se había enorgullecido de su autosuficiencia. Dado que se había visto obligado a vivir una infancia de soledad, había aprendido a no depender emocionalmente de nadie más que de sí mismo. A lo largo de los años se había fabricado una barrera protectora que lo acorazaba contra los riesgos de la intimidad con los demás. Pero debajo de esa barrera, sentía dolor. Había sido Jim Kirk quien había conseguido atravesar esa barrera, quien se había convertido en su íntimo y único amigo verdadero. Ahora tendría que enfrentarse con lo desconocido sin ese amigo. Estaba convencido de que todo el consejo de guerra y la condena impuesta resultaban más duras para Jim que para nadie.
«Eso pertenece todo al pasado –se dijo–. Tengo que arreglármelas solo.»


2

Minos era un planeta de clase A –la vida era posible con una atmósfera artificial y apoyo exterior–, y se hallaba bajo una poderosa pantalla de seguridad. El centro en sí estaba completamente bajo tierra, y disponía de una tierra de arado bajo una cúpula con atmósfera, destinada al cultivo. La instalación era ya casi completamente autosuficiente. La tierra proporcionaba las verduras y las frutas, y la carne provenía de grandes piaras de cerdos, los únicos animales de ganadería capaces de adaptarse al entorno. La totalidad de la mano de obra la constituían los reclusos.
Spock aún llevaba puesto el mono amarillo cuando fue conducido a la oficina del alcaide, inmediatamente después de su llegada a Minos. Permaneció de pie ante el escritorio de la amplia sala escasamente amueblada, con las manos una vez más esposadas.
–Señor, éste es Spock, el vulcaniano condenado por traición –anunció el guardia elevando la voz.
–Soy el comandante Bryant –le dijo el alcaide. Señaló un expediente que tenía sobre la mesa–. Su reputación le ha precedido, Spock. Por favor, déjenos a solas, teniente –le ordenó Bryant al guardia.
–Pero, señor, ése no es el procedimiento habitual –protestó el otro.
–Se trata de un prisionero de lo más poco habitual, teniente. Por favor, haga lo que le digo.
Spock observó el intercambio con interés, intentando hacer una valoración del alcaide. Parecía el prototipo de la Flota Estelar: estatura alta, castaño, bien vestido, seguro de sí mismo y competente en apariencia.
El guardia, obviamente perturbado por dejar al alcaide solo con el prisionero, se apostó en el exterior de la puerta, esperando problemas.
No pasaron más de cinco minutos antes de que volvieran a llamarlo al interior de la oficina para que concluyera con los procedimientos de presentación y escoltara al prisionero hasta su celda. Antes de que se llevara a Spock, el alcaide volvió a dirigirle la palabra al guardia.
–Quítele las esposas, teniente. El prisionero no es peligroso. Me ha dado su palabra de que cooperará.
Spock le presentó las manos y el guardia abrió las esposas con una llave, dejándolo en libertad.
–Gracias, teniente –dijo tranquilamente Spock–. Esto es una mejoría definitiva.
El guardia estaba perplejo ante la actitud relajada de Spock. Era demasiado cortés, y el tono de su voz era el de un oficial 'superior. Creyendo que tenía que reafirmar su autoridad sobre el prisionero, hizo girar bruscamente al vulcaniano cuando se disponía a llevarlo a su celda.
–Teniente, no toleraré que se maltrate a los prisioneros –le advirtió el alcaide.
–Lo siento, señor.
Bryant le dirigió al guardia una mirada amenazadora, y volvió a la pila de papeles que tenía sobre el escritorio.
Aferrando fuertemente a Spock por un brazo, el guardia lo condujo al bloque de las celdas.
–No sé qué le habrá dicho ahí dentro, vulcaniano, pero aquí no recibirá ningún tratamiento especial –le advirtió el teniente.
–No espero ninguno –replicó Spock con una calma excesiva.
El guardia estaba acobardado.
–Nunca antes habíamos tenido aquí a un prisionero vulcaniano –le espetó–. Ésta es predominantemente una institución humana. ¿Entiende usted eso?
Spock asintió con la cabeza.
Antes de ser llevado a la celda, Spock había sido sometido a un registro físico. Después, se duchó y le fue entregado un mono reglamentario de color verde oliváceo. El número M621V, en letras de imprenta rojas, estaba cosido en el lado superior izquierdo y de través en la espalda.
–Apréndase el número –se burló el guardia–. Ése es quien es usted ahora, comandante Spock.
Spock advirtió que la Flota Estelar no había planificado su sistema penal para dar cabida a los grandes números que requerían encarcelamiento. Los procesos de filtrado y entrenamiento eran tan selectivos que los militares creían que la necesidad de instalaciones correccionales era insignificante. Pero incluso entre aquellos seleccionados por la Flota Estelar resultaba que había delincuentes e incorregibles en cantidades suficientes como para atestar las instalaciones reservadas para ellos. El hecho de que la Flota Estelar compartiera aquel correccional con las autoridades civiles del sector, sólo incrementaba la sobrecarga de la prisión. Minos estaba escandalosamente superpoblada.
Spock tenía conocimiento de cuatro instalaciones de aquel tipo. Esta en la que se hallaba y la que había en el planeta Galor estaban específicamente diseñadas para los seres humanos y especies afines; las otras dos estaban destinadas a los prisioneros de la Flota Estelar que tenían diferentes necesidades medioambientales. Spock sabía que era el primer vulcaniano de la historia condenado a ser recluido en Minos. Reconocía que no era una distinción particularmente deseable. Le entregaron una pila de ropa de cama y lo escoltaron hasta la celda que sería su hogar durante los próximos cinco años.
Se encontraba solo. Al examinar la celda, vio que estaba destinada para cuatro personas, aunque había sido originalmente diseñada para dos. Las dos literas inferiores y una de las superiores tenían sábanas y mantas puestas. La única que había sin hacer, obviamente la suya, era la superior izquierda. Depositó la ropa de cama que llevaba en el lecho inferior y se puso a hacer la cama. Con los movimientos aún restringidos por la faja que McCoy había insistido en que no se quitara, Spock se dio cuenta de que tendría dificultades para subir hasta la litera, pero no había ningún otro sitio en el que pudiera sentarse.
Antes de realizar el esfuerzo de subir a la cama, Spock metió un dedo rígido en el campo energético que cerraba la entrada de la celda. Estaba activado y le dio una descarga eléctrica sustancial. El vulcaniano alzó una ceja a modo de acuse de recibo, subió trabajosamente a la litera y se tendió de espaldas. Agradecido por la oportunidad de reunir sus pensamientos antes de que la furiosa acometida de la vida presidiaria comenzara realmente, permaneció sobre el lecho en silencioso estado contemplativo. Apenas había comenzado a meditar sobre su situación, cuando entraron los otros tres ocupantes de la celda.
Con un gruñido porcino, el hombre corpulento que entró primero se arrojó sobre la cama que estaba debajo de la de Spock, haciendo vibrar toda la estructura de las dos literas.
Era un enorme armatoste de hombre que, según calculó Spock, debía de pesar casi ciento cuarenta kilos. Tenía una constitución como la de un toro y se movía como tal.
En la cama inferior que estaba al otro lado de la de «Toro» Tim Macklen, un hombre pequeño como una comadreja, se quitaba las sandalias. Harry Needham no dirigió ni una breve mirada al nuevo ocupante de la celda. Pero fue el hombre que ocupó la litera que estaba a la misma altura que la suya el que más interesó a Spock.
Alto y delgado, con las distintivas orejas puntiagudas de la especie vulcaniana, aquel hombre saltó con una agilidad llena de gracia hasta la litera y se sentó, con las piernas colgando, de cara a Spock. Los dos hombres se miraron fija y abiertamente, haciendo cada uno una valoración del otro.
Spock hizo un intento de presentación.
–Spock.
No hubo acuse de recibo.
Al darse cuenta de que por ese camino no llegaría a ninguna parte, Spock volvió a tenderse, agudamente consciente del escrutinio al que lo sometía el hombre de la litera que tenía enfrente, pero sin decir una sola palabra más.
El timbre de aviso sonó, y los ocupantes de la celda 621 se prepararon para el apagado de las luces desnudándose y metiéndose en la cama. Enfrentado con la alternativa de dormir con el mono puesto, la única ropa que le habían entregado hasta el momento, o desnudo, Spock decidió desvestirse él también.
Se metió bajo las mantas en el momento en que las luces disminuían, pero no se apagaron del todo. El techo continuaba estando parcialmente iluminado. La preferencia de Spock por la oscuridad era una característica bien conocida por los miembros de la tripulación de la Enterprise. El camarote de él siempre estaba en penumbra, lo que le proporcionaba un refugio, un lugar en el que podía meditar. Aquella privacidad era ahora algo del pasado.
Spock se cubrió los ojos con el brazo derecho para bloquear la luz molesta. Su sensible sentido auditivo aumentaba cada uno de los sonidos del bloque de celdas: la respiración, el rumor de los hombres que daban vueltas en sus lechos, el ruido del agua cuando tiraban de la cadena de un retrete..., todo se intensificaba. No había planeado dormir mucho aquella primera noche que pasaba en su nuevo hogar.
Pasaron cuarenta y cinco minutos y cinco segundos. El sonido de la respiración regular le indicó a Spock que la mayoría de los presidiarios estaban durmiendo. Incluso las sacudidas provocadas por los movimientos bruscos de Toro Macklen se habían calmado. El habitual solaz de la meditación vulcaniana eludía a Spock: cuanto más intentaba relajarse menos lo conseguía.
De pronto, la litera volvió a sacudirse. Toro Macklen se puso de pie, irguiéndose por encima de la cama de Spock, y tras aferrar por un brazo al desprevenido vulcaniano, lo arrojó brutalmente de la cama al suelo de cemento. Toro había levantado un pie por encima de la cabeza de Spock, cuando una mano rápida y fuerte arrastró al hombre y lo derribó. Toro gruñó una obscenidad, se puso de pie y se lanzó contra el protector de Spock, quien se apartó velozmente a un lado dejando que el propio impulso que llevaba Toro le hiciera perder el equilibrio. Chocó contra el flanco de las literas. Toro volvió a ponerse de pie y cargó furiosamente contra Spock. Como un torero, Spock se hizo a un lado mientras tendía una mano hacia uno de los hombros de Toro. El pinzamiento nervioso vulcaniano hizo que Toro cayera al suelo sin conocimiento.
–Gracias –le dijo Spock a su protector.
Esta vez, el compañero de celda respondió a la iniciativa de conversación de Spock.
–Yo soy Desus.
–Romulano –comentó Spock.
El otro le respondió con una sonrisa.
–¿Qué está haciendo un romulano en este lugar? Yo pensaba que nosotros... –consideró la frase y continuó–... que la Federación intercambiaba prisioneros con los romulanos.
Desus le dio a Spock el impulso que necesitaba para subir a su litera.
–Normalmente, sí, pero yo no soy un prisionero militar. Yo fui prendido por piratería.
–¿Un romulano de edad militar, pirata? Eso parece ilogico. –Spock se tendió boca abajo para no agravar el dolor que sentía en la espalda.
–No mucho más que un vulcaniano condenado por traición. –La frase de Desus tuvo por eco un absoluto silencio.
Un aturdido Macklen se levantó del suelo y regresó a su cama. Para cuando el guardia llegó para ver qué era el alboroto de la celda 621, todo estaba en silencio.

A la mañana siguiente, Spock se presentó ante el oficial de la División de Trabajo para conocer su destino. No tenía ni idea de cómo designaban los destinos, pero la lógica indicaba que las capacidades de un hombre influirían en la decisión.
Estaba equivocado. Incluso para Spock fue difícil no tener una abierta reacción de consternación cuando le dijeron cuál sería su trabajo. Lo destinaron a cuidar y alimentar a los cerdos. No tenía objeción alguna contra el trabajo físico, pero el criar animales para comer iba en contra de todas sus creencias. Para él era especialmente desagradable formar parte de ese proceso, pero no presentó ninguna protesta.
Dado que la automatización había convertido en obsoletas las labores que más tiempo consumían, los aparatos mecánicos normales habían sido omitidos en Minos. Era necesario el trabajo pesado para mantener ocupada y controlada a la población presidiaria. Cuando Spock llegó al área de ganadería, se le entregó inmediatamente un contenedor lleno de comida para que lo llevara a los corrales. El cubo era excesivamente grande y pesado. Dado que todavía no tenía la espalda completamente curada y no quería forzar en exceso esa zona del cuerpo, arrastró el cubo hasta las bateas.
Cuando estaba levantándolo para vaciar el rancio contenido, un pie sabiamente aplicado le hizo una zancadilla. Spock perdió el equilibrio en el resbaladizo lodo, y cayó al suelo derramando la comida del cubo. Las ruidosas carcajadas de los otros prisioneros acompañaron su caída.
Cubierto de lodo y sentado sobre un charco de suciedad, Spock se sacudió la ropa. Una mano sucia pero bienvenida le fue tendida para ayudarlo a levantarse. Era Desus.
–Gracias otra vez –le dijo Spock, mientras se sacudía de encima los desperdicios.
–Es lo mínimo que puedo ofrecerle, dadas las circunstancias. Su llegada distrajo la atención hacia mi persona. –¿Qué es esto? ¿Está jugando en el lodo? –ladró un guardia.
Los otros prisioneros profirieron risillas ahogadas.
–He resbalado –respondió rápidamente Spock.
–Vuelvan al trabajo –ordenó el guardia–. Ayúdelo, Desus.
–Sí, señor –replicó el romulano, y siguió a Spock que se alejaba a buscar otro cubo de comida.
–Parece que los guardias no van a ser muy serviciales –observó Spock.
–Los guardias observan y no permiten que las cosas lleguen demasiado lejos, pero no espere que intercedan por usted. He oído los rumores de la prisión. Su delito no es de los populares.
–La traición nunca lo es –dijo Spock con seriedad.
–De mis fuentes de información en el imperio romulano, he oído algunos detalles de la historia... –lo sondeó Desus.
Levantaron el pesado cubo entre los dos.
–Yo simplemente cumplí con mi palabra, Desus. No deseo hablar de ello. Ya está hecho. –Y usted está aquí.
–Eso, amigo mío, es obvio.
–Dense prisa, ustedes dos, esto no es una fiesta campestre –les gritó el guardia, espoleándolos.
Tras regresar a los corrales con el cubo, Spock y Desus lo vaciaron en una batea, y cuando regresaban a buscar otro se vieron enfrentados con Toro Macklen, cuyo enorme cuerpo les bloqueaba el paso completamente. Con la intención de evitar el enfrentamiento, ellos retrocedieron e intentaron rodearlo, pero Toro se movió rápidamente para un hombre de su tamaño y volvió a interceptarlos. Los guardias estaban vueltos de espaldas, aunque Spock no sabía si era deliberadamente o no. Toro cogió a Desus por el mono, zarandeándolo como a un juguete. Al ver que nadie iba a detener a aquella bestia, Spock entró en acción. Con un golpe del canto de la mano estratégicamente dirigido, hizo volar al atacante.
Toro, tras sacudirse el lodo de la ropa, cargó contra Spock y lo dejó sin respiración a causa del golpe. Desus, que aguardaba su oportunidad, aferró a Toro por los tobillos y lo hizo caer de bruces en el fango. Mientras el enfrentamiento les proporcionara una buena diversión, a los demás prisioneros no les importaba quién ganase. Estallaron en un rugido de carcajadas cuando el hombre corpulento se levantó del suelo y escupió el estiércol que le había entrado en la boca.
Tras recoger el cubo como si nada hubiese pasado, Spock y Desus continuaron su camino.
–Ha sido una victoria menor –le advirtió Desus–, pero volverá a por más.

Lo último que Spock esperaba era una visita tan pronto. Aguardándolo en la pequeña habitación destinada a las infrecuentes visitas que aparecían por Minos, estaba James T. Kirk. Sonrió cuando Spock entró en la sala.
Spock se sentó rígidamente en la silla que estaba libre, y permaneció en silencio.
–¿Ni siquiera va a decirme hola, Spock? –preguntó Kirk.
–No debería de haber venido aquí, capitán. El relacionarse conmigo sólo puede causarle más dificultades.
–Estamos viajando por este sector, Spock. ¿Qué clase de amigo sería si pasara por alto la oportunidad de ver cómo le van a usted las cosas?
–Un amigo prudente –respondió Spock.
–No tiene gracia, Spock.
Kirk advirtió con tristeza la suciedad incrustada en las uñas rotas de los esbeltos dedos que estaban habituados a teclear en la terminal de la computadora. Cuando Spock se acomodó mejor en la silla, la manga se le levantó y dejó al descubierto una contusión grande y verdosa. Él se apresuró a bajarse la manga para cubrir el daño cuando vio que los ojos de Kirk se posaban en su antebrazo.
–¿Está usted bien? –le preguntó Kirk con tono de exigencia.
El silencio de Spock era perturbador. Kirk había visto a Spock en todos los estados de humor posibles, y sabía que el vulcaniano no diría una sola palabra antes que reconocer que algo iba mal.
–No voy a marcharme de aquí sin que me dé una respuesta, Spock. Ahora, dígame, ¿qué ocurre?
El vulcaniano sabía que tendría que responderle a Kirk o éste no lo dejaría en paz.
–Nada, Jim.
–¿Esa contusión no es nada?
–Fue un accidente. Tropecé.
–Miente usted muy mal, Spock.
–No puedo mentir, capitán. Está en contra de mis...
–¡Oh, por favor, Spock! Yo he visto algunas de sus mejores actuaciones. La verdad.
–Si insiste... –replicó Spock con resignación–. Este lugar no representa lo mejor de la Flota Estelar. No fue más que un ligero altercado, nada serio, se lo aseguro.
–Y tendría que ver cómo ha quedado el otro tipo, ¿correcto?
–Exacto.
–Eso me gusta más. McCoy quiere que lo ponga al día sobre el estado de su espalda.
–Se está fortaleciendo. El ejercicio obligatorio parece ser beneficioso.
–Eso es bueno...
El guardia los interrumpió.
–Se ha acabado el tiempo, capitán Kirk.
Kirk se marchó hacia la puerta con el guardia. –Recuerde, Spock, si necesita cualquier cosa, en cualquier momento...
La última visión que tuvo de Spock fue de un vulcaniano de pie, inmóvil y silencioso. La visita no le proporcionó a Kirk ninguna tranquilidad mental.

Desus estaba sentado junto a Spock en el comedor de la prisión, y se daba cuenta de la falta de apetito del vulcaniano.
–¿Por qué no come, Spock? La comida no es buena, pero sí nutritiva –le dijo el romulano con preocupación.
–Prefiero ayunar –respondió Spock–. Los vulcanianos podemos prescindir de la comida durante largos períodos...
–También pueden hacerlo los romulanos, Spock. Nuestros ancestros comunes nos transmitieron rasgos de dureza, pero los romulanos no podemos prescindir indefinidamente de la comida y además trabajar. Y usted tampoco puede, a pesar de todo su orgullo.
La única respuesta de Spock fue el silencio.
–Está bien, no diré nada más al respecto. No obstante, si yo lo he advertido otros también lo harán. Creo que debería pedir un destino de trabajo menos extenuante. Parece estar teniendo problemas con la espalda.
–Es una vieja herida –le explicó Spock–. Ya está casi completamente curada.
–Usted tiene que tener otras cualificaciones que serían más útiles aquí.
–No parecen necesitar los servicios de un oficial científico, Desus, y tienen sus propios expertos en computación.
–Es comprensible –observó el romulano–. Este lugar está completamente controlado por computadora. No se arriesgarán a que un prisionero se acerque a ninguna terminal de computadora del planeta.
El timbre que señalaba el final de la hora de comer interrumpió la conversación.

Antes de que las luces disminuyeran, Spock se sentó en su litera para intentar relajarse. Pensó en la visita de Kirk, y deseó que no se hubiera producido. En aquel momento era mejor no tener contacto con él. Se tendió en la cama, protegiéndose los ojos de la luz molesta con un brazo, y estiró los músculos en un intento de aliviar la fatiga. Podía oír a los compañeros de celda que se movían a su alrededor, se desvestían, y uno a uno se metían en la cama antes de que disminuyera la intensidad de las luces. El bloque de celdas entró en fase de descanso y quedó en silencio.
Spock estaba en un vago estado entre la vigilia y el sueño, cuando sintió que la litera se sacudía y Toro se ponía de pie. La zarpa del hombre corpulento lo aferró por un brazo. Spock se volvió velozmente y tendió una mano hacia el hombro de Toro, pero le faltó apenas un centímetro para llegar en el momento en que el hombre lo bajaba de la cama de un tirón.
–Por favor –dijo Spock–. No tengo deseo alguno de hacerle daño. Poseo una fuerza que usted desconoce. No es prudente provocarme.
Realizando un movimiento sorprendente, Toro retrocedió bruscamente. Spock apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Toro sacó velozmente un cuchillo que ocultaba debajo de su colchón. Desus se colocó detrás del furioso gigante, preparado para golpearlo, cuando Harry Needham aferró al romulano por los pies y lo derribó cuan largo era sobre el suelo.
Toro le tiró a Spock una cuchillada que le causó un tajo profundo en el brazo e hizo manar un borbotón de sangre verde. Spock, haciendo caso omiso de la herida, golpeó al hombre corpulento con toda su fuerza, golpe que arrojó a Toro contra la cama. Se levantó blandiendo el cuchillo en el aire. Desus hizo otro intento de golpearlo y la punta del cuchillo le abrió un tajo en el pecho antes de que consiguiera darle un puñetazo. Spock le dirigió una mirada de advertencia a Harry, que prudentemente retrocedió. Con la poca fuerza que le quedaba, Spock tendió la mano hacia un hombro de Toro y le clavó los dedos de forma precisa para pinzar el nervio que sumió al gigante en la inconsciencia.
Cuando los guardias finalmente llegaron, encontraron a Spock de pie en un rincón, con el brazo derecho colgándole laxamente a un lado mientras que con el izquierdo se apretaba fuertemente sobre la parte superior del brazo que sangraba, esforzándose sin éxito en detener la hemorragia. Miraron a Desus; del corte que le atravesaba el pecho manaba sangre verde.
Uno de los guardias, con la pistola fásica en la mano, hizo a Spock un gesto para que saliera de la celda, mientras el otro empujaba a Desus al exterior. Con la pistola fásica programada a máxima potencia paralizada, uno de los guardias se acercó a Toro, que en ese momento recobraba el conocimiento. Escoltaron a los tres presos a la enfermería para que los atendieran.
El doctor Lucas Freed no se sintió complacido de que lo despertaran para atender otra emergencia médica. Había sido destinado a Minos tres meses antes, directamente desde la facultad de Medicina de la Flota Estelar. Los pocos meses que había pasado en Minos habían sido tediosamente monótonos, con pocos momentos como la emergencia de aquella noche para aliviarlo del aburrimiento.
Sabía por qué el servicio destinaba a los médicos al planeta presidio durante períodos de un solo año. Era casi una forma de castigo, pero necesaria, así que los médicos de rango más bajo se turnaban y aborrecían el nombramiento.
La emergencia de aquella noche, sin embargo, resultó ser excepcional. El vulcaniano pasivo y sangrante que se erguía ante él fue una sorpresa, y también lo fue el romulano. Sabía que los dos alienígenas habían sido recluidos en Minos pero, dado que era el único médico de la instalación y estaba horrorosamente sobrecargado de trabajo, estaba atrasado con las revisiones médicas de rutina y no había visto a ninguno de los dos hasta ese momento.
Un rápido examen de Toro informó al médico de que estaba bien. Mientras uno de los guardias escoltaba a Toro a una celda de extrema seguridad, Freed examinó rápidamente las heridas de los otros dos pacientes, y se dedicó primero a la de Spock, por ser la de mayor gravedad. Era un corte muy profundo que llegaba casi hasta el hueso. Freed cubrió la herida con un paño estéril antes de comenzar con la reparación quirúrgica de los tejidos. Nunca antes había tratado a un vulcaniano, así que le pidió a la computadora los registros pertinentes con la esperanza de obtener información adicional sobre el sistema circulatorio y los traumas del mismo. El hombre sangrante y despeinado que tenía ante sí apenas se ajustaba a las descripciones que había leído de la orgullosa raza vulcaniana.
El médico sabía que la herida tenía que ser dolorosa, pero el vulcaniano no dio muestras de sufrimiento mientras él limpiaba, suturaba y cubría el corte. Una vez quedó satisfecho y convencido de que la herida cicatrizaría bien, y profundamente impresionado por la tolerancia del paciente para con el dolor, le administró una serie de inyecciones que lo calmarían y evitarían las infecciones, y desplazó su atención hacia Desus.
–Son realmente un buen par, ustedes dos –dijo Freed, mientras enjugaba la sangre verde, desconocida para él, del pecho de Desus–. Nunca antes había tratado a un paciente de ninguna de sus razas, y aquí los tengo a los dos derramando sangre verde por toda mi enfermería. –Mirando a Spock, comentó–: Pensaba que los vulcanianos estaban dedicados a la paz y la no violencia.
–Y lo estamos –le aseguró Spock–. De todas formas, cuando nos provocan, nos defendemos para evitar que nos causen daño.
–No siempre con éxito –observó Freed, que continuó atendiendo a Desus.
Spock prefirió no responder a esta última afirmación del médico. Comenzaba a sentirse mareado y se recostó lentamente, no sin esfuerzo, contra la pared para no caer al suelo.
–¿Está haciéndole efecto la inyección? –le preguntó Freed, acercándose para echarle una mano–. Venga, lo meteremos en la cama.
Llevó al vulcaniano a la sala de vigilancia, y lo ayudó a tenderse sobre una cama. Un guardia cogió a Desus por un brazo y lo guió hasta una cama que estaba junto a la de Spock.
–Los dos estarán dormidos hasta muy pasada la llamada de trabajo de la mañana –le dijo Freed al guardia–. Póngalos en la lista de enfermos hasta dentro de dos días más o menos.
Spock se despertó por la mañana con unas pulsaciones en el brazo que le recordaron los desagradables acontecimientos de la noche anterior. No tenía intención de moverse de la cama de la enfermería hasta que no tuviera que hacerlo. Miró hacia la cama contigua y vio a Desus que le sonreía.
–Ha dormido mucho –le dijo el romulano–. Me tenía preocupado.
–La pasada noche me salvó usted la vida, Desus.
–Sé que usted no habría hecho menos por mí, Spock. Ahora somos verdaderos hermanos de sangre.
–Sí –concedió Spock–. Parece haber un lazo de alguna clase entre nosotros, forjado por las adversidades compartidas...
–Parece usted perturbado por ello.
–No, perturbado no.
Spock se hundió en sus pensamientos. Lo que verdaderamente experimentaba era confusión.
El romulano y él se habían hecho amigos muy rápidamente, más rápidamente de lo que él hubiera creído posible. En ningún momento había considerado la posibilidad de que surgiera una amistad durante toda aquella penosa prueba. Aunque los había unido el enemigo común que tenían en Toro, Spock creía que ése no era el principal factor de la amistad entre ellos. É1 nunca se había permitido establecer relaciones íntimas excepto la amistad que lo unía a Kirk. Pero se daba cuenta de que con Desus se sentía completamente cómodo. La fisiología y psicología de ambos eran muy parecidas; ambos hombres eran, en términos evolutivos, una especie de primos. Nunca había tenido la sensación de encajar del todo en la tripulación mayoritariamente humana de la Enterprise, dado que él se parecía más a la raza de su padre, tanto por lo que respectaba a la apariencia física como a la filosofía personal. Con Desus no parecían necesarias las explicaciones o adaptaciones.
Spock miró en dirección al romulano mientras se daba cuenta de que había encontrado un equilibrio para su lado vulcaniano. «Exactamente igual que lo ha sido Jim Kirk para mi mitad humana.» Se sentía algo más tranquilo pero también vagamente perturbado. «Estas son emociones que no debería permitirme experimentar; podrían apartarme de la plena realización de mis planes.»
Se sentía desorientado. «Los efectos colaterales de la droga», pensó, intentando con todas sus fuerzas librarse del leve mareo.
–¿Aturdido? –preguntó la voz de Freed, atravesando las brumas de su cerebro.
–Sí. Tiene que ser a causa de la medicación.
Hablando de forma muy parecida a McCoy, Freed le respondió con tono cáustico.
–Si se queda acostado y se comporta como es debido, el aturdimiento se le pasará más rápidamente.
Tras examinar la herida de Spock, Freed volvió a cubrirla y se marchó sin decir una palabra.
–Tiene razón, ¿sabe? –le dijo Desus–. He descubierto que es mejor cooperar con ellos.
Spock recorrió la sala con los ojos y descubrió un receptor. Inició un intento de levantarse, pero Desus tomó la iniciativa.
–Quédese ahí. Mi herida es menos dolorosa.
El romulano bajó de su cama y se acercó a Spock porque sabía que deseaba hablar con él en secreto.
Con un murmullo casi inaudible, Spock confesó a su nuevo aliado:
–No tengo ninguna intención de permanecer aquí durante mucho tiempo más, Desus. Tengo la intención de marcharme, y pronto.
–¿Escapar? Yo también he dedicado mis pensamientos a esa perspectiva, pero no he hallado ninguna forma de hacerlo –le susurró el romulano–. Y la he buscado cuidadosamente y he tenido más tiempo y oportunidades que las que ha tenido usted.
–Yo cuento con una ventaja, Desus. Conozco los procedimientos y códigos de la Flota Estelar. Si tuviera una oportunidad para acceder a la computadora, no habría problema ninguno.
–¿Y qué hay de la nave? Aquí no guardan ninguna. –Hay una. El crucero del alcaide. Tiene que marcharse a una conferencia que va a celebrarse en la Base Estelar 3, mañana.
–¿Cómo se ha enterado de eso?
–Por mi agudo sentido auditivo. Escuché a uno de los guardias cuando lo comentaba.
–¿Por qué está contándome todo esto? –le preguntó el romulano con tono suspicaz.
–Porque, Desus, entre nosotros existe al menos una afinidad racial y su ayuda me resultaría de gran valor. ¿Vendrá conmigo?
–Por supuesto... –Desus se interrumpió a media frase cuando vio a Freed que, con una bandeja de desayuno cargada de fruta fresca, entraba en la sala.
–Pruebe esto, Spock –dijo el médico con tono alegre–. Creo que esto será más de su gusto que la comida habitual de la prisión.
Era un gesto generoso y Spock lo agradeció como merecía. Tras estudiar las frutas que había en la bandeja, Spock escogió un plátano y se puso a pelarlo. Cuando lo hubo acabado, dejó el resto de las frutas intactas.
–¿Es eso lo único que quiere? –le preguntó Freed–. ¿No quiere otra fruta?
–Es usted una versión más joven de otro médico de la Flota Estelar al que conozco, doctor. Mi cuerpo no requiere una gran cantidad de alimento nutritivo. No se preocupe por mi dieta. No me moriré de hambre.
–Déjeme echar una mirada a ese corte.
Freed le hizo a Desus un gesto para que regresara a su cama. Destapó la herida y, cuando comprobó satisfecho que estaba cicatrizando bien, volvió a dejarlos solos.
–Tiene que ser esta noche –dijo Spock, continuando con la conversación interrumpida.
–¿Tan pronto?
–El crucero está aquí. No tengo ni idea de durante cuánto tiempo podremos disponer de él. La seguridad de la enfermería no es estricta. ¿Qué mejor oportunidad vamos a tener? ¿Qué ganaremos retrasándolo? Cuanto antes nos marchemos, menos tiempo habrá para levantar sospechas. No tengo ninguna intención de ser nuevamente el blanco de sádicos inadaptados.
–¿Adónde planea ir?
–Ése es un problema que no he resuelto. No puedo regresar a Vulcano ni, por lo mismo, a ningún planeta aliado de la Federación. Posiblemente tenga usted alguna sugerencia...
–Creo que tengo una solución. Estoy con usted, Spock. Yo ya he estado aquí durante demasiado tiempo. Confíe en mí, y tendrá un refugio seguro.
–Confío en usted, Desus. Mis pasadas lealtades están, por pura necesidad, anuladas.


3

En el entorno habitable subterráneo de Minos era difícil diferenciar la noche del día pero, al igual que en las naves estelares, el ciclo nocturno era establecido artificialmente. Spock esperó a que las luces disminuyeran para poner su plan en práctica.
La oficina de Freed estaba a oscuras y los guardias no esperaban que ocurriese nada. Le hizo un gesto a Desus para que guardara silencio, y se acercó a la puerta para comprobar dónde estaban los guardias. Había dos, y estaban riendo por un chiste que alguno de ellos acababa de contarle al otro. Spock apoyó ambas manos sobre la puerta y concentró sus pensamientos en las mentes de los guardias que estaban al otro lado. La distancia y la falta de contacto físico real le dificultaba la tarea de llegar hasta ellos, y él se concentró más poderosamente aún. «Vayan a mirar a los prisioneros de la enfermería –sugirieron sus pensamientos proyectados–. ¡Vayan a ver a los prisioneros! »
Desus observaba cada uno de los movimientos de Spock, y se acercó hasta colocarse detrás de él.
Los dedos del vulcaniano aferraban la jamba de la puerta con tanta fuerza, que el romulano vio que había una abolladura en el metal. Una vez más, la mente de Spock se dirigió a los guardias. «Vayan a mirar a los prisioneros de la enfermería... »
Las carcajadas cesaron.
–Joe, acabo de tener una sensación de lo más rara –dijo uno de los guardias, sacudiendo la cabeza que le zumbaba.
–También yo. ¿Crees que esos dos se traen algo entremanos?
–Vayamos a mirar.
Spock le indicó a Desus por señas que se apostara al otro lado de la puerta. El romulano ocupó apresuradamente su lugar y aguardó. los guardias, con las pistolas fásicas programadas a máxima potencia paralizadora, abrieron la puerta con cautela. El primero de ellos traspuso la puerta y miró a su alrededor, haciéndole a su compañero una señal para que esperara. Dio un paso más al interior de la habitación; la mano de Spock lo aferró por el cuello, y no supo nada más. Desus despachó rápidamente al otro guardia.
Spock se precipitó al consultorio de Freed, se sentó ante la terminal de la computadora, y entró en el sistema de seguridad con la facilidad que le confería la práctica.
–Exactamente lo que había pensado –le dijo a Desus–; la codificación normal de la Flota Estelar. –Seleccionó una grabación de computadora del archivo médico de Freed, la insertó en la terminal, y cambió la programación–. Esta operación bloqueará el sistema durante el tiempo suficiente, según creo –informó Spock con satisfacción. Activó la grabación; la computadora emitió un pitido y la pantalla se oscureció.

Cuando recorrían cautelosamente el camino por los corredores, el vulcaniano y el romulano se escaparon por los pelos de darse de bruces contra un guardia que patrullaba. Cuando llegaron al muelle de atraque, se encontraron con que había otros dos guardias con los que tendrían que enfrentarse. Desus apuntó la pistola fásica que le había cogido a uno de los guardias de la enfermería.
–Máxima potencia inmovilizadora –le ordenó Spock, al ver que la tenía programada para matar–. No quiero sangre sobre mi conciencia.
–Entre nuestras filosofías existen diferencias esenciales –comentó Desus, cambiando la programación de la pistola mientras hablaba. Ajustó el rayo fásico para que tuviera una amplia dispersión, y disparó, dejando a los guardias instantáneamente inconscientes.
–No toque la puerta –le advirtió Spock–. Hay una alarma de refuerzo–. Abrió el panel y la desactivó–. ¡Ahora!
Se precipitaron al interior del muelle de atraque, sorprendiendo al guardia que estaba apostado en la puerta de la nave; el guardia cayó y sonó la alarma.
–¡Pulsó el botón de la alarma antes de que pudiera disparar! –gritó Desus.
–Es demasiado tarde como para preocuparse por eso –gritó Spock entrando en la nave–. Larguémonos de aquí, ¡rápido!
Una detonación fásica destrozó la compuerta, abriendo una amplia brecha en la coraza. Spock retrocedió y se cerró la escotilla. Desus puso la nave a máxima propulsión, y salieron a toda velocidad, pasando apenas por las compuertas activadas por la alarma y saliendo a la atmósfera del planeta.
–¿Se encuentra bien? –preguntó Desus.
–Sí –replicó Spock mientras recobraba el aliento–. Se producirá de inmediato una tentativa de persecución. Pueden seguir nuestra pista de iones.
–No si nos quedamos quietos –dijo Desus, desviando la nave de su curso recto–. Este territorio me es familiar –le explicó–. Las principales rutas de transporte están concentradas en este sector. Naturalmente, un pirata...
Spock completó la frase de Desus.
–... conoce bien este área.
–Muy bien. –Desus señaló un punto que había en la pantalla de visión exterior–. Ese es el sitio hacia el que nos dirigimos. Vamos a aterrizar al otro lado de ese pequeño planeta y aguardaremos. Ellos esperarán que continuemos hasta salir del sector, no que nos detengamos en él.
–Supongo que usted ha hecho esto antes –comentó Spock.
–Muchas veces, y siempre funciona –dijo Desus en tono confiado–. Tiene mucho que aprender sobre cómo despistar, Spock.
–Al parecer, he encontrado a un maestro que me enseñe. Desus apoyó una mano sobre uno de los hombros de Spock y le dedicó una sonrisa torcida.
–Y estoy seguro de que usted y yo formaremos un equipo inmejorable –replicó.

7
Corsario


1

Con la facilidad adquirida en los largos años de experiencia, Desus esquivó las naves de la Flota Estelar que los buscaban y llevó la nave del alcaide hasta un planeta escondido en un sector remoto.
–Bienvenido a Corsario, Spock –le dijo el pirata con una sonrisa.
–Encuentro inquietante la similitud de este sistema con otro que conozco, Desus. También tenía un planeta colocado entre una gigante roja y una enana brillante. Este planeta suyo parece tener una órbita más favorable que ese otro al que me refiero, pero las similitudes son, con mucho, más numerosas que las diferencias. ¿Conoce usted la existencia del planeta Tomarii?
–Sí, los habitantes de ese planeta han interferido ocasionalmente en nuestras aventuras.
Se posaron sobre un terreno de aterrizaje bien cuidado. Spock, protegiéndose los ojos, miró hacia la enorme gigante roja. «Otra vez los tomariianos –pensó Spock–. Es posible que pueda conseguir más de lo que había pensado.»
Con la libertad que le proporcionaba el planeta y la aprobación de Desus, Spock se dispuso a explorar el nuevo entorno. Cada una de las viviendas de los piratas era esencialmente una unidad armada independiente. Habían tenido noticia de la llegada del vulcaniano, pero la mayoría de los habitantes de la guarida de piratas evitaron el contacto con él al principio: no era fácil ganarse la confianza de la gente de Corsario.
La vida en el planeta era muy agradable. Tenía un clima moderado, pero la afortunada posición de Corsario con relación a su sol no era la única ventaja que éste poseía.
La comunidad romulana en la cual lo introdujo Desus, hizo que Spock se sintiera como en casa. Los habitantes eran tan parecidos a él, que le resultaba desconcertante después de su larga experiencia como único vulcaniano de una tripulación totalmente formada por terrícolas. Spock se sentía completamente curado por primera vez desde la explosión de la Enterprise.
Sus frecuentes paseos solitarios le daban la oportunidad de estudiar el modo de operación de los piratas. Observaba y guardaba la información en su tremenda memoria. Al regresar una tarde a la vivienda tras haber dado un paseo, poco después de llegar al planeta, Spock encontró una nota en la mesa de su habitación. En una letra manuscrita descuidada, la invitación decía: « Venga, reúnase conmigo para cenar. A la puesta del sol. Capitán Astro».
Spock cogió la nota y fue a buscar a Desus.
–¿Quién es el capitán Astro?
–Mi rival en Corsario. Es un tipo muy indecente, un verdadero renegado. ¿Por qué me lo pregunta?
–Encontré esta nota en mi habitación.
Desus la leyó y se la devolvió a Spock, frunciendo el entrecejo.
–Es mejor no complicarse con él, Spock. La traición es su principal forma de tratar con los demás. Tan pronto le da a uno su amistad como lo mata. No hace nada sin un motivo; probablemente intentará utilizarlo contra mí.
–Yo no permitiré eso, Desus. Pero ha provocado usted mi curiosidad respecto a ese hombre. Aceptaré su invitación.
El arrebol rojo del cielo se había hecho más profundo anunciando la llegada del largo ocaso de Corsario cuando, vestido con un traje y unas botas azul marino que le había prestado Desus, se preparó para marchar hacia la residencia de Astro.
Los ojos con los que el romulano observó la silueta de Spock trasponer los portales en dirección a la casa de Astro eran inescrutables.
El hombrecillo muy rubio que saludó a Spock en la mesa del banquete llevaba uno de los trajes más estrafalarios que Spock hubiera visto jamás. La chaqueta roja metálica estaba acompañada por unos panTalones plateados brillantes que reflejaban los últimos destellos purpúreos del sol. Una ondeante capa hecha de la misma tela flameaba al viento y arrancaba destellos de luz de la superficie metálica de las ropas. El hombre le hizo a Spock una reverencia muy lenta mientras le sonreía.
–El capitán Astro, para complacerle.
El capitán hizo un gesto para abarcar el entorno.
–Mi casa es de lo más impresionante, ¿no cree?
–Muchísimo –respondió Spock y miró en torno de sí. La colección de tesoros desparramados descuidadamente con opulenta ostentación era asombrosa. Spock había conceptuado a los tomariianos como coleccionistas indiscriminados, pero el pirata Astro los sobrepasaba con mucho. No había un solo espacio visible que no estuviera cubierto por una profusión de objetos; la casa era un monumento al gusto efusivo y no formado.
–Ya ve cuántas riquezas puede obtener si adopta nuestra profesión –dijo Astro con orgullo–. Yo soy con mucho el hombre más rico de la galaxia.
–Muy bien puede serlo –concedió Spock.
Al vulcaniano le resultó fascinante la variedad de personas que se hallaban reunidas en torno a la mesa de Astro. El pirata, aparentemente de raza terrícola, se había rodeado de los marginados de una docena de planetas. Sentada a la derecha de Spock, estaba Gurt, una mujer gigantesca del planeta Vega que se echaba a la boca todo lo que pasaba ante ella con ruidoso deleite. Un andoriano más bien decrépito y con una antena tristemente doblada aferró con sus dos manos azules una copa de vino de cristal de Tribidian y miró presumidamente al vulcaniano que estaba un poco más allá. Un histita deslizó su húmedo tentáculo alrededor de Spock y le siseó lo que él sólo pudo suponer que eran cordiales amabilidades. Astro, que obviamente estaba disfrutando de la fiesta, levantó su copa para hacer un brindis.
–¡Por los nuevos socios!
Tras un murmullo bajo, todas las copas se alzaron y vaciaron. Quitándose de la boca el cigarro negro, Astro centró su atención en el andoriano que tenía a la izquierda y cuya copa, según advirtió, estaba intacta.
–Un brindis por nuestro nuevo amigo –le repitió intencionadamente.
–¡No! –le contestó el pirata andoriano–. No me fío de él. ¡Y tú tampoco deberías hacerlo!
–Es mi invitado –masculló entre los dientes apretados.
Spock advirtió especialmente el silencio que había caído sobre los ocupantes de la sala. Siguió la mirada de todos hasta la copa intacta del andoriano. Luego desvió los ojos hacia su anfitrión. Astro sacudió sus largos cabellos rubios, y sus acuosos ojos azules se volvieron fríos como el hielo mientras estudiaba con indiferencia a su recalcitrante invitado. Se produjo una agitación debajo de la capa de Astro al sacar éste un arma y dispararla con un solo movimiento fluido.
Tras mirar desapasionadamente al ya muerto andoriano, el pirata hizo un gesto perentorio y dos sirvientes se llevaron apresuradamente el cadáver.
–Debe mantenerse la disciplina –declaró con su tono metódico. Depositó la pistola fásica sobre la mesa y profirió una carcajada, provocando una forzada respuesta de regocijo por parte de toda su tripulación.
Spock se puso de pie.
–Debo marcharme –dijo con tranquilidad, sin manifestar con su actitud ni expresar verbalmente su desaprobación hacia el acto de barbarie que acababa de presenciar.
–Tonterías–le replicó Astro igualmente tranquilo–. Todavía tenemos que hablar.
Se levantó de su asiento y le hizo a Spock un gesto para que lo siguiera.
La habitación en la que entraron era más pequeña que cualquiera que Spock hubiese visto hasta el momento, y evidentemente le servía a Astro como oficina cuando estaba en el planeta. El despliegue de riquezas era más selectivo allí, lo que a Spock le dio la impresión de que el pirata era muy calculador y sabía seleccionar mejor de lo que en un principio había creído.
–Spock, estamos, por supuesto, al tanto de por qué está usted en Corsario, y de la reputación de que gozaba usted en la Flota Estelar antes de ser sometido a consejo de guerra. Sus conocimientos sobre la forma de transporte dentro de nuestra esfera de influencia serían de lo más útil. Tengo entendido que está usted familiarizado con nuestros vecinos tomariianos, y ese sería otro conocimiento valioso en su favor. Quiero que se una a mí. El poder y las riquezas que podríamos controlar juntos serían interminables.
Spock juntó las manos pensativamente mientras escuchaba al capitán pirata, que en ese momento estaba medio oculto tras el denso humo de su apestoso cigarro.
–Me siento muy halagado, Astro, pero yo no tenía ninguna intención de convertirme en un proscrito. Todavía no sé qué es lo que voy a hacer. No he tenido aún muchas oportunidades de considerar mis opciones.
–No tiene muchas alternativas, vulcaniano. Únase a mí y será libre y rico. No puede regresar a Vulcano. Es un planeta de la Federación y lo extraditaría antes de que pudiera aterrizar siquiera.
–Soy perfectamente consciente de ello –reconoció Spock–. Tengo intención de tomarme un descanso y disfrutar de la hospitalidad de Desus antes de tomar una decisión.
–¿Tiene entonces intención de unirse a los romulanos?
Spock abrió la puerta de la oficina, dispuesto a marcharse.
–He venido a su casa en respuesta a su invitación, Astro, no pensando en la perspectiva de convertirme en un pirata. Gracias por la cena y por esta velada tan instructiva. Pero es tarde, y debo regresar al complejo romulano para pasar la noche antes de que cierren las puertas.
Andando cuidadosamente entre los cuerpos desparramados de los borrachos que estaban tendidos sobre el suelo, Spock salió de la casa.

Con una sonrisa maliciosa, Desus se reunió con Spock a la hora del desayuno.
–Y bien, Spock, ¿qué le ha parecido el capitán Astro?
–Es el más fascinante espécimen de comportamiento psicopático –respondió Spock.
–Debe de haber captado el mensaje de alerta de la Flota Estelar sobre nuestra huida, y luego el mensaje que envié cuando veníamos hacia aquí. Es usted todo un valor, Spock. Con su conocimiento de las rutas de transporte de mercancías de la Flota Estelar, podríamos hacer que nuestras empresas fueran más seguras y considerablemente más provechosas. Y es de eso de lo que debemos hablar ahora. Hay en mi flota un lugar para usted, como segundo al mando, si quisiera aceptarla.
–Puede que me hayan acusado de muchas cosas, Desus, pero mi condena fue de orden técnico. Mi intención no fue la traición sino el simple cumplimiento de mi palabra. La piratería no haría más que aumentar mis problemas.
–Si no se une a nosotros, se dará por supuesto que está contra nosotros. En Corsario no permanece con vida nadie que no pertenezca a la hermandad.
–Me doy cuenta de eso, Desus, y, francamente, no sé cómo resolver esta situación.
–No tiene elección, Spock. Es un pacto que todos mantenemos aquí. O se une a nosotros o muere.
La lógica, así como una sana actitud respecto a su supervivencia, determinó la respuesta de Spock.
–En ese caso, aceptaré su oferta.
–Como primera tarea, quiero hacer uso de su conocimiento de computadoras. Puede hacer inventario de nuestros muy extensos botines productos de muchas correrías provechosas. Hay un completo caos, principalmente causado por demandas conflictivas sobre el contrabando. Los asesinatos son una solución demasiado frecuente, y los más poderosos son los que siempre se llevan el botín. Si pudiera usted inventar un sistema para llevar la cuenta de las propiedades, tendríamos un sistema de distribución mucho más eficiente. Y nadie cuestionará su objetividad, al menos durante algún tiempo.
A Spock le agradó la petición.
–Me sentiré honrado de dedicarme a esa tarea.
La confianza que le tenía el romulano era mayor de la que él había esperado.

Dos días más tarde, mientras trabajaba en el inventario, Spock se encontró con un objeto intrigante. Entre las cajas de repuestos electrónicos, cajones de licores y drogas exóticas y un contenedor de piedras luminosas de Denita, halló un rollo de una tela extraordinaria.
Las propiedades de la misma no se parecían a las de ninguna otra que hubiese visto. Llevándola a la luz con el fin de poder examinarla más cuidadosamente, Spock se encontró con que tenía la asombrosa propiedad de absorber la luz.
La tela parecía contener un vacío resplandeciente, excepto en los bordes que despedían una luz fluorescente y delineaban el contorno, ya con negro ya con rojo, dependiendo de la dirección en que la luz tocaba la trama. Tras recoger el rollo de tela, Spock se la llevó a Desus.
–Esto tiene unas propiedades de lo más insólitas –le informó el vulcaniano–. No ha sido tejida de ninguna forma convencional, sino que parece una sustancia mineral fundida. –Al desdoblar la tela para examinarla mejor, cayó al suelo una bolsa hecha con la misma tela. Spock abrió con cuidado la bolsa y examinó su contenido–. Interesante –comentó, mientras vaciaba unas cuantas piedras negras en la palma de la otra mano–. Destellan con un oscuro fuego interior, como la tela. ¿Sabe de dónde procede esto?
Desus cogió la tela y observó cómo resplandecía la luz negra.
–No. Ni siquiera tenía conocimiento de que estuviera aquí. Pregúntelo entre los demás; quizá alguien de la tripulación sepa quién lo trajo.
Con tono casual, Spock inquirió quién había adquirido aquella insólita tela, pero nadie parecía saberlo. Había permanecido allí durante años sin que nadie la reclamara. Al ver que nadie estaba interesado en la tela, Spock, dentro de la más auténtica tradición pirata, reclamó para sí la tela y las gemas aparentemente sin valor. Con su curiosidad científica despierta, Spock ansiaba tener la posibilidad de analizar su hallazgo. Además, aquella tela tenía para él un interés más pragmático que académico.
Desde su huida de Minos, había estado llevando ropa prestada, y a pesar de que la ropa de Desus se le adaptaba al cuerpo como si la hubieran hecho para él, era, de todas formas, de otra persona. Pensaba que podría canjear una parte de la tela que había encontrado por algo de ropa, pero nadie parecía interesado en el trueque. Finalmente, le pidió a una de las mujeres de la casa de Desus que le hiciera dos trajes con aquella insólita tela.
Cuando los trajes estuvieron terminados, le confirieron una apariencia realmente impresionante. La tela, con sus cualidades absorbentes de la luz, ocultaba totalmente el cuerpo que contenía, excepto en los bordes, que ondulaban con chispeante luminiscencia negra, como si estuvieran en llamas.
E1 conjunto adquiría un aspecto aún más espectacular a causa de la adición de una capa que resplandecía alrededor de la oscura silueta de su interior.
Spock no puso objeciones al nombre de guerra que le pusieron los piratas: «Fuego Negro». Era apropiado para un vulcaniano que parecía arder por sí solo con una intensidad interior. Spock guardó sus extraordinarias ropas para una ocasión más apropiada, ya que prefería lucir algo menos extravagante durante el día.
Mientras hacía el inventario de los tesoros de los piratas, tuvo la oportunidad de observar calladamente las intrincadas operaciones de sus dueños; al cabo de algunos días estaba al tanto de los más ocultos secretos de Corsario.

Mientras Spock estaba absorto en catalogar los tesoros del complejo, Desus –que había negociado una inestable tregua con Astro– se marchó con él a una correría conjunta. Pero a su regreso, la enemistad estalló en un importante enfrentamiento.
Las voces de protesta atrajeron a Spock al interior de la habitación.
–Es mía –exigía Astro–. Tú ya tienes una nave de ese tipo. Tu nave bandera, la Talon, es una nave de la Federación adaptada.
–¿Para qué necesitas una nave, Astro? Tu flota es ya más grande de lo que eres capaz de manejar. Llévate las otras cosas. Yo no necesito joyas ni licores.
Los dos estaban ya gritando. Spock se dio cuenta de que la situación estaba convirtiéndose en algo explosivo. Intentó mediar entre ellos.
–Es imposible dividir una nave, caballeros. Cada uno tiene que ponerse de acuerdo en qué tiene más valor para ustedes.
Desus solucionó el problema con la acción. Sacó su pistola fásica, programada para matar, y apuntó a la cabeza de Astro.
–Entrégame la nave o... Astro palideció.
–Esta vez ganas tú, romulano. La nave es tuya.


2

Spock se sintió aliviado por el hecho de que Desus hubiera regresado sano y salvo, pero su propia actitud hacia el romulano lo confundía. Él, que nunca había sido dado a entablar fácilmente relaciones de intimidad de ninguna clase, se encontraba con que sus vínculos con el romulano se hacían más estrechos de lo que hubiera creído posible. Era un hombre al que podía respetar, a pesar de su profesión ilegal. Si Spock hubiera tenido un hermano, imaginaba que habría sido muy parecido a Desus.
A pesar de que podía analizar intelectualmente el cariño que sentía por el romulano, Spock no podía explicarse la confianza instintiva que le tenía. Aquella relación se estaba haciendo tan fuerte como la que había tenido con Kirk, cosa que no había creído posible. Jim había sido su único verdadero amigo hasta entonces. No obstante, ya había una comodidad en su amistad con Desus que había tardado meses en establecerse en el caso de Kirk.
La sonrisa fácil de Desus recibió a Spock cuando éste entró en la casa. Se dieron un fuerte apretón de manos y luego Desus habló.
–Es agradable estar de regreso.
–¿Han ido bien los negocios?
–Muy bien. Pero es un asunto personal. Hablemos de algo de interés mutuo. ¿Tiene todavía esos dos trajes que se hizo con aquella tela extraordinaria?
Con curiosidad, Spock asintió con la cabeza.
–Sí, pero ¿qué importancia tiene eso?
–Tengo una idea que dará buen uso a esas ropas y, si puedo faltar un poco a la modestia, una idea buena. Desde el mismo día en que nos conocimos, he estado intentando hallar un lugar para usted en mis operaciones. Me hizo falta marcharme durante unos días para llegar a una conclusión. Creo que mi idea le resultará intrigante.
Desus miró a Spock en busca de una reacción, y al no ver ninguna, prosiguió.
–Ahora tenemos dos naves idénticas: la Talon y el crucero de la Flota Estelar que capturamos en nuestra última correría, la Sackett. He ordenado que las pinten a las dos de negro, con distintivos idénticos. Ambas serán rebautizadas como Fuego Negro, nombre que figurará en letras rojas en el casco de ambas. Parecerán exactamente la misma nave en todos los sentidos. Si acepta usted mi propuesta, una será suya.
Spock se inclinó hacia delante, dando más muestras de interés. Como Desus había predicho, Spock estaba intrigado. Desus tenía una buena mente, y cualquier plan que trazara era sin duda digno de consideración.
Desus, que disfrutaba del obsequio que él mismo hacía, tuvo una idea.
–Espéreme aquí, volveré en seguida –dijo con entusiasmo.
En cuestión de minutos, Desus regresó con uno de los exóticos trajes de Spock, puesto. Llevaba el otro sobre el brazo.
–Ahora, Spock, póngase éste.
Spock lo hizo; comenzaba a comprender qué tenía en mente el romulano. Cuando acabó de vestirse con el traje, Desus profirió una carcajada de aprobación.
–Ahora, póngase la capucha de forma que le rodee completamente el rostro, y yo haré lo mismo. Bien. Ahora, la prueba. –Se encaminó hacia la puerta y llamó a su teniente Relos–. Si hay alguien que me conoce mejor que nadie, ese es Relos –le dijo Desus a Spock mientras esperaban.
Fue un muy confundido Relos el que se encontró con dos hombres que se erguían el uno junto al otro como una pareja idéntica. Se llevó la mano automáticamente al pecho, pero no estaba seguro de hacia cuál de los hombres debía tender la mano para completar el saludo.
–Capitán Desus, señor –dijo con voz tensa, con la esperanza de que uno de los hombres hablara y le resolviera así el problema.
Desus se echó a reír mientras se quitaba la capucha. Spock hizo otro tanto, para gran alivio del confundido pirata romulano.
–Es una buena broma –reconoció Relos, riendo junto con Desus–. Ni siquiera yo he podido diferenciarlos. –Eso es precisamente lo que quería demostrarle, Spock.
Usted es consciente de nuestras similitudes físicas, estoy seguro de ello. Ellas pueden trabajar en nuestro favor.
Le hizo a Relos un gesto para indicarle que podía retirarse. –Mi plan es el siguiente. Habrá dos «Fuego Negro». Dos hombres, dos naves. Ya he seleccionado nuestros dos primeros blancos. Hay un carguero procedente de la colonia minera de Litios II: su cargamento, cristales de dilitio. La otra nave transporta una colección de tesoros de arte desde Altos. Atacaremos a la nave minera y a la otra, pero no al mismo tiempo, sino con un intervalo para hacer que parezca que fue la misma nave la que atacó a ambas. Si lo cronometramos perfectamente, conseguiremos que parezca que la Fuego Negro tiene una potencia hiperespacial muy superior a cualquiera conocida en la galaxia, aproximadamente un factor 15. ¡A ver cómo se las arreglan para entender eso!
–Es un plan muy inteligente, Desus –reconoció Spock.
–¿Se unirá a mí, entonces?
–Acordado.
–Tenemos que darles un nombre a las naves para nuestras propias comunicaciones. La Talon continuará siendo mi nave capitana. ¿Y la suya?
–La Equus.

El plan era sencillo y garantizaba el éxito por su propia audacia. Las tripulaciones de ambas Fuego Negro fueron escogidas personalmente por sus capitanes. Se dio orden permanente de que «capitán Fuego Negro» era el único nombre que debía emplearse para dirigirse a los líderes de ambas naves. Spock y Desus planearon dejarse ver muy poco, aparecer estratégicamente con las ropas escogidas y manteniéndose fuera de la vista todo lo posible para cultivar la mística de «Fuego Negro».
El nuevo pirata, el capitán Fuego Negro, golpeaba con rapidez y eficacia, llevándose sus botines con facilidad y sin derramamiento de sangre. En cada caso dejaba una pequeña gema que resplandecía con aquella misteriosa luminosidad negativa, como recuerdo concreto del osado bucanero. Había nacido una leyenda.


3

La moral del complejo pirata romulano subió muy alto cuando las primeras misiones de las naves Fuego Negro fueron de un éxito resonante. Los mensajes interceptados en los canales de la Flota Estelar corroboraron el triunfo: Se hizo evidente un repentino interés especial por las actividades de Fuego Negro.
A pesar de haber participado en la empresa, Spock no jugaba un papel muy activo. Las misiones eran puestas en escena por Desus, y la tripulación, leal al romulano, llevaban a cabo su trabajo con Spock, más en el papel de figurante que de verdadero capitán. Pero Desus estaba encantado. Hasta entonces había estado rodeado de subordinados, y dado que era un líder sabía cuál era la distancia emocional que un capitán debe mantener. En Spock había encontrado un igual y un confidente.
No todos los de Corsario se regocijabañ por los éxitos de las naves Fuego Negro. Astro, que había perdido una parte de su prestigio después de los botines adquiridos por el nuevo equipo, se cocía a fuego lento en su frustración y resentimiento.
Con la intención de recuperar su antigua prominencia, estaba deseoso por causar un auténtico impacto con su próxima empresa. Mientras recorría la zona de puestos avanzados de la Federación, Astro vio su oportunidad en un crucero privado que salía de un lujoso lugar de vacaciones espacial. Su marca indicaba que era propiedad de un acaudalado terrícola que residía en una estación de su propiedad, en el sistema de Alfa Centauro. Tenía que tratarse de un rico botín, y Astro atacó.
La nave privada no tenía realmente defensas, y fue capturada fácilmente. Entre los tesoros de abordo, Astro encontró dos mujeres adorables: Galicia, la morena y hermosa hija del propietario de la nave, y su prima y compañera, Linila. El primer pensamiento que le pasó a Astro por la cabeza cuando vio a las mujeres fue: «¡Rescate! ». La codicia se impuso a la prudencia y él rompió la ley de Corsario al traer a las mujeres a la fortaleza pirata.
Desus estaba furioso. Spock, aunque nunca admitiría tal sentimiento como de galantería, estaba iracundo. La presencia de las mujeres amenazaba el largamente guardado secreto pirata, y Spock sabía que las mujeres corrían un tremendo peligro. Decidió encargarse él mismo de resolver el dilema, y fue a ver a Astro para pedirle que devolviera a las mujeres.
El pirata se rió del cándido vulcaniano.
–¿Que renuncie a un rico rescate? –bramó–. ¡Totalmente absurdo!
–Yo mismo le pagaré el rescate –le ofreció Spock–. Mi parte de los botines de las naves Fuego Negro es muy cuantiosa. Es suya a cambio de las mujeres.
–Pensaba que los vulcanianos no tenían interés en ese tipo de cosas –insinuó Astro con una sonrisa zorruna–. Pero acepto su oferta. Son una molestia y me irá bien librarme de ellas.
–Envíemelas al complejo de Desus –lo instruyó Spock con voz tensa; prefería no pasar con Astro más tiempo del absolutamente necesario.

–¡Así pues, el capitán Fuego Negro se convierte en salvador de damiselas en apuros! –dijo Desus con tono divertido–. Esto, amigo mío, es un asunto completamente suyo. No quiero tomar parte en él. Ni siquiera me diga cómo tiene intención de devolver a esas mujeres a su hogar. ¿O es que no tiene esa intención?
Spock frunció el entrecejo.
–Por supuesto que sí. Y todo esto le está resultando a usted muy entretenido, ¿no es así?
–Inmensamente. En su nombre he invitado a las dos adorables damas a que se reúnan con Fuego Negro para la cena. Espero que disfrute de la velada.
–¿Velada? –preguntó Spock con aspecto de sobresalto–. ¿Cena...?
–Son todas suyas –dijo Desus haciendo una reverencia. Sus carcajadas pudieron oírse por todo el pasillo.

Se puso una mesa lujosa y se les pidió a las damas que se reunieran con Fuego Negro ante la misma. El banquete era elegante, pero los ojos de Galicia se fijaban atentamente en su anfitrión. En la cabecera de la mesa, la resplandeciente figura de Fuego Negro permanecía sentada, en silencio e inmóvil.
–Señor, le debo mi vida. ¿Cómo puedo pagárselo?
Aguardó una respuesta, observando a la gallarda figura negra con ojos expectantes. Uno de los romulanos que estaban sentados a la mesa y que intentaba vanamente no echarse a reír, cloqueó dentro de su copa de vino.
–Seguramente, usted me revelará su rostro. Es usted todo lo que una chica puede desear, un caballero que acude a rescatarla.
Spock no tenía apetito. Bebió una copa de agua y Galicia siguió cada uno de sus movimientos con la esperanza de que la capucha cayera hacia atrás y dejara al descubierto el rostro de su salvador; pero éste permaneció oculto en las tinieblas de la tela.
No le daba vergiienza estudiarlo con atención. Su esbelto cuerpo destellaba y danzaba al recoger la tela la luz de las velas y producir un misterioso fuego negro. Un destello del mismo fuego negro que le vio en el lóbulo de la oreja atrajo la atención de la joven.
–Nunca antes había visto un pendiente semejante. ¿Qué piedra es? –Ella esperaba que le respondería.
El pendiente de Fuego Negro, una de las extrañas gemas de fuego negro colocada en la oreja que Ilsa había perforado, fue la única respuesta.
Finalmente, Galicia oyó su voz. Ella se estremeció ante la riqueza de tenor de aquel sonido, pero las palabras no fueron las que había esperado.
–Llévesela y guárdela bien –le ordenó a una de las mujeres romulanas. El misterioso pirata abandonó la mesa antes de que se sirviera el último plato.

Hacia el alba, Spock ya había hallado una solución para devolver a las mujeres a su hogar. Escogió una tripulación para una de las naves más pequeñas de la flota pirata, y los envió a una aislada estación de retiro donde abandonaron nave y mujeres para que las rescatasen. La Fuego Negro orbitó el planeta y sacó a los piratas del mismo mediante el transportador a toda velocidad, para partir luego a velocidad hiperespacial y evitar que le siguieran la pista.
Con el regreso de las mujeres, la leyenda de Fuego Negro creció. Pasó a convertirse en una figura romántica, el alto, elegante y desconocido rescatador de damiselas en apuros. El relato de la cena del pirata se propagó rápidamente por la galaxia, y más de una mujer soñó con ser capturada por el misterioso hombre. Galicia escribió una serie de poemas basados en su aventura, que se convirtió en el best seller de todos los planetas de la–Federación.
A Spock lo puso muy incómodo el hecho de que a su alrededor estuviera creciendo una leyenda romántica. Desus disfrutaba con cada minuto de la misma, regocijándose con la incomodidad de su amigo. A las mujeres de muchas especies de la galaxia les hubiera gustado poder presumir de haber pasado una noche con el infame pirata que, como bien sabían el romulano y vulcaniano, era incapaz de corresponder al afecto de ninguna de ellas. La última cosa que cualquiera de ellos deseaba o quería era un romance.
Las muchas y fructíferas correrías del escurridizo Fuego Negro, con su capacidad de viajar a velocidades increíbles, precipitaron el que la Federación actuara. Aquello tenía que terminar; se ofreció una enorme recompensa por la captura del capitán Fuego Negro. La Flota Estelar estaba convencida de que el pirata sería traicionado por uno de sus codiciosos secuaces.
Ya completamente aceptado por la banda de piratas, Spock se dio cuenta de que la desconfianza con que los otros lo habían tratado anteriormente se relajaba un poco. Las riquezas nunca le habían interesado, y él se había hecho particularmente popular entre sus hombres porque distribuía entre ellos la mayor parte de su botín inmediatamente después de regresar de cada correría. Sin embargo, todavía no disponía de libre acceso a las naves ni a la estación de comunicaciones de Corsario.
No parecía obtener un gran placer de sus éxitos, sino que se mostraba cada vez más intranquilo. Desus encontró un remedio inmediato. El vivaz romulano no pensaba tolerar aquel estado melancólico de su amigo, y decidió hacer algo al respecto. Había obtenido un ejemplar del libro de poesías de Galicia, y una noche sorprendió a Spock durante la cena con la lectura del mismo. Todos menos Spock rieron de buena gana por la dramática expresión de las fantasías femeninas sentimentales y románticas puestas en verso.
Con burlona seriedad, Desus se levantó de la silla y comenzó a recitar:

La figura lóbrega flameaba en la estancia,
haciendo al corazón latir con fuerza, mientras él negociaba
por la posesión de las mujeres.
Ataviado con atuendos hechos de relámpago,
se llevó a las damas como suyas,
trayendo ¿in deleite envuelto en misterio.

Quién viera su rostro a través del velo de oscuras llamas.
Quién tocara su mano, fuerte y cálida.
Quién le perteneciera a ese hombre de fuego, tan sólo un
momento.

Tiempo demasiado corto para consumar el amor.
Él es una sombra de misterio.
Mi llameante amor.

–¡Más! ¡Más! –La histérica reunión de tripulantes sentados a la mesa de Fuego Negro exigía más versos. A medida que aumentaba el regocijo, Spock se sentía más incómodo, y se excusó, provocando otra ola de alborozo.
Desus, que disfrutaba de la broma, continuó su lectura haciendo largas pausas dramáticas y acentuando los pasajes más sensacionales. A pesar de que para Spock era una situación embarazosa, también él veía el lado humorístico de la situación, y más tarde aquella misma noche volvió a reunirse con sus traviesos camaradas.
Aquella fue una noche memorable en el complejo romulano de Corsario.


4

El sutil equilibrio de poderes que había en Corsario cambió bruscamente con los éxitos de Fuego Negro. De pronto, fueron Spock y Desus quienes se convirtieron en el centro de atención en lugar del engreído Astro. Desde el punto de vista de éste, la actitud de Spock para con las mujeres tuvo un efecto negativo, convirtiendo al vulcaniano en héroe y negando completamente el papel que el otro había jugado en el asunto.
Mientras se hallaba en uno de sus estados anímicos más engrandecedores de su propia persona, Astro alimentó su ira hasta convertirla en un coraje fanfarrón, y se enfrentó con Spock.
–¡Vulcaniano! –Sacó un cuchillo y amenazó con él a Spock.
–Guarde eso, Astro –le contestó Spock–. No quiero ninguna pelea con usted.
–¿Tienes miedo, vulcaniano? Mis hazañas son bien conocidas. Lo que ocurre es que no quieres arriesgarte a que te derrote... ¡cobarde!
–Astro –le advirtió Spock–. Soy perfectamente capaz de partirlo en dos. Es una imprudencia atacarme.
Pero Astro, que ya no tenía más remedio que mantener su imagen, se lanzó contra el vulcaniano con un movimiento repentino. La hoja rozó uno de los hombros de Spock, abrió un tajo en la tela negra y en la misma apareció una pequeña marcha verde. Spock echó un brazo hacia atrás y de un golpe veloz envió a Astro volando por el aire. Los ojos del humillado pirata se entrecerraron convirtiéndose en una línea de ira concentrada, y se levantó de inmediato.
–Aún no he terminado con usted, Spock. Su error fue no unirse a mí. Fue un error que lamentará.
El encolerizado Astro emprendió la acción destinada a librar a Corsario de Spock para siempre. Los espías que Astro tenía en el complejo romulano lo informaron de la siguiente correría que Fuego Negro tenía planeada y, rompiendo todos los juramentos, Astro informó secretamente a la Flota Estelar de los planes de Spock. Sólo les dio la información referente al curso que seguiría la nave Fuego Negro–Equus; dado que no tenía ninguna querella inmediata con Desus, Astro no traicionó al romulano.
Spock, que ignoraba la traición de Astro, se puso en camino para llevar a cabo su nueva correría. Al acercarse su nave a la presa designada para la ocasión, ésta fue fácilmente flanqueada por la nave estelar que estaba al acecho. Spock sabía que no había forma alguna de que el crucero pudiera vencer a la otra nave, más grande y maniobrable, y se rindió de inmediato para gran decepción de toda la tripulación pirata.
–Prepárense para ser abordados –anunció una voz conocida desde la nave estelar, mientras el capitán James T. Kirk y su grupo de abordaje subían a la plataforma del transportador. Detrás de su capucha, Spock escondió el alivio que sentía. « ¡La Enterprise! ¡Qué suerte!»
Con las pistolas fásicas preparadas para disparar, el equipo de seguridad que acompañaba a Chekov y Kirk se materializó a bordo. Ante ellos se erguía la delgada figura de fuego que se había convertido en el pirata más buscado por la Federación. Estaba envuelto en su ya famosa capa y tenía el rostro completamente oculto por la capucha.
Kirk se acercó al capitán Fuego Negro con la intención de bajarle la capucha y dejar su rostro al descubierto, pero uno de los tripulantes piratas blandió de pronto una pistola fásica que tenía escondida, programada para matar. Spock, al ver el peligro, aferró la mano del pirata y desvió el disparo hacia el techo.
Ocurrió todo de forma tan rápida y confusa, que Kirk no tuvo tiempo para evitar que los guardias de seguridad dispararan contra el capitán pirata. Kirk aferró a Fuego Negro por las piernas y le hizo perder el equilibrio y caer pesadamente sobre la cubierta. En la refriega, la capucha de Fuego Negro se deslizó de su cabeza y dejó su rostro a la vista de Kirk.
–¡Spock! –gritó Kirk con sorpresa.
–En efecto –respondió Spock–. Hay algo que yo...
Nunca acabó la frase. Interpretando los gestos de Fuego Negro como hostiles, un guardia de seguridad excesivamente celoso de su cometido disparó su pistola fásica. Spock se desplomó sobre la cubierta; pero antes de que Kirk pudiera llegar hasta el cuerpo laxo, el vulcaniano rieló y desapareció del sitio... ¡arrebatado por un transportador!
–Capitán –la voz de Leonidas sonaba insegura–. Una nave que se ha identificado como la Sackett, al mando del capitán Melchior, nos ha sorprendido, señor...
–¿Sorprendido...? ¡Explíquese!
–Bueno, capitán, la nave Sackett consta en nuestros registros como comandada por el capitán Melchior. Todo parecía coincidir...
–Continúe, señor Leonidas, estoy esperando –dijo Kirk con impaciencia.
–Bueno, capitán... era la... ¡Fuego Negro!
Kirk reajustó el volumen de su comunicador.
–No he comprendido bien eso, Leonidas. Repita su última transmisión.
–Señor, ¡era la Fuego Negro!
–¿Es que ha perdido el seso, Leonidas? En este momento estoy en el puente de la Fuego Negro.
–Ya lo sé, capitán. Pero eso es lo que ha indicado su última señal tras haber transferido al capitán pirata a bordo. Le permitimos aproximarse porque pensamos que era una nave de refuerzo enviada por la Flota Estelar. Tiene la conformación de una de nuestras naves, señor. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que pudiéramos ver su divisa, ¡adquirió de pronto velocidad hiperespacial y desapareció! Capitán, le juro que la nave era idéntica a esa en la que se encuentra usted ahora.. y, señor, cuando se alejaba recibimos otro mensaje...
–Transmítamelo, comandante.
En el canal de comunicación de Kirk se oyó la voz de Uhura.
–Capitán, en este momento estoy volviendo a escuchar el mensaje de la Fuego Negro. Es una voz masculina desconocida; lo único que dice es: «El fuego se ha apagado».


8
Romulus


1

La Fuego Negro–Talon se dirigió directamente hacia la zona neutral de Romulus con la Enterprise en su persecución. La nave más pequeña era más lenta, pero llevaba una ventaja sustancial al haber sorprendido a la nave de la Flota Estelar en el momento de huir. A pesar de ello, la nave pirata apenas alcanzó su destino, y la seguridad, mientras la Enterprise se veía obligada a detenerse.
Las órdenes de la Flota Estelar eran explícitamente claras: bajo ninguna circunstancia se permitía la intrusión en el área neutral. Spock estaba a salvo de momento, lo que a Kirk le causaba un cierto alivio; pero ese alivio lo contrarrestaba la grave preocupación por las circunstancias que habían llevado a su amigo y antiguo primer oficial a escapar de las instalaciones del correccional de la Flota Estelar, practicar la piratería y busca refugio en el imperio romulano.

Aturdido por el poderoso rayo de la pistola fásica, Spock despertó completamente desorientado. La voz de Desus atravesó la niebla provocada por el rayo fásico.
–Se encuentra a bordo de la Talon, Spock. Esta vez ha estado usted muy cerca. Apenas tuvimos la oportunidad de transferirlo aquí a tiempo.
–Capitán –lo llamó Relos–, nuestra escolta se acerca.
Aturdido, Spock se puso de pie y se mantuvo erguido recostándose contra la plataforma del transportador. Miró hacia la pantalla de visión exterior y vio a cuatro naves romulanas regulares que se acercaban a la Talon.
–Transmítales nuestro agradecimiento, comandante –le ordenó Desus a Relos–. Nos encaminaremos directamente a Romulus. Venga, Spock –dijo mientras le ofrecía un brazo a su mareado amigo–. Ese rayo fásico le dio con fuerza. Lo acompañaré a su camarote.
Dejó a Spock a solas para que se recobrara. Obviamente, Desus había contactado con su gente para informarles que llegarían en una nave estelar robada a la Flota Estelar. Spock no sabía cómo explicarse aquella escolta. La cabeza le latía y le resultaba difícil pensar. Cayó en un muy necesario sueño profundo.

Una llamada a la puerta del camarote despertó al vulcaniano.
–Adelante –dijo automáticamente.
Era Desus.
–¿Ya se ha recuperado? –le preguntó el romulano con preocupación.
–Sólo tengo un dolor de cabeza residual –respondió Spock–. Nada de importancia.
–Bien. Al principio pensé que tal vez había perdido a un amigo. He pensado que le gustaría saber que vamos de camino hacia Romulus.
–¿De veras? –preguntó Spock–. Pensaba que no éramos bienvenidos allí.
–¿Siendo, como somos, piratas? Pero los romulanos tienen nen una escala de valores diferente. Ya lo verá. Usted me ha demostrado su lealtad a mí, Spock, como amigo tanto como colega. ¿Qué le parecería servir esta vez al imperio romulano?
–¿Tengo alguna alternativa? –preguntó Spock con realismo.
–Desde luego. Pero hay tiempo. Estoy seguro de que tendrá muchas preguntas que hacer. Todas le serán respondidas cuando lleguemos. Hasta entonces, descanse. Pronto llegaremos a casa.


2

Cuando Desus y Spock salieron de la cámara del transportador, en Romulus fueron recibidos por un equipo de seguridad bien armado.
–¡Llévenselo! –ordenó el subcomandante al mando. Dos guardias aferraron a Spock.
–Espere –ordenó Desus–. Él viene conmigo... es un amigo. ¿Qué problema hay? He notificado su llegada al cuartel general.
–¿El comandante Spock de la U.S.S. Enterprise? –preguntó el jefe de seguridad romulano de forma mecánica, que ya sabía la respuesta.
–Correcto –confirmó el vulcaniano con dignidad y resignación.
Desus se llevó aparte al jefe de seguridad, nada complacido con la recepción dispensada.
–¡Explíquese!
–Con todos mis respetos, señor, le aconsejo que no interfiera. Será mejor para su carrera dentro del imperio el permitirnos llevar a cabo nuestro deber sin interferir. El comando central ha ordenado el arresto de este hombre.
Consciente del problema, Spock aconsejó a su amigo romulano.
–No ponga en peligro su futuro con su gente por mí, Desus. Yo conocía el riesgo que corría al permitirle que me trajera hasta aquí.
–¿Por qué no me dijo que era usted conocido del alto mando romulano?
–No tenía muchas alternativas por lo que respectaba a mi destino. Era más lógico esperar hasta ver la reacción romulana antes que anticipar problemas.
–Señor, sobre este vulcaniano pesa una orden de detención por el sabotaje de una nave imperial en un incidente de espionaje en el que se perdió nuestro sistema de cobertura. Está sentenciado a muerte.

Al día siguiente, Spock fue llevado ante el consejo de investigación. Observó, con una inquietante sensación de déjá vu, que la conducta de los tres oficiales romulanos de la junta se parecía tremendamente a la de sus homónimos de la Flota Estelar que formaban el consejo de guerra que lo había juzgado anteriormente.
–Comandante Spock –dijo el comandante en jefe imperial que se encontraba en el centro–. ¿Tiene algo que alegar en contra del testimonio que usted mismo presentó al juzgársele por el sabotaje y robo de un secreto militar romulano?
Un joven oficial encendió la terminal que tenía delante y Spock vio su propia imagen en la pantalla y escuchó su propia voz que llenaba la sala.
–Mi crimen es el de sabotaje. Admito libremente mi culpa...
El proceso fue interrumpido por Desus, que entró en la sala emocionado y nervioso, vestido con el uniforme de comandante supremo.
–Esta vista debe acabar –anunció–. Nuestra nave, la Halcón del Espacio, ha sido destruida. He movilizado a la flota y este hombre servirá en mi nave. Acepto toda la responsabilidad por su conducta; durante mi corta asociación con él, he llegado a confiar en este hombre como amigo. Sé que me servirá bien. Spock, ¿se unirá a mí? –le preguntó Desus al vulcaniano.
–Aceptaré la oferta que me ha hecho para servirlo a usted. Si comprueban sus registros, descubrirán que ya le he sido de ayuda al imperio romulano. Fui yo quien les informó de la amenaza tomariiana. Ese acto fue el responsable de que me sometieran posteriormente a consejo de guerra, y desencadenó las circunstancias que me han traído hasta aquí.
Tras una breve conferencia con los otros oficiales, el comandante en jefe Melek se volvió a mirar a Spock.
–Comandante Spock, explique más ampliamente las circunstancias en las que se envió ese mensaje.
–Mientras era prisionero de los tomariianos, le prometí a la comandante Julina de la flota romulana que si yo la sobrevivía pondría a su imperio sobre aviso respecto a la amenaza tomariiana. Dado que yo fui el superviviente, cumplí fielmente con la palabra que le había dado. Al hacerlo, fui acusado de traición. Me juzgaron y sentenciaron de acuerdo con ello.
–Comandante supremo –dijo Melek, haciéndole un saludo militar a Desus–, el prisionero es suyo.
–Será un honor para mí servir con el comandante supremo.
Spock estudiaba a Desus mientras hablaba. Sin duda, el romulano no había adquirido por nada su rango y autoridad.
Estaba claro que Desus, el bucanero, había estado operando en calidad de oficial romulano, y no como el agente independiente que parecía cuando fue detectado por la Flota Estelar.


3

Desus y Spock avanzaban por el jardín para relajarse durante las pocas horas que les quedaban antes de la partida. El sol acababa de ponerse, y arrojaba sombras verde metálicas sobre las colinas que flanqueaban la casa de Desus. Una densa vegetación cubría las laderas, algunas cubiertas de flores de color rojo profundo.
Aquello contrastaba tremendamente con el paisaje árido vulcaniano de la juventud de Spock; Romulus parecía muy lozano, muy fértil. Spock se preguntó hasta qué punto las diferencias existentes entre las dos razas estrechamente relacionadas eran resultado de un entorno diferente: los romulanos, emocionales, agresivos y de gustos opulentos; los vulcanianos, tan completamente controlados y espartanos.
Se sentía cómodo en el planeta Romulus, y Spock ya sentía afinidad con sus gentes, lo que dio lugar a un autoexamen incómodo. El saber que no tenía otra opción que la de llegar hasta aquel planeta y aceptar el nombramiento, no parecía aliviarlo de sus dudas. Se daba cuenta de que fácilmente podían confundirse sus lealtades; era un giro de acontecimientos que no había esperado, y de alguna forma no estaba preparado para enfrentarse con los conflictos que se debatían en su interior. Para aquella noche, Desus había organizado una fiesta de despedida que le proporcionaría la oportunidad de presentar a Spock, el nuevo miembro de su tripulación, ante los demás oficiales antes de partir hacia la misión que les aguardaba. El comandante supremo no sólo había invitado a su propia tripulación, sino también a otras personas cuyo conocimiento creía que beneficiaría a Spock, incluyendo a su hermana Clea. Desus le había hablado con frecuencia de su notable hermana, y Spock estaba deseando conocerla. Había llegado a Romulus apenas el día anterior, y volvería a partir con su nave inmediatamente después de las festividades.
Llegó el primer grupo de invitados y dio comienzo la fiesta de la velada. Los romulanos sabían divertirse; la música era animada, si bien de ritmo una pizca marcial; los invitados se mostraban entusiasmados con la perspectiva de la batalla que les aguardaba.
Clea llegó justo antes de que sirvieran la cena. Desus hizo una reverencia formal cuando se la presentó a Spock, quien respondió cortésmente a la presentación. Pero su atención fue principalmente atraída por la mujer que la acompañaba.
–Mi oficial al mando –indicó Clea ante la evidente curiosidad de Spock.
Un relámpago de reconocimiento seguido de un gélido distanciamiento pusieron de manifiesto el torbellino emocional que conmovió a la mujer al reconocer al nuevo oficial del comandante supremo.
–Comandante Spock –dijo ella con rigidez.
–Subcomandante –la corrigió él.
La tomó por un brazo, y sintió que se ponía rígida mientras la conducía a un rincón tranquilo.
–No estaba enterada de que hubieras decidido aceptar la oferta que te hice llegar para que te unieras a nosotros. Supongo que la pena de muerte te ha sido conmutada. He estado fuera de contacto, en una misión de exploración en un área remota.
Ella llevaba un vestido estampado con remolinos de color púrpura y rojo, que trajo a la memoria de Spock el traje blanco y negro que tenía puesto durante el último encuentro de ambos en la nave capitana de ella.
–¿Puedo llamarte por tu nombre? –inquirió formalmente el vulcaniano.
–Preferiría que te olvidaras de que existo –le replicó ella amargamente.
–Compartimos juntos un raro momento, a pesar de sus desafortunadas consecuencias debidas a los conflictos de nuestras lealtades en aquel momento.
–Tus actos me costaron el rango... y el mando. Haz el favor de dejarme en paz, ahora.
–Como tú lo desees.
Ella ya se alejaba de él. Spock se quedó en medio de las celebraciones, con una sensación de pérdida que no había esperado. Se reunió con los demás para la cena, con la esperanza de que la velada terminara pronto.


4

Las tareas de Spock no eran muy apasionantes. Dado que aún era sospechoso tras el juicio apresuradamente concluido en Romulus, se le excluyó de cualquier posibilidad de tomar decisiones o acceder a información que se considerara importante. Se le asignó la tarea mecánica básicamente necesaria para el mantenimiento del integrador de datos de a bordo de la nave bandera del comandante supremo, la Halcón de la Luna.
La nave era, en todos los sentidos, un vehículo hermoso y funcional. Junto con su nave gemela, la Halcón del Sol, eran las dos naves más avanzadas de la flota romulana. Esta oportunidad para estudiar el diseño de la nave fue aprovechada por Spock, que estudiaba concentradamente la información que obtenía de la computadora. Oficialmente le estaba prohibido el conocimiento de ciertos datos, pero sus conocimientos le permitían un acceso considerablemente mayor que el concedido.
Las pocas horas libres que tenía a bordo de la Halcón de la Luna las pasaba principalmente en solitario. Resultaba más que evidente que los compañeros de tripulación romulanos no confiaban plenamente en él, y Spock comprendía perfectamente la reticencia que manifestaban. Desus estaba atareado con sus labores de mando. Spock, a quien nunca le faltaban proyectos en los que ocupar su mente, encontró otros entretenimientos: los romulanos no sospechaban que los mensajes codificados que llegaban por el integrador de la Halcón de la Luna estaban siendo descifrados por el experto criptografólogo. El cauteloso vulcaniano no les había dado a conocer la totalidad de sus talentos, ni siquiera a Desus.

Como estaba bajo constante observación, Spock seguía la rutina de la nave sin cuestionarla. Si quería ganarse la confianza de sus compañeros de tripulación, debía cumplir con su deber automática y eficientemente. Un día, cuando regresaba a su camarote después de una de sus guardias, Spock fue detenido por uno de los oficiales de seguridad.
–Subcomandante Spock, debe presentarse en el camarote del comandante supremo Desus.
–Así lo haré –respondió Spock, y continuó andando camino de su habitación.
–Yo lo acompañaré, ahora mismo –insistió el oficial–.¡Es una orden!
–En ese caso la obedeceré –dijo Spock, siguiendo al guardia de cerca.
Cuando llegó al camarote de Desus, Spock fue conducido al interior y el guardia se apostó al lado exterior de la puerta.
–Siéntese, Spock –le dijo el romulano en tono agradable–. No hemos tenido ni un instante para hablar a solas desde que subimos a bordo.
–¿Ocurre algo malo? –preguntó Spock, haciendo un gesto hacia la puerta para referirse al guardia.
–Por supuesto que no; siempre estoy bajo guardia cuando me hallo a bordo de la nave. ¿No es ése el procedimiento de la Flota Estelar, también?
–No, señor. Un capitán de la Flota Estelar no necesita guardia alguna.
–Es una tontería. Nunca se sabe... –Cambió de tema y el tono de su voz se hizo más cordial–. Bueno, subcomandante Spock, amigo mío, ¿qué piensa del servicio en la flota romulana?
–Todavía no he tenido la oportunidad de servir realmente. Mientras continúe siendo sospechoso, mis tareas no serán más que algo rutinario.
–¿Preferiría tener más retos, Spock?
–Sí.
–En ese caso debe demostrar su lealtad para con nosotros. Yo confío en usted, pero los otros, bueno... Todavía falta un buen recorrido hasta llegar a nuestro destino; el lugar en el que la Halcón del Espacio fue destruida ha sido localizado en un área más bien remota. Entre tanto, tengo entendido que en los territorios de la Federación hay un juego interesante, ajedrez, creo que se llama. ¿Podría enseñarme a jugarlo?
–Me complacerá hacerlo. Es uno de mis entretenimientos preferidos. –Spock se puso a trazar un tablero sobre una superficie de dibujo–. Con su experiencia militar, comandante supremo, el ajedrez le resultará un reto absorbente. Las piezas mueven...
La lección acabó muy pronto; Desus había aprendido con rapidez y demostró ser un oponente digno de la destreza de Spock.
«¿Cuántas veces habré jugado al ajedrez con Kirk para matar el tiempo a bordo de la Enterprise?», recordó Spock con tristeza en el momento en el que acababan el segundo juego. Dos capitanes, dos amigos, que si se encontraban estaban destinados a destruirse mutuamente. Y Spock, que se hallaba desgarrado entre ellos, no conocía la paz.


9
Mi amigo, mi enemigo


1

No podría haber existido un viaje de misión más carente de acontecimientos ni más rutinario. La frontera que estaban patrullando a lo largo de la zona neutral romulana estaba tan tranquila como prometía el tratado. No se produjeron emergencias, ni se advirtieron actividades hostiles... ¡nada!
Uno habría pensado que Kirk estaría complacido con aquel respiro, pero necesitaba actividades vigorosas y retos, cualquier cosa para mantener su mente apartada de Spock. Su disposición de ánimo reflejaba el torbellino interior que lo agitaba, y la tripulación se vio sometida a una instrucción tras otra por el perfeccionista capitán. Nada le satisfacía.
–Capitán. –La voz de Uhura lo sobresaltó–. Está entrando un mensaje.
–Póngalo en la pantalla de visión exterior, teniente.
Miró hacia la pantalla, en la que apareció el severo rostro de un comodoro de la Flota Estelar.
–Kirk, debe usted dirigirse hacia la Base Estelar 12 para recoger un reemplazo. Hemos designado a otro ingeniero para que sustituya a Douglas, como ha solicitado usted.
–Bien –dijo Kirk con tono tenso–. Ya era hora de que el mando se tomara en serio una de mis peticiones. Kirk fuera.
»Al fin –dijo Kirk con un susurro–. Tal vez me envíen a alguien más alegre.

Mientras recorría el pasillo hasta la sala de transportes, Kirk se preguntaba quién sería el reemplazo. El taciturno Douglas había sido transferido a la base en cuanto había llegado a ella. «Cualquiera será mejor», pensó Kirk, impacientándose por el retraso.
–¿Qué está retrasándolo tanto?
–En este momento estoy recibiendo una señal, capitán –respondió dócilmente la jefa del transportador–. Parece que el nuevo ingeniero tiene demasiados equipos. Su mensaje dice que es demasiado delicado subir hasta aquí por rayo transportador. Se trasladará en una lanzadera.
–¿Qué puede ser tan delicado como para no poder transferirlo a bordo? –Kirk echaba humo–. ¡Lo único que necesito es otro ingenierucho! ¿Por qué yo? ¿Qué he hecho para merecer esto?
Kirk estaba demasiado preocupado como para mirar a su oficial; la jefa de transportes estaba muy divertida por la alteración del capitán, y hacía todo lo posible para no reírse. Kirk continuaba mascullando cuando cogió el turboascensor en dirección al muelle de lanzadoras.
–Muelle de lanzadora presurizado, capitán.
–Bien. Ya era hora –ladró Kirk, mientras traspasaba la puerta a grandes zancadas. Estaba dispuesto a abrirle los infiernos al nuevo ingeniero.
Pero fue un Kirk paralizado y sin habla el que se encaró con el ingeniero; finalmente recobró la voz.
–¡Scotty! ¿Qué está haciendo aquí?
Con una amplia sonrisa, Scott se encogió de hombros.
–Yo mismo no lo sé, capitán. Me presenté en la academia como me habían ordenado, y lo siguiente que supe fue que se habían retirado los cargos. Y aquí estoy, capitán. No quise tentar mi suerte haciendo demasiadas preguntas. Me alegro de estar de vuelta.
Kirk continuó interrogando al ingeniero mientras se dirigían hacia su camarote.
–¿No le dieron ninguna explicación?
–No, señor. Me dijeron que me presentara en la Base Estelar 12 para ser transferido a la Enterprise. Incluso me devolvieron los galones. –Se señaló la manga con orgullo–.¿Ocurre algo malo, capitán?
–Oh, no, Scotty –respondió Kirk tras una ligera vacilación–. Sólo estaba preguntándome...
Había algo que lo inquietaba. «Todo esto es muy raro», pensó.
–Estoy encantado de tenerlo de vuelta a bordo, señor Scott. Puede estar seguro de que lo hemos echado de menos. Por cierto, ¿qué es eso tan delicado que no podía subirse a bordo con el rayo del transportador?
–Es un pequeño motor prototipo, capitán. Lo construí utilizando el pequeño cristal que obtuve en Paxas. Espere a ver lo que es capaz de hacer. No quise confiarle la célula energética a los efectos del transportador.
–Estoy impaciente por verlo –dijo Kirk con entusiasmo–. ¿Se lo ha enseñado ya a alguien de la Flota Estelar?
–Oh, no, señor. Todavía no. Todavía está en fase de experimentación.
Una llamada del intercomunicador los interrumpió. La voz de Uhura, nerviosa, informó cuando Kirk respondió.
–Capitán, la Hood ha sido destruida. No hay supervivientes. Tenemos orden de dirigirnos directamente a la zona para investigar. Las coordenadas son...
–Martin, pase las coordenadas a la pantalla. Quiero ver hacia dónde nos dirigimos.
–Sí, señor. –El oficial científico accionó una palanca y la carta estelar apareció en la pantalla del camarote de Scott.
–Conozco ese sector –exclamó Kirk–. ¡Tomarii! La Flota Estelar ha estado retrasando la cuestión desde que Spock presentó la prueba tras la explosión. Ahora veremos cuál es su reacción.


2

La Halcón de la Luna se encaminó hacia el sector que debía investigar por la destrucción de la Halcón del Espacio. El nuevo subcomandante vulcaniano estaba demostrando ser un oficial competente. Consideraba que ciertos aspectos de la vida a bordo de la nave romulana no eran diferentes de los de la Enterprise. Existía una mayor formalidad, una mayor conciencia de los rangos –menos interacción entre subordinados y superiores–, lo cual era de esperar en una sociedad más militarista. A diferencia de la Enterprise, la Halcón de la Luna era una nave de guerra y no se pretendía que tuviese otra función.
La atención de Spock se centraba principalmente en los mensajes codificados que estaba descifrando sin que nadie lo supiese. Estaba comenzando a encajar las piezas de un complot romulano destinado a capturar una nave de la Federación, pero aún no estaba en condiciones de determinar el blanco ni el elemento tiempo.

La rutina de la Halcón de la Luna fue interrumpida por un mensaje urgente que cortó todas las otras comunicaciones, incluyendo los mensajes codificados.
–Aquí la Halcón del Sol. Estamos siendo objetos de un ataque. No podemos identificar al enemigo. Por favor, contesten; transmitimos todas las coordenadas. Repito, aquí la Halcón del Sol... –La transmisión se interrumpió repentinamente.
Desus estaba ceñudo cuando se reunió con sus oficiales tras alterar el curso de la Halcón de la Luna en dirección a las últimas coordenadas de la Halcón del Sol. Se mostraba muy metódico, pero todos se dieron cuenta de que lo agitaba un torbellino interno.
–Todos han oído el mensaje. Tengo que suponer que hemos perdido a nuestra nave gemela, la Halcón del Sol. Es la tercera nave que hemos perdido en ese sector. El integrador informa de otra nave romulana, aparte de la Halcón del Sol, que se haya aventurado en esa zona: tanto ella como toda su tripulación desaparecieron. –Hizo una pausa y se aclaró la garganta antes de continuar con voz profunda.
–Sabemos muy poco de esa región, excepto que una sola persona ha estado en la región inmediata a la misma y ha sobrevivido.
Miró directamente a Spock y lo estudió para ver sus reacciones.
–Subcomandante Spock, fue usted quien advirtió al imperio de la amenaza tomariiana. Es precisamente en ese área donde ha desaparecido la Halcón del Sol.
Los recuerdos de Tomarii eran todavía vivos y dolorosos; Spock guardó silencio.
–Subcomandante Spock –repitió Desus–. Estoy esperando su informe.
No había forma de zafarse de aquella orden.
–Si la Halcón del Sol desapareció en ese sector, sería logico suponer que los tomariianos son los responsables. –Spock vaciló.
–Sí –lo instó Desus–. Continúe...
–Por supuesto, usted comprende que sin disponer de la totalidad de los hechos mi afirmación no es más que una conjetura. No podré estar seguro mientras no dispongamos de más datos.
–Cuéntenos más cosas de los tomariianos, Spock. El mensaje que envió desde la Enterprise sólo daba las coordenadas y la fuente del peligro, y nada más.
–En aquellas circunstancias, era la única información que tenía tiempo de transmitir. Los tomariianos son irrazonables. No puedo explicar el proceso responsable de su errático desarrollo. Sólo puedo describir lo que he visto y las conclusiones que he sacado de esas observaciones.
–Prosiga –lo instó Desus.
–Tomarii está emplazado en un sistema de dos soles. Si los piratas de Corsario hubieran sido exploradores y se hubieran aventurado al otro lado del sol rojo del planeta, creo que detrás de la gigante roja habrían encontrado un duplicado del pequeño sol caliente de Tomari.
Desus reaccionó como si lo abofetearan, pero no dijo nada. El hecho de que él no hubiera averiguado aquello por sí mismo lo afligía.
–El sol rojo de Tomarii está enfriándose, y el otro, el sol más pequeño, está tan cerca que convierte en inhabitable la zona del planeta que mira hacia él. Si el planeta, por alguna circunstancia inexplicable, sobrevivió a la nova que formó la gigante roja y el sol más pequeño, resulta obvio que los habitantes del mismo se vieron tremendamente afectados. El cataclismo debería haber destruido toda la vida inteligente del planeta, como tiene que haber ocurrido en el caso de Corsario. Las especies que sobrevivieron milagrosamente tienen que haber sido extremadamente resistentes y adaptables.
»Mi conclusión es que los tomariianos se adaptaron mediante el desarrollo de nuevas características físicas. Creo que en sus procesos mentales también tienen que haberse producido cambios drásticos. Como todos sabemos, el proceso selectivo natural tarda muchas generaciones en producirse. Sin embargo, esas criaturas poseen un ciclo reproductor muy rápido y prolífico, y esa capacidad de reproducirse de una forma tan eficiente ha acelerado el proceso de adaptación.
»En Tomarii tiene que haber existido un desarrollo tecnológico bastante avanzado en el momento en el que el sol se convirtió en gigante roja, una parte del cual fue conservado. Por ejemplo, retuvieron el conocimiento del vuelo espacial en sus primeras etapas de desarrollo, pero que los capacitaba para salir del planeta. A medida que sus dominios se ampliaron, ellos se apoderaron de los avances tecnológicos de otros.
»Sus instintos de supervivencia combinados con su tenacidad les confirieron las características que he observado. Es esa misma determinación la que mantiene la sede del gobierno en Tomarii. Viven en unas condiciones que son insostenibles y están contribuyendo a su comportamiento hostil.
»El mismo ciclo que los ha capacitado para sobrevivir, los ha forzado a una agresividad aparentemente suicida. Existen otros ejemplos de ese tipo de conducta, como el de los manuiles de Rigel Uno, que se vuelven agresivos y por tanto asesinos, y se matan entre sí cuando la población aumenta en exceso.
Los oficiales romulanos escuchaban al vulcaniano sin hacer comentario alguno, reservándose sus juicios hasta que hubiera completado su informe.
–Mientras estuve prisionero en Tomarii, descubrí que su proceso de razonamiento es el inverso del nuestro. Si encuentran un oponente digno que pueda reducir su población a la vez que proporcionarles diversión, no vacilarán en provocar una guerra. Dado que la supervivencia individual carece de importancia para ellos, son unos enemigos implacables.
–¿Y cuál es su solución, Spock? –preguntó Desus.
–En este momento no veo ninguna solución simple para el problema. Cuentan con los recursos de muchos planetas y una población que, aunque prescindible para ellos, sobrepasa a cualquier otra especie que haya visto en los muchos años que llevo sirviendo en el espacio.
El comandante supremo se frotaba el mentón con una mano mientras escuchaba a Spock.
–¿No ha conseguido trazar un plan... ni siquiera para la Federación?
Spock le respondió alzando una ceja.
–Vamos, subcomandante Spock. –Desus hizo hincapié en el rango–. No pretenderá que creamos que no ha pensado en una solución para ese problema.
–Yo no he dicho que no haya considerado una posible solución, señor, sino que no tenía una solución viable hasta el momento. Estaba herido entonces. No me hallaba en la cúspide de la eficacia de mis funciones físicas ni mentales. Cuando hube descubierto lo suficiente, se me sometió a consejo de guerra y se me encarceló; escapé, me marché con usted a Corsario, y luego fui llevado a Romulus. No he tenido el tiempo suficiente como para dedicarme a resolver ningún problema.
–Comprendo –reconoció Desus–. Le encomiendo ahora la tarea de trabajar con los demás oficiales a bordo de la Halcón de la Luna en una estrategia de ataque que nos asegure el éxito.
–Señor –dijo respetuosamente Spock–, hay muchos peligros en el espacio. La Halcón del Sol podría haber sido destruida por una causa diferente, desconocida hasta el momento.
–¿Cuáles son las probabilidades de que sea ése el caso, Spock?
–Cinco coma tres por ciento.
El romulano no estaba acostumbrado a recibir unas respuestas tan precisas como aquélla. Estudió con cuidado a su sorprendente amigo, pensó en sus rasgos más interesantes, y luego salió de la sala de reuniones sin más comentarios.
Spock lo siguió al exterior.
–Desus, hay algo más que lo inquieta. ¿Puedo serle de alguna ayuda?
–Encuentre una forma de destruir Tomarii, Spock. Ese es el mejor servicio que puede prestarme. Mi hermana Clea estaba a bordo de la Halcón del Sol. –Se volvió de espaldas a Spock para ocultar el profundo sentimiento de pérdida.
¿Cuántas veces Jim Kirk había hecho lo mismo para intentar enmascarar unas emociones que creía que harían sentir incómodo a Spock? El paralelo lo impresionó con mucha fuerza. Tampoco había sido capaz de ayudar a Jim; no con la frecuencia suficiente. Sin saber cómo ayudar a su amigo, y escondiendo el conflicto interno que se agitaba en él, Spock concentró su atención en el problema más inmediato: Tomarii.


3

–Capitán, mis sensores detectan una nave extraña. Está demasiado lejos como para poder identificarla. Ahora aparece en la pantalla... no reconozco su forma. Es grande... ¡más grande que la Enterprise!
–¿Más grande que la Enterprise? –repitió Kirk–. Los tomariianos no tenían nada tan grande. Mantenga esa nave en la línea de sus sensores. Sulu, manténganos fuera del alcance de los rayos fásicos.
–Sí, señor –respondió el timonel sin apartar los ojos de la pantalla de visión exterior ni del objeto que iba agrandándose en las profundidades de la imagen.
–¡Bueno, fíjese en eso! –exclamó Scott con sorpresa–.¡Esas divisas son un poquitín familiares!
–Ciertamente lo son, señor Scott –concedió el capitán–. ¡Romulanos! ¡Con su característico diseño de ala de pájaro!
–Y fíjese en su diseño, capitán. Eso no es ninguna copia de los diseños klingon. Es completamente diferente. ¡Y mire esas líneas! ¡Es hermosa!
–Esto, desde luego, cambia las cosas –observó Kirk–.Haga sonar la alerta roja, Chekov. Puede que, después de todo, no sean los tomariianos a quienes estamos buscando.
Sonaron las sirenas de alerta roja, y de inmediato llegó hasta Kirk un diluvio de información.
–Escudos levantados, señor –informó Sulu.
–Las arrmas están prreparradas para la fatalia, kepitán –anunció Chekov.
–Todas las secciones nos comunican que están preparadas –resonó la voz de Uhura.
–Los motores funcionan, capitán –dijo Scott.
–Los romulanos han levantado sus escudos, señor. ¡Nos han visto! –informó Martin con emoción.
–Veamos qué es lo que quieren –dijo Kirk con tranquilidad–. Abra un canal, teniente. Veamos si están dispuestos a hablar.
La Enterprise se estremeció con una explosión que detonó cerca del casco.
–Le han dado al escudo número cuatro, señor. Sección de máquinas. El escudo se mantiene, pero está debilitado. ¡Ese rayo fásico nos ha alcanzado desde una distancia enorme! Tienen que haber mejorado el alcance de su armamento. –Martin estaba inclinado sobre sus instrumentos, y le transmitía la información a Kirk cuando la interceptaba.
–Kepitán, los caniones fásicos están carrgados y preeparrados.
–No, Chekov. Todavía no. Uhura, deje libre un canal para mí. Quiero saber por qué están atacándonos. Si tienen armas superiores a las nuestras, muy bien podrían haber destruido a la Hood, y nosotros no tendremos ni una posibilidad contra ellos.
–Canal abierto, señor. No acusan recibo.
–Aquí el capitán James T. Kirk de la U.S.S. Enterprise.
–Capitán, es obvio que son ellos quienes destruyeron a la Hood –intervino Leonidas–. ¡Deberíamos atacar!
–Soy yo quien da las órdenes aquí, Leonidas. Quiero asegurarme de que fueron ellos y nadie más que ellos, antes de comenzar algo que podríamos no ser capaces de terminar.

–¡Desus! –Exclamó Spock al entrar en el puente de la Halcón de la Luna–. ¡Detenga ese ataque! No puede haber sido la Enterprise. La Halcón del Sol no fue atacada por una nave de la Federación.
–Salga del puente, Spock. Sus afiliaciones con la Federación son aún demasiado recientes. ¡Yo me encargaré de que se haga justicia!
–Desus, escúcheme. No es lógico suponer que la Enterprise fue el instrumento de la muerte de Clea. Éste no es un sector por el que habitualmente se mueva la Flota Estelar. Tiene que existir un propósito específico para que la Enterprise se halle aquí... en este momento.
–¿Es porque no quiere ver muerto al capitán Kirk, Spock?
Las palabras de Desus le escocieron.
–Sí –respondió honradamente Spock–. Pero, además, yo lo conozco bien. Él no atacaría sin una provocación. Puede ver que se ha contenido y no le ha respondido al fuego en este momento. Déle una oportunidad de explicar la presencia de la Enterprise en este sector antes de disparar.
Desus miró, más allá del subcomandante vulcaniano, a su jefe de artillería.
–Tenga preparadas las armas de fusión. Será una oportunidad excelente de poner a prueba su capacidad real.
Spock permaneció de pie, impotente, con pleno conocimiento de que la nueva arma era más poderosa que cualquiera de las que tenía la Enterprise.
–Desus, escuche a la razón –le imploró–. Yo conozco bien a Kirk, mejor que a cualquier hombre que haya conocido. Yo soy... fui... su primer oficial... y amigo. Escuche lo que tenga que decirle.
La voz del vulcaniano era tranquila pero insistente.
–Deje entrar la transmisión de la Enterprise –ordenó Desus de mala gana–. Escucharemos lo que tenga que decirnos el antiguo capitán del subcomandante Spock.
Spock se puso rígido anticipándose al sonido de la voz de Jim Kirk. Conocía muy bien la facilidad que Kirk tenía para librarse de las situaciones apuradas mediante el diálogo. «Ahora depende de usted, Jim. Yo ya he hecho todo lo que podía», dijo Spock en silencio.
El rostro de Kirk apareció en la pantalla.
–Aquí el capitán James T. Kirk, de la U.S.S. Enterprise. No tenemos ninguna intención hostil.
Spock observaba las reacciones de Desus; sabía que el romulano no creía en las palabras de Kirk. En cuestión de minutos el armamento de fusión sería disparado. La Enterprise sería destruida, completamente destruida. Tenía que actuar en ese momento, antes de que fuera demasiado tarde.
–Desus, permítame hablar a mí –interrumpió osadamente Spock.
–¿Con qué propósito, subcomandante Spock?
–Yo conozco al capitán Kirk. Estará dispuesto a hablar conmigo. Déjeme salvar las diferencias. La hostilidad abierta podría precipitar una guerra con la Federación. No nos interesa ser los responsables de haber iniciado una conflagración.
El comandante supremo se recostó en su asiento, mientras consideraba lo que el vulcaniano le pedía.
–No, no queremos una guerra. ¡Todavía no!
«¡Todavía no! Así que las transmisiones que he estado descifrando son de vital importancia. La guerra es inminente. El imperio romulano planea romper el tratado. Pero ¿cuándo?», se preguntó Spock.
–Yo hablaré primero. –Los ojos de Desus se entrecerraron mientras continuaba hablando–. Se le dará una oportunidad para hablar con Kirk. Recuérdelo, aún está bajo observación. Escoja cuidadosamente sus palabras, Spock.
–Sí, señor. No lo decepcionaré. Cumpliré con mi deber.

–Capitán Kirk. –La imagen de Desus apareció en la pantalla de visión exterior–. Soy el comandante supremo Desus y hablo en nombre del imperio romulano. Fueron atacados por la Halcón de la Luna como resultado del ataque de que ustedes hicieron objeto a nuestra nave capitana, la Halcón del Sol, que desapareció en este sector.
–Comandante supremo Desus, le aseguro que nosotros no hemos tenido nada que ver con la desaparición de su nave. También nosotros estamos investigando un ataque del que fue objeto una de nuestras naves.
–Parece una coincidencia demasiado grande, capitán Kirk, que la Enterprise tenga que estar presente cuando nosotros tenemos problemas en el sector.
–Lo mismo podría decirse de la presencia de ustedes aquí, comandante. Si me permite recordárselo, señor, esta es un área que no está ni bajo la jurisdicción del imperio romulano ni bajo la de la Federación. Es una zona de espacio libre y cualquier nave puede atravesarla. Nuestra presencia no implica automáticamente hostilidad.
Kirk vio que el romulano volvía su atención hacia algún punto que estaba fuera de la pantalla. Luego, de pronto, tanto la voz como la imagen se interrumpieron.
–¿Continúan los escudos levantados? –preguntó con aprensión.
–Sí, capitán. El número cuatro sigue débil pero se mantiene.
–Bien, podríamos necesitarlos. Me parece que no estoy consiguiendo comunicarme bien con ellos.
La pantalla volvió a la vida y la conocida imagen y resonante voz de Spock dejaron pasmada a la tripulación del puente.
–Capitán Kirk, aquí el subcomandante Spock. El comandante supremo Desus me ha dado permiso para hablar con usted. Por favor, responda.
Kirk miraba fijamente la pantalla, intentando reconciliar la imagen de un oficial romulano con la de ¿¡Spock!?
–¡No puedo creer lo que estoy viendo!
–De todas formas, capitán, estoy aquí, y en este momento represento a los intereses del imperio romulano. Aparentemente, tanto la flota romulana como la Flota Estelar han perdido recientemente naves en este sector...
Scott y McCoy estaban de pie junto a Kirk, y miraban fijamente la pantalla con la boca abierta de la impresión. Sulu y Chekov murmuraban entre sí sus impresiones sobre la imagen que tenían delante. Uhura se levantó de su terminal y se detuvo junto al capitán. Todos contemplaban al vulcaniano y escuchaban aquella voz conocida, intentando asimilar la imagen de Spock vestido con un uniforme romulano... y representando a los romulanos.
La profunda voz del vulcaniano continuó.
–Lo que los atrajo a ustedes hasta aquí es responsable también de nuestra presencia en este lugar. La situación me resulta bastante familiar. Son prácticamente las mismas circunstancias que nos condujeron a Scott y a mí hasta Pesquisa y consecuentemente a Tomarii.
»Creo que tengo un plan que acabará de forma eficaz con las correrías tomariianas. Harán falta nuestras dos naves para llevarlo a cabo con éxito.
Desus miró a Spock con sorpresa. El vulcaniano no había hablado de un posible plan ni con él ni con ninguno de sus oficiales. Aquello no le gustaba.
–Tracé un plan cuando me di cuenta de que la Enterprise estaba también en el sector. No he tenido tiempo de discutirlo con mis superiores. También ellos van a oírlo por primera vez.
–Continúe, Spock –replicó Kirk con voz tensa y apremiante.
–Tenemos que establecer una relación de trabajo, capitán Kirk. Tenemos que confiar los unos en los otros si queremos funcionar como un equipo.
–Primero oigamos el plan, Spock.
Spock podía ver la actitud formal de Kirk, su espalda tensa. Luego miró a Desus, que no tenía un aspecto más confiado que Kirk.
–¿Puedo continuar, comandante supremo? –Hizo hincapié en la siguiente frase, se llevó la mano al pecho y luego extendió el brazo para hacer el saludo militar romulano–.¡Es a usted a quien sirvo!
Kirk reaccionó con un respingo ante aquel despliegue de lealtad por parte de Spock hacia el comandante romulano.
Tanto McCoy como Scott luchaban para ocultar su consternación. El médico sabía que aquello era muchísimo más duro para Kirk, pero, aparte de apretar los labios, el capitán no exhibió más señales de lo que sentía.
«¡Te mereces una medalla, Jim, muchacho! », pensó McCoy.
Desus mostró reconocimiento por el homenaje de Spock.
–Consideraré su propuesta, subcomandante. ¡Hable! –Luego, en un tono de voz más bajo que no pudo oírse en la transmisión a la Enterprise, agregó–: Será mejor que resulte convincente, Spock. Su conducta es sospechosa.
Spock percibió perfectamente el movimiento de los guardias que se colocaron detrás de él mientras hablaba.
–Muy bien, entonces –continuó Spock.
Su voz, confiada y tranquila como de costumbre, le dio a Kirk la impresión de ser la voz correcta proveniente del lugar equivocado. Se recostó en el respaldo de su asiento de mando mientras intentaba reconciliar la imagen de la pantalla con el Spock que conocía.
–De acuerdo, subcomandante Spock, lo escucho –declaró Kirk.
Los que estaban en el puente con Kirk guardaban silencio. Los sonidos de la nave y la voz que les llegaba a través del canal de comunicaciones se veían intensificados por la insólita quietud. Todos podían ver la figura de Spock, con las manos cogidas a la espalda, en posición de firmes y a bordo de la nave capitana romulana, la magnífica Halcón de la Luna.
–En mi evaluación del sistema tomariiano, he llegado a algunas conclusiones que, si bien no están demostradas, parecen ser la lógica extrapolación de la información de que dispongo. He informado a los oficiales de la Halcón de la Luna acerca de mis observaciones, y la información ha quedado grabada en nuestro integrador. Si me permitieran establecer una conexión entre la computadora de la nave y nuestro integrador, les transmitiré la totalidad de esos datos.
»Creo que podemos acabar con la amenaza tomariiana, posiblemente de forma permanente. Capitán Kirk, usted consiguió hacer que la Enterprise atravesara el pasaje entre los dos soles, y está familiarizado con ese corredor que protege a Tomarii de los intrusos. Ese pasaje es clave para realizar mis planes.
–Sí, ya veo –Kirk captó instantáneamente los planes de Spock–. Ya veo adónde quiere ir a parar. Si bloqueamos ese pasillo podremos impedir que los tomariianos salgan o regresen al planeta. Usted propone un bloqueo...
–Precisamente, capitán. Podemos convertir los principales medios de su defensa en los principales medios de su derrota. Cuando hayamos incomunicado al planeta con la mayor parte de su población, creo que podremos imponerle moderación al agresivo comportamiento de esas gentes. Se lo repito, con el fin de poner en práctica el plan, debemos ser capaces de trabajar juntos. Mi acuerdo con la comandante Julina se basó en una alianza de esa índole. Resultó eficaz durante el período en el que estuvimos prisioneros en Tomarii. Usted ha estado en el planeta, capitán Kirk, y conoce a la Begum Ilsa... –Spock hizo una pausa debida a su reticencia a entrar en detalles sobre los duros momentos pasados en el planeta.
Kirk lo comprendió. Habló antes de que Spock se viera obligado a continuar.
–Creo que tiene usted el embrión de una muy buena idea, subcomandante Spock. –El rango romulano de Spock sonaba horriblemente incorrecto–. Si el comandante supremo Desus desea discutir el plan más a fondo, yo estoy dispuesto a ello. Serán bienvenidos si se transfieren a bordo de la Enterprise con ese propósito.
Desus observó el intercambio particular entre Kirk y Spock con gran interés. El entendimiento especial que existía entre los dos hombres resultaba obvio. Muchas de las palabras de Spock parecían superfluas al percibir Kirk el sentido general y adelantarse a los planes del vulcaniano.
–Capitán. –Spock no había cambiado su postura rígida; su voz era tensa–. Tanto el comandante supremo Desus como yo somos fugitivos de una institución correccional de la Federación. ¿Se nos dará el salvoconducto?
–Sí –respondió Kirk en voz demasiado alta. Tras forzarse a controlarla, continuó–: Mientras dure esta emergencia.
–Tenemos que disponer de algún tiempo para comentar su invitación, capitán. Nos pondremos en contacto con usted cuando hayamos decidido cuál es la mejor línea de actuación. ¡Comandante supremo Desus, fuera!
La pantalla se ennegreció. El puente continuó en un silencio excesivo. Todos los ojos estaban sobre el capitán Kirk. Se volvió para mirar los rostros silenciosos que lo observaban fijamente.
–¿No tiene ninguno de ustedes nada que hacer? –preguntó con tono crispado.
Todos volvieron precipitadamente a sus tareas, pero aún quedaban muchas cosas que suavizar en el puente de la Enterprise.


4

Spock tuvo poco éxito en su intento de convencer a los romulanos de que no se produciría traición alguna por parte de la Federación. El comandante supremo Desus y sus oficiales fueron transferidos a bordo de la Enterprise con una escolta armada. Desus, a pesar de que quería confiar en Spock, se hallaba en una posición embarazosa; no podía correr ningún riesgo, independientemente de lo estrecha que se hubiera hecho su amistad con el vulcaniano. El armamento de la Halcón de la Luna estaba preparado para destruir la nave de la Flota estelar, aun a costa del sacrificio de las vidas de los propios romulanos que se hallaban a bordo de la misma.
Cuando llegaron a bordo, las pistolas fásicas estaban demasiado a la vista en las manos del equipo de seguridad de la Enterprise. No era la mejor de las circunstancias en la que comenzar a forjar una alianza.
Por orden de Kirk, McCoy se había apostado en la puerta de la sala de juntas, en espera de que llegara la delegación romulana. Su escáner de diagnóstico zumbó cuando lo dirigió hacia Spock al entrar el vulcaniano en la sala. Spock captó perfectamente el sondeo médico del doctor, y se volvió para mirarlo levantando una ceja de divertido reconocimiento. Ocupó su sitio junto a Desus.
El escáner médico mostró que Spock estaba completamente sano y en sus cabales. «Demasiado como para darle una excusa de salud a su comportamiento», pensó tristemente McCoy. Sacudió la cabeza negativamente para darle a entender los resultados a Kirk.
Las similitudes físicas existentes entre Spock y Desus resultaron obvias y sorprendentes cuando se sentaron el uno junto al otro, y Kirk tuvo la oportunidad de compararlos. «Podrían ser hermanos –reconoció Kirk–. Quizá por eso se unió Spock a ellos. Sin duda tiene que sentirse más cómodo entre esos hombres.»
Aquel era el momento que Kirk había temido, el momento en que él y Spock se encontrarían, cara a cara, en representación de potencias opuestas. Ocultó su incomodidad con la acción.
–Caballeros, será mejor que saquemos las armas de esta sala. No podemos hablar de cooperación entre nosotros mientras nos miramos por encima de pistolas fásicas cargadas.
Les hizo un gesto a los miembros de seguridad, la puerta se abrió y ellos salieron.
Desus siguió el ejemplo de Kirk. Los dos romulanos armados también se apostaron en el exterior de la sala de juntas.
–Gracias, caballeros –dijo Kirk–. Ahora, les presentaré a mis oficiales. Mi primer oficial –hizo una pausa, le lanzó una mirada furtiva a Spock y prosiguió–, el teniente comandante Leonidas; mi oficial de artillería, el teniente Chekov; y mi oficial jefe médico, el doctor Leonard McCoy.
–Comandante Relos, mi segundo al mando. –Desus indicó con un gesto al hombre que tenía a la izquierda; luego, mirando hacia la derecha, presentó a su otro oficial–. Subcomandante Spock.
Siguió un incómodo silencio.
Spock lo rompió, comenzando a esbozar el plan. Estaba sentado, con las puntas de los dedos unidas delante de sí, como había hecho tantas veces antes en aquella misma sala. Estaba tranquilo y confiado; su voz estaba bien modulada, completamente bajo control.
–Con el permiso del capitán Kirk, he transferido a la computadora de la Enterprise la información que vamos a necesitar. Si tiene la amabilidad de encender la pantalla, podremos comenzar a planificar la estrategia.
Todos miraron la pantalla que había sobre la mesa, y en la cual apareció una carta estelar del sector. Spock ajustó los mandos visuales de la pantalla, en la que apareció una sección más detallada. Martin, resentido por la intrusión del vulcaniano, lo miraba con expresión ceñuda.
–Si se fijan, verán que hemos marcado con total claridad dad el pasaje tomariiano. Su trayectoria de escape los pone en la posición A o B, dependiendo de cuál de los extremos del corredor deseen atravesar. A causa de los campos magnéticos que operan dentro del pasaje, deben tomar una ruta exacta que los coloque en esas posiciones precisas. Si la Enterprise se apuesta en el punto A y la Halcón de la Luna en la B, habremos bloqueado su salida.
–¿Qué propone usted que se haga con las naves que regresan al planeta o salen de él? –preguntó Kirk.
–Destruirlas, por supuesto –dijo Desus sin vacilar.
–Nuestra meta es detener a los tomariianos, obligarlos a capitular, no destruirlos –dijo Kirk con firmeza.
–Su meta, capitán, no la nuestra –dijo Desus con tono enfático.
–Nuestra meta mutua es acabar con las agresiones tomariianas –agregó Spock, que intentaba salvar la situación–. Lo que decidamos tendrá que contar con el acuerdo de ambos. Nuestra alianza nos hará más fuertes. Nuestras hostilidades no harán más que aumentar nuestras debilidades y hacernos aún más vulnerables a la amenaza tomariiana.
McCoy observaba atentamente a Spock mientras éste hablaba. Cualquier otro hombre, de hallarse en la misma posición, habría dado alguna muestra de tensión, pero Spock, no. «¡Maldición, Spock! ¡Muestre alguna reacción. ¿Es que no se da cuenta de que Jim está destrozado?» El médico miró a Kirk, cuya calma exterior ocultaba tensiones imperceptibles para cualquier otro, excepto McCoy... y Spock.
El capitán mantenía intencionadamente los ojos apartados del vulcaniano, y miraba a Desus, que estaba directamente delante de él. Sólo alguna mirada furtiva ocasional que le dirigía a Spock ponía de manifiesto el torbellino que lo torturaba.
«¿Es que Spock no ve el dolor que siente? ¿O es tan insensible que no le importa?», pensaba McCoy, furioso.
–Creo que podemos obligar a los tomariianos al cese de las hostilidades si inhibimos su capacidad de traer las provisiones para cubrir las necesidades básicas de Tomarii, y si privamos a su gobierno de la posibilidad de controlar a las gentes de fuera del planeta –continuó Spock.
–No –lo interrumpió Desus–. Una posición negociadora no beneficiaría al imperio. El enemigo siempre debe ser destruido.
Spock adoptó una postura peligrosa a sabiendas de que ésta amenazaba su credibilidad.
–Comandante supremo Desus, los motivos personales no estimulan las decisiones racionales. Usted ha sufrido una pérdida. Eso ha embotado sus capacidades analíticas. Permita que sea el comandante Relos quien hable en nombre de Romulus. El no está implicado a nivel personal.
Relos, que no había confiado en Spock, veía ahora al vulcaniano bajo una nueva luz. Le hizo un saludo militar a Desus antes de hablar.
–Comandante supremo, señor, aceptaré complacido esa responsabilidad. Todos estamos enterados de su pérdida y comprendemos su dolor.
Desus estaba preocupado. Si insistía en imponer sus opiniones, parecería que estaba guiándose por intereses personales. Spock lo había puesto en una situación insostenible. Se recostó en la silla mientras reflexionaba sobre cómo le ajustaría las cuentas al vulcaniano... más tarde.
Una vez planeada la táctica conjunta, los romulanos regresaron a su nave. Kirk permaneció a solas en la sala de juntas. « ¡Qué violento tiene que ser esto para Spock –meditó–. Es evidente que no confían en él. ¿Cuáles son sus motivos? Ahora no hay posibilidad alguna de que regrese a la Enterprise. Se ha aliado con ellos y tendrá que vivir con esa decisión. Para él tiene que ser difícil. ¿Es mejor eso que el encarcelamiento? ¿O se trata de un encarcelamiento de otra clase?»
« Spock, ¿por qué?»
No había ninguna respuesta, sino tan sólo más preguntas. Y allí había estado Spock en aquella sala de juntas, como lo había hecho tantas veces en el pasado, contribuyendo con sus habilidades a los preparativos de otra misión.
Pero no se parecía en nada a lo que Kirk hubiese deseado.


5

La Enterprise estaba en posición; Kirk transmitió sus coordenadas a la Halcón de la Luna, y le respondieron con la confirmación de la posición romulana. La trampa estaba preparada para funcionar.
La primera nave tomariiana que se acercó a la salida del pasaje ignoraba por completo la presencia de la nave que le bloqueaba la salida. La pequeña nave de transporte no estaba a la altura de la Enterprise. Un disparo de advertencia fue lo único que hizo falta para hacerla retroceder hacia el interior del corredor.
La Halcón de la Luna se encontró con una nave tomariiana que regresaba al planeta y, con tanta eficacia como la Enterprise, la envió de vuelta a espacio sin necesidad de lucha. Las cosas funcionaban como Spock había predicho: los medios de defensa tomariianos estaban ahora transformándose en los medios de su derrota. Kirk envió un mensaje a la Flota Estelar para informar de su posición y táctica. El mensaje tardaría un tiempo considerable en llegar a la Flota Estelar, pero era el procedimiento ordinario y él lo siguió. Sin embargo, no mencionó a Spock.
Las comunicaciones entre las naves romulana y de la Flota Estelar se mantenían constantemente abiertas para facilitar la respuesta inmediata. En los intervalos entre acción y acción, Kirk podía oír la voz de Spock que le llegaba desde la nave romulana.
«Su sitio está aquí, a mi lado... en la Enterprise.» Un pensamiento lo acosaba, repitiéndosele incesantemente: «Spock, ¿por qué? ».

Era la estación más fría de Tomarii, la época en la que la mayoría de los habitantes se veía obligada a refugiarse en las viviendas subterráneas o abandonar el planeta para llevar a cabo sus incursiones. Kirk recordaba bien las condiciones del clima de aquella época. El tráfico del pasaje se hacía más denso. No pasó mucho tiempo antes de que la Enterprise detuviera a cuatro naves que partían en el corredor, y otras tres mantenidas a distancia en el exterior. Las naves pequeñas con las que se había encontrado no estaban equipadas para enfrentarse con una nave estelar; su principal propósito era el de transportar a las fuerzas atacantes tomariianas.
Como zumbantes mosquitos, las pequeñas embarcaciones espaciales se lanzaban y esquivaban a la más grande, intentando pasar por su lado. El fuego de la Enterprise pretendía no acertar a una de las naves, sino disuadirlas de que se acercaran al corredor. La pantalla de visión exterior mostraba una imagen dividida, por un lado la de las naves atrapadas dentro del pasaje, y al otro las que intentaban entrar en el mismo. Un destello de luz llenó la pantalla. La primera baja fue a cuenta de la Flota Estelar, cuando una de las naves tomariianas se arrojó con desesperación directamente a la línea de fuego.
La nave romulana mantenía a raya a un grupo de cinco naves en su área de entrada, y a tres dentro del pasaje. El mayor alcance de sus armas hacía que su efectividad fuera mayor que la de la Enterprise.
–¡Capitán! –exclamó Scott mientras estudiaba la actuación de la Halcón de la Luna–. Ojalá pudiera obtener más información sobre esa nave. Su pudiera echar un solo vistazo a sus especificaciones o una mirada a su interior...
–No creo que vayan a invitarnos a realizar una inspección, señor Scott. –Kirk frunció el entrecejo y se volvió hacia el jefe de seguridad–. Chekov, intente mantener el fuego más lejos de los tomariianos. No quiero que ningún otro resulte destruido.
–Sí, kepitán. Perro eios se metierron en nuestrro fuego,
senior. Nosotrros no podemos contrrolar sus mofimientos. –Haga todo lo que pueda, teniente. –Sí, kepitán.
–Capitán –informó Uhura–. La Halcón de la Luna informa de dos naves tomariianas dañadas, una destruida. Los tomariianos intentaron atacar en grupo. Los romulanos mantienen a los demás alejados como hasta ahora.
–No quiero llevar la cuenta, teniente. Sólo esperemos que no haya que mantener este asedio durante mucho tiempo. –Volvió a mirar a Chekov–. ¿Cómo están las baterías de nuestros cañones fásicos?
Tendrremos que recarrgarrlos prronto. No serremos capases de mantenerr esto indefinidamente.
–Obtenga un informe del nivel de energía de la Halcón de la Luna, teniente.
–Informan plena potencia, capitán. El señor..., quiero decir, el subcomandante Spock, informa que todo marcha como estaba planeado.
Cuando acabó su informe, Uhura deseó haber sido más cuidadosa. El efecto de su desliz verbal se evidenciaba en la espalda rígida de Kirk; ella desvió los ojos. Chekov hundió la cara en su sensor y Sulu manoseó los controles. Cuando Kirk miró hacia Scott, encontró al ingeniero atareado en la comprobación de las lecturas de su monitor. Leonidas se erguía junto a Kirk, sin que aquello lo hubiera afectado en lo más mínimo. Una vez más, sobre el puente reinó una gran quietud.
Los dedos de Kirk tamborileaban sobre el brazo del asiento de mando.
–Capitán Kirk.
La voz de Spock detuvo el nervioso movimiento de la mano de Kirk.
–Aquí el subcomandante Spock. Ha llegado el momento en que tendremos que aguardar a la respuesta tomariiana al bloqueo. Puede que requiera algún tiempo. ¿Necesita ayuda?
–No. Aquí tenemos las cosas bajo control.
–La Halcón de la Luna tiene un potencial armamentístico mucho mayor, capitán. Nuestros escudos son de un diseño superior. Poseemos una mayor capacidad para mantener nuestra actual situación. Por favor, avísenos si no pueden continuar a plena potencia. Nosotros sólo somos tan fuertes como la más débil de nuestras naves.
–Nosotros no necesitamos su ayuda, subcomandante – replicó Kirk iracundo–. ¡Kirk fuera!
Scott esperó a que el capitán se calmara antes de hablar.
–Capitán, ¿se ha dado cuenta de lo que acaba de decirnos Spock? Nos ha dado uno o dos datos sobre la nave romulana.
–Sí, eso ha hecho, ¿verdad? –Kirk se volvió para encararse con Scott–. Ahora bien, ¿por qué cree usted que ha hecho eso?
–No lo sé, capitán, pero ahora sabemos un poquitín más de lo que sabíamos antes. Eso es seguro...
«Peculiar –pensó Kirk–. Spock no es alguien que cometa ese tipo de deslices. Ha tenido que ser un acto intencional. ¿Qué se trae entre manos?» Kirk se sintió mejor.
–Martin, pase ese mensaje de Spock por la computadora. Vea si hay algún mensaje escondido.
–¿Señor?
–Limítese a hacer lo que le digo, Martin. No tengo tiempo para explicarle los motivos que me mueven a ello.
El oficial científico le pidió a la computadora que analizara el último mensaje de la Halcón de la Luna. Kirk abandonó su asiento y se acercó a la terminal científica para oír por sí mismo el análisis de la computadora. –Funcionando; análisis del último mensaje grabado: Halcón de la Luna. No hay información oculta...
Kirk suspiró con frustración y retornó a su asiento. –Los tomariianos están reuniéndose para atacar, señor.
Están aproximándose por ambos lados. ¡Seis naves por el pasaje y tres desde el exterior!
–Aumente el poder de los escudos, señor Scott.
–Sí, señor. Esas naves no pueden hacer mucho daño por separado, señor.
–No corramos ningún riesgo. Recuerde la desaparición de la Hood.
–Ahora vienen hacia nosotros, capitán. –Martin se aferró a la terminal que tenía delante cuando la nave se sacudió.
–Parece que tienen un aguijón bastante bueno –dijo Kirk mientras se enderezaba–. ¿Está seguro de que no pueden dañarnos?
–Bueno, capitán, un disparo en el lugar adecuado puede dañar a cualquier nave –respondió Scott, retractándose de sus palabras.
–Informe a la Halcón de la Luna de que estamos siendo atacados, teniente.
–Ya he transmitido la información, señor. No obtengo respuesta.
–Con aliados como ésos, no necesitamos enemigos.
–Kirk se aferró a los brazos de su asiento para conservar el equilibrio al sacudirse la nave con otra descarga.
–Nos han dado, capitán. En la torreta de babor.
–¿Malo?
–Lo bastante. Estamos recibiendo el informe de babor. Se ha cortado la energía del reactor de esa sección. Tenemos a un equipo de reparaciones de camino hacia allí, capitán, pero llevará tiempo evaluar y arreglar, si es que podemos hacerlo.
–Utilice su magia, señor Scott. Ahora la necesitamos.
–Sí, capitán, estamos haciendo todo lo posible.
–¡Capitán, los tomariianos están siendo apartados de nosotros! –informó Martin, emocionado.
Kirk miró hacia la pantalla de visión exterior. Cuatro naves, del tamaño de las lanzaderas, estaban persiguiendo a las tomariianas.
–¡Son cazas de la Halcón de la Luna!
–Hay un mensaje del comandante supremo Desus, capitán.
Kirk lo escuchó mientras contemplaba la batalla.
–Capitán, nuestras aves de presa destruirán la caza.
–¡Fíjese en eso, capitán! –Scott señaló hacia la pantalla de visión exterior. Las naves caza, completamente pintadas como pájaros de colorido plumaje, se movían rápida y grácilmente alrededor de las naves atacantes tomariianas, acorralando a las embarcaciones menos maniobrables con velocidad y precisión.
–Los romulanos tienen a los tomarriianos completamente fajo contrrol, kepitán. Ahorra estamos completamente libres de eios.
Kirk habló con la Halcón de la Luna.
–Comandante supremo, estamos en deuda con usted. Ha sido un despliegue muy impresionante. Gracias.
–Estamos a su disposición, capitán Kirk. Nuestras naves son tremendamente impresionantes, ¿no cree?
–Ya lo creo que sí, señor. ¿Qué otras sorpresas tienen a bordo de esa nave suya?
La pregunta de Kirk obtuvo una carcajada por respuesta.
El capitán se relajó en su asiento.
–Tampoco yo le hubiera dicho nada –observó con humor filosófico.
–Capitán Kirk. –La voz e imagen de Spock interrumpieron la conversación–. ¿Necesita ayuda para realizar reparaciones? Creo que los tomariianos han sufrido graves averías y no volverán a atacar demasiado pronto. ¿Está la Enterprise en plena forma?
–No. Tenemos una torreta dañada; tenemos cortada la energía de los motores de babor. Se están realizando las reparaciones en este momento. –Hizo una llamada a ingeniería–. Scotty, ¿qué tal va eso?
–Pronto dispondremos de toda la energía, capitán. Pero la torreta está muy debilitada. Podemos establecer un puente para salvar el área dañada, pero yo no recomendaría realizar maniobras raras hasta que no la llevemos de vuelta para hacerle una reparación completa de ese área.
–¿Ha oído eso, Spock?
–Sí. ¿Están en plenas condiciones de navegación?
–Hasta donde podemos saberlo, sí.
–Bien. En ese caso, la Enterprise podrá navegar sin problemas a través del pasaje. Será responsabilidad suya el llevar a la delegación combinada de ambas partes cuando llegue el momento. Señor Sulu, ¿tiene aún guardado el curso en su computadora navegacional?
–Sí, señor... eh, subcomandante...
Spock no manifestó reacción alguna ante el desliz de Sulu.
–¿Está usted de acuerdo en transportar a nuestros representantes hasta Tomarii, capitán?
–Sí.
–Ahora esperaremos a que la Begum Ilsa haga el siguiente movimiento.
La pantalla se oscureció. La voz y la imagen de Spock desaparecieron.

La táctica de asedio no era un procedimiento rutinario de la Flota Estelar. El estudio de las guerras pretéritas era requerido en la academia, pero no se hacía hincapié en las mismas. Spock, con su memoria suprema, estaba cualificado para planear aquella táctica, pero Kirk se sentía mutilado sin el vulcaniano a bordo. El capitán de la Enterprise decidió aprovechar la tregua de que disfrutaba en aquel momento, y dedicar su tiempo a familiarizarse con las historias y las tácticas del asedio.
Allí no había paredes que escalar, ni fosos que atravesar, ni flechas que volaran murallas abajo, pero los paralelos existían. La Enterprise y la Halcón de la Luna habían conseguido cortar todos los contactos que Tomarii tenía con sus líneas de abastecimiento y su pueblo. El planeta, que no tenía recursos para cubrir las necesidades básicas, se convertiría muy pronto en un lugar intolerable. Al igual que en el caso de las ciudades de la antigiiedad, harían acto de presencia el hambre... y la muerte, si Ilsa se mostraba testaruda. No estaba claro durante cuánto tiempo podrían resistir los tomariianos. Tanto Kirk como Desus habían llamado para solicitar refuerzos, y otras naves llegarían hasta el lugar para ayudarlos.
« Spock sabe durante cuánto tiempo pueden resistir –pensó Kirk–. O tiene una idea muy aproximada de cuánto tiempo les queda. No puede ser demasiado. No es ni práctico ni seguro el permanecer en una misma posición durante demasiado tiempo.»
Aquellos no eran los días de los caballos y los caballeros; los tomariianos podían concentrarse para atacar nuevamente en cualquier momento. «Y la Enterprise está averiada. No me gusta.» Miró hacia la pantalla de visión exterior. Dos de las naves caza romulanas se habían quedado como apoyo de la Enterprise.
«No me gusta tener que depender de los romulanos. Ni en lo más mínimo. » Sacudió la cabeza y se concentró en la terminal de la biblioteca de su camarote.

El contingente romulano fue transferido a bordo para preparar el parlamento que mantendrían con Ilsa y su consejo. A la reunión estratégica que se mantuvo en la sala de juntas, sólo asistieron unos pocos privilegiados. Spock y Relos estaban sentados a ambos lados de Desus. Kirk, con Leonidas, Martin, Chekov y el doctor McCoy, se hallaba frente a los romulanos.
–Ya hemos tapado la botella, Spock. ¿Cómo propone ahora usted que convenzamos a Ilsa de que se comporte? –le preguntó Kirk al vulcaniano con seriedad–. A mí no me dio la impresión de ser precisamente muy razonable.
–Efectivamente, capitán, está lejos de serlo. Los tomariianos son individualmente suicidas, pero no son genocidas.
Son una raza inteligente atrapada en un grave desequilibrio. Tenemos que ofrecerles alternativas viables.
–¿Control de la natalidad? –sugirió McCoy–. Por lo que yo vi en ese planeta, no una alternativa que fuera a aceptar realmente.
–Si se la presentara adecuadamente, podría ser una de las soluciones, doctor.
–¿Y quién va a presentar nuestras exigencias combinadas? –preguntó Kirk.
–Pues usted y yo, capitán –respondió Desus.
La reacción de Kirk fue completamente inesperada. –No habría forma de que funcionara. Ilsa no querría tener nada que ver con ninguno de nosotros. Pero podría estar dispuesta a escuchar a Spock.
El capitán de la Enterprise se dio cuenta de la incomodidad experimentada por Spock ante aquel comentario. –Capitán –Spock buscaba una réplica evasiva–, yo no tengo la autoridad...
–Ilsa siente debilidad por usted, Spock. Yo creo que a su manera ella lo ama. Es por eso por lo que lo mantuvo con vida, ¿recuerda?
Por la expresión de Spock, se dio cuenta de que definitivamente lo recordaba.
–El papel de hombre preferido por las damas ha sido tradicionalmente el suyo, capitán –replicó Spock con tono gélido.
«¡Ese punto va para Spock! » –pensó McCoy, dispuesto a llevar la cuenta.
–No esta vez, Spock. Ahora es su turno. Podemos utilizar la atracción que siente por usted para convencerla de que debe negociar. ¿No está de acuerdo conmigo, comandante supremo?
–Es una buena observación, capitán Kirk. –Volvió la cabeza para mirar a Spock–. Tenemos que utilizar todos nuestros recursos.


6

El planeta Tomarii era frío, desierto e inhóspito, tal y como Spock lo recordaba. Se estremeció imperceptiblemente, no a causa del frío sino de los recuerdos revividos, los cuales era mejor olvidar, aunque persistieran en su memoria. Frente a ellos, cuando se materializaron en la superficie del planeta, estaba Ilsa con su consejo. La Begum tenía un aspecto diferente. El pelo, completamente crecido ya, la hacía más parecida a los de su raza que antes. Spock vio que los ojos de la mujer descansaban atentamente sobre él. El vulcaniano se envolvió instintivamente con la gruesa capa que llevaba puesta, como para protegerse de su penetrante mirada. Spock se dio cuenta de que aquello no iba a resultarle fácil. También lo advirtieron Kirk y Desus, que observaban cada uno de los movimientos del vulcaniano.
Habían pasado junto a veinte naves tomariianas que estaban atrapadas dentro del pasaje cuando se dirigían hacia allí. La botella seguía tapada, ahora con las naves de refuerzo requeridas que se habían hecho cargo de las posiciones de la Enterprise y la Halcón de la Luna en ambas entradas del corredor.
Spock dio un paso al frente.
Ilsa advirtió rápidamente el cambio de uniforme, pero desechó la observación como algo irrelevante.
En la gran sala, la larga mesa del consejo había sido ampliada para dar cabida a la reunión entre el cuerpo del gobierno tomariiano y sus adversarios. Las sillas, diseñadas para que los tomariianos, que eran pequeños, se sentaran con comodidad, no eran adecuadas para los miembros de otras razas. Incluso los más bajos de los miembros del contingente de la Flota Estelar se veían obligados a sentarse con las rodillas flexionadas hacia arriba, mientras que los romulanos y Spock, los más altos de todos, estaban completamente apretujados.
A pesar de ser de baja estatura, cada centímetro de Ilsa era el de una reina. Sus vestidos de ricas pieles brillaban a la luz del fuego; la daga enjoyada que llevaba al brazo destellaba espectacularmente, recordándole claramente a Spock su intento de suicidio y la muerte de Julina. Incluso con el fuego que ardía cerca de ellos, la habitación les resultaba helada como la nieve. Kirk y sus oficiales estaban cómodamente abrigados con sus trajes árticos protectores. Los romulanos se envolvieron más estrechamente con sus capas para preservarse del penetrante frío. Incluso los duros tomariianos tenían capas de pieles envueltas alrededor de los hombros.
Spock, reticente portavoz tanto del imperio romulano como de la Federación, se puso de pie para comenzar. Se elevaba muy por encima de la mesa baja. Permaneció mudo durante un largo instante antes de pronunciar palabra. Su voz, como el frío, parecía erizada de puntas. Su respiración ponía de manifiesto el frío de la estancia, porque cada una de sus palabras era puntuada por una abrupta nube blanca de vapor.
–Begum Ilsa, hablo tanto en nombre del imperio romulano como de la Federación. Ha sido usted completamente aislada de su imperio y debe atender a nuestras exigencias.
Ella lo contemplaba con una mirada fija, lo que hizo que el insólitamente perturbado vulcaniano se interrumpiera. Se envolvió apretadamente con la capa para protegerse antes de continuar. De una forma subliminal, Kirk estaba disfrutando con la incomodidad de Spock. Y McCoy saboreaba muy intencionadamente la situación embarazosa en la que se hallaba el vulcaniano. Tras aclararse la garganta, Spock prosiguió.
–Las incursiones contra las naves de ambas potencias deberán acabar. Ya no le estará permitido atacar a nadie, no perpetrará más acciones hostiles. Tampoco tenemos intención de declararle la guerra como a usted le gustaría que hiciésemos. Sus designios de ampliar su reino se verán ahora limitados, si no completamente interrumpidos. Con nuestras fuerzas combinadas tenemos la capacidad necesaria para destruir este planeta.
Kirk estuvo a punto de protestar por la dureza de aquella amenaza, pero controló sus impulsos de interrumpir. Desus parecía satisfecho con los comentarios de Spock, hasta el momento.
–Se les trasladará a otro planeta de este mismo sistema. Está emplazado al otro lado del sol rojo y es mucho más benigno que éste. En este momento el planeta Corsario está siendo evacuado por las fuerzas romulanas...
Aquella declaración del vulcaniano fue una completa sorpresa para Kirk, que se encontró ya de pie y enfrentado con i Spock.
–A nosotros no se nos informó de eso...
–No, capitán Kirk, no se les informó –replicó Desus con tono presumido–. No había ninguna necesidad de informarles. Nuestra familiaridad con el planeta ha hecho que la tarea no fuera más que rutina. Prosiga, subcomandante –ordenó.
Spock renunció a ello.
–El capitán Kirk les explicará qué es lo que la Federación tiene para ofrecerles.
Kirk se puso de pie y se encaró con Ilsa.
–La Federación se sentirá complacida de ayudarlos en el proceso de traslado. Nuestro personal científico y médico puede enseñarles a ustedes muchos métodos para controlar la población. Podrán escoger el que mejor se adapte a su pueblo. Transferiremos a la superficie al personal que les ayudará a prepararse para el traslado. Como hemos acordado, también permanecerá aquí una delegación romulana con el fin de que el imperio pueda tener la seguridad de que todos respetamos el trato.
–No tienen alternativa –dijo Desus con voz tronante–. El capitán Kirk tiene soluciones más amables que las que yo hubiera preferido. El incumplimiento provocará acciones militares instantáneas por parte del imperio.
No se trataba de una amenaza vana, y la extremadamente inteligente Ilsa consideró las alternativas que le ofrecían.
–Este planeta ha sido siempre nuestro hogar; no podemos abandonar Tomarii.
–Tienen que hacerlo –intervino Kirk–. Este lugar se está muriendo. Su pueblo necesita su liderazgo para hallar una mejor forma de vida. Nosotros podemos ayudarlos. No hay necesidad de que envíen a sus hijos a la guerra para que los maten. Ustedes son una raza orgullosa y audaz. Pueden convertirse en un gran valor para la Federación. Déjennos que los ayudemos.
–¿La Federación, capitán? –preguntó Desus–. ¿Y qué hay del imperio romulano?
Tomarii no pertenece a nadie –proclamó Ilsa–. ¿Qué recomienda usted, Spock?
Aquel era el momento que Spock no podía evitar; era la hora en la que tendría que tomar una posición definida. Se puso de pie entre sus dos amigos, mirando alternativamente del uno al otro, consciente de que dijera lo que dijese favorecería a uno y negaría al otro. No había ninguna forma de satisfacerlos.
Hizo el saludo militar a su superior romulano antes de hablar.
–Estoy a su servicio, comandante supremo, y es a usted a quien he jurado lealtad.
Desus sonrió con reconocimiento. Era bueno que Spock demostrara su fidelidad al imperio delante de Kirk. El homenaje de Spock hirió profundamente a Kirk.
–Pero la solución pacífica del capitán es la que yo defiendo. No tengo deseo alguno de ver al pueblo tomariiano destruido, a pesar del trato que me hayan dado a mí.
–¿Nos ayudará usted a pesar de todo lo que le ha ocurrido cuando estaba en nuestras manos? –inquirió Ilsa con perplejidad.
–Sí, begum, así lo haré. Ustedes no podían evitar ser como son, y mi deseo es la supervivencia de su pueblo.
Ilsa se dirigió a su consejo para hacer una proclama.
–Yo no puedo comprometerme menos que Spock. Debemos cambiar para poder sobrevivir. Intentaremos lo que nos proponen. Spock, ¿nos ayudará usted?
–No, begum, no puedo. Pero puede usted confiar tanto en Kirk como en Desus.
–Ellos ni siquiera confían el uno en el otro –observó sabiamente Ilsa.
–Pero han acordado aunar sus esfuerzos en este caso, Ilsa, y ambos son hombres de honor.
–Hacemos esto sólo por usted, Spock.
–Begum, comprobará que la paz es mejor que la guerra, y su pueblo sobrevivirá. Por eso, le estoy sumamente agradecido.

Kirk y Leonidas se reunieron con Desus y Spock después de que Ilsa hubiera cedido a los términos impuestos.
–Capitán, ¿necesitará algún tipo de ayuda logística? –preguntó Spock, haciendo caso omiso del enfadado Desus–. Estoy seguro de que podré obtener permiso para ayudar...
–No, subcomandante. El señor Martin es suficientemente capaz como para designar al personal necesario en este planeta. –A Kirk le resultaba bastante difícil mostrarse cortés.
Sin usted, Spock, no habríamos sido capaces de conseguir este triunfo. Le doy las gracias por ello.
–Estoy a su disposición, capitán Kirk. Dada la incomprensible afinidad que la begum siente hacia mí, yo estaba en una posición única para ser de utilidad en esta situación particular.
–Yo diría que sí –dijo Kirk en voz susurrante.
Spock captó las palabras y levantó una ceja.
Kirk llamó a Martin y McCoy para que se acercaran.
–Designen a los equipos que permanecerán en Tomarii. Díganle a Leonidas que les ayude con los equipos y provisiones. Bones, escoja al personal médico que pueda resultar necesario. –Luego habló por el intercomunicador–. Señor Scott, voy a necesitar uno de sus milagros menores. ¿Puede adaptar algún transporte para que le sea de utilidad a los nuestros aquí abajo?
–Sí, capitán. Puedo adaptar una de las naves de esa gente con capacidad de despegue.
–Póngase a ello, ingeniero. Quiero que nuestro personal cuente con un medio de transporte fiable.
Cuando Kirk acabó de dar las órdenes pertinentes, se volvió a mirar a Desus.
–Bueno, comandante supremo, parece que nuestra misión conjunta ha sido un éxito.
Desus no parecía del todo complacido. Spock, el objeto de su interés, estaba hablando con Ilsa en el otro extremo de la sala.
–Son una pareja extraña, ¿no le parece, comandante? –comentó Kirk.
–Decididamente sí, capitán.
–Lo de antes lo dije en serio. Sin Spock no habríamos conseguido que los tomariianos acordaran la paz.
El romulano continuaba observando a Spock.
–Nuestra pérdida es una ganancia para usted, comandante supremo. Es un buen oficial.
–Su ejército no parecía pensar así, capitán.
–Hizo todo lo equivocado por las razones correctas –observó Kirk con tristeza–. Usted tiene que estar al tanto de por qué se le sometió a consejo de guerra.
–Por supuesto, capitán.
Aquella conversación cortés corría el peligro de dejar de serlo. Desus se excusó y se fue a hablar con el comandante Relos. Kirk oyó que los dos romulanos planeaban quiénes eran los hombres que deberían permanecer allí. Estaba muerto de frío y se aproximó al hogar.
Al ver que Kirk estaba solo, Spock fue a reunirse con él.
–Capitán. –La voz del vulcaniano era tensa–. Tengo que pedirle un favor.
–¿Un favor, Spock? ¿Es el ex primer oficial o el subcomandante romulano quien me lo pide?
–Esa observación no ha sido justa, capitán. Mis opciones eran bastante limitadas. ¿Le resulta sorprendente que escogiera la libertad a la reclusión, y el servicio del imperio romulano al infortunio?
–Supongo que no, Spock. Pero a estas alturas no estoy seguro de nada que se relacione con usted. –¿Considera que mi comportamiento es atípico?
–Sí.
–Es interesante, pero no relevante para el favor que voy a solicitarle. Cuando haya acabado aquí, ¿le importaría llevar a la Enterprise hasta el área adyacente a la zona neutral y permanecer allí durante un corto período de tiempo?
–¿Con qué propósito?
–Hemos sentado un precedente, capitán. El imperio romulano y la Federación, quiero decir, el precedente de que una actitud plenamente cooperadora ha contrarrestado una importante amenaza galáctica. Hemos demostrado que es posible trabajar juntos por nuestro bienestar común. Yo veo esto como un primer paso muy prometedor hacia un posible final de las enemistades entre nosotros.
–¡Con qué facilidad se identifica usted con los romulanos, Spock! –dijo amargamente Kirk–. ¡Vaya, si habla usted como si les hubiera servido durante toda su vida!
–Olvídese de mí por un momento, Jim. –La voz de Spock se suavizó–. Este es un asunto de gran importancia. Va más allá de nuestros sentimientos personales...
El reproche de Kirk se vio minimizado por el uso que Spock hizo de su nombre de pila.
–Eso ya lo sé, Spock. Es sólo que... Sé que debo considerar el interés de la Federación en la paz por encima de todo lo demás. Pero la Enterprise está averiada. Necesita reparaciones importantes. No es un buen momento para...
–Capitán, la nave no sufrirá ninguna sobrecarga si simplemente navega por las vecindades de la zona neutral. Esta es una oportunidad única que tenemos para facilitar los acuerdos de paz. No puede usted perder una ocasión semejante.
Spock parecía casi desesperado, lo cual era impropio en él. Kirk estaba intrigado. Se volvió de espaldas al fuego mientras reflexionaba sobre la solicitud del vulcaniano. Spock, que sabía que era mejor no presionar a Kirk, aguardó en silencio a que el capitán tomara una decisión.
–Lo consultaré con Scotty. Si él cree que podemos retrasar las reparaciones, aceptaré la invitación que acaba de hacerme.
Spock pareció aliviado.
–Gracias, capitán. No lo lamentará.
«Es extraño –pensó Kirk mientras observaba al vulcaniano, que volvió al lado de su comandante–. Está actuando de forma rara.» Se desperezó al calor de los rescoldos, y se tranquilizó, diciéndose: «Simplemente estoy nervioso».

Desus había oído la mayor parte de la conversación de Spock con Kirk.
–Ha sido una charla de lo más interesante, subcomandante. ¿Cuál era su propósito al invitar a Kirk a que trajera a la Enterprise a la zona neutral?
–La paz, como le dije al capitán.
El comandante supremo tenía en la mano un aparato de descodificación del integrador.
–¡Vamos, Spock, concédame un poco más de inteligencia!
Spock miró el descodificador que Desus tenía en la mano.
–Entonces, ¿está enterado de mis ejercicios criptográficos, comandante supremo?
–En mi nave ocurre muy poco de lo que yo no me entere, Spock. –Le dio vueltas al aparato en las manos–. Usted está perfectamente al tanto de los planes destinados a adquirir un crucero de clase Constitución de la Flota Estelar; y a pesar de ello ha dispuesto las cosas para poner a la Enterprise y a su amigo, el capitán Kirk, en la posición más favorable para que sean capturados. ¡Usted sabe eso perfectamente!
–Sí, Desus. Soy plenamente consciente de las consecuencias que tendrán mis actos.
–¿Por qué lo ha hecho?
–Mi conducta es aún sospechosa. ¿Qué mejor prueba puedo darle de mi lealtad? He puesto con éxito a una nave estelar, incapacitada y fácil de derrotar, en una posición en la que podremos capturarla.
–Usted ha hecho eso, Spock. Es cierto. ¿Por qué tengo, entonces, la sensación de que estoy siendo traicionado? Spock no le respondió.


10
La zona neutral


1

Estaba solo.
El comando siempre había aislado a los capitanes. Los siglos de navegación, desde la magnificencia de los clíper a la elegancia de la Enterprise, no habían cambiado la posición solitaria de los capitanes. Rodeado por más de trescientos tripulantes, Kirk se encontraba aislado. Había pasado por otros momentos en los que había sentido el peso del mando, pero entonces había tenido a un amigo muy especial... que ahora ya no lo acompañaba.
Hacía tres días que navegaban por el área de la zona neutral. Kirk había revisado los planes originales, decidiendo permanecer dos días más allí con el fin de darle a Spock la oportunidad de conseguir sus planes de paz y contactar con ellos. El segundo día extra ya casi había concluido y no habían tenido señales de Spock. Incluso la cháchara que se oía por los canales subespaciales parecía disminuir a medida que se acercaba el final de aquel día.
Y allí estaba sentado Kirk, decepcionado. No había conseguido superar la impresión terrible que le causaba ver a Spock actuar como un oficial romulano. Cada vez que Spock les había hecho el saludo militar a sus superiores romulanos, Kirk había sentido un agudo dolor. ¿Se habría dado cuenta de ello alguien más que McCoy?
El oficial jefe médico miraba fijamente la copa de brandy intacta de Kirk.
–Pruebe un sorbo; lo relajará, Jim. Está usted más inquieto que toda una habitación de expectantes vírgenes.
–Gracias, Bones, pero no quiero beber. Spock sabía que yo no podía pasar por alto una oportunidad de conseguir la paz con los romulanos, pero no puedo permanecer aquí indefinidamente. Nuestra posición no es segura. Pronto me veré obligado a dar la orden de partir. –Intentó tranquilizar a McCoy–. Estoy bien. Déjeme solo, ¿quiere? ¡Es usted peor que una gallina clueca!
McCoy se puso de pie y salió por la puerta.
–De acuerdo, hágalo a su manera. Lo único que yo puedo hacer es intentarlo.
–Tres horas más, Spock. Es ahora o nunca. –Kirk miró su cronómetro–. Dos horas y cincuenta y siete minutos.
Se levantó y se puso a pasear, porque necesitaba el movimiento para calmar sus nervios. El intercomunicador sonó y él respondió de inmediato.
–Capitán, estoy recibiendo una señal... en código romulano...
–Voy hacia allí, teniente. –Llegó al puente en el mínimo de tiempo.
–Señor, lo estoy decodificando en este momento. Conseguimos descifrar este código hace cosa de un mes, capitán.
Kirk estaba inclinado sobre Uhura, instándola mentalmente a apresurarse.
–¿Y bien?
–No tiene sentido, capitán: «Permiso para subir a bordo...», se repite una y otra vez. Puede que hayamos captado a un romulano que simplemente solicita licencia para entrar en una de sus naves, capitán.
–¡Maldición! –Kirk se encaminó hacia su sillón de mando y se dejó caer pesadamente en él. Su decepción fue evidente para todos los presentes.
De pronto, Martin se agitó sobre su sensor.
–¡Capitán, un objeto viene hacia nosotros a gran velocidad!
–¿Puede identificarlo?
–Todavía no, capitán. Es pequeño, y avanza a velocidad hiperespacial.
–Preparados para maniobra de evasión, señor Sulu.
¡Alerta roja! –ordenó Kirk.
Por el intercomunicador le llegó la voz de Scott. –Capitán, esa torreta no resistirá...
–Ya lo sé, señor Scott –reconoció Kirk–. Es inevitable.
–Observó al objeto que se acercaba desde la zona neutral y se iba haciendo más grande en la pantalla de visión exterior que tenía delante. Todavía era del tamaño de la punta de un alfiler, incluso con el máximo aumento posible–. ¿Todavía no puede darme detalles, Martin?
–En este momento está entrando en el radio de alcance de los sensores. Es una nave pequeña, capitán. Una sola forma de vida... ¡romulana!
–¿Está seguro?
–Sí, capitán. Una sola forma de vida. Uhura intervino.
–Capitán, la señal se hace más fuerte. Sigue siendo la misma: «Permiso para subir a bordo...».
–Abra una frecuencia de llamada, teniente. –Canal abierto, señor.
–Aquí el capitán Kirk de la U.S.S. Enterprise. Por favor, identifíquese.
Miró a Uhura.
–Nada, señor.
–Aquí el capitán James T. Kirk...
–Sigue sin responder, capitán.
–Es demasiado pequeña como para atacarnos –pensó Kirk en voz alta.
Martin continuó con su informe.
–Se acerca muy rápidamente, señor, y está compensando nuestra maniobra evasiva.
–¿Uhura?
–«Permiso para subir a bordo», capitán. ¡Es lo único que está transmitiendo!
–Envíe un equipo de seguridad al muelle de lanzaderas, Leonidas. –Kirk se levantó y se encaminó hacia la salida del puente–. Si lo que quiere es subir a bordo, lo invitaremos a que lo haga. Compruebe que no se trata de un cazabobos.
Luego envíele al romulano una señal para que entre en el muelle de lanzaderas.
Kirk ya había salido del puente cuando el único tripulante de la nave replicó, nuevamente con un mensaje codificado.
–Mensaje recibido. Por favor, transmitan coordenadas. Leonidas había ocupado la posición de mando en el puente. Asintió con la cabeza para autorizar la transmisión de las coordenadas. Había sido por insistencia de Kirk, a pesar de las objeciones del primer oficial, que habían permanecido en aquella posición como lo había solicitado Spock. «Spock –pensó Leonidas con resentimiento–. Se interpone en mi camino incluso cuando no está a bordo.»

El capitán aguardó con impaciencia a que el muelle de lanzaderas fuera presurizado. Seis hombres de seguridad, acompañados por Chekov, aguardaban con él.
–¿Seis hombres, Chekov? ¿No es una exageración? Hay sólo un romulano a bordo de esa nave.
–Todas las medidas son pocas, kepitán.
Scott se había reunido con Kirk en el exterior del muelle de atraque. Estaba impaciente por echarle una mirada a la nave romulana. Finalmente se encendió la luz que indicaba que se podía entrar sin peligro, y la puerta se abrió. La nave caza estaba amarrada en el centro del muelle. Era una nave brillante, como las que habían visto salir de la Halcón de la Luna.
–¡Es preciosa! –exclamó Scott. Se disponía a acercarse a la nave romulana, pero Chekov lo detuvo.
–No safemos que esperrar, senior Scott –le advirtió Chekov, mientras avanzaba con la pistola fásica desenfundada.
La escotilla se abrió sin ruido. El ocupante de la nave caza se puso de pie y le entregó sus armas a Chekov antes de salir y descender hasta la cubierta. Llevaba puesto un casco que le ocultaba el rostro, pero Kirk no tenía que vérselo para saber de quién se trataba.
–¡Spock!
Martin se había acercado y estaba detrás de Kirk.
–¿Un romulano, señor Martin? Será mejor que repase las características de lectura de las formas de vida.
–Los vulcanianos y los romulanos son muy parecidos, capitán. Era una nave romulana...
Kirk no oyó ni una palabra de la explicación de Martin. Su atención se centraba en Spock, que en ese momento estaba de pie ante él.
–¡Capitán –dijo Spock con tono apremiante–, no tenemos un minuto que perder! ¡Saque a la Enterprise de aquí, inmediatamente!
Kirk señaló a Spock y se volvió a mirar a Chekov.
–Lléveselo al calabozo; máxima seguridad; ¡ahora! Chekov se había detenido en seco, con la pistola fásica aún desenfundada pero sin apuntar al vulcaniano. Aquel era Spock, a quien él admiraba, no un romulano. Le resultaba difícil pensar en él como en un enemigo, pero lo primero era el deber. Se obligó a ordenar a sus hombres para que rodearan a Spock y se lo llevasen. Algunos de los guardias habían servido con Spock; su reticencia se hizo evidente, pero hicieron lo que se les había ordenado.
–Jim, por favor, debe usted escucharme –insistió Spock–. Es inminente un ataque romulano. He venido a advertírselo. Calculo que el ataque comenzará dentro de trece coma dos minutos.
–Espere un momento, Chekov. –Kirk hizo una pausa–.No esperará usted que le crea, ¿verdad, Spock? Podría tratarse de una estratagema para quitar a la Enterprise de en medio. Usted hizo hincapié en su lealtad para con Desus y el imperio romulano de una forma muy convincente. No puedo creer que haya vuelto a cambiar el foco de su lealtad.
–Capitán, no tiene necesidad de creerme. No se hará ningún daño apartando a la nave de aquí y dando la alerta a la Flota Estelar. Los romulanos tienen planeado capturar la Enterprise. Si no se produce ataque alguno, no se habrá perdido nada. Pero si se produce, tiene mucho que ganar. Pero debe darse prisa. Yo conseguí salir apenas un poco por delante de la unidad de ataque. Había esperado que mi empleo del código romulano consiguiera retrasar la persecución, pero había subestimado la sagacidad de Desus.
»Por lo que respecta a mi lealtad hacia el imperio, por el momento digamos sólo que era necesaria. Ahora no hay tiempo de dar más explicaciones.
Kirk no estaba satisfecho. Con un gesto dio a entender que ya había acabado con Spock, y mientras el equipo de seguridad se hacía cargo del vulcaniano, él se encaminó hacia el intercomunicador más cercano.
–Leonidas, ponga rumbo a la Base Estelar 12, de inmediato. Factor hiperespacial tres.
Spock oyó la orden dada por Kirk y se volvió hacia él.
–Capitán, debe moverse más rápidamente.
–No podemos, señor Spock –le explicó Scott–. La torreta averiada no resistiría más tensión.
En aquel momento, era el ingeniero quien experimentaba sentimientos más profundos por Spock. Habían pasado juntos por la difícil prueba de Tomarii, y Scott era consciente de la pena con la que Spock se enfrentaría al regresar. ¿Habría dado su vida para salvarlos? Era perfectamente posible. El escocés dio una patada de frustración sobre la cubierta. No había nada que él pudiese hacer por Spock. Su entusiasmo por la adquisición de la nueva nave romulana había desaparecido. Regresó a su puesto en la sala de máquinas, con unos pensamientos que sólo un austero celta hubiera podido apreciar.
Los hombres de seguridad de Chekov instaron a Spock a que avanzara. Antes de que abandonaran el área, Kirk llamó al jefe de seguridad.
–Chekov, haga que McCoy le haga una revisión. Quiero saber si está actuando por su propia cuenta o si ellos lo están controlando de alguna manera.
–Capitán, mi estado es completamente normal. Le aseguro...
Kirk y Martin ya habían entrado en el turboascensor e iban camino del puente. Spock, al ver que no podría llegar más lejos de momento, acompañó a la escolta armada sin oponer más resistencia.


2

Al entrar en el puente, Kirk entró en acción antes de dedicarse a nada más.
–Teniente, envíe inmediatamente un mensaje por subespacio a la Flota Estelar. «Se sospecha ataque romulano inminente.» Déles nuestras coordenadas. Avise a los puestos avanzados de la frontera con la zona neutral. Necesitaremos refuerzos de inmediato. La Potemkin y la Republic están dentro de este radio y necesitaremos su ayuda.
Uhura se volvió a mirar al capitán.
–Yo no he recibido ningún mensaje que indicara que esas naves están en este sector, capitán.
Kirk le sonrió.
–Tampoco yo. –Ocupó su asiento y se volvió a mirar a la oficial de comunicaciones–. Una cosa más: «Spock bajo arresto. Por favor, den instrucciones». Envíe esos mensajes en código A6238.
–Los romulanos descifraron ese código hace más de un mes, capitán.
–Ya lo sé, Uhura. Envíelos.
–Capitán. –Leonidas estaba inclinado sobre los sensores de largo alcance–. ¡Los sensores captan un grupo de naves que avanza hacia nosotros, procedentes de la zona neutral!
–¿Puede darnos más velocidad, señor Scott?
–Será arriesgado, capitán, pero lo intentaré.
–Aumente la velocidad a factor cinco, señor Sulu.
Sulu se mordió el labio inferior y aumentó gradualmente la velocidad.
–Factor cinco, capitán.
Sintieron una vibración, una violenta sacudida; la nave corcoveó.
–Capitán, no tenemos potencia a babor. ¡La torre se ha venido abajo!
–¡Maldición! ¿Qué hay de esas naves, Leonidas?
Continúan en la zona neutral, señor. Parece que han disminuido la velocidad. ¡Se han detenido!
–¿Detenido?
–Sí, señor. Se mantienen dentro del perímetro de la zona neutral.
–Continúe avanzando, señor Sulu. No sabemos qué es lo que se traen entre manos.
–Podemos conseguir factor hiperespacial uno, capitán.
–El viaje será movido, capitán –anunció Scott–, pero estamos consiguiendo velocidad hiperespacial.
–Manténgala, señor Scott. Sáquenos de aquí.
–Los romulanos no nos siguen, capitán –informó Leonidas con alivio.
–Cuanto más lejos los tengamos, mejor –dijo Kirk.
Miró hacia la pantalla de visión exterior, en la que sólo se veían las estrellas. No había ninguna nave lo suficientemente cercana a ellos como para estar dentro del radio visual. El capitán contempló fijamente la pantalla durante largo rato, contando cada instante, calculando la distancia que necesitarían interponer para estar a salvo. Finalmente, miró a su fiable tripulación y se levantó de su asiento.
–Estaré en el calabozo, Leonidas. Continúe alejándonos de aquí.
–Sí, señor. –Leonidas obedeció la orden y ocupó el sillón de mando.
Martin pasó a hacerse cargo de los sensores. Preocupado como estaba, Kirk se fijó en el fluido desplazamiento del personal. Era como un ballet bien coreografiado, y él siempre se enorgullecía de su hermosa ejecución.
–Las lecturas se están volviendo vagas, señor. Están quedando fuera del alcance...
Aquellas fueron las últimas palabras que llegaron hasta Kirk antes de que se cerraran las puertas y él fuera llevado a las cubiertas inferiores.

El área de seguridad de la Enterprise estaba diseñada con finalidades utilitarias, no de comodidad. Kirk pasó ante una hilera de cubículos en perfecto estado de conservación, aunque de aspecto más bien estéril, antes de llegar a la unidad de máxima seguridad en la que habían encerrado a Spock.
Kirk advirtió la guardia extra en el exterior de la puerta, pero no hizo comentario alguno. «Desde luego, Chekov está haciendo su trabajo», reconoció. El capitán no pudo evitar una sonrisa burlona al darse cuenta del enorme respeto que el jefe de seguridad sentía hacia el prisionero, y las medidas que había adoptado para asegurarse de que Spock permaneciera encerrado. Spock tenía ciertamente una forma de escapar de las situaciones de estrecha vigilancia; más de una vez había ayudado a Kirk a salir de un confinamiento u otro. Las medidas de máxima seguridad estaban justificadas.
Cuanto más pensaba en el regreso de Spock, más agitado se sentía. Un sexto sentido le decía constantemente: «Hay algo erróneo», como se lo había estado diciendo tan frecuentemente durante los últimos tiempos.
Lo único en lo que podía pensar era en la vulnerabilidad de Spock. Kirk tenía pleno conocimiento de que el regreso de Spock era un sacrificio de su libertad... y posiblemente de su vida. «A veces desearía no haber llegado nunca a esta posición de autoridad, de responsabilidad. Esta es una de esas veces. »
Spock se puso de pie al ver aproximarse a Kirk. Avanzó hasta la parte delantera de la celda, evitando el contacto con la pantalla energética que lo mantenía encerrado. Estaba seguro de que esa pantalla era de carga máxima; a esos niveles tenía la potencia como para matar a un hombre. No la había puesto a prueba.
Con un toque de la unidad de control, Kirk desactivó el campo de energía, que se reactivó inmediatamente cuando hubo entrado en la celda.
–Ahora, Spock, dígame qué es lo que realmente está sucediendo.
Spock sabía que el malhumor de Kirk ocultaba una genuina preocupación.
–Ya lo hice, capitán. A esta hora, la Enterprise debería haber sido atacada.
–Pero no lo ha sido, Spock. Detectamos una flota en la zona neutral; todavía no han hecho nada.
–¿Informó usted a la Flota Estelar, capitán?
–Sí.
–La señal podría haber sido captada por la flota romulana, ¿no es cierto?
–Así lo espero, Spock. Lo he hecho todo menos llamarlos personalmente.
Spock estaba satisfecho.
–Entonces, lo que ocurrió es obvio. Una vez desaparecido el elemento sorpresa, dieron orden de anular el ataque. Todo el plan estaba basado en coger a la Enterprise desprevenida. Cuando el comando central se ha dado cuenta de que me había marchado para prevenirlos, ha debido cambiar de planes. Sospecho que eso es lo que han hecho.
–Spock –preguntó suavemente Kirk–, ¿qué es lo que ha estado tramando?
El tono de su voz era casi el mismo que hubiera empleado para interrogar a un niño recalcitrante.
–¿Tramando, capitán? –Spock le respondió con sus modales más distinguidos y con una ceja alzada. Se relajó–. Jim, ¿qué pruebas hay de que yo haya estado tramando algo?
–De acuerdo, Spock. Toda esta situaciónn ha sido peculiar desde el principio. Desde el mismo consejo de guerra, usted ha estado actuando de forma extraña. Su huida, el hecho de que se uniera a los piratas, luego a los romulanos. Nada de eso tiene sentido. Todo lo que ha sucedido ha sido erróneo, ¡total e inexorablemente erróneo! –Finalmente expresaba en voz alta el pensamiento que había estado persiguiéndolo durante todo ese tiempo.
–¿Qué piensa usted, doctor? –Spock dirigió aquella pregunta a McCoy, que en ese momento se aproximaba a la celda.
McCoy permaneció en el exterior.
–Usted está perfectamente en sus cabales, Spock, pero desearía que no lo estuviera. Si cree que fueron duros con usted cuando el consejo de guerra, ¡espere a ver lo que hacen ahora cuando le pongan las manos encima!
–¿Lo ve, capitán? McCoy sabe que estoy perfectamente bien.
–¡Bueno, escuche eso! –exclamó McCoy–. ¡Por fin reconoce mi profesionalidad médica!
–Sólo porque sustenta mi cordura, doctor.
–Es incapaz de ceder, ¿no es cierto? –gruñó McCoy.
–Ya basta, los dos –ordenó Kirk–. Esto no tiene nada de divertido, Bones. Spock, está metido usted en un buen lío.
–Le agradezco su preocupación, capitán, pero este no es el momento más adecuado para que se entretenga con mis problemas. La nave debe ser su principal preocupación.
–Lo es, Spock. Scott ya lo tiene todo bajo control.
–Yo no lo creo así, capitán. La nave no parece estar bien. Incluso desde aquí, en las profundidades del casco, percibo una vibración, una emanación de sonido nada corriente. Hay algo que está gravemente mal.
–Yo no percibo nada fuera de lo normal –dijo Kirk, haciéndoles una señal a los guardias para que lo dejaran salir de la celda. Estaba enfermo de ansiedad por Spock, y cansado de las respuestas insatisfactorias que éste le daba.
–Yo soy más sensible que un ser humano a las tensiones sutiles y fuera de lo normal, capitán. Si me permitiera investigar...
–No, Spock. Lo lamento, pero eso es imposible. Vamos, Bones, marchémonos de aquí.
McCoy abrió la marcha, y salió del área de seguridad antes que Kirk. El capitán se volvió a mirar a Spock una vez más antes de llegar al fondo del corredor.
–Capitán –gritó Spock–, hay algo que no funciona bien. ¡Créame!
La insistencia de Spock era inquietante. Junto con Scott y él mismo, nadie conocía mejor la nave que Spock. Comenzó a sentir aprensión. Se volvió, y estuvo a punto de regresar al calabozo. «Quizá debería dejarlo que examinara la nave. ¡No!» Continuó hasta salir del área de seguridad.

Con cada uno de sus nervios sintonizados con la nave, Spock se paseaba por la celda. Sabía que la Enterprise tenía problemas.


3

Kirk estaba en el turboascensor cuando oyó el peculiar sonido de metal que se partía en las entrañas de la nave, y luego un sonoro chasquido. Perdió el equilibrio y su cabeza chocó contra el panel de control. Todavía aturdido a causa de la caída, pulsó el botón del intercomunicador. La unidad no funcionaba. Accionó la palanca de manejo manual, y sintió que el turboascensor respondía lentamente para luego ascender otra vez.
Entró en el puente en el que reinaba una actividad frenética aunque disciplinada. Los informes de las averías llegaban rápidamente.
–Capitán –le informó Leonidas–, la torreta de estribor se ha doblado. Un tripulante ha muerto. La enfermería está informando en este momento.
–¿Doblado cómo? Nos alcanzaron por el lado de babor.
–Scott está informando en este momento, capitán –intervino Uhura.
–¿Qué ha ocurrido, señor Scott?
–La tensión ejercida sobre la torreta de estribor fue demasiada, capitán. Cuando cayó la torreta de babor, ejerció una presión excesiva sobre la de estribor. Hemos perdido completamente la potencia hiperespacial, y ni siquiera los motores de propulsión funcionan a pleno rendimiento. Estamos inmovilizados en el espacio, capitán.
–¿Algo más?
–Sí, capitán. Hay que reducir el soporte vital. Necesitaremos toda la potencia que nos queda para salir de aquí.
–¿Necesita ayuda adicional ahí abajo?
–Sí, capitán. Un pequeño milagro nos vendría de perlas.
–Tendrá su milagro, señor Scott. Kirk fuera. –La decisión que acababa de tomar era lógica y práctica; se sentía aliviado. Se volvió a mirar a Uhura–. Haga que el señor Spock se presente ante Scott de inmediato.
–¿El señor Spock, capitán?
–Ya me ha oído, teniente. ¡Es una orden!
Uhura se volvió hacia su panel de instrumentos y contactó con seguridad. Luego miró a Kirk.
–Capitán, Chekov quiere una orden directa de usted.
Kirk habló por el intercomunicador.
–Esto es una orden, señor Chekov. Por favor, ponga en libertad al señor Spock y encárguese de que llegue a la sala de máquinas sin demora.
–Pero, kepitán...
–Es mi responsabilidad, teniente. ¡Ahora, hágalo!
–Sí, kepitán, de inmediato, senior.
Leonidas inició una protesta, pero una mirada al rostro de Kirk lo silenció.
–Ábrame la radio, teniente. –Kirk se frotó la zona dolorida de la cabeza y sintió que los dedos se le mojaban de sangre–. Les habla el capitán. El procedimiento de emergencia tres A está ahora en funcionamiento. Todos los sistemas no esenciales serán desactivados a la hora 0600. Todo el personal deberá abandonar los niveles inferiores al seis. El sistema de soporte vital de todos los niveles, excepto la sala de máquinas, serán desactivados. Esto no es un ensayo de instrucción. Repito. ¡No es un ensayo de instrucción! Por favor, acusen recibo.
Kirk oyó que Uhura hacía las comprobaciones a medida que cada nivel informaba.
–Haga que McCoy suba aquí –ordenó, mientras sacudía la cabeza para aclarársela. Tenía un terrible dolor de cabeza.
McCoy entró en el puente, le echó una sola mirada a Kirk, y se encaminó directamente hacia él. Antes de que el capitán se diera siquiera cuenta de que el médico estaba allí, oyó el zumbido del escáner médico.
–No es más que un dolor de cabeza, Bones. ¿Puede hacer algo?
–Un dolor de cabeza chorreante, ¿no? –comentó McCoy mientras continuaba con su trabajo. Tras aplicarle un sellador de heridas con el protopláser metabólico, le administró un antibiótico y dio un paso atrás–. Apuesto a que tiene un dolor de cabeza padre.
–De tamaño gigante –admitió Kirk.
–Tiene una ligera conmoción cerebral. Yo le recomendaría descansar durante uno o dos días.
–Ahora no, Bones. Sólo déme algo para el dolor y regrese a la enfermería.
–De acuerdo, pero en cuanto se calmen las cosas, quiero verlo en la enfermería. Es el procedimiento oficial, capitán –le recordó McCoy.
–De acuerdo –le respondió Kirk con tono seco–. Después de que se haya solucionado esta emergencia.
Uhura se volvió a mirar a Kirk cuando hubo recibido los últimos informes de todas las secciones.
–Capitán, todos los niveles por debajo del seis han sido evacuados.
–Gracias, teniente. Martin, haga cerrar todos los sistemas de los niveles inferiores al seis. Luego baje a la sala de máquinas a ayudar a Scott.
–Sí, señor.
–Aquí Spock, capitán. –La voz calma y modulada del vulcaniano que lo llamaba desde la sala de máquinas fue bien recibida–. Ya tenemos las cosas bajo control. La energía de propulsión está ya funcionando a pleno rendimiento. Si solicitara un remolcador cuando estemos dentro del radio de comunicaciones de la Base Estelar 12, nos facilitaría las operaciones y forzaríamos menos la nave.
–Hecho, señor Spock.


4

Una vez controlada la emergencia inmediata, Kirk, con la cabeza latiéndole, se presentó en la enfermería. Confiaba en que Scott y Spock tendrían las cosas bien dominadas mientras la Enterprise avanzara lentamente hasta entrar en el radio de alcance de la base estelar.
Una vez el doctor McCoy tuvo al capitán dentro de sus dominios, lo retuvo allí con férrea determinación. Puesto que no había ninguna crisis en curso, Kirk decidió quedarse donde estaba durante algún tiempo. Pero su nave era lo primero, así que convocó una sesión informativa junto a la cama.
Scott y Spock llegaron juntos, con Martin y Leonidas pisándoles los talones. Antes de que Kirk tuviera tiempo de dirigirles la palabra a sus oficiales, Leonidas ya estaba hablando. Se encaró con el vulcaniano, y expresó el resentimiento que lo quemaba desde hacía tiempo.
–Capitán, Spock debería de estar bajo arresto y en el calabozo. Una reunión de oficiales ejecutivos difícilmente es el lugar adecuado para un hombre condenado por traición.
El comentario que a continuación hizo Martin sorprendió al primer oficial.
–No estoy de acuerdo. A causa de la presente emergencia, me he visto obligado a trabajar con él. Nunca he conocido a nadie que pudiera manejar una nave tan bien como él. ¡Creo que conoce cosas de la Enterprise que desconoce su propio inventor!
Kirk se dio cuenta de que Martin se había convertido a la causa de Spock. Sus dos primeros oficiales se miraban ferozmente el uno al otro, como dos machos cabríos a punto de embestirse. Su poder de mando resolvió el asunto.
–Esa es una decisión que debo tomar yo, y solamente yo. Spock continuará en libertad. Yo me haré responsable de todos sus actos. No quiero oír una palabra más al respecto. Ahora, quiero un informe de la situación, caballeros.
Scott informó en primer lugar.
–La nave está navegando con una estabilidad sorprendente, capitán. Todo está bajo control. Avanza despacio pero a velocidad constante.
Spock miró por encima del hombro a los dos guardias que habían estado siguiéndolo por toda la nave. Le hacía una cierta gracia la diligencia de Chekov. Tras volverse a mirar a Kirk, le dio su informe.
–Capitán, la Enterprise necesitará reparaciones. Esta es la oportunidad perfecta para actualizar la nave e incorporarle algunos de los elementos más interesantes que he estudiado a bordo de la Halcón de la Luna, así como nuestros propios avances tecnológicos.
»Doy por supuesto, ya que usted no ha dado indicios de lo contrario, de que aún desconoce los datos que entré en la computadora de la Enterprise, cuando establecí contacto entre la misma y el integrador de la nave romulana.
–Hemos estudiado toda la información que usted programó sobre Tomarii –protestó Martin.
–Sí, comandante Martin, eso es obvio. Sin embargo, envié una información codificada adicional a través de la salida del integrador. Los datos estructurales y de capacidad armamentística de la Halcón de la Luna, están a nuestra completa disposición dentro de la computadora de la Enterprise, si se los descodifica adecuadamente.
Martin estaba visiblemente perturbado.
–Yo no había advertido ninguna codificación adicional.
–Nadie conoce esas computadoras como Spock, Martin –replicó Kirk, que no tenía intención de criticar las capacidades del oficial científico–. Sospechaba que podría haber dejado un mensaje para nosotros en alguna parte, Spock. Pero le pedí a Uhura que buscara en el lugar equivocado.
Spock parecía complacido.
–Señor Martin, si repasa usted el código romulano se encontrará con que si vuelve al segundo número, luego, en secuencia al quinto, seguido del nueve y así sucesivamente, de cada uno de los números que obtenga tendrá dos órdenes de significado. Me complacerá ayudarlo...
–Eso no será necesario, Spock. Puedo arreglármelas solo.
–Como usted quiera. Si yo no hubiera regresado, podría haber pasado bastante tiempo antes de que la información fuera recuperada.
Martin se excusó y salió.
Kirk reflexionó sobre la escena que se había producido entre Spock y Martin, sin hacer comentarios.
–¿Tiene algo que agregar, Leonidas? –preguntó Kirk.
–No, capitán, nada que no haya dicho ya –respondió el primer oficial, mientras le echaba una mirada áspera a Spock–. Estaré en el puente si me necesita, señor.
–Yo regreso con mis niños, capitán.
Scott salió apresuradamente, ansioso por volver junto a sus motores.
Finalmente, a solas con Spock, Kirk expresó su preocupación.
–¿Y qué hay de usted, Spock? Su regreso ha evitado una guerra, pero la Flota Estelar no pasará por alto su huida de Minos, y sus hazañas como Fuego Negro son bien conocidas. No puedo ni comenzar a imaginarme con qué ojos contemplarán que se haya unido a los romulanos, aunque al final haya regresado. Van a mostrarse muy duros con usted.
Spock no parecía preocupado. El capitán atribuyó su actitud al control vulcaniano, y no a la ausencia de ansiedad.
–No debería estar tan tranquilo respecto a su posición, Spock. Una vez que lo haya devuelto a la Flota Estelar, va a encontrarse en un lío infernal. No puedo mantenerlo indefinidamente a bordo de la Enterprise.
–No crea que no estoy preocupado, capitán.
–Ciertamente, la imitación que hace es muy buena, Spock.
–Fue usted quien dijo que toda la situación parecía errónea. Esa fue la palabra que utilizó, si mis recuerdos son correctos. Le sugiero que confíe en sus instintos humanos.
–¡Erróneo! Esa es la palabra, Spock. ¡Erróneo! –Dejó de hablar y posó sus ojos sobre Spock, a quien miró larga e intensamente.
Fue entonces cuando Kirk supo que las sensaciones que había experimentado en lo más hondo de su ser eran correctas. Casi saltó de la cama.
–¡Usted formaba parte de una estratagema! ¡Por Dios, Spock, usted no es un traidor, después de todo!
Al oír que el capitán levantaba la voz, McCoy entró corriendo en la sala.
–Tranquilícese, Jim. Tiene usted una conmoción cerebral, ¿recuerda? En cualquier caso, ¿a qué se debe tanto alboroto?
–¡Era todo un plan, Bones! ¡Absolutamente todo! –Se repetía Kirk a sí mismo, sin parar; estaba sonriente de alivio y emoción.
–Puede que usted sepa de qué está hablando, Jim, pero yo sigo estando tan confundido como antes.
–Spock no es un traidor. Formaba parte de una estratagema. ¿Es que no se da cuenta?
–Es sencillo, doctor –le explicó Spock–. Cuando la Enterprise fue objeto de aquella explosión, resultó evidente que los medios tortuosos eran los mejores para investigar el ataque. Se decidió que yo actuara como agente doble. Desde el momento mismo en que me marché de la base estelar con Scott, estaba actuando como encargado de una misión especial.
»Cuando fui acusado de traición, la Flota Estelar tuvo una oportunidad para utilizar mi condición de proscrito para extirpar a los piratas de Corsario. ¿Qué mejor tapadera podía tener que la de mi condición de convicto, sentenciado a prisión? Era necesario averiguar dónde tenían su base los piratas; su planeta parecía estar en las vecindades de Tomarii, y necesitábamos cualquier indicio que pudiera ayudarnos a solucionar el problema. Mi huida de Minos estaba planeada. Sin duda, no supondrá usted que es tan fácil escapar de una instalación de máxima seguridad de la Flota Estelar.
–Si se hubiera tratado de cualquier otro, menos de usted, Spock... –intervino Kirk–. Pero usted puede escaparse de cualquier parte.
–Eso hizo que la huida fuera mucho más plausible, capitán. No es fácil engañar a Desus. Por supuesto, las condiciones de la prisión ayudaron. Yo no tenía intención de entablar una relación con él. A pesar de todo, no confiaban realmente en mí, y no tenía verdadera libertad de movimiento cuando estaba en Corsario, ni siquiera como Fuego Negro. Yo estaba aguardando la oportunidad de regresar a la Flota Estelar, cuando usted capturó a Fuego Negro.
–Entonces, ¿el rescate que él llevó a cabo no era parte del plan?
–No. Lo que ocurrió a partir de entonces fue completamente imprevisto. No tuve alternativa cuando me llevaron a Romulus. O me unía a ellos, o me mataban. El unirme a ellos me daba la oportunidad de observar sus operaciones. Al hallarme ante la alternativa de morir o entrar al servicio del imperio, decidí convertirme en oficial romulano. Fue entonces cuando descubrí que Desus no era un pirata corriente. Se trataba de un oficial romulano cuya misión era la de obtener, con todo detalle, información acerca de los movimientos y poder de la Flota Estelar. Cuando descubrí que estaban planeando capturar una nave estelar, todavía me faltaba un dato. No habían indicado el momento en el que llevarían a cabo el ataque. Era de vital importancia que permaneciera entre ellos hasta disponer de todos los datos para poder informar a la Flota Estelar. La conclusión satisfactoria del tema tomariiano fue un beneficio añadido, por supuesto.
–Así que me hizo esperar en la zona neutral con el pretexto del acuerdo de paz.
–Sí. La Enterprise me servía en dos sentidos. En primer lugar, mi solicitud de que colocara a la nave en las proximidades de la zona neutral donde sería fácilmente capturada, los dio a los romulanos más razones para confiar en mí. Eso me permitió acceder a la información que me faltaba: cuándo tenían planeado atacar. Y, en segundo, capitán, era la única forma que tenía de escapar del imperio romulano.
»Si usted hubiera decidido reparar la nave en lugar de perseguir la posibilidad de un acuerdo de paz, yo no habría tenido forma de marcharme.
Kirk se dio cuenta de la importancia de su decisión.
–Eso habría significado su muerte.
–Sí. En cualquier caso yo le hubiera transmitido la información. Recuerdo cuando un comandante romulano dijo que uno podría ser amigo de sus enemigos dentro de una realidad diferente. Así eran las cosas entre Desus y yo. Al darme su amistad, él arriesgó su vida. Y yo, al cumplir con mi deber para con la Flota Estelar, lo he condenado. Sus alternativas, dadas las costumbres romulanas, son limitadas: la ejecución o el suicidio. Estoy seguro de que se ha decidido por lo segundo. Es lo único que lamento. Lo respetaba y admiraba. Fuimos verdaderamente amigos. En otra realidad... –Spock se volvió de espaldas.
–Realmente quiero creer en todo lo que acaba de contarme, Spock, pero...
–Tiene que comprobarlo con la Flota Estelar, y lo sé, Jim. La decisión de ocultarle a usted mi misión secreta fue difícil. Usted había resultado gravemente herido. Se pensó que lo mejor sería mantener todo el asunto en un secreto muy estricto. Espero que lo comprenda.
–Podría habernos dicho qué era lo que se traía entre manos, Spock –lo regañó McCoy–. Eso nos hubiera ahorrado muchísimas angustias.
–¿Se sentía usted trastornado, doctor?
–Spock alzó una ceja.
–Usted sabe que lo estaba, hijo de Satanás. Esas orejas en punta realmente encajan, ¿sabe? Al igual que ese uniforme romulano.
Kirk se echó hacia atrás para inspeccionar a Spock. –El doctor tiene razón, Spock. Ese uniforme no le queda nada mal.
–Yo preferiría que fuera el de la Flota Estelar, capitán.
Kirk sonrió.
–Creo que podré arreglar eso.
–Lo apreciaré en lo que vale, capitán.
Uhura apareció en la puerta.
–Capitán, tenemos un mensaje de la Flota Estelar.
–¿Por qué no me lo ha transmitido por el intercomunicador, teniente? No era necesario traerlo en mano hasta aquí.
–Sí que lo era, capitán. Doctor McCoy, cierre el intercomunicador para que no lo molesten.
Kirk miró a McCoy, que se encogió de hombros con aspecto avergonzado.
–¿Cuál es el mensaje, teniente?
–Se han retirado todos los cargos contra el comandante Spock. Las explicaciones se darán más tarde. Prepárense para que la operación de remolque comience a las 0800 horas. –Tenía ganas de darle un beso a Spock, pero sabía que eso lo haría sentir violento. En su lugar, lo saludó con una cálida sonrisa–. Bienvenido de vuelta a bordo, señor Spock. Lo hemos echado de menos.


5

Completamente recuperado y sintiéndose maravillosamente bien, Kirk regresó a su puesto de mando. Entró con paso animado en el puente mientras disfrutaba de cada uno de los sonidos de su nave.
–¿Cómo está la dama, señor Scott?
–Todo lo bien que puede esperarse, capitán. –Miró a McCoy y comentó alegremente–: Quizá el doctor tenga un poquitín de esparadrapo para mantenerla de una pieza durante un rato. Nos hace falta toda la ayuda que podamos conseguir.
–¡Yo soy un médico, no un mecánico! –Dijo McCoy con tono firme. Miró a Spock, le dedicó la más desarmante de sus sonrisas sureñas, y agregó–: La única máquina a la que estoy dispuesto a tratar es Spock. Hago verdaderas excepciones en su caso, ¿sabe?
Salió a grandes zancadas con aspecto presumido, y regreso al cabo de un minuto con un libro decorativamente encuadernado.
–¿Sabe una cosa, Spock? –dijo lentamente McCoy–.Hay algo que no he hecho nunca. –Le arrojó el libro a Spock–. Usted puede hacerme un gran favor, Spock. Nunca antes le he pedido su autógrafo a una celebridad. Así pues, será una experiencia nueva. ¿Querría firmar mi libro de poemas, Fuego Negro?
Le dedicó al vulcaniano una sonrisa endemoniada.
–¡Yo siempre supe que en el fondo era usted un pirata, Spock! –Sacó un bolígrafo del bolsillo del uniforme y se lo entregó a Spock–. «Quién le perteneciera a ese hombre de fuego, tan sólo un momento.» «Mi llameante amor.» Yo no hubiera imaginado que usted tuviera ese poder. Esto es bastante fogoso, ¿eh, capitán?
No pudo evitar echarse a reír, ni tampoco pudo evitarlo Kirk, que observó que Spock alzaba una ceja.
Luego, con una floritura digna de Fuego Negro, Spock se quitó la iridiscente piedra negra de la oreja y la depositó en la mano de McCoy.
–Haré algo mejor que eso, doctor. Aquí tiene un regalo de Fuego Negro.
La joya negra destellaba con su extraña luminiscencia en la palma de la mano de McCoy, pero no podía rivalizar con el resplandor de los risueños ojos oscuros de Spock.



FIN

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