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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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jueves, 11 de junio de 2009

INSPIRACIÓN --- Ben Bova

INSPIRACIÓN

Ben Bova

Estaba al borde de la desesperación como sólo un chico de diecisiete años podría estarlo.

–Pero ya han escuchado lo que el profesor dijo –se quejó–. Todo esta terminado. No ha quedado nada por resolver.

El chico hablaba en alemán, desde luego. Yo tenía que traducirle al señor Wells.

Wells agitó su cabeza.

–Me cuesta ver por qué tan espléndidas noticias perturban así a este muchacho.

–Nuestro amigo inglés dice que no deberías perder la esperanza –le dije al joven–. Quizá el profesor esté equivocado.

–¿Equivocado? ¿Cómo puede estarlo? ¡Es un hombre famoso! ¡Un noble! ¡Un barón!

Tuve que sonreír. El obstinado desdén del chico por las figuras de autoridad sería famoso en el mundo entero algún día. Pero no era evidente esta tarde de verano del año mil ochocientos noventa y seis después de Cristo.

Estábamos sentados en una café al aire libre con una magnifica vista del Danubio y de la ciudad de Linz. Deliciosos olores de salchichas asadas y pasteles horneados llegaban desde el interior de la cocina. A pesar del espléndido y cálido brillo del sol me sentía débil y con escalofríos, despojado de la poca energía que me quedaba.

–¿Dónde está la maldita mesera? –gruñó Wells–. Hemos estado aquí al menos media hora.

–¿Por qué no solamente permanecer sentados y disfrutar del atardecer, señor? –sugerí sintiéndome muy cansado–. Esta es la mejor vista de toda la zona.

Herbert George Wells no era un hombre paciente. Acababa de obtener un éxito menor en Inglaterra con su primera novela y había decidido otorgarse unas vacaciones en Austria. Había llegado a esa decisión bajo mi influencia, desde luego, pero todavía no se daba cuenta de ello. A los veintinueve años, poseía una mirada torva y ansiosa que se suavizaría sólo gradualmente con la llegada de los años de prestigio y prosperidad.

Albert tenía una cara redonda y regordeta; los rasgos infantiles aún se le notaban aunque se había dejado el bigote como la mayoría de los adolescentes lo hacían en aquellos días. Era apenas un mechón delgado y ralo, no se parecía en nada al cepillo blanco en el que se convertiría. Si todo iba bien con respecto a mi misión.

Me había implicado una enorme cantidad de maniobras hacer coincidir a Wells y a este joven en el mismo lugar a la vez. El esfuerzo había agotado casi toda mi energía. El joven Albert había ido a ver al Profesor Thomson con sus propios ojos, desde luego. Wells había sido mucho más difícil; quería visitar Salzburgo, el lugar donde Mozart había nacido. En lugar de ello, lo había llevado a Linz, asegurándole mil veces que el viaje valdría la pena.

Se había quejado continuamente de Linz, decía que la ciudad carecía de belleza, que había un olor acre en todas sus calles angostas, que el hotel era incómodo, de la carestía de los restaurantes donde no se podía encontrar comida decente… con lo cual se refería a cordero asado. Ni siquiera el realmente famoso Linzertote de la ciudad lo había complacido. No es la mitad de bueno de lo que imaginaba, se había quejado, una bagatela.

Desde luego, yo conocía varias versiones de Linz que eran bastante menos agradables, incluyendo una en la cual la ciudad no era más que un cúmulo de achicharrados escombros radiactivos y el Danubio estaba tan contaminado que brillaba hasta su desembocadura en el Mar Negro. Me estremecí con esa visión e intenté concentrarme en la misión que tenía frente a mí.

Casi había tenido que recurrir a la fuerza física para hacer que Wells cruzara el Danubio sobre el antiguo puente y accediera ir calles arriba del Pöstlingberg a este pequeño café al lado de la calle. Había montado en cólera cuando salimos del hotel en el centro de la ciudad, pronto estaba resoplando por el ejercicio mientras ascendíamos la empinada colina. Yo estaba también sin aliento por el ascenso. Años más tarde un tranvía haría el recorrido, pero en esta tarde en particular estábamos obligados a caminar.

Se había sorprendido un poco al ver al joven marchando sobre la escarpada calle sólo unos pasos por delante de nosotros. Lo había reconocido por su encrespada mata de cabello negro después de haberlo visto entre el público en la lectura de Thomason de aquella mañana. Wells, amablemente, había invitado a Albert para que bebiera algo con nosotros.

–Merecemos una o dos cervezas después de este maldito ascenso –había dicho mirándome con enojo.

Jadeando por el esfuerzo de subir, le traduje a Albert:

–El señor Wells… desea invitarte… a que tomes un refresco… con nosotros.

El joven estaba lastimosamente agradecido, aunque no tomaría nada más fuerte que un té. Era obvio que la lectura de Thomson lo había impresionado negativamente. Así que ahora estábamos sentados sobre unas incómodas sillas de hierro fundido y esperábamos… ellos, las bebidas que habían ordenado y yo lo inevitable. Dejé que el cálido resplandor del sol penetrara en mí y esperé que regenerara al menos un poco de mi fuerza.

La vista dejaba sin aliento: el melancólico castillo al otro lado del río, el mismo Danubio corría suave y realmente azul mientras reflejaba la luz del sol, los lagos más allá de la ciudad, y los picos azules y nevados de los Alpes austriacos brillando en la distancia como pétalos fantasmales de una inmensa flor celestial.

Pero Wells se quejaba:

–Este debe ser el castillo más feo que he visto en mi vida.

–¿Qué ha dicho el caballero? –preguntó Albert.

–Está apabullado por la vista del castillo del Emperador Federico –contesté dulcemente.

–Oh, sí. Es realmente grandioso, ¿verdad?

Wells tenía toda la impaciencia de un periodista frustrado.

–¿Dónde está la maldita mesera? ¿Dónde está nuestra cerveza?

–La buscaré –dije levantándome con dificultad de mi silla de hierro. Como su aparente guía, tenía que permanecer en mi papel por un tiempo, no importando lo cansado que me sintiera. Pero entonces vi lo que había estado aguardando.

–Miren –apunté hacia abajo en la calle–. ¡Aquí viene el profesor en persona!

William Thomson, primer Barón Kelvin de Largs, caminaba por la acera con mucha más vitalidad y energía de la que cualquiera de nosotros había exhibido. Tenía setenta y un años, su pelo plateado y más delgado que su impresionante barba gris, se doblaba al punto de parecer frágil. Aun así subió la cuesta que había hecho que mi corazón tronara en mis oídos como si él estuviera dando un tranquilo paseo por el parque.

Wells de inmediato se puso en pie y se inclinó por el barandal de hierro del café.

–Buenas tardes, su señoría. –Por un momento pensé que iba a tirarle de los cabellos.

Kelvin entrecerró los ojos antes él.

–Estaba en mi audiencia esta mañana, ¿verdad?

–Si, su señoría. Permítame presentarme: Soy H. G. Wells.

–Ah. ¿Es físico?

–Escritor, señor.

–Periodista.

–Lo fui. Ahora soy novelista.

–¿De verdad? Qué curioso.

El joven Albert y yo también nos pusimos de pie. Wells nos introdujo apropiadamente e invitó a Kelvin a unírsenos.

–Aunque debería de decir –murmuró Wells mientras Kelvin rodeaba la terraza y tomaba una silla vacía en nuestra mesa–, que el servicio aquí deja mucho que desear.

–Oh, uno debe saber cómo tratar con el temperamento teutónico –dijo Kelvin jovialmente, mientras tomaba asiento. Golpeó tan fuerte la mesa con la palma de su mano que a todos nos hizo saltar.

–¡Servicio! –vociferó–. ¡Servicio aquí!

Milagrosamente, la mesera apareció en la entrada y marchó tercamente hacia nuestra mesa. Se veía muy molesta; irritada, de hecho. La cara sombría con unos ojos marrones y tristes, la boca con una mueca torcida hacia abajo. Se hizo hacia atrás un puñado de cabello que caía sobre su frente.

–Estamos esperando nuestras cervezas –le dijo Wells–. Y ahora este caballero se nos ha unido…

–Permítame, señor –dije. Era mi trabajo, después de todo. Hablándole en alemán, le pedí que nos trajera tres cervezas y el té que había ordenado Albert y que lo hiciera rápido.

Nos miró a los cuatro como si fuéramos una banda de criminales de la peor calaña, deteniéndose sus intensos ojos un momento sobre Albert, luego se volvió sin decir palabra ni asentir dentro del café.

Le eché un vistazo a Albert. Sus ojos estaban fijos en Kelvin, sus labios entreabiertos parecían estar a punto de hablar pero no conseguía el valor para hacerlo. Nerviosamente, se llevo su mano a su espesa mata de cabello negro. Kelvin se veía totalmente cómodo, sonriendo afablemente, sus manos entrelazadas sobre su abdomen justo por debajo de su barba; era el hombre de autoridad, conocido en el mundo entero como la figura científica líder de su generación.

–¿Pero puede ser cierto? –farfulló Albert al fin–. ¿Hemos aprendido todo lo que puede ser conocido sobre la física?

Habló en alemán, desde luego, el único idioma que conocía. Inmediatamente traduje para él, exactamente lo que había preguntado.

Una vez que entendió lo que Albert preguntaba, Kelvin asintió con su vieja y gris cabeza sabiamente.

–Sí. Sí. Los jóvenes en los laboratorios actualmente están poniendo los puntos sobre las íes, los últimos. Estamos a punto de acabar con la física; sabemos al menos todo lo que puede ser conocido.

Albert se veía apabullado.

Kelvin no necesitó una traducción para entender las emociones del joven.

–Si estás pensando hacer una carrera dentro de la física, jovencito, entonces te aconsejaría de todo corazón que lo pensarás de nuevo. Para cuando termines tu formación no te habrán dejado nada.

–¿Nada? –preguntó Wells mientras yo hacía la traducción–. ¿Absolutamente nada?

–Oh, hay algunos puntos decimales aquí y allá, me supongo. Pequeños y nimios detalles sin gran relevancia.

Albert había fallado en su examen de admisión al Instituto Politécnico de Zurich. Nunca había sido un muy buen estudiante en particular. Mi meta era hacerlo que volviera a presentar el examen al Politécnico y lo pasara.

Con su ánimo visiblemente deteriorado, Albert preguntó:

–Y, ¿qué hay de los trabajos de Roentgen?

Una vez que traduje, Kelvin alzó las cejas:

–¿Roentgen? Oh, ¿te refieres al reporte de los misteriosos rayos que pasan a través de las paredes sólidas? Los rayos X, ¿no es así?

Albert asintió seriamente.

–¡Tonterías sin sentido! –dijo con brusquedad–. Necedades absolutas. Podrá impresionar a unos cuantos médicos que tienen muy pocos conocimientos de ciencia, pero sus rayos X no existen. ¡Imposible! Fantasías alemanas.

Albert me miró con toda su existencia temblando dentro de sus angustiados ojos. Interpreté:

–El profesor teme que los rayos X sean ilusorios, aunque no cuenta aún con la evidencia suficiente para decidir en uno u otro sentido.

La cara de Albert se encendió.

–¡Entonces hay esperanza! No hemos descubierto todo aún.

Estaba pensando cómo traducir eso a Kelvin cuando Wells estallo impaciente.

–¿Dónde está la condenada mesera?

–La encontraré, señor –dije, agradeciendo la interrupción.

Levantándome de la mesa, dejé a los tres, Wells y Kelvin charlando amablemente mientras Albert movía su cabeza de atrás hacia delante, sin entender una palabra. Cada articulación de mi cuerpo me dolía y sabía que no había nada en este mundo que pudiera ayudarme. El interior del café estaba oscuro y olía a cerveza rancia. La mesera estaba de pie frente a la barra, hablándole de manera rápida y furiosa al robusto dueño del lugar en un tono bajo pero venenoso. El hombre estaba limpiando vasos con su delantal; se veía malhumorado y, cuando se dio cuenta de mi presencia, avergonzado.

Tres tarros de cerveza estaban sobre una charola redonda junto a ella, con un solo vaso de té. La cerveza se estaba tornando tibia y sin espuma, el té se estaba enfriando mientras ella ampollaba los oídos del hombre.

Interrumpí su monólogo rencoroso:

–Los caballeros desean sus bebidas –dije en alemán.

Ella se volvió hacia mí, con los ojos llenos de furia.

–Los caballeros tendrán sus bebidas cuando se deshagan de ese judío infernal.

Un tanto perplejo, miré al dueño. Evadió mi mirada.

–No tiene caso que se lo pida a él –siseó la mesera–. No atendemos judíos aquí. ¡Yo no le serviré a un judío, ni tampoco él!

El café estaba casi vacío a esta hora de la tarde. En la penumbra alcancé a divisar a un par de caballeros ancianos fumando en sus pipas tranquilamente y a un grupo de cuatro personas, aparentemente dos matrimonios, bebiendo cerveza. Un niño de seis años estaba arrodillado al fondo del bar, fregando laboriosamente el piso de madera del bar.

–Si es mucho problema para usted –dije, e intenté alcanzar la charola.

Aferró con fuerza mi brazo extendido.

–¡No! ¡Ningún judío será atendido aquí!

Podía hacer caso omiso de ella. Si mis fuerzas no estuvieran agotadas. Podría haberle roto cada hueso de su cuerpo y el de él también. Pero estaba en las últimas y lo sabía.

–Muy bien –dije suavemente–. Me llevaré sólo las cervezas.

Me miró echando chispas por un momento, luego retiró su mano. Retiré de la charola el vaso de té y lo dejé sobre la barra. Luego saqué los tarros de cerveza a la cálida tarde iluminada por el sol.

Mientras colocaba la charola sobre la mesa, Wells preguntó:

–¿No tienen té?

Albert lo sabía mejor.

–Se niegan a atender judíos –adivinó. Su voz era plana, sin emociones, ni sorprendida ni apesadumbrada.

Asentí mientras respondía en inglés.

–Sí, se niegan a servirle a judíos.

–¿Eres judío? –preguntó Kelvin, alcanzando su cerveza.

El joven no necesitó de la traducción. Replicó:

–Nací en Alemania. Ahora soy ciudadano suizo. No tengo religión. Pero, sí, soy judío.

Sentándome junto a él, le ofrecí mi cerveza.

–No, no –dijo con una leve sonrisa apenada–. Sólo los haría enojar aún más. Creo que debería de irme.

–No todavía –dije–. Tengo algo que quiero mostrarte. –Metí la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta y saqué el grueso manojo de papeles que había estado cargando desde que había comenzado esta misión. Noté que mi mano temblaba un poco.

–¿Qué es? –preguntó Albert.

Hice una pequeña inclinación con mi cabeza en dirección de Wells.

–Es mi traducción de la excelente historia del señor Wells, La máquina del Tiempo.

Wells pareció sorprendido, Albert curioso. Kelvin chasqueó los labios y puso su tarro a medias sobre la mesa.

–¿Una máquina del tiempo? –preguntó Albert.

–¿De qué habla el chico? –preguntó Kelvin.

Me expliqué.

–Me he tomado la libertad de traducir la historia del señor Wells sobre una máquina del tiempo con la idea de encontrar un editor alemán.

–Nunca me dijo… –dijo Wells.

Pero Kelvin preguntó:

–¿Pero qué diantres podría ser una máquina del tiempo?

Wells forzó una sonrisita avergonzada y modesta.

–Sólo es el tema de un cuento que he escrito, milord: una máquina que puede viajar a través del tiempo. Al pasado, sabe usted. O hacia, eh, el futuro.

Kelvin lo miró fijamente con los ojos pequeños y brillantes.

–¿Viajar hacia el pasado o al futuro?

–Es ficción, desde luego –dijo Wells, disculpándose.

–Desde luego.

Albert parecía fascinado.

–¿Pero cómo puede una máquina viajar a través del tiempo? ¿Cómo lo explica?

Con un aspecto de total incomodidad bajo la mirada intensa de Kelvin, Wells dijo titubeante:

–Bueno, si consideran el tiempo como una dimensión…

–¿Una dimensión? –preguntó Kelvin.

–Como las dimensiones del espacio.

–¿El tiempo como la cuarta dimensión?

–Si. Un tanto así.

Albert asentía seriamente mientras traducía yo.

–¡Sí, el tiempo como una dimensión! A donde sea que nos movamos a través del espacio nos movemos también a través del tiempo, ¿no es así? ¡Espacio y tiempo! Cuatro dimensiones, todas entrelazadas entre sí.

Kelvin masculló algo indescifrable y alcanzó su cerveza a la mitad.

–¿Y se podría viajar a través de esta dimensión? –preguntó Albert–. ¿Hacia el pasado o hacia el futuro?

–Absolutos disparates –refunfuñó Kelvin, golpeando con estrépito su tarro contra la mesa–. Totalmente imposible.

–Es solamente ficción –dijo Wells casi con un gemido–. Sólo una idea con la que jugué para…

–Ficción. Desde luego –dijo Kelvin, como si diera por finalizada la conversación. Y de manera totalmente abrupta, se puso de pie.

–Me temo que debo retirarme. Gracias por la cerveza.

Nos dejó sentados ahí y comenzó a descender por la calle, su cara encendida. Por la manera como se movía su barba pude ver que iba murmurando para sí mismo.

–Me temo que lo hemos ofendido –dijo Wells.

–¿Pero cómo puede enojarlo una idea? –se preguntó Albert. La situación parecía desconcertarlo–. ¿Cómo puede una idea nueva encolerizar a un hombre de ciencia?

La mesera apareció de repente cruzando la terraza, dirigiéndose a nuestra mesa.

–¿Cuándo se va este judío? –me silbó, con los ojos ardiendo de furia–. ¡No lo soportaré más apestando nuestro café!

Temblando obviamente, pero con toda la dignidad que podía reunir a sus diecisiete años, Albert se incorporó.

–Me iré, señora. Le he impuesto demasiado a su amable hospitalidad.

–Espera –le dije asiéndolo de la manga de su chaqueta–. Llévate esto contigo. Léelo. Creo que lo disfrutarás.

Me sonrió, pero en un atisbo pude ver la tristeza que aparecería para siempre en sus ojos.

–Gracias, señor, ha sido de lo más amable conmigo.

Tomó el manuscrito y nos dejó. Lo vi leyéndolo ya mientras caminaba con lentitud calle abajo hacía el puente de Linz. Esperaba que no tropezara y se rompiera el cuello mientras deambulaba por la calle, con la nariz hundida en el manuscrito.

La mesera también lo miraba.

–Judíos apestosos. ¡Están en todos lados! Se meten en todo.

–Eso será suficiente para usted –dije con toda la seriedad posible que pude controlar.

Me miró con furia y se dio la media vuelta para entrar en el bar.

Wells se veía más perplejo que molesto, aun después de explicarle lo que había sucedido.

–Es su país, después de todo –dijo, encogiendo sus angostos hombros–. Si no desean mezclarse con los judíos no hay mucho que podamos hacer nosotros, ¿verdad?

Tomé un sorbo de mi cerveza tibia, sin sentirme capaz de contestarle con una respuesta apropiadamente educada. Había sólo una línea de tiempo en la cual Albert había vivido lo suficiente para tener un impacto efectivo sobre el mundo. Había docenas en las que languidecía en la oscuridad o era gaseado en uno de los campos de exterminio.

La expresión de Wells se volvió curiosa.

–No sabía que había traducido mi historia.

–Para ver si quizá algún editor se interesaba –mentí.

–Pero le acaba de dar el manuscrito a ese chico judío.

–Tengo otra copia de la traducción.

–¿La tiene? ¿Por qué se molestó en…?

Mi tiempo casi había terminado. Tenía un poderoso impulso de terminar con esa mascarada.

–Ese joven judío podría cambiar el mundo, sabe.

Wells se rió.

–Lo digo en serio –dije–. Usted cree que su historia es sólo una pieza de ficción. Permítame decirle que es mucho más que eso.

–¿De veras?

–El viaje por el tiempo se volverá posible algún día.

–¡No sea ridículo! –Pero podía ver el asombro repentino en sus ojos. Y el recuerdo. Había sido yo quien le había sugerido la idea del viaje por el tiempo. Lo habíamos discutido durante meses allá cuando él trabajaba para los diarios. Me había encargado de mantener le idea a la vanguardia de su imaginación hasta que finalmente se había sentado y había escrito rápidamente su novela.

Me incliné más cerca de él, apoyándome sobre los codos débilmente.

–Suponga que Kelvin está equivocado. Suponga que hay más en la física de lo que sospechamos.

–¿Cómo podría ser eso? –preguntó Wells.

–Ese chico está leyendo su historia. Le abrirá sus ojos a nuevas perspectivas, nuevas posibilidades.

Wells me dirigió una mirada de desconfianza.

–Me está tomando el pelo.

Forcé una sonrisa.

–No, en lo absoluto. Le recomiendo que ponga atención a lo que los científicos descubran en los años por venir. Podría construir una carrera escribiendo sobre ello. Podría llegar a ser conocido como un profeta si jugara sus cartas de la manera adecuada.

Su cara asumió la más extraña expresión que había visto: no quería creerme pero sin embargo lo estaba haciendo; se veía suspicaz, curioso, dudoso y anhelante… todo a la vez. Sobre todas las cosas, era ambicioso; estaba sediento de fama. Como cualquier escritor, quería que el mundo supiera de su genialidad.

Le dije tanto como me atreví. Mientras la tarde se perdía y las sombras se alargaban, mientras el sol se hundía detrás de las montañas distantes y la calidez del día daba paso lentamente a un incómodo frío que me calaba los huesos, le develé varias pistas sobre el futuro. Un futuro. El que quería yo que promoviera.

Wells no podía concebir el concepto de las realidades múltiples del viaje en el tiempo, desde luego. No había marco de referencia en su ordenada mente inglesa del siglo diecinueve para las infinitas ramificaciones del futuro. Era incapaz de imaginar los horrores que aguardaban en potencia. ¿Cómo podría? El tiempo se ramifica interminablemente y sólo en unas pocas, en un puñado invaluable de esas ramas, se puede evitar el desastre total.

–¿Cómo podría mostrarle su amado Londres arrasado por las bombas de fusión? ¿O el hemisferio norte entero deshabitado a consecuencia de las plagas fabricadas por el hombre? ¿O un mundo devastado y volcado al salvajismo que hacía ver a sus Morlocks compasivos?

¿Cómo le podría explicar las energías implicadas en el viaje en el tiempo o el daño que le inflingían al cuerpo humano? ¿Cómo podría hacerle entender el hecho que los viajeros en el tiempo eran voluntarios enviados a misiones suicidas, tratando desesperadamente de preservar una línea temporal que salvara al menos a una porción de la raza humana? El mejor futuro que podía ofrecerle era un siglo veinte torturado por las guerras mundiales y el genocidio. Eso era lo mejor que le podía brindar.

Así que todo lo que hice fue insinuarle, tan suave y sutilmente como podía, tratando de guiarlo hacia el mejor de todos los posibles futuros, horrible sin embargo para él. Yo no podía controlar ni imponer nada; lo único que podía hacer era ofrecerle un poco de guía. Hasta que la dosis de radiación de mi viaje finalmente me matara.

Wells estaba felizmente ignorante de mi dolor. Ni siquiera notó la transpiración que goteaba por mi frente a pesar de la brisa helada que anunciaba el anochecer.

–Parece estarme diciendo –dijo al fin–, que mis escritos tendrán cierto efecto positivo en el mundo.

–Ya lo han tenido –repliqué, con una sonrisa genuina.

Sus cejas se alzaron.

Ese chico adolescente está leyendo su historia. Su concepto del tiempo como una dimensión ya ha comenzado a trabajar en su mente fértil.

–¿Ese joven estudiante?

–Cambiará el mundo –dije–. Para bien.

–¿De verdad?

–De verdad –dije, tratando de sonar confiado. Sabía que todavía había un millar de obstáculos en el camino del joven Albert. Y yo no viviría lo suficiente para ayudarlo a sortearlos. Quizá otros lo harían, pero no había garantía alguna.

Sabía que si Albert no alcanzaba su potencial pleno, que si era rechazado de nuevo por la Universidad o asesinado en el próximo holocausto, el futuro que yo estaba intentando preservar desaparecería en una catástrofe global que podía terminar para siempre con la raza humana. Mi tarea era salvar tanto de la humanidad como pudiera.

Había completado un frágil primer paso en el camino de la salvación de algo de la humanidad, pero sólo un primer paso. Albert estaba leyendo la historia sobre la máquina del tiempo y comenzando a pensar que Kelvin estaba ciego al mundo real. Pero había mucho más por hacer. Muchísimo más.

Permanecimos sentados ahí, bajos las crecientes sombras del cercano ocaso, Wells y yo, cada uno de nosotros envuelto en sus propios pensamientos sobre el futuro. A pesar de su mejor auto-control inglés, Wells estaba sonriendo satisfecho. Veía un futuro en el que podría ser aclamado como profeta. Esperaba que saliera bien. Era una inmensa tarea la que yo había emprendido. Me sentía cansado, melancólico, intimidado por la inmensidad de lo que implicaba. Lo peor de todo es que nunca sabría si había tenido éxito o no.

Entonces la mesera apareció de improviso a un lado de nuestra mesa.

–Bien, ¿han terminado? ¿O van a quedarse aquí toda la noche?

Aún sin traducción, Wells entendió su tono.

–Vámonos –dijo, arrastrando su silla sobre las losas del piso.

Hice un esfuerzo para ponerme en pie y arrojé unas cuantas monedas sobre la mesa. La mesera las tomó de inmediato y gritó al interior:

–¡Ven aquí y restriega esta mesa! ¡De inmediato!

El niño de seis años llegó caminando con dificultad a través de la terraza, cargaba la pesada cubeta de madera llena de agua. Tropezó y casi la vació; el agua salpicó las piernas de su madre. Lo asió con fuerza de su oreja y lo alzó casi por encima de sus pies. Un quejido bajo y torturado brotó de los dientes apretados del niño.

–Cállate y haz bien tu trabajo –le dijo a su hijo, su voz terriblemente baja–. Si le hago saber a tu padre lo haragán que eres…

Los ojos del pequeño de seis años se ensancharon con terror mientras su madre dejaba su amenaza colgando en el aire que había entre ellos.

–Friega bien esa mesa, Adolf –le dijo su madre–. Quítale ese maldito hedor judío.

Miré al niño. Sus ojos ardían con rabia, vergüenza y odio. Salva tanto de la raza humana como puedas, me dije. Pero ya era muy tarde para salvarlo a él.

–¿Viene? –me llamó Wells.

–Sí –dije, con lágrimas en los ojos–. Está oscureciendo, ¿verdad?

FIN

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