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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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martes, 30 de junio de 2009

POLICIA 1999

POLICIA 1999

Fredric Brown

El hombre bajito con el escaso cabello gris y su vulgar traje de color rojo brillante, se detuvo en la esquina de las calles State y Randolph para comprar un microdiario, el Sun Tribune de Chicago, del día 21 de marzo de 1999. Nadie se fijó en él, cuando entró en el superalmacén de la esquina de enfrente, y se sentó a una mesa vacía. Dejó caer una moneda en el automático y mientras la máquina le servía café, miró los titulares escritos en la página diminuta que tenía unas dimensiones de siete por diez centímetros. Sus ojos eran extraordinariamente agudos; podía ver fácilmente los titulares sin la ayuda del microlector. Pero ni en la primera ni segunda página había nada que le interesara; se referían a asuntos internacionales, al tercer cohete que se había lanzado en viaje a Venus y el último desfavorable informe de la novena expedición lunar. Pero en la página tres había dos reportajes sobre las actividades del hampa y sacó un pequeño microlector del bolsillo y lo colocó encima de la página, para leer aquella información mientras bebía el café.

El hombre bajito se llamaba Bela Joad. Este era su nombre verdadero, pero había usado tantos nombres en tantos lugares diferentes, que solamente una memoria fenomenal podía haber llevado el registro de todos ellos, pero él tenía una memoria fenomenal. Ninguno de aquellos nombres había aparecido nunca en los periódicos, ni tampoco su rostro ni su voz habían sido vistos ni oídos en las pantallas de televisión. Menos de una docena de personas, todas ellas desempeñando cargos de importancia en varias jefaturas de Policía, sabían que Bela Joad era el primer detective del mundo.

No estaba a sueldo de ningún Departamento de Policía, no recibía primas ni dinero para sus gastos y nunca había cobrado ninguna recompensa. La razón de aquello podía ser que tenía medios propios de fortuna y se complacía en la investigación del crimen como simple amateur. Pero también podía ser que ganase dinero, gracias a sus actividades contra el crimen, o que consiguiese que los bandidos pagasen de un modo u otro, los gastos de sus campañas contra ellos.

Cualquiera que fuese la razón, él no trabajaba para nadie; trabajaba contra el crimen. Cuando un delito o una serie de delitos le interesaban, se dedicaba a su investigación, a veces de acuerdo con el jefe de Policía de la ciudad donde se habían cometido, a veces operando sin el conocimiento de la Policía, hasta que se presentaba en la oficina del jefe, para entregarle las pruebas que permitirían realizar las detenciones necesarias y obtener las merecidas condenas.

El nunca había aparecido, ni siquiera como testigo, en las salas del juzgado. Y mientras él conocía a los principales personajes del hampa en una docena de ciudades, no había ningún delincuente que pudiese identificarlo, excepto bajo alguna identidad falsa, con otra apariencia, que rara vez volvía a utilizar.

Ahora, mientras bebía su café matinal, Bela Joad leía con atención, a través de su microlector, los dos reportajes del Sun Tribune que le habían llamado la atención. Uno se refería a un caso que había sido uno de sus pocos fracasos, la desaparición, posiblemente el secuestro, del Doctor Ernst Chappel, profesor de criminología en la Universidad de Columbia. El titular decía: «Nueva Pista en el Caso Chappel» pero después de leer toda la información, el detective se dio cuenta de que la pista era nueva sólo para aquel periódico; él mismo la había seguido hasta un callejón sin salida, hacía ya dos años, cuando Chappel acababa de desaparecer.

La otra información se refería a un tal Paul (Gyp) Girard, que había sido absuelto del asesinato de su principal competidor en el control de las casas de juego del Norte de Chicago. Joad leyó el reportaje con minuciosa atención.

Seis horas antes, sentado en una cervecería de Nuevo Berlín, Alemania Occidental, había escuchado las primeras noticias sobre aquella absolución por la pantalla de televisión pública, sin detalles. Había salido en el primer estratoavión para Chicago.

Cuando hubo terminado de leer el microdiario, apretó el botón de su radioreloj de pulsera, el cual estaba en sintonía automática con la estación horaria más próxima y pudo escuchar, con el volumen necesario para que sólo él oyera: «Las nueve y cuatro minutos». Sin duda, el jefe de Policía, Dyer Rand, ya estaría en su despacho.

Nadie se fijó en él cuando dejó el superalmacén. Nadie le prestó atención, mientras caminaba con la muchedumbre a lo largo de la calle Randolph, hasta llegar al gran edificio que albergaba la jefatura de Policía, situado en la esquina de la calle Clark.

La secretaria del jefe Rand aceptó su tarjeta - no la suya verdadera, pero una que Rand podría reconocer fácilmente - sin mirarle dos veces.

Rand le estrechó la mano por encima de su escritorio y luego apretó el botón de su comunicador interno, encendiendo una señal en la mesa de su secretaria que significaba: «Que no se me moleste». Se inclinó hacia atrás en su sillón giratorio y cruzó las manos por encima de los severos y pequeños tres centímetros cuadrados de su camisa violeta y amarilla. Luego dijo:

- ¿Ha leído las noticias de la absolución de Gyp Girard?

- Por eso estoy aquí.

Rand sonrió y luego volvió a quedarse serio.

- Las pruebas que me envió - dijo - eran perfectas, Joad. Debían haber significado una condena a la silla. Pero quisiera que me las hubiera traído en persona, en vez de enviarlas por correo, o que hubiera habido alguna forma de ponerme en contacto con usted. Le habría dicho que posiblemente no íbamos a conseguir que el tribunal le condenase. Joad, algo terrible está sucediendo. Tengo la impresión que usted es la última esperanza que me queda. Si hubiese tenido la oportunidad de hablarle antes...

- ¿Hace dos años?

Rand pareció sorprendido.

- ¿Por qué dice eso?

- Porque hace dos años que el Dr. Chappel desapareció en Nueva York.

- ¡Oh! - dijo Rand -. No, no hay ninguna conexión entre los dos casos.

- Pensé que quizá sabía algo del asunto, cuando mencionó los dos años. No ha estado sucediendo durante tanto tiempo, desde luego, pero es bastante cerca.

Se levantó de su escritorio de plástico y empezó a caminar a lo largo de su oficina.

- Joad - dijo -, durante el pasado - teniendo en cuenta sólo este tiempo, aunque realmente empezó hace cerca de dos años -, de cada diez delitos importantes cometidos en Chicago, siete no han podido ser resueltos. Técnicamente sin solución, desde luego; de cada cinco de esos siete, sabemos quién es el culpable, pero no lo podemos probar. No podemos conseguir que los condenen.

»El hampa nos está venciendo, Joad, mucho más de lo que han hecho en cualquier época desde la era de la prohibición, hace setenta y cinco años. Si esto sigue, vamos a volver a días como aquellos y aún peores.

»Durante los veinticuatro años últimos hemos conseguido condenar a los culpables de ocho de cada diez delitos importantes. Inclusive veinte años atrás - antes de que el uso del detector de mentiras en los Tribunales fuese declarado legal - teníamos un porcentaje superior al que conseguimos ahora. Allá por la década del 1970 al 1980, por ejemplo, conseguíamos el doble de condenas de las que obtenemos ahora; podíamos condenar a los responsables de seis de cada diez crímenes. Este año pasado, sólo han sido tres de cada diez.

»Y el caso es que conozco la razón, pero no sé qué hacer para remediarlo. La razón es que los criminales han dominado el detector de mentiras.

Bela Joad asintió. Luego dijo suavemente:

- Unos cuantos siempre han conseguido engañarlo. El aparato no es perfecto. Los jueces siempre aconsejan a los jurados que recuerden que las indicaciones del detector de mentiras tienen un alto grado de probabilidad, pero no son infalibles; que los resultados obtenidos deben ser considerados como posibles pero no definitivos y que siempre debe haber otra evidencia para apoyarlos. Y siempre han existido algunos raros individuos que pueden contar el más grande embuste delante del detector, sin que las agujas de los gráficos se muevan ni una sola vez.

- Uno en un millón, de acuerdo. Pero, Joad, en estos últimos tiempos, casi todos los jefes del hampa han podido engañar al detector.

- Quiere decir los delincuentes profesionales, no los aficionados.

- Exactamente. Sólo los habituales del delito, los profesionales, miembros del hampa. Si no fuese por eso, pensaría..., no sé lo que pensaría. Quizá que toda la teoría del detector está equivocada.

- Podría eliminar el uso del detector en los Tribunales - dijo Joad - Se han obtenido condenas antes de que su uso fuese legalizado; y antes de que se inventara el detector.

Dyer Rand suspiró y se dejó caer en su sillón neumático.

- Me gustaría hacerlo si pudiera. En este momento quisiera que nunca se hubiese inventado este aparato, o que su uso se haya introducido en los Tribunales. Pero no olvide que la ley que lo legaliza, concede a las dos partes el derecho de pedir su uso ante los jueces. Si un criminal sabe que puede engañarlo, exigirá su uso aunque nosotros no queramos. Y ya me dirá qué posibilidad hay de que un jurado lo condene, cuando el acusado exige el uso del detector de mentiras y éste confirma su inocencia.

- Muy poca, desde luego.

- Menos que nada, Joad. Tomemos este asunto de Gyp Girard, que fue absuelto ayer. Yo sé que él mató a Pete Bailey. Usted lo sabe. Las pruebas que me envió fueron, en circunstancias normales, definitivas. Y sin embargo yo sabía que íbamos a perder el caso. No me habría molestado en llevarlo a los tribunales, si no fuera por una sola cosa.

- ¿Cuál?

- Para hacerle venir aquí, Joad. No tenía ningún otro recurso para ponerme en contacto con usted, y tenía la esperanza de que si leía las noticias de la absolución de Girard, después de las pruebas que me había dado, no dejaría de venir a verme, para saber qué había pasado.

Se levantó y volvió a pasearse por la oficina.

- Joad, voy a volverme loco. ¿Cómo es posible que toda el hampa pueda engañar al detector? Esto es lo que quiero saber y va a ser el caso más importante de toda su vida. Tómese un año o cinco, Joad, pero resuélvalo. Fíjese en la historia de las fuerzas de la Ley. Siempre la policía ha tenido ventaja sobre los criminales en el campo de la ciencia. Ahora los criminales, por lo menos en Chicago, nos llevan ventaja a nosotros. Y si la situación sigue así, si no conseguimos encontrar la respuesta, nos dirigimos hacia una nueva edad media, cuando no era seguro para ningún hombre ni mujer el caminar por la calle después de anochecido. Los mismos fundamentos de nuestra sociedad pueden ser derribados. Nos encontramos enfrentados a algo maligno y muy poderoso.

Bela Joad cogió un cigarrillo de la cajita que había encima del escritorio de Rand; se encendió automáticamente tan pronto como lo tuvo en los labios. Era un cigarrillo verde y Joad sacó dos nubecillas de humo verde por la nariz, antes de contestar, casi sin interés aparente:

- ¿Tiene alguna sugestión que ofrecer, Rand?

- He tenido dos ideas - dijo Rand -, pero ya las he desechado. La primera es de que las máquinas habían sido preparadas, con el fin de que declarasen a favor de los delincuentes. La segunda es de que los técnicos que las hacen funcionar, se habían puesto de acuerdo con los acusados. Pero he hecho que se investigara tanto a los hombres como a las máquinas, desde todos los puntos de vista posibles y no he podido encontrar nada sospechoso. En los casos importantes he tomado precauciones especiales. Por ejemplo, el detector que usamos en el juicio de Girard era nuevo, recién salido de la fábrica y lo comprobé en esta misma oficina. - Rand se rió -. Puse al Capitán Burke bajo el aparato y le pregunté si era fiel a su esposa. Me contestó que sí y casi rompe la aguja. De aquí salió para el Tribunal, bajo custodia especial.

- ¿Y el técnico que lo hizo funcionar?

- Yo mismo me senté a los controles. Fui a aprender su uso, por las noches, durante cuatro meses.

Bela Joad asintió.

- De modo que no es la máquina ni el técnico. Hemos eliminado estas posibles causas y ahora puedo investigar de aquí en adelante.

- ¿Cuánto tiempo le va a llevar, Joad?

- No tengo la menor idea.

- ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Algo que necesite para empezar a trabajar?

- Sólo una cosa, Dyer. Necesito una lista de los delincuentes que han conseguido vencer al detector y el expediente de cada uno de ellos. Sólo de aquellos en los que estemos totalmente seguros de que han cometido los crímenes imputados. Si hay alguna duda razonable, no los ponga en la lista. ¿Cuándo podré tener esta lista?

- Ahora mismo; la tenía hecha pensando en el día que podríamos hablar de este asunto. Es un informe muy largo, de modo que lo he microcopiado - dijo Rand, mientras entregaba a Bela Joad un pequeño sobre.

- Gracias - dijo Joad - No vendré a verle a menos de que tenga alguna información importante o necesite su cooperación. Creo que lo primero que voy a hacer, va a ser preparar un asesinato para que podamos poner al asesino enfrente del detector.

Los ojos de Dyer Rand se abrieron.

- ¿A quién se va a asesinar?

- A mí - dijo Bela Joad sonriendo.

Cuando llegó a su hotel, sacó el sobre que Rand le había dado y pasó varias horas estudiando los microfilms con su microlector de bolsillo, hasta que pudo repetir palabra por palabra su contenido, de memoria. Luego quemó los films y el sobre.

Después de aquello, Bela Joad pagó su cuenta en el hotel y desapareció, pero un hombre bajito que no se parecía ni remotamente a Joad, alquiló un cuarto en un hotel barato, bajo el nombre de Martin Blue. El hotel estaba en Lakeshore Drive, que entonces era el corazón del hampa de Chicago.

El mundo criminal de Chicago había cambiado menos, en cincuenta años, de lo que uno podía suponer. Las pasiones humanas no cambian, o lo hacen muy lentamente. Era cierto que ciertos delitos habían disminuido apreciablemente, pero por el contrario, el juego había aumentado. La seguridad y el bienestar de que todos disfrutaban, era quizás un factor dominante en ese aumento. Ya no había necesidad de ahorrar para la vejez como, en épocas pasadas, habían hecho unos cuantos.

El juego era un campo propicio para los criminales y ellos cultivaban ese campo adecuadamente. Una técnica muy adelantada había aumentado el número de formas de juego, y al mismo tiempo había mejorado la eficiencia de los sistemas utilizados para dar ventaja a los fulleros. El juego con trampa era un negocio enorme y, diariamente ocurrían muertes y luchas entre bandas que se disputaban los derechos territoriales para sus casas de juego, del mismo modo que habían luchado por las mismas causas en los días idos de la prohibición, cuando el alcohol era el rey del crimen. Aún existían cabarets y clubs nocturnos, pero ése era un negocio de menor importancia. La gente había aprendido a beber con moderación. Y las drogas era una cosa pasada, aunque aún se hacía algún tráfico en ellas.

Todavía habían robos y atracos, aunque no con tanta frecuencia como cincuenta años atrás.

El asesinato era ligeramente más frecuente. Sociólogos y criminólogos diferían respecto a las razones para este aumento en los delitos de esa categoría.

Las armas de defensa y ataque habían, desde luego, mejorado mucho, pero no incluían las atómicas. Todas las armas atómicas y subatómicas eran rígidamente controladas por el Ejército y nunca eran usadas, ni por la policía ni por los delincuentes. Eran demasiado peligrosas; la pena de muerte era obligatoria para cualquiera a quien se encontrara en posesión de un arma atómica.

Pero las pistolas y revólveres que poseían el criminal de 1999, eran muy eficaces. Eran mucho más pequeñas, más compactas y completamente silenciosas. Tanto las pistolas como las municiones estaban hechas de magnesio superduro y eran muy ligeras. El arma más común era la pistola del calibre 16 - tan mortal como la 45 del tiempo pasado, porque los diminutos proyectiles eran explosivos - y hasta una pequeña pistola de bolsillo contenía de cincuenta a cien balas.

Pero volvamos a Martin Blue, cuya entrada en el mundo del hampa coincidió con la desaparición de Bela Joad del hotel de este último.

Se vio muy pronto que Martin Blue no era un hombre agradable. No tenía medios de vida aparente, aparte del juego y parecía perder, en pequeñas cantidades, más de lo que ganaba. Casi se vio metido en dificultades por una cuestión de un cheque sin fondos, que entregó para saldar sus pérdidas en un garito, pero pudo evitar que lo liquidaran pagando al día siguiente en efectivo. Lo único que leía era el Microdiario de las carreras y bebía mucho, casi siempre en una taberna con una sala de juego clandestina en la trastienda que antes había sido propiedad de Gyp Girard. Una vez le dieron una paliza, porque defendió a Gyp Girard ante un comentario del actual propietario, quien dijo que Gyp había perdido el valor y se había vuelto honrado.

Durante una temporada la suerte se volvió contra Martin y éste se vio tan apurado que tuvo que emplearse como camarero, en el bar de un garito en el Boulevard Michigan, llamado Sucio Joe, quizá porque el dueño del local, Joe Zatelli, era considerado como uno de los hombres más bien vestidos de Chicago, y eso en los años de fin de siglo, cuando los trajes de piel de leopardo (piel sintética, pero más fina y cara que la verdadera piel de leopardo) eran muy comunes y todo el mundo usaba ropa interior de seda plástica.

Entonces le sucedió una cosa muy graciosa a Martin Blue. Joe Zatelli lo mató. Lo sorprendió, después de haber cerrado, mientras robaba la caja del bar y en el momento en que Martin daba media vuelta para huir, Zatelli disparó. Hizo tres disparos para asegurarse. Y luego Zatelli, quien nunca había confiado en los cómplices, puso el cuerpo en su coche y lo abandonó en una calleja detrás de un teleteatro.

El cuerpo de Martin Blue se levantó y se fue a ver al jefe Rand para decirle personalmente lo que quería que se hiciera.

- Se ha arriesgado mucho, Joad - dijo Rand.

- No lo crea - contestó Blue -. Yo había puesto cartuchos de fogueo en su pistola y estaba bien seguro de que usaría aquella arma. Y no se va a enterar de qué clase de cartuchos lleva, a menos de que se trate de matar a otra persona. Tienen toda la apariencia de cartuchos verdaderos. Y además llevaba un chaleco especial bajo el traje. Flexible para facilitar los movimientos y acolchado por encima para que parezca carne al contacto, y desde luego no pudo sentir el latido del corazón cuando me cogió para llevarme al coche. Y estaba preparado para emitir un sonido como el de las balas explosivas al estallar en el interior.

- ¿Y qué habría pasado si hubiese cambiado de pistola o de balas?

- ¡Oh!, ese chaleco es a prueba de balas de cualquier arma, excepto las atómicas. El peligro estaba en que se le ocurriese alguna forma extravagante de hacer desaparecer el cuerpo. Me las habría arreglado, desde luego, pero se habría estropeado el plan que me ha costado tres meses de preparación. Pero tenía bien estudiada su forma de operar y estaba seguro de lo que haría. Y ahora esto es lo que quiero que haga usted, Dyer.

Los periódicos y programas de televisión de la mañana siguiente, difundieron la noticia de que había sido encontrado el cuerpo de un hombre sin identificar, en cierta callejuela de los barrios bajos. Al mediodía se informó al público de que el muerto había sido identificado como un tal Martin Blue, un ratero de poca categoría que había vivido en Lakeshore Drive, en el corazón de Chicago. Y a la noche, ya se rumoreaba en todos los bares y cabarets de la ciudad que la policía sospechaba de Joe Zatelli, que había sido el patrón de Martin Blue, y que posiblemente lo iban a detener para ponerle ante el detector.

Varios agentes de paisano vigilaron el local de Zatelli, tanto la entrada principal como la trasera, para ver dónde iría si es que salía a la calle. Vigilando el frente del local había un hombre pequeño, con la estatura de Bela Joad o Martin Blue. Desgraciadamente, a Zatelli se le ocurrió salir por la puerta trasera y consiguió despistar a los detectives que le siguieron la pista.

Lo detuvieron a la mañana siguiente, a pesar de todo, y lo llevaron a jefatura. Lo pusieron enfrente del detector de mentiras y le preguntaron qué sabía sobre Martin Blue. Zatelli admitió que Blue había trabajado para él, pero que lo había visto por última vez, cuando Martin había dejado el trabajo, la noche del asesinato. El detector indicó que no mentía.

Entonces los policías se sacaron un as de la manga. Hicieron entrar a Martin Blue en la habitación donde se estaba interrogando a Zatelli. Pero la jugada falló. Las agujas del detector no se movieron ni una fracción de milímetro y Zatelli contempló a Blue y luego a sus interrogadores con gran indignación.

- ¿Qué significa esto? - exigió -. Este tipo ni siquiera está muerto, ¿y me están preguntando si es que yo lo he matado?

Los policías aprovecharon la ocasión de tener a Zatelli allí, para preguntarle sobre unos cuantos crímenes que podía haber cometido, pero pronto se hizo aparente de acuerdo a sus contestaciones y al detector de mentiras que no había cometido ninguno de ellos. Al final lo pusieron en libertad.

Desde luego aquello fue el fin de Martin Blue. Después de mostrarse ante Zatelli en la jefatura, igual podía estar muerto en aquella calleja, para lo que les iba a servir de ahora en adelante.

Bela Joad comentó con el jefe Rand.

- Bien, de todos modos, ahora lo sabemos.

- ¿Qué es lo que sabemos?

- Tenemos la seguridad de que el detector está siendo engañado sistemáticamente. Era posible que se hubieran cometido una serie de detenciones equivocadas con anterioridad. Inclusive las pruebas que le di contra Gerard podían haber estado equivocadas. Pero ahora sabemos que Zatelli venció a la máquina. Solamente siento que Zatelli no hubiera salido por la puerta principal, de modo que yo hubiese podido seguirle; ahora podríamos tener el caso completamente resuelto, en vez de conocer sólo una parte de él.

- ¿Va a regresar? ¿Tendremos que empezar de nuevo? Sí, pero no del mismo modo. Esta vez tengo que estar en el otro extremo de un asesinato, y voy a necesitar su ayuda para eso.

- La tendrá. Pero, ¿no quiere decirme qué es lo que piensa hacer?

- Me temo que no me es posible, Dyer. Es sólo una idea muy vaga. En realidad, la he tenido desde que empecé a trabajar en este asunto. ¿Querrá hacerme otro favor, Dyer?

- Desde luego. ¿Qué es?

- Ponga uno de sus hombres a seguir a Zatelli y que vigile todo lo que haga de ahora en adelante. Ponga otro en la pista de Gyp Girard. En realidad, quisiera que usara todos los hombres de que pueda disponer y que vigilen a cada uno de los hombres de los que estamos seguros de que se han burlado del detector durante estos dos últimos, años. Y que se mantengan siempre a distancia, que no dejen que esos tipos se den cuenta de que están siendo seguidos. ¿Podrá hacerlo?

- No sé qué es lo que busca, pero lo haré. ¿No puede decirme nada? Joad, esto es importante. No olvide que no se trata de un caso rutinario. Esto es algo que puede llevar al derrumbe de la ley.

Bela Joad sonrió.

- El asunto no es tan grave, Dyer. La ley que se pueda aplicar contra el hampa, desde luego. Pero usted está consiguiendo su porcentaje usual de condenas para los crímenes y delitos que no son cometidos por profesionales.

Dyer Rand lo miró confuso.

- ¿Y qué es lo que esto tiene que ver con nuestro caso?

- Quizá tenga mucha importancia. Es por esto que aún no le puedo decir nada. Pero no se preocupe. - Joad se inclinó a través de la mesa y golpeó en el hombro del jefe, y en aquel momento los dos parecían, aunque ellos no se dieran cuenta, como si un «foxterrier» le extendiera la pata a un gran «San Bernardo».

- No se preocupe, Dyer. Le prometo que le traeré la solución. Aunque quizá no podrá hacer uso de ella.

- ¿Sabe realmente lo que está buscando?

- Sí. Estoy buscando a un criminólogo que desapareció hace más de dos años. El Dr. Ernst Chappel.

- ¿Usted cree...?

- No estoy seguro. Por esto quiero encontrar al Dr. Chappel.

Y esto fue todo lo que Rand pudo conseguir de Joad. Bela Joad abandonó la oficina de Dyer Rand y regresé al hampa.

Y en el bajo mundo de Chicago apareció una nueva estrella. Quizá deberíamos llamarla una nova más bien que simplemente una estrella, tan rápidamente se convirtió en famoso o notorio. Físicamente, era un hombre bajito, no más alto que Bela Joad o Martin Blue, pero no era una persona de maneras corteses como Joad ni una hiena como Blue. Tenía lo necesario para imponerse en un mundo de malhechores y sabía utilizar bien sus cualidades. Se hizo el dueño de un pequeño club nocturno, pero era sólo para cubrir las apariencias. Detrás de esa fachada, sucedían muchas cosas, cosas de las que la policía aún no podía acusarle, y las que no parecían conocer, pero el bajo mundo estaba bien enterado.

Su nombre era Willie Ecks, y nadie en el mundo del hampa hizo amigos y enemigos con mayor rapidez. Tenía muchos de cada; los primeros eran poderosos y los segundos peligrosos. En otras palabras, ambos eran el mismo tipo de personas.

Su breve carrera fue verdaderamente - si me permiten seguir con mi símil celestial - meteórica. Y por una vez ese símil gastado e inexacto ha sido usado correctamente. Los meteoros no se elevan, como sabe cualquiera que haya estudiado meteorología, la cual no tiene nada que ver con los meteoros. Los meteoros caen, a veces con gran estruendo. Y eso es lo que le sucedió a Willie Ecks cuando se hubo elevado lo bastante.

Tres días antes, el peor enemigo de Ecks había desaparecido de entre el seno de sus amigos. Dos pistoleros de su banda esparcieron el rumor de que la policía lo había detenido, pero eso era evidentemente un intento de prepararse la coartada, ya que tenían la intención de vengarlo. El rumor fue desacreditado, cuando a la siguiente mañana, se supo que el cuerpo del gangster había sido hallado, con un peso en los pies, en el Lago Azul del Parque Washington.

Y al anochecer del mismo día se empezó a comentar en todos los clubs y en todas las tabernas, que la policía tenía pruebas de quién era el asesino - que había usado un arma atómica prohibida - y que planeaban la detención de Willie Ecks para interrogarlo. Estas cosas se saben rápidamente aunque no se quiera que los demás se enteren.

Fue en el segundo día que había pasado Willie Ecks escondido en un hotel barato en la calle North Clark, un hotel antiguo con ascensores y ventanas en las paredes, y donde sólo unos cuantos amigos fieles sabían que se había refugiado, que uno de esos fieles amigos llamó de cierta manera a la puerta y fue inmediatamente admitido.

El nombre del recién llegado era Mike Leary, y era un acérrimo amigo de Willie y enemigo del caballero que, según los periódicos, había sido hallado en el Lago Azul.

Sus primeras palabras fueron:

- Creo que estás en un lío, Willie.

- Sí - contestó Willie. No había usado depilatorio facial durante los dos últimos días y su cara estaba azul por la barba y aún más azulada por el miedo.

Mike le dijo:

- Hay una salida, Willie. Te va a costar diez de los grandes. ¿Puedes conseguirlos?

- Los tengo. ¿Cuál es la salida?

- Hay un hombre. Yo sé cómo encontrarlo. Nunca lo he usado, pero lo haría si me viera en un lío como el tuyo. El puede arreglar tu asunto, Willie.

- ¿Cómo?

- Te enseñará cómo puedes engañar al detector de mentiras. Puedo conseguir que venga aquí y que arregle esta cuestión. Entonces puedes dejar que las policías te detengan para interrogarte, ¿comprendes? Tendrán que dejarte en libertad o si te llevan ante el juez, no conseguirán que te condenen.

- ¿Y qué pasará si me preguntan, respecto... bien, no importa, sobre otras cosas que puedo haber hecho?

- Ese amigo lo arreglará todo. Por los cinco mil te pondrá en condiciones de que puedas enfrentarte con ese detector y de que no puedan acusarte de nada.

- Antes has dicho diez mil.

Mike Leary hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa.

- Yo también tengo que vivir, ¿no es así, Willie? Y me has dicho que tenías los diez grandes, de manera que debes estar dispuesto a pagarlos para salir de este atolladero.

Willie Ecks discutió con él, pero todo en vano. Tuvo que darle a Mike cinco billetes de mil dólares como pago por su intervención en el asunto. No es que ese dispendio le importase mucho, ya que los que pagó fueron billetes de mil dólares muy especializados. La tinta verde con que estaban impresos, se convertiría en violeta dentro de unos días. Ni siquiera en el año 1999 es posible hacer pasar un billete de mil dólares de color violeta, de modo que cuando los billetes cambiasen, Mike Leary también se pondría de color violeta, pero entonces ya sería demasiado tarde para que pudiese remediarlo.

Ya era bien entrada la noche, cuando llamaron a la puerta de la habitación que Willie Ecks ocupaba en aquel hotel Este; es levantó de donde estaba leyendo los periódicos de la tarde y apretó un botón que hizo que la puerta se volviese transparente desde el interior.

Estudió con atención al hombre de aspecto corriente que estaba en el exterior. No puso ninguna atención a los contornos faciales ni al desaliñado traje amarillo que llevaba. Se fijó bastante en los ojos, pero principalmente estudió la forma y colocación de las orejas y las comparó mentalmente con las orejas que había visto en las fotografías que había examinado concienzudamente.

Por fin Willie Ecks volvió a ponerse la pistola en el bolsillo y abrió la puerta.

- Entre - dijo.

El hombre del traje amarillo entró y Willie Ecks cerró la puerta con cuidado y luego dio la vuelta a la llave.

- Estoy muy contento de verle, Dr. Chappel.

Su voz tenía un tono de convicción y en realidad el hombre llamado Willie Ecks estaba satisfecho de su trabajo.

Ya eran las cuatro de la mañana cuando Bela Joad se encontró delante de la puerta del departamento de Dyer. Tuvo que esperarse, allí en el pasillo tenuemente iluminado, el tiempo que necesitó el jefe de Policía para levantarse de la cama y llegar hasta la puerta y luego poner en funcionamiento el tablero transparente por un lado y opaco por el otro y examinar a su visitante.

La cerradura magnética suspiró suavemente y la puerta se abrió. Los ojos de Rand estaban soñolientos y su cabello revuelto. Llevaba unas zapatillas de plástico y un pijama de neonylon arrugado.

Se hizo a un lado para permitir la entrada a Joad y éste pasó hasta el centro de la habitación y se quedó mirando a su alrededor con curiosidad. Era la primera vez que entraba en las habitaciones particulares de Rand. El departamento era como el de cualquier otro soltero de buena posición de aquella época. El mobiliario era sencillo y funcional, cada pared pintada en un tono pastel diferente, levemente fluorescente, emitía un agradable calor radiante, y la suave pero constante caricia de los rayos ultravioleta mantenía a las personas que podían permitirse aquella clase de instalación, saludablemente bronceadas. La alfombra tenía un dibujo de cuadros alternados, de color beige y gris, con piezas sueltas y cambiables, de modo que se compensara el uso en sus diferentes partes. Y el techo, desde luego, era un espejo de una sola pieza, que daba la sensación de altura y espacio.

Rand dijo:

- ¿Buenas noticias, Joad?

- Sí, pero ésta es una entrevista no oficial, Dyer. Lo que voy a decirle tiene que quedar en secreto entre nosotros dos.

- ¿Qué quiere decir?

- Aún parece dormido, Dyer - dijo Joad - Tomemos una taza de café, ¿no? Lo despertará y yo lo necesito.

- Muy bien - dijo Rand. Entró en la pequeña cocina y apretó el botón que calentaba la cafetera automática.

- ¿Lo quiere con coñac? - preguntó desde allí.

- Sí, muchas gracias.

En un minuto, Rand regresó con dos tazas de fragante y humeante café. Esperó con impaciencia hasta que estuvieron confortablemente sentados y hubieron tomado el primer sorbo de café, y entonces preguntó:

- ¿Bien, Joad?

- Antes de empezar, quiero repetir que esta entrevista no es oficial, Dyer. Puedo darle la solución completa del caso, pero solamente lo haré en el bien entendido de que la olvidará cuando yo salga de aquí; que nunca se lo contará a otra persona y de que no tomará ninguna iniciativa a consecuencia de lo que yo le diga.

Dyer Rand se quedó mirando a su huésped incrédulamente.

- ¡No puedo prometerle nada de esto! - dijo -. Soy el jefe de Policía, Joad. Tengo mis deberes para con mi puesto y el pueblo de Chicago.

- Por eso vine aquí, a su departamento, en vez de ir a su oficina. Ahora no está trabajando, Dyer. Esta es su casa y puede hablar como particular.

- Pero...

- ¿Me lo promete?

- ¡No!

- Entonces siento haberle despertado. - Bela Joad suspiró, dejó la taza y empezó a levantarse.

- ¡Espere! No puede hacer eso. No puede irse ahora sin contarme nada.

- ¿Que no puedo?

- Está bien, conforme. Prometeré. Supongo que debe tener buenas razones para pedir algo tan extraordinario, ¿no es así?

- Sí, tengo poderosas razones.

- Bien, entonces aceptaré su palabra de que esto debe de ser así.

Bela Joad sonrió.

- Bien - dijo -. Entonces voy a darle el informe de mi último caso. Porque éste es el último caso en el que trabajo, Dyer. De ahora en adelante me dedicaré a otra clase de trabajo.

Rand lo miró con sorpresa.

- ¿Cómo?

- Voy a enseñar a los malhechores cómo engañar al detector de mentiras.

El jefe de Policía, Dyer Rand, dejó su taza lentamente y se puso en pie. Avanzó un paso hacia el hombre bajito, quien tenía la mitad de su peso y que seguía sentado en la silla de respaldo inclinado.

Bela Joad aún sonreía.

- No lo haga, Dyer - dijo -. Por dos razones. La primera es que no me tocará y yo podría herirle y no quiero. La segunda es que puedo explicárselo todo y es completamente honesto. Siéntese.

Dyer Rand se sentó.

Bela Joad dijo:

- Cuando me explicó que este caso era importante, ni usted mismo sabía hasta dónde llegaba su importancia. Y aún lo será más. Chicago es solamente el principio. Y de paso, gracias por los informes que le pedí. Son exactamente lo que esperaba.

- ¿Los informes? Si todavía están en mi oficina de la jefatura.

- Estaban. Los he leído todos y después los he destruido. Las copias también. Olvídese de ellos. Y no preste demasiada atención a sus estadísticas. También las he leído.

Rand frunció el ceño.

- ¿Y por qué debo olvidarlas?

- Porque confirman lo que Ernie Chappel me ha contado esta noche. ¿Sabe usted, Dyer, que el número de delitos importantes ha descendido mucho más en este último año que el porcentaje en que ha bajado el número de sus condenas obtenidas?

- Ya me he fijado en este detalle. ¿Quiere decir que existe una relación?

- Sin duda alguna. La mayoría de los delitos, un elevado porcentaje del total, son cometidos por delincuentes profesionales, reincidentes. Y, Dyer, esto aún va más lejos. De un total de varios miles de delitos cometidos al año, el noventa por ciento son cometidos por unos cuantos centenares de criminales profesionales. Y dígame, ¿se ha fijado en que el número de criminales profesionales en Chicago ha quedado reducido en un tercio en los dos últimos años? Pues lo ha hecho. Y ésta es la razón de que el número de delitos haya disminuido.

Bela Joad tomó otro sorbo de café y entonces se inclinó hacia delante.

- Gyp Girard, según sus informes, tiene ahora un puesto de refrescos en el West Side, y no ha cometido ningún delito durante todo el año pasado. Desde que consiguió vencer al detector de mentiras. - Siguió contando con los dedos - Joe Zatelli, que era uno de los tipos más duros en el North Side, ahora está llevando su restaurante decentemente. Carey Hutch, Wild Bill Wheeler. - La lista es muy larga. - Usted tiene los informes, y éstos no están completos porque hay muchos nombres que no están en la lista, gente que fueron a ver a Ernst Chappel para que les enseñara cómo engañar al detector de mentiras y después de todo no fueron arrestados. Y nueve de cada diez de ellos - y quizá me quedo corto - no han cometido ningún delito desde entonces

Dyer Rand dijo:

- Continúe, escucho.

- Mi primera investigación del caso Chappel me demostró que había desaparecido voluntariamente. Y ahora sé que Chappel es honrado y un gran hombre. Sabía que no estaba loco, porque era un psiquiatra al mismo tiempo que un criminólogo. Un psiquiatra tiene que estar cuerdo.

»De modo que comprendí que había desaparecido por alguna razón importante. Y cuando, hace nueve meses, me contó usted lo que estaba pasando en Chicago, empecé a sospechar que Chappel podía estar aquí realizando sus proyectos. ¿Empieza a comprender?

- Muy poco.

- Bien, espere. Lo entenderá cuando se forme una idea de cómo un experto psiquiatra puede ayudar a los criminales a engañar al detector.

- ¿Puede hacerlo? Pero... yo...

- Exactamente. Por la forma más elemental de tratamiento hipnótico. Algo que cualquier buen psiquiatra podía hacer hace cincuenta años. Los clientes de Chappel, que desde luego, no saben quién es él ya que para ellos Chappel es un personaje misterioso del hampa, que les ayuda a escapar de la policía, le pagan bien y le dicen qué crímenes serán los que les puede preguntar la policía, si los arrestan. El les dice que incluyan en su relación todos los delitos que hayan cometido en su vida, de modo que la policía no puede cogerles por algún asunto pasado. Y entonces...

- Espere un poco - interrumpió Rand - ¿Cómo puede conseguir que se confíen hasta ese punto?

Joad hizo un gesto de impaciencia.

- Muy sencillo. No le confiesan un solo crimen, ni siquiera a él. El sólo les pide una lista que incluya todo lo que hayan hecho en su vida. Pueden añadir alguna mentira y él no puede saber qué delitos son los verdaderos. De manera que eso no importa.

»Entonces los somete a una ligera hipnosis y les asegura que no son delincuentes ni nunca lo han sido y que nunca han hecho nada de las cosas escritas en la lista que les vuelve a leer. Y eso es todo.

»De modo que cuando les pone enfrente del detector y se les pregunta si es que han hecho esto o aquello, ellos pueden contestar que no y estar convencidos de ello. Por eso el aparato no puede indicar que mientan. Por esa razón Joe Zatelli no se inmutó cuando vio a Martin Blue entrar en aquella habitación. No recordaba que Blue estuviese muerto, excepto por lo que había leído en los periódicos.

Rand se inclinó.

- ¿Dónde está Ernst Chappel?

- No se le debe molestar, Dyer.

- ¿Que no se le debe molestar? ¡Es el hombre más peligroso que existe!

- ¿Para quién?

- ¿Cómo que para quién? ¿Está loco, Joad?

- No estoy loco. Es el hombre más peligroso que existe, pero sólo para los criminales. Fíjese, Dyer. Cuando un delincuente empieza a ponerse nervioso porque la policía lo va a detener, envía a buscar a Ernie o lo va a ver. Y Ernie lo limpia de todos sus pecados y además le convence de que no es un criminal.

» De modo que en nueve de cada diez casos, el individuo en cuestión deja de ser criminal. Dentro de diez o veinte años Chicago no va a tener hampa. El crimen organizado por los criminales profesionales no existirá. Siempre existirán los aficionados, pero comparativamente éstos no tienen importancia. ¿Qué le parece si tomamos un poco más de café?

Dyer Rand se dirigió a la cocina y lo sirvió. Ahora estaba completamente despierto, pero andaba como un sonámbulo.

Cuando volvió, Joad le dijo:

- Y ahora que me he asociado con Ernie, vamos a extender la organización a todas las ciudades del mundo en las que exista un bajo mundo que valga la pena. Adiestraremos personal escogido; ya me he fijado en dos de sus hombres y puede ser que pronto me los lleve conmigo. Vamos a seleccionar nuestros apóstoles - más o menos una docena - muy cuidadosamente. Tienen que poseer las cualidades necesarias para ese trabajo.

- Pero, Joad - protestó Rand -, ¿qué me dice de todos los crímenes que van a quedar sin castigo; de los criminales que escaparán a la justicia?

Bela Joad bebió el resto de su taza de café y se levantó.

- ¿Y qué importa más - dijo -, castigar criminales o terminar con el crimen? O si quiere mirarlo desde un punto de vista moral, ¿debe castigarse a un hombre por un crimen que no recuerda haber cometido, cuando ya no es un criminal?

Dyer Rand suspiró.

- Creo que tiene razón. Yo mantendré mi promesa.

Supongo que ya no le veré más.

- Probablemente, no, Dyer. Y voy a adelantarme a lo que va a decir. Sí, brindaremos juntos en despedida. Una copa de licor, sin el café.

Dyer Rand trajo dos vasos.

- ¿Bebamos por Ernst Chappel? - dijo.

Bela Joad sonrió.

- Lo incluiremos en el brindis, Dyer - dijo -. Pero vamos a beber por todos los hombres que trabajan para terminar su obra. Los médicos trabajan por el día en que la raza será tan fuerte que no serán necesarios médicos; los abogados trabajan por el día en que los pleitos no serán necesarios. Y los policías, criminólogos y detectives trabajan por el día en que ya no serán necesarios, porque el crimen no existirá.

Dyer Rand asintió seriamente y levantó su copa.

Luego bebieron.

FIN


LA RATA DE ACERO INOXIDABLE TE NECESITA

LA RATA DE ACERO INOXIDABLE TE NECESITA




Harry Harrison


UNO

Blodgett es un planeta pacifico. El sol brilla anaranjado, las suaves brisas enfrían la cima, mientras el aire silencioso es apenas perturbado por el distante rugido de los cohetes del espacio puerto. Muy relajante… demasiado para alguien como yo, que debe estar en guardia, alerta y vigilante a toda hora todo el tiempo. Y debo admitir que no estaba haciendo ninguna de esas cosas cuando al anunciador de la puerta del frente llamó: ding-dong. El agua caliente salpicaba mi cabeza y yo estaba amodorrado como un gato en coma.

—Yo atiendo —dijo Angelina, lo suficientemente fuerte como para ser oída sobre el ruido de la ducha. Gorgoteé una respuesta cuando cerré remolonamente la ducha y salí.

El secador me abrigó con su aire tibio, mientras la niebla de la loción cosquilleaba en mi nariz. Canturreé para mi mismo con satisfacción sibarítica, en paz con el mundo, desnudo como Dios me trajo al mundo… excepto, desde luego, los pocos artefactos de los que jamás me desprendo. Quiero decir, voluntariamente. La vida tiene sus placeres, tales como apreciar mi vigoroso cuerpo y mi recio rostro en el espejo. El toque de gris en las sienes añadía una nota distinguida… no podía pensar en nada de lo cual preocuparme.

Nada más que la súbita angustia que me atenazó, congelándome hasta los huesos. ¿Era una premonición? No, era el paso de los segundos. Angelina había estado demasiado tiempo en la puerta. Algo estaba mal.

Irrumpí en el vestíbulo y bajé corriendo. La casa estaba vacía. Pasé por la puerta delantera y reboté por el sendero como una gacela rosada, brincando desesperadamente en una pierna mientras sacaba la pistola de su funda tobillera, con mis ojos saliendo de sus órbitas por la conmoción a la vista de mi Angelina siendo introducida apresuradamente en un coche terrestre negro por dos tipos corpulentos. Arrancaron, y yo arriesgué un disparo a las gomas, pero no pude repetirlo por que había tráfico más allá.

¡Angelina! Rechiné los dientes con rabia, disparé algunos tiros al aire, así los espectadores que habían estado admirando mi desnuda forma se zambulleron para cubrirse. Conseguí mantener la suficiente tranquilidad como para memorizar los números en el coche.

nuevo en la casa pensé brevemente en llamar a la policía, como haría cualquier buen ciudadano, pero dado que había sido siempre un ciudadano muy malo, deseché la idea instantáneamente. Poderoso es Resbaladizo Jim diGriz en su ira. La venganza será mía. Fui a la terminal de la computadora, presioné la yema de mi pulgar en la placa de identificación, digité mi código de prioridad, y el número del auto de los secuestradores y pedí la identificación. No era una tarea muy compleja para una computadora planetaria y la respuesta apareció en la pantalla tan pronto como apreté el botón de impresión.

Y cuando lo hizo caí anonadado en el asiento. Ellos la tenían.

Esto era peor de lo que había imaginado. No vayan a pensar que soy un cobarde. Más bien lo opuesto, digo modestamente. Están mirando a un sobreviviente de una vida de crimen, que ha sobrevivido a otra vida de lucha contra el crimen, después de haber sido enrolado en el Cuerpo Especial, organización galáctica de élite que usa maleantes para atrapar maleantes. Que haya permanecido relativamente sano en aliento y cuerpo todos estos años sin duda habla bien de mis reflejos, si no de mi inteligencia. Ahora iba a tomar todos mis años de experiencia extraer a mi querida esposa de esta desagradable situación. Era necesario pensamiento, no acción y, aunque aún era temprano, abrí una botella de Viejo Provocador de Pensamientos de 140 grados, y serví una generosa cantidad para lubricar mis sinapsis.

Con el primer sorbo llegó la comprensión de que los muchachos tenían que estar en esto. Angelina y yo, padres excesivamente amorosos, habíamos trabajado para apartarlos de los crueles hechos del mundo, pero el tiempo había pasado. Faltaban aún unos días para su graduación en la escuela, pero yo estaba seguro de que eso podía acelerarse con la persuasión correcta en los lugares apropiados. Era extraño pensar que ya estaban por salir de la adolescencia, en como pasaban los años. Su madre —¡Angelina, mi tesoro secuestrado!— estaba tan maravillosa como siempre. Y respecto a mí mismo, podía ser más viejo, pero no más sabio. El gris de mis sienes no había afectado la lujuria por el oro de mi corazón.

No desperdicié un momento mascullando nostálgicamente. Me iba metiendo en mis ropas, pateando en mi calzado, colocando sobre mi persona una cantidad de aparatos letales y tecnológicos, me dejé caer en el garaje mientras todavía estaba abrochándome la ropa. Mi Firebom 8000 rojo brillante se puso en marcha en cuanto se abrió la puerta y se lanzó por la calle, dispersando en todas direcciones a los aburridos ciudadanos del pacífico planeta Bludgett. La única causa por la que nos habíamos asentado en este bucólico mundo era estar cerca de los muchachos mientras estaban en la escuela. Estaría encantado de abandonar este lugar sin echar una mirada atrás. No sólo tenía el aburrimiento de un planeta agrícola, sino que estaba infestado por una burocracia parecida a un pulpo. Como estaba localizado en el centro de una cantidad de sistemas estelares, y gozaba de un clima saludable, los burócratas y administradores de la Liga se habían mudado aquí para crear una economía secundaria de oficinas gubernamentales. Yo prefería los agricultores.

Las granjas daban paso a los árboles cuando pasaba velozmente por la ruta, y luego a las yermas colinas rocosas. Había un frío en el aire a esta altitud, y creció con los sombríos acantilados de roca y, cuando tomé la última curva, la húmeda mañana coincidía perfectamente la superficie áspera de la alta muralla de piedra de adelante. Mientras el rastrillo con puntas subía lentamente admiré, no por primera vez, las letras grabadas en la negra losa de acero de la entrada.

Escuela Militar y Penitenciaría Dorsky

¡Que mis queridos gemelos hubieran tenido que ser encarcelados aquí! Como padre, me sentía preocupado; como ciudadano, suponía que era una bendición. Lo que yo pensaba que era buen ánimo en los chicos, el resto del mundo tendía a expresar su desagrado al respecto. Antes de venir aquí habían sido expulsados de un total de 214 escuelas. Tres de estas escuelas se habían incendiado en circunstancias misteriosas; otra había volado. Yo nunca había creído que el caso de intento de suicidio en masa de todos los maestros mayores más importantes de otra escuela tuviera nada que ver con mis muchachos, pero las lenguas perversas murmurarán.

En cualquier caso, ellos habían hallado su par, sino su maestro, en el viejo coronel Dorsky. Después de haber sido obligado a retirarse del ejército, el había abierto esta escuela y había puesto sus años de servicio, experiencia y sadismo a trabajar. Mis muchachos habían adquirido de mala gana una educación, cumplieron su plazo y dentro de unos días tendrían que enfrentar las ceremonias de graduación y libertad condicional. Sólo que ahora las cosas tendrían que acelerarse solo un poco.

Como siempre, rendí mis armas reluctantemente, fui X-rayeado y espiado, pasado a través de múltiples puertas automáticas y liberado en el patio interno. Desanimadas figuras arrastraban los pies, batidas por los sistemas a prueba de tontos y a prueba de fugas de la escuela. Pero ahí adelante, cruzando el césped artificial de ferroconcreto, había dos figuras erguidas y dinámicas, no vencidas por la desesperación. Silbé estridentemente y dejando caer sus libros; corrieron para saludarme calidamente. Después me puse de pie lentamente y los tiré en el polvo… para probar que un perro viejo todavía puede enseñar a los cachorros un truco o dos. Se rieron, frotaron sus puntos doloridos y se pararon de nuevo. Eran un poco más bajos que yo, tomando algo de su madre, pero se veían musculosos y guapos como dioses. Muchos padres de chicas irían a comprar una escopeta cuando fuesen liberados.

—¿Qué fue eso con el brazo y el codo, papá?

—Las explicaciones pueden esperar. Estoy aquí para acelerar su graduación porque hay algo no muy agradable que le ha sucedido a su madre.

Las sonrisas se desvanecieron al instante, y se inclinaron hacia delante en alerta, bebiendo cada palabra mientras yo contaba lo que había visto, asintiendo su acuerdo.

—Correcto, entonces —dijo Bolívar—. Vamos a sacudir al viejo pringoso Dorsky, y salimos de aquí…

—… y hacemos algo acerca de eso —añadió James, finalizando la oración. Hacían eso muy seguido, pensando como si fueran uno.

Marchamos. Marcando el paso en doble tiempo, a 120 pasos por minuto. A través del gran vestíbulo y pasando los esqueletos encadenados, hasta la escalera principal, salpicando por el agua que corría constantemente, dentro de la oficina del Cabeza.

—No pueden entrar ahí —dijo el secretario-guardaespaldas, poniéndose en pie, 200 kilos de carne entrenada para la lucha. Escasamente bajamos la velocidad, y sólo rompimos el paso para pasar sobre su cuerpo inconsciente. Dorsky nos miró gruñendo cuando pasamos la puerta, con su arma lista en el puño.

—Guarde eso —le dije—. Esta es una emergencia y vine por mis hijos algunos días antes. Sería tan amable de darles sus certificados de graduación y sus documentos de servicio cumplido.

—Vaya al infierno. No hay excepciones. Salgan de aquí.

Sonreí a la inquebrantable e inesquivable pistola y decidí que la explicación sería más fructífera que la violencia.

—Esta es una emergencia. Mi esposa, la madre de los muchachos, fue arrestada esta mañana y desaparecida.

—Tenía que suceder. Viven vidas indisciplinadas, ahora salgan.

—Escúcheme, cara de masa, cerebro retardado, dinosaurio militar, no vine aquí por su simpatía ni por su malicia. Si este fuese un arresto ordinario, los agentes hubieran quedado inconscientes apenas abrieran la puerta. Detectives, polis, policía militas, agentes de aduana, ninguno de ellos puede quedar en pie delante de la ira de mi dulce Angelina.

—¿Y bien? —dijo, confundido, pero con el cañón del arma aún listo.

—Ella salió tranquilamente, de manera de darme tiempo. Tiempo que yo necesitaría. Porque verifiqué los números de la licencia, y estos matones eran agentes de… —respiré profundamente—… agentes de la Oficina Interestelar de Impuestos Internos y Externos.

—Agentes de impuestos —suspiró y sus ojos brillaron rojos. La pistola desapareció—. James diGriz, Bolívar diGriz, un paso adelante. Acepten estos certificados de graduación como prueba de su reacia finalización de todos los cursos y del tiempo invertido aquí. Ustedes son ahora ex-alumnos de la Escuela Militar Y Penitenciaría Dorsky y espero que ustedes, como los demás graduados, nos recuerden con una pequeña maldición antes de acostarse cada noche. Estrecharía sus manos, salvo que mis huesos se están haciendo frágiles y he abandonado el combate cuerpo a cuerpo.

Vayan con su padre y únanse a él en la batalla contra el mal y den un golpe en mi nombre también.

Eso fue todo lo que teníamos que hacer. Un minuto después estábamos afuera, al resplandor del sol, y subiendo al coche. Los muchachos dejaron sus posesiones infantiles detrás, en la escuela, y entraron al mundo de la responsabilidad adulta.

—No lastimaron a mamá, ¿verdad? —preguntó James—. No vivirán mucho si lo hicieron —dijo Bolívar, y escuché el sonido de sus dientes rechinando.

—No, desde luego que no. Obtener su liberación será bastante fácil, siempre que podamos obtener los registros a tiempo.

—¿Qué registros? —preguntó Bolívar—. ¿Y porqué Pringoso Dorsky nos ayudó tan fácilmente? Ese no es como él acostumbra ser.

—Es como él, porque bajo de ese barniz de estupidez, violencia y sadismo militar sigue siendo más o menos humano como el resto de nosotros. Y, como nosotros, considera al hombre recaudador de los impuestos como el enemigo natural.

—No entiendo —dijo James, y se agarró al asidero cuando tomamos un viraje cerrado a sólo un micrómetro del borde de una caída vertical.

—Desafortunadamente lo harás —le dije—. Sus vidas han estado protegidas hasta ahora; han estado gastando pero no ganando. Pronto estarán ganando, como el resto de nosotros y, con la llegada del primer crédito, producido por el sudor de sus palmas y de su frente, llegará también el hombre de los impuestos. Volando en círculos cada vez más pequeños, gritando agudamente, hasta pararse en tu hombro y con su pico amarillo morderá la mayor parte del dinero a su alcance.

—Seguramente has buscado una linda similitud, papá.

—Es verdad, todo verdad —murmuré, entrando en la autopista y rugiendo por el carril rápido—. Un gran gobierno significa una gran burocracia, lo que implica grandes impuestos; parece que no hay forma de salir de esto.

Una vez que estás envuelto en el sistema, estás atrapado, y terminas pagando más y más impuestos. Su madre y yo tenemos un pequeño ahorro apartado para invertir en su futuro. Dinero ganado antes de que ustedes, muchachos, nacieran.

—Dinero robado antes de que naciéramos —dijo Bolívar—. Beneficios provenientes de operaciones ilegales en una docena de mundos.

—¡No lo hicimos!

—Lo hiciste, papá —dijo James—. Irrumpimos en bastantes archivos y registros como para saber de donde venía el dinero.

—¡Esos días quedaron atrás!

—¡Esperamos que no! —dijeron los dos al unísono—. Que sería de la galaxia sin algunas ratas de acero inoxidable para agitarla un poco. Escuchamos tus relatos de la hora de dormir respecto a como los robos de banco ayudan a la economía. Eso da a los aburridos policías algo que hacer, a los periódicos algo que imprimir, a la población algo para leer, a los aseguradores algo que pagar. Mejora la economía y mantiene al dinero en circulación. Es la obra de un filántropo.

—¡No! Yo no crié a mis hijos para ser maleantes.

—¿No lo hiciste?

—Bueno, tal vez para ser buenos maleantes. Para tomar sólo de los que pueden permitírselo, para no herir a nadie, para ser amables, corteses, amistosos e irreverentes. Para ser maleantes el tiempo suficiente como para ser alistados en el Cuerpo Especial, donde pueden servir mejor a la humanidad siguiendo el rastro a los maleantes reales.

—¿Y los maleantes reales a los que les estamos siguiendo el rastro ahora?

—¡La gente del impuesto a las ganancias! Mientras su madre y yo estuvimos robando dinero y gastándolo, no hubo problemas. Pero en cuanto tomamos nuestros duramente ganados salarios en el Cuerpo, y lo invertimos, llegaron corriendo los del impuesto a las ganancias. Cometimos algunos pequeños errores en los libros…

—¿Cómo no informar los beneficios? —preguntó inocentemente James.

—Sí, ese tipo de cosas. En retrospectiva es bastante tonto. Debíamos haber vuelto a robar bancos. Así que ahora estamos enredados en sus rollos, jugando sus juegos, envueltos en sus acciones judiciales, auditorías, abogados, multas, cárceles… el lío completo. Sólo hay una respuesta, la solución final. Es por eso que su madre fue con tanta calma con esos vampiros financieros. Para dejarme libre para cortar el nudo gordiano y salir de este lío.

—¿Qué tendremos que hacer? —preguntaron, en entusiasta unísono.

—Destruir todos los registros de impuestos en sus archivos, eso es qué. Y terminar quebrados… pero libres y felices.

DOS

Nos sentamos en el obscurecido coche y mordí nerviosamente mis uñas.

—Esto no es bueno —dije por fin—. Estoy abrumado por la culpa. No puedo arrastrar a dos inocentes a una vida de crimen.

Hubo algunos resoplidos, indicando fuertes emociones de alguna clase, en el asiento trasero. De golpe las puertas se abrieron y cerraron tan rápido que sólo pude mirar en conmocionada sorpresa como ambos se iban por la obscura calle. ¿Los había hecho alejarse? ¿Tratarían de hacer la tarea por su cuenta y riesgo? ¿Qué desastre les esperaba? Estaba trasteando con la manija de la puerta, intentando pensar en algo cuando se oyeron los pasos, retornando. Salí del coche para reunirme con ellos, y me enfrentaron sombríos y sin sentido del humor.

—Mi nombre es James —dijo James—, y este es mi hermano Bolívar. Somos adultos ante la ley, habiendo pasado la edad de dieciocho. Legalmente podemos beber, fumar, maldecir y perseguir chicas. También podemos, si así lo elegimos, decidir romper cualquier ley o leyes de cualquier planeta, sabiendo que si somos atrapados en un crimen tendremos que pagar la penalidad. Hemos oído un rumor de un conocido que usted, el maleante Resbaladizo Jim, está a punto de romper la ley por una causa singularmente buena y deseamos anotarnos para dicho trabajo. ¿Qué opinas, papá?

¿Qué podía decir? ¿Había un bulto en la garganta de la vieja rata, una lágrima formándose en su ojo de roedor? Esperaba que no; la emoción y el crimen no se mezclan.

—Muy bien —dije vigorosamente, en mi mejor imitación de un sargento instructor con almorranas—. Están alistados. Sigan las instrucciones, pregunten sólo si las instrucciones no son claras, si no, hagan lo que yo digo, hagan lo que yo hago. ¿Está claro?

—¡Clarísimo! —a coro.

—Pongan estas cosas en sus bolsillos. Son partes de equipos que seguramente necesitaremos. ¿Tienen puestos sus guantes con impresiones digitales? —levantaron sus manos, que brillaban ligeramente a la luz de la lámpara callejera—. Bien. Estarán felices de escuchar que estarán dejando las impresiones del alcalde de la cuidad, así como las del jefe de policía. Esto añadirá un toque de interés a una de otra forma confusa situación. Ahora, ¿saben a donde vamos? Desde luego que no. Es un gran edificio a la vuelta de la esquina, que no se ve desde aquí. Es el cuartel general de OIIIE, Oficina Interestelar de Ingresos Internos y Externos. Adentro están los registros de todos los esforzados ladrones…

—Quieres decir los tuyos, ¿verdad, papá?

—El robo está en el ojo del que mira, hijos. Toman una pequeña vista de mis actividades, mientras que yo miro con horror sus maneras de tomar. Esta noche igualaremos los tantos. No nos aproximaremos al edificio de la OIIIE directamente, ya que hay muchas defensas, dado que saben que no son amados. En su lugar, entraremos al edificio a la vuelta de la esquina, el cual no he elegido por casualidad, ya que su parte trasera da a nuestro blanco.

Caminábamos mientras hablábamos; los muchachos retrocedieron un poco ante las luces y la multitud enfrente.

Las sirenas gemían mientras los coches oficiales negros pasaban, las cámaras de televisión se movían, los reflectores abanicaban el cielo. Sonreí ante sus dudas y les di una palmada en la espalda mientras caminábamos.

—¿No es esta una hermosa diversión? ¿Quién consideraría entrar por la fuerza en una ocasión como esta? La noche inaugural, la primera presentación de la nueva ópera “Los relinchos de Coho en el Fuego”

—Necesitaremos entradas…

—Compradas a un revendedor esta tarde a un precio escandaloso. Aquí vamos.

Empujamos a través de la multitud, presentamos nuestras entradas, nos abrimos camino desde aquí; en cualquier caso, no tenía ninguna intención de escuchar los bucólicos mugidos y balidos. Había otras ventajas en la cima del edificio. Fuimos al bar primero y me tomé una refrescante cerveza, y me alegré de ver que los muchachos pidieron sólo bebidas sin alcohol. No estaba tan encantado con el resto de sus actividades. Me incliné cerca de Bolívar, tomé su brazo ligeramente… y le clavé un rígido índice sobre el nervio que paralizó su mano.

—Demasiado travieso —dije cuando el brazalete de diamantes cayó sobre la alfombra desde sus entumecidos dedos. Toqué en el hombro a una demasiado porcina mujer, y le señalé el brazalete cuando se volvió.

—Le ruego su perdón señora, pero ¿acaso este brazalete cayó de su muñeca? No, permítame. No, es un placer, gracias, y que Dios la bendiga por toda la eternidad.

Me volví y puse una férrea mirada en las costillas de James. Levantó sus manos en signo de paz.

—Mensaje recibido, papá. Lo lamento. Sólo estábamos practicando. Para practicar un poco más, puse la billetera nuevamente en el bolsillo del caballero cuando vi a Bolívar frotando su brazo entumecido.

—Está bien. Pero que no se repita. Estamos en una misión seria esta noche y no quiero pequeños crímenes que pongan en peligro nuestra posición. Ahí está la última campanilla. Dejen las bebidas y vamos.

—¿A nuestros asientos?

—Definitivamente no. Al baño.

Ocupamos cada uno un cubículo, subidos a los asientos para que nuestras piernas no revelasen nuestra ocupación de los locales, esperamos hasta que se hubieran desvanecido todos los pasos y el último receptáculo hubo sido vaciado. Esperamos más aún, hasta que las primeras esperadas notas de la ópera asaltaron nuestros oídos. El ruido del agua cayendo había sido, por lejos, más musical.

—Aquí vamos —dije, y fuimos.

Un ojo húmedo al extremo de un húmedo zarcillo los miraba salir. El zarcillo se proyectaba desde el canasto de basura. El zarcillo estaba unido a un cuerpo que pertenecía a la basura o a un entorno más repugnante. Era nudoso, lleno de huecos, repulsivo, con garras. Nada bonito.

—Pareces conocer el camino bastante bien —dijo Bolívar, mientras atravesábamos una puerta con llave marcada “Privado”, y pasábamos por un corredor húmedo.

—Cuando compré las entradas esta tarde me introduje adentro y conduje una investigación rápida. Aquí estamos.

Dejé a los muchachos que desconectaran las alarmas de ladrones, buena práctica, y quedé encantado de ver que no necesitaban instrucción. Hasta pusieron unas gotas de antifricción en las guías antes de abrir la ventana silenciosamente. Miramos en la noche a la obscura forma de un edificio a unos buenos cinco metros de distancia.

—¿Es ese? —preguntó Bolívar.

—Si es ese… ¿cómo llegamos? —dijo James.

—Ese es… y así es como —saqué el objeto con forma de arma de mi bolsillo interno y lo sostuve por la pesada manija con forma de lazo—. No tiene nombre, ya que la diseñé y la construí yo mismo; cuando se presiona el gatillo, este proyectil —con la forma de una pequeña ventosa— es disparado con gran velocidad. Conduce detrás un delgado tramo de filamento mono-molecular casi irrompible. Que pasa entonces, pueden preguntar, y estaré feliz de responderles. El choque enciende el interruptor de una batería de carga masiva en el proyectil, que gasta toda su potencia en quince segundos. Pero durante ese tiempo se crea un campo magnético en la punta del proyectil que es lo bastante fuerte como para soportar una carga de mil kilos. Simple, ¿no es así?

—¿Estás seguro de que el simple no eres tú, papá? —preguntó Bolívar, preocupado—. ¿Cómo puedes estar seguro de darle a un pedazo de acero en la obscuridad con esta cosa?

—Por dos razones, oh hijo desconfiado. Más temprano descubrí que cada piso de ese edificio tiene una cornisa de acero sobre una viga de acero. Segundamente, con un campo magnético de esa intensidad es difícil mantener esta cosa lejos de cualquier acero o hierro. Esto gira mientras viaja y busca su propio nido. ¿James, tienes la línea de escalar? Bien. Fija un extremo a esta cañería de aspecto robusto, en forma segura, ya que es una caída larga. Eso es, dame el otro extremo. ¿Los dos están usando los guantes con palma blindada? Es capital. Hará bien a sus músculos balancearse a través de este abismo sin fondo. Aseguraré la línea y tiraré tres veces cuando esté lista para que crucen ustedes. Aquí vamos.

Levanté el vital artilugio.

—Buena suerte —dijeron a una.

—Gracias. El sentimiento es apreciado, pero la idea no. Las ratas de acero inoxidable en los zócalos de concreto de la sociedad deben construirse su propia suerte.

Alegrado por mi propia filosofía apreté el gatillo. El proyectil zumbó alejándose y encontró un lugar donde anidar con un golpe audible. Apreté el botón que mantendría el monofilamento estirado… y me zambullí a través de la ventana abierta. Quince segundos no es demasiado tiempo. Doblé y extendí mis piernas y comencé a girar y maldecir y golpear en el mismo instante. Todo el impacto recayó en una pierna y, si no estaba rota, por cierto no se sentiría muy bien. Esto no había ocurrido en todas las veces que había practicado esta maniobra en casa. Y los segundos hacían clic al pasar bastante rápido mientras yo colgaba entumecido y balanceándome.

La pierna que no funcionaba tenía que ser ignorada, dolorida como estaba. Exploré con mi pierna buena y encontré la parte superior del marco de la ventana a la izquierda. Empujé con el pie para balancearme en esa dirección, dejando algo de línea al mismo tiempo. Esto me balanceó hacia fuera, y me trajo de vuelta alineado con la ventana, a la cual golpeé con el pie bueno, con todo mi peso detrás de él.

No sucedió nada, como era de esperarse, ya que una ventana de vidrio es una cosa bastante fuerte en estos días. Pero mi pie encontró el alféizar y luchó por un punto de apoyo, mientras mis dedos rascaban buscando un asidero sobre el marco. En ese preciso instante el campo magnético se liberó y quede sólo.

Fue un momento pegajoso. Estaba sujeto en mi lugar por las puntas de tres dedos y una inseguramente plantada punta de pie. Mi otra pierna colgaba como un viejo salame. Debajo mío había una negra caída a una muerte segura.

—¿Todo bien, papá? —susurró uno de los muchachos detrás mío.

Debo decir que me tomó una buena cantidad de disciplina interna controlar las respuestas que surgieron a mis labios; los muchachos no deben oír esta clase de lenguaje de un padre. Con un esfuerzo contuve las palabras y emití con voz estrangulada algo que sonó como fizzle sloop mientras luchaba por conservar el equilibrio. Tuve éxito, a pesar de mis dedos cada vez más cansados. Con cuidadosa paciencia enganché mi ahora difunto artefacto en la cintura y metí los dedos en el bolsillo que tenía el corta vidrios.

No había tiempo para sutilezas. Normalmente, habría aplicado la copa de succión, cortado una pequeña sección de vidrio, levantado el vidrio, abierto el cierre, etc. No ahora. Un rápido latigazo de mi brazo delineó un tosco círculo, y en el mismo movimiento, golpeé con el puño el círculo. Cayó en el cuarto, tiré el corta vidrios por detrás, y me agarré al marco.

El vidrio cayó al piso con un fuerte clang en el momento en que mis zapatos se deslizaban del alféizar. Colgué de una mano, tratando de ignorar el afilado borde de vidrio cortando mi brazo. Aún lentamente, doble el codo e hice flexiones con un solo brazo —ah, las ventajas de un ejercicio constante— hasta que pude llegar con la otra mano para agarrarme con más seguridad.

Después fue pan comido, aunque la sangre de mi brazo tendía a interferir con los preparativos. Poniendo otra vez mi pie en el alfeizar de la ventana, destrabando y abriendo la ventana —después de desconectar la alarma de ladrones— y deslizándome adentro para caer, bastante limpiamente, en el piso.

—Creo que me estoy poniendo un poco viejo para esta clase de cosas —me dije a mi mismo, una vez que retornó mi respiración. Todo estaba silencioso. La caída de los vidrios, fuerte como había sonado para mi, había pasado aparentemente inadvertida en el edificio vacío. Al trabajo. Ahora sólo había silencio de parte de los muchachos… eso era profesional, pero sabía que debían estar preocupados. Con mi linterna alfiler hallé un anclaje seguro para la línea, la até y la tensé, entonces tiré tres veces.

Cruzaron en segundos.

—Nos tenías preocupados —dijo uno de ellos.

—¡Yo me tenía preocupado! Uno que tome la linterna y el botiquín y vea que puede hacer por este corte en mi brazo. La sangre es evidencia, como ustedes saben bien.

Los cortes eran superficiales, y pronto estuvieron vendados; mi pierna entumecida dolía un buen poco, pero estaba reviviendo. La moví en círculos hasta restaurar algunas funciones.

—Ya está —anuncié finalmente—. Ahora vamos a lo divertido.

Encabecé el camino fuera del cuarto, por el obscuro corredor, caminando rápido en un intento de poner la pierna en funcionamiento normal. Los muchachos se rezagaron un poco, de modo que yo estaba a unos buenos tres metros delante de ellos cuando doblé la esquina. De manera que no estaban a la vista cuando la voz amplificada rugió.

—¡Permanece donde estás, diGriz! ¡Estás bajo arresto!

TRES

La vida está llena de pequeños momentos como este… al menos la mía. No puedo hablar por nadie más. Pueden ser desconcertantes, aburridos, aún mortales si uno no está preparado para ellos. Felizmente, debido a una cierta cantidad de previsión y conocimiento especializado, yo estaba preparado. La granada de apagón estaba volando de mi mano mientras la voz aún resonaba. Explotó con un sonido chato, la nube negra se esparció y mucha gente se quejó enojada. Para darles algo más de que quejarse tiré un simulador de lucha armada en el humo. Este artefacto manual hace ruidos de disparos y explosiones como una guerra de tamaño pequeño, mientras que al mismo tiempo eyecta cápsulas de gas de la risa concentrado en todas direcciones. Sembrando buena cantidad de confusión, debo agregar. Me volví silenciosamente hacia los muchachos, que se habían congelado en mitad de un paso, con los ojos tan grandes y fijos como huevos duros. Me puse un dedo en los labios, y les hice señas de retroceder por el corredor, fuera del ruido de la batalla simulada.

—Aquí nos separamos —dije—. Y aquí están los códigos de programación de las computadoras.

Bolívar los tomó por reflejo, y sacudió la cabeza como para tratar de aclarar la confusión de su cerebro.

—Papá, nos estás diciendo…

—Por supuesto. Cuando tuve que tirar la ventana yo sabía que el sonido, pequeño como fue, sería recogido por la alarmas de seguridad. Por lo tanto, pasé al plan B, descuidando informarles a ustedes acerca de eso, en caso de que pudieran protestar. El plan B consiste en que yo produzca una diversión, mientras que ustedes dos pasan a la sala de informática y terminan este trabajo. Usando mis prioridades del Cuerpo Especial pude obtener todos los detalles que necesitarán para acceder a los archivos OIIIE de la memoria y para acabar con ellos limpiándola. Una simple instrucción a la computadora sin cerebro destruirá los archivos de todos los individuos de años luz alrededor, a los que tienen la suerte de tener sus apellidos comenzando con la letra D. Me veo a mí mismo, a veces, como un…

—¡Papá!

Yo lo sé, lo siento, me paseo y me desvío. Después de hacer que también se limpien los archivos de la U y de la P, en caso de que se vea alguna relación entre mi presencia aquí y la destrucción de los registros. La selección de estas otras dos letras no es por casualidad…

—Ya que dup es el insulto más fuerte en el argot de Blodgett.

—Estás en lo cierto, James, tus células cerebrales están realmente marcando más de esta noche. Con su tarea terminada, podrán salir por una de las ventanas de la planta baja y mezclarse con la multitud sin ser detenidos. Ahora, ¿No es un plan simple?

—Salvo por el hecho de que seas detenido —dijo Bolívar—. No podemos permitirte hacerlo, papá.

No pueden detenerme… pero el sentimiento es apreciado. Sean sensatos, muchachos. La sangre es mucho más fácil de identificar que las huellas dactilares, y tienen un montón de la mía para jugar en esa habitación. Por lo tanto, si se me escapo ahora sería un fugitivo huyendo tan pronto como se hagan los análisis… aparte del hecho de que ya me han visto. En cualquier caso, su madre está en prisión y yo la echo de menos y espero con interés unirme a ella allá. Con los registros fiscales destruido todo lo que puede tener contra mí es romper y entrar y me pueden dar la libertad bajo fianza y saltamos y todos dejamos este planeta para siempre.

Ellos pueden no permitir la libertad bajo fianza —dijo James preocupado.

—En ese caso, tus padres saldrán fácilmente fuera del pesebre local. No se preocupen. Vayan a por su tarea y yo haré frente a la mía. Retornaré a casa después y tengan algo adobado; estaré en contacto. Comiencen.

Y, siendo muchachos sensatos, se fueron. Volví a la batalla, poniéndome las gafas e insertándome tapones en la nariz. Tenía un montón de granadas de humo, de apagón, lacrimógenas, vomitivas —la OIIIE me había hecho vomitar con suficiente frecuencia y yo quería devolverles el favor— que arrojé con gran liberalidad. Alguien empezó a disparar un arma de fuego, bastante estúpido considerando que tenía una mejor oportunidad de disparar a su propia gente que a mí. Me metí en el humo, lo encontré, lo puse inconsciente con un fuerte golpe que le daría un buen dolor de cabeza y, a continuación, tomé la pistola. Tenía un cargador completo de balas que vacié en el techo.

—¡Jamás atraparán a Resbaladizo Jim! —grité en la ruidosa obscuridad, y encabecé a mi grupo de piratas pecuniarios en una alegre caza a través del gran edificio. Estimé cuanto tiempo podía tomar a los muchachos terminar su tarea, añadí quince minutos como precaución, y me eché gratamente sobre el sillón del director, encendí uno de sus cigarros y me relajé.

—Me rindo, me rindo —les grité a mis tambaleantes, gimientes, vomitantes perseguidores—, ustedes son demasiado inteligentes para mi. Solo prométanme que no me torturarán.

Se deslizaron dentro cautelosamente, sus filas acrecentadas por la policía local que había venido a ver que era toda esa diversión, así como por un pelotón de tropas de combate en pleno equipo de combate.

—Todo esto por tan poca cosa como yo —dije, soplando un anillo de humo en su dirección—. Me siento halagado. Y quiero hacer una declaración a la prensa con respecto a cómo fui secuestrado, me trajeron aquí inconsciente, y después asustado y perseguido. Quiero a mi abogado.

De hecho carecían de cualquier sentido del humor y yo era el único sonriente cuando fui llevado. No fueron muy rudos, había demasiada gente alrededor para eso, como también por el hecho de que realmente va contra la personalidad de Blodgett. La goma de mascar más vendida del planeta se llama Rumiar, realmente la rumian. Las sirenas chillaron, los coches corrieron y me sacaron lleno de grilletes.

Aunque no a la cárcel, que fue la parte divertida. Llegamos a la puerta de la cárcel, pero fuimos detenidos a la entrada, donde hubo un montón de gritos e incluso algún puño agitado. Luego, de vuelta a los coches y de nuevo al ayuntamiento, donde, para mi sorpresa, los esposas fueron retiradas antes de que fuera llevado al edificio. Sabía que algo extraño estaba ocurriendo cuando fui empujado a través de una puerta sin marcar… con al menos la punta de una bota para ayudarme en mi camino. La puerta se cerró, cepillé mi arrugada ropa, luego me volví y levanté mis cejas ante la figura familiar en la silla detrás del escritorio.

—Que sorpresa placentera —dije—. ¿Lo está pasando bien…?

—Tendría que hacerte disparar, Jim diGriz —gruñó.

Inskipp, mi jefe, cabeza del Cuerpo Especial, probablemente el hombre que disponía el mayor poder en la galaxia. El Cuerpo Especial está facultado por la Liga para mantener la paz interestelar, lo que hizo de manera ejemplar. Si bien no siempre de la manera más honesta. Se ha dicho que se usa a un ladrón para atrapar un ladrón… y el Cuerpo personificó este ideal. En un momento, antes de unirse al Cuerpo, Inskipp había sido el mayor ladrón en la galaxia lenticular; una inspiración para todos nosotros. Me veo obligado a admitir que yo también había llevado una vida menos que ejemplar antes de la conversión forzosa a las fuerzas de la bondad. Una conversión incompleta, como se habrán dado cuenta, aunque me gusta sentir que mi corazón está en el lugar correcto. Incluso si mis dedos no lo están. Saqué la pistola con cartuchos de fogueo que llevo sólo para esas ocasiones y la presioné al costado de mi cabeza.

—Si usted piensa que yo debería ser fusilado, gran Inskipp, entonces no puede sino ayudarlo. Adiós mundo cruel... —Apreté el gatillo e hizo un satisfactorio bang.

—Deja de hacer el tonto, diGriz. Esto es grave.

—Siempre lo es con usted, mientras que yo creo que una cierta cantidad de ligereza ayuda a la digestión. Permítame sacar un hilo de su solapa.

Lo hice, y deslicé su caja de cigarros de su bolsillo al mismo tiempo. Él estaba tan distraído que no se dio cuenta hasta que lo encendí y le ofrecí uno a él también. Me arrebató la caja.

—Necesito tu ayuda —dijo.

—Por supuesto. ¿Por qué otra cosa podría usted estar aquí arreglando cargos y todo eso? ¿Dónde está mi querida Angelina?

—Fuera de la cárcel y en el camino a casa para poner freno a tu manilarga descendencia. Los imbéciles de este planeta pueden no saber qué ha pasado con sus archivos de impuestos, pero yo lo sé. Sin embargo, vamos a olvidar esto por el momento, ya que una nave está a la espera en el puerto espacial para ir a Kakalak-dos.

—Un planeta gris circundando una estrella obscura. ¿Y que voy a hallar en esta poco prometedora locación?

—Es lo que no encontrarás lo que cuenta. El satélite base allí fue el sitio de la reunión bianual de todos los Jefes de Estado Mayor planetarios de la Armada de la Liga…

—Usted dijo “fue” con una cierta acentuación. ¿Debería creer…?

—Deberías. Se han desvanecido sin un solo rastro. Y también el satélite. No tenemos la más ligera idea de lo que les ha sucedido.

—¿Debían perderse? Debo pensar que un cierto júbilo se escuchó por debajo de las cubiertas…

—Ahorra el humor, diGriz. Si la prensa se entera de esto, sólo piensa en las repercusiones políticas. Por no hablar del estado de desorganización de nuestras defensas.

—Eso no debería preocuparlo demasiado. No veo ninguna guerra intergaláctica cerniéndose sobre el horizonte justo ahora. En cualquier caso… permítame llamar a casa con una versión censurada de esta información y vamos.

Detrás de la entrada de aire en la pared la criatura colgaba de sus tentáculos equipados con ventosas. Sus grandes ojos verdes parpadearon en la obscuridad y produjo atenuados ruidos de masticación cuando sus dientes rojos, afilados como agujas, tocaron su negro paladar. Además, apestaba.

—Acá hay algo inverosímil, Resbaladizo Jim, y no me gusta —dijo mi Angelina, con sus ojos resplandeciendo con fuego desde la placa visual. Como amaba su fuego.

—¡Nunca, mi dulzura! —mentí—. Una asignación súbita, eso es todo. Un trabajo de pocos días. Volveré tan pronto como esté terminado. Ahora que los muchachos se han graduado puedes sacar los viejos folletos de viajes y buscar un lindo lugar para ir todos de vacaciones.

—Me alegro de que menciones a los muchachos. Entraron furtivamente hace unos minutos, golpeados, sucios y cansados, y no quieren contar nada de lo sucedido.

—Lo harán. Diles que papá dice “La operación funcionó” y te contarán la historia completa de nuestra interesante aventura de anoche. ¡Te veo pronto, dulzura!. Le soplé un beso y desconecté antes de que pudiera protestar otra vez. Para cuando ella hubiese oído todos las sucesos de la noche, yo estaría fuera del planeta y terminando esta intrigante asignación nueva. No era que me importase mucho que les había pasado a unos pocos cientos de almirantes, pero la mecánica de su desaparición debía ser interesante.

Lo era. Tan pronto como estuvimos en ruta a Kakalak-dos abrí el archivo, vertí un vaso grande de Sudor de Pantera Siria, una coronaria garantida en cada botella, y me senté para una buena lectura. Lo hice lentamente, y luego por segunda vez, un poco más rápido… y una tercera solo para golpear los puntos álgidos. Cuando dejé caer la carpeta vi que Inskipp estaba sentado frente a mí, mirándome, masticando su labio, golpeando sus dedos sobre la mesa y balanceando su pie arriba y hacia abajo.

—¿Nervioso? —pregunté—. Pruebe con un vaso de esto…

—¡Cállate! Solo cuéntame que piensas, que has encontrado.

—Encontré que vamos al sitio equivocado, para empezar. Cambie curso a la Estación Principal del Cuerpo Especial, de modo que pueda hablar con mi viejo amigo, el profesor Coypu.

—Pero la investigación…

—No va a lograr nada sobre el terreno —toqué la carpeta—. Todo ya ha sido hecho. Todos los tipos militares juntos, el tráfico habitual de radio… y entonces los gritos de advertencia y el críptico alarido de "¡Los dientes! ", y después nada más. Su altamente capacitado equipo de investigación fue allí y encontró el espacio vacío y no había remanente de los satélites ni ningún rastro de lo que había ocurrido. Si voy allí encontraría la misma cosa. Así que, ¿me llevan con Coypu?

—¿Porqué?

—Porque Coypu es el maestro de la hélice del tiempo. Para hallar que pasó, voy a deslizarme atrás en el tiempo, solo lo suficiente como para ver que ocurrió aquel fatídico día.

—Nunca pensé en eso —dijo Inskipp, caviloso.

—Desde luego que no. Porque usted pilotea un escritorio y yo soy el mejor agente de campo del Cuerpo. Tomaré uno de sus cigarros como recompensa por mis excelentes cualidades, tan a menudo exhibidas.

El profesor Coypu no estaba interesado. Golpeteó con sus impresionantes dientes de conejo amarillos sobre su labio inferior, y sacudió su cabeza, no tan enfáticamente para que los pocas hebras de cabello gris remanentes cayeran sobre sus ojos, mientras al mismo tiempo hacía movimientos de empujar con sus manos.

—¿Está tratando de decirnos que no le gusta la idea? —sugerí.

—¡Es una locura! No, nunca. Desde la última vez que usamos la hélice del tiempo no ha habido más que realimentación temporal a lo largo de las líneas de sinergia estáticas…

—Por favor, profesor Coypu —rogué—. Simplifique, por favor. Trátenos a mí y a su buen patrón, Inskipp, aquí, como si fuésemos imbéciles científicos.

—Lo cual son. Me vi forzado a usar la hélice del tiempo una vez para salvarnos de la disolución y luego fui obligado a utilizarla de nuevo para rescatarlo del pasado. No se utilizará una vez más… ¡usted tiene mi palabra!

Inskipp demostró que estaba hecho de material más duro que cualquier físico rebelde. Se movió rápidamente hacia adelante hasta que Coypu y él estuvieron con sus globos oculares en contacto… o más bien nariz con nariz, ya que ambos tenían protuberancias impresionantes. Una vez en posición disparó una salva de juramentos de sargento instructor seguida por algunas amenazas muy realistas.

—Y como su empleador si yo digo que va… usted va. Sin dudar. No será muerto, no somos tan crueles, pero estará de nuevo enseñando física de primer año a estudiantes retardados en un planeta retrasado, tan lejos de los adelantos de la civilización que pensarán que máquina del tiempo significa reloj. ¿Va a cooperar?

—Usted no me puede amenazar —fanfarroneó Coypu.

—Ya lo hice. Tiene un minuto. ¡Guardias!.

Dos brutales antropoides en uniformes arrugados aparecieron a cada lado del pequeño profesor y se apoderaron de sus brazos tan enérgicamente que las puntas de sus pies apenas rozaban el suelo.

—Treinta segundos —susurró Inskipp con toda la calidez de una cobra atacando.

—Siempre quise hacer más pruebas de calibración en la hélice del tiempo —retrocedió rápidamente Coypu.

—Bien —Inskipp cedió—. Pies en la cubierta, eso es todo. Esta será fácil. Usted envía a nuestro amigo aquí aproximadamente una semana atrás en el tiempo, junto con los medios para regresar cuando su misión se cumpla. Nosotros le daremos las coordenadas y el tiempo al que debe ser devuelto. Usted no necesita saber nada más. ¿Estás listo, diGriz?

—Tan listo como puedo estar —miré el traje espacial, y la pila de equipo que había reunido—. El traje y yo vamos a ponernos en marcha. Estoy tan ansioso por ver qué ha sucedido como está usted, y aún más ansioso de regresar, ya he hecho este baile del viaje en el tiempo antes y es difícil para el sistema.

El resorte en espiral de la hélice tiempo brillaba verde, con todo el atractivo del ojo de una serpiente. Suspiré y me preparé para el viaje. Casi deseaba haberme presentado al húmedo, abrazo de cadáver del hombre de los impuestos.

Casi.

CUATRO

El mero hecho de que no era mi primer viaje a través del tiempo no hizo nada para alterar las incómodas sensaciones del viaje. Una vez más sentí el desgarramiento en una nueva e indescriptible dirección, una vez más vi las estrellas pasar zumbando como cohetes. Es muy incómodo y duró demasiado tiempo. A continuación, las sensaciones cesaron tan pronto como habían comenzado, el gris del espacio-tiempo se desvaneció para ser reemplazado por un saludable universo negro salpicado de estrellas. Flotaba en cero G, girando lentamente, admirando el espectáculo de la estación satélite cuando apareció a la vista. Envié un rápido blip con la unidad de radar de mi pecho y vi que estaba a diez kilómetros de distancia, justo en el lugar en que debía estar. El satélite era de buen tamaño, decorado con arreglos de antenas y parpadeantes faros, sus muchas ventanas brillando con las luces. Lleno, estaba seguro, con rotundos almirantes bebiendo y bebiendo, y ocasionalmente haciendo un poco de intercambio militar. Pero había una sorpresa en camino, la cual yo estaba esperando. Sintonicé mi radio a su transmisión de señal horaria y hallé que era una hora más tarde que nuestro blanco estimado; Coypu estaría interesado en oír eso. Pero tenía casi cinco horas que matar antes del momento de la verdad. Por obvias razones, no podía fumar un cigarro en el traje espacial… pero aún podía beber. Y yo había tomado la simple precaución de vaciar el tanque de agua del traje y llenarlo con una mezcla de bourbon y agua. Hacía unos 32.000 años, en un planeta llamado Tierra, había desarrollado el gusto por esta bebida. A pesar de que el planeta había sido destruido hacía mucho, había traído la fórmula conmigo y, después de algunos experimentos letales, había aprendido a fabricar una imitación potable. Puse mis labios en el tubo de beber del casco y sorbí. Bueno de veras. Admiré las brillantes estrellas, el cercano satélite, recité poesía para mi mismo, y las horas volaron.

Sólo cinco minutos antes de que el importante acontecimiento debiera suceder, fui consciente de un repentino movimiento en el rabillo de mi ojo. Giré para ver otra figura en traje espacial flotando cerca. Sentado en un objeto de dos metros de largo con forma de cohete. Saqué mi pistola, había insistido en llevarla, ya que no tenía ni idea de lo que iba a enfrentar, y la apunté al recién llegado.

—Mantenga sus manos a la vista y gire para que pueda verlo. Esta arma está cargada con proyectiles explosivos.

—Aparta eso, estúpido —dijo el otro, la espalda todavía hacia mi, mientras trabajaba en el panel de control del cohete—.Si no sabes quien soy nadie lo sabe.

—¡Yo! —he dicho, tratando de no jadear.

—No, yo eres tú, o algo similar. La gramática no sirve para este tipo de cosas. ¡El arma, tonto! Cerré mi mandíbula con un clac y puse la pistola en su funda.

—Te importaría explicarme…

—Lo tuve que hacer desde que tú, o yo, no tuvimos suficiente cerebro para pensar en esto en primer lugar, por lo que tuvo que ser hecho un segundo viaje. Para traer esta sanguijuela de espacio warp —miró a su reloj, o yo miré a mi reloj, o algo así, y él (¿Yo?) señaló—. Mantén los ojos abiertos. Esto va a ser realmente bueno.

Lo fue. El espacio más allá del satélite estaba vacío… y un instante más tarde no era así. Algo grande, muy grande, apareció y se abalanzó hacia el satélite. Yo era consciente de una oscura, protuberante, alargada forma que de repente se dividió en la parte delantera. La apertura era enorme, con una brillante luz infernal, enorme como una boca que consume planetas, tapizada con pináculos como dientes.

—¡Los dientes! —crepitó mi radio en voz alta, el único mensaje del perdido —o a punto de perderse— satélite, y la gran boca se cerró y masticó la estación, que desapareció de la vista al instante. Una línea de fuego chamuscó mi visión y la forma blanca de la sanguijuela de espacio warp se arrojó a sí misma contra el atacante. No fue demasiado pronto, ya que hubo el repentino brillo de un campo warp operando cerca de la forma gigante… y entonces se había ido de nuevo.

—¿Qué fue eso? —jadeé.

—¿Cómo puedo saberlo? —dije—. Y si lo hiciera no te lo contaría. Ahora vuelve atrás, así yo puedo volver o tu puedes, quiero decir… al infierno con eso. Muévete.

—No seas matón —murmuré—. No creo que deba hablarme a mi mismo de esa manera. Apreté el interruptor de retorno en la caja de la hélice del tiempo. E, incómodamente, retorné.

—¿Qué encontraste? —preguntó Inskipp tan pronto como mi casco estuvo abierto.

—Principalmente que tengo que ir una segunda vez. Pida una sanguijuela de espacio warp y estaré feliz de explicarle.

Decidí en contra del problema de salir del traje y ponérmelo otra vez. Así que me recliné contra la pared y tomé un largo trago de mi chupete de bourbon. Inskipp olisqueó el aire audiblemente.

—¿Estás bebiendo en el trabajo?

—Por supuesto. Es una de las cosas que hace el trabajo soportable. Ahora, sea tan amable de callarse y escuchar. Algo realmente grande apareció del espacio warp, a solo segundos del satélite. Un preciso ejemplo de navegación que no creía posible, pero que obviamente lo es. Lo que sea que fuese, abrió una brillante boca, con hileras de dientes, y tragó a los almirantes, la estación espacial, todo…

—¡Es la bebida, eso es!

—No, no lo es, y puedo probarlo. Mi cámara estuvo rodando todo el tiempo. Entonces, tan pronto como la cosa hubo almorzado, entró en impulso warp y se fue.

—Debemos tener una sanguijuela de espacio warp en eso.

—Justamente eso me decía yo cuando vine con dicho objeto y lo lancé en la dirección correcta. —Directo en la cola enrollada de la sanguijuela. Justo a tiempo entraron la sanguijuela.

—Grandioso. Vamos. Coypu, pónganos a mi y a esta cosa cinco minutos antes de la hora cero y podré salir de este traje. De paso, estaba corrido una hora en mi primera llegada y espero mejor coordinación en este viaje.

Coypu murmuró algo sobre la recalibración, ajustó los diales a su satisfacción, agarré la larga forma blanca de la sanguijuela y fui otra vez. El escenario era el mismo de la primera vez, desde otro punto de vista. Para cuando hube regresado del segundo viaje, ya tenía suficiente de viaje por el tiempo y no quería otra cosa que una gran comida, una pequeña botella de vino, y un lecho blando después. Tuve todo eso, incluido tiempo más que suficiente para disfrutarlo, casi una semana antes que llegase un informe sobre la sanguijuela de espacio warp. Yo estaba con Inskipp cuando llegó el mensaje y hubo cierta cantidad de ojos protuberantes y miradas forzadas a la hoja, como si releerla la pudiera cambiar.

—Es imposible —dijo finalmente.

—Eso es lo que me gusta de usted, Inskipp, siempre optimista —. Arranqué el mensaje de sus flojos dedos y lo leí por mi mismo, después comprobé las coordenadas en la carta detrás de su escritorio. Tenía razón. Casi.

La sanguijuela de espacio warp había hecho bien su trabajo. Yo había disparado la cosa a tiempo y se había alojado en el come satélites y se había unido a lo que sea que la cosa fuera. Se habían filtrado juntas en el espacio warp, donde la sanguijuela simplemente se mantuvo hasta emerger en el espacio normal otra vez. Aún si hubieran habido saltos múltiples, la sanguijuela estaba programada para estar cerrada hasta que detectaba atmósfera o la masa de un planeta o de una estación espacial. En cuyo punto se había despegado y derivado; era completamente no metálica y virtualmente indetectable. Una vez que llegó, usó cohetes químicos para dejar la vecindad del lugar de arribo, mientras buscaba un faro de la Liga. Tan pronto como detectó el más cercano se warpeó allí y anunció su llegada. Ni hay que decir que tomó fotografías en todas direcciones cuando llegó a su blanco original. En ese punto las computadoras rieron entre dientes sobre las vistas de las estrellas y determinaron el punto del espacio donde habían sido tomadas. Sólo que esta vez la respuesta que obtuvieron era imposible.

O muy improbable —dije, tocando la carta—. Pero si la ubicación es correcta tengo la desagradable sensación de que estamos en algunos problemas.

—¿No crees que sea sólo una coincidencia que son los almirantes que tiene secuestrados?

—Ja, ja.

—Sí, pensé que dirías eso.

Para entender nuestro problema tiene que reflexionar sobre la naturaleza física de nuestra galaxia por un momento. Sí, sé que es aburrido y es mejor dejar esas cosas para los astrofísicos y otros cabrones aburridos que disfrutan de este tipo de cosas. Pero la explicación es necesaria. Si esto ayuda, piensen en la galaxia con la forma de una estrella de mar. En realidad no lo es, pero eso es suficientemente bueno para este tipo de cosas simples. Los brazos y el centro de la estrella de mar son grupos de estrellas, con algunas otras estrellas entre los brazos, junto con el gas del espacio y moléculas al azar y todo eso. Espero que no se haya perdido, porque estoy confundido yo mismo. De todas formas, todas las estrellas de la Liga están situadas en el brazo derecho en la parte superior, fijas hacia arriba. Algunos otros soles explorados están cerca del centro y un poco más dispersos en los brazos a la izquierda y derecha. ¿Tienen eso? Bueno. Ahora parece que nuestro dientudo secuestra satélites había llegado de la parte de la inferior de la pierna izquierda. Bueno. Por qué no, podrían decir, es todo parte de la misma galaxia. Bien, ajá, diría enseguida. Pero es una parte de la galaxia a la que nunca hemos ido, nunca hemos contactado, nunca hemos explorado. No hay planetas habitados ahí abajo.

Habitados por seres humanos, quiero decir. En todos los miles de años que la humanidad ha estado pasando alrededor de la galaxia nunca hemos encontrado otra forma de vida inteligente. Hemos encontrado rastros de civilizaciones largamente desaparecidas, pero millones de años nos separan de ellas. Durante los días de la expansión colonial, el Imperio Estelar, la Locura Feudal y esos fragmentos de absurdo, las naves se desarrollaron en todas las direcciones. Luego vino la ruptura y la falta de comunicaciones por muchos miles de años. Estamos saliendo de eso ahora. Contactamos con planetas en todos los estadios de la civilización… o de falta de ella. Pero no estamos en expansión. Quizás alguna vez, algún día, pero mientras tanto la Liga está ocupada recogiendo los pedazos de la primera expansión.

Salvo que ahora hay un nuevo juego de pelota.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Inskipp.

—¿Yo? No voy a hacer nada, excepto verlo emitir órdenes de investigar esta interesante situación.

—Correcto. Esta es la primera. Tu, diGriz, sales para allá e investigas.

—Tengo demasiado trabajo. Usted tiene los recursos de un millar de planetas para aprovechar, todas las armadas, menos los almirantes usualmente a cargo, agentes en abundancia. Utilice algunos de ellos, para variar.

—No. Tengo la fuerte sensación de que enviar un buque de patrulla normal en esta situación sería como pedirles que den un paseo por las tripas de una pila atómica.

—Una descripción confusa… pero me llega el mensaje.

—Espero que sí. Tú eres el agente más tramposo, lo sé. Tienes un sentido de supervivencia que, hasta ahora, te ha hecho inmatable. Cuento con eso y con las circunvoluciones horriblemente retorcidas de tu mente deformada para que pases a través de esto. Por eso, vete ahí fuera a ver que infiernos está ocurriendo, y vuelve con un informe.

—¿Tengo que traer a los almirantes?

—Solo si quieres. Tenemos un montón más de donde vinieron.

—Usted es cruel y sin corazón, Inskipp, y tan tramposo como yo.

—Sin duda. ¿De que otra forma crees que puedo usar este traje? ¿Cuando te vas y que necesitas?

Tuve que pensar en eso. No podía ir sin decírselo a mi Angelina, y una vez que supiera lo peligroso que sería ella insistiría en venir. Estupendo. Soy un cerdo machista en el fondo, pero sé reconocer el talento cuando lo veo y me gustaría más tenerla a ella conmigo que todo el resto del Cuerpo Especial. Pero ¿qué pasa con los muchachos? La respuesta a eso era obvia también. Con su natural doblez y las características heredadas eran aptos únicamente para la vida del delito o de la carrera en el Cuerpo.

Ellos tendrían que ver sangre en algún momento y este parecía mucho el momento adecuado. Por lo tanto, estaba decidido. Mis ojos dejaron de estar vidriosos y me di cuenta de que había estado murmurando para mí mismo durante algunos minutos y que Inskipp estaba mirándome en una forma muy sospechosa y alcanzando lentamente el botón de alarma en su escritorio. Busqué a través de mi memoria la pregunta que me habían hecho antes de que hundirme en mi coma.

—Ah, sí, desde luego. Saldré pronto, tengo mi tripulación, pero quiero un crucero automático clase Triturador con todos los armamentos, etc.

—Hecho. Tardará veinte horas para llegar aquí. Tienes mucho que empacar y escribir un nuevo testamento.

—Que encantador de su parte. Necesitaré una llamada psi.

La configuré con el centro de comunicaciones que se encontraba con el operador en Blodgett como un relámpago y una línea conectó con Angelina en segundos.

—Hola, mi dulce —dije—. Adivina dónde vamos para nuestras vacaciones.

CINCO

—Es una hermosa nave, papá —dijo Bolívar, pasando sus ojos apreciativamente sobre los variados controles de la L. C. Gnasher.

—Así lo espero; estos cruceros clase Triturador se supone que son lo mejor en el espacio.

—Control central de fuego y todo, guau —dijo James, tocando un botón antes que lo pudiera detener.

—No tenías que volar ese pedazo de roca espacial, no te estaba haciendo ningún daño —me quejé, cambiando los controles de fuego a mi posición de piloto antes de que causase más problemas.

—Los niños serán siempre niños —dijo Angelina, mirándolos con orgullo maternal.

—Bien, pueden ser niños con su propio dinero. ¿Sabes cuantos miles de créditos cuesta cada disparo de ese cañón de energía?

—No, ni me importa —levantó una delicada ceja—. ¿Y desde cuando te importa, Resbaladizo Jim, saqueador del bolsillo público?

Murmuré algo y me volví a los instrumentos. ¿Realmente me importaba? ¿O era solo un reflejo paternal? No… ¡era autoridad!

—Yo soy el capitán y la tripulación debe obedecer.

—¿Deberemos caminar por la tabla, querido? —dijo Angelina, en su tono más irrazonable. Yo cambié de tema.

—Mira. Si todos ustedes se sientan por ahí pediré una botella de champán y una torta de chocolate y nos relajaremos un poco antes de que comience esta misión y yo empiece a restallar el látigo.

—Ya nos contaste todo el trato, papá —dijo James—. Y, ¿puede ser torta de frutilla?

—Sé que ustedes saben todo lo que ha sucedido y adonde vamos, pero lo que tenemos que hacer exactamente cuando lleguemos, aún debe ser determinado.

—Estoy segura de que nos contarás todo a su debido tiempo, querido. Y, ¿no es algo temprano para champán?

Me ocupé de apretar los botones de la cocina, mientras luchaba por organizar mis pensamientos. Todos caciques y ningún indio. Debía ponerme firme.

—Escuchen ahora. Orden del día. Despegaremos en exactamente quince minutos. Procederemos con todo lo necesario para llegar a la posición determinada por la sanguijuela de espacio warp. Emergeremos del espacio warp por exactamente uno coma cinco segundos, lo que será tiempo suficiente para hacer lecturas instrumentales del volumen de espacio circundante. Entonces retornaremos automáticamente a nuestra última posición y analizaremos nuestros hallazgos. Después actuaremos de acuerdo a ellos. ¿Comprendido?

—Eres tan capitanil —murmuró Angelina, bebiendo su champán. No había manera de decir, por su tono de voz, que significaba este comentario. Lo ignoré.

—Entonces adelante. Bolívar, veo por tus registros escolares que tienes buenas notas en navegación…

—Tenía que tenerlas. Nos encadenaban a los pupitres sin comida hasta que pasábamos las pruebas.

—Detalles, detalles… todo eso ya quedó detrás. Prepara un curso a nuestra área de destino y déjame revisarlo antes de actuar. James, programarás la computadora para tomar las lecturas que necesitaremos al llegar y estar fuera de allí en el segundo y medio de que disponemos.

—¿Y que debo hacer yo, mi amor?

—Abrir la otra botella, dulzura, y vamos a ver con orgullo a nuestros hijos mientras trabajan.

E hicieron el trabajo, sin quejas, y cada uno hizo un buen trabajo. No hubo juegos ahora. Esta era la realidad y la supervivencia y se tiraron en ella con gusto. Comprobé y revisé los resultados, pero no pude encontrar fallas.

—Una estrella dorada a cada uno. Pueden tomar una porción doble de torta.

—Eso arruina los dientes, papá. En su lugar nos gustaría un poco de champán.

—Desde luego. Es hora de un brindis. Por el éxito.

Chocamos las copas y bebimos; me incliné hacia delante y presioné el botón de vuelo. Despegamos. Como en todos los viajes, no había nada para hacer una vez que la computadora había sido programada. Los mellizos rondaron por la nave con los manuales hasta que aprendieron cada detalle de su operación. Angelina y yo encontramos cosas mucho más interesantes que hacer y los días pasaron en puntas de pequeños pies dorados.

Hasta que sonó la alarma y estuvimos listos para el último salto warp. Una vez más nos reunimos en el cuarto de control.

—Papá, ¿sabías que hay dos botes patrulla a bordo? —preguntó Bolívar.

—Lo sabía, y hermosos aparatitos que son. Prepárense para la mirada rápida que planeamos. Después nos vestiremos con armadura de combate.

—¿Porqué? —preguntó James.

—Porque te han ordenado hacerlo —dijo Angelina, con un filo de acero en la voz —. Además, un momento de.pensamiento racional te habría dado la respuesta sin preguntar.

Con ese refuerzo, sentí que mi autoridad era firme y no dije nada más hasta que estuvimos vestidos. Los trajes de combate eran trajes espaciales blindados y armados, que nos mantendrían con vida si algo feo nos estaba esperando al otro extremo.

No había nada. Llegamos, los instrumentos zumbaron y cliquetearon… y estuvimos de nuevo en donde habíamos partido, a cien años luz de distancia. Los hice permanecer con armadura, para el caso que algo nos hubiera seguido, pero no era así. Después de media hora salimos de los trajes y verificamos el resultado de nuestras investigaciones.

—Nada realmente cerca —dijo Angelina, revisando la hoja impresa—. Pero hay un sistema estelar a solo dos años luz de distancia.

—Entonces ese es nuestro segundo blanco —dije—. El plan es este. Vamos a quedarnos aquí, a una buena distancia de lo que sea que anda ahí afuera. Pero vamos a enviar un ojo-espía a graficar el sistema, buscando planetas habitados, explorándolos también, enviando un informe continuo al satélite receptor en órbita cercana. El satélite estará programado para regresar aquí en el instante que algo le suceda al ojo-espía. ¿Correcto?

—¿Puedo programar al ojo-espía? —preguntó Bolívar, un instante antes que su hermano. ¡Voluntarios! Mi corazón se entibió, y les asigné sus tareas. En minutos lanzamos las máquinas; cuando estuvieron en camino, nos sentamos a cenar. Estábamos por finalizar la comida cuando el satélite anunció su regreso.

—Eso fue rápido —dijo Angelina.

—Demasiado. Si algo atrapó al ojo-espía, creo que tienen un sistema detector bastante bueno. Vamos a ver que encontró.

Aceleramos la grabación hasta llegar a la parte ocupada. La estrella en el centro de la pantalla se acercó y se convirtió en sol ardiente en un instante. Los números de la segunda pantalla revelaban que el sistema tenía cuatro planetas y que radiación consistente con comunicaciones y actividad industrial venía desde los cuatro. El ojo-espía se dirigió al más cercano y dio un vistazo bajo.

—Oh, mi Dios —susurró Angelina y no pude más que asentir.

Todo el planeta parecía ser una sola fortaleza.

Las bocas de grandes armas apuntaban hacia arriba desde fortalezas de gruesos muros; hilera tras hilera de naves espaciales estaban alineadas en filas aparentemente interminables; cuando el ojo-espía miró a lo lejos, incontables máquinas de guerra rodaban, hasta el horizonte. No era visible ni un pedazo de la superficie natural del planeta, solamente más y más máquinas de guerra.

—Aquí, miren —dije—. Eso se ve igual que la ballena espacial que se tragó a los almirantes y su satélite. Y otra de las mismas… y otra.

—Me pregunto si serán amistosas —dijo Angelina, y escasamente pudo sonreír de su propio chiste. Los muchachos estaban atónitos y silenciosos.El fin llegó rápidamente. Cuatro súbitos ecos en el radar, acercándose a gran velocidad… y la pantalla quedó en blanco.

—No muy amistosos —dije, y me serví una copa con mano no demasiado firme—. Graben todo lo que hemos descubierto y envíenlo a la base por relevador. Enrutenlo Diríjanlo por la base más cercana que cuente con un psíquico así puede llegar pronto un informe resumido. Me gustaría que alguien nos sugiriera el próximo paso. Una vez hecho el informe de lo que descubrimos, estamos por nuestra cuenta otra vez.

—¿Y descartables? —preguntó Bolívar.

—Lo estás entendiendo, hijo.

—Bárbaro —dijo James—. Por nuestra cuenta, sin órdenes de nadie.

Yo no sabía cuanto le significaba, pero estaba orgulloso de mis hijos, entonces y allí.

—¿Alguna sugestión? —pregunté—. Porque si no, tengo el vislumbre de un plan.

—Tu eres el capitán, querido —dijo Angelina, y pensé que quería decir exactamente eso.

—Correcto. No sé si lo habrán notado en la lectura, pero este sistema estelar está lleno de desechos espaciales. Sugiero encontrar una roca del tamaño correcto y ahuecarla para introducir una de las lanchas patrulleras en su interior. Si la escudamos correctamente no habrá nada para demostrar que es diferente del resto de las rocas flotantes en torno a ese sistema. A continuación, será fácil ponerla en órbita, echar un vistazo a los otros planetas, ver si hay algún satélite en que podamos meternos adentro y, en general, obtener más información para que podamos llevar a cabo un plan de ataque. Tiene que haber algún lugar al que podamos acercarnos más, que no esté armado hasta los dientes al igual que el primer planeta. ¿De acuerdo?

Después de un breve debate y, ya que a nadie se le ocurrió un plan mejor, lo hicimos. Nos movimos en propulsión espacial, con el radar en funciones, y en una hora habíamos encontrado una nube de rocas y piedras, hierro meteórico y montañas interestelares, aparentemente en órbita elíptica alrededor de la estrella más cercana. Me acerqué lentamente a la masa, igualando velocidades y eligiendo la que queríamos.

—Allí —anuncié—. Tamaño correcto, forma adecuada, casi puro hierro, así que hará de escudo para la nave adentro. Angelina, toma el casco y llévanos cerca. Bolívar, tu y yo nos pondremos los trajes e iremos con el bote patrulla. Podemos usar sus armas para perforar el agujero que necesitamos. James se ocupará de las comunicaciones en este extremo. Mantén el contacto con nosotros y envía cualquier equipo especial que podamos necesitar. Debería ser un trabajo fácil.

Lo fue. El cañón de nariz del bote patrullero, a potencia mínima, perforó pulcramente el hierro, dispersando nubes de gas monoatómico. Cuando el hueco pareció suficientemente profundo, sellé mi traje y fui a examinarlo por mi mismo, derivando a lo largo del agujero plateado.

—Se ve bien —dije cuando emergí—. Bolívar, ¿crees que puedes meterla adentro, con la nariz por delante, sin romper demasiadas partes de la nave?

—¡Pan comido, papá!

Fue tan bueno como su palabra, y yo estaba a un lado cuando la lancha patrullera se deslizó en silencio y desapareció del sitio. Ahora podría plantar instrumentos en la superficie, conectarlos a la nave, cortar otro pedazo de asteroide para tapar el agujero cuando entrásemos, preparar soportes para el bote...

Yo estaba de frente a la Gnasher mientras flotaba, y era claramente visible mientras permanecía a dos kilómetros, en el borde del campo de desechos. Sus compuertas brillaban alegremente en la obscuridad interestelar, y yo esperaba volver y poner mis pies en alto después de un buen día de trabajo.

Entonces apareció la forma obscura, borroneando las estrellas.

Era grande y rápida, muy rápida, y la brillante abertura en forma de boca apareció cuando aún estaba avanzando. Abriéndose y engullendo la Gnasher, y cerrándose otra vez, y desapareciendo. Todo en un instante, mientras yo solo podía permanecer en paralizado silencio. Y se habían ido. La nave, Angelina, James. Se habían ido.

SEIS

Había tenido mis momentos malos, pero este, sin duda, era de los peores. Estaba congelado, los puños apretados, mirando horrorizado el punto donde la nave había estado un instante antes. Hasta ahora, los momentos “pegajosos” de mi vida me habían envuelto, en su mayor parte, a mi y solo a mi. Este peligro solitario aclara la mente maravillosamente, y promueve chorros de adrenalina cuando es necesaria la acción instantánea para sobrevivir. Pero yo no estaba amenazado o en peligro, o posiblemente muerto… lo estaban Angelina y James. Y no había nada que pudiera hacer.

Debo haber producido algún sonido mientras pensaba esto, indudablemente uno desagradable, porque la voz de Bolívar sonó en mis oídos.

—¿Papá? ¿Qué está pasando? ¿Hay algo malo?

La tensión se rompió y floté hacia la nave, explicando lo que había pasado mientras cerraba la compuerta. Él estaba pálido, pero controlado, cuando aparecí en el cuarto de control.

—¿Qué hacemos? —preguntó en voz baja.

—Aún no lo se. Ir tras de ellos, desde luego… pero, ¿adonde vamos? Necesitamos un plan…

Un trino de alta frecuencia sonó en el equipo de comunicaciones, y mis ojos se dilataron en esa dirección.

—¿Qué es eso? —preguntó Bolívar.

—Una alarma psi general. Había leído acerca de ella en los manuales, pero jamás supe que hubiera sido usada.

Continué, mientras digitaba un curso en los controles.

—Como indudablemente debes saber, las ondas de radio viajan a la velocidad de la luz, de manera que un mensaje transmitido desde una estación a cien años luz de distancia, tomará cien años en llegarnos. No es la forma más veloz de comunicación. Así que la mayoría de los mensajes es transportada en naves de un punto al otro. Esta es la única forma de comunicación que está exenta de las leyes de Einstein. Psi, que aparentemente es instantánea. Así que los hombres psi pueden hablar uno con otro, cerebro a cerebro, sin demora Todos los buenos trabajan para la Liga y la mayoría para el Cuerpo Especial. Existen dispositivos electrónicos capaces de detectar la comunicación psi, pero solo a plena potencia y nada más que la existencia de la comunicación.

Cada nave de la Liga está equipada con un detector como este, a pesar que jamás han sido usados, excepto en las pruebas. Para hacerla funcionar cada hombre psi vivo transmite el mismo pensamiento al mismo tiempo. Una palabra… problemas. Cuando es recibida esta alarma psi cada nave debe transportarse por espacio warp a la estación transmisora más cercana para saber que está fallando. Estamos en camino.

—Pero, mamá y James…

—Hallarlos va tomar cierta reflexión… y algo de ayuda. Y, puedes llamarlo una corazonada, tengo el presentimiento de que esta alarma está relacionada con el asunto en que estamos envueltos.

Infelizmente, yo tenía razón. Aparecimos cerca de un faro repetidor y la señal grabada apareció al instante en nuestra radio.

—… regresen a la base. Todas las naves esperen órdenes. Diecisiete planetas de la Liga han sido atacados por fuerzas extrañas en la pasada hora. Se ha iniciado una guerra espacial en varios frentes. Esperen órdenes. Todas las naves regresen a la base. Todas las naves…

Ya había trazado el curso antes de que el mensaje comenzara a repetirse. A la Base Principal del Cuerpo; no había otro lugar adonde ir. La resistencia a los invasores sería organizada por Inskipp, y toda la información disponible debía estar allí. No les contaré como nos sentíamos mientras pasaban los días; Bolívar y yo hallamos el tiempo soportable sólo por la repetición pura y simple de que si la destrucción fue planificaba la potencia de fuego que habíamos visto fácilmente podría haber demolido los satélites de los almirantes y nuestro buque. Querían la gente en ellos viva. Tenían que hacerlo. No nos atrevimos a pensar por qué querían eso. Sólo que estaban presos y que queríamos llegar y liberarlos.

Volé la nave por reflejo, cuando salimos del espacio warp, cerca de la base. Nos aproximamos a G máxima, invirtiendo en el último momento posible, otra vez invirtiendo a máximo empuje, y cerrando los controles cuando las grampas magnéticas nos sujetaron, llegando a la compuerta cuando aún se estaba abriendo. Con Bolívar a mi lado todo el camino. Fuimos por los corredores al mismo paso, y entramos a la oficina de Inskipp para encontrarlo dormido y roncando en su escritorio.

—Hable —ordené y el abrió el par de ojos más rojos que vi jamás. Gruñó.

—Debía haberlo sabido. La primera vez que puedo dormir un poco en cuatro días y apareces tu. Sabes que…

—Sé que una de esas ballenas espaciales se tragó mi crucero junto con Angelina y James, y hemos venido renqueando en un bote patrulla.

Se puso en pie, oscilando.

Lo siento, no lo sabía, hemos estado muy ocupados.

Se dirigió a un gabinete y echó un líquido obscuro de una botella de cristal en un vaso, que vació por completo. Olfateé la botella y eché la misma cantidad para mi.

—Explique —ordené—. ¿Qué está pasando?

—Invasión de alienígenas… y permítanme decirles que son buenos. Estas ballenas espaciales son acorazados fuertemente blindados y no hemos sido capaces de hacerles mella. No tenemos nada que les pueda tocar en el espacio. Así que todo lo que podemos hacer es retroceder. No han realizado todavía los desembarques planetario que sepamos, solo bombardeos desde el espacio, porque nuestras unidades con base en tierra son lo suficientemente fuertes como para mantenerlos fuera. No sabemos cuánto tiempo durará esta situación.

—Entonces ¿estamos perdiendo la guerra?

—Al cien por ciento.

—Que optimista. ¿No le importará decirme contra que estamos luchando?

—Sí. ¡Ellos, esos!

Toqueteó la pantalla y apuñaló a los botones y, en magnífico color y tres dimensiones, una forma repugnante apareció colgada ante nosotros. Con tentáculos, babosamente verde, con garras y grasienta, con demasiados ojos mirando en direcciones extrañas, así como una serie de apéndices que es mejor dejar sin describir.

—Uggh —dijo Bolívar, hablando por todos nosotros.

—Bueno, si no te gusta eso —gruñó Inskipp—, que piensas acerca de esto… o esto.

La presentación de diapositivas de babosas continuó, criatura tras criatura, cada uno más detestable —¿era posible?— que el que antes. Cosas horribles, unidos sólo en su repugnancia.

—Suficiente —grité finalmente—. Una dieta de adelgazar por náuseas. No voy a comer durante una semana después de esto. ¿Cuál de ellos es el enemigo?

—Todos ellos. Dejemos explicar al profesor Coypu.

La grabación del profesor apareció en la pantalla, y era realmente una mejora respecto de los horripilantes reptilitos, a pesar de su crujir de dientes y sus maneras de sala de conferencias.

—Hemos examinado los especimenes capturados, hemos disecado a los muertos y hemos vaciado el cerebro de los vivos, en busca de información. Lo que hemos descubierto es bastante desconcertante. Hay una cantidad de formas de vida implicadas, de diferentes sistemas planetarios. De lo que ellos dicen, y no tenemos razón para ponerlo en duda, están involucrados en una cruzada sagrada. Su único fin es destruir a la humanidad, barrer a todos los representantes de nuestra especie de la galaxia.

—¿Porqué? —pregunté en voz alta.

—Se preguntarán porqué —continuó el profesor Coypu en la grabación—. Una pregunta natural. La respuesta es que no soportan vernos. Nos consideran demasiado horribles para existir. Dicen que no tenemos suficientes extremidades, que somos demasiado secos, que nuestros ojos no poseen tallos, que no segregamos un buen limo, que nos faltan órganos importantes. Nos consideran demasiado repulsivos para existir junto con ellos.

—¡Debían haber hablado! —dijo Bolívar.

—La belleza está en los ojos del que mira —le aconsejé—. Pero estoy de acuerdo contigo, en todo caso. Ahora silencio y escucha al profesor.

—La invasión fue preparada cuidadosamente —dijo Coypu, revolviendo sus notas y golpeando con las uñas sus dientes protuberantes—. Desde la invasión hemos encontrado muchas formas de vida exóticas que acechan en la basura, los acondicionadores de aire, las ventilaciones, las alcantarillas, los inodoros, en todos lados. Han venido observándonos, obviamente, durante mucho tiempo y enviando informes. El secuestro de los almirantes fue el primer golpe de la invasión, un intento de perturbar nuestras fuerzas mediante la eliminación de sus comandantes. Esto nos dejó muy cortos de almirantes, pero se puso a jefes del personal de maestranza al mando de unidades que carecían de altos mandos y han doblado su eficiencia. Sin embargo, falta verdadera inteligencia de las estructuras y bases del enemigo, ya que sólo han sido capturadas naves pequeñas, tripuladas por oficiales subalternos. Se sugiere que se obtenga más información …

—Oh, muchas gracias —gruñó Inskipp, cortando a Coypu en mitad de la sugerencia—. Nunca lo habría pensado por mí mismo.

—Puedo hacerlo —le dije, y disfruté la forma en que el blanco —en realidad el rojo— de sus ojos apareció cuando los giró en mi dirección.

—¿Tu? ¿Tener éxito donde todas nuestras fuerzas han fallado?

—Por supuesto. Abandonaré mi modestia y le diré que yo soy el arma secreta que ganará esta guerra.

—¿Cómo?

—Déjeme hablar primero con Coypu. Unas pocas preguntas y todo será revelado.

—¿Vamos tras de mamá y James? —preguntó mi hijo.

—Puedes apostarlo, muchacho. Es lo primero en la lista, y al mismo tiempo salvaremos a la galaxia civilizada de la destrucción.

—¿Porqué me molestan cuando debo trabajar? —chilló Coypu en la pantalla, salpicando saliva, con los ojos tan rojos como Inskipp.

—Relájese —lo camelé—. Voy a resolver todos sus problemas por usted, como he hecho en el pasado, pero tengo que obtener su ayuda para hacerlo. ¿Cuántas especies exóticas diferentes ha descubierto hasta ahora?

—Trescientos doce. Pero, ¿por qué…?

—Voy a decirle en un momento. ¿De todos los tamaños, formas y colores?

—¡Es mejor que lo crea! Debería ver a mis pesadillas.

—No gracias. Usted debe haber descubierto el lenguaje que utilizan para comunicarse entre sí. ¿Es difícil?

—Usted ya lo habla. Es esperanto.

—¡Salga, Coypu!

—¡No me puede gritar en ese tono! —dijo histéricamente. Luego recuperó el control de sí mismo, tomó una píldora y se estremeció—. ¿Por qué no? Ellos, obviamente, han venido observándonos durante mucho tiempo, aprendiendo todo acerca de nosotros antes de invadirnos. Han escuchado muchas de nuestras lenguas, y entonces se decidieron por el esperanto, tal como lo hicimos nosotros, como la más simple, más fácil y más eficiente forma de comunicación.

—Vendido. Gracias, profesor. Descanse un poco porque usted va a equiparme para entrar en el cuartel general enemigo y descubrir que está pasando y rescatar a mi familia, y puede que a los almirantes, si tengo oportunidad.

—¿De que infiernos estás hablando? —rezongó Inskipp, con la imagen de Coypu haciéndole eco, en un igualmente repelente tono de voz.

—Es simple. Al menos para mí. El profesor Coypu va a fabricarme un traje de alienígena, completo, con un productor de limo incorporado. Y voy a ir adentro. Ellos me recibirán como a uno más. Seré una nueva asquerosa forma de vida que ha escuchado de su cruzada y que ha corrido a alistarse. Me amarán. Voy en camino, profesor.

Los técnicos hicieron un rápido pero excelente trabajo. Atiborraron la computadora con disgustantes detalles alienígenas: tentáculos, garras, tallos oculares, palpadores, todo, y la programaron para dibujar las variaciones. ¡Guau! Hasta Bolívar quedó impresionado. Pusimos juntas un par de ellas e hicimos algunos malabarismos con los resultados; terminamos con uno que podría usarse.

—¡Ese es mi papá! —dijo Bolívar, caminando alrededor de la cosa y admirándola desde todos los ángulos.

Se veía aproximadamente como un tiranosaurio rex en miniatura, con lepra avanzada y la piel derretida. Bípedo, por razones obvias: yo soy uno. La pesada cola, bifurcada en tentáculos con ventosas en el extremo, cumplía dos funciones: balanceaba el pesado aparato y ofrecía espacio de almacenamiento para la planta de potencia y el equipo. Mandíbulas sobredimensionadas, con dientes amarillos y verdes, adornaban el frente de la cabeza; con dientes de caballo, como su constructor. Orejas como murciélago, bigotes de rata, ojos de gato, branquias de pez… realmente repugnante. Se abrió por el frente y me introduje cuidadosamente.

—Los antebrazos tienen poca potencia y sus brazos caben dentro —dijo Coypu—. Pero las pesadas patas tienen servo motores y siguen los movimientos de sus piernas. Tenga cuidado, esas garras pueden abrir un agujero en una pared de acero.

—Pretendo probarlas. ¿Qué hay de la cola?

—Contrapeso automáticos. Se balancea al caminar. Estos controles permiten moverla cuando no camina, se ve muy real. Este conmutador es el sacudidor automático que mueve un poco la cola cuando está sentado o parado por un tiempo largo. Mire este conmutador… controla el setenta y cinco sin retroceso montado en la cabeza, justo entre los ojos. La mira está aquí, en la nariz.

—Excelente. ¿Y que hay de granadas?

—El lanzador está bajo la cola, desde luego. Las granadas en si mismas están disfrazadas de ya-sabe-qué.

—Lindo detalle. Veo en usted la retorcida clase de mente para este tipo de negocios. Ahora déjeme cerrar el traje y aléjese mientras lo pruebo.

Tomó un poco de práctica mover esa cosa masiva en forma natural, pero después de unos minutos le encontré el truco. Caminé majestuosamente por el laboratorio, dejando un rastro de limo por donde pasaba, dejando marcas en la cubierta de acero con mis garras, balanceando mi cola y volteando cosas, y hasta metí la cabeza en el polígono de tiro, para disparar algunos tiros con la pistola de mi cabeza. Sin retroceso o con él decidí, mientras tomaba píldoras para el dolor de cabeza, reservar esa arma para emergencias reales. Cuando volví al laboratorio un robot con patas pequeñas salió de una puerta y corrió sobre mi cola.

—Eh, desháganse de esta cosa —dije cuando se encendió una señal de DOLOR EN LA COLA en mi tablero. Le dirigí al robot una patada, que él esquivó fácilmente. Se detuvo enfrente mío y la torreta con los lentes ópticos se abrió y me encontré mirando el rostro sonriente de Bolívar.

—¿Le está permitido a uno preguntar que demonios estás haciendo en esa cosa? —preguntó uno.

—Seguro, papá. Voy contigo. Un robot sirviente para llevar tus pertenencias. ¿No es lógico?

—No, no lo es —. Mientras ponía en orden mis argumentos supe, ya al comenzar, que iba a perder esta discusión. La perdí… y estaba secretamente feliz. Aunque yo temía por su seguridad, podría usar alguien que me respaldase. Iríamos ambos.

—¿Adonde? —preguntó Inskipp, mirando disgustado mi traje alienígena cuando me lo quité.

—Al planeta armado adonde llevaron a los almirantes. Y, probablemente, Angelina y James también. Si ese no es su cuartel general o base principal o algo así, por cierto que lo será hasta que llegue la verdadera.

—¿No te importaría contarme como planeas llegar allí?

—Encantado. En el mismo bote patrulla en que llegamos aquí. Pero antes de irnos quiero el casco abierto por una explosión fatal, y después parchado torpemente. Unos buenos golpes por adentro, rompiendo algo del equipamiento no esencial para que se vea bien. Traigan bastante sangre del matadero y salpíquenla por todos lados. Y, no me gusta sugerir esto, pero lo que importa es el realismo… ¿no les sobrarán algunos cadáveres humanos?

—Demasiados —respondió hoscamente—. ¿y quieres uno o dos de ellos, en uniforme, a bordo?

—Pueden salvarnos la vida. Voy a ir a todo vapor en esa nave, con la radio atronando y las luces brillando, para presentarme, y a mi planeta de horribles bichos, como voluntarios para la noble causa de la destrucción de la humanidad.

—¿Lo cual solo pudieron hacer cuando tu gente capturó esta nave?

—Lo agarró bastante rápido para alguien de su edad. Háganlo ya mismo, Inskipp, porque quiero salir hace cinco minutos.

Como esta misión parecía ser el único rayo de esperanza en la no mitigada obscuridad de una guerra perdida, tuvimos lo mejor del servicio. El estropeado bote patrulla fue cargado a bordo de un crucero de combate en el instante en que estuvimos a bordo. Nos transportó hasta nuestro destino, el área segura más cercana a las estrellas enemigas, y nos arrojó allí. Piloteé la nave alrededor de una masiva nube de polvo, esquivé uno o dos agujeros negros para confundir nuestro rastro, y me escabullí en el brazo de la galaxia que ocupaba el enemigo.

—¿Listo, hijo? —pregunté, metiendo la cabeza por la ranura en el cuello alienígena.

—Cuando tu lo estés, Resbaladizo Jim —respondió el robot, mientras la torreta se cerraba ruidosamente y se trababa en su lugar.

Sellé todo, extendí un brazo con garras y sacudí su tentáculo. Y a trabajar. Habían sido instaladas luces adicionales en el casco, de una horrible construcción alienígena, y las encendí, de modo que parecíamos un árbol de Navidad espacial. Puse en marcha la cinta del recientemente escrito himno de mi imaginario planeta y comencé a transmitirlo por 137 longitudes de onda. Así preparados nos dirigimos abiertamente hacia el planeta blindado, flotando en las ondas del delicioso gemido musical.

Babeando y gorgoteando,

crujiendo con crujidos.

Somos los más desagradables,

de la banda alienígena.

SIETE

—¿Kiu vi estas? —dijo la voz gravemente, y la pantalla se iluminó en el mismo instante para mostrar una fisonomía alienígena particularmente repulsiva.

—¿ Kiu mi estas? Ciuj konas min, se mi ne konas vin, belulo…

Había decidido ser arrogante, seguro de una cálida bienvenida, y muy halagador… aunque llamar “guapo” a este bicho con cara de gusano costaba bastante. Pero la adulación pareció ayudar; “eso” acicaló un puñado de zarcillos con un húmedo tentáculo, y continuó con un tono de voz más amable.

—Vamos, vamos, lindo. Pueden saber quien eres en casa… pero estás lejos de casa ahora. Y hay una guerra en marcha, así que tenemos que obedecer los reglamentos de seguridad.

—Por supuesto, naturalmente, solamente me llena de entusiasmo. ¿Hay realmente una guerra de exterminio en marcha contra los alienígenas palo-seco-rosa-negro?

—Estamos haciendo todo lo posible, magnífico.

—¡Bueno, cuenten con nosotros! Atrapamos esta nave husmeando en nuestro planeta —no tenemos espaciales, pero les disparamos un cohete de combate— y lo bajamos. Aspiramos el cerebro de los sobrevivientes, aprendimos su lenguaje, y descubrimos que todas las razas atractivas de la galaxia se habían unido contra ellos. Queremos unirnos a sus fuerzas, yo soy embajador… ¡así que envíen instrucciones, les pertenecemos!

—Sentimientos poderosamente agradables —babeó la cosa—. Enviaremos una nave para guiarlo y el comité de bienvenida lo hará sentir bien recibido. Pero tengo una pregunta, dulce.

—Pregunte, guapo.

—Con ojos como los suyos… ¿eres hembra?

—El año próximo a la misma hora, lo seré. Por ahora estoy en estado neutro, a mitad de camino de el a ella.

—Entonces es una cita. Te veo en un año.

—Lo anotaré ahora mismo en mi diario —arrullé, y colgué y me acerqué a la botella. Pero Bolívar el Robot fue por delante de mí y ya había llenado un vaso grande que aspiré a través de un sorbete.

—¿Estoy mal, papá —preguntó— o este refugiado de las obras de alcantarillado está caliente contigo?

—Lamentablemente, mi niño, tienes razón. En nuestra ignorancia, mi pequeño disfraz resulta estar a la altura de la pulcritud de las mujeres entre los horrible-horribles. ¡Debemos hacerlo más odioso!

—Eso probablemente sea más sexy.

—Estás en lo cierto, desde luego —insuflé con sentimiento a través del sorbete—. Todo lo que tengo que hacer es lidiar con su amorosa atención y tratar de convertirlo en algún beneficio.

Nuestra nave guía apareció momentos después y enganché el piloto automático a su cola. Flotamos hacia abajo, entre invisibles campos minados y pantallas defensivas, hasta asentarnos en una plataforma metálica dentro de una gran fortaleza. Esperaba que fuese el campo VIP, no la entrada a la prisión.

—Vas a querer tu casco, papá —dijo Bolívar en robótico tono de voz, retirándome del borde de mi océano de negros pensamientos.

—En lo correcto estás, oh buen y noble robot —. Me coloqué el casco de acero enchapado en oro, con la nebulosa Diamante en el frente y examiné mi imagen en el espejo. Delicioso—. Y es mejor que no me digas más papá. Daría lugar a algunas imposibles preguntas biológicas.

Un improbable desfile de figuras arrastrándose, brincando y reptando se derramó cuando aparecimos a través de la compuerta, el robot -Bolívar llevando el cuidadosamente construido equipaje alienígena. Un individuo con una viscosa trenza de oro salió del grupo y saludó con un montón de garras en mi dirección.

—Bienvenido, embajador estelar —dijo—. Soy Gar-Baj, Primer Oficial de Consejo de Guerra.

—Un placer, estoy seguro. Yo soy Sleepery Jeem de Geshtunken.

—¿Sleepery es su nombre o un título?

—Esto significa, en el idioma de mi raza, El Que Camina a Espaldas de los Campesinos con Afiladas Garras, y denota a un miembro de la nobleza.

—Un lenguaje sorprendentemente compacto, Sleepery, debes contarme más acerca de él… en privado.

Seis de sus dieciocho ojos guiñaron lentamente y supe que el viejo atractivo sexual aún funcionaba.

—Te tomaré en mi próximo período fértil. Pero por ahora… ¡es la guerra! Dime cómo van las cosas y lo que de Geshtunken puede hacer para ayudar a esta santa causa.

—Así se hará. Déjame guiarte a tus habitaciones y explicarte como está todo.

Despidió a los mirones con una ondulación de un tentáculo, haciéndome señas con otro de que lo siguiera. Así lo hice, con mi fiel robot rodando tras de mi.

—La guerra va según lo previsto. Tu, por supuesto, no lo sabes, pero estuvimos muchos años en la etapa de planeamiento. Nuestros espías han penetrado todos los mundos humanos y conoces su poderío, hasta la última carga de pistolas de rayos. No pueden detenernos.

Tenemos control absoluto del espacio y estamos preparando la segunda fase.

—¿La cual es… ?

—La invasión planetaria. Después de derribar su flota vamos a recoger sus planetas, uno por uno, como cerizoj maduro.

—¡Eso es para nosotros! —grité, y marqué una gran rastrillada en el suelo de metal con mis garras—. Nosotros los Geshtunken estamos luchando como tontos, listos para encabezar la carga, dispuestos a morir por una causa justa.

—Justo lo que yo esperaba oír de alguien tan bien construido como tú, garras, dientes y demás. Entra aquí, por favor. Tenemos un montón de buques de transporte, pero siempre podemos utilizar tropas experimentadas.

—¡Somos guerreros que desafían a la muerte!

—Mejor aún. Asistirás a la siguiente reunión del Consejo de Guerra y planearemos nuestra cooperación mutua. Pero ahora debes estar cansada y querrás descansar.

—¡Nunca! —chasqueé mis mandíbulas y arranqué parte de un sofá cercano—. No quiero descansar hasta que el último enemigo seco haya sido destruido.

—Un sentimiento noble, pero todos debemos descansar en algún momento.

—No los Geshtunken. ¿No tendrán uno o dos cautivos que pueda destripar para una película de propaganda?

—Tenemos toda una carga de almirantes, pero los necesitamos para aspirarles el cerebro para ayudar a la invasión.

—Muy malo. Yo arranco piernas y brazos de almirantes como pétalos de flores. ¿No tienen ninguna reclusa… o niños? Sus gritos son agradables.

Esa era la pregunta del millón de créditos escondida entre toda la otra basura y mi cola se sacudió mientras esperaba la respuesta. El robot se detuvo zumbando.

—Es curioso que hayas preguntado. Capturamos una nave espía enemiga tripulado por una mujer y un compañero joven.

—¡Justo lo que necesito! —grité, y mi emoción era real—. Ellos deben necesitar la tortura, el interrogatorio, los crujidos. Eso es para mí. ¡Llévenme con ellos!

—Normalmente sería feliz de hacerlo. Pero ahora eso es imposible.

—¿Han muerto…? —dije, luchando para cambiar la desesperanza de mi voz en decepción.

—No. Pero desearía que lo estuviesen. Todavía no hemos descubierto lo que pasó. Cinco de nuestras mejores cosas de combate solos en una habitación con estas dos pálidas e inferiores criaturas. Los cinco destruidos, y todavía no sabemos cómo. El enemigo escapó.

—Muy mal —dije, simulando el aburrimiento ahora con todo el asunto, con movimientos de balanceo en torno a mi cola y rascado de su sarnosa punta con una garra—. ¿Por supuesto que los han recapturado?

—No Y esa es la parte extraña. Ha sido hace algunos días. Pero no deseas ser molestado por pequeñas preocupaciones. Refréscate y te será enviado un mensajero cuando se haga la reunión. ¡Muerte a los crujientes!

—Muerte a los crujientes también. Te veré en la reunión.

La puerta se cerró tras él y el robot-Bolívar habló.

—¿Adonde desea el equipaje, poderoso Sleepery?

—En cualquier parte, deficiente metálico —le tiré una patada que el robot evitó escabulléndose—. No me molestes con esos pequeños asuntos.

Caminé por la habitación, cantando el himno nacional Geshtunken en una chillona voz, tratando de cubrir todas las partes de la sala como lo hice. Al fin me dejé caer con ruido y abrí la cremallera de mi cuello.

—Puedes salir y estirarte si quieres —dije—. Estos goteantes están realmente creyéndonos, ya que no puedo detectar micrófonos espías o colectores ópticos en ninguna parte de estas habitaciones.

Bolívar salió rápidamente del robot e hizo algunas flexiones profundas de rodillas, con el acompañamiento del crujido de sus articulaciones.

—Se pone apretado allí después de un rato. ¿Qué hacemos ahora? ¿Cómo hallaremos a mamá y a James?

—Una buena pregunta, que no me trae a la mente ninguna respuesta fácil. Pero al menos sabemos que están vivos y bien, y causando problemas a nuestros enemigos.

—Puede ser que hayan dejado mensajes para nosotros… o un rastro que podamos seguir.

—Lo buscaremos, pero no lo creo. Cualquier cosa que podamos seguir, la pueden seguir también estos horribles. Saca una botella de Viejo Provocador de Pensamientos de tu equipo y mira si hay un vaso en este basurero. Y venceré pensando.

Pensé mucho, pero con poco resultado. Tal vez la atmósfera no era favorecedora. Los colgantes de la pared eran de moho verde sobre pintura roja desprendida. La mitad del cuarto estaba lleno con un revolcadero de barro del tamaño de una piscina, lleno hasta el borde con humeante barro gris que burbujeaba y estallaba con grandes burbujas de cuando en cuando, apestando atrozmente. Bolívar salio a explorar, pero después de haber sido casi chupado por los dispositivos sanitarios, y de haber echado un rápido vistazo al proveedor de comida —volvió tan verde como mi cuero alienígena— estuvo bastante feliz de sentarse y cambiar canales en la TV. La mayoría de los programas eran imposibles de entender, pero en gran medida asquerosos, o, si eran comprensibles, eran deprimentes… como los informes de guerra.

Ninguno de los dos comprendió que el televisor era también el comunicador hasta que sonó una campanilla y la escena del bombardeo espacial de un indefenso planeta dio lugar a las siempre repelentes facciones de Gar-Baj. Felizmente, los reflejos de los diGriz todavía operaban. Bolívar se zambulló fuera del alcance del colector, mientras que yo me mantuve de espaldas mientras cerraba la cremallera en mi cuello.

—No deseaba molestarlo, Jeem, pero el Consejo de Guerra se reúne y desea su presencia. El mensajero le mostrará el camino. Muerte a los crujientes.

Sí, sí —dije sordamente cuando su imagen se desvaneció, tratando de poner mi cabeza en la posición adecuada entre los pliegues de carne de plástico. Un sonido de rascado fue emitido desde un anunciador de la puerta.

—Atiende eso, robot —dije—. Di que estaré en un momento. A continuación, saca mi cola. Cuando salimos, el monstruo que había sido enviado a buscarme abrió grandes sus ojos por la escena. Muy impresionante, ya que había un par de docenas de ojos que de repente crecieron un buen metro en los tallos.

—Muéstrame el camino, cabeza de espaguetis —ordené.

Él fue y yo lo seguí, seguido a mi vez por mi robot, que sostenía el extremo libre de la cola que llevaba abotonada a los hombros. Este atractivo vestido eran unos buenos tres metros de tela púrpura brillante entretejida con oro y estrellas de plata y bordeado con un pesado encaje rosa chocante. ¡Guau! Por suerte no tenía que ver la cosa, pero lo sentía por el pobre Bolívar que sí la tenía que ver. Estaba seguro de que los habitantes locales la amarían. No es que yo necesitara una cola, pero al parecer era la forma más fácil de mantener Bolívar tras de mí en todo momento.

El consejo estaba impresionado, si los graznidos, gárgaras y gruñidos eran síntomas de adulación, y di dos veces la vuelta a la cámara del consejo, antes de tomar el asiento indicado.

—Bienvenida, atractiva Sleepery Jeem a nuestro Consejo de Guerra —babeó Gar-Baj—. Raramente ha sido esta cámara agraciada con una presencia tan gloriosa. Si todos los Geshtunken son como tú —y buenos combatientes también, estoy seguro— esta guerra será ganada por la moral solamente.

—Una película de propaganda —gorgoteó algo negro, húmedo y repulsivo desde el lado lejano de la habitación—. Compartamos nuestro placer con las tropas en el frente y revelemos esta hermosa presencia a todos. Y también hagamos mención de las tropas de combate adicionales que tendremos pronto.

—¡Gran idea! ¡Maravilloso!

Hubo gritos de aclamación y alegría desde todos lados, acompañados por un febril agitar de tentáculos, ventosas, tallos oculares, antenas, garras y otras cosas demasiado repulsivas para mencionar. Casi pierdo mi almuerzo, pero sonreí y castañeteé mis dientes para demostrar lo complacido que estaba. No se cuanto habría durado esta tontería si la cosa-secretario no hubiese golpeado fuertemente en una gran campana con un martillo metálico.

—Tenemos asuntos urgentes, gentilescosas. ¿Podemos ir a lo nuestro?

Hubo gritos de rabia de "arruinador" —y peores— y el secretario se encogió. Se trataba de una repugnante criatura, como una rana aplastada con un rabo peludo y una especie de ventosa de sanguijuela donde debe estar la cabeza. Agitó sus antebrazos en disculpa, pero no obstante volvieron a trabajar cuando los gritos terminaron.

—Da comienzo la reunión cuatro mil trece del Consejo de Guerra. Las minutas de la última reunión están disponibles si a alguno le interesan. Los nuevos asuntos son el orden de batalla, los planes de invasión logísticos, el manejo de la reserva de bombardeo y la disponibilidad de fuentes de alimentación ínter-especies —el secretario esperó hasta que los gruñidos se desvanecieron antes de continuar—. Sin embargo, antes de comenzar le requerimos a nuestro nuevo miembro unas breves palabras para ser transmitido con las noticias nocturnas. Estamos grabando, Sleepery Jeem. ¿Nos complacerá con su discurso…?

Hubo un montón de sonidos de chapoteos y derrames de muchos tentáculos, me di cuenta de que eso pasaba por aplausos, y yo me acomodé en el ojo de la cámara, levantando un poco mi cola al hacerlo.

Estimados húmedos, viscosos, empapados amigos del grupo galáctico —empecé, luego esperé con los ojos tímidamente bajos hasta que los aplausos murieron—. No puedo decir qué placer late en mis cuatro corazones de estar en cuclillas aquí entre ustedes hoy. Desde el momento en que en Geshtunken descubrimos que hay otros como nosotros, rezumamos con el afán de unirnos a sus fuerzas. El azar lo ha hecho posible y estoy aquí hoy para decir somos suyos, unidos en la gran cruzada para borrar a los pálidos humanos de la faz de la galaxia. Somos conocidos por nuestra habilidad en combate… Perforé el atril de una patada mientras decía esto, y todos vitorearon. —… y deseo entregar nuestras habilidades a esta causa sagrada. En palabras de nuestra Reina, la Real Engela Rdenrundt, no puedes mantener abajo a un buen Geshtunken… ¡ni deseas intentarlo!

Me senté, con los más emocionados gritos y mis garras cruzadas, esperando que mi pequeña artimaña hubiese tenido éxito. Nadie parecía haberla notado. Se trataba de un disparo largo que tal vez podía funcionar. En cualquier parte de este planeta que estuviese Angelina, existía una posibilidad de que ella estuviese cerca de un comunicador. Si es así ella podría ver las noticias y si lo hacía, sin duda, reconocería el nombre con el que me reuní por primera vez con ella, hace algunos años. Un largo disparo, pero mejor que nada.

Mi compañeros monstruos no estaba muy alegres con el trabajo, pero el sórdido pequeño secretario consiguió llevarlos a el finalmente. Memoricé todos los elementos básicos de los diversos planes de guerra y, al ser un recién llegado, no ofrecí sugerencias. Aunque cuando se me pidió el número de tropas de combate que podrían poner los Geshtunken en el campo di cifras que pusieron a todos felices de nuevo. Todo continuó así durante demasiado tiempo y yo no fui el único que vitoreó cuando el secretario anunció que la reunión se suspendía. Gar-Baj se agitó y dejó caer lo que sólo pude asumir como un amistoso tentáculo cruzado en mi cola.

—¿Porqué no vienes a mi habitación antes, bonita? Podemos abrir una vasija de jugo podrido y tengo un bocado o dos de pyekk. ¿Te parece una buena idea?

—Maravillosa, Gar bebé, pero Sleepery está cansada y debe tener su sueño de belleza. Después podremos estar juntos. No me llames… yo te llamaré.

Despejé el campo antes de que pudiera responder, el robot precipitándose detrás mío con el extremo de mi cola. Fuimos por los corredores oxidados hasta la puerta de mi propia habitación, apresurándonos felizmente adentro para escapar de los apasionados abrazos de mi aborrecido Lothario.

Sin embargo, la puerta se cerró de golpe antes de que la pudiera tocar y un disparo explosivo incendió el piso a mi lado. Me congelé cuando una voz grave sonó en mi oído.

—Te mueves y el próximo pasa directamente a través de tu podrida cabeza.

OCHO

—¡Estoy desarmado! —grité en una voz tan ronca como la de mi invisible atacante—. ¡Estoy tratando de tocar el cielo con las manos… no dispare!

¿No tenía algo familiar esa voz? ¿Me atrevería a echar una mirada? Estaba tratando de tomar una decisión cuando Bolívar la tomó por mí. Abrió el robot y sacó su cabeza.

—Hola, James —dijo alegremente—. ¿Qué hay de malo con tu garganta? Y no dispares a este horrible alienígena porque adentro está tu propio papito.

Arriesgué una mirada para ver a James escondido detrás de un mueble, la mandíbula y el explosor colgando débilmente con sorpresa. Angelina, sabrosamente ataviada con una bikini de piel, entró desde el otro cuarto enfundando su propia arma.

—Sal de esa cosa de una vez —ordenó, y luché para librarme de su abrazo plástico, y entrar en otro, decididamente superior.

—Hum —dijo después de un largo y apasionado beso que se dio por terminado sólo por la falta de oxígeno—. Han pasado años luz desde que te he visto.

—Algo así. Veo que te llegó mi mensaje.

—Cuando esa criatura mencionó ese nombre en las noticias, supe que estabas involucrado. No podía saber que estabas adentro, y por eso es que vinimos armados.

—Bien, estás aquí y eso es lo que cuenta, y amo tu traje —miré el pantalón corto de piel de James—, y también el de James. Veo que fueron al mismo sastre.

—Nos quitaron todas las ropas —dijo James, en la misma voz ronca. Lo miré más de cerca.

—¿Esa cicatriz en la garganta tiene algo que ver con la forma en que hablas?

—Puedes apostarlo. La recibí cuando escapamos. Pero el alienígena que me la proporcionó, nos dio también la piel que estamos vistiendo.

—Ese es mi muchacho. Bolívar, saca una botella de champán de nuestro equipo de supervivencia. Celebraremos esta reunión mientras su madre nos explica que ha sucedido desde la última vez que nos vimos.

—Bastante simple —dijo ella, frunciendo deliciosamente su nariz por las burbujas—. Fuimos engullidos por una de sus naves de combate… estoy segura de que lo viste.

—¡Uno de los peores momentos de mi vida! —me lamenté.

—Pobre querido. Como podrás imaginar, nosotros sentimos lo mismo. Disparamos todas las armas pero la cámara está revestida con colapsium y no hicieron efecto. Entonces concentramos el fuego sobre los alienígenas cuando vinieron por nosotros, pero tampoco tuvo efecto. El techo de la cámara bajó y aplastó la nave, y tuvimos que salir. Ahí fue donde nos desarmaron. O así lo pensaron. Recordé el asuntito de Burada con la uña envenenada e hicimos lo mismo. Incluidas las uñas de los pies, así que cuando nos quitaron las botas nos ayudaron. Así que luchamos hasta que las armas se vaciaron, nos atraparon, nos llevaron a una prisión o una cámara de torturas —no estuvimos el tiempo suficiente para aclararlo—, nos cepillamos a nuestros captores y nos fuimos.

—¡Excelente! Pero eso fue hace una infinidad de tiempo. ¿Cómo se arreglaron hasta ahora?

—Muy bien, gracias, con la ayuda de Cill Airne, aquí.

Hizo señas con la mano al decir esto y cinco hombres saltaron desde la otra habitación y saludaron con sus armas hacia mí. Era desconcertante pero me mantuve firme en vista de que Angelina era insensible a su exhibición. Tenían piel pálida y largo pelo negro. Sus prendas de vestir, si así se podían llamar, estaban hechas de partes y trozos de piel de alienígena mantenida junta por trozos de alambre. Sus hachas y espadas se veían toscas…pero útiles y afiladas.

—Estas granda plezuro renkonti vin —dije, pero se mantuvieron inmutables—. Si no hablan Esperanto, ¿qué hablan? —pregunté a Angelina.

—Su propio lenguaje, del cual aprendí unas pocas palabras. Do gheobhair gan dearmad taisce gach seoid —añadió. Asintieron a esto, golpeando sus armas y emitiendo alaridos de guerra.

—Has tenido bastante éxito con ellos —dije.

—Les dije que eres mi esposo, el jefe de nuestra tribu, y que has venido para destruir al enemigo y conducirlos a la victoria.

—Es la pura verdad —dije, uniendo mis manos y agitándolas sobre la cabeza mientras ellos vitoreaban nuevamente—. Bolívar, saca el alcohol barato para nuestros aliados mientras tu mamá me cuenta que demonios pasa aquí.

Angelina sorbió su champán y frunció delicadamente las cejas.

—No estoy segura de todos los detalles —dijo—, la barrera del lenguaje y todo lo demás. Pero los Cill Airne parecen ser los habitantes originales de este planeta, o más bien los colonizadores. Son bastante humanos, indudablemente una colonia olvidada durante la ruptura. Como o porqué llegaron tan lejos de los otros mundos colonizados, puede que nunca lo sepamos. De todas maneras, tenían algo bueno aquí hasta que llegaron los alienígenas. Fue odio a primera vista. Los alienígenas invadieron y ellos resistieron, y aparentemente siguen resistiendo. Los alienígenas han hecho todo lo que han podido para barrerlos, destruyendo la superficie de este planeta y cubriéndola con metal pedazo por pedazo. No funcionó. Los humanos penetraron los edificios de los alienígenas y han vivido desde entonces escondidos en las paredes y los cimientos.

—¡Ratas de acero inoxidable! —grité—. Toda mi simpatía está con ellos.

—Pensé que lo haría. Así que después de James y yo escapamos y corríamos por un pasillo, realmente no estaba segura de dónde íbamos, esta pequeña puerta se abrió en el piso y ellos saltaron y nos hicieron señas de entrar. Fue entonces cuando el último guardia alienígena saltó hacia nosotros y James lo despachó. Los Cill Airne apreciaron eso y le quitaron la piel para nosotros. Tal vez no podemos hablar su idioma, pero el caos es más elocuente que las palabras. Y eso es realmente todo lo que nos ha sucedido a nosotros. Hemos acechado por los zócalos y elaboramos de un plan para capturar a una de sus naves espaciales. Y para liberar a los almirantes.

—¿Sabes donde están?

—Desde luego. Y no demasiado lejos de aquí.

—Entonces necesitamos un plan. Y yo necesito una buena noche de descanso. ¿Por qué no dormimos y presentamos batalla por la mañana?

—Porqué no existe un tiempo como el presente, y, adicionalmente, ya sé lo que tienes en mente. ¡A la batalla!

Suspiré. —De acuerdo. ¿Qué hacemos ahora?

Eso se decidió cuando la puerta se abrió y mi amante Gar-Baj entró a la carga. Debe haber tenido amor en su mente, si la vestimenta nocturna rosa que llevaba significaba algo, por lo que tenía un poco baja su guardia.

—Jeem, mi dulce… ¿por qué estás allí inmóvil, con tu cuello abierto? ¡Awwrrk!

Agregó este último cuando la primera espada se le clavó en los jamones. Hubo una breve batalla, que perdió con bastante rapidez, aunque no con la suficiente rapidez. Él no había entrado completamente en la sala cuando comenzó la lucha y cuando, inesperadamente, se cortó, el último trozo de su cola equipado, sin duda, con un rudimentario cerebro propio fue deslizándose por el pasillo, fuera de la vista.

—Hemos dejado un buen rastro —dije.

—Al túnel de escape —gritó Angelina.

—¿Es bastante grande para mi disfraz de alienígena? —pregunté.

—No.

—Entonces paren toda la actividad por un momento, mientras pienso —dije, y pensé. Rápido—. Lo tengo. Angelina… ¿conoces el camino por este laberinto de monstruos?

—De hecho, sí.

—Excelente. Bolívar, es tu oportunidad de caminar. Sal del robot y deja entrar a tu madre. Muéstrale los controles y ve con los otros. Nos reuniremos contigo en cualquier lugar en que hayas estado.

—Que considerado —sonrió Angelina—. Mis pies se estaban cansando. James, muestra a tu hermano el camino. Nos reuniremos después. Será mejor que tomes algunas tajadas de esta criatura que han descuartizado, ya que tenemos algunos invitados a cenar.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Los almirantes. Podemos liberarlos con todo el armamento que has importado y los conduciré a la seguridad en los pasillos subterráneos.

Hubo consenso instantáneo con el plan. En la familia diGriz acostumbramos a integrar nuestras mentes bastante rápido, mientras los Cill Airne han aprendido a hacer lo mismo en su guerra constante con el enemigo. Algunas molduras que cubrían el piso fueron quitadas para mostrar una puerta trampa, que fue abierta con una palanca. Comencé a pensar que los alienígenas no eran muy brillantes si dejaban que este tipo de cosas pasara bajo de sus narices, o tentáculos olfativos, o lo que fuese que tuvieran. Bolívar y James bajaron por la abertura, seguidos por nuestros aliados, que salieron al grito de ¡Scadan, scadan!

Es realmente muy acogedor aquí —dijo Angelina, el deslizarse en su lugar dentro del robot—. ¿Existe un circuito cerrado de radio para la comunicación?

—Lo hay. Circuito trece, cerca de tu mano derecha.

—Lo hallé —dijo ella, y su voz resonó en mi oído—. Es mejor que vayas por delante, y yo te daré las instrucciones mientras vamos.

—Tus menores deseos son órdenes para mi.

Salí pisoteando al corredor, con el robot trotando detrás. La sección cortada de la cola se había desvanecido. Pateé y hundí la puerta metálica hasta que se trabó en el marco, para confundir a los perseguidores tanto como fuera posible, y bajé por el corredor metálico.

Fue un viaje largo, y francamente aburrido, a través de la ciudad metálica. Los alienígenas no parecían ser buenos planificadores y las construcciones parecían haber sido simplemente añadidas, con pocas referencias a lo ya existente. Un minuto era caminar por un corredor oxidado y remachado con un techo hundido, y el próximo se cruzaba una malla de metal sobre el terreno con un marco de cielo abierto. A veces los caminos se utilizaban como cursos de agua también y yo debía pasar a gran velocidad propulsado por mi cola salvajemente agitada. El robot era demasiado pesado para eso y sólo podía rodar por el fondo. Pasamos a través de almacenes, fábricas —¿alguna vez has visto un millar de cosas como caimanes decadentes, todos trabajando en prensas de perforación a la vez?—, dormitorios, y otros locales que desafían toda descripción. Y en todas partes estaban los horribles, charloteando en esperanto y saludándome cuando pasaba. Muy bonito. Saludé en respuesta, musitando maldiciones en mi cabeza.

—Estoy un poco cansado de esto —le confié a Angelina por nuestro circuito cerrado.

—Coraje, mi valiente, ya casi estamos. Unos pocos kilómetros más.

Una puerta enrejada apareció eventualmente por delante, cuidada por criaturas porta lanzas, de dientes resonantes, que comenzaron a hacer ruido cuando aparecí yo. Golpearon sus lanzas en el piso y gritaron, y mordieron tan fuerte que saltaron pedazos de dientes en todas direcciones.

Gritaban: “¡Jeem, Jeem!" y “¡Vivan los Geshtunken! ¡Bienvenidos a nuestra noble causa!”

Obviamente eran fanáticos de los noticiosos nocturnos y habían captado mi actuación. Levanté mis garras y aguardé a que se acallara el tumulto.

—Gracias, gracias —grité—. Es un gran placer el servir junto a nauseabundas criaturas como ustedes, desove de algún odioso mundo lejos entre las estrellas en decadencia. —Eran propensos a la adulación y gritaron por más—. Durante mi breve tiempo aquí he visto cosas que serpentean, se arrastran, se retuercen y se sacuden, pero debo decir que ustedes son los más serpenteantes, arrastrados, retorcidos y sacudidores con los que me he reunido. —Di tiempo para el ronco griterío de repulsiva alegría, y volví al asunto—. Nosotros, en Geshtunken hemos visto sólo un cargamento de crujientes pálidos que fueron instantáneamente masacrados por reflejo. Tengo entendido que tienen un satélite completo cargado de ellos aquí. ¿Es cierto?

—Es verdad, Jeem el Sleepery —salpicó uno de ellos. Vi ahora que había cometas de oro atornillados en los lados de su cabeza; sin duda, denotaban alto rango de algún tipo. Dirigí a mis preguntas en su dirección—. Eso es una buena noticia en verdad. ¿Están aquí?

—En efecto.

—¿No tendrán uno viejo y dañado, que no necesiten más, para destriparlo o comerlo o algo así?

Ojalá que pudiera complacer a uno tan lindo como usted mismo, pero, por desgracia, no. Todos ellos son necesarios a efectos de obtener información. Y además la lista ya está completa, los más altos rangos en primer lugar, con destripadores voluntarios.

—Bueno, que mal. ¿Hay alguna posibilidad que pueda echar un vistazo? Conoce a tu enemigo y todo eso.

—Sólo desde aquí. Nadie tiene permitido acercarse más sin un pase. Sólo deslice uno o dos globos oculares a través de las barras y los verá allá.

Uno de mis tallos oculares falsos tenía una cámara de TV incluida, y lo introduje, conectando la amplificación. Por supuesto, allí estaban. Un roñoso lote. Giraban en pequeños círculos o yacían en la cubierta, con barbas grises y demacrados, las hilachas de sus uniformes colgando. Podían ser almirantes, pero todavía lo sentía por ellos. Hasta los almirantes fueron humanos alguna vez. ¡Serían liberados!

—Gracias —dije, retorciendo mis globos oculares hacia atrás—. Muy amable, lo recordaré en mi informe al Consejo de Guerra.

Saludé mientras nos retirábamos y todos saludaron a su vez; con todos esos tentáculos volando parecía una explosión en una obra de pulpos.

—Me siento deprimido —le confié a mi robot-esposa mientras girábamos en la esquina—. No hay forma de entrar por aquí.

—Ten buenas ondas —transmitió—. Y vamos a intentar la próxima escalera. Si hay un nivel por debajo de este, entonces uno puede penetrar por debajo.

—Mi genio —dije, y golpeteé amorosamente mis garras metálicas en su hombro—. Eso es precisamente lo que vamos a hacer. Y creo que ese pasillo que tenemos por delante es precisamente lo que estamos buscando. Pero, ¿cómo vamos a saber cuando estemos en el lugar adecuado?

—Lo sabremos porque planté un transpondedor sónico mientras estabas dando tu discurso político a esas babosas.

—¡Por supuesto! Lo habías tenido en mente todo el tiempo. Si hubiera sido algún otro, yo estaría verde de celos. Pero me retuerzo de placer ante el ingenio de mi pequeña esposa.

—Bien, si lo haces, trata de no expresarlo en esos términos de cerdo macho chauvinista. Las mujeres son tan buenas como los hombres; usualmente, mejores.

—He sido corregido, robot mío. Marca el camino y te seguiré.

Traqueteamos y dimos tumbos al bajar en total obscuridad por la escalera cubierta de limo. No usada… mejor todavía.

Angelina encendió algunas luces y vimos una masiva puerta metálica que cerraba el final de la escalera.

—¿Debo tirarla abajo? —preguntó ella, sacando la cabeza afuera en busca de un poco de aire.

—No. Sospecho algo. Prueba con tus detectores si hay vida electrónica bajo la superficie.

—Mucha —dijo, barriéndola cuidadosamente—. Al menos una docena de circuitos de alarma. ¿Las neutralizo?

—No vale la pena. Explora esa pared. Si está limpia pasaremos alrededor de la puerta.

Así lo hicimos. Estos alienígenas eran de mente realmente simple. La pared que perforamos llevaba a un cuarto- almacén, y la pared trasera se abría a la cámara que la puerta con alarmas se suponía que cuidaba. Bastante fácil, hasta para un revienta puertas aficionado, y mi opinión sobre la inteligencia del enemigo cayó unos puntos más.

—¡Así que es por esto que no quieren a nadie husmeando por aquí! —dijo Angelina, iluminando alrededor.

—El tesoro del pueblo —dije—. Debemos volver y meter la cuchara cuando tengamos oportunidad.

Montañas de dinero se extendían en todas direcciones, el botín de cien mundos. Barras de oro y platino, diamantes tallados, monedas y billetes de cien clases, suficiente dinero para edificar un banco con él, mucho menos para abrirlo. Mis instintos cleptómanos se vieron abrumados y abrí a patadas con mis garras grandes paquetes de lingotes y me revolqué en la riqueza.

—Ya sé que eso te relaja —dijo comprensivamente Angelina—. Pero, ¿no deberíamos seguir con la operación de rescate?

—Por supuesto. Ve por delante. Ya me siento refrescado.

Hizo funcionar su seguidor subsónico y siguió la flecha. Nos llevó a través del tesoro acumulado y, después de quemar unas puertas y paredes más, llegamos al punto indicado.

—Estamos directamente abajo del transpondedor —dijo Angelina.

—Bien —eché una mirada cuidadosa—. Entonces la puerta enrejada debe estar aquí, y los prisioneros justo por aquí.

Medí cuidadosamente la distancia, a pasos.

—Había algunas sillas y escombros justo aquí, de modo que si nos acercamos desde este punto deberíamos quedar escondidos cuando salgamos. ¿Está listo tu taladro?

—Ronroneando y zumbando.

—Entonces este es el punto. Adelante.

El brazo taladrador se extendió y comenzó a rechinar en el oxidado techo. Cuando el tono del taladro cambió, Angelina apagó todas las luces y continuó más lentamente, en la obscuridad. Esta vez, cuando bajó el taladro, un rayo de luz brilló a través del hueco. Esperamos en silencio, pero no hubo ninguna alarma.

—Déjame pasar uno de mis ojos a través del agujero —dije.

Balanceándome en la punta de los pies de la cola y, levanté mi cuerpo y extendí un tallo ocular a través de la abertura. Hice un barrido de 360 grados, y lo retiré.

—Realmente magnífico. Basura por todo alrededor, ningún almirante mirando en nuestra dirección y los guardias fuera de la vista. Dame el desvinculador molecular y retrocede.

Salí del traje de alienígena y me subí en sus hombros, desde donde podía alcanzar fácilmente el techo. El desvinculador molecular es una herramienta elegante y pequeña que reduce la energía que vincula las moléculas, de manera que se vuelven polvo monoatómico y se desprenden.

Le hice dar un gran círculo, intentando no estornudar mientras caía el fino polvo, y agarré el disco metálico cuando terminé el círculo. Después de dárselo a Angelina pasé la cabeza cautelosamente a través del hueco y miré. Todo estaba bien. Un almirante con mandíbula de hierro y un ojo de vidrio estaba sentado cerca, el retrato del abatimiento. Me decidí por un poco de levantamiento de la moral.

—Chist, almirante —siseé, y se giró en mi dirección. Su ojo bueno se abrió y su prominente mandíbula bajó de manera impresionante cuando divisó mi cabeza sin cuerpo—. No diga una palabra en voz alta, pero estoy aquí para rescatarlos. ¿Comprende? Solo asienta con la cabeza.

No hay que confiar en almirantes. No solo no asintió con la cabeza, sino que saltó sobre sus pies y gritó lo más alto que pudo.

—¡Guardias! ¡Ayuda! ¡Estamos siendo rescatados!

NUEVE

En realidad no esperaba mucha gratitud, especialmente de un oficial, pero esto era ridículo. Atravesar miles de años luz de espacio, a través de peligros demasiado numerosos para mencionarlos, sufrir los amorosos abrazos de Gar-Baj, todo para rescatar algunos almirantes abribocas, uno de los cuales instantáneamente trató de echarme encima a los guardias. Ya era demasiado.

No era que esperase algo mucho mejor. No vives para ser una rata de acero inoxidable de bigote gris sin abrigar sospechas en todo momento. Mi pistola de agujas estaba lista, ya que estaba alerta por problemas con los guardias, pero también estaba preparado para tener alguno de parte de los prisioneros. Cambie el interruptor de control de “veneno” a “anestesia” —debo decir que con cierta esfuerzo de voluntad— y pinché una aguja de acero en el cuello del almirante. Se desplomó agradablemente, cayendo hacia mi con los brazos estirados como si tratase de agarrar a su salvador.

Me congelé, inmóvil, cuando vi lo que se revelaba en esas huesudas muñecas.

—¿Qué pasa? —susurró Angelina desde abajo.

—Nada bueno —siseé—. Silencio absoluto ahora.

Con un movimiento sigiloso bajé la cabeza hasta que sólo mis ojos se situaron por encima del borde de la apertura, aún escondido por sillas rotas, cajas de raciones vacías y otros desechos. ¿Habían escuchado los guardias el ruido? Desde luego, los demás presos sí. Dos oficiales octogenarios se levantaron y miraron a la forma despatarrada de su camarada.

—¿Qué sucede? ¿Alguna clase de ataque? —preguntó uno—. ¿Escuchaste lo que gritaba?

—En realidad no. Había apagado mi audiófono para economizar la batería. Algo como “dias tuda vamos tiendo catados”

—No tiene sentido. ¿Tal vez algo en su lengua nativa?

—No. El viejo Schimash es de Deshnik y eso no significa nada en Deshnikiano.

—Démoslo vuelta para ver si todavía respira.

Así lo hicieron. Yo estaba mirando y asentí cuando mi aguja se cayó del cuello del viejo Schimash. Pasarían al menos un par de horas antes que se recuperase y contase que había pasado.

Eso era todo el tiempo que yo necesitaba. Los planes ya se estaban formando en mi cabeza.

Me dejé caer y levanté el disco metálico tan recientemente quitado, unté su borde con pegamento lepak —más fuerte que una soldadura— y lo coloqué en su lugar. Hubo un sonido crujiente cuando el pegamento se endureció y el techo —para no mencionar el suelo arriba— fue nuevamente sólido. Gateé hacia abajo y suspiré con fuerza.

—Angelina, ¿serías tan amable de encender alguna de tus luces y sacar una botella de mi mejor whiskey?

Hubo luz, y un vaso llenándose, mientras la paciente Angelina esperó hasta que este bajó de mis labios antes de hablar.

—¿No es hora de que confíes a tu esposa que infiernos está pasando?

—Perdón, luz de mi vida, es que tuve un mal momento ahí —vacié el vaso y forcé una sonrisa—. Todo comenzó cuando susurré al almirante más cercano. Me echó una mirada y llamó a los guardias. Así que le disparé.

—Uno menos para rescatar —dijo con satisfacción.

—No tanto. Usé una aguja anestésica. Nadie oyó lo que dijo, así que salí y sellé la abertura, pero no es eso lo que me molesta.

—Sé que no has estado bebiendo, pero no suenas demasiado lúcido.

—Lo lamento. Fue el almirante. Cuando cayó vi sus muñecas. Había marcas rojas, como cicatrices, alrededor de ambas.

—¿Y que? —preguntó, obviamente confundida… y su rostro se puso pálido—. No, no puede ser posible.

Asentí lentamente, encontrando imposible sonreír.

—Los hombres grises. Puedo reconocer su trabajo en cualquier lado.

Los hombres grises. El solo pensar en ellos enviaba un escalofrío por mi espalda… una espalda, debo añadir, que no es propensa a escalofríos. Aunque soy fuerte y valiente y me enfrento a la agresión física de la vida bastante bien, yo, al igual que todos nosotros, encuentro dificultades para resistir las agresiones directas a mi materia gris. El cerebro no tiene defensas una vez que las defensas del cuerpo han quedado al margen. Enchufe un electrodo en el centro de placer del cerebro de un animal de experimentación y se mantendrá pulsando el botón de suministro eléctrico hasta que muere de hambre o sed. Muere feliz.

Hace algunos años, mientras estaba involucrado en enderezar un poco una invasión interplanetaria, había sido puesto en el papel de animal experimental. Yo había sido capturado y amarrado… y había visto mis manos cortadas por las muñecas. Entonces había perdido la conciencia y, cuando la recuperé, había visto las manos aparentemente cosidas de nuevo. Con cicatrices iguales que las que llevaba el almirante.

Pero mis manos nunca habían sido cortadas. La escena había sido impresa directamente en mi cerebro. Sin embargo, para mí había sucedido, junto con una serie de otras cosas odiosas que es mejor olvidar.

—Los hombres grises deben estar aquí —dije—. Trabajando con los alienígenas. No es de extrañar que los almirantes estén cooperando. Al estar firmemente estructurados en el mundo físico de órdenes y obediencia, son objetivos perfectos para pisotear el cerebro.

—Debes tener razón… pero ¿cómo es posible? Los alienígenas odian a todos los seres humanos y, desde luego, no querrán trabajar con los hombres grises. Por desagradables que sean, siguen siendo humanos.

Tan pronto como lo dijo vi claramente la respuesta. Sonreí y la abracé y la besé, lo que ambos disfrutamos, y la mantuve a un brazo de distancia, ya que ella era una gran distracción para pensar claramente.

—Ahora escucha esto, mi amor. Creo ver una manera de salir de todo este lío. No están claros todos los detalles … pero sé lo que debes hacer. ¿Podrías traer a los muchachos y una multitud de esos Cill Aime aquí? Subir a través del piso, disparar a los guardias, poner a dormir a los almirantes, y a continuación, llevarlos nos de aquí?

—Yo podría disponer eso, pero sería un poco peligroso. ¿Cómo conseguirán salir?

—De eso me ocuparé yo. Si pongo a todo el planeta en caos, sin que nadie sepa que sucederá después o de quien recibió las ordenes ni nada… ¿facilitaría eso el trabajo?

—Simplificará las cosas, por cierto. ¿Qué planeas hacer?

—Si te lo digo, podrías decir que es demasiado peligroso y prohibírmelo. Déjame decir solo que debe hacerse y que soy el único que puede hacerlo. Saldré con mi disfraz de alienígena y tu tienes dos horas para reclutar las tropas. Tan pronto como las cosas comiencen a derrumbarse, haz tu movida, lleva a todos a un punto seguro, preferiblemente cerca del espaciódromo. Volveré a mi dormitorio tan pronto como pueda. Deja allí esperándome a un guía. Pero asegúrate que sabe que debe esperar por mi no más de una hora. Lo que debo hacer estará hecho para ese momento y yo estaré de vuelta. No debería haber problemas. Pero si los hay y no estoy allí, tiene que volver a informarte. Como sabes bien, puedo cuidarme solo. Y no podemos poner en peligro todo por esperar a una persona. Cuando el guía vuelva, con o sin mi, te vas. Toma una nave espacial en medio de la confusión y abandona este lugar.

Y ya era hora. Voy a esperar tu regreso —me besó, pero no parecía feliz—.¿No vas a decirme lo que vas a hacer?

—No Si te lo dijera, yo tendría que escuchar también y entonces podría no hacerlo. Pero implica tres cosas. Encontrar los hombres grises, volverlos en contra de nuestros amigos alienígenas… y luego salir de aquí.

—Bueno, hazlo. Pero no te saltes ninguna de los pasos… en particular el último.

Nos metimos en nuestros diversos disfraces y partimos velozmente, antes de que cambiáramos de idea.

Angelina atronó por el camino conocido y yo me dejé caer en la dirección opuesta. Pensé que conocía el camino, pero debo haber hecho un giro equivocado. Buscando un atajo para regresar a los niveles superiores, me las arreglé para caer a través de una placa oxidada en la cubierta de lo que debía haber sido un lago o embalse subterráneo. En cualquier caso di vueltas por un buen tiempo en la oscuridad, iluminado mi camino sólo con mis ojos luminosos, hasta que encontré el otro extremo.

No había un camino obvio para salir, pero arreglé eso dejando caer una granada de mi cloaca, y mandándola contra la pared con una sacudida de mi cola. Esta se arrugó bellamente y me arrastré a través de la abertura humeante de nuevo a la luz del día. Justo a tiempo para ver a un funcionario con una patrulla de asquerosos, trotando para ver cuál era el problema.

—Ayuda, OH ayuda, por favor —me quejé, girando en pequeños círculos con mis garras presionado a mi cabeza. Afortunadamente, el oficial era también un espectador del programa de noticias.

—Dulce Sleepery… ¿qué la está molestando? —exclamó en voz alta emocionada, mostrando unos cinco mil colmillos podridos y un metro o dos de húmeda garganta púrpura.

¡Traición! Traición entre nosotros —grité—. Envíe un mensaje a su oficial al mando para ordenar una reunión de emergencia del Consejo de Guerra… y llévenme allí en el acto.

Se hizo instantáneamente, y a mi orden me llevaron envolviéndome en un millar de tentáculos con punta de ventosa y levantándome de mis pies. Esto hizo el viaje más fácil, y me ahorró baterías. Estaba refrescado y relajado cuando finalmente me dejaron en la puerta de la sala de conferencias.

—Ustedes son unos tipos repugnantes, y nunca voy a olvidarlos —grité. Ellos vitorearon y golpearon sus ventosas contra el piso con sonidos mojados, y yo galopé hacia la conferencia.

—¿Traición, alevosía, felonía? —grité.

—Tome asiento y haga su declaración en la forma apropiada, y después de que la reunión se abra correctamente —dijo el secretario. Pero una cosa como una ballena púrpura con un caso terminal de hemorroides era más simpática.

Suave Jeem, parece perturbada. Hemos oído que se ha producido el caos en sus cuartos, y todo lo que podemos encontrar del noble Gar-Baj es su cola, que no dice mucho. ¿Puede aclarar?

—Puedo… y lo haré si el secretario me deja.

—Ohh, adelante con ello entonces —protestó amargamente el secretario, viéndose cada vez más como una rana negra aplastada a cada momento que pasaba. —Reunión llamada al orden, Sleepery Jeem haciendo uso de la palabra para presentar algunos cargos graves.

—Es como esto —expliqué al atento Consejo de Guerra—. Nosotros en Geshtunken tenemos ciertas raras habilidades… además de ser excesivamente sexy, quiero decir —. Expresaron su reconocimiento a esto último y hubo un montón de blandos golpes en los muebles y húmedos sonidos de palmadas—. Gracias, y lo mismo para ustedes. Una cosa que podemos hacer es oler muy bien —sí, ya lo sé, nosotros olemos bien también, siéntate, muchacho, estás en el camino. Como decía, mi agudo sentido del olfato me llevó a pensar que había algo no estrictamente kosher en este planeta. ¡He olido seres humanos!

A través de los gritos de horror conmocionado escuché gritos de "¡Cill Airne!" y yo les reconocí con un asentimiento de mi cabeza.

—No, no los Cill Airne, los nativos de este planeta. Detecté sus trazas desde el principio, pero ellos son como cagadas de ratón, y sé que seguramente el cuerpo de exterminadores estarán haciéndose cargo de ellos. No, ¡quiero decir humanos entre nosotros! ¡Hemos sido penetrados!

Eso los sacudió de nuevo y dejé que gritaran y se retorcieran un poco mientras yo afilaba mis garras con un archivo. Luego levanté mis patas en demanda de silencio y se hizo al instante. Todos los ojos, grandes, pequeños, con tallos, verde, rojo o húmedos, estaban sobre mí. Caminé lentamente hacia adelante.

Sí. Están entre nosotros. Humanos. Haciendo todo lo posible por sabotear nuestra hermosa guerra de exterminio. Y yo voy a revelarles uno… ¡en este momento!

Los motores de mis piernas zumbaron y mi planta de energía se calentó cuando surqué el aire con un poderoso salto. Volando en un arco a través del aire, veinte metros o más. Elegante también. Aterricé con un horrible crujido que hizo gemir a mis amortiguadores. Cayendo de golpe en el escritorio del secretario que se destruyó muy bien. Mis patas se extendieron a fin de que mis garras se hundieran a través del cuero húmedo y negro del secretario. Lo tomé y lo sacudí mientras se retorcía y gritaba.

—¡Está loco! ¡Bájeme! ¡No soy más humano que usted!

Eso fue lo que aclaró mi mente. Hasta ese momento habían sido conjeturas. Los hombres grises estaban aquí, deben estar disfrazados, y la única criatura de cuatro extremidades aparte de mi mismo era el secretario. En posición de poder para ejecutar cosas, el único alienígena realmente organizado que yo había encontrado. Pero eran sólo conjeturas hasta que él habló. Rugiendo de victoria enganché una garra recientemente afilada en el frente de su garganta.

Un líquido obscuro brotó y gritó roncamente.

Tragué y casi dudé. ¿Estaba equivocado? ¿Iba a desmembrar al secretario del Consejo de Guerra enfrente del propio Consejo? Tuve la sensación de que no lo tomarían demasiado bien. ¡No! Dudé sólo por un microsegundo…y lo rasgué. Tenía que estar en lo cierto. Corté su garganta, en delicadas rodajas alrededor de su cuello… y corté su cabeza.

Hubo un silencio conmocionado mientras saltaban y se aplastaban en el suelo. Luego, un OH de todos los presentes.

Dentro de la primer cabeza había otra cabeza. Una surrealista, pálida, rabiosa cabeza humana. El secretario era un hombre gris.

Mientras el Consejo estaba conmocionado hasta la inmovilidad, el hombre gris no. Sacó un arma de una hendidura en las agallas y la apuntó hacia mí. Lo cual, por supuesto, yo había esperado y la hice a un lado. No fui tan rápido cuando agarró un micrófono de su otra agalla y comenzó a gritar en él en una lengua extraña.

No fui tan rápido porque eso era justo lo que quería que hiciera. Le di tiempo más que suficiente para completar el mensaje antes de quitarle el micrófono. Luego pateó y me dio en el estómago; me doblé, jadeando inmóvil mientras desaparecía a través de una trampilla en el suelo.

Recuperándome rápidamente, rechacé todas las ofertas de ayuda.

—No se preocupen por mi —croé—. El golpe fue mortal. ¡Vénguenme! Den la alarma para agarrar a todos los otros zambullidores negros como el secretario. ¡No dejen escapar a ninguno! ¡Vayan ahora!

Ellos fueron, y yo tuve que rodar a un lado antes de ser pisoteado en la prisa. Entonces me derrumbé y expiré, por si alguien estaba observando, y espié a través de un párpado medio cerrado hasta que todos se hubieron ido.

Sólo entonces volé la trampilla y seguí al hombre gris.

¿Cómo podía seguirlo? cabe preguntarse, y con mucho gusto le responderé. Durante la lucha había pegado un pequeño generador de neutrinos en su piel artificial, así es como. Un neutrino puede pasar, sin desviarse y sin frenarse, a través de toda la masa de un planeta. El metal de la construcción de esta ciudad, sin duda, no interferiría con ellos en lo más mínimo. ¿Hace falta añadir que tenía un detector de neutrinos direccional construido en mi boca? Yo nunca voy a una misión sin unos pocos y simples preparativos.

La aguja iluminada señalaba el camino, y hacia abajo. Seguí el camino y bajé en la primera escalera, porque quería encontrar que era lo que estaban haciendo los hombres grises en este planeta. Mi secretario fugitivo me llevaría a su guarida.

Lo hizo mejor que eso. Me llevó a su nave.

Cuando vi luz por delante me moví más lentamente, espié desde la oscuridad del túnel una gran cámara abovedada. En el centro había una nave espacial gris oscuro. Mientras los hombres grises aparecían por todas partes. Algunos corriendo, sin disfraz, mientras que otros todavía saltaban y manchaban en su vestimenta alienígena. Ratas abandonando un naufragio. Todo eso mi obra. La confusión en todo el planeta estaría ahora a su máxima altura… y los almirantes serían rescatados. Todo funcionando de acuerdo al plan.

Aunque yo no había pensado en encontrar su nave. Por lo visto estaban haciendo una retirada precipitada, y esta era una oportunidad demasiado buena como para perderla. ¿Cómo podía rastrearlos? Había máquinas que podían ser añadidas para facilitar el rastreo, pero sólo para variar, no tenía una encima. Un descuido. En particular, desde que la más pequeña pesaba alrededor de noventa kilos. Entonces, ¿qué podía hacer?

Mi mente estaba trabajando por mí cuando la red metálica cayó y ellos saltaron sobre mí.

Yo estaba luchando, y haciéndolo bien, cuando alguien dio en mi cabeza con una barra metálica. No pude esquivarla y la cabeza alienígena se quebró.

La mía también, un instante después.

DIEZ

Me desperté, jadeando en busca de aire, sordo, atrapado, ciego. Con el súper dolor de cabeza de todos los tiempos. Donde estaba, que había sucedido…no tenía ni idea. Me sacudí y retorcí inútilmente hasta que hizo mi cabeza dolió más y tuve que parar.

Poco a poco deseché el enfoque de pánico enloquecido y traté de averiguar cuál era la situación. En primer lugar, yo no estaba realmente asfixiándome hasta la muerte, sino que era un tejido blando sobre mi cabeza que me había hecho sentir así. Si levantaba mi cara y la giraba podía respirar bien.

¿Qué había pasado? A través de las ondas de dolor en mi cráneo, finalmente la memoria retornó. ¡Los hombres grises! Me habían atrapado en una red, y entonces golpearon mi cabeza hasta que dejé de moverme. Después de eso, la obscuridad. ¿Qué venía ahora? ¿Adonde me tenían?

Fue solo cuando hube ido en puntas de pie a través de este callejón de la memoria que comprendí adonde estaba. Yo había sido vapuleado y capturado en mi disfraz de alienígena. Al parecer, yo todavía estaba vapuleado y atrapado en él. Mis brazos estaban asegurados dentro de los brazos mecánicos, pero mediante un cuidadoso meneo —e ignorando el efecto que esto tuvo en mi cabeza— pude liberar y meter adentro del disfraz mi brazo derecho. Con esto tiré los pliegues de plástico de delante de mi cara y me di cuenta de que mi cabeza se había deslizado hacia abajo en el interior del cuello del disfraz. Meneando y empujando aún más tuve mi cabeza más cerca de la unidad óptica y miré hacia un piso de metal. Muy revelador. Intenté pasar mi otro brazo y mis piernas pero se no movieron nada más. Todo era muy confuso y tenía sed y el dolor de cabeza todavía estaba allí.

Algún tipo de presentimiento me había hecho instalar un pequeño tanque extra, vecino al tanque de agua principal. Hallé la boquilla del agua, bebí todo lo que necesitaba y con la lengua moví el interruptor que cambiaba la fuente de líquido al whiskey de 110 grados sustentador de vida. Eso me despertó bastante rápido, y, si bien no hizo nada con los martillazos en la cabeza, al menos me permitió ignorarlos algo más fácilmente. Si no me podía mover con facilidad, al menos debía ser capaz de manipular los controles oculares. Con alguna dificultad tuve uno de los tallos oculares funcionando y lo hice girar en un círculo.

Bastante interesante. Rápidamente vi que la razón por la que no me podía mover es que había pesadas cadenas asegurándome solidamente al piso de acero. Habían sido soldadas, así que tenía pocas posibilidades de escapar. El cuarto en donde estaba era pequeño, y sin características propias, excepto el óxido y el hecho de que el techo era cóncavo. Eso me hizo recordar algo y otro sorbo de whiskey desenterró el hecho.

Una nave espacial. Estaba dentro de una nave espacial. La nave espacial que había visto justo antes de que se apagaran las luces. La nave de los hombres grises, indudablemente, y ya no en tierra, sino en el espacio y en camino hacia algún lado. Yo tenía una buena idea de adonde, pero no quería pensar en ese deprimente pensamiento en este momento. Había una pregunta sin resolver que debía ser contestada antes. ¿Porqué me habían amarrado dentro del disfraz?

—¡Tonto, por que no sabían que es un disfraz! —grité, y me arrepentí inmediatamente por que mi cabeza le hizo eco como un tambor.

Pero debía ser verdad. El traje de alienígena estaba bien diseñado, para soportar la inspección más cercana. Habían saltado encima de mí y me habían desmayado. En ningún momento habían tenido un indicio de que yo fuese algo distinto de lo que pretendía ser… solo otro horrible alienígena más. Y debían haber estado muy apurados: las toscas soldaduras de las cadenas lo demostraban. Debían abandonar el planeta de la guerra antes que un par de millones de grasosos monstruos cayesen sobre ellos y los comieran. Me subieron a bordo, me soldaron al lugar, despegaron hacia un destino desconocido, después se harían cargo de mi.

—¡Yupiii! —grité en un susurro. Empecé a quitarme el disfraz.

Fue un culebreo difícil, pero lo hice, arrastrándome a través del cuello abierto como una polilla recién nacida de su crisálida. Me estiré e hice crujir mis articulaciones y me sentí mucho mejor. Mejor todavía cuando extraje mi pistola aguja del disfraz.

Ahora, de pie en la cubierta metálica, podía sentir la ligera vibración del movimiento. Estábamos en el espacio, yendo hacia algún lado. Libre de cadenas, con una poderosa arma en mi mano, podía enfrentar el hacho que había ignorado antes. Las posibilidades eran el menos de diez a uno de que estábamos yendo a casa. Al planeta de los hombres grises.

Esa no era una perspectiva demasiado agradable… pero las posibilidades eran buenas de que yo pudiera hacer algo al respecto. Ahora, mucho antes de aterrizar y antes que alguien viniera a ver como estaba. Ellos debían estar cansados, golpeados después de su escape, probablemente fuera de guardia. Lo que tenía que hacer debía ser hecho pronto. Lo cual estaba bien para mí. Cambié la pistola aguja de “explosivo” a “veneno”… y después a “anestesia”. Aunque estaba seguro de que los hombres grises merecían mil muertes, yo no lo podía hacer a sangre fría. No soy un verdugo. Noquearlos estaba bien para mí. Si capturaba la nave, podía encadenarlos y encerrarlos. Si no ganaba, la cantidad de enemigos remanentes no haría mucha diferencia.

—Adelante, Resbaladizo Guim diGriz, salvador de la humanidad —dije, alentándome a mi mismo. Y me deprimí nuevamente al tratar de abrir la puerta y encontrarla cerrada con llave—. Termita, desde luego, como puedo ser tan olvidadizo —me reprendí, y volví al traje de alienígena. El dispensador aun funcionaba; una granada brotó y cayó en la cubierta. Tuve simplemente que activar las moléculas adhesivas del extremo, apretarla contra la cerradura, y dispararla. Ardió bellamente, llenando el pequeño cuarto con un resplandor rojizo y denso humo. Todo lo cual me habría hecho toser si no hubiese apretado mi nuez de Adán. Jadeando, gorgoteando, y poniéndome púrpura pisé la aún brillante puerta con la bota, y esta se abrió. Me zambullí tras de ella, rodé y me aplasté mientras apuntaba con la pistola en todas direcciones. Nada. Un corredor vacío, en penumbras. Me permití una tos estrangulada, lo que me hizo sentir mucho mejor. Después use el cañón del arma para cerrar la puerta. Solo una pequeña torcedura afuera revelaba algo malo. Y una puerta cerrada podía darme los momentos extra que necesitaba.

¿A donde? Había números pintados en las puertas y, si esta fuese una nave espacial normal, tendrían que bajar en la dirección del puente y del compartimiento de control. Fui hacia ese lado, hacia la puerta de seguridad en la mampara, que se abrió cuando un hombre pasó a través. Me miró, con los ojos grandes y la boca abierta para gritar. Mi aguja le dio en la garganta y cayó dulcemente. Me agazapé, preparado, pero el corredor por detrás estaba vacío. Hasta ahora bien.

Tirar de él y cerrar la puerta de nuevo, tomó un momento. Ahora ¿adonde debo guardar el cuerpo? Mientras meditaba en esto abrí silenciosamente la puerta más cercana y espié en una aún más tenuemente iluminada cabina para dormir. Y eso es justo lo que estaban haciendo, una buena docena de hombres grises, roncando como soldados. Durmieron aún más sólidamente después de que disparé contra ellos. Arrastré adentro la bella durmiente original y lo arrojé en un montón de disfraces negros de alienígenas descartados.

—Que descansen bien —les dije mientras cerraba la puerta—. Han tenido un largo día, que será todavía más largo antes que los lleve a todos de vuelta para el juicio.

No podría haber estado inconsciente mucho tiempo. Los disfraces descartados y los hombres roncando indicaban que no habíamos estado en el espacio por más de un par de horas. Debía haber una tripulación manejando la nave y el resto estaría golpeando la almohada. ¿Debía tratar de encontrarlos a todos y ponerlos a dormir? No, demasiado peligroso, ya que no había manera de saber cuántos se encontraban a bordo. Y podrían sorprenderme en cualquier momento y sonaría la alarma. Era mucho mejor tomar la sala de control tan pronto como pudiera. Sellarla del resto de la nave, luego dirigirme a la estación más cercana de la Liga y pedir ayuda. Si pudiera hacerles saber donde estaba, siempre podría inmovilizar la nave y aguantar hasta que llegue la caballería. Gran idea. Pongámosla a trabajar.

Con el arma lista, vagabundeé por los corredores hacia el extremo de control de la nave. Había una puerta marcada "comunicaciones" y la abrí y dije buenas noches al hombre del panel. Se hundió y durmió. Adelante estaba la última puerta. Respiré profundamente. Mis flancos y la retaguardia estaban asegurados. El fin del trabajo estaba delante de mí. Dejé salir el aire lentamente, y abrí la puerta.

Lo último que quería era un tiroteo dado que, por cierto, las posibilidades no estaban en mi favor. Entré y cerré la puerta con llave detrás de mí antes de contar las estaciones. Cuatro de ellas… y las cuatro ocupadas. Dos cuellos eran visibles, y yo los necesitaba a ellos, y a sus propietarios, relajados. Me adelanté en silencio. El hombre en la posición del ingeniero alzó la mirada y atrapó una aguja por su problema. Quedaba uno. El comandante. Yo no quería clavarle una aguja, lo que yo quería era un poco de conversación. Deslicé la pistola en mi cinturón, me adelanté de puntillas y alcancé su cuello.

Se dio vuelta en el último momento —advertido por algo— pero fue un poco demasiado tarde. Lo tenía agarrado y mi pulgares apretaron profundamente. Sus ojos abultaban encantadoramente, mientras él se sacudía y pateaba por algunos segundos antes de quedar fláccido.

—¡Puntuación dieciséis a uno para los tipos buenos! —cacareé con placer, e hice una pequeña danza de guerra alrededor de la sala—. Pero termina el trabajo, diablo audaz, antes de celebrar demasiado.

Yo tenía razón, y por lo general me daba a mí mismo buenos consejos. Un cajón en el escritorio del ingeniero proporcionó un buen rollo de cable que usé para asegurar las muñecas y los tobillos del comandante, y luego añadió algunas vueltas más para atar sus muñecas a una tubería lejos de los controles. A los otros tres hombres los dejé sentados en una impecable fila al lado de él, antes de introducir algunas preguntas en la computadora.

Era una buena computadora, que trabajó duro para ser cooperativa. En primer lugar, me dio nuestro curso y destino, que memoricé, y anoté en el interior de la muñeca en caso de olvidarlo. Si este destino es lo que yo pensaba que era, entonces tenía que ser el planeta de origen de estos asquerosos. El Cuerpo Especial estaba ansioso por saber donde estaba. Tenían un montón de cosas para ellos y esperaba con interés ayudar a entregarlas. Luego le pregunté por las bases de la Liga, hallé la más cercana, digité un curso, lo introduje y me relajé.

—Dos horas, Jim, dos breves horas. Entonces el impulso warp se cortará y estaremos a distancia de radio de la base. Un breve mensaje por radio y será el final de los hombres grises. ¡Yupi y a reír!

Algo picaba en mi cuello, alguien que me miraba. Me volví y vi que el comandante estaba despierto y mirando en mi dirección.

—¿Oyes eso? —le pregunté—. ¿O debería repetirlo?

—Le he oído —dijo, en una monótona, sorda voz. Vacía de emoción.

—Eso es bueno. Mi nombre es Jim diGriz —. Él permaneció en silencio—. Vamos, vamos, tu nombre. ¿O tengo que ver la etiqueta de tu collar?

—Soy Kome. Su nombre es conocido para nosotros. Usted ha interferido con nosotros antes. Vamos a matarlo.

—Es agradable saber que mi reputación me precede. ¿No cree que su amenaza sea vacía?

—¿De que forma descubrió nuestra presencia? —inquirió Kome, ignorando mi pregunta.

—Si en realidad quieres saberlo, tienen que mantenerse a distancia. Su gente puede ser desagradable pero tiene poca imaginación. La rutina del cortado de muñecas funciona bien —yo debería saberlo—, así que siguen usándola. Vi las marcas en las muñecas de uno de los almirantes.

—¿Hizo esto solo?

¿Quién estaba interrogando a quien? Pero, considerando nuestras posiciones, yo podía muy bien ser educado. —Si quiere saberlo, estoy solo ahora. Pero en unas horas la Liga estará sobre ustedes. Éramos cuatro de nosotros allí con los horribles. Todos los cuales deben haber escapado ahora, junto con los almirantes que ustedes han maltratado tanto. Ellos informarán que pasó, así que tendrán un lindo comité de recepción esperándolos cuando lleguen. Tú y tu gente no han sido muy amables.

—¿Está diciendo la verdad?

Ante esto perdí la calma y le regalé algunas palabras que él nunca había oído antes. Espero.

—Kome, mi amigo, estás haciéndome perder la calma. No tengo razón alguna para mentirte, ya que tengo todas las cartas en la mano. Ahora, si te callas y dejas de hacerme preguntas, haré yo algunas porque hay algunas cosas que quisiera saber. ¿Estás listo?

—Creo que no.

Lo miré asombrado, porque había levantado la voz por primera vez. No en un grito, no había enojo o sentimientos en sus palabras. Solo hablaba en voz alta, en tono de mando.

—Esta farsa ha terminado. Hemos hallado lo que necesitábamos saber. Pueden entrar ahora.

Era casi una pesadilla hecha realidad. Se abrió la puerta y los hombres grises comenzaron a entrar lentamente. Les disparé, pero continuaban entrando. Y los tres oficiales que había dispuesto en el piso se levantaron y también vinieron hacia mí. Vacié el arma, la tiré e intenté escapar.

Me agarraron.

ONCE

Bueno como soy en pelea sucia, combate a mano limpia y combate cercano malicioso en general, hay un límite. El límite era un aparentemente inagotable suministro de enemigos. Para hacer peores las cosas, no eran realmente luchadores muy buenos. Todo lo que hacían era pelear. Era suficiente. Noqueé a los dos primeros, aporreé a los siguientes, di golpes a karate a otro par… y seguían viniendo. Y, francamente, me estaba cansando. Al final, ellos simplemente cayeron encima mío y me sobrepasaron. Y eso fue todo. Los grilletes se cerraron en mis muñecas y tobillos y me derribaron sobre el piso del cuarto de control. El sonido golpeó a la distancia y los funcionarios regresaron a sus posiciones en los controles. Cambiando de mi curso de vuelta al original, tomé nota con oscura depresión. Cuando hubo hecho esto, Kome giró su silla para enfrentarme.

—Usted me ha engañado —dije. No era una observación brillante, pero podía poner en marcha la conversación.

—Por supuesto.

El nombre del juego con los hombres grises era “lacónico”. Jamás usan una palabra donde ninguna tiene efecto. Presioné, principalmente para salir de un sentimiento de ligera histeria, ya que sabía que estaba atrapado, y bien atrapado.

—¿Puede decirme porqué? Si tiene tiempo…

—Creo que debería ser obvio. Está claro que podríamos usar nuestras técnicas normales de control mental, y eso es lo habíamos planeado originalmente. Pero necesitamos respuestas inmediatas a algunas preguntas importantes. Hemos trabajado con los alienígenas por años y ellos nunca sospecharon nada. Necesitamos saber como ha descubierto nuestra presencia. Desde luego, tenemos técnicas de psico control para todas las razas. Fue cuando estábamos preparando los aparatos para el cerebro que descubrimos su identidad real. Las calaveras de metal no existen naturalmente. Su disfraz fue descubierto. Su cara se parecía mucho a la de alguien que hemos estado buscando por años. Fue entonces que decidí usar este subterfugio. Si usted era el hombre que estábamos buscando, sabíamos que su ego no le permitiría pensar que estaba siendo engañando.

—Su madre nunca se reunió con su padre —me burlé. Una débil respuesta, pero la mejor que podía dar en este momento. Porque sabía que tenía razón. Yo había sido engañado en toda la línea.

—Sabía que si usted creía tener la mano más alta, contestaría a preguntas que tomaría días obtener por otros medios. Y necesitábamos algunas respuestas instantáneas. Su arma estaba cargada con agujas estériles. Todos actuaron bien su rol. Usted el mejor de todos.

—Apuesto a que se cree inteligente —fue todo lo que pude decir ya que, por el momento, me sentía muy derrotado.

—Sé que lo soy. Estuve organizando nuestras operaciones de campo por muchos años… y solo fallaron dos veces. Usted fue el culpable cada vez. Ahora que ha sido capturado su interferencia llegó a su fin —hizo una seña a dos de sus hombres, que me levantaron—. Enciérrenlo hasta que aterricemos. No deseo hablar más con él.

¿Baja? Hasta ese momento no había sabido lo que era bajo. Deprimido, descorazonado, sin ideas, fuera de combate, era suficiente para llevar al suicidio a alguien. Excepto yo, por supuesto. Donde hay vida hay esperanza. ¡Eureka! Quedé aún más deprimido después de esta pequeña oleada de rebelión porque sabía esta vez no había ninguna esperanza en absoluto.

Esta gente era demasiado eficiente. Colgaron mis esposas de un gancho alto y me quitaron las ropas, el calzado, todo, en una manera calma y deprimente. Después me limpiaron eficientemente, como una aspiradora. Todos los artefactos obvios, ganzúas, granadas, cuchillas, sierras, fueron quitados al principio. Después vinieron sobre mi otra vez, lentamente, con detectores de metal y fluoroscopios, quitando dolorosamente aquellos otros artefactos que estaban mejor escondidos. Hasta sacaron radiografías de mis mandíbulas, quitando unos dientes que nunca antes habían sido descubiertos. Cuando quedaron satisfechos yo era varios kilos más liviano y tan privado de artefactos útiles como un bebé recién nacido. Fue bastante humillante. Particularmente cuando se llevaron todo y me dejaron ahí tirado, desnudo sobre la cubierta fría.

La cual, como descubrí, se iba poniendo más fría cada vez. Cuando la humedad comenzó a condensarse sobre ella me descubrí cada vez más azul y tiritando de frío. Comencé a gritar y a golpear todo. Eso me calentó un poco, y al fin hizo introducir la cabeza por la puerta a uno de los hombres grises.

—¡Me estoy congelando hasta morir! —dije castañeteando los dientes—. Están enfriando el aire deliberadamente para torturarme.

—No —respondió, imperturbable al máximo—. Esta no es una de nuestras torturas. La nave se calentó al abrirse las compuertas y ahora está retornando a su temperatura normal. Usted es débil.

—Me estoy congelando hasta morir. Tal vez ustedes, muchachos del mundo heladera, pueden vivir a esta temperatura… yo no. Así que déme algo de ropa o máteme rápido.

Yo medio creía lo que decía. En este punto parecía haber poco por lo que vivir. Él pensó un poco, y salió. Pero regresó pronto con cuatro ayudantes y un overol acolchado. Me quitaron los grilletes y me vistieron. No protesté mientras esto ocurría porque uno de ellos sostenía una pistola cargada, con el cañón puesto directamente en mi boca. Su dedo tenía el gatillo apretado a medias. Yo sabía lo que quería decir. No me moví ni me retorcí mientras me vestían y me calzaban las pesadas botas. El arma permaneció hasta que las esposas se cerraron una vez más.

Tomó varios días llegar a destino. Mis captores eran los peores conversadores de la galaxia y rechazaban responder hasta a mis peores y más insultantes chistes. La comida era completamente nauseabunda pero, seguramente, saludable. La única bebida era agua. Un orinal portátil cuidaba de mis necesidades sanitarias y yo estaba aburriéndome dentro de mi cráneo. Mis pensamientos constantes eran acerca de escapar y desarrollé muchos y arriesgados planes. Todos inútiles, desde luego. Con una sola mano, sin armas, jamás sería capaz de tomar control de la nave, aun si pudiera salir de esta cuarto. Lo cual no podía hacer. Me estaba hundiendo en un coma de aburrimiento para cuando finalmente aterrizamos.

—¿Adonde estamos? —pregunté a los guardias que vinieron a buscarnos—. Vamos, cajas charlatanas, digan algo. ¿Les dispararán si me dicen el nombre del planeta? ¿Creen que se lo puedo contar a alguien?

Pensaron por un rato, hasta que uno de ellos encontró su cerebro.

—Kekkonshiki —dijo.

—Estás disculpado… pero no limpies tu nariz con el dorso de la mano. Ja ja —tenía que reírme yo de mis propios chistes. Nadie más lo hacía.

Pero era irónico. Aquí estaba yo, portador de la información que podía poner fin a la amenaza de los hombres grises, para siempre. El nombre del planeta… y su localización. Y no podía pasarla. Si hubiese tenido algún rastro de habilidad psi podría haber tenido tropas invadiendo esto en un minuto. No la tenía. Me habían probado y verificado bastante a menudo en el pasado. No había absolutamente nada que pudiese hacer.

Al menos la desacostumbrada acción me dio algo nuevo para pensar, para sacar mi mente fuera de la depresión que me había deprimido durante días. Por fin había llegado el momento de pensar de nuevo en escapar.

No estaba loco por pensar así en este momento. Habíamos aterrizado y pronto dejaríamos la nave. Me estaban llevando a algún lugar donde estaba garantizado que me pasarían algunas cosas no muy buenas. Aún no sabía que serían pero, hasta donde me importaba, la vida sería mucho más pacifica si no lo aprendía nunca. Dejaríamos la nave, y aunque fuese por un rato muy breve, estaríamos en tránsito. Ese sería el momento de actuar. El mero hecho de que yo no tenía la menor idea de lo que me esperaba fuera estaba completamente y totalmente fuera de cuestión. Tenía que hacer algo.

No es que me lo hicieran demasiado fácil. Traté de mostrar indiferencia cuando me quitaron las cadenas, y me pusieron un collar metálico en el cuello. Aunque mi sangre se heló al instante. Yo había usado este collar antes. Un cable fino iba desde el collar hasta una caja que uno de ellos llevaba en la mano.

—No hay necesidad de demostraciones —dije en lo que quería ser un tono ligero y de burla, y ciertamente no lo era—. Ya usé uno de estos antes y su amigo Kraj —deben recordar a Kraj— me demostró como funcionaba durante un buen periodo.

—Puedo hacer esto —dijo mi guardián, posando un dedo sobre uno de los muchos botones de la caja.

—Ya ha sido hecho —grité, echándome atrás—. Las mismas palabras, lo sé, ustedes jamás cambian sus rutinas. Aprieta el botón y…

El fuego me bañó. Estaba ciego, ardiendo hasta morir, mi piel era una llama, mis ojos un horno. Cada uno de mis doloridos nervios a pleno por las corrientes neuronales generadas por la caja. Lo sabía pero eso no ayudaba. El dolor era real, y crecía y crecía.

Cuando terminó me encontré tirado en el piso, doblado, sin energía y casi indefenso. Dos de ellos me levantaron sobre mis pies y me arrastraron, con las piernas flojas, por el corredor. Mi patrón con la caja caminaba detrás, dándome un ligero empujón en el cuello de cuando en cuando, para recordarme quien mandaba. No discutí con él. Después de un poco estaba en condiciones de tropezar por mi mismo, pero ellos todavía me sujetaban firmemente por los brazos.

Me gustaba eso. Hallé difícil no sonreír. Estaban tan seguros de que no podía escapar.

—¿Hace frío afuera? —pregunté cuando alcanzamos la compuerta de aire. Ninguno se molestó en contestarme. Pero se estaban poniendo guantes y gorros de piel, lo que por cierto tenía algún significado—. ¿No hay guantes para mí? —. Continué siendo ignorado.

Cuando la puerta se abrió comprendí el porqué de los preparativos. Un remolino de nieve sopló una onda de aire ártico que congelaba, y después insensibilizaba. Por cierto no era verano afuera. Fui arrastrado hacia la tempestad.

Tal vez no fuera una tempestad, pero algunas ráfagas eran muy fuertes. Hubo una onda enceguecedora de copos cerca nuestro, que pasó en pocos momentos. Un sol débil brillaba sobre el paisaje, cegadoramente blanco. Nieve, nada más que nieve en todas direcciones. Espera, algo sombrío adelante, una pared de piedra o un edificio de alguna clase, obscurecido un instante más tarde. Caminamos laboriosamente, mientras intentaba ignorar el entumecimiento de mis manos y cara. Nuestro destino estaba aun a unos buenos doscientos metros. Mi cuerpo y mis pies estaban bastante cálidos, pero mi piel expuesta era otra cosa.

Estábamos más o menos a la mitad del camino de la nave al cálido refugio que esperaba cuando otra mini-tormenta nos barrió, un rugido de nieve tormentosa. Justo antes que golpeara resbalé y caí, tirando uno de mis captores conmigo sobre la helada superficie. Él no se quejó, aunque el sádico que llevaba la caja de tortura me dio una rápida explosión de dolor como una advertencia para que me cuide. Todo en silencio. Silencio de mi parte también porque yo había logrado poner un bucle de cable de la caja sobre mi hombro cuando me caí y luego meterla en mi boca. Y partirlo en dos.

No es tan difícil de hacer como suena, porque bajo de la corona de mis dientes delanteros, había filosas sierras de carburo de silicio. Eran invisibles a los rayos X, teniendo la misma densidad del esmalte dental, pero eran tan duras como acero de herramientas. La corona de mis dientes se quebró y se partió cuando caí a tierra, mascando desesperadamente antes de que alguien se percatase de lo que estaba ocurriendo. Le nieve arremolinada ocultaba lo que estaba haciendo durante los vitales segundos que necesitaba. La mandíbula humana puede aplicar treinta y cinco kilos de presión en cada lado y yo estaba aplicando, masticando y mordiendo al máximo.

El cable se partió. Cuando lo hizo giré y apliqué mi rodilla en los genitales del guardián a mi derecha. Se quejó audiblemente, se dobló y soltó mi brazo. Al otro le di un rápido golpe en la garganta con el canto de la mano libre. Entonces tuve ambas manos libres y giré sobre mi mismo.

El hombre detrás mío perdió vitales segundos, dependiendo de la tecnología más que de sus reflejos. Mi espalda estaba hacia él mientras golpeaba a sus compañeros. Y no hizo nada. Nada más que apretar los botones de la caja de tortura. Todavía estaba apretándolos cuando mi pie le dio en la boca del estomago. Mientras caía, me puse bajo él, de modo que colapsó sobre mi hombro.

No me detuve a ver quien estaba gritando mientras me tambaleaba con él en el vacío helado, lleno de nieve, golpeado por la tormenta.

Todo esto puede parecer una locura… pero ¿qué mayor locura que ir tranquilamente a la masacre a manos de estas criaturas?

Había estado allí anteriormente, y conservaba las cicatrices. Ahora tenía una buena oportunidad de congelarme hasta morir. Pero aun eso era mejor que entregarme a ellos. Y por añadidura la muy remota oportunidad de poder continuar libre por un tiempo, causándoles problemas.

Tampoco estaba tan débil como pretendía; había sido una simple treta para mantenerlos fuera de guardia. A pesar de que ahora estaba debilitándome —y congelándome— muy rápido. Mi fláccido ex guardián pesaba al menos lo mismo que yo, lo que hacia necesariamente más lento mi paso. Continué andando, en ángulo recto a nuestro camino previo, hasta que me tambaleé y caí de cabeza en la nieve. Mis manos y mi cara estaban demasiado entumecidas para sentir nada.

La gente estaba gritando por todos lados, pero no había nadie a la vista por el momento, ya que la nieve caía densamente. Mis dedos eran como gruesos garrotes cuando arranqué el sombrero del hombre y me lo puse. Era casi imposible abrir los cierres de su ropa, pero finalmente lo conseguí. Entonces puse mis manos adentro, empujando hasta llegar a sus sobacos. Quemaban peor que la tortura, cuando comenzó a llegar la sensación.

Inconsciente como estaba, este toque helado despertó al hombre gris. Tan pronto como se abrieron sus ojos, retiré una mano el tiempo necesario para cerrarla en un puño y conectarlo en su mandíbula. Durmió mejor entonces y me acuclillé, semicubierto por la nieve hasta que se fue la mayor parte del dolor. Uno de los perseguidores pasó cerca, pero no nos vio. No tuve escrúpulos en tomar los guantes de mi cautivo, aunque me di cuenta que se estaba moviendo cuando lo empujé a través de la nieve.

Después de esto corrí duramente, jadeando, pero todavía en marcha. Ya no tenía frío y ese era el único consuelo. Cuando la precipitación de copos de nieve comenzó a adelgazar, me arrojaré hacia atrás en un banco de nieve, hundiéndome bien por debajo de la superficie. Todavía había un montón de gritos, pero se hicieron más débiles y lejanos. Me quedé allí hasta que mi respiración se ralentizó y pude sentir el sudor congelándose en mi cara. Sólo entonces rodé cuidadosamente y abrí una abertura en el lado de la nieve cerca de mi cara.

No había nadie a la vista. Esperé hasta que la nieve volvió a caer, y corrí nuevamente… hasta ser detenido por una cerca metálica. Se desvanecía en la nieve, en ambas direcciones, y se levantaba muy por encima mío. Si estaba conectada a una alarma, ya la había disparado, así que podía continuar. Trepé hasta la mitad, y lo pensé mejor. Me dejé caer en la nieve blanda debajo.

Si había sonado una alarma, ellos estarían convergiendo en ese punto. No se los iba a hacer fácil. En lugar de pasar por este lugar, corrí a lo largo de la cerca, tan rápido como pude, por lo que esperaba fueron al menos diez minutos. Entonces trepé la cerca, pasé sobre ella, y me dirigí a la blanca soledad. Corriendo hasta que caí. Y allí permanecí, medio enterrado en la nieve, hasta que recuperé la respiración, antes de echar un cuidadoso vistazo en todas direcciones.

Nada. Solo nieve. No había pisadas o marcas de ningún tipo. No había arbustos, ni árboles, ni rocas, ni signos de vida. Una estéril y blanca tierra baldía, que se extendía tan lejos como alcanzaba a ver, delimitada solo por las ráfagas de nieve en el horizonte. Una de ellas se abrió por un instante para dejar ver la obscura construcción que trataba de evitar.

Le di la espalda y me interné en la tormenta.

DOCE

—Eres un hombre libre, Jim. ¡Libre como un pájaro!

Me hablaba a mi mismo en un esfuerzo por levantar mi moral y eso ayudaba un poquito. Pero aquí no había pájaros para ser libre como ellos. Nada en el yermo helado excepto yo, caminando penosamente, un paso dificultado por la nieve tras otro. ¿Qué había dicho Kraj acerca de este planeta, hacía ya tantos años? Hacer un poco de memoria ayudaba a llevar mis pensamientos lejos de la difícil situación actual por unos momentos. Todos los cursos de formación de memoria que había tomado debían ser de alguna utilidad ahora. Hice la secuencia correcta de asociaciones… hasta la memoria afloró. Muy bien.

Siempre hace frío, había dicho. Bastante verdadero, al igual que nada verde, nada que crezca. Este podía ser un día de verano, por lo que sabía. Si es así, pueden quedarse con el invierno. Los peces del mar, dijo Kraj, toda la vida nativa en el mar. Nada vivía en la nieve. Excepto yo. Y cuanto podía vivir dependía de cuanto me pudiera mantener en movimiento. Las ropas que vestía estaban bien… mientras pudiera poner un poco de calor dentro de ellas por el método de poner un pie detrás de otro. No podía seguir así para siempre. Pero había visto una edificación cuando aterrizamos. Debía haber otros. Tenía que haber algo más que nieve interminable.

Había… y casi caigo adentro. Cuando bajé mi pie, sentí que algo daba paso, deslizándose debajo mío. Por puro reflejo me tiré hacia atrás, cayendo en la nieve. Delante de mí la nieve compacta se abrió, y me encontré mirando al agua obscura. Cuando la quebradura se ensanchó y vi el borde del hielo comprendí que no estaba en tierra, si no caminando sobre la congelada superficie del mar.

A esta temperatura, si caía adentro lo bastante como para tener una mano o un pie mojado, sería hombre muerto. Congelado. No pensé mucho en esta idea. Sin levantarme, manteniendo mi peso tan extendido como pude, empujé y me deslicé hacia atrás. Solo cuando estuve bien lejos del borde osé levantarme y caminar hacia atrás, por donde había venido, retomando el rastro de mis pisadas que desaparecían.

—¿Ahora que, Jim? Piensa rápido. Hay agua ahí afuera, y esa es una cosa muy difícil para caminarle encima.

Me detuve y miré alrededor cuidadosamente, en un círculo completo. La nieve había dejado de caer, pero el viento seguía levantándola y azotando con ella en nubes furiosas. Pero, ahora que sabía que buscar, pude ver la obscura línea del océano en los momentos en que se aclaraba la visibilidad. Se extendía tan lejos como podía ver, a izquierda y derecha, directamente a través de la ruta que había tomado.

—Entonces no irás en esa dirección —me dije—. Por como se ve tu desordenado rastro, poderoso explorador ártico, has venido desde esa dirección. No hay motivo para ir atrás. Aún. La partida de recepción debe estar afilando sus cuchillos ahora. De modo que piensa.

Pensé. Si la tierra era tan estéril como Kraj había dicho, sus asentamientos y construcciones no debían estar lejos del océano.

De modo que yo tenía que permanecer tan cerca de la costa como pudiera sin caer en él. Seguir el borde del hielo lejos de la dirección en que había venido. Esperando que el edificio del espaciopuerto que había dejado no fuese el último de las afueras del pueblo. Caminé, trabajosamente. Tratando con todas mis fuerzas de ignorar el hecho de que el débil resplandor del sol estaba más bajo en el cielo. Cuando cayera la noche, también lo haría yo. No tenía idea de cuanto duraban los días y la noches en Kekkonshiki, pero tenía la profunda sensación de que, corta o larga, yo no estaría para ver el amanecer. Debía encontrar refugio. ¿Retroceder? Todavía no. Probablemente una locura, pero forzada.

Cuando el sol se hundió, también lo hicieron mis esperanzas. La llanura nevada era obscura ahora, pero aun sin rasgos. Pasar a través de la pesada nieve me había conducido a la fatiga y más allá. Solo el conocimiento de que moriría si me detenía me hacía poner un pie delante del otro. Aunque había bajado el sombrero sobre mi cara, quedaba poca sensibilidad en mi nariz y mis mejillas.

Entonces me encontré cayendo, y mal hasta detenerme. Sobre mis manos y rodillas, en la nieve, jadeando fuertemente, luchando para respirar.

—¿Porqué no quedarte aquí, Jim? —me pregunté—. Será más fácil que seguir, y dicen que congelarse hasta morir no duele. —Sonaba como una buena idea.

—No suena como una buena idea, idiota. Levántate y continúa andando.

Lo hice, aunque tuve que hacer un decidido esfuerzo para alzarme sobre mis pies. Y un esfuerzo aún mayor para poner un pie delante del otro. El simple hecho de caminar tomó toda mi atención, y los puntos obscuros en el horizonte fueron visibles algún tiempo, antes de que fuera consciente de ellos. Al principio todo lo que hice fue pararme y mirar, tratando de congregar mis congelados pensamientos. Se estaban moviendo, haciéndose más grandes. Con esta comprensión me arroje de bruces sobre la nieve. Permanecí allí, mirando cuidadosamente, mientras tres figuras pasaron silenciosamente en esquíes, a no más de cien metros.

Después de que hubieran pasado me obligué a esperar hasta que estuvieran fuera de la vista antes de ponerme sobre mis pies de nuevo. Esta vez ni siquiera era consciente de tener que hacer un esfuerzo para esto. Una pequeña chispa de esperanza no sólo había sido encendida, si no que ardía. La nieve había dejado de caer y el viento se había detenido. Las huellas de los esquís se veían nítidas y claras. Iban a un lugar… un lugar que habían planeado, antes de que fuera obscuro. ¡Bueno, también yo! Repleto de repentina energía falsa, pisando en su huella, los seguí.

Aunque la energía se quemo muy rápidamente, aun seguía andando. Ahora la noche al aproximarse traía coraje en lugar de desolación. Los esquiadores eran más veloces que yo… pero no tan veloces. Debían llegar a destino antes de oscurecer y, con suerte, también yo. Seguí caminando.

La teoría tenía que ser correcta, pero en la práctica simplemente no estaba funcionando. El sol estaba todavía por encima del horizonte, pero detrás de nubes gruesas y de aspecto desagradable, mientras que la visibilidad disminuía. Las pistas se estaban haciendo más y más difíciles de seguir. Y yo tenía que descansar. Tambaleándome en una parada miré dificultosamente hacia adelante y vi un negro tizne en el horizonte. Mi cerebro estaba todavía en congelación profunda y tomó un buen número de segundos comprender el significado de lo que estaba viendo.

—¡Negro es hermoso! —mi voz era ronca, casi inexistente—. No es el blanco de la nieve, y lo que necesitas ahora es cualquier cosa menos nieve.

Mis pasos arrastrados se convirtieron en un arrastrado muy superior; balanceé los brazos y alcé la cabeza. También intenté silbar, pero tenía los labios demasiado partidos y fríos. Eso fue bueno, dado que el viento había muerto al aproximarse el crepúsculo, y todo estaba quieto y muerto. La obscura niebla se disolvió en una construcción… no, en un grupo de construcciones. Cada vez más cercano. De piedra obscura. Con ventanas pequeñas. Con techos inclinados que no acumulaban nieve. Sólido y feo. ¿Qué era eso que estaba chillando, crujiendo, sonando más fuerte?

Yo caminaba en silencio, porque aún estaba en la nieve alta. Pero eso eran pisadas en nieve compacta.

Cada vez más cerca. ¿Retrocedo? No, caigo. Cuando me zambullí buscando cobertura, las pisadas giraron en la esquina del edificio más cercano.

Todo lo que pude hacer era yacer allí inmóvil y esperar no ser visto. Fue pura suerte que no lo fuera. Los pasos, más de una persona, se hizo más y más fuerte, crujió y pasó. Corrí el riesgo de un rápido vistazo y vi las espaldas que se retiraban de una columna de cortas figuras. Cerca de veinte de ellos. Giraron en otra esquina y estuvieron fuera de la vista y el oído. Con un esfuerzo desesperado rasqué y me retorcí sobre mis pies y anduve a los tumbos atrás de ellos. Pasando la esquina detrás de la columna justo a tiempo para ver al último desvanecerse en un edificio. Una gran y pesada puerta se cerró con un sonido positivo. Eso era para mí. Yo estaba cayendo hacia adelante más que corriendo, utilizando mis últimas reservas de energía, reservas que no sabía que tenía. Acabé contra la puerta de metal de color gris, tirando de la manija.

No se movió.

La vida tiene momentos como este, que es mejor olvidar y pasar por alto. En años posteriores, pueden verse alegres, y la gente puede reír de ellos cuando son descritos, después de la cena, un cálido trago en la mano, sentados frente a un fuego rugiente. En ese momento, sin embargo, no se veían alegres, parecían ser el final de todo.

Tirar no funcionaba y la manija no giraba cuando la agarré con dedos entumecidos. Al fin caí exhausto hacia delante, colgándome de la manija para no desplomarme. Eso la empujó y la puerta se abrió.

Sólo por una vez no hice ningún intento de explorar lo que estaba al otro lado. Medio caminé, medio caí en el nicho oscuro dentro y dejé cerrar la puerta detrás de mí. Calor, delicioso calor me bañaba y me apoyé contra la pared y lo aprecié. Mirando a un largo y mal iluminado pasillo de piedra rudamente tallada. Yo estaba solo, pero había puertas a lo largo de todo el pasillo y alguien podría surgir en cualquier momento. Pero no había absolutamente nada que pudiera hacer al respecto. Si el muro hubiera sido quitado me habría caído. Así que allí, inclinado como una estatua congelada, el goteo de nieve fundida en las losas del suelo, sentí la vida volver cuando el calor penetró.

La puerta más cercana, a solo dos metros delante mío, se abrió y salió un hombre.

Todo lo que tenía que hacer girar la cabeza un poco para verme. Podía verlo claramente, aún en la pobre luz, las ropas grises, el largo cabello grasiento… incluso las pecas de la caspa en sus hombros. Cerró la puerta, todavía de espaldas, insertó una llave y cerró.

Entonces caminó alejándose de mi por el corredor y se fue.

—Casi es hora de dejar de yacer aquí y pensar en hacer algo, corroída rata de acero inoxidable —me dije en un susurro gutural—. No abuses de tu suerte. Sal del corredor. ¿Por qué no a través de esa puerta? Ya que cerró con llave, hay una buena oportunidad de que no haya nadie adentro.

Bien pensado, Jim. Excepto por ¿con que hago una ganzúa? Hay que improvisar. Me quité los guantes y los metí en mi chaqueta, junto al gorro de piel. Aunque probablemente frío y húmedo dentro del edificio, se sentía como un horno comparado al exterior. La vida, junto a una cantidad de dolor palpitante, estaba volviendo a mis azules dedos. Tomé el extremo del cable que colgaba del collar metálico de mi cuello. Adentro había alambres. Pequeños, pero era posible. Los mastiqué en punta con mis dientes, y lo probé en la cerradura.

Era una cerradura simple, el ojo de la cerradura era muy grande, yo tenía amplia experiencia como ladrón. Bien…estaba de suerte. Empujé y retorcí y rezongué; hice de todo excepto patear la puerta hasta que la cerradura se abrió. Todo obscuro. Entré, cerré y eché llave… y suspiré profundamente de alivio. Por primera vez desde que había entrado sentí que tenía una posibilidad. Con otro suspiro feliz me eché en el piso y caí dormido.

Bueno, casi. Cansado y exhausto como estaba, cuando mis ojos aún se estaban cerrando, comprendí que, definitivamente, no era lo correcto para hacer. Haber llegado tan lejos… y ser recapturado por dormirme. Era absurdo.

—A trabajar —me dije, y me mordí la lengua. Eso funcionó. Me puse de pie, refunfuñando vulgaridades ante el dolor, y sentí el camino a través de la obscuridad con los brazos extendidos. Estaba en un cuarto angosto, o en un corredor, poco más ancho que mis hombros. Aquí parado no podía hacer nada, de manera que avancé hasta una esquina donde se veía un ligero resplandor. Precavidamente, adelante con cuidado la cabeza, para ver una ventana en la pared lejana. Un muchachito estaba parado del otro lado de la ventana, mirándome directamente.

Muy tarde para retroceder. Traté de sonreírle, después de fruncir el ceño, pero no hubo respuesta. Levantó sus dedos y los pasó por el cabello, para después asentarlo con la palma. Sonó una campanilla lejana, él se dio vuelta para mirar y se alejó.

Desde luego. Un vidrio espejado. Un espejo desde su lado, una ventana borrosa desde el mío. Colocado con un propósito. Observar sin ser observado. ¿Observar qué? Me adelanté y vi lo que era obviamente un salón de clases. El muchacho, con una cantidad de sus contrapartes, estaba sentado en un pupitre mirando fijamente al maestro. El individuo, un hombre gris con cabello igualmente gris, estaba parado delante del vidrio disertando impasible. Su rostro era inexpresivo mientras hablaba. Y así eran —comprendí súbitamente— las caras de los niños. No había sonrisas, risas, mascado de chicle. Nada más que estólida atención. Lo menos parecido a un salón de clases, al menos por mi experiencia. El cartel enmarcado detrás del maestro tenía un mensaje. En grandes letras negras se leía:

NO SONREIR

Un segundo cartel a un costado continuaba el mensaje.

NO MOSTRAR ENOJO

Ambas admoniciones eran severamente obedecidas. ¿Qué tipo de salón de clases era este? Cuando mis ojos se acostumbraron a la obscuridad si un conmutador y un altoparlante cerca del vidrio; la función parecía obvia. Moví el conmutador y la voz del maestro me llegó monótona.

“… Filosofía Moral. Este curso es requerido y cada uno de ustedes deberá tomarlo y permanecer en el curso hasta perfeccionarse. No hay fallas. La Filosofía Moral es lo que nos hace grandes.

La Filosofía Moral es lo que nos permite regir. Ustedes han leído sus libros de historia, conocen los Días de Kekkonshiki. Saben como fuimos abandonados, como morimos, como solo los Mil quedaron con vida. Cuando eran débiles, morían. Cuando tenían miedo, morían. Cuando permitieron a la emoción gobernar a la razón, morían. Todos ustedes están aquí porque ellos vivieron. La Filosofía Moral les permitió a ellos vivir. Y les permitirá a ustedes vivir también. Vivir y crecer y dejar este mundo y llevar nuestro gobierno a los débiles y los blandos. Somos superiores. Tenemos ese derecho. Ahora respondan. ¿Si son débiles?

—Morimos —cantaron las voces infantiles en inexpresiva armonía.

—¿Si tienen miedo?

—Morimos.

—¿Si permiten la emoción…

Desconecté el programa, con la sensación de que había escuchado más que suficiente por el momento. Me tomé un momento para pensar. Durante todos los años que había estado persiguiendo y batallando contra los hombres grises nunca me había detenido a pensar porqué ellos eran como eran. Había tomado su crueldad como un hecho. Las pocas palabras que había escuchado me habían dicho que su brutalidad e intransigencia no eran accidentales. Abandonados, era lo que había dicho el maestro. Por razones perdidas en la noche de los tiempos debía haber sido establecida una colonia en este planeta. Posiblemente por minerales de algún tipo. Era tan inhóspito, tan lejos del mundo colonizado más cercano, debe haber habido una buena razón para venir aquí, para trabajar para establecer una colonia. Y entonces la gente había sido abandonada. Por razones locales, o durante los malos años de la ruptura. Indudablemente la colonia nunca se pudo auto sustentar. Pero, una vez por su cuenta, tenían que hacerlo. La mayoría debía haber muerto; un puñado había vivido. Vivido —si así podía llamarse— abandonando todas las gracias y emociones humanas, vivido para dedicar sus vidas simplemente a la batalla por la existencia. Habían luchado contra este implacable y brutal planeta y habían ganado.

Pero habían perdido un buen tramo de su humanidad al hacer esto. Habían devenido maquinas de supervivencia y se habían brutalizado emocionalmente a si mismos, se habían mutilado. Los que los habían abandonado los habían convertido en los perfectos conquistadores de la galaxia. En sus términos ellos habían ayudado y pasado esa incapacidad como fuerza a las futuras generaciones. Filosofía Moral. Pero moral solo en lo relativo a la supervivencia en este salvaje planeta. Mayormente inmoral cuando viene a subyugar a otra gente. Y aún estaba la horrible clase de corrección de esto… al menos desde su punto de vista. El resto de la humanidad era débil y llena de emociones innecesarias, sonriente y enojada, desperdiciando energía en frivolidades. Esa gente no solo pensaba que eran mejores… se entrenaba para creer que eran mejores. Eso y las generaciones inculcadas con odio a los planetas conquistados. Los débiles debían morir; eso era lo correcto. Los sobrevivientes debían encabezar el camino de la virtud hacia una vida mejor.

Siendo pocos en número no podían conquistar directamente, si no a través de otros. Ellos habían planeado y dirigido las invasiones interplanetarias de los Cliaand. Las invasiones habían sido exitosas hasta que el Cuerpo Especial había cambiado las cosas. Un cambio que yo había organizado. No era de maravillarse que estuviesen ansiosos de poner sus heladas manitos encima mío.

Y este era el campo de entrenamiento, la escuela que aseguraba que cada muchachito Kekkonshiki fuese una impasible copia de sus mayores. No era divertido. Esta escuela de supervivencia que pervertía todas las tendencias naturales de la juventud me fascinaba. Ahora estaba cálido, y momentáneamente bastante seguro, y cuanto más supiera sobre este lugar mejores posibilidades tenía para planear algo. Algo diferente de vagar por corredores obscuros. Pasé al siguiente salón. Un taller, ciencia aplicada o ingeniería. Había muchachos más grandes, trabajando con aparatos de algún tipo.

De algún tipo. ¡De ese tipo! Agarré el anillo metálico de mi cuello mientras miraba, hipnotizado y paralizado como un ave delante de una serpiente.

Estaban trabajando en las cajitas metálicas con botones. Cajas con cables que iban hasta collares como el que yo usaba. Máquinas científicas de tortura. Moví lentamente mi mano y conecté el parlante.

—…la diferencia está en la aplicación, no en la teoría. Ustedes armarán y probarán estos generadores sinápticos para familiarizarse con el circuito. Luego, cuando vayan a la alimentación de axones, tendrán un conocimiento práctico de los pasos envueltos. Ahora, yendo al diagrama de la página treinta…

Alimentación de axones. Esto era algo sobre lo que tendría que aprender. Era solo una suposición —pero parecía buena— que este artefacto era uno que nunca había visto. Pero que había experimentado. El pisa cerebros que había generado todas mis horribles memorias. Memorias de cosas que nunca habían sucedido, nunca habían existido fuera de mi memoria. Pero no había ninguna mejor que estas. Era muy revelador.

Todo muy estúpido de mi parte. Ahí parado como un mirón sádico, sin pensar en mis flancos. Porque la voz del maestro se perdió a lo lejos y no escuché los pasos acercándose, no supe que el otro hombre estaba aquí hasta que giró en la esquina y casi me pisó.

TRECE

La acción es superior al pensamiento en situaciones como esta y me arrojé sobre él, con las manos buscando su garganta. Al principio silencio, después rápida inconsciencia. Él no se movió, pero habló.

—Bienvenido a la escuela Yurusareta, James diGriz,. Esperaba que encontrase el camino hacia aquí…

Sus palabras se apagaron cuando mis pulgares se cerraron en su tráquea. Él no hizo ninguna resistencia ni cambió su expresión en lo más mínimo cuando me miró con calma en los ojos. Su piel era floja y arrugada y de repente me di cuenta de que era muy, muy viejo.

A pesar que estoy bien equipado en autodefensa, por entrenamiento y circunstancias, realmente no soy muy bueno en estrangular viejos abuelos hasta matarlos mientras me están mirando tranquilamente. Mis dedos se aflojaron por su cuenta. Competí con el hombre, mirada por mirada, y gruñí en mi manera más desagradable.

—Grite por ayuda y que estará muerto en un instante.

—Esta es la última cosa que quiero hacer. Mi nombre es Hanasu y he estado esperando con interés esta reunión desde que escapó. He hecho lo mejor que pude para dirigirlo aquí.

—¿Le molestaría explicarme porqué? —dejé caer mis manos, aunque continué en alerta por posibles problemas.

—Por supuesto. Tan pronto como oí el informe de la radio traté de ponerme en su lugar. Si usted iba al sur o al este acabaría entre los edificios de la ciudad donde se lo encontraría rápidamente. Si no hacía esto, su curso lo llevaría al oeste en la dirección de esta escuela. Desde luego, si se dirigía hacia el norte llegaría al mar muy rápidamente y entonces todavía tendría que ir hacia el oeste. Operando sobre esta teoría he cambiado los horarios y decidí que todos los niños necesitaban más ejercicio. Todos ellos me odian ahora porque perdieron horas de estudio, el que tendrá que ser compensado esta noche. Pero todos ellos hicieron una cantidad de kilómetros sobre esquís. Su trayecto, no por casualidad, les llevó primero al sur, luego al oeste, para volver aquí en una gran vuelta a lo largo de la costa. Este fue trazado de manera que si veía a alguno de ellos, debería seguirlos aquí. ¿Es eso lo que usted hizo?

No había motivos para mentir.

—Sí. ¿Qué planea hacer ahora?

—¿Hacer? Hablar con usted, desde luego. ¿No ha sido visto entrando a la escuela?

—No.

—Mejor de lo que esperaba. Estaba seguro que tendría que alimentar los axones de alguien. Usted es muy ingenioso, debo recordar eso. Bien, al final de esta galería de observación está mi oficina. ¿Vamos allá?

—¿Porqué? ¿Va a entregarme?

—No. Quiero hablar con usted.

—No le creo.

—Naturalmente; usted no tiene razón alguna para creerme. Pero tiene pocas elecciones. Dado que no me mató, dudo que lo haga ahora. Sígame.

Con eso Hanasu giró y se fue. Había pocas cosas que yo pudiera hacer, excepto trotar tras él. Y permanecer cerca. Tal vez yo no pudiese cortar la flor de su senil vida, pero ciertamente podría agarrarlo y atarlo como un paquete si trataba de dar la alarma.

La galería seguía arriba y abajo por muchas clases, y tuve tentadoras visiones de lo que estaba pasando.

Pero no tuve oportunidad de detenerme. Estaba detrás de él cuando subió un corto tramo de escaleras y tomó la manija de la puerta. Puse mi mano para detenerlo.

—¿Qué hay adentro? —pregunté.

—Mi oficina, como dije.

—¿Hay alguien adentro?

—Lo dudo. No tienen permiso para entrar cuando no estoy. Pero puedo mirar.

—Creo que prefiero hacerlo yo.

Lo cual hice, y él estaba en lo cierto. Me sentí como un lagarto mientras buscaba por el cuarto tratando de tener un ojo sobre él y el otro en el equipamiento, al mismo tiempo. Una angosta ventana que se abría a la obscuridad, estantes de libros, un gran escritorio, archivos, unas sillas. Le señalé la más lejana al escritorio —donde no habría botones o alarmas. Pasó en silencio, se sentó y unió sus manos mientras yo revisaba un poco más. Había una jarra de agua y un vaso, y comprendí de súbito cuanta sed tenía. Me serví y bebí; alcancé a tomar toda. Me dejé caer en el asiento detrás del escritorio, y puse mis pies sobre el mismo.

—¿Realmente quiere ayudarme? —pregunté, en mi tono de voz más escéptico.

—Sí, quiero.

—Para empezar, podría mostrarme como sacarme este collar.

—Por supuesto. Encontrará una llave en el cajón derecho del escritorio. La cerradura está por debajo de la conexión del cable en el collar.

Tomó un poco de trabajo, pero finalmente se abrió y lo tiré en una esquina. —Grandioso. Una sensación magnífica —miré alrededor—. Linda oficina. ¿Usted maneja este sitio?

—Soy el rector, sí. Fui exiliado aquí como castigo. Me habrían matado, pero no se atrevieron.

—No tengo la más ligera idea acerca de que está hablando. ¿Le importaría explicarme?

—Desde luego. El Comité de los Diez gobierna este planeta. Estuve en ese comité por muchos años. Soy un organizador extremadamente bueno. Originé y planeé la operación Cliaand completa. Cuando terminó, gracias a sus esfuerzos, volví y me convertí en Primero del Comité. Fue entonces que traté de alterar nuestros programas y ellos me castigaron por eso. Estoy en esta escuela desde entonces. No puedo dejarla y no puedo cambiar una palabra del programa, que es fijo e inmutable. Es una prisión muy segura.

Esto se estaba poniendo interesante.

—¿Qué cambios intentó hacer?

—Le he traído la cena, Rector —dijo, y me vio detrás del escritorio. Su expresión no se alteró en lo más mínimo—. Este es el prisionero escapado.

Solo la fatiga me mantuvo en el asiento; había pasado por muchas cosas este día y mi mente estaba tan cansada como mi cuerpo. ¿Qué haría con este chico?

—Estás en lo cierto, Yoru —dijo Hanasu—. Entra y vigílalo mientras voy por ayuda.

Me puse en pie cuando escuché eso, listo para golpear algunas cabezas. Pero Hanasu no dejó el cuarto. En vez de eso se puso detrás de Yoru y cerró silenciosamente la puerta. Tomó un aparato de metal negro de un estante y tocó levemente la nuca del muchacho. El muchacho se congeló, los ojos abiertos, inmóvil.

—Ahora no hay peligro —dijo Hanasu—. Quitaré unos pocos minutos de la memoria del chico, eso es todo.

Mi garganta se cerró y sentí el disgusto —mezclado con odio y, sí, miedo— creciendo dentro mío—. Esa cosa en su mano. ¿Que es?

—El alimentador de axones. Usted lo debe haber visto muchas veces, aunque desde luego no tiene memorias de eso. Puede quitar memorias y reemplazarlas por otras. Ahora, si usted se coloca detrás de la puerta el muchacho entrará otra vez y se irá.

¿Tenía elección? No lo sé. Tal vez la visión de la máquina entrampa-cerebros, junto con mi fatiga, me habían hecho simple. No cuestioné: solo obedecí. Aunque deje una hendija abierta la puerta para mirar. Hanasu hizo algunos ajustes en la máquina y la presionó contra la nuca del muchacho. No sucedió nada. Entonces abrió la puerta y ocupó su asiento. Unos segundos después el muchacho se movió, empujando el carro un poco mas adelante.

—Le he traído la cena, Rector —dijo.

—Déjela ahí y no vuelva esta noche. No deseo ser molestado.

—Sí, Rector —se volvió y salió; yo emergí de mi escondite.

—Esa máquina… ¿es la que usaron en mi? —pregunté.

—Sí.

—Es lo más asqueroso, la cosa más repulsiva que he escuchado.

—Es solo una máquina —dijo sin emoción, y la colocó en el estante—. No necesito comida ahora, y usted debe estar hambriento después de su exposición. Sírvase usted mismo.

Demasiadas cosas habían sucedido demasiado velozmente para mi, como para pensar acerca de mi apetito. Pero cuando lo mencionó, comprendí que tenía suficiente hambre como para comer una vaca cruda. Saqué la tapa del plato y hubo una afluencia de saliva a la vista de la comida. Era la misma ración de pescado seco que había tenido en la nave espacial, pero en ese momento era la mejor cena imaginable. La empujé adentro y la mastiqué, y escuché a Hanasu.

—Estoy intentando comprender sus razones para decir que la máquina es repulsiva. Usted quiere decir los usos que le han dado, ¿verdad? —asentí, con la boca demasiado llena para hablar—. Puedo comprender su razonamiento. Mi problema es el enredo. Soy muy inteligente, o no habría sido primero en mis clases y primero en el Comité.

Durante años le he dedicado muchos pensamientos y he concluido que la mayoría de la gente de este planeta es estúpida y sin imaginación. La inteligencia y la imaginación son lastres para la supervivencia básica en un ambiente tan rudo como el nuestro. Nos hemos reproducido selectivamente para quitarlas. Lo que significa que soy un mutante. Estas diferencias estaban latentes durante mis años jóvenes. Creía todo lo que me enseñaron y fui excelente en mis estudios. No las cuestioné porque acá no se cuestiona. La obediencia es todo. Ahora si cuestiono. No somos superiores al resto de la humanidad… solo diferentes. Nuestros intentos para destruirlo o gobernarlos fueron un error. Nuestra alianza con los alienígenas para hacer la guerra a nuestra propia especie es el mayor crimen de todos.

—Tiene razón —dije, tragando apesadumbrado el último bocado. Podría comenzar otra vez. Hanasu continuó como si no me hubiese escuchado.

—Cuando descubrí estos hechos intenté cambiar nuestros fines. Pero no es posible. No puedo ni siquiera cambiar una palabra del entrenamiento de estos niños… y estoy a cargo de la escuela.

—Yo puedo cambiar cualquier cosa —dije.

—Por supuesto —dijo, volviéndose a mi. Y su rostro inmóvil se quebró, las comisuras de su boca subieron. Sonreía, muy ligeramente… pero aún era una sonrisa—. ¿Porqué cree que quería tenerlo aquí? Usted puede cumplir lo que estuve intentando hacer toda mi vida. Salvar a la gente de este helado planeta de ellos mismos.

—Un mensaje podría hacerlo. Solo la localización de este planeta.

—Y entonces… vendría su liga y nos destruiría. Es trágico pero inevitable.

—No. No les dañarían ni un cabello.

—¡Eso es una mentira y no me gusta! ¡No me ridiculice! —. Había casi un rastro de ira en su voz.

—Es la verdad. Usted no sabe como reaccionará una sociedad civilizada. Admito que un montón de gente, si supieran quienes son ustedes, querría tirar una revienta-planetas sobre ustedes. Pero con suerte, el público en general nunca lo sabrá. La Liga los mantendrá bajo vigilancia para verificar que no causen más problemas. Y ofrecerles la ayuda y la asistencia usuales.

Estaba perplejo.

—No comprendo. Deberían matarnos…

—Ya basta de muertes. Ese es su problema. Vivir o morir. Matar o ser muertos. Esa filosofía pertenece a una etapa obscura del desarrollo de la humanidad que afortunadamente hemos dejado atrás. Posiblemente no tengamos el mejor de todos los posibles sistemas éticos o civilizaciones, pero al menos tenemos uno que renuncia a la violencia como institución. ¿Por qué cree que sus amigos Alienígenas lo están haciendo tan bien? Ya no tenemos ejércitos o flotas para combatir en guerras. Ya no tenemos guerras. Hasta que gente como la suya intenta retrasar el reloj veinte mil años o más. No es necesario el asesinato como herramienta de gobierno. Nunca.

—Debe gobernar la ley. Si un hombre mata, debe ser muerto a su vez.

—Tonterías. Eso no devolvería la vida al muerto. Y la sociedad que mata deviene en asesina, y veo su boca abierta para el próximo argumento.

La pena capital no previene a otros, como ha sido probado. La violencia engendra violencia, el asesinato engendra asesinato.

Hanasu se paseó por el cuarto, intentando comprender estos —para él— extraños conceptos. Yo raspé el plato otra vez y chupé la cuchara. Suspiró y se dejó caer en su asiento.

—Estas cosas que me dice… no son comprensibles. Debo estudiarlas, pero eso no es lo importante ahora. Lo importante es que he tomado mi decisión. He estado pensando en esto por años y he decidido. Los planes de Kekkonshiki deben ser detenidos. Ha habido demasiadas muertes. Es solo apropiado que para que finalice todos nosotros debamos ser asesinados. Usted me ha dicho que esto no sucederá y me gustaría creerlo. Pero no importa. El mensaje debe ser enviado a su Liga.

—¿Cómo?

—Usted debe decírmelo. ¿No cree que habría hecho contacto con ellos hace mucho si tuviera los medios?

—Sí, por supuesto.—Ahora yo estaba caminando por el cuarto—. No hay servicio de correo con otros planetas, por supuesto. No hay hombres psi… ¿O sí los hay? No es que sea importante. No enviarían este mensaje. ¿Radio?

—La base de la Liga más cercana está a 430 años luz.

—Sí, bueno, no podemos esperar tanto. Debo hallar la manera de estar a bordo de una de las naves cuando salga.

—Creo que eso será casi imposible.

—Estoy seguro de eso. Así que… ¿Qué sugiere? Ya lo se… recién me hizo la misma pregunta. Pero debe haber una forma. Puede ser que lo haga mejor si duermo. Hay algún sitio seguro…

Me interrumpió el fuerte sonido de un trino. Mis cejas se alzaron.

—Es el comunicador. Una llamada externa. Si se para contra la pared estará fuera de la vista.

Se sentó en el escritorio y conectó una llave.

—Hanasu —dijo, con rostro y voz helados.

—Un pelotón llegará allí en pocos minutos. Ellos sellarán todas las salidas de la escuela. El extranjero ha sido rastreado en su dirección y puede estar escondido allí. Hay transportes enviados con seis pelotones más. La escuela será investigada y lo encontraremos.

CATORCE

—¿Qué evidencia tienen de que está en la escuela? —preguntó Hanasu.

—Pisadas en la nieve. Yendo en su dirección. Él está escondido en su escuela o está muerto.

—Los estudiantes ayudarán en la búsqueda. Conocen bien los edificios de la escuela.

—Dé la orden.

Hanasu apagó el comunicador y me miró fríamente.

—No podremos llevar a cabo nuestros planes después de todo. Cuando lo capturen, usarán el alimentador de axones para descubrir que parte tuve en esto. ¿Desea suicidarse para protegerme?

Todo esto fue dicho con cara de poker, sin cambiar en el tono. Aunque la habitación era fría, sentí brotar el sudor.

—¡No tan rápido! No todo está perdido. Vamos a guardar el suicidio como última opción. ¿Habrá algún lugar para esconderme?

—No. Buscarán por todos lados.

—¿Por qué no aquí? En sus habitaciones. Dígales que ya ha buscado y no estoy aquí.

—Usted no entiende a nuestra gente. Lo que sea que yo —o cualquier otro— puede decir, la búsqueda se hará como está planificado. Somos muy sistemáticos.

—Pero sin imaginación. Voy a pensar en esto —. Yo también me sentía muy poco imaginativo en este momento. Solo los chorros de adrenalina generados por la oferta de suicidio mantenían mis motores funcionando. Miré alrededor con una sensación de desesperación—. ¿La ventana? Puedo salir por allí, esconderme…

—No se abre. Está fija en su posición.

—¿Nunca se abre? ¿Ni siquiera en verano?

—Estamos en verano.

—Tenía miedo de que dijera eso. ¡No está todo perdido!

Había un tinte de desesperación en mi voz, porque tenía la terrible sensación de que todo estaba perdido.

—Lo sé. Si no es adentro, esperaré afuera. Debe haber algún modo de llegar al techo. Reparaciones, cambiar las chapas.

—No hay chapas.

Resistí el impulso de arrancarme el cabello a puñados.

—No quise ser literal. ¿Hay alguna forma de llegar al techo desde adentro?

—Podría haber.

Luché contra el impulso de tomarlo por el cuello y sacudirlo hasta que diese las respuestas correctas.

—¿Hay planos? ¿Planos de la escuela?

—Sí, en ese archivo.

—Entonces búsquelos. Rápido, si me hace el favor.

¿Cuánto tiempo faltaba para que llegasen los pelotones de búsqueda? Hice crujir mis nudillos y mastiqué mi pulgar; agarré las hojas que me pasó. Las hojeé rápidamente. Intentando ignorar las optimistas observaciones de Hanasu.

—Es una pérdida de tiempo. No hay escapatoria. No quiero ser interrogado con el alimentador de axones. De modo que si no se suicida lo haré yo…

—¡Basta ya de cosas obscuras! —gruñí. Era deprimente. Mi dedo se clavó.— ¡Aquí! ¿Qué eso, ese símbolo?

Hanasu sostuvo la hoja, extendió los brazos, ajustó la luz, fijo la vista. Mi pulso se había acelerado al doble.

—Sí, lo veo —dijo finalmente—. Es una puerta.

Le di palmadas en la espalda. —¡Estamos libres en casa! Si usted hace lo que le digo. Primero… ordene a cada uno en la escuela permanecer juntos. No solo los estudiantes, si no los maestros, cocineros, jardineros, especialistas en torturas. Todos y cada uno.

—No tenemos jardineros.

—¡No me importa! —mi voz comenzaba a quebrarse y tuve que luchar para mantener el control—. Solo mantenga a todos juntos —ya— para ayudar en la búsqueda. Hable primero, le explicaré más tarde.

Obedeció sin preguntas. La buena y vieja disciplina Kekkonshiki. Para cuando hizo el anuncio ya sabía que venía después.

—No puedo arriesgar el ser visto, así que me tendrá que traer lo que necesito de los laboratorios. Quiero una herramienta de potencia —asegúrese que esté cargada—, al menos diez clavos largos o tornillos, cincuenta metros de línea probada para 500 kilos, una luz a batería y un lubricante. ¿Cuál es el lugar más seguro para esperarlo mientras me lo trae?

—Aquí. Habrá gente por los corredores. Para cuando yo vuelva estarán en el salón de asambleas.

—Esa era mi idea también.

—No se que está planeando, pero lo ayudaré. Tendré tiempo suficiente para suicidarme después que haya sido capturado.

—¡Eso es, Hanasu, muchacho, siempre viendo el lado brillante! ¡Vaya ahora!

Salió, y rondé por la alfombra, buscando una uña sin masticar, para masticarla. Pegué un salto cuando sonó el comunicador, pero permanecí lejos de él. Hanasu estuvo fuera cuatro minutos, que se sintieron como cuatro días.

—Están todos reunidos, y los pelotones de búsqueda están aquí —dijo.

—Esas son buenas noticias. Baje y organícelos. Vea que hagan un buen y cuidadoso trabajo, y que comiencen desde abajo, yendo hacia arriba. Necesitaré todo el tiempo que pueda obtener, dado que no tengo idea de lo que voy a encontrar.

—¿Está yendo al techo?

—Lo que no sabe, no puede decirlo. Muévase.

—Está en lo cierto, por supuesto —. Fue hacia la puerta y, cuando la abría, se dio vuelta por un instante—. Buena suerte. ¿No es eso lo que se dice en circunstancias como esta?

—Así es. Gracias. Y buena suerte para usted. Y veré de evitar el pacto de suicidio mutuo.

Salí por detrás de él, corriendo hacia arriba mientras el bajaba, con el diagrama de la construcción en mi mano. La subida era agradable, y cálida, pero yo estaba jadeando audiblemente para cuando llegué al piso superior. Había sido un largo día. En el extremo del corredor había lo que parecía ser un almacén. Cuya puerta estaba cerrada.

—Jim diGriz se ríe de las cerraduras —reí, mientras usaba uno de los grandes clavos para abrir la aún mayor cerradura. La puerta se abrió con un chirrido; pasé y la cerré detrás de mí. No pude hallar ninguna llave de luz, y el aire era frío y rancio. Encendí la luz que había traído y busqué, pasando entre cajas apiladas y antiguos archiveros. La puerta que estaba buscando estaba en el otro extremo del cuarto, a unos cuatro metros por encima del piso. No había escalera.

—Mejor y mejor —reí entre dientes y comencé a juntar cajas para subir sobre ellas.

Tomó algo de tiempo, dado que no las podía arrastrar, para no dejar marcas que se pudieran notar. Tenía que llevarlas una por una y colocarlas sobre otras, para hacer una pila. Antes de terminar ya no sentía frío. En efecto, transpiraba un poco cuando pensé en los investigadores y me pregunté cuan cerca estarían. Apilé las cajas más rápido.

La puerta era más bien una puerta trampa, de un metro cuadrado, en el ángulo del techo, justo debajo de la cumbrera. Cuando la empujé, rechinó y una fina lluvia de partículas de oxido cayó encima mío, lo cual ya era esperado. Apliqué el lubricante, con cuidado para que no gotease, y barrí todo el óxido; si lo dejaba, habría sido obvio que había sido abierta recientemente. Ahora era solo una puerta trampa que se abría suavemente… y esperaba que quien fuese que estuviese a cargo de las puertas trampa no participase en la búsqueda. Era un riesgo que debía tomar. Ahora, cuando empujé la puerta, se alzó fácilmente y una ráfaga congelante de aire entró. La abrí por completo y saqué la cabeza a la noche congelada. Las estrellas brillaban en la obscuridad, dando la luz suficiente para ver que en el techo no había donde esconderse.

—Resuélvelo cuando llegue, Jim —me dije con falso buen humor—. Un paso a la vez, diablo astuto. Hasta ahora los has superado… al final ganarás.

Mientras barbotaba este fatuo impulso moral, iba clavando un pesado clavo en el frente exterior. Cuando estuvo bien alojado, até el extremo de la línea a él. La de 500 kilos tenía el diámetro adecuado para tener una empuñadura, que es la razón por la que había seleccionado.

Después de se trató de una simple cuestión de poner las cajas de vuelta donde las había encontrado mientras intentaba no pensar en los buscadores acercándose a cada segundo. Ya estaba casi allí… a pesar de que todavía no era muy seguro de que existiese “allí”. Todo lo que quería hacer era precipitarme el techo y cerrar la trampilla. Lo que hice fue ir con cuidado a lo largo de todo el piso con mi luz para asegurarme de que no había dejado huellas de mi paso. Encontré una gran y bonita huella en el polvo de una de las cajas, di vuelta la caja sobre ese lado. Sólo cuando estuve seguro de que nada evidente indicaba mi visita fui a la línea que conducía a la abertura. Tras comprobar que todo mi equipo estaba seguro, apagué la luz, la metí en mi bolsillo y me apoderé de la línea.

Tras mío, en la obscuridad, escuche el ruido de una llave en la cerradura.

No se si hay un evento atlético llamado “escalada de cuerda de cuatro metros”. Pero si lo hay, estoy seguro de haber establecido un nuevo record. Sin una pausa para respirar, estaba arriba, mano sobre mano, aferrándome con desesperación demencial. En un instante estaba en el piso, en el siguiente tenía la mano en el marco de la abertura, estaba arriba y había pasado por ella, estirado completamente en la cumbrera, con una pierna a cada lado, tirando de la cuerda. Parecía no tener fin, y cuando finalmente la saqué, y cerraba la trampilla… apareció una luz en el cuarto.

—Toma este lado, Bukai, yo iré a este otro —dijo una voz áspera y sin tono—. Mira detrás de todas las cajas. Abre las que sean bastante grandes como para un hombre.

Con cuidado desesperada cerré la puerta, sosteniéndola con los dedos hasta que estuvo en su lugar. ¿Ahora qué? ¿Subirían aquí los investigadores? Hacer la pregunta fue tener la respuesta. Por supuesto que lo harían.

Mirarían en todo lugar donde pudiera estar un hombre. Entonces debía hallar un lugar imposible. La superficie de metal soldado, sin rasgos, no me entusiasmaba. Me incliné hacia ambos lados, en un ángulo agudo. Por delante de mí, a no más de cinco metros, estaba el extremo del techo. Liso. Nada en esa dirección, tal vez en la otra. Gruñí al tirar de una pierna para girar. Eso fue al descubrir que el metal estaba cubierto por una delgada capa de hielo. Mi pie salió de abajo mío y comencé a deslizarme.

Hacia abajo, por la resbaladiza superficie, mis dedos rasguñando por asideros que no existían, cada vez más rápido, hacia el borde y la caída en la superficie helada, lejos abajo.

Hasta que recordé que la línea seguía atada.

La agarré con ambas manos. Se deslizo por mis guantes. Agarré más fuerte y me mantuve. El golpe en mis brazos cuando me detuve fue grande, nuevamente.

Todo lo que podía hacer era sujetarme. Esperando que pasase el dolor. Consciente de que mis pies estaban colgando en el abismo. Tan pronto como pude me icé, mano sobre mano. A la cumbre del techo. Donde recordé a los buscadores abajo y que la trampilla sería abierta muy pronto.

Desde luego, el techo en la otra dirección también era liso. Podría ser que no me vieran con la luz de las estrellas.

Tenía que estar tan lejos de la trampilla como pudiera. Soltando la cuerda con entumecidos dedos, me puse a horcajadas sobre la cumbre y comencé a bracear a lo largo de ella, con brazos y piernas extendidas. Arrastrándome, en realidad. Resbalando en el hielo. Sabiendo que si me deslizaba hacia un lado u otro, sería el fin.

Finalizar. Eso es lo que hizo el techo. Me detuve. Cuando miré por sobre el hombro, la puerta era claramente visible. Como lo sería yo para cualquiera que asomase la cabeza.

La línea me había sostenido antes; tendría que hacerlo otra vez. Lentamente y con cuidado, para no perder el equilibrio, saqué la herramienta de poder mientras sostenía con los dientes uno de los clavos. Debía correr el riesgo de que el espesor del techo amortiguase el sonido. Un toque del gatillo metió el clavo, a través del metal, en el extremo mismo de la cumbrera del techo. Mis dedos estaban fríos —y torpes por los guantes— mientras trataba desesperadamente de hacer un nudo en la línea, para pasarlo por el clavo, para hacer un lazo por debajo. Para meter mi pie adentro y dejarme caer cuidadosamente por sobre el borde. Para colgar del extremo del edificio. Para ignorar el rechinar del clavo cuando sintió el tirón.

Hubo un golpe audible atrás, en el techo, cuando la trampilla fue abierta. Colgué silenciosamente, escuchando, sonriendo ante mi éxito, cuando escuché a los buscadores hablando.

—¿Ves algo, Bukai?

—No.

—¿Hay alguien en el techo?

—No. ¿Vuelvo adentro?

Bien hecho, diGriz. Burlaste nuevamente al enemigo, diablo astuto.

—No. Camina por el techo y mira bien.

Eran máquinas, no hombres. Cualquier hombre inteligente no se aventuraría por ese techo helado. Debía haberlo sabido mejor.

Cualquier hombre inteligente no me habría hallado. Esos retardados de mente mecánica solo seguían instrucciones hasta que tenían éxito.

Los deslizamientos y gruñidos crecían cada vez más cerca… y mi cuerda se movió cuando alguien tiró de ella.

Miré las facciones inexpresivas del buscador cuando se asomó por el extremo del techo.

QUINCE

Esto fue todo. Mis ojos estaban ajustados a la luz estelar de modo que vi su cabeza girar cuando me descubrió. Lo vi sentarse y girar su cabeza y abrir la boca para gritar.

—Ahiru.

Y resbaló. Por vez primera vi expresión en el rostro de un hombre gris. Horror. Intentó agarrarse al clavo que sostenía la cuerda. Y erró.

Sus dedos golpearon fuertemente en el techo. Y resbaló. Cada vez más rápido. Pude oír el sonido cuando resbalaba, pero no hizo ningún otro sonido. Nada. Cuando desapareció tapé mis oídos para no escuchar lo que sucedía abajo.

¿Ahora qué? El frío me llegaba a los huesos mientras colgaba en la obscuridad y aguardaba. Hubo sordas voces dentro del edificio. No podía distinguir las palabras, cuando alguien se reunió con el otro hombre en la trampilla abierta.

—¿Dijo algo Bukai?

—Dijo mi nombre.

—¿Cuando resbalaba y caía?

—Sí.

—Eso no es bueno.

—No lo es. Él está mejor muerto. Un hombre que muestra emociones como esa. —La trampilla se cerró.

Que gente agradable. Bukai seguramente tenía amigos. Supuse que yo lo sentía más que ellos. ¡Filosofía Moral! Antes que mis dedos se congelaran completamente me icé por la cuerda y miré cuidadosamente. La trampilla cerrada, el cuarto vacío. Subí otra vez a la cumbrera y retrocedí cuidadosamente. No era el momento de resbalar y unirme al muy lamentado Bukai.

Aguardé unos frígidos diez minutos, contando los segundos, hasta estar seguro de que la habitación de abajo estaba vacía. O esperar que lo estuviera. El frío del metal helado me estaba mordiendo a través de mi traje aislado antes de que alcanzara la puerta. Mis dientes castañeteaban de tal modo que estaba seguro de que se oían allá abajo sobre la tierra. La habitación estaba obscura; se habían ido.

Hay un límite a la cantidad de esfuerzo que un cuerpo puede hacer y el mío debe haber sentido que ya había tenido más que suficiente para una noche. De modo que cuando descansé un momento sobre el piso para pensar acerca de lo que iba a hacer ahora, instantáneamente caí profundamente dormido. Tan profundamente que cuando desperté, después de un tiempo sin medida, no tenía idea de cuanto había dormido. Un minuto o un día, no había manera de decirlo.

¿Si alguien estaba despierto, qué? Estaría aquí atrapado hasta la noche. Pero, ¿que duración tenían los días? Musité maldiciones contra mi mismo por dormirme mientras hurgaba la cerradura tan silenciosamente como pude. Abrí la puerta con paciencia. El corredor estaba vacío. Y la ventana al otro lado aún mostraba el negro de la noche.

—Has tenido suerte otra vez, diGriz. O tal vez tu temporizador subconsciente hace mejor trabajo que tu mente consciente. Volvamos al trabajo.

El sueño me había refrescado y crucé el edificio de puntillas, con todos mis sentidos alerta. Todas las puertas estaban cerradas y asumí que los estudiantes y el personal estaban descansando de los extenuantes sucesos del día. Había una luz en la oficina del jefe, de modo que miré por la hendija mientras abría la puerta. Él estaba sentado n su silla, despierto, esperándome. Me deslicé adentro y cerré la puerta.

—Es usted —dijo, y vi que tenía un vaso de agua cerca de sus labios. Lo bajó cuidadosamente hasta el escritorio.

—SI eso es agua, me vendría bien un poco —le dije, mientras estiraba la mano—. Ha sido una noche sedienta.

—Es veneno —dijo sin entonación, mientras lo levantaba. Lo volví a su lugar.

—¿Suicidio?

—Sí. Por si lo tenía que hacer. No tenía idea de quien atravesaría primero la puerta.

—¿Entonces se han ido todos?

—Sí. No han hallado nada. Uno de ellos cayó del techo y murió. ¿Usted es el responsable?

—Solo indirectamente. Pero lo vi caer.

—Ahora ellos piensan que usted se congeló y murió en la nieve. Por la mañana buscarán su cuerpo. No será una búsqueda muy minuciosa, porque algunos piensan que puede haber ido hacia el océano.

—Casi lo hago. Pero ahora, que las agotadoras aventuras de esta mañana han finalizado, creo que debemos volver al tópico en discusión cuando comenzó toda la excitación.

—Hacer llegar un mensaje a la Liga.

—Eso es. En los momentos más tranquilos de la noche he estado pensando un poco. Tengo una idea que puede funcionar. ¿Está cansado?

—No excesivamente.

—Bien. Entonces, quiero trabajar en el laboratorio electrónico esta noche. ¿Podré hacerlo… sin ser molestado?

—Puede arreglarse. ¡Que quiere hacer?

—Abrir la biblioteca y obtener el diagrama de un detector de impulso warp. Asumo que tiene bastantes partes y elementos aquí para fabricar uno.

—Tenemos la unidad en si en nuestro almacén. Es parte del entrenamiento.

—Mejor todavía. Vamos al laboratorio y empecemos, así puedo mostrarle que quiero hacer.

Con Hanasu buscando las cosas y yo armando, mi aparato pronto tomó forma.

Cuando estuvo completo lo puse sobre el banco y di un paso atrás para admirarlo. Un tubo de metal de un metro de largo, aerodinámico en la parte superior, abierto en el fondo, con dos aletas de metal corriendo a todo su largo.

—Una obra de arte —dije.

—¿Cuál es su función? —preguntó Hanasu, realista hasta el fin.

—Esto se añade a una de sus naves espaciales… y ese será nuestro próximo problema. Si es colocado cuidadosamente nunca se notará, porque es un duplicado del expulsor de bengala que todos los buques llevan. Sólo que esta no tiene bengalas… tiene esto.

Alcé uno de los cuidadosamente construidos cilindros de plástico.

—En el interior del plástico hay una fuente de alimentación y un transmisor de radio de estado sólido. He hecho diez de estas radios, lo que debería ser suficiente. Esto es lo que sucede. Cada vez que la nave entre en el espacio normal su impulso warp se corta. Cuando esto sucede el receptor en la nariz detecta el hecho… y lanza una de las radios. Hay programado un lapso de una media hora. Tiempo más que suficiente para que la nave espacial siga en su camino de nuevo. A continuación, la radio se enciende y comienza a transmitir una fuerte señal a la Liga en la longitud de onda de emergencia. La señal contiene el código de identificación y la ubicación de este planeta. Y una llamada de ayuda. Una vez que el mensaje llegue es cuestión de simplemente sentarnos y esperar el arribo de la caballería espacial.

—Muy ingenioso. Pero, ¿que pasa si no hay un receptor cerca cuando la nave emerge del impulso warp?

—Pensé que podía preguntarlo. Estamos apostando a la ley de los promedios. La mayoría de los pilotos usan los puntos de navegación principales la mayor parte del tiempo. Y la mayoría de estas estrellas tiene una estación de la Liga cerca. Y la mayoría de los viajes hacen al menos tres verificaciones espaciales. Uno de los mensajes de radio debe ser recibido.

Ojalá. Pero es mejor que nada. El suicidio todavía es posible.

—Así es. Siempre mirar en el lado soleado.

—¿Cómo lo va a colocar en el espaciador?

—Con un soldador atómico —levanté mi mano cuando comenzó a hablar—. Ya sé, no más chistes. Se trata de una broma. Debo encontrar la manera de estar cerca de una de las naves espaciales sin ser visto. No va a tomar más de unos minutos hacer el trabajo. ¿Está vigilado el campo espacial?

—Hay una valla de eslabones alrededor de él, como usted debe saber, y algunos guardias en la puerta. Eso es todo lo que recuerdo.

—Debería ser fácil de entrar por esa configuración. Entonces necesitaré su ayuda con dos cosas. Quiero saber cuando está saliendo la próxima nave. Y necesito transporte para el espaciopuerto.

—La información será fácil. El boletín anterior anunció que el Takai Cha se va a las 0645 horas de hoy...

—¿Que hora es ahora?

Hanasu guiñó mirando a su reloj y, por último, produjo los números.

—Cero-tres-uno-uno —dijo—.

¿Puede conseguir transporte? ¿Estar allí a tiempo?

Tuvo que pensar en esto por un rato, antes de asentir sin entusiasmo.

—Normalmente, no. No tengo razones para sacar un auto. Pero esta noche puedo informar que soy voluntario para la búsqueda. Probablemente me dirán que sí.

—Solamente podemos probar.

El truco funcionó. A los diez minutos estábamos rebotando sobre la nieve, dura cono el hierro, en un vehículo eléctrico, montado sobre esquíes, movido a hélice, sin resortes, y rompe huesos. No había lujos aquí. El calefactor no existía; tampoco los almohadones de los asientos. Esta gente llevaba esa cosa de la incomodidad demasiado lejos. Mi recién construido radio-eyector fue provisto con una correa, de modo que podía colgarlo del hombro. Todas las herramientas que podía necesitar estaban en un bolso a su lado. Yo miraba a los copos de nieve pasando a toda velocidad por el haz de luz del faro delantero y trataba de planear el siguiente paso.

—¿A que distancia me puede dejar de la cerca? —pregunté.

—Tan cercano como usted quiera. No hay caminos o rastros marcados, como puede ver. Seguimos un haz de radio navegación de un punto al otro.

—Esas son buenas noticias. Este es el plan. Usted me deja en la cerca y continúa. Pero marca el punto. Vuelve en una hora exactamente. Si ve cualquier excitación o escucha alguna alarma en la radio, permanece a distancia.

—Eso está bueno. Habrá suficiente tiempo para volver a la escuela y tomar el veneno.

—Está bien, tómelo en lugar del desayuno. Pero no haga nada hasta estar seguro que ellos me tienen. Puede haber problemas, pero no les será fácil agarrarme.

—¿Ha esquiado antes?

—Soy un campeón.

Era pan comido. Dos veces vimos luces de otros vehículos, pero se mantuvieron a distancia. Había una buena cantidad de tránsito esa noche. Cuando estuvimos cerca de unas construcciones obscuras, saltando sobre las rodadas y tomando las esquinas con deslizamientos suicidas. Hanasu era un conductor de carreras, de nervios helados. Apareció la cerca y nos pusimos paralelos a ella. Adelante se veían las luces de una puerta, súbitamente borrados por una ráfaga de nieve.

—Me bajo acá —grité—. Mire su reloj y manténgase en movimiento.

Tiré mis cosas en la nieve y me tiré por detrás. El vehiculo ya estaba en movimiento antes que aterrizase; la ráfaga de la hélice me envolvió en una tormenta de nieve súbita. Estaba obscuro, frío, miserable… una cobertura perfecta.

Saqué un detector de la bolsa de herramientas y me acerqué cautelosamente a la cerca.

No valía absolutamente nada. Yo podía neutralizar la simple alarma y cortar un hueco para pasar a través con un ojo cerrado, parado en un pie y con la mano derecha a la espalda. Y en efecto, dado que siempre sentí que ser un poco fanfarrón no hacia daño, cerré un ojo, me paré en un pie, me puse una mano en la nuca, e hice el trabajo. Solo después de cortar los eslabones use ambas manos, manteniendo el hueco abierto con una y pasando mis cosas con la otra. Después fue trabajo de un momento cerrar los eslabones con el soldador molecular, ponerme los esquíes y deslizarme en la obscuridad. Detrás de mí el rastro ya se estaba tapando. La primera parte de la tarea estaba hecha.

No hubo problemas para encontrar la nave espacial. En la obscuridad del espaciopuerto, la nave iluminada brillaba más que el día. Me deslicé hacia ella, permaneciendo cerca de las obscuras construcciones hasta que estuve detrás del último, mirando a través de la plataforma de despegue.

Que vista preciosa. Las luces ardían brillantes sobre las torres, siseando cuando la nieve las golpeaba. Hombres y vehículos se movían velozmente, sirviendo a la alta torre de la nave. Y allí, prominente sobre la aleta de cola, estaba el nombre: Takai Cha. Esa era la nave; estaría saliendo pronto, tal como estaba planeado.

¿Y como podía acercarme para poner mi artefacto en su lugar?

DIECISEIS

Ese era un problema que obviamente tenía una sola solución. No iba a llegar cerca de la nave vestido como lo estaba. Pero podía llegar y trabajar sin ser notado si me veía como uno de los hombres de servicio. Así que tenía que echar mano de uno de ellos.

Fue bastante fácil encontrar un rincón obscuro detrás de de algunas cajas para poner mis cosas. Pero el secuestro probó ser más difícil. Rondé por los bordes del área iluminada como un lobo alrededor de un fuego de campamento, con poco resultado. Nadie salía, nadie llegaba. Los trabajadores trabajaban, con laboriosidad Kekkonshikiana, lenta y cuidadosamente, sin muestras de emoción. Yo mostraba suficiente como para todos ellos. El reloj de Hanasu viajaba por los segundos y los minutos… y después la hora. Había perdido mi cita. Y lo peor es que no había hecho mi trabajo. En menos de una hora la nave espacial despegaría y no había modo de acercarse.

Mi paciencia había desaparecido; yo estaba echando un poco de espuma, imaginando y rechazando un plan suicida detrás del otro, cuando uno de los hombres decidió salir. Bajó del pórtico de servicio y caminó con lentitud a través de la nieve acumulada hacia uno de los edificios. Tuve que apurarme por atrás, deslizándome sobre el abdomen para pasar por debajo de algunas ventanas iluminadas, y correr nuevamente. Funcionó porque llegué a tiempo de verlo entrar por una puerta marcada “Benjo” en letras grandes. Me asomé detrás de él y vi lo que era un benjo.

Siendo respetuoso de ciertos derechos, me contuve y lo dejé terminar su comunión con los dioses del retrete antes de derribarlo. Al mismo tiempo, eso aseguró que sus dedos estuviesen ocupados con botones y cierres. Nunca supo que lo golpeó. Yo sí: fue el borde de mi mano. Después de sacar su overol, un poco de alambre en sus muñecas y tobillos, otro poco alrededor de su cabeza par mantener la mordaza en su sitio. Lo até a la cañería y lo encerré en el cubículo. Lo podía haber dejado afuera en la nieve, para congelarse hasta la muerte. Pero eso habría ido contra mi propia filosofía moral, que había estado predicando a Hanasu. Y sucedía que yo creía en ella. Todo iría bien siempre que no se descubriera hasta después que la nave espacial despegase. Lo que no tardaría mucho.

Su overol me ajustaba un poco pero dudaba que alguien notase la diferencia. Su casco de seguridad cubría mi cabeza y, con el cuelo hacia arriba, había poco visible en mi. Ahora el paso final.

Me sentía muy conspicuo marchando bajo las luces con el caño bajo mi brazo, y la bolsa de herramientas colgando descuidadamente del otro. Y tenía que caminar lentamente, laboriosamente, cuando quería correr. Era difícil de hacer, pero mi seguridad residía en verme normal. Lento y estólido. Nadie me miró, nadie parecía fijarse en nada excepto en su propio trabajo. Suspiré profundamente cuando llegué a la cabina de la plataforma móvil, y metí mis cosas. Los controles eran bastante simples. Lenta y cuidadosamente conduje alrededor de la base de la nave, fuera de la vista de los mecánicos, por el momento. Pero podía haber personas mirando, a las que no podía ver en la obscuridad, de modo que me moví al letárgico paso de los demás. Llegué al pórtico con mi equipo. Y seguí lentamente por el costado hasta la aleta superior, la ubicación normal del disparador de bengalas.

Por supuesto que no había ninguno aquí. Eso hacia poca diferencia, ya que yo estaba tomando el lugar de una de las pocas personas que podía ver mi agregado. Esto tenía que ir ahí, y ahí fue. El soldador molecular zumbó feliz y el metal de la aleta de sujeción se unió irrevocablemente al metal del cuerpo. No sería visible desde tierra en la nieve que aún caía.

—Haz tu trabajo, nene —dije, dándole una palmada afectuosa. Ahora, a bajar, y a efectuar mi acto de desaparición.

Esta vez no me arriesgué a caminar, si no que conduje mi pórtico lejos, colocándolo a la sombra del edificio más cercano. Diez minutos para salir. Un auto llegó con la tripulación, que abordó estólidamente. Las otras grúas y plataformas se apartaron también, mientras se aproximaba la hora del despegue.

—¿Porqué está aquí este pórtico? —preguntó una voz detrás de mí.

—¿Rentsma? —dije en voz baja, sin volver la cabeza. Unos pasos se aproximaron.

—No puedo escucharlo. Repita.

—¿Puedes escuchar esto? —dije cuando estuvo vecino a mi, poniendo ambas manos en su cuello. Sus ojos se abultaron, y se cerraron cuando golpeé su cabeza contra el marco metálico de la puerta. Con el destino de mundos colgando en la balanza, no fui suave. Mientras lo estaba horcando el espaciador despegó. Fue tal vez el sonido más hermoso que jamás oí.

—Lo has logrado, Jim, nuevamente lo has logrado —me congratulé solo, ya que no había nadie cerca para hacerlo por mi—. Incontables generaciones aún no nacidas bendecirán tu nombre. Incontables Kekkonshikianos lo maldecirán diariamente, lo cual es muy malo. La era maligna de los hombres grises está llegando a su fin.

Había cerca una entrada obscura, adonde arrastré el último cuerpo inconsciente. Cuando lo dejé caer, no muy suavemente, en el portal, vi que había una cerradura muy grande y compleja en la puerta. ¿Por qué? El cartel cercano reveló la razón… y en el mismo momento me dio una idea de lo que tenía que hacer ahora.

Arsenal – personal autorizado solamente.

Cerrada y prohibida… y un lugar perfecto para un escondite. Pero después de una pequeña indicación falsa. Bastante fácil de hacer.

Encontré mis esquíes, me los puse, y me deslicé hacia la iluminada plataforma, donde esperé que alguien me viera.

Era la gente más obtusa y poco observadora que jamás vi. Me deslicé arriba y abajo por cinco minutos sin ser observado. Se estaba poniendo realmente aburrido, y también estaba cansado. Al fin me arrojé a unos diez metros de dos de ellos y, en realidad, fui contra unos tambores de metal antes que se percataran de mi presencia. Cuando me miraron puse mi brazo sobre mi cara, me incliné más, me estremecí, tropecé, y luego me disparé en la oscuridad. Lo único que faltaba era una flecha blanca apuntando a mi espalda. Ellos no reaccionaron, por supuesto, pero al menos esperaba que recordasen la dirección en que me había ido. Que era directo hacia la cerca. Esta vez hice un hueco suficientemente grande como para que pase un tanque, y lo dejé abierto. Tomando velocidad me deslicé en la obscuridad, dirigiéndome a los amplios espacios abiertos, dejando un rastro visible. Usando al mismo tiempo mi luz para ver si podía hallar la forma de confundirlos. La oportunidad vino pronto. Un vehiculo pasaba rechinando, casi paralelo a mi curso, así que me desvié para encontrarlo. La cosa era mucho más rápida que yo, y ya había pasado cuando me deslicé sobre su rastro. Pero no fui demasiado lejos en esta dirección, solo lo suficiente para mostrar que nuestros rastros se unían y se cortaban el uno al otro.

Cuando esto hubo sido bien establecido planté mis bastones e hice una vuelta hacia atrás que hubiera hecho brillar de orgullo a mis instructores. Hacia arriba, girar, y de nuevo abajo sobre el rastro del otro esquí del vehiculo. Aterrizando limpiamente sobre la marca, y deslizándome en la dirección opuesta, sin bastones, para no dejar marcas, solo con los pies, hasta pasar bastante más atrás de donde se habían unido nuestros rastros.

Después esperé hasta que la nieve comenzó a cubrir el rastro del vehículo. Cubriría también el mío… y probablemente los rastros anteriores. Pero si ellos los seguían y los veían estarían siguiendo una dirección falsa. Y yo estaba regresando a la ciudad y a la seguridad.

No eran madrugadores en Kekkonshiki, debo decir eso de ellos. Había unos pocos afuera, vi otras figuras deslizándose en esquíes, pero no creo que nadie me haya visto. Ni parecía haber alarma alguna. Llegué al inicio de los edificios en el extremo lejano del espaciopuerto, y no parecía haber sucedido nada. ¿Ahora qué? No quería volver atrás hasta que la cacería se hubiera ido al otro lado. Y no parecía haber signos de que esto hubiera sucedido aún. Una luz en una ventana me hacía señas cálidamente. Me acerqué y miré adentro. Una cocina. Estufas brillando alegremente y el cocinero teniendo las cosas listas. Parecía demasiado bueno como para resistirse. Es aún más difícil de resistir cuando el cocinero de trasero redondeado y aparentemente epiceno se volvió hacia la ventana y resultó ser una hembra de la especie. Yo no había hablado aún con una mujer Kekkonshiki y la oportunidad era demasiado buena para resistirla. Angelina siempre me acusaba de ir tras otras niñas y debía por lo menos darle alguna base sólida para sus sospechas. A pesar de que esta visita negaría todos mis esfuerzos en dejar un rastro falso y haría necesario un nuevo esfuerzo para confundir la dirección… aún no podía resistir la tentación. Así ha sido siempre con el hombre y la dama a través de las edades. Encontré la puerta, me quité los esquís, los dejé en la nieve junto a ella, y me dirigí adentro.

—Buenos días —dije—. Parece otro día frío, ¿no es cierto?

Ella se volvió y me miró en silencio. Joven, de grandes ojos, y no sin atractivos, de un modo rústico y sin pinturas.

—Usted es el que están buscando —dijo, con solo una insinuación de emoción creciendo en su voz—. Debo ir a dar la alarma.

—Usted no dará la alarma —me adelanté, listo para detenerla.

—Sí, patrón —dijo, y se volvió a sus ollas y sartenes.

¡Patrón! Medité sobre esto un poco y comprendí que los Kekkonshiki debían ser los cerdos machistas de todos los tiempos. Ellos se tratan unos a otros con frialdad, con falta de emoción, con crueldad consciente e inconsciente. ¡Cómo deben tratar a las mujeres! Al igual que ellos. Como muebles, probablemente como esclavas. Si alguna de ellas había protestado en el pasado, probablemente la habían tirado afuera, en la nieve. Una raza de dóciles servidores es lo que estos hombres deben haber buscado y, obviamente, después de siglos de cría selectiva, habían logrado este noble objetivo.

Mi mente volvió de la especulación filosófica por los ricos olores de las ollas en la estufa. Había pasado demasiado tiempo desde que había comido por última vez y, después de todo el ejercicio, me di cuenta de que el hambre estaba mordisqueando en mi interior con afilados dientes. En el correr de los acontecimientos había olvidado una vez más la alimentación. Ahora mi estómago estaba advirtiendo sobre este abandono con sonidos de rugidos y gemidos.

—¿Qué está cocinando, mi hermosa flor de Kekkonshiki?

Mantuvo sus ojos bajos y señaló sus ollas una por una. Lenta y cuidadosamente. —Aquí está hirviendo agua. Aquí hay estofado de pescado. Aquí hay croquetas de pescado. Aquí hay salsa de algas. Aquí…

—Está bien. Ya escuché bastante. Tomaré una porción de cada uno, excepto del agua hirviendo, claro.

Ella llenó algunos tazones de metal y yo los devoré con una cuchara curva de hueso. Eran cosas bastante insípidas, pero no iba a quejarme. Incluso alcancé a comer una segunda vuelta antes de frenar un poco. Cuando hube bebido y tragado la miré con atención, pero ella no hizo ningún intento de escapar o dar una advertencia.

—Mi nombre es Jim —dije, eructando apreciativamente—. ¿Cuál es el tuyo?

—Kaeru.

—Buena comida, Kaeru. Un poco falta de condimento, pero no es culpa tuya… así es como cocinan aquí. ¿Estás contenta con tu trabajo?

—No conozco esa palabra, “contenta”.

—Apuesto a que no. ¿Cuál es tu horario de trabajo?

—No entiendo que quiere decir. Me levanto, trabajo, voy a la cama. Todos los días igual.

—Tampoco hay fines de semana ni vacaciones, estoy seguro. Este mundo necesita claramente algunos cambios, y están en camino. —Kaeru volvió a su trabajo—. Esta cultura no debe ser destruida. Solo debe ser apartada. Los historiadores registrarán esto y después se desvanecerá y entrará un toque de civilización en sus vidas. Espera un feliz mañana, Kaeru.

—Mañana trabajaré como hoy.

—No por mucho tiempo, espero —con una delicadamente rosada uña saqué un trocito de alga del intersticio de mis dientes—. ¿A que hora sirves el desayuno?

Ella miró al reloj.

—En unos minutos, cuando suene la campana.

—¿Quién lo comerá?

—Los hombres de aquí. Los soldados.

Yo estaba fuera del asiento antes de que la última cayera de sus labios, poniéndome los guantes.

—La comida ha estado grandiosa, pero me temo que tengo que proseguir. Hacia el sur, sabes. Tengo que hacer algo de camino antes de que suba el sol. ¿Supongo que no protestarás demasiado si te ato?

—Haga conmigo lo que quiera, patrón.

Sus ojos bajaron cuando dijo eso. Por primera vez en mi vida estuve avergonzado de ser un cerdo machista.

—Esto mejorará algún día, Kaeru, te lo prometo. Y si salgo de esto con toda mi piel, te enviaré un paquete de socorro. Alguna ropa, lápiz de labios, y un libro acerca de la liberación femenina. Ahora… ¿hay algún cuarto de almacén aquí?

Ella apuntó hacia fuera y yo la besé en la frente. Comenzó inmediatamente a quitarse las ropas y se sorprendió cuando la detuve. ¡Pude imaginar fácilmente que románticos amantes eran los hombres grises! Otro crimen del que debían responder. Kaeru no protestó cuando la hice entrar en el almacén y cerré la puerta desde afuera. Sería descubierta en cuanto se retrasase con el desayuno. Pero todo lo que yo necesitaba eran unos minutos de ventaja.

Después de salir, cargué los esquíes hasta que llegué a un trecho helado, donde no se marcarían mis huellas. Solo entonces me los coloqué y me dirigí en dirección opuesta, confundiendo mi rastro otra vez al cruzarme con otras marcas de esquíes. Hubo un buen arreglo de este tipo de cosas antes de encontrarme atrás del espaciopuerto, una vez más abriéndome paso a través de la cerca. Podía escuchar sonidos distantes de excitación, sirenas corriendo y motores arrancando, lo cual parecía indicar que mi visita anterior había sido por fin descubierta. Y ya era hora; tuve que sofocar un bostezo. Y, ¿no estaba el cielo comenzando a iluminarse? Era hora de retirarme. Reparé la cerca y seguí adelante.

Con muy poco esfuerzo alcancé la armería sin ser visto. El hombre que había dejado en el portal se había ido, como todos los de la vecindad. La cerradura se rindió a mis atenciones; pasé como Pedro por su casa y la sellé detrás de mí. Bien hecho, Jim, diablillo tramposo. Inspeccioné el interior con pies de plomo, hallando por fin un cuarto cerrado con granadas de fragmentación, que debían estar sin tocar desde hacía un tiempo. Entré y me acosté detrás de ellas, escondido del mundo; seguro y en tierra, me dejé vencer por la tentación del sueño.

Era maravilloso. Sentí que podía dormir para siempre. Excepto algo que me molestaba. Volví a la conciencia y vi que había luz diurna. ¿Era eso lo que me había despertado?

No, era una llave girando en la cerradura, la puerta crujiendo al abrirse.

Solo podía maldecirme a mi mismo. Había olvidado los lentos buscadores de la escuela. Esta gente no podía ser engañada por una trampa. Una vez que supieron que estaba vivo, simplemente comenzaron una búsqueda por cada edificio de la ciudad. El juego había terminado.

DIECISIETE

Estaba refrescado por el largo sueño, mi corriente sanguínea estaba llena de rica proteína de pescado… y muy enojado conmigo mismo por no hacer un mejor intento de esconderme. Pero, como el resto de nosotros, prefería estar enojado con algún otro antes que admitir que la culpa era mía, de modo que transferí instantáneamente mi temperamento al desventurado hombre que entró por la puerta, esperando hasta que estuvo cerca, surgiendo ante él como un animal de la jungla. Entonces tropecé con los esquís que yo había olvidado y caí dando una vuelta a sus pies. No es que esto hiciera mucha diferencia en los resultados ya que estas personas no tenían ni idea en absoluto de luchas. Fue una vez más el viejo y torcido crujido. Después me puse al hombro los esquís, pasé sobre el cuerpo inconsciente, y espié fuera de la puerta. Más de ellos estaban buscando en el edificio, por todos lados, cuando caminé pesadamente hacia la salida. Uno de ellos me vio e hice tres pasos más antes de que él reaccionara.

—Aquí está. Trata de escapar —dijo monótonamente.

—¡Y haciéndolo también! —grité, corriendo directamente sobre el hombre que entraba. Entonces fue cuestión de ponerme los esquíes y salir.

Desde luego que esto no hizo otro bien que postergar lo inevitable por unos minutos. La cerca estaba reparada, las puertas estaban vigiladas… y mis herramientas estaban en la armería, atrás mío. Mientras corría, preguntándome que hacer ahora, escuché los motores de los vehículos arrancar. ¿Agarrar uno de ellos? Tomar por asalto la puerta. ¿Después qué? Un hombre contra un mundo completo no podría hacer mucho bien en este planeta. Tal vez pudiera encontrar otro escondite en la ciudad.

¿Por qué? No podía escapar de esta gente. ¿Porqué postergar lo inevitable? Dejé de pensar acerca de esto, y entonces recordé lo que podían hacer con el alimentador de axones y arranqué otra vez. Tal vez Hanasu tuviera razón en lo de que el suicidio era la única respuesta. Pero lo rechacé de inmediato; simplemente no soy del tipo suicida, como seguí repitiéndome.

Todo eso me mantuvo ocupado. Corriendo por el espaciopuerto, con una persecución caliente detrás de mí, teniendo ya una buena experiencia sobre el destino que me esperaba, torturando mi deprimida mente por una salida. Con mi atención vagando así, no fui consciente del sonido del cohete hasta que estuvo sobre mi cabeza. Como todos los otros en el campo, me detuve para mirar, y quedé boquiabierto.

Saliendo de las nubes bajas caía a tierra, cabalgando sobre una llama, una pequeña nave exploradora.

Con los anillos unidos de la Liga en su flanco.

—¡Funcionó! —aullé, saltando en el aire. Al aterrizar hice sonidos con mi mano sobre la boca mientras corría hacia la plataforma de aterrizaje. La nave espacial estaba aún rebotando por el aterrizaje cuando llegué. No es necesario decir que nadie me seguía, ya que los lugareños no estaban tan entusiasmados con esta llegada como yo. Cuando la escotilla de tierra se abrió, yo estaba parado debajo de ella.

—Bienvenido a Kekkonshiki —dije al hombre que salió, guiñando los ojos ante el resplandor de los reflectores—. Reclama este planeta para la Liga, oh conquistador.

—No se nada de eso —dijo. Era un hombre joven, con un montón de pelo y barba, usando un sucio y parchado traje espacial—. Tengo el mensaje de recoger a un tal James Bolívar diGriz.

—Lo está usted mirando.

—Y también los lugareños. Solo que ellos vienen con un montón de armas. Suba a bordo.

—No hasta dejar en claro a estos tipos lo que ha sucedido.

Era feliz de ver un rostro familiar al frente del grupo. Kome, el comandante y capitán de la nave que tan mal me había traído.

—Baje el arma —le dije. En su lugar, él la levantó.

—Usted vendrá conmigo. Ambos vendrán.

Vi todo rojo. Esta gente era tan densa que me enfermaba. Lo que habían hecho, el incontable número de muertos que sus planes infernales habían causado, me enfermaba más aún.

—¡No disparen, se los ruego! —gemí, con las manos alzadas, dando tumbos hacia él. Dando un fuerte puntapié en su muñeca, haciendo volar su arma. Lo tomé, agarré su brazo, lo retorcí y apreté el arma en el lado de su cuello tan fuerte como pude.

—¡Escúchenme, idiotas helados! —grité—. Todo ha terminado, finalizado, pasado. Han perdido. No causarán más problemas en la galaxia. Su único poder era el secreto, así podían trabajar como cucarachas dentro de la pared. Pero eso se terminó. ¿Ven la insignia en esta nave? Es una nave de la Liga. Ellos ya saben acerca de ustedes. Saben quienes son y adonde están. La justicia ha llegado en la forma de este atractivo piloto que les trae su mensaje de ira y que les anuncia que acaba de conquistar el planeta.

—¿Lo hice? —jadeó el piloto.

—Cállate, tonto, y haz tu trabajo.

—Mi trabajo era encontrarlo.

—Has sido promovido. Toma sus armas.

Había un pequeño filo de desesperación en mi voz, porque estaban alzando sus armas. Conociendo su disposición, sabía que le dispararían calmadamente a Kome para pegarme a mí. Le di al arma un giro extra y apreté el cañón más profundamente en su carne.

—Vamos, Kome, diles que depongan sus armas y se rindan. Si se dispara un solo tiro, veré que todos ustedes sean torturados hasta la muerte con atizadores calientes.

Kome pensó y pensó en su lenta Kekkonshikiana manera. Entonces tomó una decisión.

—La presencia de esta nave puede ser un accidente.

—Ningún accidente —dijo el piloto—. Le mostraré el mensaje que recibí. Vino con una alarma general ordenando a todas las naves del área venir a este planeta. Hemos estado buscándolos a ustedes por algún tiempo. Tengo el mensaje.

—No hay necesidad del mensaje. Mátenlos a ambos —ordenó Kome en voz alta—. Si mienten será el fin de ellos. Si no mienten, no hay diferencia para nosotros; estaremos muertos.

—Hazte a un lado, Kome —dijo el hombre más cercano, apuntando su arma—. O deberé dispararte.

—Dispárame —fue la respuesta sin tono.

—¡Basta de eso! —ordené, y le disparé al hombre en el brazo; su arma voló por el aire—. No tiene caso.

Ellos pensaban de otra manera. Las armas estaban balanceándose cuando el piloto entregó el mensaje del que había estado hablando. No era el que ellos esperaban. El piloto no era estúpido; los exploradores raramente lo son.

La torreta de la nariz castigó velozmente y una lluvia de granadas explosivas cayó alrededor. No perdí tiempo; pegué a Kome en el cráneo con el arma, para que viniera tranquilamente, y añadí unos cuantos disparos para que los demás mantuvieran bajas sus cabezas. Entré a la compuerta y apreté el botón de cierre. Kome no estaba bastante inconsciente pero una rápida patada en el costado de su cabeza arregló eso. Normalmente no soy cruel, pero esta vez disfruté un placer sádico.

—Manténgase plano, será un despegue a 5 G —dijo el piloto.

Eso era demasiado, y di un golpe al bajar los últimos centímetros hasta el puente; tuve un buen golpe en la parte de atrás de mi cabeza. Para cuando dejé de ver colores poco usuales, la presión había cedido y estaba flotando.

—Gracias —dije, con toda sinceridad.

—Un placer. Allá abajo tiene algunos amigos bastante desagradables.

—Esos son los lunáticos que empezaron esta guerra. Y, me atrevo a preguntar, ¿como está yendo?

—Todavía estamos perdiendo —dijo con obscura pesadumbre—. No hay nada que podamos hacer.

—¡No diga eso, trae mala suerte! Y diríjase a la estación más cercana con un psi, porque tengo negocios urgentes que solucionar. ¿No sabrá si escapó un cargamento de prisioneros de los alienígenas?

—¿Quiere decir los almirantes? Están de vuelta, y son un miserable montón. Quiero decir, normalmente a uno le importa que les pase a los altos oficiales, es como si fueran formas de vida diferentes, o algo así. Pero esto no fue una cosa buena.

—Los curarán. Disculpe mi sonrisa, pero mi esposa e hijos son los responsables por su escape, y eso quiere decir que están a salvo.

—Tiene una buena familia.

—¡Lo puede repetir!

—Tiene una buena familia.

—No me tome tan literalmente, aunque disfruto escuchándolo. Ahora le ruego que exprima a esta cosa y vamos donde el psi. Hay mucho que hacer.

Para cuando llegamos a la estación satélite, había escrito todos mis mensajes. Algo grande, con un montón de armas, y un complemento completo de tropas debía ser retirado de la guerra para llevar la civilización a los nativos de Kekkonshiki. Había instrucciones exactas de cómo hallarían a Hanasu, y de ponerlo a cargo de la pacificación. La justicia, la venganza y todo lo demás vendrían después. Ahora lo importante era neutralizar a los hombres grises, para cuidar nuestro flanco. La guerra aún tenía que ganarse. Leí todos los informes en la nave y para cuando llegamos al Cuartel General del Cuerpo Espacial, había hecho una cantidad de planes. Todos los cuales fueron barridos de mi mente a la vista de la esbelta figura femenina que yo amaba.

—Aire… —jadeé después de varios minutos de cercano y apasionado abrazo—. Es lindo estar en casa.

—Tengo más guardados, pero asumo que querrás ver algo de la guerra primero.

—Si no te importa, preciosa. ¿Tuviste algún problema salvando los almirantes?

—Ninguno. Habías puesto todo en un caos precioso. Los muchachos aprenden rápido y son muy buenos para este tipo de trabajo. Ahora están afuera, en la armada, haciendo cosas importantes. Estaba preocupada por ti.

—Tenías buenas razones… pero ya pasó todo. Por casualidad, ¿no habrás recogido algunos recuerdos cuando pasaste por la tesorería alienígena?

—Se los dejé a los mellizos, que siguen los pasos de su padre. Estoy segura de que han pellizcado un buen poco por su cuenta, pero lo que hayan pasado nos hará ricos e independientes de por vida. Si vivimos.

—La guerra, por supuesto —mi euforia se tornó en depresión con ese pensamiento—. ¿Qué está ocurriendo?

—Nada bueno. Como observaste, los alienígenas por sí solos son más bien estúpidos. Una vez que los hombres grises quedaron fuera de juego, el liderazgo debe haberse dividido. Pero todavía debe haber algunos comandantes bastante brillantes como para salir de abajo de la lluvia, porque lanzaron un ataque con todo. Abandonaron completamente su base. Solo tomaron todo lo que tenían y vinieron detrás de nosotros. Así que corrimos, y todavía estamos corriendo. Solo picoteamos sus fronteras para que crean que estamos de pie y peleando. Pero no podemos permitírnoslo. Ellos nos superan en número y en armas al menos en mil a uno.

—¿Cuánto puede durar?

—Me temo que no mucho más. Ya pasamos casi todos nuestros planetas habitados y pronto estaremos en el espacio intergaláctico. Después de lo cual no podremos retirarnos más. O si lo hacemos los horribles verán lo que estamos haciendo y hasta ellos son lo bastante inteligentes para imaginar esto. Todo lo que tienen que hacer es dejar una pequeña fuerza para mantenernos a cubierto y comenzar a atacar nuestras bases planetarias.

—No lo haces sonar demasiado bien.

—No lo es.

—No te preocupes, dulzura —la agarré y la besé un poco más—. Tu pequeño Resbaladizo Jim salvará a la galaxia.

—Otra vez. Que lindo.

—Me han ordenado venir aquí —dijo una voz familiar—. ¿Para verlos besarse y abrazarse? ¿No saben que hay una guerra en marcha? Soy un hombre ocupado.

—No tan ocupado como lo estará pronto, profesor Coypu.

—¿Qué quiere decir? —gritó con enojo, entrechocando sus protuberantes molares en mi dirección.

—Quiero decir que usted está por construir el arma que nos salvará y que su nombre resonará para siempre en los libros de historia. Coypu, Salvador de la Galaxia.

—Está usted loco.

—No crea que es el primero en decirlo. Llaman locos a todos los genios. O algo peor. Leí un informe altamente secreto de que usted cree en universos paralelos…

—¡Silencio, tonto! Nadie debe saberlo. ¡Especialmente usted!

—Fue un accidente, en realidad. Un protector cayó abierto cuando yo pasaba y el informe cayó afuera. ¿Es verdad?

—Verdad, verdad —musitó infelizmente, tocando sus dientes con la uñas—. Tuve una indicación en su escapada con la hélice del tiempo cuando usted fue atrapado en un lazo de tiempo, en un trozo de historia que no existió.

—Existió para mí.

—Justamente lo que dije. por lo tanto, si un posible pasado diferente puede existir, entonces una infinidad de pasados —y presentes— diferentes debe existir. Es lógico.

—Por cierto que lo es —lo alenté—. De modo que usted experimentó.

—Lo hice. Tuve acceso a universos paralelos, hice observaciones y tomé notas. ¿Pero como puede esto salvar al universo?

—Una pregunta más, por favor. ¿Es posible pasar a esos otros universos?

—Por supuesto. ¿De que otro modo hubiera podido hacer mis observaciones? Envié una pequeña máquina a hacer lecturas, y tomar fotografías.

—¿De qué tamaño es la máquina que puede enviar?

—Depende de la potencia del campo.

—Perfecto. Entonces esa es la respuesta.

—Puede ser una respuesta para ti, Resbaladizo Jim —dijo Angelina, algo perpleja—, pero eso no tiene mucho sentido para mi.

—Ah, pero solo piensa, mi amada, que puede hacerse con una máquina como esa. La colocas en un navío de batalla, con un montón de potencia. El navío se une a nuestra flota espacial, y comienza el combate con el enemigo. Nuestras fuerzas se retiran, el navío de combate por atrás, el enemigo las persigue, el campo es conectado…

—¡Y cada uno de esos terribles arrastrados deslizantes y todas sus armas y demás es enviado a otro universo y la amenaza terminó para siempre!

—Eso es aproximadamente lo que estaba pensando —dije modestamente, frotando mis uñas en mi pecho—.¿Podemos hacerlo, Coypu?

—Es posible, es posible…

—Entonces vamos a su laboratorio y veamos el artefacto, y veamos si es posible tornarlo en algo tangible.

La más nueva invención de Coypu no parecía gran cosa. Un montón de cajas, cables y aparatos varios, desparramados por todo el cuarto. Pero él estaba orgulloso.

—Todavía sin refinar, como verán —dijo—. Componentes en un tablero experimental. Lo llamo mi paralelizador.

—Odiaría tener que decirlo tres veces seguidas rápidamente.

—¡No haga chistes, diGriz! Esta invención cambiará el destino del universo conocido y de al menos uno desconocido.

—No sea tan conmovedor —dije tranquilamente—. Su genio no quedará sin registrar, profe. Ahora, sea tan amable de mostrarnos como funciona su paralelizador.

Coypu resopló y murmuró mientras hacia ajustes en su máquina, ajustaba llaves y tocaba diales, lo usual. Mientras él estaba ocupado, yo también estaba ocupado, dándole a Angelina un rápido abrazo, y recibiendo otro de ella. el profesor, enrollado en su trabajo, no se percató que nosotros estábamos enrollados en el nuestro. Disertó mientras nos besábamos.

—Precisión, eso es lo importante. Los varios universos paralelos están separados solo por el factor de probabilidad, que es muy delgado, como pueden imaginar. Escoger solo una probabilidad entre las incontables posibles es la parte más difícil de la operación. Desde luego, las probabilidades que varían menos de las nuestras son las más cercanas, mientras que las probabilidades de universos completamente cambiados son las más distantes y requieren la mayor potencia. Así que para esta demostración, tomaré el más cercano y abriré el portal a él, ¡así!

Bajó la última llave y las luces disminuyeron, mientras la máquina chupaba toda la potencia disponible. Por todos lados las máquinas zumbaban y chispeaban; el punzante aroma del ozono llenaba el aire. Me separé de Angelina y miré cuidadosamente alrededor.

—Sabe, profesor —dije—. hasta donde veo no ha pasado absolutamente nada.

—¡Usted es un cretino! Mire, aquí, a través del generador de campo.

Miré al gran marco metálico con alambre de cobre arrollado, que brillaba calidamente. Todavía no podía ver nada y así le dije a Coypu. Él chilló de rabia y trató de arrancarse los cabellos; falló, ya que era casi calvo.

—Mire a través del campo y verá el universo paralelo del otro lado.

—Todo lo que puedo ver es el laboratorio.

—Retardado. Eso no es este laboratorio, es el del otro mundo, existe allí, como este existe aquí.

—Perfecto —dije, sonriendo, tratando de no ofender al viejo. Aunque en realidad pensaba que estaba pirado—. ¿Quiere decir que si quiero puedo pasar a través de la pantalla y estaré en otro universo?

—Posiblemente. Pero también puede estar muerto. Hasta ahora no intenté pasar materia viva a través de la pantalla.

—¿No sería hora de probar? —preguntó Angelina, apretándome el brazo—. Solo que con una materia viva distinta de mi esposo.

Aún murmurando, Coypu salió y volvió con un ratón blanco. Puso el ratón en una abrazadera, fijó la abrazadera a un bastón, y pasó lentamente el ratón a través de la pantalla. No pareció pasar absolutamente nada, excepto que el ratón se escurrió de la abrazadera y cayó al piso. Se escabulló y desapareció.

—¿Adonde fue? —pregunté, parpadeando.

—Está en el mundo paralelo, como expliqué.

—La pobre cosa parecía asustada —dijo Angelina—. Pero no parecía estar lastimado de ninguna manera.

—Hay que hacer pruebas —dijo Coypu—. Más ratones, exámenes microscópicos de tejido, determinación espectroscópica de factores…

—Normalmente, sí, profe —dije—. pero hay una guerra y no tenemos tiempo. Hay un economizador de tiempo real que nos permitirá saberlo ahora…

—¡No! —gritó Angelina, más rápida en comprender que el profesor. Pero lo dijo muy tarde.

Porque cuando aun estaba gritando yo pasé por la pantalla.

DIECIOCHO

La única sensación que tuve fue una especie de comezón suave, aunque pudo haber sido producto de mi febril imaginación, ya que esperaba sentir algo. Miré alrededor y todo parecía igual para mi… aunque desde luego todo el equipo paralelizador había desaparecido.

—Jim diGriz, vuelve aquí al instante… o iré yo a buscarte —dijo Angelina.

—En un momento. Este es un instante crucial en la historia de la ciencia y quiero experimentarlo a conciencia.

Era desconcertante mirar hacia la pantalla y encontrar que la visión del otro laboratorio —y de Angelina y el profesor— desaparecía cuando caminaba a un costado. Desde el frente el campo en sí mismo era invisible, aunque cuando caminaba por atrás era claramente visible como una superficie negra aparentemente flotando en el espacio. Por el rabillo del ojo vi algo que se movía: el ratón escurriéndose detrás de un mueble. Esperaba que le gustase esto. Antes de regresar sentí que tenía que marcar de algún modo el importante momento. Tomé mi lapicera y escribí en la pared: RESBALADIZO JIM ESTUVO ACÁ. Que ellos hagan lo que deseen con esto. En ese momento comenzó a abrirse la puerta y salté al instante a través de la pantalla. No deseaba encontrarme con quien fuera que estuviese entrando. Podía ser un duplicado mío del mundo paralelo, lo cual podría ser muy desconcertante.

—Muy interesante —dije. Angelina se interesó en mí y Coypu apagó la máquina—. ¿De que tamaño puede hacer la pantalla?

—No hay límite físico o teórico en tamaño, ya que no existe. Estoy usando bobinas metálicas para contener el campo, pero teóricamente no son indispensables. Una vez que pueda proyectar el campo sin contenedor material, será lo bastante grande para enviar a la flota enemiga completa a través.

—Exactamente mi pensamiento, profesor. Vuelva a su tablero de dibujo y obtenga resultados. Mientras tanto voy a contarles las noticias a nuestros amos.

Juntar a todos los jefes de estado mayor no fue fácil, ya que todos estaban profundamente involucrados en hacer la guerra, ya que no en ganarla. Al fin tuve que trabajar a través de Inskipp, quien usó los poderes del Cuerpo Especial para llamar a reunión. Como estaban usando esta base como cuartel general, les fue difícil ignorar la llamada de su propietario. Yo estaba esperando cuando llegaron, rígido y brillante en un uniforme nuevo, una cantidad de medallas verdaderas, unas cuantas falsas, pinchadas en mi pecho. Se gruñeron unos a otros, encendieron grandes cigarros y miraron en mi dirección con aspecto amenazante, tan pronto estuvieron sentados di unos golpes para llamar su atención.

—Caballeros, estamos perdiendo la guerra.

—No necesitábamos venir aquí para que nos cuentes eso —rugió Inskipp—. ¿Qué pasa, diGriz?

—Los traje aquí para decirles que el final de la guerra está a la vista. Nosotros ganamos.

Eso captó su atención, bien. Ahora todas las cabezas grises miraban en mi dirección, cada ojo amarillento o goteante fijo en mi.

—Esto se realizará por medio de un nuevo dispositivo llamado paralelizador. Con su ayuda la flota enemiga volará hacia un universo paralelo y nunca los volveremos a ver.

—¿De que está hablando este loco? —gruñó un almirante.

—Estoy hablando de un concepto tan novedoso que hasta mi imaginativa mente tiene dificultades para adquirirlo, y no espero que las suyas, fosilizadas, puedan comprenderlo para nada. Pero trataré. —Un bramido profundo atravesó el cuarto, pero al menos ahora tenía su atención—. La teoría es algo como esto. Podemos viajar por el tiempo al pasado, pero no podemos cambiarlo. Ya que obviamente hacemos cambios al ir al pasado, estos cambios ya son parte del pasado del presente en que estamos viviendo. —Una cantidad de ojos ya estaban vidrioso, pero seguí presionando—. Sin embargo, si se hacen cambios mayores en el pasado finalizamos con un pasado diferente para un presente diferente. Uno del que no sabemos nada porque no estamos viviendo en el, pero uno que es real para la gente que existe ahí. Esas líneas de tiempo alternativas, o universos paralelos, eran inaccesibles hasta la invención del paralelizador por el genio de nuestro Cuerpo, el profesor Coypu. Este artilugio nos permite pisar en otros universos paralelos, o volar a ellos, o ir en una cantidad de maneras interesantes. La más interesante será la generación de una pantalla bastante grande como para que la flota alienígena completa vuele a través de ella, de modo que no vuelvan a molestarnos. ¿Preguntas?

Por cierto que la había, y después de media hora de explicaciones detalladas pensé que había convencido a todos que algo horrible les iba a pasar a los alienígenas y la guerra habría terminado, y ellos aprobaron eso. Hubo sonrisas y asentimientos, y hasta algunos vitoreos en voz baja. Cuando habló Inskipp fue obvio que hablaba por todos.

—¡Podemos hacerlo! ¡Terminar esta guerra terrible! ¡Enviar a la flota enemiga a otro universo!

—Eso es totalmente correcto —dije.

—ESO ESTÁ PROHIBIDO —dijo una voz profunda, incorpórea. Hablando aparentemente desde el aire vacío sobre la mesa.

Fue muy impresionante; al menos uno de los oficiales se llevó la mano al pecho, no era claro si por su corazón o por algún sentido religioso. Pero Inskipp, hombre tramposo, no fue engañado.

—¿Quién dijo eso? ¿Quién es el chistoso con el proyector ventrílocuo?

Hubo fuertes gritos de inocencia, y mucho mirar debajo de los muebles. Todo lo cual se detuvo cuando la voz habló nuevamente.

—Está prohibido porque es inmoral. Hemos hablado.

—¿Quién ha hablado? —gritó Inskipp.

—Nosotros, el Cuerpo de Moralidad.

En ese momento la voz venía de la puerta abierta, no del aire, y tomó un instante comprenderlo. Una por una las cabezas giraron y cada ojo se fijó en el hombre cuando entró. Y bien impresionante que era. Alto, con largo cabello y barba blancos, vistiendo una bata blanca larga hasta el piso. Pero Inskipp era difícil de impresionar.

—Está bajo arresto —dijo—. Llamen a los guardias para que se lo lleven. Jamás escuché hablar del Cuerpo de Moralidad.

—Por supuesto que no —contestó el hombre en tono profundo—. Somos demasiado secretos para eso.

—Ustedes, secretos —se burló Inskipp—. Mi Cuerpo Especial es tan secreto que la mayoría de la gente piensa que es un rumor.

—Lo sé. Eso no es tan secreto. Mi Cuerpo de Moralidad es tan secreto que no hay ni rumores de su existencia.

Inskipp estaba enrojeciendo y comenzando a hincharse. Me interpuse antes que explotara.

—Todo eso suena muy interesante, pero necesitaremos una pequeña prueba, ¿no es así?

—Por supuesto —me fijó una mirada acerada—. ¿Cuál es si código más secreto?

—¿Debería decírselo?

—Desde luego que no. Yo se lo diré. Es el Cifrado Vasarnap, ¿o no?

—Podría ser —dije ambiguamente.

—Es —contestó firmemente—. Vaya a la terminal de computadora de Alto Secreto y déle este mensaje en ese cifrado. El mensaje es “Revele todo acerca del Cuerpo de Moralidad”.

—Yo lo haré —dijo Inskipp—. El agente diGriz no está autorizado para el Cifrado Vasarnap. —Eso es cuánto sabía. Sin embargo, todos los ojos estaban sobre él cuando se dirigió a la terminal de ordenador y colocó las llaves. Tomó una rueda de cifrado de su bolsillo, lo conectó a la terminal y escribió el mensaje. El parlante crujió y la monótona voz del ordenador habló.

¿Quién hace este requerimiento?

—Yo, Inskipp, jefe del Cuerpo Especial.

Entonces revelaré que el Cuerpo de Moralidad es la fuerza secreta de mayor prioridad en la Liga. Sus órdenes deben ser obedecidas. Las órdenes serán emitidas por el ejecutivo máximo del Cuerpo de Moralidad. En este momento el ejecutivo máximo es G. Hovah.

—Yo soy G. Hovah —dijo el recién llegado—. Por lo tanto lo repetiré. Está prohibido enviar a los invasores alienígenas a un universo paralelo.

—¿Porqué? —pregunté—. A usted no le importa que los barramos, ¿verdad?

Fijó su inflexible mirada en mí.

—Batallar en autodefensa no es inmoral. Es la defensa del hogar propio y de los seres amados.

—Bien, si no le importa que los barramos… ¿cuál es la queja acerca de mandarlos a otro universo? Eso no les hará ni la mitad del daño.

—Eso no les hará ningún daño. Pero estará enviando alienígenas rapaces, en una gigantesca flota de batalla, a un universo paralelo donde no existían antes. Usted será responsable del asesinato de todos los humanos en ese universo. Eso es inmoral. Un modo debe ser hallado de eliminar al enemigo sin hacer sufrir a otros.

—No puede detenernos —gritó con ira uno de los almirantes.

—Puedo y lo haré —dijo G. Hovah—. Está escrito en la Constitución de la Liga de los Planetas Unidos que no serán permitidos actos inmorales por los planetas miembros o por fuerzas operando bajo las órdenes de los planetas miembros. Hallarán una cláusula incluida en el acuerdo original firmado por todos los representantes planetarios por la cual un Cuerpo de Moralidad será fundado para determinar que es moral. Nosotros somos la autoridad máxima. Decimos no. Encuentren otro plan.

Mientras G. estaba hablando las rueditas de mi cerebro giraban locamente. Finalmente se detuvieron y apareció el número ganador.

—Detengan esta riña —dije, y tuve que repetirlo, gritando, para ser escuchado—. Tengo el plan alternativo. —Esto los silenció y hasta G dejó de pontificar por un momento y escuchó—. El Cuerpo de Moralidad objeta que sería un acto inmoral enviara a todos los horribles a un universo paralelo, donde podrán ejecutar sus deseos contra los seres humanos que existan allí. ¿Ese es su argumento, G?

—Puesto bastante rudamente, pero esencialmente, sí.

—¿Entonces no objetará si enviamos al enemigo a un universo paralelo adonde no existan seres humanos?

Abrió y cerró la boca varias veces; después me miró con fiereza. Sonreí y encendí un cigarro. Los almirantes zumbaban, mayormente confundidos dado que no eran muy brillantes, o se habrían alistado en la marina de paz.

—Me gustaría una segunda opinión —dijo finalmente G. Hovah.

—Como usted guste, pero hágalo rápido.

Me miró ferozmente, pero sacó un pendiente de oro que colgaba de su cuello y susurró en él. Después escuchó. Y asintió.

—No sería inmoral enviar a los alienígenas a un universo donde no haya seres humanos. He hablado.

—¿Qué está pasando? —preguntó un desconcertado almirante.

—Es muy simple —le dije —. Hay millones, billones, probablemente un número infinito de galaxias paralelas. En este número debe seguramente haber uno donde el Homo Sapiens nunca existió. Puede haber hasta una galaxia poblada solo por alienígenas donde nuestros enemigos serán bienvenidos.

—Te acabas de ofrecer voluntario para hallar el correcto —ordenó Inskipp—. Muévete, diGriz, y encuentra el mejor sitio para enviar esa flota de guerra.

—No deberá ir solo —anunció G. Hovah—. Hemos estado vigilando este agente por largo tiempo, ya que es el hombre más inmoral del Cuerpo Especial.

—Muy satisfactorio —dije.

—De manera que no creemos en su palabra para nada. Cuando el busque la galaxia paralela correcta uno de nuestros agentes lo acompañará.

—Está bien —le dije—. Pero le ruego no olvidar que hay una guerra en marcha y no quiero uno de sus moralistas pies-de-plomo, cantante de salmos, colgado de mi cuello.—G. estaba susurrando instrucciones en su comunicador—. Esta es una operación militar y me muevo rápido…

Me callé cuando ella entró por la puerta. El mismo traje de G., si la bata larga significaba algo, pero estaba llena de manera bastante diferente. Algunas curvas bastante interesantes, reveladas más bien que escondidas. Cabello color de miel, labios rosa, ojos brillantes. Un paquete muy atractivo en todas las formas.

—Esta es la agente Íncuba, quien lo acompañará —dijo G.

—Bien, en ese caso retiro mis objeciones —dije, alisándome el cabello—. Estoy seguro de que es una oficial muy eficiente…

—¿Oh, sí? —dijo una voz que salía del aire, la segunda vez en este día. Solo que esta vez era una voz femenina que reconocí al instante—. Si piensas que vas a estar saltando galaxias solo con esta escuálida sexy, Jim diGriz, estás muy equivocado. Lo mejor es que reserves tres boletos.

DIECINUEVE

—¿Qué clase de conferencia secreta es esta? —aulló Inskipp—. ¿Están todos escuchando esto? Esa era tu esposa en el circuito de escucha, diGriz, ¿no es verdad?

—Sonaba bastante parecida a ella —dije un poco demasiado alegre—. Apuesto a que usted debe comprobar los arreglos de seguridad. Pero deberá cuidar de ello usted mismo porque tengo que ver algunas otras galaxias y es un asunto que lleva tiempo. Caballeros, tendrán mi informe a la brevedad.

Salí, seguido por Íncuba unos pocos pasos atrás. Angelina esperaba en el corredor. Sus ojos brillaban como una leona, sus uñas semejantes a garras. Su mirada flameante me secó la piel. Volvió su mirada destructiva hacia Íncuba.

—¿Planeas usar esa bata de baño en este arduo viaje? —preguntó, con su voz cerca del cero absoluto. Íncuba la miró de arriba a abajo, sin cambiar su expresión a pesar que las aletas de su nariz se ensancharon levemente, como si hubiese olido algo en mal estado.

—Probablemente no. Pero lo que sea que use, será ciertamente más práctico… y más atractivo que eso.

Antes que el conflicto escalase, tomé el camino del cobarde y dejé caer una mini granada de humo. Detonó y humeó, haciendo que quitasen su atención de sus diferencias por un instante. Hablé rápidamente.

—Damas, salimos en media hora. Por favor, estén listas. Voy al laboratorio ahora para arreglar las cosas con el profesor Coypu y las espero allí.

Angelina se unió a mí, agarrando mi brazo, con sus garras profundamente clavadas, marchando conmigo por el corredor, siseando palabras en mi oído… y mordiéndolo para enfatizarlas.

—Un paso hacia esa fulana, una mirada, un toque de tu mano en la suya, y eres hombre muerto, Viejo Pringoso Jim diGriz.

—¿Qué ocurrió con eso de inocente-hasta-que-se-pruebe-lo-contrario? —gimoteé, frotando mi dolorido lóbulo—. Te amo a ti y a nadie más. Ahora, podemos dejar esto y seguir con la guerra. Y tenemos a Coypu para conducir la investigación.

—Usted puede elegir una sola galaxia —dijo Coypu, cuando le expliqué la situación.

—¿Qué quiere decir? —yo estaba conmocionado—. Billones, una cantidad infinita, dijo.

—Así es. Existe esa cantidad. Pero para objetos grandes, como naves espaciales, solo tenemos acceso a seis. Después la demanda de energía es demasiado grande para abrir una pantalla de más de dos metros de diámetro. No va a meter demasiados alienígenas en un agujero de ese tamaño.

—Bien, al menos tenemos seis universos. ¿Por qué dice usted solo uno?

—Porque en los otros cinco este laboratorio existe y me he observado a mi mismo o a otros humanos en él. En el sexto, que llamo Espacio Seis, no hay laboratorio o base del Cuerpo. La pantalla se abre en el espacio interestelar.

—Entonces es el que debemos probar —dijo una voz dorada, e Íncuba atravesó la puerta. Estaba encantadoramente ataviada con un ajustado traje de vuelo, botas negras arrugadas y otras interesantes cosas que supe que era mejor no notar, ya que Angelina estaba justo detrás de ella. Volví mi mirada a Coypu, más feo pero más seguro.

—Entonces es el que debemos probar —le dije.

—Pensaba que diría eso. Tengo la pantalla del paralelizador proyectada afuera de este edificio. Tiene un diámetro de cien metros, le sugiero que obtenga una nave espacial con un diámetro menor y le daré las instrucciones de ahí en adelante.

—Gran idea. Un explorador Lancer irá bien para este trabajo.

Salí, con mi leal tripulación detrás de mí. Firmé por el explorador y realicé la revisión pre-vuelo con la asistencia de Angelina. Íncuba quedó fuera del cuarto de control, lo que hizo la vida más fácil de vivir.

—Siempre quise ver otro universo —dije brillantemente.

—Cállate y vuela esta cosa.

Suspiré y busqué a Coypu en la radio.

—Vuele a cuarenta y seis grados de su posición actual —dijo—. Verá un anillo circular de luces.

—Lo tengo.

—Entonces pase a través. Y le sugiero que fije con cuidado su posición del otro lado y deje un radio faro también.

—Muy servicial de su parte. Podríamos querer volver algún día.

La nave espacial se escurrió a través del anillo, que desapareció detrás nuestro. En los visores traseros, podía ver un disco de negrura que ocultaba las estrellas.

—Posición registrada, faro lanzado —dijo Angelina.

—Eres maravillosa. Noto de los registros que ayuna linda estrella G2 por ahí, a unos cincuenta años luz. Y la radio dice que estaba emitiendo señales de radio hace unos cincuenta años. ¿Debemos ir a mirar?

—Sí. ¡Y eso es todo lo mirarás!

—¡Mi amor! —tomé sus manos entre las mías—. Yo tengo ojos solo para ti. —Y vi que estaba sonriendo, luego riendo y nos abrazamos rápidamente—. ¿Me estabas provocando?

—Un poquito. Pensé que sería lindo hacer este viaje y esa parecía una buena razón. Y te colocaré lentes rotos si te acercas a esa pollita del Cuerpo de Moralidad.

—No temas. Estoy demasiado ocupado salvando otra vez a la galaxia.

Cuando salimos de impulso warp Íncuba se unió a nosotros en los controles.

—¿Hay dos planetas habitados cerca de ese sol?

—Eso es lo que nos dicen los instrumentos y la radio. Le echaremos una mirada al más cercano.

Fue un rápido salto en warp y estábamos cayendo en la atmósfera. Cielo azul, nubes blancas, un sitio muy placentero. La radio estaba sonando con una música muy siniestra, con ráfagas ocasionales de algún incomprensible lenguaje. Ninguno de nosotros se sentía como para hablar. Que, o quien, habitaba este planeta era de la máxima importancia. Más y más abajo, hasta que el paisaje se aclaró por debajo de nosotros.

—Casas —dijo Angelina, sonando muy infeliz—. Y campos arados. Se parece mucho a casa…

—No, no lo es —grité, girando la magnificación.

—¡Maravilloso! —suspiró Angelina y lo era. Al menos en este momento. Algo con demasiadas piernas estaba tirando de un arado. Manejando el arado había un alienígena muy repulsivo que habría estado en su propia casa con nuestros enemigos.

—¡Un universo alien! —reí al hablar—. Ellos pueden venir acá y hacer amigos y vivir felices, después de todo. Volvamos con las buenas noticias.

—Investiguemos el otro planeta —dijo tranquilamente Íncuba—. Y los que haga falta para determinar si existen humanos aquí.

Angelina le dirigió una mirada helada y yo suspiré.

—Seguro. Eso es lo que debemos hacer. Mirar alrededor y asegurarnos que son todos bichos. Desde luego así será.

Mi gran bocaza. Fuimos al segundo planeta y vimos fábricas y minas, ciudad y campo. Habitados por los humanos con más forma de humanos que jamás había visto.

—Tal vez sean alienígenas por dentro —dije, agarrándome a una paja.

—¿Debemos abrir a uno e investigar? —preguntó seriamente Angelina.

—Abrir a otras criaturas, humanas o no, está prohibido por el Cuerpo de Moralidad.

Las palabras de Íncuba fueron interrumpidas por una ráfaga de estática de la radio y palabras gritadas en un lenguaje extraño. En ese momento comenzaron a parpadear las lecturas de los instrumentos y miré a la pantalla. Y señalé hacia atrás.

—Tenemos compañía —dije—. ¿Nos vamos?

—No quiero hacer nada apurada —dijo Angelina.

Afuera, y muy cerca, había una malévola nave de guerra negra. Algunas de las armas tenían caños sobresalientes, bastante grandes como para meter nuestra pequeña nave adentro. Y estoy seguro que no era por casualidad que nos apuntaban. Estaba alcanzando los controles de potencia cuando sentí los potentes rayos tractores engancharse en nuestra nave.

—Creo que debo ir a hablar con ellos —dije, levantándome y yendo al armario de los trajes—. Cuiden el negocio hasta que vuelva.

—Yo voy contigo —dijo firmemente Angelina.

—No esta vez, luz de mi vida. Y eso es una orden. Si no vuelvo, debes hacer un informe acerca de lo que hemos visto.

Con esta noble línea de salida, salí, me puse el traje y floté por el temible vacío, donde una puerta se abrió amablemente para mí. Caminé hacia adentro, con la cabeza en alto, y me alegré un poco al ver que el grupo de recepción era todo humano. Tipos de ojos duros en uniformes ajustados.

—¡ Krzty picklin stimfrx! —me ladró el tipo con más galones dorados.

—Estoy seguro de que es un gran lenguaje, pero no lo hablo.

Me escuchó con atención… y emitió una rápida orden. Los hombres corrieron y regresaron con una caja metálica, cables, enchufes y un casco de aspecto maligno. Traté de esquivarlo, pero unas armas de aspecto eficiente pegadas a mis costillas me hicieron desistir. Fue colocado sobre mi cabeza, se hicieron ajustes, y el oficial habló nuevamente.

—¿Ahora puede comprenderme, gusano de un intruso? —preguntó.

—Por cierto que puedo y no es necesario un lenguaje tal. Vengo de muy lejos y no necesito insultos suyos.

Sus labios se abrieron para mostrar sus dientes y creí que estaba por clavarlos en mi garganta. Los demás presentes jadearon por la conmoción.

—¡Sabe quien soy! —gritó.

—No, ni me importa. Porque usted no sabe quien soy yo. Tiene usted el placer de estar en presencia del primer embajador de un universo paralelo. Entonces Podría decirme hola.

—Está diciendo la verdad —dijo un técnico, mirando sus temblequeantes agujas.

—Bueno, eso es diferente —dijo el oficial, instantáneamente calmado—. No se esperaría que usted conociera las restricciones de cuarentena. Mi nombre es Kangg. Vamos a tomar un trago y cuénteme que está haciendo aquí.

El alcohol no era malo y ellos estaban fascinados por mi historia. Antes de que terminase enviaron por las damas y brindamos todos juntos.

—Bien, buena suerte en su búsqueda —dijo Kangg, alzando su vaso—. No envidio su trabajo. Pero como puede ver tenemos nuestro problema extranjero y lo último que necesitamos es una invasión. Nuestra guerra terminó alrededor de un millar de años atrás y fue una cosa de corto alcance. Volamos todas las naves espaciales alienígenas y nos aseguramos que los bichos permanezcan en sus propios planetas. Están listos para lanzarse sobre nuestras gargantas en cualquier momento, así que los vigilamos con patrullas como la mía.

—Deberemos volver a casa e informaré que sería inmoral enviar a la flota acá —dijo Íncuba.

—Podemos prestarles unos pocos acorazados —ofreció Kangg—. Pero realmente estamos demasiado extendidos.

—Informaré de su oferta, y gracias —dije—. Pero me temo que precisamos una solución más drástica. Tenemos que volver porque necesitamos una respuesta pronto.

—Espero que lo solucione. Estos verdosos pueden ser muy molestos.

Fue con la mayor oscuridad que regresamos a nuestra nave y establecimos curso a la baliza. El alcohol del mundo paralelo debe haber estado trabajando en mi cerebro, o la desesperación lo puso en la marcha más rápida, porque de repente tuve un pensamiento muy interesante.

—¡Lo tengo! —grité con alegría descontrolada—. La respuesta a nuestros problemas al fin. —surgimos de la pantalla y aterricé como un loco en la compuerta más cercana—. ¡Vengan conmigo y escuchen que es!

Corrí, con las chicas por detrás, apareciendo en la sala de reuniones cuando los jefes de estado mayor se estaban congregando en respuesta a mi llamada de emergencia.

—¿Entonces podemos enviar allí a los alienígenas? —preguntó Inskipp.

—De ningún modo. Ellos tienen sus propios problemas con alienígenas.

—¿Entonces que hacemos? —se lamentó un senil almirante—. Seis galaxias paralelas y todas ellas tienen seres humanos. ¿Adonde enviaremos a los alienígenas?

—A ninguna de ellas —dije—. Los enviaremos a otro lugar. Lo comprobé con Coypu y el dijo que es posible y está murmurando algo sobre unas ecuaciones ahora.

—¿Adonde? ¡Dinos! —ordenó Inskipp.

—Cuando, usamos el viaje en el tiempo. Los enviaremos a través del tiempo.

—¿Al pasado? —estaba confuso.

—No, eso no funcionaría. Ellos estarían colgando por ahí, esperando que la raza humana se desarrolle. Para barrernos. El pasado no es bueno. Los enviaremos al futuro.

—Estás loco, diGriz. ¿Qué lograrías con eso?

—Mire, los enviamos a cien años en el futuro. Y mientras están en camino, tenemos a todas las mejores mentes científicas trabajando en la forma de derrotarlos. Tenemos cien años para hacerlo. Desarrollamos algo y, en cien años a partir de ahora, nuestra gente está esperando por ellos; cuando aparecen se hacen cargo de la amenaza de una vez por todas.

—¡Maravilloso! —dijo Angelina—. Mi marido es un genio. Ajusten la máquina y envíenlos al futuro.

—ESO ESTÁ PROHIBIDO —dijo desde arriba una profunda voz.

VEINTE

El sorprendido silencio que siguió a este inesperado anuncio continuó por un latido de corazón, o dos, y fue interrumpido drásticamente cuando Inskipp extrajo su arma y comenzó a agujerear el techo.

—¡Reunión secreta! ¡Alta seguridad! ¡Porqué no transmitimos esta sesión por TV… sería más privado!

Echaba espuma mientras hablaba y quitaba de en medio a los ancianos almirantes que intentaban detenerlo. Salté sobre la mesa y lo desarmé, aturdiéndolo un poco en el proceso, de manera que cayó, con los ojos vidriosos, sobre su asiento, donde murmuró para si mismo.

—¿Quién dijo eso? —grité.

—Yo fui —dijo un hombre, apareciendo súbitamente en medio del aire, acompañado por un neto estallido. Cayó una corta distancia hasta la mesa, y saltó cuidadosamente al piso.

—Yo he parlado, nobles caballeros. Me apelo Ga Binete.

Era algo digno de ser visto, con sus ropas sueltas de terciopelo, botas altas, un gran sombrero con una pluma rizada, mostachos también rizados, que el retorcía con su mano libre. La otra mano descansaba sobre el pomo de su espada. Ya que Inskipp seguía murmurando, tuve que hablar yo.

—No me importa si apela. ¿Cuál es su nombre?

—¿Nombre? Nomem… Yo soy nominado Ga Binete.

—¿Qué le ha dado el derecho de venir a irrumpir en una reunión secreta como esta?

—En verdad, no hay secretos escondidos para nos, los Condestables Temporales.

—¿La Policía del Tiempo? —Eso era algo nuevo—. ¿Viajeros del tiempo del pasado? —Esto estaba comenzando a confundirme incluso a mi.

—¡Por la daga de Dios, mozuelo, que no! ¿Porqué creéis eso?

—Yo creéis eso porque esa vestimenta y ese lenguaje no han sido usados por tal vez treinta y dos mil años.

Me dirigió una mirada maligna e hizo algunos rápidos ajustes en el pomo de su espada.

—No sea tan condenadamente superior —disparó Ga Binete—. Trate de saltar de tiempo en tiempo, aprendiendo todos esos complicados lenguajes y dialectos. Entonces no sería tan rápido para…

—¿Podemos volver a nuestro asunto? —interrumpí—. Usted es Policía del Tiempo, no del pasado. De modo que —voy a apostar— ¿del futuro tal vez? Solo asienta con la cabeza, está bien. Eso es directo. Ahora díganos porqué no podemos disparar a esos alienígenas a un par de siglos de tiempo.

—Porque está prohibido.

—Ya lo dijo antes. Déme algunas razones.

—No tengo que darle ninguna —me dirigió una fría mirada—. Pudimos enviar una bomba H en lugar mío, así que, que tal si se callan y me escuchan.

—Él está en lo cierto —dijo temblorosamente uno de los seniles almirantes—. Bienvenido a nuestro tiempo, ilustre viajero del tiempo. Dénos sus instrucciones, si le place.

—Así está mejor. Respete a quien debe respetar, si no le importa. Todos ustedes tienen permitido saber que es trabajo de la Policía del Tiempo es vigilar el tiempo. Nosotros vemos que no ocurran paradojas, que los usos equivocados del viaje en el tiempo, como el plan propuesto por ustedes, no ocurran. El mismo tejido del tiempo y la probabilidad sería forzado por eventos como ese. Está prohibido.

Hubo un ominoso silencio siguiendo a esas noticias, durante cuyo transcurso pensé furiosamente.

—Dígame, Ga Binete —dije—. ¿Es usted humano o un alienígena disfrazado?

—Soy tan humano como usted —dijo iracundo—. Tal vez más.

—Eso es bueno. Entonces, si usted es un humano del futuro, los alienígenas nunca barrieron a los seres humanos de la galaxia, como planeaban. ¿Correcto?

—Entonces, ¿cómo ganamos la guerra?

—La guerra es ganado por… —cerró su boca y se puso de un rojo encendido—. Esa es información tiempo-clasificada y no se las puedo dar. Imagínenlo ustedes mismos.

—No trate de encajarnos mierda de colores —gruñó Inskipp desde lo profundo de su garganta, por fin recuperado—. Usted dice paren el único plan que puede salvar a la raza humana. Seguro, digo yo, lo detendremos… si usted nos dice que otra cosa podemos hacer. O seguiremos adelante con lo planeado.

—Está prohibido decirlo.

—¿Puede al menos insinuarlo? —sugerí.

Pensó por un momento, y sonrió. No me gustó la sonrisa.

—La solución debe ser obvia para alguien de su inteligencia, diGriz. Está todo en la mente.

Saltó en el aire, golpeó sus talones uno contra el otro… y desapareció.

—¿Qué quiso decir con eso? —dijo Inskipp, frunciendo el ceño con concentración.

¿Qué quiso decir? Era una indicación dirigida a mí, de modo que yo era capaz de resolver el enigma. La primera parte estaba ahí para confundirme, estaba seguro, la parte de mi inteligencia. Está todo en la mente. ¿Mi mente? ¿Qué mente? ¿Era una idea que no había pensado antes? ¿O estaba él realmente hablando de mentes? No tenía idea.

Íncuba estaba mirando soñadoramente al espacio, pensando profundos pensamientos morales, sin duda. Estaba comenzando a pensar que era bastante tonta. Pero Angelina no. Su amorosa frente estaba arrugada por pensar, su mente tenía una potencia tan alta como su cuerpo. Entrecerró sus ojos, concentrándose… y los abrió de súbito. Y sonrió. Cuando me encontró mirándola, su sonrisa se ensanchó, y me hizo un guiño. Alcé mis cejas, en silenciosa pregunta, y ella asintió en respuesta, muy levemente.

Si yo estaba leyendo correctamente los signos, toda esta comunicación no verbal indicaba que ella había resuelto el enigma. Habiendo visto recientemente que real cerdo machista era, estaba comenzando a abandonar este rol. Si Angelina tenía la respuesta, humildemente y con gratitud la aceptaría de ella. Me acerqué a ella.

—Si lo sabes… dilo —dije—. El crédito a quien lo merece.

—Estás madurando a medida que los años pasan, querido —me sopló un beso, y alzó su voz—. Caballeros. La respuesta es obvia.

—Bien, no para mí —dijo Inskipp.

—Todo está en la mente, eso es lo que dijo. Lo que significa control mental…

—¡Los hombres grises! —grité—. ¡Los pisa cerebros Kekkonshiki!

—Todavía no lo veo…

—Porque usted solo puede ver una batalla física, viejo guerrero —dije—. Lo que ese pesado de viajero en el tiempo insinuó puede finalizar la guerra por completo.

—¿Cómo?

—Haciendo cambiar las mentes de los alienígenas. Haciéndolos aprender a amar a los seres humanos, así pueden cambiar su poderío industrial a reparaciones de guerra, y hacer de este universo un modelo para los demás. ¿Y quienes son los maestros del cambio de mentes? Nadie más que los Kekkonshiki. Ellos me dijeron que sus técnicas de psico-control funcionan en todas las razas. Vamos a ponerlos a prueba.

—¿Y como cree que querrán hacerlo? —preguntó un almirante.

—Después trabajaremos en los detalles —dije, significando que no tenía la más ligera idea en este momento—. Ordene un crucero de combate y cuide que esté lleno de infantes espaciales. Me voy ya a preparar la salvación de la galaxia.

—No estoy segura acerca de esto —dijo Íncuba—. Hay una cuestión de moralidad en la manipulación de mentes… —Sus palabras murieron y ella se desplomó en el piso.

—Pobrecita, se desmayó —dijo Angelina—. Toda esa tensión, saben. Voy a llevarla a sus habitaciones.

¡Desmayada, en efecto! Había visto a mi esposa en acción antes. Cuando ella sacó a la chica inconsciente del cuarto, me moví rápidamente, sacando ventaja del tiempo que ella me había comprado.

—¡El crucero de batalla! Envíelo a la compuerta ahora, yo voy a bordo.

—Correcto —dijo Inskipp—. Está en camino.

Se había percatado del jueguito y estaba tan deseoso como yo de lanzar al proyecto mientras el observador del Cuerpo de Moralidad estaba accidentalmente indispuesto.

Hicimos un viaje rápido y silencioso. Por razones de seguridad impuse silencio de radio de las repetidoras. Y le dije al psi que no aceptase mensajes dirigidos a nosotros.

De manera que cuando el frígido mundo Kekkonshiki apareció en las pantallas delanteras, todavía no me habían ordenado retroceder. Y, después de haberle dado al tema una buena cantidad de concentración, supe lo que tenía que hacer.

—Rompa el silencio de radio y contacte con el grupo de aterrizaje —ordené.

—Estamos en contacto —dijo el operador—. Pero no han aterrizado. Su nave está aún en órbita.

—¿Qué sucedió?

—Aquí está el comandante, señor.

Un oficial con la cabeza vendada apareció en la pantalla. Saludó cuando vio todos los galones dorados que yo estaba usando.

—Insisten en combatir —dijo—. Mis órdenes fueron pacificar el planeta, no volarlo. De modo que cuando todos los intentos de comunicación fallaron, me retiré. Después de neutralizar sus naves espaciales.

—Saben que no pueden ganar.

—Usted lo sabe y yo lo sé. Ahora trate de decírselo a esos locos.

Debía haber esperado esto. Los fatalistas Kekkonshiki preferirían morir antes que rendirse. En efecto, probablemente no conocían la palabra, un concepto extraño a su Filosofía Moral de supervivencia. Había una sola persona en el planeta —esperaba que estuviera vivo— que posiblemente podía arreglar eso.

—Permanezca en órbita, comandante, y espere instrucciones. Esta nave se reunirá con usted después que yo haga contacto en el planeta. Oirá sobre mi cuando sea el momento de aterrizar.

En una hora había emitido todas las órdenes, había recolectado todo el equipamiento que podía necesitar, y estaba flotando hacia abajo en un traje espacial hacia el blanco planeta de abajo. El gravicaída ralentizó mi caída y el visor infrarrojo me permitía ver claramente a través de la espesa nieve. Me dirigí hacia un edificio familiar y caí, no muy livianamente, sobre un techo donde había estado antes. Estaba todo muy frío y muy deprimente, porque había esperado haber visto este mundo en particular por última vez.

Supongo que podía haber aterrizado en tierra y entrado por la puerta del frente, llevando un pelotón de infantes para ayudarme, disparando a cualquier posición. Pero no era eso lo que quería. Un contacto tranquilo con Hanasu primero, antes que nadie supiese que estaba de vuelta. El hecho de que fuese bien después de obscurecer me había convencido que volver a recorrer mi antigua ruta podía ser el mejor camino. Forcé la puerta trampa y, después de mucho meneo y resoplido, pude introducirme con mi traje espacial a través de la abertura y dentro del edificio. Primer paso cumplido. Me quité la pesada vestimenta, abrí la puerta por la que esperaba fuese la última vez, y caminé silenciosamente por el corredor.

—Eres el enemigo, debes ser muerto— dijo un muchachito en voz monótona, y se lanzó contra mi. Di un paso a un costado, de manera que tropezó y cayó, dándome un blanco perfecto. La aguja de mi arma penetró fácilmente los fondillos de sus pantalones, y él suspiró y se relajó. Me lo metí bajo el brazo y continué lo más silenciosamente que pude.

Para cuando empujé la puerta de Hanasu, llevaba a cuatro de ellos juntos, y comenzaba a tambalearme. Él me miró desde atrás de su escritorio y, si fuese capaz de sonreír, en ese momento lo habría hecho.

—Todo funcionó como usted lo planeó —dijo—. El mensaje fue recibido. Usted escapó.

—Lo hice, y estoy de vuelta. Con algunos amiguitos que no están felices de verme.

—Escucharon las transmisiones de radio de Kome y no saben que creer. Están ansiosos.

—Bueno, estos están bastante quietos ahora. Déjeme ponerlos cómodos en su piso.

—Usaré el alimentador de axones. No recordarán nada.

—No esta vez. Dormirán bastante como para no molestar. Ahora dígame que sucedió después que me fui.

—Confusión. No está escrito en ninguna parte de nuestra Filosofía Moral que hacer en tiempos como estos. Por lo tanto, cuando Kome dio órdenes de luchar o morir, fue obedecido. Todos pueden entender eso. No hay forma de que yo pueda combatirlo por mí mismo, así que no hice nada. Esperé.

—Muy sabio. Pero ahora que estoy aquí hay algo muy importante que puede hacer.

—¿Qué es?

—Convencer a su gente que deben tomar sus disfraces de alienígenas otra vez y controlar a los alienígenas.

—No comprendo. ¿Quiere que aliente la guerra otra vez?

—No. Más bien lo opuesto. Quiero detenerla.

—Debe explicármelo. Esto me sobrepasa.

—Primero déjeme hacerle una pregunta. ¿Pueden usarse los generadores sinápticos sobre los alienígenas? Para convencerlos de que los seres humanos son muy agradables, después de todo. Tenemos globos oculares húmedos y transpiramos mucho. Los dedos no son muy diferentes de los tentáculos, cuando lo piensas. ¿Puede hacerse?

—Muy fácil. Debe comprender que los alienígenas provienen de culturas primitivas y se pueden dirigir fácilmente. Cuando comenzamos a infiltrarnos para organizar la invasión, al principio nos topamos con la indiferencia. Para superar esta los dirigentes fueron tratados y enseñados a odiar a los seres humanos. Luego, a través de la propaganda, convencieron al resto de la población. Tomó un largo tiempo, pero esa es la forma en que se hizo.

—¿Puede invertirse el proceso de adoctrinación?

—Creería que sí. Pero, ¿como puede convencer a mi gente de hacer eso?

—Esa es la gran pregunta que viene. —Me paré y caminé por el cuarto, poniendo en orden mis pensamientos, pasando sobre los roncadores cuerpos de los muchachos—. Lo que debe hacerse, debe ser hecho a través de las enseñanzas de la Filosofía Moral tal como ustedes la practican. Estaba equivocado, enojado cuando le dije que esta cultura debía ser destruida. No debe serlo. Es una cultura vital, una cultura importante, que contiene elementos que pueden beneficiar a toda la humanidad. Solo está mal aplicada cuando abandona la superficie de este planeta. ¿Es algo inherente a la Filosofía Moral, FM, que diga que ustedes deben ser los conquistadores de la galaxia?

—No. Aprendemos a odiar a aquellos que nos abandonaron en este planeta porque debemos creer que nunca vendrán a rescatarnos. Debemos salvarnos solos, la supervivencia es el principio y el fin. Todo lo que vaya contra ella está equivocado.

—¡Entonces Kome y su discurso de suicidio racial está equivocado!

Para un Kekkonshiki, Hanasu parecía casi ansioso.

—¡Por supuesto! Sus predicas van en contra de la ley. Todo debe ser dicho.

—Lo será. Pero ese es el punto uno. Ahora piense nuevamente en las leyes de la FM. Usted sobrevive. Usted es superior al resto de la humanidad. Usted odia a quienes lo abandonaron, largo tiempo atrás. Pero la gente que vive hoy ni siquiera sabe de ese abandono, ni es responsable de él. En consecuencia, no es necesario odiarla. Mejor aún, ya que los Kekkonshiki son superiores a toda la demás gente, ustedes son moralmente responsables de ayudarlos a sobrevivir si son amenazados. ¿Cómo se ajusta esto a las reglas de la FM?

Hanasu estaba rígido, con los ojos muy abiertos, su mente hecha un caos mientras razonaba estas inusuales ideas. Asintiendo con la cabeza.

—Es tal como usted dijo. Es una cosa novedosa aplicar la Filosofía Moral a una situación nueva. Nunca antes ha sido hecho. Acá no había situaciones nuevas. Ahora las hay. Hemos estado equivocados y ahora veo como hemos estado equivocados. Simplemente reaccionamos frente a otros seres humanos. Fuimos emocionales. Violamos las creencias básicas de la Filosofía Moral. Cuando lo explique todos lo comprenderán. Salvaremos a la raza humana. —Se volvió hacia mi y estrechó mi mano—. Usted nos ha salvado de nosotros mismos, mi amigo. Hemos roto las creencias porque teníamos que hacerlo. Ahora haremos lo correcto. Iré adelante y hablaré.

—Vamos a prepararlo. Debemos asegurarnos que Kome no dispare primero y debata después. Si lo mantenemos tranquilo, ¿cree que pueda convencer a las tropas?

—Sin duda. Nadie verá con desagrado lo que yo diga, porque explicaré la ley como está escrita, como está enseñada, como la han aprendido desde que eran niños como estos de aquí.

Como si esperasen una señal, algunos de estos mismos niños pequeños irrumpieron por la puerta abierta. Había un montón de ellos, llenando la puerta, todos fuertemente armados. Dirigido por uno de sus maestros, que apuntó la pistola directamente a mí.

—Baje su arma —ordenó—. Le dispararé y lo mataré si no lo hace.

VEINTIUNO

Por supuesto, mi arma estaba apuntando a la manada; mis reflejos se encuentran todavía en buena forma. Me había tensado y agazapado automáticamente cuando la puerta crujió. Ahora me levanté lentamente y dejé que el arma cayera a mi lado. Estaba seriamente sobrepasado en número, con armas mortíferas en manos de niños nerviosos.

—¡No disparen, estoy asustado —dije.

—¿Qué significa esto? —dijo Hanasu, levantándose y caminando hacia la puerta—. Bajen esas armas. Es una orden.

Los niños obedecieron al instante —sabían quien era el jefe— pero el maestro dudó.

—Kome dijo…

—Kome no está aquí. Kome está equivocado. Por última vez le ordeno bajar su arma. —El maestro dudó por un instante demasiado largo. Hanasu se volvió hacia mi—. Dispárele —ordenó.

Por supuesto lo hice, y él cayó al piso. Con una aguja anestésica, desde luego, pero los niños no tenían porque saberlo.

Y dudaba de que a Hanasu le importase. No estaba acostumbrado a que sus órdenes fueran desobedecidas.

—Dame esa arma —ordenó al niño más cercano—. Y llama a una asamblea de toda la escuela, de inmediato.

Ellos entregaron sus armas y salieron al instante. Yo arrastré el cuerpo del maestro y lo dejé cerca de sus alumnos. Hanasu cerró la puerta, hundido en sus pensamientos.

—Esto es lo que haremos —dijo finalmente—. Explicaré a todos las diferencias en los términos de la Filosofía Moral. Han tenido problemas con conflictos internos acerca de su aplicación, y estos problemas deben ser resueltos. Después que lo hayan comprendido marcharemos hacia el espaciopuerto. Kome y sus activistas están allí. Explicaré otra vez y ellos se nos unirán. Entonces usted hará bajar a su nave y procederemos con la segunda parte del programa.

—Suena muy bien. ¿y si no están de acuerdo con usted?

—Deberán hacerlo. Porque no es conmigo con quien acuerdan, sino con el texto de la Filosofía Moral, tal como está escrito. Una vez que comprendan, no será cuestión de elección o de acuerdo, sino de obediencia.

Sonaba muy seguro de si mismo, de manera que crucé los dedos por detrás de él y esperé que estuviese en lo cierto.

—Podría ir con usted. ¿Por si hay problemas?

—Usted esperará aquí hasta que sea llamado.

Hanasu salió con esa línea y no pude hacer otra cosa que dejarlo ir. La hilera de figuras inconscientes me deprimía, de modo que saqué mi radio y contacté con mis naves, para darles un panorama. Ellos debían aguardar, en órbita sobre el espaciopuerto, esperando órdenes. Corté el contacto cuando sentí un golpe en la puerta.

—Venga conmigo —ordenó un muchachito. Obedecí. Hanasu estaba esperando en la abierta puerta frontal de la escuela, mientras los muchachos y los maestros confluían de ambos lados.

—Vamos al espaciopuerto —dijo—. Llegaremos al amanecer.

—¿Ningún problema?

—Por supuesto que no. Puedo decirle que estaban aliviados de que este conflicto de interpretación de los fallos de Filosofía Moral quede claro. Mi pueblo es fuerte, pero obtienen su fuerza de la obediencia. Ahora son más fuertes todavía.

Hanasu llevaba el único coche en la procesión y me alegré de que viajar con él. El resto del personal y los estudiantes viajaban en esquíes. Sin quejas, a pesar de que habían estado dormidos menos de una hora antes. Hay mucho que decir acerca de la disciplina. No hay nada que decir acerca de la comodidad de los vehículos Kekkonshiki. Aunque este viaje fue un poco más suave que el primero, ya que Hanasu fue más lento para que los esquiadores pudieran seguir el ritmo. El amanecer estaba iluminando la primera tormenta de nieve de la mañana, cuando llegamos a la entrada del espaciopuerto. Dos guardias salieron de la choza y miraron estolidamente al coche y después a los esquiadores, como si esto ocurriera todos los días.

—Digan a Kome que estoy aquí para verlo —ordenó Hanasu.

No está permitido entrar a nadie. Kome lo ha ordenado. Todos los enemigos deben ser muertos. Hay un enemigo en su coche. Mátelo.

La voz de Hanasu era fría como una tumba, aunque sonaba con autoridad.

—La Decimocuarta Regla de Obediencia establece que usted debe obedecer las órdenes de uno de los Diez. Le he dado una orden. No hay regla que diga que los enemigos deben ser muertos. Hágase a un lado.

Un rastro de emoción casi pasó por el rostro del guardia y, entonces, se fue. Dio un paso atrás.

—Proceda —dijo—. Kome será informado.

Formando una línea, nuestra fuerza de invasión juvenil y senil barrió el espaciopuerto hacia los edificios administrativos. Pasamos emplazamientos antiaéreos, pero los hombres a cargo solo miraron, sin hacer el intento de detenernos. Era ahora una madrugada gris, helada, con súbitas ráfagas de nieve castigando. Nuestro coche se detuvo enfrente de la entrada de la administración, y Hanasu había bajado, crujiendo, cuando se abrió la puerta permanecí en el coche, intentando hacerme invisible. Emergieron Kome y una docena de seguidores, portando armas.

Debe haber sido el frío que congelaba mi cerebro, porque recién entonces comprendí que yo era el único de la partida que estaba armado.

—Vuelve a tu escuela, Hanasu. No eres deseado aquí —gritó Kome, tomando la palabra. Hanasu lo ignoró, caminando hacia delante hasta estar cara a cara con el otro hombre. Cuando habló, lo hizo en voz alta, para que todos escuchasen.

—Digo a todos ustedes que dejen las armas, porque lo que hacen va contra la ley de la Filosofía Moral. La ley dice que debemos conducir a las razas débiles. Por esta ley no debemos cometer suicidio combatiendo con todas las otras razas que nos superan en número en millones a uno. Si los combatimos, como lo estamos haciendo, moriremos todos. ¿Esto es lo que nos enseñaron los Mil? Ustedes deben…

—Tú debes salir de aquí —gritó Kome—. Eres tu el que rompe las reglas. Vete o morirás. —Levantó su arma y apuntó. Salí por la puerta del coche.

—Si fuera tú, no lo haría —dije, con mi arma apuntada.

—¡Trajiste un extraño acá! —la voz de Kome era fuerte, casi con ira—. Él morirá, tú morirás…

Su voz se quebró y hubo un sonoro chasquido cuando Hanasu dio un paso adelante y cruzó su cara con una bofetada.

—Estás proscrito —dijo Hanasu, y hubo una respiración contenida en todos los espectadores—. Has desobedecido. Estás terminado.

—¿Terminado? ¡Tú estás terminado! —estalló Kome, su voz rugiendo con rabia, alzando su arma.

Me zambullí hacia un lado, intentando disparar, pero Hanasu estaba en el camino. Se sintió el rugido de las armas de fuego.

Sin embargo Hanasu estaba allí parado. Inmóvil mientras el cuerpo fláccido de Kome caía a tierra. Todos sus seguidores le habían disparado al mismo tiempo. La ley del la Filosofía Moral Kekkonshiki lo había destruido.

Calmo y tranquilo, Hanasu se giró a todos los presentes y explicó su recién descubierta interpretación de la Ley. Intentaban no mostrar ninguna expresión, pero era evidente que estaban aliviados. Tenían nuevamente vidas sólidas, estructura y orden. El cuerpo acurrucado de Kome era la única evidencia de que hubo un cisma y, por la forma de pararse, obviamente no lo veían, o no querían mirarlo. Había regresado el orden.

—Ya pueden bajar —ordené por mi radio.

—Negativo. Tenemos órdenes prioritarias superiores.

—¡Negativo! —grité en el micrófono—. De que está hablando. Haga bajar esas chatarras al instante o cocinaré a su comandante y me lo comeré en el almuerzo.

—Negativo. Orden de enviar un bote en camino, arribo estimado en tres minutos.

Se cortó la conexión y solo pude mirar, con ojos desorbitados, a la radio. ¿Qué avance era este? Más y más hombres venían a escuchar a Hanasu. La situación estaba controlada, había una solución posible… y yo tenía más problemas. Un afilado bote explorador bajó a través de la tormenta de nieve y cuando se abrió la puerta, yo estaba enfrente. Con fuego en los ojos y mis dedos a milímetros de mi arma. Una forma conocida y detestable salió.

—¡Usted! —grité.

—Sí, soy yo. Y justo a tiempo para prevenir un error de la justicia moral.

Era G. Hovah, jefe del Cuerpo de Moralidad. Y yo tenía una sospecha más que fuerte de porqué estaba aquí.

—Usted no es necesario aquí —dije—. Y no está vestido en forma adecuada para este clima. Le sugiero que vuelva adentro.

—La moralidad está primero —tiritó, ya que nadie le había prevenido del clima y estaba vistiendo su bata usual.

—Traté de hablarle, pero no quiso escuchar —dijo una voz aún más familiar, y Angelina emergió tras él.

—¡Querida! —grité, y la abracé rápidamente, para retroceder cuando la voz de G. Hovah se interpuso.

—Entiendo que su misión aquí es convencer a esta gente de usar técnicas de psicocontrol sobre los alienígenas, para que podamos ganar la guerra. Estas técnicas son inmorales y no serán usadas.

—¿Quién es este que viene aquí? —preguntó Hanasu, en su voz más fría.

—Su nombre es G. —dije—. Está a cargo de nuestro Cuerpo de Moralidad. Él asegura que no hagamos cosas que violen nuestro propio código moral.

Hanasu lo miró de arriba abajo, como a una especie de gusano, se giró y me enfrentó.

—Ya lo he visto —dijo—. Ahora puede llevárselo. Haga bajar sus naves para que la operación contra los alienígenas pueda dar comienzo.

—Creo que no me escuchó —dijo G. Hovah a través de sus dientes que castañeteaban—. Esta operación está prohibida. Es inmoral.

Hanasu giró lentamente hasta enfrentarlo y lo empaló con su mirada ártica.

—No me hable de inmoralidad. Soy un Líder en Filosofía Moral y yo interpreto la Ley. Lo que hicimos a los alienígenas para comenzar esta guerra fue un error. Utilizaremos las mismas técnicas para detenerlos.

—¡No! Dos errores no hacen un acierto. Lo prohíbo.

—Usted no puede detenernos, porque acá no tiene autoridad. Solo puede ordenar asesinarnos para detenernos. Si no morimos, haremos lo debe hacerse como está ordenado por nuestro propio código moral.

—Serán detenidos…

—Solo por la muerte. Si no puede ordenar nuestra muerte, retírese de aquí con su interferencia.

Hanasu se volvió y se fue. G. movió su mandíbula unas pocas veces, pero tuvo problemas para hablar. Y también se estaba poniendo azul. Le hice señas a dos de alumnos.

—Aquí muchachos. Ayuden a este pobre hombre a volver a la nave para que se caliente y analice el viejo problema filosófico de la fuerza irresistible que encuentra al objeto inamovible.

G. intentó protestar, pero lo agarraron firmemente y lo llevaron a bordo.

—¿Ahora que? —preguntó Angelina.

—Los Kekkonshiki están desencadenados; saldrán e intentarán ganar la guerra. No hay forma de que el Cuerpo de Moralidad halle una justificación para matarlos. Para detenerlos de salvarnos. Pienso que habrá un pequeño montón de detalles nimios para G. e Íncuba. Hasta pueden ordenarnos no ayudar a los Kekkonshiki, pero probablemente tendrán tiempos difíciles para justificarlo.

—Estoy segura de que estás en lo cierto. ¿Que sigue ahora?

—¿Ahora? Salvar la galaxia, por supuesto. Nuevamente.

—Ese es mi siempre modesto marido —dijo ella, atenuando sus palabras admonitorias con un sonoro beso.

VEINTIDOS

—Se ve realmente impresionante, ¿no crees? —pregunté.

—Creo que se ven repugnante —dijo Angelina, arrugando la nariz—. Y no solo eso, apestan.

—Una mejora sobre el primer modelo. Recuerda, donde vamos cualquier cosa mala debe ser buena.

Por un lado Angelina tenía razón. Se veía repugnante. Lo cual era bueno, muy bueno. Estábamos parados frente a la sala principal del transporte espacial que habíamos requisado para este trabajo. Ante nosotros se extendían hilera tras hilera de pesadas sillas, casi quinientas en total. Y en cada silla estaba agazapado, o desplomado, o rezumando, un alienígena singularmente repulsivo. Algo agradable a los tallos oculares del enemigo, estaba seguro, para todos los que habían adornado mi primer disfraz de alienígena. Más de la misma raza, los Geshtunken. Lo que no habría agradado a los múltiples corazones y bombas de plasma del enemigo, si lo hubiesen sabido, era el hecho de que cada uno de estos alienígenas llevaba a un Kekkonshiki de rostro solemne. E incorporado en cada cola bamboleante había un generador sináptico de alta potencia. Nuestra cruzada por la paz había comenzado.

Y no es que su organización hubiese sido fácil. El Cuerpo de Moralidad aún estaba resueltamente en contra de nuestro retorcimiento de cerebros del enemigo. Pero su autoridad se ejercía a través de los gobiernos planetarios y sus jefes de gabinete. Por una vez, bendije los complejos nudos de las redes burocráticas.

Mientras se emitían las órdenes, y se enviaban, unos pocos de nosotros en el Cuerpo Especial lanzamos un programa relámpago para evadir las órdenes antes de recibirlas. Técnicos clave fueron trasladados y sus destinos se perdieron en los archivos. Un protestón profesor Coypu fue arrancado a medianoche de su cama y se encontró en el espacio profundo antes de poder ponerse las medias. Un cierto planeta-fábrica altamente automatizado había sido elegido por nuestros agentes y voluntarios Kekkonshiki habían sido trasladados allí. Mientras eran fabricados los disfraces alienígenas, Hanasu dirigía el equipo programador de técnicos en psicocontrol. Escasamente habíamos llegado a tiempo; finalmente despegamos pocas horas por delante del crucero de batalla que el Cuerpo de Moralidad había enviado a detenernos. Al fin y al cabo fue una ayuda, en vez de un daño, dado que fuimos contra la flota alienígenas con el crucero siguiéndonos. Unas pocas barreras a cargo de las ballenas espaciales hicieron que volviera la cola.

—Ahora estamos dentro de la distancia de comunicaciones —anuncié—. ¿Están listos para su tarea, voluntarios Kekkonshiki?

—Estamos listos —fue la clara, pero nada emotiva respuesta.

—Buena suerte, entonces. A sus trajes, mi tripulación.

Me metí en mi traje alienígena, y Angelina fue al suyo. James tenía un disfraz de robot, Bolívar otro. Saludaron y cerraron las tapas. Cerré mi cuello y encendí el comunicador.

—¡Mi querida Sleepery Jeem ha regresado de la tumba! —una repulsiva cosa con garras y tentáculos traqueteó y gorgoteó hacia mí desde la pantalla.

—No lo conozco, repulsivo señor —sonreí tontamente—. Pero usted debe haber trabado conocimiento con mi melliza. Yo soy la hermana, Sleepery Bolívar—. Apreté el gatillo que soltó una gran y aceitosa lágrima que corrió por mis alargadas pestañas y salpicó en la cubierta—. En Geshtunken hemos escuchado de su noble muerte. ¡Hemos venido por venganza!

—Bienvenida, bienvenida —la cosa gorgoteó y se agitó—. Soy Sess-Pula, el nuevo comandante de todas las fuerzas. ¡Reúnase conmigo de inmediato y tendremos un gran banquete apestoso!

Hice como ordenó, uniendo nuestras naves y rodé hacia su pútrida bienvenida. Con Angelina a mi lado. Tuve que dar un eficiente paso al costado para evitar el húmedo abrazo de Sess, que dio solidamente en cubierta.

—Quiero que conozca a Ann-Geel, mi jefe de equipo. Estos pequeños robots traen regalos de alimento y bebida, que consumiremos ahora.

La partida rodó en marcha alta de inmediato, y más y más oficiales de la nave se unieron a nosotros, hasta que me pregunté quien piloteaba esa cosa. Probablemente nadie.

—¿Cómo va la guerra? —pregunté.

—¡Terrible! —se lamentó Sess, vaciando una jarra de algo verde y burbujeante—. Oh, tenemos a los crujientes corriendo, está bien, pero no quieren detenerse a pelear. La moral está baja, ya que todos nuestros soldados están hartos de guerra y solo quieren volver a los pegajosos abrazos de sus cosas amadas. Pero la guerra debe continuar. Creo.

—La ayuda está en camino —dije, palmeando su espalda, y secándome después la mano en la alfombra—. Mi nave está llena de voluntarios sedientos de sangre, ansiosos de guerra y victoria y venganza. Además de ser grandes luchadores y tener buen sentidos del olfato, mis tropas son grandes navegantes y oficiales de control de fuego, oficiales de guardia y cocineros.

—¡Por Slime Gog, podemos usarlos! —gorgoteó Sess en voz alta—. ¿Tiene muchas tropas con usted?

—Bien —dije modestamente—. Podemos tener los suficientes para prestar uno a cada uno de sus cruceros de combate, y cada crucero puede liderar una flota, y si los oficiales de la flota precisan levantar la moral, son bienvenidos a hablar con mi gente, que trabajan día y noche y para completar son sexy.

—¡Estamos salvados! —gritó.

O perdidos, pensé para mis adentros, sonriendo con todos mis dientes a las repugnantes celebraciones por todos lados. Me pregunté cuanto les tomaría a mis saboteadores revuelve-cerebros terminar el trabajo.

No mucho, seguro. Ya que, en primer lugar, los alienígenas habían tenido que ser convencidos de ir a la guerra, en segundo lugar, fueron alimentados y en tercer lugar estaban maduros para la subversión. La descomposición se extendió, y fue solo unos pocos días después que Sess-Pula se deslizó hasta mí en la sala de navegación donde yo estaba asegurando, por una navegación pésima, que no agarrásemos la flota humana. Se veía miserable en la pantalla, con media docena de tallos oculares inyectados en sangre.

—¿No dormimos bien últimamente? —pregunté, dando un golpecito en uno de sus rubicundos ojos con una garra. Él lo reabsorbió con aire infeliz.

—Puedes decirlo otra vez, bravo Woleevar. Es todo tan deprimente; la flota parece haber desaparecido, en mi casa-colmena la cosecha de vírgenes del año pasado debe estar llegando al estro. Me estoy preguntando que estoy haciendo aquí.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—No lo sé. Mi corazón se ha ido de esta guerra.

—Que gracioso. Yo estaba pensando lo mismo anoche. ¿Te has percatado que los extraños no son en realidad tan crujientes? Tienen ojos húmedos y desagradables cosas rojas y húmedas en sus bocas.

—¡Es verdad! —babeó—. Jamás pensé en eso antes. ¿Qué podríamos hacer?

—Bien… —dije, y para todos los aparentes propósitos eso fue todo. Diez horas más tarde, después de un montón de radios de ida y vuelta entre las naves, la más poderosa armada de combate que la galaxia ha visto, estaba describiendo un gran arco en el espacio. Girando, regresando, volviendo hacia los siniestros lugares desde donde habían venido.

En la ebria fiesta de esa noche que celebraba el victorioso fin de la guerra —así lo habían racionalizado, con alguna ayuda— Angelina y yo estrechamos garras y miramos alrededor, a la repugnante vista en todas direcciones.

—Son en realidad algo dulce cuando te acostumbras a ellos —dijo ella.

—No iré tan lejos como para decir eso. Pero son bastante inofensivos una vez que abandonaron sus planes de guerra.

—Y ricos, también —dijo el robot James, sirviendo algo desagradable en mi vaso.

—Estuvimos haciendo una pequeña investigación —dijo Bolívar, rodando por el otro lado—. En sus variadas operaciones han capturado naves y planetas y satélites. Vaciaron todos los bancos, ya que saben que valoramos su contenido, aunque no saben por qué. No poseen moneda, como nosotros.

—Lo sé —dije—. Tienen la Unidad Eckh, que es mejor no describir.

—Correcto, papá —dijo James—. De manera que cuando vaciaron todas las tesorerías enviaron las cosas aquí, al crucero de comando, esperando algo, para imaginar que hacer con eso. Lo que hicieron fue almacenar todo en una de las bodegas.

—Déjame suponer —dijo Angelina—. ¿La bodega ahora está vacía?

—Siempre tienes razón, mamá. Y la nave de transporte parece llena.

Vamos a tener que devolver el botín a las fuentes de donde vinieron —dijo, y me complació ver dos conmocionadas miradas robóticas y una mirada alienígena de desesperación.

—¡Jim…! —jadeó Angelina.

—No te preocupes. Tengo todos mis sentidos. Quiero decir que tendremos que devolver el botín alienígena que hemos encontrado...

—...pero no se recuperó mucho. —Ella terminó la frase por mí.

Algo pesado, verde-marrón, con tentáculos y garras, se aplastó ruidosamente a mi lado.

—¡Por la victoria! —gritó Sess Pula—. ¡Debemos beber a la victoria! Silencio, todo el mundo, el silencio, mientras que el pulcro Sleepery propone un brindis.

—¡Lo haré! —grité, saltando sobre mis pies. Consciente del repentino silencio y el hecho de que cada almohadilla óptica, tallo ocular, tentáculo óptico, por no hablar de seis ojos humanos, se fijaban en mí.

—Un brindis —grité, levantando mi copa en alto con tanto entusiasmo que algo de la bebida desbordó y quemó un agujero en la alfombra.

—Un brindis para todas las criaturas que viven en nuestro universo, grandes y pequeños, sólidos y casi líquidos. Que la paz y el amor sean su suerte para siempre jamás. Por la vida, la libertad… ¡y el sexo opuesto!

Y así nos precipitamos por los años luz hacia un mucho, mucho mejor futuro.

Espero.

FIN

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