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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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viernes, 26 de febrero de 2010

AVATAR

martes, 16 de febrero de 2010

COSA CERCANA

COSA CERCANA

ROBIN SCOTT

Supondría para el planeta Garyon un largo período de estrecheces y pobreza. Un largo período... tal vez

dos generaciones, pero tenían que hacerlo.

Los garyoni eran una raza joven y fuerte, y su proliferación había sido demasiado rápida. Solamente su

reciedumbre y amor por la lucha personal, causa de numerosísimas bajas, evitó que su población sufriera

una explosión demográfica y acabara en la inanición y la miseria. Incluso este feroz encarnizamiento iba

perdiendo terreno entre las nuevas generaciones de jóvenes garyoni. La raza iba degenerando a causa de la

deficiente alimentación y los habitantes de Garyon ya no eran los bravos guerreros que habían sido.

El Consejo Supremo había comisionado a un equipo de especialistas para que hallasen la solución.

Garyon debía expansionarse. O moriría. Los técnicos llegaron a una conclusión: se enviaría alrededor de

mil sondas automáticas dirigidas a las lejanas estrellas en busca de alguna que ofreciese garantías de vida

para los garyoni. Se necesitaba una especial combinación de radiación solar, agua y atmósfera.

Se proveyó a las sondas de suficiente cantidad de combustible con el mandato de agotarlo en busca de

sus objetivos. Más de novecientas sondas terminaron el combustible y, tras emitir un débil informe negativo,

acabaron en la inhóspita zona de gravedad de alguna estrella desconocida.

Pero al fin llegó un comunicado positivo. El equipo de telemedición de Garos, la capital de Garyon,

captó un tono diferente. Los técnicos comisionados en la empresa, se dedicaron inmediatamente a la tarea

de descifrar el mensaje. Al fin pudieron dar una buena noticia: de los tres planetas que presentaban

características de radiación y magnitud negativa idénticas al sol, uno de ellos proporcionaba, además, una

esperanzadora evidencia espectrográfica, agua abundante y una atmósfera que guardaba gran semejanza

con la atmósfera de dióxido de carbono-oxígeno-nitrógeno que había permitido tal exuberante vida en

Garyon.

Las calles de Garos, capital de Garyon, desbordaban alegría tras estas noticias. El Consejo otorgó el

Honorífico Aro de Oro al jefe máximo del programa de pruebas. Se facilitó a todos los ciudadanos una

tarjeta complementaria de raals o raciones de alegría. (El placer y el regocijo estaban racionados en

Garyon.) Con todo, para contrarrestar los efectos «adversos» de esta dádiva, el Consejo procedió a

reducir el precio de las armas de fuego a la mitad y redobló las pruebas de análisis en las bebidas tóxicas

expendidas en tabernas bajo control directo del Consejo.

Las buenas noticias pusieron en marcha las sucesivas etapas del programa de investigación.

Fundamentándose en la gran posibilidad que existiese un planeta con características semejantes a Garyon,

sus técnicos habían previsto ya la existencia en él de una vida indígena propia. En consecuencia, el Alto

Mando ordenó un fuerte incremento en la producción de armas de destrucción en masa y, del mismo

modo, la organización y adiestramiento de escuadrones expedicionarios para la investigación planetaria. Se

eligieron jóvenes garyoni y solamente aquellos que habían demostrado una elevada aptitud en el manejo de

las armas.

Los expedicionarios elegidos debían ser jóvenes. Pasarían mucho tiempo adiestrándose antes de poder

actuar. La prueba siguiente, que consistía en posar la sonda automática en el nuevo planeta y realizar un

análisis definitivo, tardaría siete años en llegar a su destino. Su informe tardaría otros siete años hasta ser

recibido en Garyon. Y la fuerza expedicionaria emplearía otros siete años en acudir a su objetivo.

La prueba definitiva estuvo pronto en marcha y Garyon se vio envuelto en una marea de vida, muerte y

ansiedad.

La sonda dirigida entró en órbita solar confirmando el halagüeño informe de los datos recibidos

anteriormente. Se desplazó hacia el interior con la misión de interceptar al tercer planeta en su ruta orbital.

Las noticias positivas fueron causa de nuevas muestras de alegría en las calles de Garos. Se facilitó una

nueva ración complementaria de raal, y Gehazil, un joven y valioso colaborador de la empresa, fue

ascendido al cargo máximo: Director Jefe del Programa de Pruebas.

Por fin se alcanzó la órbita planetaria. Llegaba el momento culminante. Fueron dispuestos los mandos de

modo que la sonda tomase tierra en el planeta objeto de estudio. Una vez disparado el retropropulsor, la

cápsula de pruebas con todo su instrumental atravesó silbando la atmósfera al mismo tiempo que frenaba

para posarse con suavidad en la superficie.

La superficie resultó ser una zanja que corre paralela a la Carretera Federal 47, justo en el punto que

inicia el ascenso a las zonas industriales de la margen del río Passaic. En Nueva Jersey era una hora punta y

el ruido que produjo la llegada de la cápsula experimental quedó ahogado por el traqueteo de una hilera de

camiones diesel que subían la cuesta, lanzando por sus tubos de escape los desechos de la mala

combustión de sus motores. A esta serie de camiones, se añadía la de los vehículos particulares, que en

aquella hora acostumbraban a abarrotar el trayecto hasta el puente.

La cápsula quedó unos momentos en silencio, el tiempo necesario para ordenar sus mandos internos y

organizar el resto del programa previsto. Una vez todo a punto, elevó una pequeña antena y lanzó su breve

mensaje al detector que se encontraba en órbita y que habría de servir de enlace transmisor con el planeta

base. Siete años más tarde, las noticias de su afortunada llegada fueron motivo de condecoraciones y

felicitaciones para su diseñador y constructor.

El programa seguía su curso. La cápsula desplegó su instrumental para pruebas atmosféricas, comenzó a

tomar muestras del aire circundante dando a conocer sus informes al mismo tiempo que los iba obteniendo:

«Presión: 97 grugs por klinz cuadrado», leyó en los ordenadores Gehazil, el Director del Programa

siete años después.

—¡Magnífico, perfecto! —gritaron a coro los técnicos y hombres del Consejo, congregados junto al

panel de lecturas. Zingal, diseñador de la cápsula de pruebas atmosféricas, asió tan fuertemente a su

ayudante y con tanta alegría, que allí mismo tuvo que arrancar un cupón de su racionamiento de raal.

«Composición atmosférica» —leyó Gehazil.

«Oxígeno: 734.954 partes por millón.»

«Nitrógeno: 240.758 partes por millón.»

«Vapor de agua: 10.602 partes por millón.»

«Argón: 9.103 partes por millón.»

La lectura de los informes era más lenta y pausada a medida que los elementos compuestos que

aparecían eran más complejos. En Garos reinaba casi el histerismo. Los resultados, era patente,

demostraban que la composición del planeta desde el punto de vista atmosférico, se asemejaba muchísimo

a la de Garyon. Si los informes anunciaban una pequeña cantidad de dióxido de carbono, la atmósfera sería

perfecta. Solamente una ínfima cantidad de ese producto supondría la presencia de complejos

hidrocarbonados y, algo muy importante, la existencia de ambiente para subsistir.

La cápsula prosiguió emitiendo lentamente:

«Dióxido de carbono: 300 partes por millón.»

Las calles de Garos semejaban centros de verdaderas orgías. Las cartillas de racionamiento de raal

revoloteaban como hojas caídas en otoño.

De repente sucedió lo imprevisto:

«Monóxido de carbono: 250 partes por millón...»

La alegría de la multitud enmudeció. Una fuerte emoción se adueñó de Garos. Intentando reponerse, el

viejo Saankel, Jefe del Consejo de la Comisión para la Atmósfera, doblegó sus tentáculos en un gesto de

esperanza y habló de la posibilidad de los filtros, de los milagros de la ingeniería atmosférica... Unos pocos

tentáculos se alzaron en ademán de protesta. Tal vez sería peor...

Más lentamente, a medida que la complejidad del análisis aumentaba, seguía el informe:

«Helio: 4 partes por millón.»

«Criptón: 3 partes por millón.»

«Neón y Xenón: 2 partes por millón, cada uno de ellos.»

Tras la conmoción inicial, los técnicos comenzaron a hacerse cargo de la situación. Iban alzándose más

tentáculos e incluso algunos optimistas distraídos, como si tuvieran que celebrar algo, empezaron a tomar su

racionada parte de alegría. Se dictaron órdenes para que la fuerza expedicionaria que estaba embarcando

en la terminal de Garos, fuera equipada con aparatos de filtro y caretas antigás. Era muy improbable la

evolución de cualquier forma de vida agresiva en un planeta con tanto monóxido de carbono. Sin embargo,

nunca se podía asegurar, quizá existiera algún sistema de filtración natural...

La cápsula, junto a la ruta nacional, siguió transmitiendo elementos constitutivos más complejos

todavía...

«Etileno: 2 partes por millón.»

«Dióxido de nitrógeno: 1,75 partes por millón.»

«Sulfito de hidrógeno: 17 partes por millón...»

Zingal, diseñador del complejo analizador atmosférico, fue el primero en comprender que nada podía

esperarse. Atravesó las cuarenta plantas del edificio donde se encontraba la sala de lecturas y se lanzó a la

calle entre la desorientada multitud que circulaba en todas direcciones. Gehazil dio una nueva orden.

Aquellas muchedumbres alegres y callejeras fueron presa de la más total decepción. El problema de la

superpoblación de Garyon quedaba en suspenso por el momento.

En las afueras de Garos, el Jefe del Estado Mayor anuló la orden de los filtros y mandó que fuese

retirada la fuerza expedicionaria interplanetaria. Su ayudante le preguntó con un último destello de

esperanza:

—¿No podríamos construir unos filtros para las restantes materias que se encuentran en esa atmósfera,

señor?

El Jefe del Estado Mayor afirmó pesadamente con un movimiento de su cabeza:

—Quizá sí, pero no se puede colonizar un planeta si no se cuenta con una atmósfera básicamente no

tóxica, o al menos una atmósfera que tolere ciertas formas de vida comestibles. En tal ambiente no podría

cultivarse ni el más encajinado tameel.

La cápsula había finalizado su análisis atmosférico. Prescindiendo del hecho que ya nadie se interesaba

por el resto de la información, prosiguió su tarea. La última fase consistía en desplegar un tubo flexible y

blindado en cuyo extremo se hallaba adherido un sistema de conducción acuosa. El tubo se arrastró

automáticamente por el suelo recorriendo las zonas circundantes, hasta llegar al sector del río Passaic y

terminar sumergiéndose en su lecho. Se abrieron las válvulas e iniciaron su movimiento unas bombas

aspiradoras. El agua del río entró en la cápsula para ser analizada.

Hubo una precipitada absorción de residuos industriales y diversos elementos mal disueltos. La cápsula

se elevó a continuación y desapareció en un abrir y cerrar de ojos. El ruido del despegue quedó ahogado

entre los que producían los camiones y las industrias.

Nadie más en Garyon volvió a preocuparse del asunto.

F I N

viernes, 12 de febrero de 2010

SACRIFICIO

SACRIFICIO

Philip K. Dick

El hombre salió al porche delantero y contempló el día. Claro y fresco... El rocío cubría la hierba. Se abrochó la chaqueta y hundió las manos en los bolsillos.

Mientras bajaba la escalera, las dos orugas que esperaban junto al buzón cuchichearon entre sí.

- Ahí va - dijo la primera -. Envía tu informe.

Cuando la otra empezó a girar sus antenas, el hombre se detuvo y dio media vuelta.

- Os oí - dijo.

Golpeó con el pie la pared, y las dos orugas cayeron sobre el pavimento. Las aplastó.

Después bajó corriendo por el sendero hasta la acera. Miró con recelo a su alrededor. Un pájaro daba saltitos en el cerezo, picoteando las cerezas. El hombre lo examinó. ¿Algún problema? El pájaro levantó el vuelo. No, ningún problema con los pájaros.

Siguió adelante. En la esquina tropezó con una telaraña que se extendía desde los matorrales al poste telefónico. Su corazón latió con violencia. Manoteó frenéticamente para abrirse paso. Luego miró por encima del hombro y comprobó que la araña se acercaba desde el matorral para inspeccionar los desperfectos de su obra.

Las arañas constituían un enigma. Necesitaba más hechos... Aún no se había producido ningún contacto.

Se detuvo en la parada del autobús. Golpeó el suelo con los pies para hacerles entrar en calor.

El autobús llegó y él subió a la plataforma, contento de sentarse entre la gente cálida y silenciosa que miraba al frente con indiferencia. Una vaga oleada de seguridad le invadió.

Rió entre dientes y se relajó, por primera vez en muchos días.

El autobús prosiguió su camino.

Tirmus agitó sus antenas, excitada.

- Votad, si ése es vuestro deseo - ascendió por el montículo -, pero antes de empezar dejadme que os recuerde lo que dije ayer.

- Ya lo sabemos - dijo Lala con impaciencia -. Pongámonos en marcha. Ya hemos trazado los planes. ¿Qué nos detiene?

- Más a mi favor. - Tirmus paseó la mirada por los dioses allí reunidos -. Toda la Colina está preparada para atacar al gigante en cuestión. ¿Por qué? Sabemos, sin ningún género de dudas, que no puede comunicarse con sus congéneres. El tipo de vibración, el lenguaje que utiliza, todo hace imposible que logre popularizar la idea que tiene de nosotros, de nuestros...

- Tonterías. - Lala se irguió -. Los gigantes se comunican muy bien.

- ¡No existe la menor noticia de que un gigante haya hecho pública ninguna información sobre nosotras!

El ejército se removió, inquieto.

- Adelante - dijo Tirmus -, pero es un esfuerzo vano. Es inofensivo..., está aislado. ¿Para qué perder el tiempo en...?

- ¿Inofensivo? - Lala la miró fijamente -. ¿Es que no lo comprendes? ¡Sabe lo que está ocurriendo!

Tirmus bajó del montículo.

- Me repugna la violencia innecesaria. Deberíamos guardar nuestras fuerzas para el día que las necesitemos.

Se procedió a la votación. Como era de esperar, el ejército se manifestó a favor de atacar al gigante. Tirmus suspiró y trazó un mapa sobre la tierra.

- Éste es el lugar donde vive. Es lógico suponer que volverá cuando termine la jornada. La situación, según mi punto de vista...

Siguió desarrollando su plan sobre el suave terreno.

Uno de los dioses se inclinó hacia su compañero hasta que las antenas se tocaron.

- Este gigante no tiene la menor oportunidad de salvarse. Por una parte, me da pena. ¿Por qué se le ocurrió entremeterse?

- Un accidente - sonrió el otro -. Ya sabes la manía que tienen de meter las narices en todo.

- Lo siento por él, a pesar de todo.

Anochecía. La calle estaba oscura y desierta. El hombre avanzaba por la acera, con el periódico bajo el brazo. Caminaba con rapidez, echando furtivas miradas a su alrededor. Rodeó el gran árbol plantado en la esquina y cruzó ágilmente la calle hacia la acera opuesta. Al girar la esquina se enredó con la telaraña, tejida desde el matorral al poste telefónico. Manoteó de forma automática para librarse del repelente contacto. Entonces escuchó un débil murmullo, metálico y agudo.

- ...¡espera!

El hombre se detuvo.

- ...cuidado..., dentro..., espera...

Su mandíbula colgó flojamente. Los últimos hilos se rompieron en sus manos y prosiguió su camino. La araña se deslizó detrás de él por los restos de la tela, esperando. El hombre volvió la vista atrás.

- Estás chiflada - dijo -. No me voy a arriesgar a quedarme ahí bien atadito.

Llegó al sendero que conducía a su casa. Lo subió, evitando aproximarse a los matorrales. Sacó la llave y la metió en la cerradura.

Se inmovilizó. ¿Dentro? Mejor que fuera, en especial de noche. Un período malo, la noche. Demasiado movimiento bajo los matorrales. Malo. Abrió la puerta y entró. La alfombra, un pozo de negrura, se extendía ante él. Al otro lado vislumbró la forma de una lámpara.

Cuatro pasos hacia la lámpara. Alzó un pie. Se detuvo.

¿Qué había dicho la araña? ¿Esperar? Esperó, y escuchó. Silencio.

Sacó el mechero y lo encendió.

Una alfombra de hormigas cayó sobre su cabeza, como un diluvio. Ganó el porche de un salto. Las hormigas se arrastraron con toda la velocidad de que eran capaces sobre el suelo, a la débil luz que entraba por las ventanas.

El hombre rodeó la casa. Cuando la primera oleada de hormigas se derramó en el porche, ya estaba girando la llave del agua, con la manguera preparada.

El chorro de agua dispersó las hormigas. El hombre ajustó la lanza de la manguera, forzando la vista para discernir en la oscuridad. Avanzó y disparó el chorro de un lado a otro.

- Malditas seáis - dijo con los dientes apretados -. Así que espera adentro...

Estaba aterrorizado. Dentro... ¡nunca antes! Un sudor frío le cubría la cara. Dentro. Nunca habían entrado antes. Alguna mariposa, y moscas, por supuesto. Pero eran inofensivas, ruidosas...

¡Una alfombra de hormigas!

Las roció salvajemente hasta que rompieron filas y fueron a refugiarse en la hierba, en los matorrales, bajo la casa.

Se sentó en la acera, sin dejar de aferrar la manguera, temblando de pies a cabeza.

Lo habían planeado a la perfección. No se trataba de un ataque rabioso, frenético y espasmódico, sino de una acción de guerra planificada en todos sus detalles. Le habían esperado. Un paso más.

Gracias a Dios por la araña.

Cortó el agua y se puso en pie. No se oía el menor ruido; silencio absoluto. Los matorrales se agitaron. ¿Un escarabajo? Algo negro surgió; lo aplastó con el pie. Un mensajero, probablemente. Un corredor de primera. Entró cabizbajo en la casa, iluminándose con el mechero.

Estaba sentado ante su escritorio, con el pulverizador de acero y cobre a mano. Acarició la fría superficie con los dedos.

Las siete. La radio sonaba con el volumen muy bajo. Se inclinó hacia adelante y movió la lámpara del escritorio para que iluminara el suelo.

Encendió un cigarrillo. Cogió papel y pluma. Reflexionó unos minutos.

Lo habían planeado todo para eliminarle. La desesperación se abatió sobre él como un torrente. ¿Qué podía hacer? ¿A quién iba a pedir ayuda? ¿Quién le iba a creer? Apretó los puños y se irguió en la silla.

La araña se dejó caer sobre el escritorio.

- Lo siento. Confío en que no te haya asustado, como en el poema.

El hombre la contempló sin pestañear.

- ¿Eres la misma? ¿Aquella de la esquina? ¿La que me avisó?

- No, ésa era otra. Una Hilandera. Yo, en concreto, soy una Masticadora. Observa mis mandíbulas. - Abrió y cerró la boca -. Me las como a puñados.

- Estupendo - sonrió el hombre.

- Desde luego. ¿Sabes cuántas de nosotras hay en, digamos, un acre de tierra? A ver si lo adivinas.

- Un millar.

- No. Dos millones y medio, de todas clases: Masticadoras, como yo, o Hilanderas, o Picadoras.

- ¿Picadoras?

- Son las mejores. Por ejemplo, la que llamáis viuda negra. Muy valiosa. Pero...

- ¿Qué?

- También tenemos nuestros problemas. Los dioses...

- ¡Dioses!

- Hormigas, como decís vosotros. Los líderes. Están por encima de nosotras. Es una pena. Tienen un sabor detestable..., me enferma. Vamos a abandonarlas en favor de los pájaros.

El hombre se puso en pie.

- ¿Los pájaros? ¿Son...?

- Bueno, hemos llegado a un acuerdo. Esto ya ha durado mucho tiempo. Te contaré la historia. Aún nos queda un poco de tiempo.

El corazón del hombre se contrajo.

- ¿Algo de tiempo? ¿Qué quieres decir?

- Nada. Un problemilla sin importancia que se suscitará más tarde. Deja que te cuente los antecedentes. Creo que no los conoces.

- Adelante, te escucho.

Empezó a pasear por la habitación.

- Ellas gobernaban la Tierra muy bien, hace un millón de años. Los hombres vinieron de otro planeta. ¿De cuál? Lo ignoro. Aterrizaron y decidieron apoderarse de la Tierra. Hubo una guerra.

- Así que somos nosotros los invasores - musitó el hombre.

- Pues sí. La guerra condujo a la barbarie a ambos bandos. Vosotros olvidasteis vuestros conocimientos, y ellas degeneraron en un sistema de clases sociales muy rígido, hormigas, termitas...

- Entiendo.

- El último grupo de hombres que recordaba la historia nos adiestró. Fuimos educadas - la araña rió entre dientes a su manera -, educadas en algún lugar para este propósito. Las mantuvimos a raya. ¿Sabes cómo nos llaman? Las Devoradoras. Desagradable, ¿verdad? Dos arañas más descendieron hacia el escritorio. Las tres se agruparon para conferenciar.

- Es mucho más serio de lo que pensaba - dijo la Masticadora - No sabía absolutamente nada. La Picadora...

La viuda negra se aproximó al borde del escritorio.

- Gigante - gritó con voz aflautada -, me gustaría hablar contigo.

- Adelante - dijo el hombre.

- Vamos a tener algunos problemas. Se acerca un ejército de hormigas. Nos quedaremos contigo un rato.

- Entiendo. - El hombre se mojó los labios y se alisó el pelo con dedos temblorosos -. ¿Crees que... hay alguna oportunidad de...?

- ¿Oportunidad? - La Picadora osciló pensativamente -. Bueno, hace mucho tiempo que nos dedicamos a esta tarea. Casi un millón de años. A pesar de los inconvenientes, pienso que les llevamos ventaja. Nuestros acuerdos con los pájaros y, por supuesto, con los sapos...

- Creo que podemos salvarte - interrumpió la Masticadora con optimismo -. De hecho, prevemos acontecimientos como éste.

Por debajo de las tablas del piso se oyó un sonido distante y rasposo, el ruido de una multitud de alas y garras diminutas que vibraban débilmente. Al oírlo, el hombre se puso a temblar.

- ¿Estáis seguras? ¿Podréis hacerlo?

Se secó el sudor que se agolpaba sobre el labio superior y cogió el pulverizador.

El sonido aumentaba de potencia, dilatándose bajo el suelo, bajo sus pies. Los matorrales cercanos a la casa se agitaron y varias mariposas volaron hacia la ventana. El sonido crecía en intensidad por todas partes, un ascendente murmullo de cólera y determinación. El hombre miró de un lado a otro.

- ¿Seguro que podéis hacerlo? - murmuró -. ¿Podéis salvarme?

- Oh - exclamó la Picadora, confundida -. No me refería a esto. Me refería a las especies, a la raza..., no a ti como individuo.

El hombre la miró boquiabierto y las tres Devoradoras se removieron, incómodas. Otras mariposas se estrellaron contra la ventana. El suelo bajo sus pies se combaba.

- Entiendo - dijo el hombre -. Lamento haber comprendido mal vuestras palabras.

FIN

LA AVENTURA DEL ASESINO METALICO

LA AVENTURA DEL ASESINO METALICO
Fred Saberhagen

Para los amantes de la ciencia ficción "dura", Fred Saberhagen es un representante genuino. Y un cuento en el que "los asesinos" son protagonistas resulta doblemente adecuado. Pero no sólo de "bersekers" vive el hombre...


Tenía la forma de un hombre, y el cerebro de un demonio electrónico.
El y las máquinas como él eran las mejores imitaciones de hombres y mujeres que los berserkers, también máquinas asesinas, eran capaces de imaginar y construir. Aun así, podían ser descubiertos como obvios fraudes cuando eran inspeccionados de cerca por cualquier humano.
—¿Sólo registramos veintinueve? —preguntó lacónicamente el supervisor de Defensa. Atado a su silla de combate, observaba atentamente el espacio a través de la pantalla de información semitransparente, frente a él. La mole cercana de la Tierra estaba acorazada por el castaño oscuro de los campos de fuerza defensivos, volviendo invisibles los colores normales del terreno del agua y del aire.
—Sólo veintinueve. —La respuesta llegó al puente de la nave insignia en medio de un agudo chisporroteo de estática. La voz roturada continuó—. Y estamos bastante seguros ahora de que al principio había treinta.
—Entonces, ¿dónde está el otro?
No hubo respuesta.

Todas las fuerzas defensivas de la Tierra estaban aún en alerta total, a pesar de que el ataque había sido minúsculo, no más que un intento de infiltración, y parecía haber sido repelido por completo. Los berserkers, remanentes de una antigua guerra interestelar, eran mortales enemigos de todo lo viviente y el mayor peligro para la humanidad que el universo había exhibido hasta el momento.
Una pequeña turbulencia saltó sobre la superficie parda de la Tierra, lanzándose en un curso que la llevaría a unos pocos cientos de kilómetros del aparato del supervisor. Se trataba de la Estación de Energía Uno, un agujero negro domesticado. En tiempos de paz los miles de millones de consumidores, ávidos de energía de todo el planeta tomaban de ella la mitad de la fuerza que necesitaban. La Estación Uno era visible al ojo desnudo sólo como una leve distorsión flotante del fondo de estrellas.
Estaba llegando otro informe.
—Buscamos en el espacio al androide berserker faltante, supervisor.
—Más les vale hacerlo.
—El aparato enemigo infiltrado almacenaba contenedores para treinta androides, como lo muestra el análisis de los restos que hizo la computadora. Tenemos que asumir que todos los contenedores estaban llenos.
En el tono del supervisor se leían la vida y la muerte.
—¿Hay alguna posibilidad de que la unidad faltante se haya colado hacia la superficie?
—Negativo, Supervisor. —Hubo una pequeña pausa—. Al menos sabemos que no alcanzó la superficie en nuestra época.
—¿Nuestra época? ¿Qué quiere decir eso, charlatán? ¿Cómo podría...? Ah.
El agujero negro pasó como un rayo. No estaba realmente domesticado, aunque esa era una palabra tranquilizadora, y los humanos la aplicaban con frecuencia. Habían logrado ponerle algo así como un arnés, eso era todo.
—Supóngase —y, dada la ubicación de la escaramuza, la suposición no era arriesgada— que el androide berserker número treinta hubiera sido propulsado, por algún accidente del combate, directamente hacia la Estación Uno. Podría haber entrado con facilidad en al agujero negro. De acuerdo con las últimas teorías, cabía imaginar que podría haber sobrevivido para reemerger intacto en el universo real, proyectado fuera del agujero como su propia imagen tangible en una erupción de radiación de partículas virtuales.

La teoría indicaba que en tal caso la reemergencia debía producirse antes de la penetración. El supervisor distribuyó órdenes vigorosamente. En el acto sus computadoras en el mundo de abajo, el Conglomerado de Defensa de la Tierra, tomaron el problema, dándole la máxima prioridad. ¿Qué podía hacerle a la Tierra un androide berserker? Probablemente no mucho. Pero para el supervisor, y para los que trabajaban en él, la defensa era una tarea sagrada. El templo de la seguridad de la Tierra había sido horriblemente profanado.
A las máquinas les llevó once minutos producir las primeras respuestas.
—El número treinta entró en el agujero negro, señor. Ni nosotros ni el enemigo podríamos haber previsto ese resultado, pero...
—¿Qué probabilidades hay de que el androide emergiera intacto?
—Por el ángulo peculiar en el que entró, aproximadamente sesenta y nueve por ciento.
—¡Tan alta!
—Y hay un cuarenta y nueve por ciento de probabilidades de que alcance la superficie de la Tierra en condiciones funcionales, en algún punto de nuestro pasado. Sin embargo, las computadoras nos tranquilizan. Como el artefacto del enemigo debe haber sido programado para algún ataque sutil a nuestra sociedad actual, no es probable que pueda hacer mucho daño en el tiempo y lugar en que...
—Verdaderamente su cráneo tiene un vacío de nivel intergaláctico. Yo le voy a decir a usted y a las computadoras cuando sea posible sentir el mínimo de tranquilidad. Mientras tanto consígame más cifras.
Las siguientes palabras desde la superficie del planeta llegaron veinte minutos más tarde.
—Hay una probabilidad del noventa y dos por ciento de que el aterrizaje del androide en la Tierra, si eso ocurrió, haya sido en área de cien kilómetros a cincuenta y un grados, once minutos latitud norte, cero grados, siete minutos longitud oeste.
—¿Y la época?
—Noventa y ocho por ciento de probabilidades para el 1ro. de enero, 1880, Era Cristiana, con un error posible de diez años más o menos.
Una masa de tierra, una gran isla cubierta de nubes apareció en la pantalla del televisor.
—¿Curso de acción recomendado? Le llevó una hora y media al conglomerado DT responder a eso.
Los primeros dos voluntarios perecieron en pruebas de despegue antes de que el método pudiera ser perfeccionado lo suficiente como para ofrecer un margen razonable de supervivencia. Cuando el tercer hombre estuvo listo, fue citado justo antes del despegue, para una última reunión privada con el supervisor.

El supervisor lo miró de arriba abajo, considerando su traje exótico, su extraño peinado, y todo lo demás. No preguntó si el voluntario estaba listo, sino que comenzó abruptamente: —Ha sido confirmado recién que, ya sea que gane o pierda allá, nunca podrá regresar a su propia época.
—Sí, señor. Ya había pensado que la situación sería esa.
—Muy bien. —El supervisor consultó los datos desparramados frente a él—. Todavía no estamos seguros acerca de cómo estará armado el enemigo. Algo sutil, sin duda, apropiado para un saboteador en la Tierra de nuestros días. Además, por supuesto, de la fuerza física y rapidez sobrehumanas con que cuenta un enemigo como ése debe considerar los rayos mentales interruptores o disruptores; ambos podrían dañar a cualquier sociedad humana. Están las bombas patrón, diseñadas para anular nuestras computadoras de defensa alimentándolas con información aleatoria. Siempre hay posibilidades de armas biológicas. ¿Tiene su equipo médico camuflado? Sí, ya veo. Y por supuesto siempre está el riesgo de algo nuevo.
—Sí, señor. —El voluntario parecía tan preparado como podría estarlo cualquiera. El supervisor se le acercó, abriendo los brazos para un saludo ritual de despedida.

Pestañeó para escurrir la lluvia londinense. Sacó su reloj de pesado tic tac como si estuviera controlando la hora, y se paró en la vereda frente al teatro como si estuviera esperando a un amigo. El instrumento en su mano pulsó una vibración extra, silenciosa, además del tic tac, y esta señal especial había tomado ahora un carácter que significaba que la máquina enemiga estaba muy cerca. Probablemente en un radio de cincuenta metros.
Un afiche en el frente del teatro decía:

EL AUTOMATA JUGADOR
DE AJEDREZ MEJORADO
MARAVILLA DE LA EPOCA
BAJO NUEVA DIRECCION

—El verdadero problema, señor —proclamaba un hombre de sombrero de copa cerca de ahí, conversando con otro—, no es si se puede hacer una máquina para ganar al ajedrez, sino si es posible hacerla simplemente para jugar.
—No, ese no es el verdadero problema, señor —pensó el agente del futuro—, pero considérese afortunado por poder creerlo.
Compró un boleto y entró, tomando asiento. Cuando se había reunido un auditorio considerable, hubo una breve conferencia a cargo de un hombre bajo en traje de etiqueta, que tenía algo de ave de rapiña, y a la vez cierto aire medroso, a pesar de su volubilidad y el humor ensayado de su charla.
Finalmente apareció el propio jugador de ajedrez. Era una caja con aspecto de escritorio con una figura sentada detrás. El conjunto en su totalidad se desplazaba sobre unas ruedas por el escenario, empujado por varios asistentes. La figura era la de un hombre enorme vestido como un turco. Resultaba obvio que se trataba de un maniquí o de algún tipo de muñeco; se balanceaba ligeramente con el movimiento del escritorio rodante, al que estaba fijada la silla. Ahora el agente podía sentir la vibración excitada de su reloj sin meter siquiera la mano en el bolsillo.
El ave de rapiña dijo otro chiste, desplegó una sonrisa siniestra, y entonces eligió a uno de los varios jugadores de ajedrez del auditorio que levantaron las manos —el agente no estaba entre ellos— para desafiar al autómata. El retador subió al escenario, donde las piezas estaban siendo colocadas sobre un tablero sujeto al escritorio rodante, mientras las puertas del frente del escritorio eran abiertas para mostrar que adentro no había otra cosa que maquinaria.
El agente notó que no había velas sobre el escritorio, como las que hubiera en el del jugador de ajedrez de Maelzel unas pocas décadas atrás. El autómata de Maelzel había sido un fraude astuto, por supuesto. Se habían usado velas sobre la caja para disimular el olor a cera quemada de la vela que necesitaba el hombre ingeniosamente escondido adentro entre los falsos engranajes. En la época en que había llegado el agente todavía era muy temprano, lo sabía, para la luz eléctrica, por lo menos para la clase que hubiera sido útil para un humano escondido de ese modo. Añádase el hecho de que al oponente de este jugador de ajedrez se le permitía sentarse mucho más cerca de lo que jamás estuvo del de Maelzel, y se podría hacer una deducción bastante segura sobre que no había ningún ser humano escondido en la caja o en la figura sobre el escenario.
Por lo tanto...
El agente podía hacerle un disparo limpio en ese momento, si se paraba entre el auditorio. ¿Pero debía dispararle a la figura o a la caja? Y no podía estar seguro sobre cómo iba armado. ¿Y quién lo detendría si lo intentaba y fallaba? Estaba seguro de que el enemigo ya había aprendido lo suficiente como para sobrevivir en el Londres del siglo diecinueve. Probablemente ya había matado, para corroborar sus designios. "Bajo nueva dirección" inclusive.
No, ahora que había localizado a su enemigo debía planear concienzudamente y trabajar con paciencia. Sumido en sus pensamientos, dejó el teatro entre la multitud y empezó a caminar hacia las habitaciones que acababa de comenzar a compartir en Baker Street. Una dificultad menor en el lanzamiento hacia el agujero negro le había costado parte del equipo, incluyendo una buena cantidad de su dinero falsificado. Todavía no había tenido tiempo en la profesión que había adoptado para obtener buenos ingresos; así que por el momento pasaba por ciertas estrecheces financieras.
Debía planear. Supongamos, ahora, que abordaba al hombrecito asustado, al de traje de etiqueta. A la sazón éste ya debería haber empezado a descubrir la clase de tigre que estaba montando. El agente podría abordarlo disfrazado de...
Un súbito golpeteo comenzó en el bolsillo del reloj del agente. Era una señal bastante diferente de cualquiera generada previamente por su falso reloj. Significaba que el enemigo se las había arreglado para detectar su detector; de hecho estaba conectado y rastreándolo.
El sudor se mezcló con la llovizna en la cara del agente cuando empezó a correr. Debía haberlo descubierto en el teatro, aunque probablemente sin lograr distinguirlo entre la multitud. Esquivando coches de alquiler, carros y un ómnibus dio la vuelta por Oxford Street hacia Baker Street y disminuyó la marcha hasta transformarla en una rápida caminata para cubrir la corta distancia restante. No podía deshacerse del reloj indicador porque hubiera sido incapaz de rastrear al enemigo sin él. Pero tampoco se atrevía a llevarlo encima.
Cuando el agente irrumpió en la sala, su compañero de cuarto alzó la vista, con su habitual, casi superficial, sonrisa, e interrumpió el trabajo apacible de sacar libros de un canasto y ponerlos en los estantes.
—Perdón —comenzó el agente con una mezcla de alivio y urgencia—; surgió algo bastante importante, y hay dos diligencias que debo llevar a cabo en el acto. ¿Podría imponerle una a usted?
La breve diligencia propia del agente no lo llevó más allá de la vereda de enfrente. Ahí, en la puerta de Camden House se ocultó encogiéndose, tratando de respirar silenciosamente. No se había movido cuando, tres minutos más tarde, se aproximó desde la dirección de Oxford Street, una figura alta que, de acuerdo con las sospechas del agente, no era humana. Llevaba el sombrero calado, y la parte inferior de la cara envuelta en vendajes. Se detuvo cruzando la calle, pareció consultar su propio reloj de bolsillo y luego se dio vuelta para tocar la campanilla de la puerta de la casa. Si el agente hubiera estado absolutamente seguro de que se trataba de su presa, le hubiera disparado por la espalda. Pero sin el reloj, habría tenido que acercarse para tener una razonable certeza.
Luego de consultar con la casera, la figura fue admitida. El agente esperó dos minutos. Entonces aspiró profundamente, juntó coraje, y lo siguió.
La cosa parada junto a la ventana giró en su dirección, cuando entró a la sala, y ahora él estaba seguro de lo que era aquello. Los ojos sobre la cara vendada no eran los ojos del turco, pero tampoco eran humanos.
La faja blanca apagaba la voz ronca.
—¿Usted es el doctor?
—Ah, usted busca a mi compañero de cuarto. —El agente echó una mirada descuidada sobre el escritorio donde estaban desparramados algunos papeles que llevaban el nombre de su compañero—. No está en este momento, como puede ver, pero espero que vuelva pronto. Supongo que usted es un paciente.
La cosa dijo, con su voz falsa:
—Me lo recomendaron. Parece que el doctor y yo compartimos un cierto origen común. Por lo tanto la casera fue muy amable permitiéndome esperarlo aquí. Supongo que mi presencia no será inconveniente.
—En lo más mínimo. Por favor tome asiento, ¿señor...?
Cualquier fuera el nombre que el berserker le haya dado, el agente nunca lo supo. Abajo sonó la campanilla, suspendiendo la conversación. Oyó a la sirvienta contestar a la puerta, y un momento más tarde los rápidos pasos de su compañero de cuarto en la escalera. La máquina mortal tomó un objeto pequeño del bolsillo y se corrió un paso para tener una visión clara de la puerta.
Dándole la espalda al enemigo, como con el propósito casual de saludar al hombre que estaba por entrar, el agente sacó disimuladamente de su bolsillo una pipa de brezo bastante funcional, diseñada para cumplir también otra función. Entonces giró la cabeza y disparó la pipa hacia el berseker por debajo de su propia axila.
Para un ser humano, el enemigo era pavorosamente rápido, y para un berseker el androide era miserablemente lento y torpe, ya que había sido diseñado primordialmente para la imitación, no para la pelea. Las armas dispararon simultáneamente.
Las explosiones destrozaron y destruyeron al enemigo, ráfagas poderosas como para hacerlo pedazos, pero drásticamente limitadas en espacio, autoamortiguadas y casi silenciosas.
El agente también fue alcanzado. Tambaleando, se dio cuenta, con su último pensamiento claro, de qué arma había esgrimido el enemigo. Era el rayo mental disruptor. Entonces por un momento no pudo pensar en absoluto. Tenía una vaga conciencia de estar agachado sobre una rodilla y adivinaba a su compañero de habitación, que acababa de entrar, mirándolo aturdido, a un paso de la puerta.
Finalmente el agente pudo moverse otra vez, y guardó la pipa tembloroso. El cuerpo destrozado del enemigo ya estaba casi vaporizado. Debía haber sido construido para autodestruirse cuando fuera seriamente dañado, para que la humanidad nunca pudiera conocer sus secretos. Ya no era más que un cúmulo de neblina pesada, alejándose en lentos remolinos por la ventana apenas abierta para mezclarse con la bruma londinense.
El hombre que todavía estaba parado cerca de la puerta había estirado una mano para afirmarse contra la pared. —El joyero... no tenía su reloj —murmuró atontado.
Vencí, pensó el agente lentamente. Fue un pensamiento sin alegría porque con él llegó la lenta percepción del precio de su éxito. Tres cuartos de su intelecto, al menos, habían desaparecido, con el patrón superior de las conexiones de sus células cerebrales hundido en la disociación. No. No disociado. El rayo mental disruptor debía haber reimpuesto el patrón de sus neuronas en algún lugar más alejado de su trayectoria... ahí, detrás de esos ojos grises con su nueva mirada penetrante.
—Obviamente, lo de enviarme a buscar su reloj fue un ardid. —La voz del compañero de cuarto era súbitamente más vigorosa, más segura que antes—. También, noto que su escritorio ha sido forzado, por alguien que pensaba que era el mío. —El tono se suavizó un poco—. Vamos, hombre, no tengo nada en contra suya. Su secreto, si es honorable, estará a salvo. Pero está claro que usted no es lo que representaba ser.
El agente se levantó, tirando de su pelo color arena, tratando desesperadamente de pensar.
—¿Cómo... cómo lo sabe?
—¡Elemental! —exclamó el hombre alto.

martes, 9 de febrero de 2010

EL AMO A MUERTO -- VINIERON DEL ESPACIO EXTERIOR

Harry Bates

EL AMO A MUERTO


Relato extraído del libro VINIERON DEL ESPACIO EXTERIOR


EL AMO A MUERTO

Harry Bates

Filmada Como “ULTIMÁTUM A LA TIERRA” (Twentieth Century—Fox, 1951).

Indudablemente, una de las diez mejores películas de ciencia ficción que Hollywood haya producido nunca, Ultimátum a la Tierra, ha gozado de una tremenda popularidad a cada nueva generación que la veía.

Parte de la razón de su enorme aceptación procede ciertamente de las novedosas ideas presentadas en la historia original. En vez de instilar en su relato de un viajero alienígena horror y amenaza, el autor Harry Bates eligió darle la vuelta al asunto y crear un nuevo tipo de visitante de otros mundos. En vez de lanzar a su alrededor los habituales rayos de la muerte y planear la conquista del mundo, el benévolo hombre del espacio Klaatu llega a la Tierra para promocionar únicamente la paz y la buena voluntad Sin embargo, sus rectas intenciones son acogidas con miedo, suspicacia, y finalmente ciega violencia.

Del mismo modo, en la película, Klaatu, soberbiamente interpretado por el malogrado Michael Rennie, descubre que los terrestres no son tan civilizados como él creía. En un valeroso intento de salvar a la humanidad de destruirse a sí misma mediante armas atómicas, el hombre del espacio cae víctima de la traición, la injusticia, y finalmente una lluvia de mortíferas balas. Sólo más tarde, con la ayuda de su compañero robot, Gort (Gnut en la historia), es vuelto Klaatu a la vida.

El guionista Edmund H. North, que ha sido coguionista de Patton y más recientemente de Meteoro, admite que su adaptación libre de la historia de Bates contiene varias referencias religiosas especificas..., incluso más allá de la obvia secuencia de la “resurrección”. Por ejemplo, cuando Klaatu escapa del hospital se identifica con el hombre cuyo traje ha tomado. El nombre es Carpenter, carpintero, y lo adopta como suyo. Esto forma parte también del paralelismo con Cristo, un aspecto que la novela original jamás había explorado.

Pero aunque la historia y el guión difieren en muchos puntos, es curioso señalar que ambas sitúan la mayor parte del interés dramático en la idea de un OVNI aterrizando entre nosotros. En 1940, cuando El amo ha muerto apareció en Astounding Stories, la primera oleada de observaciones de platillos volantes procedentes de pilotos de vuelos intercontinentales estaba en pleno apogeo. En 1951, cuando la versión fílmica llegó a las pantallas, toda América estaba registrando los cielos en busca de las aeronaves en forma de disco.

El director cinematográfico Robert Wise, genio creativo de Ultimátum a la Tierra, además de otros films fantásticos tales como La amenaza de Andrómeda y Star Trek: el film, cree firmemente en los OVNIS y en las cosas que están más allá de la comprensión humana. Quizá fue debido a esto que no le costó esfuerzo filmar lo que se ha convertido en uno de los hitos del cine de ciencia ficción.

***


EL AMO HA MUERTO

Por Harry Bates

1

Desde su posición en lo alto de la escalera, sobre el piso del museo, Cliff Sutherland estudió con cuidado cada línea y sombra del gran robot, y luego se volvió y miró pensativamente a la masa de visitantes llegados de todas partes del Sistema Solar para ver a Gnut y la nave, y oír, una vez más, su asombrosa y trágica historia.

Sutherland había acabado por sentir un interés casi de propietario en la exhibición, y no sin motivo. Había sido el único fotógrafo de prensa que se hallaba en los terrenos del Capitolio cuando habían llegado los visitantes de lo Desconocido, y había obtenido las primeras fotografías profesionales de la nave. Había contemplado de cerca cada acontecimiento de los siguientes y locos días. Después, había fotografiado muchas veces al robot de dos metros y medio de alto, la nave, y al apuesto embajador muerto, Klaatu, y su imponente tumba Y, dado que aquel acontecimiento seguía teniendo una enorme importancia como noticia para miles de millones de personas de todo el espacio habitable, allí estaba de nuevo, para conseguir más fotos y, si era posible, un nuevo “ángulo”.

Esta vez quería conseguir una foto que mostrase a Gnut como extraño y amenazador. Las fotos que había tomado el día anterior no habían producido el efecto que deseaba, y esperaba lograrlo hoy; pero la luz aún no era la adecuada y tenía que esperar a que se hiciera más tarde.

Los últimos componentes de la muchedumbre admitida en aquel grupo se apresuraron a entrar, lanzando exclamaciones ante las amplias y nítidas curvas verdes del misterioso vehículo espacio-temporal, olvidando luego completamente la nave al ver la asombrosa figura y la gran cabeza del gigantesco Gnut. Los robots articulados de una burda apariencia humanoide eran bastante corrientes, pero los ojos de los terrestres jamás habían visto nada como aquello. Pues Gnut casi tenía la forma exacta de un hombre... de un gigante, pero humano, de metal verdoso. Estaba desnudo, a excepción de un taparrabos. Se alzaba como el poderoso dios de las máquinas de alguna civilización científica jamás imaginada, y en su rostro se veía una expresión hosca y pensativa. Aquellos que lo miraban ni bromeaban ni hacían comentarios tontos, y los que estaban más cerca de él acostumbraban a no decir ni palabra. Sus extraños ojos rojos, iluminados desde el interior, estaban colocados de tal manera que cada observador creía que estaban fijos en él, y daba la sensación de que en cualquier momento podía adelantarse airado y realizar acciones inimaginables.

Se oyó un ligero sonido crujiente, que provenía de los altavoces ocultos en el techo, e inmediatamente disminuyeron los sonidos de la multitud. Iba a empezar la explicación grabada. Cliff suspiró. Se sabía aquello de memoria; incluso había estado presente cuando se había efectuado la grabación y conocido al locutor, un joven llamado Stillwell.

—Damas y caballeros —comenzó a decir una voz clara y bien modulada... pero Cliff ya no la escuchaba.

Las sombras en el rostro y figura de Gnut se habían hecho más marcadas; casi había llegado el momento de hacer la foto. Tomó y examinó las copias de las fotografías que había obtenido el día anterior y las comparó, con aire critico, con su modelo.

Mientras miraba, arrugó el entrecejo. No se había dado cuenta antes, pero ahora, de repente, tuvo la sensación de que, desde ayer, algo había cambiado en Gnut. La pose era idéntica a la que se veía en las fotografías, y todos los detalles parecían exactos, pero, sin embargo, seguía notando aquella sensación. Cogió su lupa y comparó con más cuidado el sujeto y la fotografía, línea a línea. Y entonces vio que había una diferencia.

Con repentina excitación, Cliff hizo dos fotografías con distintas exposiciones. Sabía que debía esperar un poco y tomar otras, pero estaba tan seguro de que se había tropezado con un misterio importante, que no pudo resistir seguir allí, y recogiendo con rapidez sus equipos accesorios, descendió por la escalera y salió del edificio. Veinte minutos más tarde, consumido por la curiosidad, estaba revelando las nuevas fotos en la habitación de su hotel.

Lo que Cliff vio cuando comparó los negativos tomados ayer y hoy hizo que se le erizara el cabello. ¡Desde luego, había un cambio de inclinación! ¡Y, aparentemente, era el único que lo sabía! No obstante, creía que, a pesar de que lo que había descubierto hubiera aparecido en todas las primeras planas de cada uno de los periódicos del Sistema Solar, sólo era un inicio. Como los demás, no sabía qué había tras aquella historia, ni lo que en realidad había sucedido. Debía ocuparse de averiguarlo.

Y aquello significaba que debía ocultarse en el edificio y permanecer allí toda la noche. Aquella misma noche; y le quedaba poco tiempo para regresar antes de que cerrasen. Tomaría una pequeña cámara de infrarrojos con la que poder trabajar en la oscuridad, y conseguiría la verdadera foto y la historia que había tras ella.

Tomó la pequeña cámara, llamó a un taxi aéreo y se apresuró a regresar al museo. El lugar estaba lleno con otra parte de la omnipresente cola, y la grabación estaba terminando. Dio gracias al cielo de que su convenio con el museo le permitiese entrar y salir a su libre albedrío.

Ya había decidido lo que iba a hacer. Primero fue hasta el guarda y le hizo una única pregunta, y su rostro se iluminó por la expectación cuando oyó la respuesta que esperaba. La segunda cosa era hallar un punto en el que estuviese oculto de los ojos de quienes fueran a cerrar el local para la noche. Sólo había un lugar posible: el laboratorio montado detrás de la nave. Resueltamente, enseñó sus credenciales de prensa al segundo guarda, que estaba en el pasadizo que llevaba al laboratorio, afirmando que iba a entrevistar a los científicos; y un momento después se hallaba en la puerta del laboratorio. Había estado allí varias veces y conocía bien la sala. Era una gran área burdamente dividida para el trabajo de los científicos dedicados a abrirse camino hacia el interior de la nave, y repleto de una confusión de objetos grandes y pesados: hornos eléctricos y de aire caliente, garrafones de productos químicos, aislamientos de asbesto, compresores, cubetas, crisoles, un microscopio y muchísimo equipo más pequeño, común en un laboratorio metalúrgico. Tres hombres con batas blancas estaban absortos por completo en un experimento que se realizaba en el extremo más lejano. Cliff, tras esperar un buen rato, entró y se ocultó bajo una mesa medio enterrada en un montón de suministros. Se creía razonablemente a salvo de ser descubierto allá abajo. Pronto los científicos se irían a casa.

Podía oír a otro grupo de gente que entraba a ver la nave... Suponía que serían los últimos de aquel día. Se acomodó tan confortablemente como le fue posible. Dentro de un momento empezaría la explicación grabada. Tuvo que sonreír cuando pensó en una de las cosas que diría la grabación.

Luego, la oyó de nuevo: la clara y profesional voz de aquel tipo, Stillwell. Los movimientos y susurros de la multitud murieron, y Cliff pudo oír cada una de las palabras, a pesar de que eran pronunciadas al otro lado de la gran masa de la nave.

—Damas y caballeros —comenzaron las familiares palabras—, el Instituto Smithsoniano les da la bienvenida a su nueva Sección Interplanetaria y a la maravillosa exposición que tienen delante.

Una breve pausa.

—Todos ustedes deben de saber ya lo que pasó aquí hace tres meses, si es que no lo vieron personalmente en la telepantalla —prosiguió la voz—. Se pueden resumir los pocos hechos: algo después de las cinco de la tarde del dieciséis de septiembre, los turistas de visita en Washington llenaban los terrenos que hay fuera de este edificio en su número habitual, y, sin duda alguna, con sus pensamientos de siempre. El día era cálido y hermoso. Un torrente de gente estaba abandonando la entrada principal del museo, que se halla en la dirección en la que ustedes miran en este momento. Como pueden suponer, este pabellón no había sido edificado entonces. Todo el mundo iba hacia sus casas, sin duda cansados tras pasar muchas horas de pie en las que habían visto los objetos exhibidos en el museo y visitado los muchos edificios que se extienden por los terrenos contiguos. Y, entonces, sucedió.

“En el área que tienen a su derecha, tal como está ahora, apareció la nave espaciotemporal. Surgió en un abrir y cerrar de ojos. No había bajado del cielo; docenas de testigos lo juraron; se limitó a aparecer. No estaba aquí, y al siguiente momento estaba. Se materializó en el mismo punto en que ahora descansa.

“La gente que se hallaba más cerca de la nave fue presa de pánico y huyó con gritos y alaridos. Todo Washington fue inundado por una oleada de excitación. La radio, la televisión y los periódicos vinieron a la carrera. La policía formó un amplio cordón alrededor de la nave, y llegaron unidades del ejercito que apuntaron cañones y proyectores de rayos contra ella. Se temía que se fuera a producir la más horrible de las catástrofes.

“Pues, desde el principio, todo el mundo estuvo de acuerdo en que no se trataba de una espacionave llegada de ningún punto del Sistema Solar. Hasta los niños sabían que en la Tierra sólo se habían construido dos espacionaves, y ninguna de ellas en cualquiera de los otros planetas y satélites; y de esas dos, una había sido destruida al ser atraída por el Sol, y la otra acababa de comunicar su llegada a Marte. Además, las construidas aquí tenían un casco de una dura aleación de aluminio, mientras que ésta, como bien pueden ver, está hecha con un metal verdoso desconocido.

“La nave apareció y se quedó ahí. Nadie salió de ella, y no había signo alguno de que contuviese ningún tipo de vida. Esto, como todo lo demás, hizo que la excitación llegase a un clímax. ¿Quién o qué habría dentro? ¿Serían amistosos u hostiles los visitantes? ¿De dónde venía la nave? ¿Cómo es que llegó de un modo tan repentino a este punto, sin caer del cielo?

“La nave descansó aquí durante dos días, tal como ustedes la ven ahora, sin que hubiese ningún movimiento o señal alguna de que contuviese vida. Mucho antes de que hubiese pasado este tiempo, los científicos ya habían explicado que no se trataba de una espacionave sino de un vehículo espaciotemporal, ya que sólo un artefacto como éste podría haber llegado de la forma en que llegó... materializándose. Indicaron que tal vehículo, si bien era teóricamente comprensible para nosotros, los terrestres, estaba fuera de todo lo alcanzable por nuestro actual estado de conocimientos, y que esta nave, activada por los principios de la relatividad, podía muy bien haber llegado desde el rincón más lejano del universo, de una distancia que la luz tardase millones de años en cruzar.

“Cuando se difundió esta opinión, la tensión pública creció hasta un punto que casi resultaba intolerable. ¿De dónde había llegado el vehículo? ¿Quién lo ocupaba? ¿Por qué había venido a la Tierra? Y, sobre todo, ¿por qué no se mostraban? ¿Estarían quizá preparando alguna terrible arma destructora?

“¿Y dónde estaba la compuerta de entrada a la nave? Quien se había atrevido a acercarse a mirar informó que no podía hallarse orificio alguno. Ni la menor fisura o abertura quebraba la perfecta lisura de la superficie ovoidal de la nave. Y una delegación de altas jerarquías que visitó la nave no pudo lograr, ni aun llamando, conseguir que sus ocupantes dieran señal alguna de que les habían oído.

“Y al fin, tras exactamente dos días, a la vista de decenas de millares de personas reunidas y que se hallaban a buena distancia, y bajo las bocas de docenas de los más poderosos cañones y proyectores de rayos del ejército, apareció una abertura en la pared de la nave, se deslizó una rampa, y por ella bajó un hombre, de aspecto divino y forma humana, que era seguido muy de cerca por un gigantesco robot Y cuando tocaron el suelo la rampa volvió a deslizarse hacia atrás y la entrada se cerró como antes.

“Inmediatamente resultó obvio a todos los reunidos que el desconocido era amistoso. La primera cosa que hizo fue alzar en alto su mano derecha, en el gesto universal de paz; pero no fue esto lo que impresionó a aquellos que estaban cerca de él, sino la expresión de su rostro, que irradiaba bondad, sabiduría y la más pura de las noblezas. Ataviado con una túnica de colores delicados, parecía un dios benigno.

“Inmediatamente, pues estaban esperando esta aparición, se adelantó un nutrido comité de altas jerarquías gubernamentales y oficiales militares. Con un gesto digno y mayestático, el hombre se señaló a sí mismo, luego a su compañero robot, y luego dijo en perfecto inglés, con un extraño acento: “Soy Klaatu”, o un nombre que sonaba así, “y este es Gnut”. Al principio, los nombres no fueron muy bien comprendidos, pero la película sonora de la televisión los grabó, y, todo el mundo los conoció.

“Y entonces ocurrió la cosa que avergonzará a la raza humana por siempre jamás. De un árbol situado a un centenar de metros de distancia surgió un destello de luz violeta y Klaatu se desplomó. La multitud reunida se quedó anonadada por un instante, sin comprender lo que había sucedido. Gnut, situado un poco por detrás de su amo y a un costado, giró lentamente su cuerpo hacia él, movió un par de veces la cabeza y se quedó quieto, en la posición exacta en que lo ven ahora.

“Entonces, se produjo un pandemónium La policía bajó del árbol al asesino de Klaatu. Descubrieron que era una persona que tenía alteradas sus facultades mentales; no dejaba de gritar que el diablo había venido a matar a todos los seres vivos de la Tierra. Se lo llevaron de allí, y Klaatu, aunque era obvio que estaba muerto, fue trasladado al hospital más cercano para ver si se podía hacer algo para revivirlo. Las multitudes, confusas y aterrorizadas, se desparramaron por los terrenos del Capitolio, permaneciendo en ellos el resto de la tarde y buena parte de la noche. La nave permaneció tan en silencio e inmóvil como antes. Y tampoco Gnut se volvió a mover de la posición en que había quedado.

“Gnut no volvió a moverse jamás. Se quedó exactamente tal como lo ven ahora durante aquella noche y los días siguientes. Y cuando fue construido el mausoleo en el Tidal Basin, se efectuaron los servicios fúnebres por Klaatu en el lugar donde se hallan ustedes ahora, siendo atendidos por los más altos dignatarios de todos los grandes países del mundo. No sólo era la cosa más apropiada, sino también la más segura, pues si había otros seres vivos en el interior del vehículo, como parecía posible en aquel tiempo, tenían que sentirse impresionados por la sincera pena por lo sucedido que mostrábamos todos los terrestres. Pero si Gnut seguía aún con vida, o quizá sería mejor que dijese en funcionamiento, no dio señal alguna de ello. Permaneció tal como le ven ustedes durante toda la ceremonia. Y se quedó así mientras su amo era llevado hasta el mausoleo y pasaba a la historia junto con la trágicamente corta grabación en sonido y visión de su histórica visita. Y así se quedó día tras día, noche tras noche, con buen o mal tiempo, sin moverse jamás ni demostrar que se diera cuenta de lo que había sucedido.

“Tras el entierro se construyó este pabellón comunicado con el museo para cubrir al vehículo y a Gnut. Pues, como se descubrió, no podía hacerse ninguna otra cosa, pues tanto Gnut como la nave eran demasiado pesados para ser transportados con seguridad con los medios de los que disponemos.

“Ya han oído hablar de los esfuerzos que han realizado desde entonces nuestros metalúrgicos para entrar en la nave, y de su completo fracaso. Tal como pueden ver desde donde están, se ha montado tras el vehículo una sala de trabajo en donde siguen llevándose a cabo intentos.

“Pero hasta el momento este maravilloso metal verdoso ha resultado inviolable. No sólo no podemos entrar en el vehículo, sino que ni siquiera podemos hallar el lugar exacto del que salieron Klaatu y Gnut. Las marcas de yeso que ven son la estimación más aproximada a la que se ha llegado.

“Muchas personas temieron que Gnut sólo estuviera temporalmente averiado, y que de volver a funcionar pudiera resultar peligroso. Sin embargo, los científicos han eliminado por completo cualquier posibilidad de que eso se produzca. El metal verdoso del que está fabricado parece ser el mismo que el de la nave, y no podía ser cortado, por lo que tampoco se podía hallar forma alguna en que estudiar sus mecanismos internos; pero los científicos tenían otros métodos. Enviaron corrientes eléctricas de enorme voltaje y amperaje a través del robot Aplicaron un terrible calor a todas las partes de su superficie metálica. Lo sumergieron durante muchos días en gases y ácidos y soluciones fuertemente corrosivas, y lo bombardearon con todos los tipos de rayos conocidos. No tienen, pues, que temerlo ya. No hay manera posible en que pueda haber conservado la capacidad de seguir funcionando.

“Pero... una advertencia Las autoridades gubernamentales esperan de los visitantes el máximo respeto en el interior de este edificio. Quizá la civilización desconocida e inconcebiblemente poderosa de la que Klaatu y Gnut proceden envíe otros emisarios para ver lo que les sucedió. Lo hagan o no, todos nosotros debemos mantener una misma actitud. Nadie podría imaginarse lo que iba a suceder, y todos lo lamentamos enormemente; pero en cierto sentido, todos somos responsables, y debemos hacer todo lo posible para evitar cualquier represalia.

“Pueden ustedes permanecer cinco minutos más y luego, cuando suene el gong, hagan el favor de salir con presteza. Los ujieres robot que hay a lo largo de la pared responderán a cualquier pregunta que ustedes puedan hacerles.

“Fíjense bien, pues ante ustedes se hallan los símbolos desnudos de los logros, misterios y fragilidad de la raza humana.

La voz grabada dejó de hablar. Cliff; moviendo con mucho cuidado sus entumecidos miembros, sonrió ampliamente. ¡Si supieran lo que él sabía!

Pues sus fotografías contaban una historia bastante diferente a la del narrador. En las de ayer aparecía bien clara una línea del suelo junto al borde del pie más adelantado del robot; en la de hoy aquella línea estaba tapada por el pie. ¡Gnut se había movido!

O había sido movido, aunque aquello era muy poco probable. ¿Dónde estaba la grúa o cualquier otra evidencia de tal actividad? Era casi imposible que hubiera sido movido en una noche y luego se hubiesen hecho desaparecer todos los signos de tal actividad. Y, ¿por qué iba a llevarse a cabo tal traslado?

Sin embargo, para asegurarse, se lo habla preguntado al guarda. Casi podía recordar su respuesta, al pie de la letra:

—No, Gnut ni se ha movido ni ha sido movido desde la muerte de su amo. Se tuvo mucho cuidado en mantenerlo en la posición que había adoptado a la muerte de Klaatu. El suelo fue construido bajo él y los científicos que llevaron a cabo su inutilización erigieron sus aparatos a su alrededor, sin moverlo del lugar que ocupa. No tenga ningún miedo al respecto.

Cliff sonrió de nuevo. No tenía ningún miedo.

Por ahora.

2

Un momento más tarde, el gran gong que había sobre las puertas de entrada tocó la hora de cerrar. Inmediatamente le siguió una voz que decía por los altavoces:

—Las cinco, damas y caballeros. Es la hora de cerrar, damas y caballeros.

Los tres científicos, como se sintiesen sorprendidos porque fuera tan tarde, se lavaron apresuradamente las manos, se pusieron sus ropas de calle y desaparecieron a lo largo del pasillo, sin fijarse en el joven fotógrafo escondido bajo la mesa.

Rápidamente disminuyeron los sonidos de pasos en la sala de exhibiciones, hasta que al fin sólo sonaron los pasos de los dos guardas que caminaban de un lugar a otro, asegurándose de que todo estaba en orden para la noche.

Uno de ellos miró por un instante desde la puerta del laboratorio, y luego se unió al otro en la entrada. Después, se cerraron con un sonido metálico las grandes puertas, y hubo silencio.

Cliff esperó varios minutos y luego, cuidadosamente, salió de debajo de la mesa. Mientras se erguía, sonó un débil ruido tintineante en el suelo junto a sus pies. Inclinándose con mucho cuidado, halló los astillados restos de una pequeña pipeta de cristal. La había derribado de la mesa.

Esto le hizo darse cuenta de algo en lo que no había pensado hasta aquel momento: un Gnut que se había movido podía ser un Gnut que viera y oyese... y que realmente fuera peligroso. Tendría que tener mucho cuidado.

Miró a su alrededor. La habitación estaba limitada a los extremos por dos separaciones de fibra que, en uno de sus lados, seguía la curvada parte inferior de la nave. Aquel lado de la habitación estaba formado por la misma nave, mientras que el opuesto era la pared sur del pabellón. Había cuatro grandes y altas ventanas. La única entrada era a través del pasillo.

Sin moverse, y dado su conocimiento del edificio, estableció su plan. Aquel pabellón estaba conectado con el extremo oeste del museo por una puerta jamás usada, y se extendía hacia el oeste en dirección al monumento Washington. La nave se hallaba más cerca de la pared sur y Gnut se alzaba frente a ella, no muy lejos del rincón noreste y en el lado opuesto de la habitación con respecto a la entrada del edificio y al pasillo que llevaba al laboratorio. Volviendo sobre sus pasos saldría al punto de la sala más alejado del robot Y esto era justo lo que deseaba, pues, al otro lado de la entrada, sobre una baja plataforma, se alzaba una mesa artesonada que contenía los aparatos en que estaba grabada la charla, y dicha mesa era el único objeto de la sala que le ofrecía un lugar en el que permanecer oculto mientras contemplaba lo que pudiera suceder. Los únicos otros objetos que había en la sala eran los seis robots humanoides colocados en lugares fijos a lo largo de la pared norte, para responder a las preguntas de los visitantes. Tendría que llegar hasta la mesa.

Se volvió y comenzó a caminar cautelosamente, de puntillas, saliendo del laboratorio y recorriendo el pasillo, que ya estaba oscuro, pues la luz que aún entraba en la sala de exhibiciones era obstruida por la gran masa de la nave. Llegó al extremo de la habitación sin hacer ningún ruido. Cuidadosamente, se deslizó hacia adelante y atisbo por debajo de la curva de la nave, en dirección a Gnut.

Tuvo un momentáneo estremecimiento. ¡Los ojos del robot estaban clavados en él!... O así parecía. ¿Era sólo el efecto producido por la forma en que estaban colocados los ojos? ¿Acaso había sido descubierto? De cualquier forma, no parecía haber variado la posición de la cabeza de Gnut Probablemente todo fuera bien, pero le hubiera gustado no tener que cruzar aquel extremo de la sala con la sensación de que los ojos del robot lo iban siguiendo.

Se echó hacia atrás, se sentó y esperó. Tendría que ser totalmente de noche antes de que recorriese el camino hasta la mesa.

Esperó una hora, hasta que los débiles rayos de las lámparas que había en los terrenos exteriores dieron la impresión de que la sala estaba más iluminada. Se alzó y miró de nuevo desde detrás de la nave. Los ojos del robot parecían estar clavados directamente en él, como antes, sólo que ahora, sin duda a causa de la oscuridad, la extraña iluminación interna daba la sensación de ser mucho más brillante. Era algo aterrador. ¿Sabía Gnut que él estaba allí? ¿En qué pensaba el robot? ¿Cuáles podían ser los pensamientos de una máquina construida por el hombre, aunque fuera una tan maravillosa como Gnut?

Era ya hora de atravesar la sala, así que Cliff se colgó la cámara tras la espalda, se puso a gatas y, con gran cuidado, se movió hasta el borde de la pared de entrada. Allí se acurrucó tanto como pudo contra el ángulo que formaba con el suelo y avanzó, centímetro a centímetro. Sin hacer una pausa, sin arriesgarse a mirar a los aterrorizadores ojos rojos de Gnut, fue reptando. Le costó diez minutos cruzar la distancia de treinta metros, y cuando al fin tocó el estrado de treinta centímetros de alto sobre el que se alzaba la mesa, estaba cubierto de sudor. Con la misma lentitud y tan silencioso como una sombra, subió al estrado y se acurrucó tras la protección de la mesa. Al fin había llegado.

Se relajó por un momento y luego, ansioso por saber si había sido visto, se giró con mucho cuidado y miró por detrás del costado de la mesa.

¡Ahora los ojos de Gnut estaban clavados de lleno en él! O así parecía. En la oscuridad reinante, el robot se erguía formando una sombra misteriosa y aún más oscura que el resto, y, a pesar de hallarse a unos cincuenta metros de distancia, parecía dominar la sala. Cliff no podía saber si había variado o no la posición de su cuerpo.

Pero si Gnut lo estaba mirando, al menos no hizo nada más. No pareció ni efectuar el menor movimiento que pudiera detectar. Su posición era la misma que había mantenido en aquellos últimos tres meses, en la oscuridad, bajo la lluvia, y, aquella última semana, en el museo.

Cliff tomó la decisión de no dejarse dominar por el miedo. Comenzó a darse cuenta de lo que pasaba en su propio cuerpo. El cauto reptar había tenido su efecto: le ardían las rodillas y los codos, y no le cabía duda de que se había estropeado el pantalón. Pero aquello eran naderías, si sucedía lo que esperaba que pasase. Si Gnut se movía, y él lo podía fotografiar con su cámara de infrarrojos, tendría un artículo con el que podría comprarse medio centenar de trajes. Y si además podía enterarse del propósito que había tras los movimientos de Gnut, suponiendo que hubiera algún propósito, aquello sería un relato que conmovería al mundo.

Se dispuso a una larga espera; no podía saber cuándo se iba a mover Gnut, ni siquiera si se movería aquella noche. Los ojos de Cliff se habían adaptado a la oscuridad y podía divisar bastante bien los objetos más grandes. De vez en cuando atisbaba al robot: lo miraba mucho tiempo y con gran fijeza, hasta que se desdibujaba su silueta y parecía moverse, y tenía que parpadear y dejar descansar sus ojos para estar seguro de que sólo se trataba de su imaginación.

De nuevo la minutera de su reloj recorrió la totalidad de la esfera. La inactividad hizo que Cliff se fuera confiando más y más, y durante períodos más y más largos mantuvo su cabeza oculta tras la mesa, sin mirar. Así que cuando Gnut se movió, casi se desmayó del susto. Amodorrado y algo aburrido, de repente se encontró con el robot en medio de la sala, yendo en su dirección.

Pero aquello no era lo más aterrador. ¡Lo peor era que, cuando miró a Gnut no lo vio moviéndose! Estaba tan quieto como un gato que acecha a un ratón. Ahora, sus ojos eran mucho más brillantes, y no cabía duda alguna acerca de dónde estaban enfocados: ¡miraba fijamente a Cliff!

Sin apenas atreverse a respirar, medio hipnotizado, Cliff le devolvió la mirada. Su mente era un remolino. ¿Cuál era la intención del robot? ¿Por qué se había quedado tan quieto? ¿Lo estaba acechando? ¿Cómo podía moverse con tal silencio?

En la profunda oscuridad, los ojos de Gnut se acercaron aún más. El sonido casi imperceptible de sus pisadas tamborileaba en los oídos de Cliff con lentitud, pero con un ritmo perfecto. El fotógrafo, que habitualmente tenía recursos, se halló en esta ocasión paralizado por el miedo, resultándole totalmente imposible huir. Permaneció donde se hallaba mientras se le acercaba el monstruo de metal de brillantes ojos.

Por un momento Cliff estuvo a punto de desmayarse, y cuando se recuperó, allí estaba Gnut alzándose junto a él, con sus piernas casi al alcance de su mano. ¡Estaba algo inclinado hacia él, clavando sus terribles y ardientes ojos en los suyos!

Era ya demasiado tarde para salir corriendo. Temblando como cualquier ratón atrapado, Cliff esperó el golpe que lo iba a aplastar. Gnut lo escrutó durante lo que le pareció una eternidad, sin moverse. Y durante cada segundo de aquella eternidad Cliff estuvo esperando la aniquilación repentina, rápida y completa. Y luego, de forma repentina e inesperada, todo hubo terminado. El cuerpo de Gnut se enderezó y dio un paso hacia atrás. Se volvió. Y después, con el ritmo nada mecánico que sólo él poseía entre todos los robots, regresó hacia el lugar del que había venido. Cliff casi no podía creer que no le hubiera ocurrido nada. Gnut podría haberlo aplastado como a un insecto... y se había limitado a darse la vuelta y regresar. ¿Por qué? No podía suponer que un robot fuera capaz de mostrar consideraciones humanas.

Gnut fue directamente al otro extremo del vehículo. Se detuvo en un cierto lugar y produjo una curiosa sucesión de sonidos. Y, de pronto, Cliff vio aparecer en el costado de la nave una abertura, más oscura que las penumbras del edificio, y a esto siguió un débil sonido deslizante cuando apareció una rampa que bajó hasta el suelo. Gnut subió por ella e, inclinándose un poco, desapareció en el interior de la nave. Entonces, por primera vez, Cliff recordó que estaba allí para tomar fotos. ¡Gnut se había movido, pero él no lo había fotografiado! Pero al menos, fuera cuales fuesen las oportunidades que pudiera tener después, podía obtener una foto de la rampa que conectaba con la puerta abierta; así que colocó en posición su cámara, puso la exposición adecuada y apretó el disparador.

Pasó largo rato y Gnut no salió. ¿Qué podía estar haciendo dentro?, se preguntaba Cliff. Le fue volviendo algo de su valor y consideró la idea de arrastrarse hacia delante y atisbar a través de la compuerta, pero se dio cuenta de que no tenía valor para ello. Gnut le había perdonado la vida, al menos por el momento, pero no había forma de saber hasta dónde llegaría su tolerancia.

Transcurrió una hora, y luego otra. Gnut estaba haciendo algo dentro de la nave, pero Cliff no se podía imaginar el qué. Si el robot hubiera sido un ser humano, sabía que se hubiera atrevido a dar una ojeada; pero tal como estaban las cosas era una incógnita totalmente irresoluble. Bajo ciertas circunstancias, incluso los más simples robots terrestres resultan artefactos inexplicables; por consiguiente, aquél, llegado de una civilización desconocida e incluso inconcebible, y que era, con mucho, el artefacto más maravilloso jamás visto, podía estar dotado de poderes sobrehumanos. Todo lo que le habían hecho los científicos de la Tierra no había podido averiarlo. Acido, calor, rayos, terribles golpes demoledores... Lo había soportado todo; y ni siquiera había sido dañado su acabado exterior. Quizá fuera capaz de ver perfectamente en la oscuridad. Y tal vez, sin moverse de donde estaba, pudiera oír o notar, de algún modo, el menor cambio en la posición de Cliff.

Pasó más tiempo, y entonces, en algún momento después de las dos de la madrugada, sucedió algo que no tenía nada de extraordinario, pero que resultaba tan inesperado que, por un momento, destruyó por completo el equilibrio de Cliff. De repente, se oyó un débil aleteo a través del oscuro y silencioso edificio, seguido pronto por el chillido, penetrante y agradable, de un pájaro. Era un sinsonte, el pájaro burlón. Estaba en algún punto de la penumbra, por encima de su cabeza. Sus notas eran claras y resonantes, y cantó una docena de tonadas, una tras otra y sin ninguna pausa: llamadas cortas e insistentes, trinos, gorjeos y arrullos... La canción de amor primaveral de lo que quizá fuera el mejor cantante que había en el mundo. Luego, de una forma tan brusca como había comenzado, el canto cesó.

Cliff se hubiera sentido menos sorprendido si un ejército invasor hubiera descendido de la nave. Estaban en diciembre, y ni siquiera en Florida habían comenzado a cantar los sinsontes. ¿Cómo había llegado aquél al cerrado y oscuro museo? ¿Cómo y por qué estaba cantando allí?

Esperó, con gran curiosidad. Luego, de repente, se dio cuenta de que Gnut se hallaba junto a la compuerta de la nave. Permanecía muy quieto, con sus brillantes ojos vueltos en dirección a Cliff. Por un instante pareció que el silencio del museo se hacía más profundo; luego fue interrumpido por un suave golpe en el suelo, cerca de donde Cliff se hallaba. Se quedó asombrado. La luz de los ojos de Gnut cambió, y comenzó a caminar con su paso casi normal en dirección a Cliff. Cuando estaba a corta distancia, el robot se detuvo, se inclinó y recogió algo del suelo. Durante algún tiempo permaneció inmóvil, contemplando el pequeño objeto que tenía en su mano. Aunque no podía verlo, Cliff sabía que era el pájaro burlón. O, mejor dicho, su cadáver, pues estaba seguro de que ya no cantaría nunca más. Entonces, Gnut se volvió y, sin mirar a Cliff, regresó a la nave, introduciéndose en ella.

Pasaron horas mientras Cliff esperaba que hubiera alguna secuela a aquel sorprendente acontecimiento. Quizá fuera a causa de su curiosidad, pero el caso es que comenzó a perderle miedo al robot Creía que si aquella máquina tenía algo en contra de él, si pensase hacerle algún daño, hubiera acabado con él antes, cuando tenía una oportunidad perfecta. Cliff comenzó a animarse para ir a dar una rápida ojeada al interior de la nave. Y tomar una foto; debía acordarse de tomar una foto. Continuamente se estaba olvidando de la razón que lo había llevado allí.

Fue en la más profunda oscuridad de la falsa madrugada cuando reunió el suficiente valor para iniciar su acción. Se quitó los zapatos y, con los pies cubiertos sólo por los calcetines y llevando los zapatos atados por los cordones y colgados del cuello, se movió con el cuerpo rígido pero con mucha rapidez hasta un lugar situado tras el más próximo de los seis ujieres robot estacionados a lo largo de la pared, haciendo una pausa para ver si había algún signo que indicase que Gnut sabía que se había movido. No oyendo nada, se deslizó tras el siguiente robot y se detuvo de nuevo. Sintiéndose ya más atrevido, dio una carrera hasta el más lejano, el sexto, situado justo enfrente de la compuerta de la nave. Allí se sintió desengañado. No podía ver ninguna luz detectable en el interior; sólo había oscuridad, y el silencio que lo llenaba todo. No obstante, sería mejor que tomase la foto. Alzó su cámara, la enfocó a la oscura abertura, y tomó la foto con una exposición bastante larga. Luego se quedó quieto, sin saber qué hacer a continuación.

Durante esta pausa, una extraña serie de sonidos apagados llegó a sus oídos, aparentemente procedentes del interior de la nave. Sonidos animales: primero jadeos y roces, acentuados por varios clics secos, y luego profundos y sonoros rugidos, interrumpidos por nuevos roces y jadeos, como si se estuviese produciendo algún tipo de lucha. Y entonces, de repente, antes de que Cliff pudiera decidirse a volver a la carrera bajo la mesa, una forma baja, robusta y oscura saltó de la compuerta e inmediatamente se volvió y creció hasta la altura de un hombre. Un terrible miedo avasalló a Cliff, aun antes de saber qué era aquella forma.

Al instante siguiente apareció Gnut en la compuerta y bajó, sin titubear, por la rampa, en dirección a la figura. Mientras avanzaba hacia ella, ésta retrocedió lentamente unos pasos; pero luego se quedó a pie firme, y unos gruesos brazos se alzaron de sus costados e iniciaron un potente tamborileo contra su pecho, mientras de su garganta surgía un terrible rugido de desafío. Sólo había un ser en todo el mundo que se golpease el pecho y produjese un sonido como aquél: ¡aquella forma era la de un gorila!

¡Y además, un gorila enorme!

Gnut siguió avanzando, y cuando estuvo cerca, se abalanzó y aferró a la bestia. Cliff no se hubiera imaginado que Gnut pudiera moverse con tal rapidez. No pudo ver, dada la oscuridad, los detalles de lo que sucedió; lo único que sabía era que las dos enormes formas, el titánico robot Gnut y el más bajo pero terriblemente fuerte gorila se fundieron por un instante, entre el silencio del robot por una parte y los profundos e indescriptibles rugidos del gorila por otra; y cuando los dos se hubieron separado, fue porque el gorila había sido lanzado de espaldas.

El animal se irguió inmediatamente en toda su altura y rugió ensordecedoramente. Gnut avanzó de nuevo, y volvió a producirse la escena anterior. El robot continuó avanzando inexorable, y entonces el gorila comenzó a retroceder hacia la pared del edificio. De repente, la bestia corrió hacia una de las figuras humanoides que había apoyada contra la pared y, con un rápido movimiento lateral, lanzó al quinto ujier robot contra el suelo y lo decapitó.

Tenso de pavor, Cliff se acurrucó tras su propio robot. Dio gracias al cielo por el hecho de que Gnut estuviese entre él y el gorila y que continuase su avance. El gorila retrocedió aún más, pero de pronto se abalanzó hacia el siguiente robot de la hilera y, con una fuerza casi increíble, lo arrancó del suelo y lo lanzó contra Gnut Con un tremendo estrépito metálico, el robot golpeó al otro robot, y el producido en la Tierra rebotó hacia un lado y rodó hasta detenerse.

Después, Cliff se maldeciría a sí mismo por ello, pero de nuevo volvió a olvidarse por completo de tomar una foto. El gorila, retrocedió a lo largo de la pared, demolió con terribles estallidos de ira cada uno de los ujieres robot frente a los que pasaba, y lanzó las piezas al implacable Gnut. Pronto se hallaron frente a la mesa y Cliff dio entonces gracias a su buena estrella por no haber ido hasta allí. Se produjo un breve silencio, y Cliff no pudo saber qué era lo que estaba pasando, pero se imaginó que al fin el gorila había llegado al rincón del edificio, y estaba atrapado.

Si lo estaba fue sólo por un instante. Súbitamente el silencio fue rasgado por un terrible rugido, y la robusta forma del animal llegó dando botes hacia Cliff. Recorrió todo el camino y se dio la vuelta justo entre Cliff y la compuerta de la nave. El fotógrafo rogó con frenesí a todos los dioses que regresase pronto Gnut, pues ahora sólo había el único robot indemne entre él y la peligrosa bestia. Gnut surgió de la oscuridad. El gorila se alzó de nuevo en toda su altura, golpeó su pecho y rugió en señal de reto.

Y entonces ocurrió una cosa curiosa. La bestia cayó de cuatro patas y, lentamente, rodó sobre su costado, como si estuviese débil o se hubiese hecho daño. Luego, jadeando, lanzando unos sonidos aterradores, se puso de nuevo en pie y se enfrentó con el robot que se le acercaba. Y mientras esperaba, su atención fue atraída por el último ujier mecánico y quizá por Cliff, que estaba acurrucado tras él. Con un estallido de terrible ira destructora, el gorila caminó de lado en dirección a Cliff; pero esta vez, a pesar de su pánico, éste pudo ver que el animal se movía con dificultad, al parecer enfermo o gravemente herido. Se echó hacia atrás justo a tiempo: el gorila alzó el último ujier robot y se lo lanzó con violencia a Gnut, fallando por unos centímetros.

Aquél fue su último esfuerzo. Una vez más, la debilidad se apoderó de él; cayó como un fardo sobre un costado, rodó adelante y a atrás varias veces y comenzó a estremecerse. Luego se quedó quieto y ya no se movió.

La primera y débil luz del alba estaba entrando en la sala. Desde el rincón en donde se había refugiado, Cliff contemplaba muy de cerca al gran robot. Le parecía que se comportaba de una forma muy extraña. Se quedó junto al gorila muerto, mirándolo con lo que en un humano hubiera sido considerado tristeza. Cliff lo vio con mucha claridad: las facciones verde oscuro de Gnut tenían una expresión pensativa y doliente, que antes no había visto. Permaneció así algunos segundos, y luego, como haría un padre con su hijo enfermo, se inclinó, alzó al gran animal en sus brazos metálicos y lo llevó con ternura al interior de la nave.

Cliff regresó a la mesa a la carrera, sintiéndose aterrado ante la idea de que pudieran producirse nuevos acontecimientos peligrosos e inexplicables. Pensó que estaría más seguro en el laboratorio y, con las rodillas temblorosas, recorrió el camino hasta allí y se ocultó dentro de uno de los hornos. Rezaba porque pronto fuera de día. Su mente era un verdadero caos. Con rapidez, uno tras otro, iba rememorando todos los asombrosos acontecimientos de la noche; pero todos eran misteriosos, y le parecía que no podía haber explicación racional alguna para los mismos. El pájaro burlón, el gorila, la triste expresión de Gnut y su ternura.

¡No había nada que pudiera explicar una mezcla tan fantástica de acontecimientos!

Gradualmente llegó la luz del día. Pasó mucho rato. Al fin comenzó a creer que quizá pudiese escapar con vida de aquel lugar misterioso y terrible. A las ocho y media se oyeron ruidos en la entrada y el agradable sonido de las voces humanas llegó a sus oídos. Salió del horno y caminó de puntillas por el pasillo.

De pronto, los sonidos se interrumpieron, se oyó una exclamación de asombro, y luego el ruido de pasos a la carrera, tras lo que hubo un silencio. Cliff recorrió el estrecho pasillo con mucho sigilo y atisbó temeroso por detrás de la nave. Allá estaba Gnut en su lugar acostumbrado, en idéntica postura a la que había adoptado a la muerte de su amo, solitario y aparentemente pensativo, frente a un vehículo que de nuevo estaba cerrado y en una habitación que era una ruina. Las puertas de la entrada estaban abiertas de par en par, y, con el corazón en la garganta, Cliff corrió al exterior.

Unos minutos más tarde, ya seguro en la habitación de su hotel, totalmente agotado, se sentó por un instante y casi enseguida se quedó dormido. Más tarde, aún sin desnudarse y todavía medio dormido, se tambaleo hasta la cama. No se despertó hasta mediada la tarde.

3

Se despertó con lentitud, sin darse cuenta al principio de que las imágenes que giraban por su mente eran verdaderos recuerdos y no un sueño fantástico. Fue el recuerdo de las fotos lo que le hizo ponerse en pie. Con rapidez, se dedicó a revelar la película que había en su cámara.

Entonces, tuvo en sus manos la prueba de que los acontecimientos de la noche eran verdaderos. Ambas fotos habían salido bien. La primera mostraba con claridad la rampa que llevaba a la compuerta, tal como la había atisbado desde su posición tras la mesa. La segunda, de la compuerta abierta, y tomada de frente, le produjo un desengaño pues una pared desnuda que había tras la apertura impedía toda visión del interior. Esto explicaba el que no hubiese surgido ninguna luz del interior de la nave mientras Gnut se hallaba en ella. Suponiendo que Gnut necesitase luz para hacer lo que hubiese hecho.

Cliff miró los negativos y se sintió avergonzado de si mismo. ¡Qué mal fotógrafo era, al tomar sólo dos fotos tan ridículas como aquéllas! Había tenido docenas de oportunidades de conseguir maravillosas fotos... fotos de Gnut en acción, su lucha con el gorila o incluso cuando tenía en su mano al pájaro... ¡fotos que hubieran provocado escalofríos a quien las hubiera visto! Y lo único que había conseguido eran dos fotos de una puerta. Oh, eran valiosas, pero él era un burro de marca mayor.

¡Y, para acabar de redondear esta brillante actuación, se había quedado dormido!

Bueno, sería mejor que saliera y averiguase lo que había sucedido.

Se duchó, se afeitó y se cambió de ropa con rapidez. Y pronto estuvo en un restaurante cercano, frecuentado por periodistas y fotógrafos. Sentado en el mostrador, descubrió a un amigo y competidor.

—Bueno, ¿qué es lo que piensas? —le preguntó a su amigo cuando tomó el taburete de al lado.

—No pienso nada hasta que no he desayunado —le respondió Cliff.

—Entonces, ¿es que no te has enterado?

—¿Enterado de qué? —fintó Cliff, que sabía muy bien lo que iba a decirle el otro.

—Desde luego, eres un excelente fotógrafo —comentó el otro—. Cuando sucede algo realmente importante, tú estás durmiendo.

Pero luego le contó lo que se había descubierto aquella mañana en el museo y la excitación mundial originada por las noticias. Cliff hizo tres cosas a la vez, con éxito: se tragó un desayuno muy sustancioso, agradeció a su buena estrella el que no se hubiese descubierto nada nuevo, y mostró una continua sorpresa. Aún masticando, se alzó y corrió al museo.

En el exterior, agolpada junto a la puerta, se veía una gran muchedumbre de curiosos, pero Cliff no tuvo problema alguno para lograr entrar, cuando mostró sus credenciales de prensa. Gnut y la nave estaban tal como él los había dejado, pero habían limpiado el suelo y los trozos de los ujieres robot hechos pedazos se hallaban apilados en un lugar, junto a la pared. Allí había otros amigos y competidores suyos.

—Estaba fuera y me perdí todo este asunto —le dijo a uno de ellos, llamado Gus—. ¿Cuál es la explicación que dan a lo sucedido?

—¿Por qué no me haces otra pregunta más fácil? —fue la respuesta—. Nadie sabe nada. Se piensa que quizá algo saliese de la nave, tal vez otro robot como Gnut. Oye... ¿dónde has estado?

— Durmiendo.

—Pues será mejor que te despiertes. Varios miles de millones de bípedos están tiesos de terror. Se habla de la venganza por la muerte de Klaatu. De que la Tierra está a punto de ser invadida.

—Pero eso es una...

—Oh, sé que todo esto es una locura, pero eso es lo que están contando; sirve para vender periódicos. Aunque hay un nuevo dato que acaba de aparecer, y es muy sorprendente. Ven aquí.

Llevó a Cliff a una mesa en la que había un grupo de personas contemplando con mucho interés varios objetos guardados por un técnico. Gus señaló una placa de Petri en la que estaban montados una serie de cortos cabellos marrón oscuro.

—Esos cabellos son de un gorila macho, de buen tamaño —dijo Gus con un aire casual y muy profesional—. La mayor parte de ellos fueron hallados esta mañana, cuando barrieron el suelo. El resto fue hallado en los ujieres robot.

Cliff trato de parecer asombrado. Luego, Gus señaló un tubo de ensayo parcialmente lleno con un fluido de suave color ámbar.

—Y eso es sangre... diluida... Sangre de gorila. Fue hallada en los brazos de Gnut.

—¡Santo cielo! —logró exclamar Cliff—. ¿Y no hay explicación alguna?

—Ni siquiera una teoría. Es tu gran oportunidad, muchacho.

Cliff se aparto de Gus, no siéndole posible mantener durante más tiempo su actuación. No podía decidir qué hacer con su historia. Los servicios de noticias le hubieran pagado fuertes sumas por ella... con sus fotos, pero eso le quitaría la posibilidad de seguir actuando. Y en lo más profundo de su corazón sentía deseos de volver a permanecer aquella noche en el museo, aunque... tenía miedo. Lo había pasado realmente mal, y sentía unos grandes deseos de continuar con vida.

Fue hasta Gnut y lo contempló durante largo rato. Nadie se podría haber imaginado jamás que se había movido, o que su rostro de metal verdoso había adquirido una expresión de tristeza. ¡Aquellos extraños ojos! Cliff se preguntó si realmente estarían mirándole, como parecía, reconociendo en él al atrevido intruso de la noche anterior. ¿De qué material desconocido estaban hechos aquellos instrumentos colocados en sus ojos por una rama desconocida de la raza del hombre, y que toda la ciencia terrestre no había logrado poner fuera de funcionamiento? ¿En qué estaba pensando Gnut? ¿Cuáles podían ser los pensamientos de un robot, un mecanismo metálico salido de los crisoles del hombre? ¿Estaría irritado con él? Cliff no lo creía. Gnut lo había tenido a su merced... y se había alejado.

¿Se atrevería a quedarse otra vez?

Cliff pensaba que quizá se atreviese.

Cruzó la habitación, reflexionando. Estaba seguro de que Gnut se movería de nuevo. Un lanzarrayos Mikton lo protegería de cualquier otro gorila... o de cincuenta. Aún no tenía toda la historia. ¡Sólo había conseguido dos miserables fotos de objetos inmóviles!

Debería haberse dado cuenta desde el principio de que se quedaría. Aquella noche, armado con su cámara y un pequeño lanzarrayos Mikton, se escondió de nuevo bajo la mesa de suministros del laboratorio y oyó cerrarse las puertas metálicas del edificio.

Esta vez iba a conseguir la historia... y las fotos.

¡Si es que no habían puesto ningún guarda en el interior!

Cliff escuchó durante largo rato para tratar de oír cualquier sonido que le indicase que habían dejado un guarda, pero el silencio del interior del pabellón no fue roto por nada. Le agradaba eso... pero no del todo. La creciente oscuridad y el darse cuenta de que ahora ya no había forma de echarse atrás hacían que no le hubiese disgustado la idea de tener un compañero.

Más o menos una hora después de que se hiciera totalmente oscuro, se quitó los zapatos, los ató y se los colgó alrededor del cuello, dejándolos sobre sus espaldas, y caminó en silencio a lo largo del pasillo hasta el área de exhibiciones. Todo parecía estar sucediendo como la noche anterior. Gnut era una ominosa e indiferenciada sombra situada en el extremo opuesto de la sala, y sus brillantes ojos rojos parecieron de nuevo clavados en el punto en el que se hallaba Cliff atisbando. Como la noche antes, pero de un modo aún más cuidadoso, Cliff se echó de bruces en el ángulo de la pared, y reptó con lentitud hasta la baja plataforma en la que se alzaba la mesa. Una vez en su refugio, dispuso sus zapatos de forma que le colgasen de un hombro y se colocó bien la cámara y la pistolera, para tener ambas cosas a la mano. Esta vez, se dijo, iba a lograr las fotos.

Se acomodó para esperar, pero cuidándose de vigilar a Gnut en todo momento. Su visión alcanzó un máximo ajuste a la oscuridad. Al cabo de un tiempo comenzó a sentirse solitario y un tanto atemorizado. Los brillantes ojos rojos de Gnut le estaban poniendo los nervios de punta; tenía que decirse a sí mismo, una y otra vez, que el robot no iba a hacerle daño. Pero no le cabía ninguna duda de que también él era vigilado.

Las horas pasaron con lentitud. A veces oía leves sonidos en la entrada, en el exterior... Quizá fuera un guarda, o tal vez curiosos.

A las nueve en punto vio a Gnut moverse. Primero sólo fue la cabeza; se volvió para que sus ojos estuvieran aún más clavados en Cliff. Durante un momento, eso fue todo; luego la oscura forma metálica se agitó un poco y comenzó a moverse hacia delante..., en línea recta hacia el fotógrafo. Cliff había pensado que no tendría miedo, al menos mucho, pero ahora se le detuvo el corazón. ¿Qué sucedería en aquella ocasión?

Con asombroso silencio, Gnut se fue acercando hasta que se alzó, cual ominosa sombra, sobre el punto en que yacía Cliff. Durante largo rato, sus ojos rojos ardieron por encima del hombre. Cliff temblaba como una hoja; aquello era peor que la primera vez. Sin haberlo planeado, se encontró a sí mismo hablando con el ser metálico.

—No me hagas daño –suplicó—. Sólo sentía curiosidad por saber lo que sucede. Es mi trabajo. No te haré ningún daño ni te molestaré. ¡No..., no podría hacerlo aunque quisiera! ¡Por favor!

El robot siguió sin moverse, y Cliff no podía imaginarse si sus palabras habían sido comprendidas, o siquiera oídas. Cuando creía que ya no podría soportar más la larga tensión, Gnut tendió la mano y tomó algo de un cajón de la mesa, o quizá metió algo en el mismo; luego dio un paso atrás, se volvió y regresó por donde había venido. ¡Cliff estaba a salvo! ¡De nuevo le había perdonado la vida!

A partir de ese momento, Cliff perdió buena parte de su miedo. Ahora estaba seguro de que Gnut no le haría daño alguno. Lo había tenido dos veces en su poder y en cada ocasión se había limitado a mirarlo, para luego irse en silencio. Cliff no podía ni imaginarse qué era lo que Gnut había hecho en el cajón de la mesa. Contempló con gran curiosidad la escena, para ver qué pasaba a continuación....

Tal como había sucedido la noche anterior, el robot fue directamente al extremo de la nave y produjo la peculiar secuencia de sonidos que abría la compuerta, y cuando la rampa se deslizó, entró en el vehículo. Después de eso, Cliff permaneció solo en la oscuridad durante largo rato, probablemente dos horas. De la nave no salía ni un solo sonido.

Cliff sabia que debía ir a hurtadillas hasta la compuerta y atisbar al interior, pero no acababa de tener el valor necesario para hacerlo. Con su arma podía enfrentarse a otro gorila, pero si Gnut lo atrapaba aquello podía ser el fin. Esperaba que de un momento a otro sucediese algo fantástico... y no sabía el qué. Quizá de nuevo se oyese el dulce canto del pájaro burlón, o quizás apareciese un gorila, o tal vez... cualquier cosa. Una vez más lo que sucedió lo pilló totalmente por sorpresa.

Oyó un repentino sonido apagado y luego palabras..., palabras humanas, muy familiares.

—Caballeros —fue la primera, y luego una ligera pausa—. El Instituto Smithsoniano les da la bienvenida a su nueva Sección Interplanetaria y a la maravillosa exposición que tienen delante.

Tras una ligera pausa, prosiguió:

—Todos ustedes deben... deben... —aquí tartamudeó y se detuvo. A Cliff se le erizó el cabello. ¡Aquel tartamudeo no estaba en la grabación!

Por un instante se produjo un silencio; luego oyó un alarido, el ronco y ahogado alarido de un hombre que surgía de algún lugar en el interior de la nave y que fue seguido por una serie de apagados jadeos y gritos, como los que lanzaría un hombre que estuviese muy asustado o en peligro.

Con todos los nervios en tensión, Cliff contempló la compuerta. Oyó el sonido de un golpe en el interior de la nave, y luego por la abertura salió a la carrera la sombra de lo que sin duda era un ser humano. Jadeante y medio cayéndose, corrió directamente en dirección a Cliff. Cuando se hallaba a unos seis metros de distancia, la gran sombra de Gnut lo siguió por la compuerta.

Cliff lo observaba sin aliento. El hombre, que ahora podía ver que era Stillwell, vino directamente hacia la mesa tras la que se ocultaba Cliff; como para protegerse tras ella, pero cuando se hallaba a pocos pasos de distancia se le doblaron las piernas y cayó al suelo. De repente Gnut estuvo inclinado sobre él pero Stillwell no pareció darse cuenta de eso. Tenía el aspecto de estar muy enfermo, pero no dejaba de hacer un espasmódico y fútil esfuerzo por arrastrarse hacia la protección de la mesa.

Gnut no se movió, así que Cliff se atrevió a hablar.

—¿Qué es lo que pasa, Stillwell? —le preguntó—. ¿Puedo ayudarte? No tengas miedo. Soy Cliff Sutherland, ¿me recuerdas? Soy el fotógrafo.

Sin mostrar la menor sorpresa al hallarse con Cliff allí, y agarrándose a su presencia como lo haría uno que se ahogase, Stillwell jadeó:

—¡Ayúdame! Gnut... Gnut —no parecía poder proseguir.

—¿Qué es lo que pasa con Gnut? —preguntó Cliff. Teniendo muy presente que el robot de los ojos de fuego se alzaba junto a ellos, y temiendo incluso moverse hacia el hombre, Cliff añadió con aire tranquilizador—: Gnut no te hará daño. Estoy seguro de que no te lo hará. A mi no me lo hace. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué puedo hacer?

Con una repentina decisión y energía, Stillwell se alzó sobre sus codos.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

—En el Pabellón Interplanetario —le contestó Cliff—. ¿Es que no lo sabías?

Durante un instante sólo se oyó la dificultosa respiración de Stillwell. Luego, ronca y trabajosamente, preguntó:

—¿Cómo he llegado aquí?

—No lo sé —le contestó Cliff.

—Estaba haciendo una grabación informativa —dijo Stillwell—, cuando, de repente, me encontré aquí..., es decir, allí dentro...

Se interrumpió y su rostro mostró una nueva expresión de horror.

—¿Y qué pasó entonces? —le preguntó Cliff, con voz suave.

—Estaba en esa caja... y allí, junto a mí, estaba Gnut, el robot. ¡Gnut! ¡Pero si lo habían inutilizado! ¡Nunca se ha movido!

—Tranquilízate ya —le dijo Cliff—. No creo que Gnut te haga daño.

Stillwell se dejó caer de nuevo al suelo.

—Estoy muy débil —jadeó—. Algo... ¿Querrías buscar a un doctor?

No se daba cuenta de que el robot que tanto temía se alzaba junto a él, con los ojos fulgurando en la oscuridad.

Mientras Cliff dudaba, sin saber qué hacer, la respiración del hombre se transformó en una serie de débiles jadeos, tan regulares como el tic tac de un reloj. El fotógrafo no se atrevía a acercarse a él, pero nada que hubiese hecho podría ayudar ya al hombre. Sus jadeos se debilitaron y se hicieron espasmódicos, y luego, de repente, se quedó totalmente quieto y en silencio. Cliff le auscultó el corazón, y luego alzó la vista hacia los ojos de la figura que había arriba.

—Está muerto —susurró.

El robot pareció comprenderle, o al menos oírle. Se inclinó hacia delante y contempló la figura inmóvil..

—¿Qué es lo que pasa, Gnut? —le preguntó de repente Cliff al robot—. ¿Qué es lo que estás haciendo? ¿Puedo ayudarte de alguna manera? Hay algo que me dice que tus móviles no son malos, y no creo que hayas matado a este hombre. Pero, ¿qué ha pasado? ¿Puedes comprenderme? ¿Puedes hablar? ¿Qué es lo que estás tratando de hacer?

Gnut ni se movió ni emitió sonido alguno, limitándose a mirar a la figura inerte que tenía a sus pies. En el rostro del robot, que ahora tenía tan cerca, Cliff veía una expresión de tristeza infinita.

El robot permaneció así varios minutos; luego, se inclinó aún más, tomó con mucho cuidado, incluso con suavidad, la forma inerte y, llevándola en sus poderosos brazos, fue hasta el lugar junto a la pared en donde yacían los trozos desmembrados de los ujieres robot. Cuidadosamente, la colocó a su lado. Luego, regresó hacia la nave.

Ahora ya sin miedo, Cliff corrió a lo largo de la pared de la habitación. Había llegado ya casi hasta el lugar en donde estaban las máquinas hechas pedazos cuando, de pronto, se detuvo en seco. Gnut estaba saliendo de nuevo.

Llevaba algo que parecía otro cadáver, más grande. Lo sostenía con un brazo y lo depositó con cuidado junto al cadáver de Stillwell. En la mano de su otro brazo sostenía algo que Cliff no podía divisar y que colocó junto al cuerpo que acababa de dejar en el suelo. Luego regresó a la nave y volvió una vez más con una forma que colocó con el mismo cuidado junto a las otras; y cuando hubo realizado este último viaje, las miró por un instante y luego retornó con lentitud a la nave y se quedó quieto, como muy ensimismado, junto a la rampa.

Cliff contuvo su curiosidad tanto como le fue posible, y después se deslizó hacia los objetos que Gnut había colocado allí. El primero en la hilera era el cadáver de Stillwell, tal como había esperado, y el siguiente era la gran forma peluda del gorila muerto... el de la noche pasada. Junto al gorila yacía el objeto que el robot había llevado en su mano libre, el diminuto cadáver del pájaro burlón. Aquellos dos habían permanecido en la nave durante el pasado día, y Gnut, a pesar del mucho cuidado con que los había tratado, sólo estaba haciendo limpieza. Pero había un cuarto cadáver del que nada sabía. Se acercó al mismo y se inclinó sobre él, para mirarlo.

Lo que vio le hizo quedarse sin aliento: ¡imposible!, pensó; debía de haberse equivocado; volvió a mirar muy de cerca al primer cadáver.

Entonces, se le congeló la sangre en las venas. El primer cadáver era el de Stillwell, pero el último de la hilera también era de Stillwell; había dos cadáveres de Stillwell, ambos exactamente idénticos, ambos desprovistos de vida.

Cliff se echó hacia atrás con un grito, y luego el pánico hizo presa en él y corrió por la habitación, apartándose de Gnut, y se puso a gritar y a golpear salvajemente la puerta. Se oyó un ruido en el exterior.

—¡Déjenme salir! —aulló aterrorizado—. ¡Déjenme salir! ¡Déjenme salir! ¡Apresúrense!

Se abrió una rendija entre las dos hojas de la puerta, que él agrandó con salvajismo animal, escapando muy lejos por el césped. Una pareja tardía que caminaba por un sendero cercano se lo quedó mirando asombrada, y esto le devolvió algún sentido, por lo que frenó su marcha y al fin se detuvo. Mirando hacia atrás, al edificio, vio que todo tenía el aspecto de siempre y que a pesar de su terror, Gnut no lo estaba persiguiendo.

Aún estaba con los pies descalzos. Respirando con agitación, se sentó en el húmedo césped y se puso los zapatos; luego se alzó y miró al edificio, tratando de recuperar la calma. ¡Qué lío tan enorme! El cadáver de Stillwell, el cadáver del gorila, y el cadáver del sinsonte... todos los cuales habían fallecido ante sus ojos. Y luego la última cosa aterradora, el segundo cadáver de Stillwell, al que no había visto morir. Y la extraña gentileza de Gnut, y la triste expresión que había visto en dos ocasiones en su rostro.

Mientras miraba empezó una cierta animación por los terrenos circundantes. Varias personas se reunieron en una puerta del pabellón, sonó por encima la sirena de un helicóptero de la policía, y luego otra en la distancia, y llegó gente corriendo de todos lados, unos pocos al principio, y luego más y más. Los aparatos de la policía aterrizaron en el césped junto a la puerta del pabellón, y creyó poder ver a los agentes atisbando al interior del mismo. Luego, de pronto, se encendieron las luces del edificio. Recuperado ya el control de sí mismo, Cliff volvió al museo.

Entró. Había dejado a Gnut pensativo a un lado de la rampa, pero ahora estaba de nuevo en su vieja y familiar postura en su lugar habitual, como si jamás se hubiera movido. La puerta de la nave estaba cerrada, y la rampa había desaparecido. Pero los cadáveres, los cuatro extraños cadáveres, yacían aún junto a los destrozados ujieres robot allí donde los había dejado en la oscuridad.

Se sobresaltó al oír un grito detrás de él: un guarda uniformado del museo le estaba señalando.

—¡Es éste! —gritaba el guarda—. ¡Cuando abrí la puerta este hombre la forzó de un empellón y salió corriendo como si le persiguiese el diablo!

Los agentes de la policía convergieron hacia Cliff.

—¿Quién es usted? ¿Qué es todo esto? —le preguntó uno de ellos, con bastante aspereza.

—Soy Cliff Sutherland, periodista gráfico —le contestó con mucha calma Cliff—. Estaba aquí dentro y salí corriendo, tal como dice ese guarda.

—¿Qué es lo que hacía aquí dentro? —le preguntó el agente, mirándolo con fijeza—. ¿Y de dónde han salido esos cadáveres?

—Caballeros, se lo contaría todo con mucho placer... Sólo que lo primero es el negocio —les contestó Cliff—. Se han producido algunos hechos realmente fantásticos en esta habitación, y yo los he visto todos y conozco su historia, pero... –sonrió—. Debo negarme a contestarles sin contar con el consejo de un abogado, y hasta que haya vendido mi artículo a uno de los sindicatos de prensa. Ya saben cómo son las cosas. Si me permiten utilizar la radio de su aparato..., sólo un instante, caballeros, les contaré toda la historia a continuación..., digamos que dentro de media hora, cuando la emitan los chicos de la televisión. Mientras tanto, pueden creerme si les digo que no hay nada que puedan hacer, y que no perderán nada con el retraso.

El agente que había hecho las preguntas parpadeó, y uno de los otros, de reacciones más rápidas y que desde luego no era un caballero, dio un paso hacia Cliff con los puños apretados. Cliff lo desarmó entregándole sus credenciales de prensa. El otro le dio una rápida ojeada y se las metió en el bolsillo.

Por aquel entonces ya había allí medio centenar de personas, y entre ellas dos miembros del equipo de un sindicato a los que conocía, llegados en helicóptero. Los policías gruñeron, pero le dejaron que les susurrase al oído y luego fuera bajo escolta al aparato de aquellos hombres. Allí, por radio, y en cinco minutos, Cliff hizo un trato que le iba a proporcionar más dinero del que jamás antes había ganado en todo un año. Luego, entregó todas sus fotos y negativos al equipo y les contó la historia, tras lo que ellos no perdieron ni un segundo en regresar a su oficina con la exclusiva.

Fueron llegando más y más personas, y la policía vació el edificio. Diez minutos más tarde, un gran equipo de radio y televisión, enviado por el sindicato con el que había hecho el trato, se abrió camino al interior del pabellón. Y luego, algunos minutos más tarde, bajo las deslumbrantes luces colocadas por los técnicos y situándose cerca de la nave y no muy lejos de Gnut (rehusó colocarse al lado), Cliff contó su historia a las cámaras y micrófonos, que en una fracción de segundo la enviaron a todos los rincones del Sistema Solar.

Inmediatamente después, la policía se lo llevó a la cárcel. Lo hicieron por principio, y además porque se los comía la ira.

5

Cliff pasó la noche en la cárcel... hasta las ocho de la mañana siguiente, cuando el sindicato logró al fin encontrar a un abogado que lo sacase. Y entonces, cuando al final salía, un agente de paisano lo agarró por la muñeca.

—Deseamos que venga a la Oficina Continental de Investigación para hacerle algunas preguntas —le dijo el agente. Cliff fue con él de buena gana.

Cuarenta y tres jerarquías estatales y “personalidades” lo esperaban en una imponente sala de conferencias: uno de los secretarios del presidente, el vicesecretario de estado, el viceministro de defensa, científicos, un coronel, ejecutivos, jefes de departamento y varios agentes principales de la Oficina. El viejo Sanders, el del bigote canoso, jefe del C.B.I., era quien presidía la reunión.

Le hicieron contar la historia de nuevo, completa..., no porque no le creyesen, sino porque esperaban obtener algún dato que arrojara alguna luz sobre el misterioso comportamiento de Gnut y los acontecimientos de las últimas tres noches. Con mucha paciencia, Cliff rebuscó en su cerebro hasta el último detalle.

El jefe Sanders fue el que hizo casi todas las preguntas. Tras más de una hora, cuando Cliff creía que ya había terminado, Sanders le hizo varias preguntas más, todas las cuales tenían que ver con sus opiniones personales acerca de lo sucedido.

—¿Cree que Gnut fue averiado de algún modo por los ácidos, rayos, calor y demás cosas que le aplicaron los científicos?

—No vi ninguna evidencia de ello.

—¿Cree que puede ver?

—Estoy seguro de que puede ver, o bien tiene otros poderes equivalentes a la visión.

—¿Cree que puede oír?

—Sí, señor. Cuando le susurré que Stillwell estaba muerto, se inclinó aún más, como para verlo por sí mismo. No me sorprendería que hubiese comprendido lo que le dije.

—¿No habló en ninguna otra ocasión que cuando produjo esos sonidos para abrir la nave?

—No dijo ni una palabra ni en inglés ni en ningún otro idioma. Ni produjo un solo sonido por su boca.

—Según su opinión, ¿ha resultado disminuida de algún modo su fuerza a causa del tratamiento que le hicimos? —preguntó uno de los científicos.

—Ya les he contado la facilidad con que manejó al gorila. Atacó al animal y lo lanzó al suelo, tras lo cual éste se retiró al otro extremo del edificio, muerto de miedo.

—¿Cómo explicaría el hecho de que nuestras autopsias no han encontrado ninguna herida mortal, ni causa alguna de muerte en ninguno de los cadáveres: el del gorila, el del pájaro, o los dos idénticos de Stillwell? —interrogó un médico.

—No puedo explicarlo.

—¿Cree que Gnut es peligroso? —preguntó Sanders.

—Potencialmente lo es mucho.

—Y, sin embargo, usted tiene la sensación de que no es hostil.

—He querido decir que no lo era conmigo. Tengo esa sensación, y me temo no poder dar ninguna buena razón para explicarla, exceptuando la forma en que me perdonó la vida en dos ocasiones, cuando me tenía en su poder. Creo que quizá también influya la forma en que manejó los cadáveres, y quizá la expresión triste y pensativa que vi en su rostro, en dos ocasiones.

—¿Se arriesgaría a permanecer solo en el edificio durante toda otra noche?

—No, por ningún precio —aseguró, provocando sonrisas.

—¿Tomó alguna foto de lo que pasó anoche?

—No, señor.

Cliff, con un esfuerzo, logró mantener su compostura, pero se sintió inundado por una oleada de vergüenza. Un hombre, que hasta ahora había permanecido en silencio, lo rescató al decir:

—Hace un rato utilizó la frase “con un objetivo”, refiriéndose a las acciones de Gnut ¿Puede explicar esto un poco más?

—Sí, esa fue una de las cosas que atrajo mi atención: Gnut nunca parece hacer nada en vano. Cuando lo desea, puede moverse con sorprendente rapidez; vi esto cuando atacaba al gorila; pero la mayor parte de las otras veces camina como si estuviese llevando a cabo de un modo metódico alguna tarea simple. Y esto me hace recordar una cosa muy peculiar: hay momentos en que adopta una posición, cualquier posición, quizá medio inclinado, y se queda así durante varios minutos. Es como si su escala de valores temporales fuese diferente de la nuestra: algunas cosas las hace con una sorprendente rapidez y otras con una asombrosa lentitud. Esto podría explicar sus largos períodos de inmovilidad.

—Muy interesante —dijo uno de los científicos—. ¿Cómo explicaría usted el hecho de que últimamente sólo se mueve de noche?

—Creo que está haciendo algo que no quiere que vea nadie, y que la noche es el único período en que permanece solo.

—Pero siguió adelante aun después de hallarse usted allí.

—Lo sé. Pero no tengo ninguna otra explicación, a menos que me considerase inofensivo o incapaz de detenerlo... lo que desde luego era cierto.

—Antes de que usted llegase, estábamos pensando en encerrarlo en un gran bloque de glassita. ¿Cree que lo permitiría?

—No lo sé. Probablemente lo permitiese; aceptó lo de los ácidos, los rayos y el calor. Aunque quizá sea mejor que lo hagan durante el día, pues parece moverse sólo de noche.

—Pero se movía de día cuando salió del vehículo con Klaatu.

—Lo sé.

Aquello parecía ser todo lo que se les ocurría preguntarle. Sanders dio una palmada en la mesa.

—Bueno, me parece que eso es todo, señor Sutherland –dijo—. Muchas gracias por su ayuda, y deje que le felicite por ser usted un joven muy alocado, testarudo y valiente... y un buen negociante.

Sonrió levemente.

—Puede irse ahora, pero quizá tengamos que llamarle otra vez. Ya veremos.

—¿Puedo quedarme mientras toman la decisión acerca de la glassita? —preguntó Cliff—. Ya que estoy aquí, me gustaría poder enterarme de la noticia.

—La decisión ya ha sido tomada... Puede dar la noticia. Comenzará a efectuarse la operación de vertido de la glassita inmediatamente.

—Gracias, señor —dijo Cliff, y, con mucha calma, añadió: Y, ¿sería tan amable de autorizarme para que esté presente junto al edificio esta noche? En el exterior. Tengo la corazonada de que va a suceder algo.

—Ya veo que quiere otra exclusiva —le dijo Sanders, sin animosidad—. Y luego hará que la policía espere mientras usted realiza los negocios.

—Eso no volverá a suceder, señor. Si pasa algo, ellos serán los primeros en enterarse.

El jefe dudó.

—No sé—dijo al fin—, pero le diré una cosa. Todos los servicios de noticias desearán tener gente allí, y no podemos aceptarlo; pero si logra arreglar las cosas para que usted los represente a todos, yo por mi parte lo aceptaré. No va a suceder nada, pero sus artículos servirán para calmar el histerismo. Hágame saber si llega a un arreglo.

Cliff le dio las gracias, salió y, apresuradamente; comunicó la noticia por teléfono al sindicato, sin pedir nada a cambio, y luego les contó la propuesta de Sanders. Diez minutos más tarde le llamaron ellos diciéndole que todo estaba arreglado y que se fuera a dormir un poco. Ellos estarían presentes en la operación de la glassita. Con el corazón alegre, Cliff se apresuró a ir al museo. El lugar estaba rodeado de millares de curiosos, que estaban siendo contenidos, muy lejos del edificio, por un fuerte cordón policial. Esta vez no le fue posible atravesarlo: lo reconocieron, y la policía aun seguía resentida. Pero no le importaba mucho, y, de pronto, se sintió muy cansado y necesitado de una siesta. Regresó a su hotel, dio aviso, y se fue a la cama.

Llevaba dormido sólo unos minutos cuando sonó el teléfono. Lo contestó sin abrir los ojos. Era uno de los chicos del sindicato, con unas noticias muy peculiares. Habían encontrado a Stillwell con vida..., el verdadero Stillwell. Los dos muertos eran una especie de copia; y el verdadero no sabía cómo explicar eso. No tenía ningún hermano.

Cliff se quedó despierto por un instante, pero luego volvió a dormirse. Ya nada le parecía fantástico.

6

A las cuatro de la tarde, muy descansado y con un catalejo de infrarrojos colgado al hombro, Cliff atravesó el cordón policial y entró por la puerta del pabellón. Lo esperaban, y no tuvo problemas. Cuando clavó su vista en Gnut, lo recorrió una extraña sensación, y, por alguna razón desconocida, casi sintió pena por el gigantesco robot.

Gnut se hallaba igual que siempre, con el pie derecho un poco adelantado y la misma expresión ensimismada en el rostro; pero ahora había algo más. Estaba sólidamente encerrado en un gran bloque de glassita transparente. El bloque de plástico tenía unos cinco metros de alto y otros tantos de ancho y grueso, constituyendo una prisión transparente como el agua, que confinaba cada centímetro de superficie del robot e impediría incluso el más ligero movimiento de sus asombrosos músculos.

Sin duda, era absurdo sentir pena por un robot, un mecanismo hecho por el hombre; pero Cliff había empezado a pensar en él como un ser vivo, tan vivo como un ser humano. Mostraba un propósito y una fuerza de voluntad; realizaba actos complicados y llenos de recursos, en dos ocasiones su rostro había mostrado con toda claridad la emoción de la tristeza, y varias veces lo que parecía ser una expresión de profunda reflexión; se había mostrado implacable con el gorila, y dulce con el pájaro y los otros dos cadáveres, y en dos ocasiones no había utilizado su fuerza para aplastar a Cliff cuando parecía haber todas las razones para hacerlo. Cliff no había dudado ni por un instante que Gnut estuviese vivo, significara lo que significase ese “vivo”.

Pero allá fuera estaban esperando los chicos de la radio y la televisión; tenía trabajo que hacer. Fue a su encuentro y comenzó a trabajar.

Una hora más tarde, Cliff estaba sentado, solo, a unos cinco metros por encima del suelo, en un gran árbol situado al otro lado del paseo que había frente al edificio, lo que le permitiría ver con claridad la parte superior del cuerpo de Gnut a través de una ventana. Había atado a las ramas que lo rodeaban tres instrumentos: su catalejo de infrarrojos, un micrófono radiofónico y una cámara de televisión de infrarrojos con toma de sonido. El primero, el catalejo, le permitiría ver en la oscuridad con sus propios ojos, como si fuera de día, una imagen agrandada del robot, y los otros recogerían todas las imágenes y sonidos, incluyendo sus propios comentarios, y los transmitirían a los diversos estudios de retransmisión que los enviarían a millones de kilómetros en todas las direcciones, a través del espacio. Nunca antes había tenido fotógrafo alguno una misión tan importante... desde luego no la había tenido ninguno que se olvidase de tomar fotografías. Pero Cliff ya se había olvidado de aquello, y se sentía bastante orgulloso y dispuesto.

Muy hacia atrás, y formando un gran círculo se hallaba la multitud compuesta por los curiosos... y los temerosos. ¿Contendría la glassita a Gnut? ¿Saldría con ansias de venganza, si el plástico no podía detenerlo? ¿Aparecerían unos seres inimaginables, que hubiesen estado ocultos en el interior de la nave, para librarle y quizá para vengarse? Millones de personas esperaban temblorosos ante sus receptores; y quienes se hallaban a una cierta distancia esperaban que no sucediese nada horrible; pero lo cierto es que también admitían la posibilidad de que sucediese alguna catástrofe y estaban dispuestos a salir corriendo.

En lugares cuidadosamente elegidos, no muy lejos de Cliff, y por todas partes, había baterías móviles de rayos del ejército, y en una depresión situada tras él y hacia la derecha estaba estacionado un enorme tanque con un gigantesco cañón. Cada una de las armas apuntaba a la puerta del pabellón. Una hilera de tanques más pequeños estaba alerta a cincuenta metros al norte. Sus lanzarrayos estaban apuntando hacia la puerta, pero no sus cañones. Desde donde se hallaba el tanque pesado, un proyectil dirigido contra la puerta no podía causar daños ni víctimas en parte alguna de la capital.

Cayó la noche; del edificio fueron saliendo los últimos oficiales militares, políticos y otros privilegiados; al fin se cerraron con sonido metálico las grandes puertas del pabellón, echándoles la llave para la noche. Pronto Cliff se encontró solo, exceptuando a los centinelas de los tanques.

Pasaron las horas. Salió la luna. De vez en cuando Cliff informaba al equipo del estudio de que todo estaba en calma. Ahora no podía divisar a Gnut a simple vista, con excepción de los dos débiles puntos rojos que eran sus ojos, pero a través del catalejo lo veía con tanta claridad como si fuera de día y estuviese situado a una distancia aparente de sólo tres metros. Exceptuando sus ojos, no había ninguna evidencia de que fuera otra cosa que metal muerto y sin funcionamiento.

Pasó otra hora. De vez en cuando Cliff tocaba los controles de su pequeña radiotelevisión de muñeca..., sólo unos segundos cada vez a causa de lo limitado de su batería. La emisión no hacía más que referirse a Gnut o él mismo, y en una ocasión la pequeña pantalla mostró el árbol en que estaba sentado e incluso, muy diminuto, al propio Cliff. Desde puntos cercanos habían enfocado sobre él poderosas cámaras de televisión de infrarrojos y con teleobjetivo. Aquello le producía una extraña sensación.

Repentinamente Cliff vio algo que le hizo mirar hacia el ocular del catalejo. Los ojos de Gnut se estaban moviendo; o al menos había variado la intensidad de la luz que emanaba de ellos. Era como si dos pequeños reflectores rojos fueran girados de un lado a otro y sus rayos cruzasen, a cada movimiento, el campo visual de Cliff.

Muy excitado, Cliff hizo una señal a los estudios, inició la retransmisión y describió el fenómeno. Millones de personas vibraron en resonancia ante la emoción de su voz. ¿Podría salir Gnut de aquella tremenda prisión? Pasaron minutos, y continuaron los destellos de los ojos, aunque Cliff no podía discernir ningún movimiento o intento de moverse por parte del cuerpo del robot Describió con cortas frases lo que estaba viendo. Resultaba claro que Gnut estaba con vida; y no cabía duda alguna de que estaba luchando contra la prisión transparente en la que había sido encerrado; pero, a menos de que pudiera quebrarla, no habría ningún movimiento.

Cliff tuvo un sobresalto. A ojo desnudo podía ver algo asombroso que aún no resultaba visible a través de su instrumento: un débil brillo rojo se estaba extendiendo sobre el cuerpo del robot. Reajustó el objetivo de la cámara de televisión con dedos temblorosos, pero mientras lo hacía, el brillo fue creciendo con intensidad. ¡Parecía como si el cuerpo de Gnut estuviese caldeándose hasta la incandescencia!

Lo describió con frases excitadas, pues dedicaba casi toda su atención a ir corrigiendo el enfoque del objetivo. Gnut pasó a ser una figura de color rojo apagado hasta un ser que cada vez era más brillante, viéndose con claridad su brillo, incluso a través del catalejo. ¡Y entonces se movió! ¡No cabía duda de que se había movido!

Tenía en su interior algún dispositivo que le permitía aumentar su propia temperatura y estaba aprovechándose de la única debilidad del plástico en que había sido encerrado. Pues, como ahora recordaba Cliff, la glassita era un material termoplástico que se solidificaba al enfriarse y se fundía al calentarse. ¡Gnut se estaba liberando de ella a base de fundirla!

Con frases breves, Cliff fue describiéndolo. El robot se puso de un color rojo cereza, los ángulos del bloque de plástico se fueron redondeando, y toda la estructura comenzó a deformarse. El proceso se fue acelerando. El cuerpo del robot se movía con más facilidad. El plástico fue descendiendo hasta llegar sólo a la coronilla, luego hasta el cuello y después hasta la cintura, que era lo más que Cliff podía ver. ¡Su cuerpo estaba libre! Y entonces, aún de un color rojizo cereza, se movió hacia adelante, perdiéndose de vista.

Cliff forzó su vista y oído, pero no logró enterarse de nada, en medio del lejano rugido de los curiosos que había más allá del cordón de la policía y algunas secas y débiles voces de mando en las baterías situadas a su alrededor.

Pasaron varios minutos. Se oyó un seco y resonante estrépito: se abrieron de golpe las grandes puertas metálicas y el gigantesco robot apareció en el hueco de la entrada, ya sin brillar. Se quedó quieto, y en la oscuridad su mirada se movía.

En las tinieblas sonaron voces aullando órdenes, y Gnut fue bañado por los entrecruzados rayos de una luz chisporroteante y colorada. Tras él comenzaron a fundirse las puertas metálicas, pero su gran cuerpo verde no mostró ningún cambio. Luego pareció acabar el mundo: se oyó un trueno ensordecedor y todo lo que había ante Cliff semejó estallar en humo y caos, siendo su árbol agitado de tal modo que estuvo a punto de caer. Llovieron restos. Había hablado el cañón del tanque pesado y, estaba seguro, Gnut habla sido alcanzado.

Cliff se agarró con fuerza al tronco y atisbo en la neblina. Mientras se aclaraba, divisó un movimiento entre los restos junto a la puerta y luego, de modo impreciso pero indudable, vio cómo la gran forma de Gnut se ponía en pie. Se alzó con lentitud, volviéndose hacia el tanque y, de repente, saltó hacia él trazando un amplio arco en el aire. El enorme cañón se movió en un intento de seguirle, pero el robot hizo una finta y luego cayó sobre el vehículo. Mientras la tripulación del mismo escapaba en todas direcciones, destruyó la recámara de un puñetazo, tras lo que se volvió y miró directamente a Cliff.

Se dirigió a él y, en un momento, estuvo bajo el árbol. Cliff subió aún más arriba. Gnut colocó sus brazos alrededor del árbol y tiró de él hacia arriba, arrancándolo de cuajo, con raíces y todo, y dejándolo caer a su lado. Antes de que Cliff pudiera salir huyendo, el robot lo había alzado en su manos metálicas.

Cliff pensó que había llegado su hora. Pero aún le estaban reservadas muchas y extrañas cosas aquella noche. El robot no le hizo el menor daño. Lo mantuvo frente a sí por un instante, mirándolo, y luego se lo colocó sentado sobre los hombros, con las piernas a cada lado de su cabeza. Después, agarrándolo por un tobillo, se volvió y, sin dudarlo, tomó el camino que llevaba hacia el Oeste, alejándose del edificio.

Cliff estaba inerme. Vio que las bocas de los cañones de los tanques se movían, siguiéndolo.

Pero no dispararon. Al colocarlo sobre sus hombros, el robot se había asegurado de que no harían fuego... Al menos eso era lo que Cliff esperaba.

El robot caminó en línea recta hacia el Tidal Basin. La mayor parte de los soldados lo siguieron, con lentitud y titubeantes. A lo lejos, Cliff vio como una oscura línea de confusión se desparramaba hacia la zona despejada de gente: las barreras policiales habían sido rotas. Por delante se fue aclarando con rapidez la multitud, que pasaba hacia los lados; luego, de todas las direcciones, exceptuando por delante, volvió la marea hasta que pudieron oírse con claridad gritos y alaridos individuales. La gente se detuvo a unos cincuenta metros de distancia, y pocas fueron las personas que se atrevieron a acercarse más.

Gnut no les prestó atención, como tampoco se la prestaba a su carga, que podría haber sido una mosca posada sobre su cuello. Su superficie metálica era para Cliff un asiento tan duro como el acero, pero con la diferencia de que los músculos que había bajo ella se flexionaban con cada movimiento, tal como sucedería con un ser humano. El periodista se asombró mucho ante esa musculatura metálica.

Gnut caminó tan recto como vuela una abeja, atravesando senderos, cruzando parterres y yendo por entre las hileras de los árboles, con el joven sobre sus hombros, seguido por el rugido de millares de personas. Por encima zumbaban los helicópteros y silbaban los aviones, contándose entre ellos vehículos de la policía con sus sirenas que le destrozaban los nervios. Por delante se veían las tranquilas aguas del Tidal Basin, y en su centro la simple tumba de mármol de Klaatu, el embajador asesinado, que brillaba negra y fría a la luz de la docena de proyectores que siempre la iluminaban de noche. ¿Era aquélla una visita al muerto?

Sin un instante de duda, Gnut llegó hasta la orilla y entró en el agua. Se hundió en ella hasta las rodillas, y luego hasta la cintura, de modo que los pies de Cliff se mojaron. Y el robot prosiguió su inexorable avance a través de las oscuras aguas, en dirección a la tumba de Klaatu.

La oscura y cuadrada masa de brillante mármol se fue alzando sobre ellos a medida que se acercaban, y el cuerpo de Gnut comenzó a emerger del agua cuando fue subiendo el fondo del estanque, hasta que sus gigantes pies pisaron el primero de los escalones de la pirámide. En un momento estuvieron en la parte superior de la misma, en la estrecha plataforma en cuyo centro descansaba la simple tumba oblonga.

Desnudo bajo los brillantes reflectores, el gigantesco robot la rodeó, y luego, inclinándose, asentó los pies en tierra y dio un tremendo tirón a la tapa. El mármol se resquebrajó; la gruesa tapa se deslizó hacia un lado y se rompió con estruendo por su extremo opuesto. Gnut se puso de rodillas y miró al interior, haciendo que Cliff quedase bastante más allá del borde.

En el interior, en un contraste de sombras formado por las convergentes luces de los reflectores, yacía un ataúd de plástico transparente, de gruesas paredes y sellado para resistir el paso de los siglos, que contenía los restos mortales de Klaatu, el visitante de lo Ignoto, y la pequeña bobina de película sonora en la que estaba grabada para toda la eternidad la secuencia de sus pocos movimientos y palabras.

Cliff permaneció muy quieto, deseando haber podido ver el rostro del robot. Tampoco Gnut se movió de su posición de reverente contemplación... Allí, en la brillantemente iluminada pirámide, ante los ojos de una multitud temerosa y arremolinada, Gnut hizo las honras fúnebres a su apuesto y venerado maestro.

Entonces, de repente, todo hubo terminado. Gnut tendió la mano y tomó la pequeña caja de la grabación, se puso de pie y comenzó a bajar los escalones.

Cruzando el agua, volviendo hacia el edificio a través de senderos y campos de césped como antes, Gnut avanzó irresistible. Frente a él se dispersó la caótica masa de gente, que le seguía tan de cerca como se atrevía, pisoteándose unos a otros en su esfuerzo de no perderlo de vista. No hubo ninguna grabación televisiva de su regreso. Todas las cámaras habían sido dañadas en su camino hacia la tumba.

Mientras se aproximaba al edificio, Cliff vio que el proyectil del tanque había hecho un agujero de seis metros de ancho que iba desde el techo al suelo. La puerta aún estaba abierta, y Gnut, sin apenas una variación en el ritmo de su paso, cruzó por encima de los cascotes y fue en línea recta hacia la parte trasera de la nave. Cliff se preguntó si iba a ser liberado.

Así fue. El robot lo puso en el suelo y señaló hacia la puerta del edificio; luego, volviéndose, emitió los sonidos que abrían la nave. La rampa se deslizó hasta el suelo y subió por ella.

Y entonces Cliff llevó a cabo la acción, loca y arriesgada, que le iba a hacer famoso durante aquella generación. Cuando la rampa comenzaba a deslizarse de nuevo hacia arriba, saltó sobre ella y entró también en el vehículo. La compuerta se cerró tras él.

7

La oscuridad era total y el silencio absoluto. Cliff no se movió. Notaba que Gnut estaba cerca, justo delante de él, y así era.

Su dura mano metálica lo tomó por la cintura, lo llevó contra su costado y lo trasladó a algún lugar. De repente, unas lámparas bañaron el recinto con una luz azulada.

Dejó a Cliff en el suelo, y se quedó mirándolo. El joven ya estaba arrepentido de su alocada acción, pero el robot no parecía irritado, y su rostro era inexpresivo, a excepción de sus siempre insondables ojos. Indicó un taburete que había en un rincón de la habitación. Esta vez Cliff obedeció con rapidez y se sentó sumiso, sin atreverse, por un instante, ni a mirar a su alrededor.

Luego vio que se hallaba en un pequeño laboratorio. Las paredes estaban cubiertas de complicados aparatos de metal y plástico, que también llenaban varias pequeñas mesas. No podía reconocer ni imaginarse para qué servía ninguno de ellos. Dominando el centro de la sala había una larga mesa de metal en cuya parte superior había una gran caja, muy parecida exteriormente a un ataúd, que estaba conectada por muchos cables a un complicado aparato que había en el extremo opuesto. Encima de ella brillaba un cono de deslumbrante luz que surgí a de una lámpara de muchos tubos.

Un objeto medio cubierto, en una mesa cercana, tenía un aspecto familiar... y resultaba del todo incongruente. Desde donde él se hallaba parecía un maletín, un vulgar maletín. Se preguntó qué sería aquello.

Gnut no le prestó atención alguna; inmediatamente cortó el borde de la caja de grabación, utilizando la hoja de una gruesa herramienta. Alzó la bobina de película sonora y pasó casi media hora ajustándola sobre el aparato que se hallaba al extremo de la gran mesa. Cliff lo contempló, fascinado por la habilidad con que el robot usaba sus duros dedos de metal. Hecho aquello, Gnut trabajó largo rato en algún aparato accesorio que había en una mesa adjunta. Más tarde hizo una momentánea pausa, pensativo, tras de lo cual tiró de una larga palanca.

De la caja parecida a un ataúd surgió una voz: la voz del embajador asesinado.

—Soy Klaatu –dijo—. Y este es Gnut.

“¡Aquello era de la grabación!”, pensó al instante Cliff. Eran las primeras y únicas palabras que había dicho el embajador. Pero luego, al siguiente segundo, vio que no era así. ¡Había un hombre en la caja! El hombre se agitó y se sentó, ¡y Cliff vio el rostro de Klaatu vivo!

El embajador parecía algo sorprendido, y habló con rapidez con Gnut, en un idioma desconocido..., y Gnut, por primera vez desde que Cliff lo conocía, habló en respuesta. Las sílabas del robot tenían el tono de la emoción humana, y la expresión del rostro de Klaatu pasó de la sorpresa al asombro. Hablaron durante varios minutos, y al cabo Klaatu, aparentemente fatigado, comenzó a recostarse, pero se detuvo a media acción, pues vio a Cliff. Gnut habló de nuevo, largo rato. Klaatu hizo un gesto a Cliff con la mano, y éste fue hacia él.

—Gnut me lo ha contado todo —dijo con una voz débil y suave, y a continuación miró a Cliff, en silencio, con débil y cansada sonrisa.

Cliff tenía un centenar de preguntas que hacer, pero por el momento no se atrevía a abrir la boca.

—Pero usted —logró decir al fin con mucho respeto, si bien con un estallido de excitación—, usted no es el Klaatu que esta en la tumba, ¿verdad?

Desapareció la sonrisa del hombre y agitó la cabeza negativamente.

—No. —Se volvió hacia el gigantesco Gnut y le dijo algo en su propio idioma y, ante sus palabras, las facciones metálicas del robot se estremecieron de dolor. Después, se volvió de nuevo hacia Cliff—: Me estoy muriendo —se limitó a anunciar, como si repitiese sus palabras para el terrestre. De nuevo su rostro fue iluminado por la débil y cansada sonrisa.

Cliff notaba un nudo en la garganta. Se limitó a mirarle, esperando que se aclarase la situación. Klaatu pareció leer en su mente.

—Veo que no lo comprendes –dijo— A pesar de que es distinto a nosotros, Gnut tiene grandes poderes. Cuando edificaron el pabellón y comenzaron las charlas grabadas, tuvo una maravillosa inspiración. Actuando a partir de la misma, montó este aparato durante las noches... y ahora me ha reconstruido a partir de mi voz, tal como fue grabada por tu gente. Como debes saber, cada voz tiene un sonido característico. Construyó un aparato que revertía el proceso de grabación, y de un sonido determinado reconstruyó el cuerpo característico que lo había emitido.

Cliff se quedó con la boca muy abierta. ¡Así que era aquello!

—¡Pero no tiene por qué morir! —exclamo Cliff, con ansiedad—. ¡La grabación de su voz fue tomada cuando bajaba usted de la nave, mientras se encontraba bien! ¡Debe permitirme que lo lleve a un hospital! ¡Nuestros doctores son muy hábiles!

Con un movimiento apenas perceptible, Klaatu negó con la cabeza.

—Sigues sin comprender —dijo con lentitud y con voz más débil—. Vuestra grabación tenía imperfecciones. Pequeñas pero suficientes para estropear el producto final. Según me dice, todos los productos de los anteriores experimentos de Gnut murieron a los pocos minutos... y también me ocurrirá lo mismo a mí.

Entonces, de repente, Cliff comprendió el origen de los “experimentos”. Recordó que el día en que había sido abierto el pabellón, un ejecutivo del Instituto Smithsoniano había perdido un maletín con grabaciones de sonidos emitidos por diversos animales. ¡Y allí, sobre la mesa, había un maletín! ¡Y los Stillwells debían de haber sido construidos a partir de las grabaciones que estaban en el cajón de la mesa!

Pero notaba un peso en su corazón. No deseaba que aquel ser muriese. Poco a poco, se le fue ocurriendo una idea interesante. La explicó con creciente excitación.

—Dice usted que la grabación era imperfecta y, naturalmente, lo era. Pero la causa de esto fue la utilización de un aparato de grabación imperfecto. Así que si Gnut, en su reversión del proceso, hubiera utilizado exactamente los mismos aparatos con los que fue grabada su voz, entonces podrían ser estudiadas las imperfecciones, eliminadas, y así usted no tendría por qué morir.

Mientras las últimas palabras salían de sus labios, Gnut se retorció como un gato y lo agarró con fuerza. En los músculos metálicos de su rostro brillaba una excitación verdaderamente humana.

—¡Consígueme ese aparato! —ordenó en un inglés claro y perfecto. Comenzó a empujar a Cliff hacia la puerta, pero Klaatu alzó la mano.

—No hay prisa —dijo con suavidad.

Las siguientes dos horas siempre permanecieron en la memoria de Cliff como si hubieran sido un sueño. Era como si el misterioso laboratorio con aquel hombre que yacía tan pacíficamente fuese la parte verdadera y central de su vida, y aquella escena con los ruidosos hombres que hablaba un burdo y bárbaro interludio. No estaba muy lejos de la rampa. Sólo contó parte de la historia. Lo creyeron. Esperó en silencio mientras era efectuada toda la presión que las más altas jerarquías del país eran capaces de ejercer para obtener los aparatos que el robot había pedido.

Cuando llegaron, los llevó hasta el suelo del pequeño vestíbulo situado tras la compuerta. Gnut se hallaba allí, como esperándole. Llevaba en sus brazos el cadáver del segundo Klaatu. Se lo pasó con ternura a Cliff, quien lo aceptó sin decir palabra, como si hubiera sido algo establecido previamente. Aquello parecía ser la despedida.

De todas las cosas que Cliff hubiera deseado decir a Klaatu, había una que permanecía nítidamente destacada en su mente. Ahora, mientras el robot de metal verdoso permanecía encuadrado en la gran nave del mismo color, aprovechó su oportunidad.

—Gnut —dijo con ansia, manteniendo cuidadosamente asido el flácido cadáver entre sus brazos—, debes hacer una cosa por mí. Escúchame con mucha atención. Quiero que le digas a tu amo, el amo al que harás revivir, que lo que le sucedió al primer Klaatu fue un accidente que lamenta toda la Tierra. ¿Querrás hacer eso por mí?

—Eso es algo que ya sabía —le contestó con suavidad el robot

—¿Pero me prometes decirle estas mismas palabras a tu amo... tan pronto como reviva?

—No has comprendido nada —le dijo Gnut con suavidad, y, en voz baja, dijo cuatro palabras más. Mientras Cliff las oía, se le nubló la vista y se le envaró el cuerpo.

Cuando se recuperó y volvió a enfocar la vista, vio cómo desaparecía la gran nave. De pronto, ya no estaba allí. Dio un paso o dos hacía atrás.

En sus oídos resonaban las últimas palabras de Gnut, como si fueran tremendos tañidos de campana. Nunca, nunca las revelaría, hasta que le llegase el instante de la muerte.

—No has comprendido nada — le había dicho el poderoso robot—. Yo soy el amo.

* * *

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