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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 22 de junio de 2011

El Nuevo Acelerador Herbert George Wells.



El Nuevo Acelerador
Herbert George Wells.
En verdad que si alguna vez un hombre encontró una guinea buscando un
alfiler, ese fue mi buen amigo el profesor Gibberne. Yo había oído hablar ya de
investigadores que sobrepasaban su objeto; pero nunca hasta el extremo que él
lo ha conseguido. Esta vez, al menos, y sin exageración, Gibberne ha hecho un
descubrimiento que revolucionará la vida humana.
Y esto le sucedió sencillamente buscando un estimulante nervioso de efecto
general para hacer recobrar a las personas debilitadas las energías necesarias en
nuestros agitados días.
Yo he probado ya varias veces la droga, y lo único que puedo hacer es
describir el efecto que me ha producido. Pronto resultará evidente que a todos
aquellos que andan al acecho de nuevas sensaciones les están reservados
experimentos sorprendentes.
El profesor Gibberne, como es sabido, es convecino mío en Folkestone. Si la
memoria no me engaña, han aparecido retratos suyos, de diferentes edades, en
el Strand .Magazine, creo que a fines del año 1899; pero no puedo comprobarlo,
porque he prestado el libro a alguien que no me lo ha devuelto. Quizá recuerde
el lector la alta frente y las negras cejas, singularmente tupidas que dan a su
rostro un aire tan mefistofélico.Ocupa una de esas pequeñas y agradables casas
aisladas, de estilo mixto, que dan un aspecto tan interesante al extremo
occidental del camino alto de Sandgate. Su casa es la que tiene el tejado
Flamenco y el pórtico árabe, y en la pequeña habitación del mirador es donde
trabaja cuando se encuentra aquí, y donde nos hemos reunido tantas tardes a
fumar y conversar. Su conversación es animadísima; pero también le gusta
hablarme acerca de sus trabajos. Es uno de esos hombres que encuentran una
ayuda y un estrmulante en la conversación, por lo que a mí me ha sido posible
seguir la concepción del Nuevo Acelerador desde su origen. Desde luego, la
mayor parte de sus trabajos experimentales no se verifican en Folkestone, sino
en Gower Street, en el magnífico y flamante laboratorio continuo al hospital,
laboratorio que él ha sido el primero en usar.
Como todo el mundo sabe o por lo menos todas las personas inteligentes, la
especialidad en que Gibberne ha ganado una reputación tan grande como
merece entre los fisiólogos ha sido en la acción de las medicinas sobre el
sistema nervioso. Según me han dicho, no tiene rival en sus conocimientos
sobre medicamentos soporíferos, sedantes y anestésicos. También es un
químico bastante eminente, y creo que en la sutil y completa selva de los
enigmas que se concentran en las células de los ganglios y en las fibras
nerviosas ha abierto pequeños claros, ha logrado ciertas elucidaciones que, hasta
que él juzgue oportuno publicar sus resultados, seguirán siendo inaccesibles
para los demás mortales. Y en estos últimos años se ha consagrado con especial
asiduidad a la cuestión de los estimulantes nerviosos, en los que ya había
obtenido grandes éxitos antes del descubrimiento del Nuevo Acelerador. La
ciencia médica tiene que agradecerle, por lo menos, tres reconstituyentes
distintos y absolutamente eficaces, de incomparable utilidad práctica. En los
casos de agotamiento, la preparación conocida con el nombre de Jarabe B de
Gibberne ha salvado ya más vidas, creo yo, que cualquier bote de salvamento de
la costa.
- Pero ninguna de estas pequeñas cosas me deja todavía satisfecho - me dijo
hace cerca de un año -. O bien aumentan la energía central sin afectar a los
nervios, o simplemente aumentan la energía disponible, aminorando la
conductividad nerviosa, y todas ellas causan un efecto local y desigual. Una
vivifica el corazón y las vísceras, y entorpece el cerebro; otra, obra sobre el
cerebro a la manera del champaña, y no hace nada bueno para el plexo solar, y
lo que yo quiero, y pretendo obtener, si es humanamente posible, es un estimulante
que afecte todos los órganos, que vivifique durante cierto tiempo desde
la coronilla hasta la punta de los pies, y que haga a uno dos o tres veces superior
a los demás hombres. ¿Eh? Eso es lo que yo busco.
- Pero esa actividad fatigaría al hombre.
- No cabe duda. Y comería doble o triple, y así sucesivamente. Pero piense
usted lo que eso significaría. Imagínese usted en posesión de un frasquito como
éste - y alzó una botellita de cristal verde, con la que subrayó sus frases -, y que
en este precioso frasquito se encuentra el poder de pensar con el doble de
rapidez, de moverse con el doble de celeridad, de realizar un trabajo doble en un
tiempo dado de lo que sería posible de cualquier otro modo.
-¿Pero es posible conseguir una cosa así?
- Yo creo que sí. Si no lo es, he perdido el tiempo durante un año. Estas
diversas preparaciones de los hipofosfitos, por ejemplo, parecen demostrar algo
como eso. Aun si sólo se tratara de acelerar la vitalidad con un ciento por ciento
esto lo conseguiría.
- Puede que sí- dije yo.
- Si usted fuera por ejemplo, un gobernante que se encontrara ante una grave
situación y tuviera que tomar una decisión urgente, con los minutos contados.
¿qué le parece...?
- Se podría suministrar una dosis al secretario particular- dije yo.
- Ganaría usted... la mitad del tiempo. O suponga usted, por ejemplo, que
quiere acabar un libro.
- Por regla general - dije yo- suelo desear no haberlos empezado nunca.
- O un médico que quiere reflexionar rápidamente ante un caso mortal. O un
abogado... o un hombre que quiere ser aprobado en un examen.
- Para esos hombres valdría una guinea cada gota, o más- dije yo.
- También en un duelo- dijo Gibberne -, en donde todo depende de la rapidez
en oprimir el gatillo.
- O en manejar la espada- añadí yo.
- Mire usted -dijo Gibberne -: si lo consigo gracias a una droga de efecto
general, esto no causará ningún daño, salvo que puede hacerlo envejecer más
pronto en un grado infinitesimal. Y habrá vivido el doble que los demás.
- Oiga - dije yo, reflexionando -: ¿sería eso leal en un duelo? - Esa es una
cuestión que deberán resolver los padrinos - repuso Gibberne.
-¿Y realmente cree usted que eso es posible? - repetí, volviendo a preguntas
específicas.
- Tan posible - repuso Gibberne, lanzando una mirada a algo que pasaba
vibrando por delante de la ventana- como un autobús. A decir verdad...
Se detuvo, sonrió sagazmente y dio unos golpecitos en el borde de la mesa
con el frasquito verde.
- Creo que conozco la droga... He obtenido ya algo prometedor, terminó.
La nerviosa sonrisa de su semblante traicionaba la verdad de su revelación.
Gibberne hablaba raramente de sus trabajos experimentales a no ser que se
hallara muy cerca del triunfo.
- Y puede ser..., puede ser..., no me sorprendería..., que la vitalidad resultara
más que duplicada.
- Eso será una cosa enorme - aventuré yo. - Será, en efecto, una cosa enormerepitió
él.
Pero, a pesar de todo, no creo que supiera por completo lo enorme que iba a
ser aquello.
Recuerdo que después hablamos varias veces acerca de la droga. Gibberne la
llamaba el Nuevo Acelerador, y cada vez hablaba de ella con más confianza. A
veces hablaba nerviosamente de los resultados fisiológicos inesperados que
podría producir su uso, y entonces se mostraba francamente mercantil, y
teníamos largas y apasionadas discusiones sobre la manera de dar a la
preparación un giro comercial.
- Es una cosa buena - decía Gibberne -, una cosa estupenda. Yo sé que voy a
dotar al mundo de algo valioso, y creo que no deja de ser razonable esperar que
el mundo la pague. La dignidad de la ciencia es una cosa muy bonita; pero de
todos modos, me parece que debo reservarme el monopolio de la droga durante
unos diez años, por ejemplo. No veo la razón de que todos los goces de la vida
les estén reservados a los tratantes de jamones.
El interés que yo mismo sentía por la droga esperada no decayó, en verdad,
con el tiempo. Siempre he tenido una rara propensión a la metafísica. Siempre
ha sido aficionado a las paradojas sobre el espacio y el tiempo, y me parecía
que, en realidad, Gibberne preparaba nada menos que la aceleración absoluta de
la vida. Supóngase un hombre que se dosificara repetidamente con semejante
preparación: este hombre viviría, en efecto, una vida activa y única; pero sería
adulto a los once años, de edad madura a los veinticinco, y a los treinta
emprendería el camino de la decrepitud senil.
Hasta este punto se me figuraba que Gibberne sólo iba a procurar a todo el
mundo el que tomara su droga exactamente lo mismo que lo que la Naturaleza
ha procurado a los judíos y a los orientales, que son hombres a los quince años y
ancianos a los cincuenta, y siempre más rápidos que nosotros en el pensar y en
obrar. Siempre me ha maravillado la acción de las drogas; por medio de ellas se
puede enloquecer a un hombre, calmarle, darle una fortaleza y una vivacidad
increíbles, o convertirle en un leño impotente, activar esta pasión o moderar
aquella; y ¡ahora venía a añadirse un nuevo milagro a este extraño arsenal de
frascos que utilizan los médicos! Pero Gibberne estaba demasiado atento a los
puntos técnicos para que penetrara mucho en mi aspecto de la cuestión.
Fue el siete o el ocho de agosto cuando me dijo que la destilación que
decidiría su fracaso o su éxito temporal se estaba verificando mientras nosotros
hablábamos, y el día diez cuando me dijo que la operación estaba terminada y
que el Nuevo Acelerador era una realidad palpable. Este día lo encontré cuando
subía la cuesta de Sandgate, en dirección de Folkestone (creo que iba a cortarme
el pelo); Gibberne vino a mi encuentro apresuradamente, y supongo que se dirigía
a mi casa para comunicarme en el acto su éxito. Recuerdo que los ojos le
brillaban de una manera insólita en la cara acalorada, y hasta noté la rápida
celeridad de sus pasos.
- Es cosa hecha - gritó, agarrándome la mano y hablando muy de prisa -. Más
que hecha. Venga a mi casa a verlo.
- ¿De verdad? - ¡De verdad! - gritó -. ¡Es increíble. Venga a verlo. - ¿Pero
produce... el doble:?
- Más, mucho más. Me he espantado. Venga a ver la droga. ¡Pruébela!
¡Ensáyela! Es la droga más asombrosa del mundo. Me aferró el brazo, y
marchando a un paso tal que me obligaba a
ir corriendo, subió conmigo la cuesta, gritando sin cesar. Todo un ómnibus de
excursionistas se volvió a mirarnos al unísono, a la manera que lo hacen los
ocupantes de estos vehículos. Era uno de esos días calurosos y claros que tanto
abundan en Folkestone; todos los colores brillaban de manera increíble, y todos
los contornos se recortaban con rudeza. Hacía algo de aire, desde luego; pero no
tanto como el que necesitaría para refrescarme y calmarme el sudor en aquellas
condiciones. Jadeando, pedí misericordia.
- No andaré muy de prisa, ¿verdad? - exclamó Gibberne, reduciendo su paso
a una marcha todavía rápida.
-¿Ha probado usted ya esa droga? - dije yo, soplando.
- No. A lo sumo una gota de agua que quedaba en un vaso que enjuagué para
quitar las últimas huellas de la droga. Anoche sí la tomé, ¿sabe usted? Pero eso
ya es cosa pasada.
-¿Y duplica la actividad? - pregunté yo al acercarme a la entrada de su casa,
sudando de una manera lamentable.
-¡La multiplica mil veces, muchos miles de veces! - exclamó Gibberne con
un gesto dramático, abriendo violentamente la ancha cancela de viejo roble
tallado.
-¿Eh?- dije yo, siguiéndole hacia la puerta.
- Ni siquiera sé cuántas veces la multiplica - dijo Gibberne con el llavín en la
mano.
- ¿Y usted...?
- Esto arroja toda clase de luces sobre la fisiología nerviosa; da a la teoría de
la visión una forma enteramente nueva... ¿Sabe Dios cuántos miles de veces?
Ya lo veremos después. Lo importante ahora es ensayarla droga.
- ¿Ensayar la droga?- exclamé yo mientras seguíamos el corredor.
- ¡Claro! - dijo Gibberne, volviéndose hacia mí en su despacho -. ¡Ahí está,
en ese frasco verde! ¡A no ser que tenga usted miedo!
Yo soy, por naturaleza, un hombre prudente, sólo intrépido en teoría. Tenía
miedo; pero, por otra parte, me dominaba el amor propio.
- Hombre - dije, cavilando -, ¿dice usted que la ha probado? - Sí; la he
probado - repuso -, y no parece que me haya hecho dañe, ¿verdad? Ni siquiera
tengo mal color, y, por el contrario, siento...
- Venga la poción - dije yo, sentándome -. Si la cosa sale mal, me ahorraré el
cortarme el pelo, que es, a mi juicio, uno de los deberes más odiosos del hombre
civilizado. ¿Cómo toma usted la mezcla:'
- Con agua - repuso Gibberne, poniendo de golpe una botella encima de la
mesa.
Se hallaba en pie, delante de su mesa, y me miraba a mí, que estaba sentado
en el sillón; sus modales adquirieron de pronto cierta afectación de especialista.
- Es una droga singular, ¿sabe usted?- dijo. Yo hice un gesto con la mano, y
él continuó:
- Debo advertirle, en primer lugar, que en cuanto la haya usted bebido, cierre
los ojos y no los abra hasta pasado un minuto o algo así, y eso con mucha
precaución. Se sigue viendo. El sentido de la vista depende de la duración de las
vibraciones, y no de una multitud de choques; pero si se tienen los ojos abiertos,
la retina recibe una especie de sacudida, una desagradable confusión
vertiginosa. Así que téngalos cerrados.
- Bueno; los cerraré.
- La segunda advertencia es que no se mueva. No empiece usted a andar de
un lado para otro, puede darse algún golpe. Recuerde que irá usted varios miles
de veces más de prisa que nunca; el corazón, los pulmones, los músculos, el
cerebro, todo funcionará con esa rapidez, y puede usted darse un buen golpe sin
saber cómo. Usted no notará nada, ¿sabe usted? Se sentirá lo mismo que ahora.
Lo único que le pasará es que parecerá que todo se mueve muchos miles de
veces más despacio que antes. Por eso resulta la cosa tan rara.
-¡Dios mío! - dije yo -. ¿Y pretende usted...? - Ya verá usted - dijo él, alzando
un cuentagotas. Echó una mirada al material de la mesa, y añadió:
- Vasos, agua, todo está listo. No hay que tomar demasiado en el primer
ensayo.
El cuentagotas absorbió el precioso contenido del frasco.
- No se olvide de lo que le he dicho - dijo Gibberne, vertiendo las gotas en un
vaso de una manera misteriosa -. Permanezca sentado con los ojos
herméticamente cerrados y en una inmovilidad absoluta durante dos minutos.
Luego me oirá usted hablar.
Añadió un dedo de agua a la pequeña dosis de cada vaso.
- A propósito - dijo -: no deje usted el vaso en la mesa. Téngalo en la mano,
descansando ésta en la rodilla. Sí; eso es, Y ahora... Gibberne alzó su vaso.
- ¡Por el Nuevo Acelerador! - dije yo. - ¡Por el Nuevo Acelerador! - repitió él.
Chocamos los vasos y bebimos, e instantáneamente cerré los ojos. Durante un
intervalo indefinido permanecí en una especie de nirvana. Luego oí decir a
Gibberne que me despertara, me estremecí, y abrí los ojos. Gilbberne seguía en
pie en el mismo sitio, y todavía tenía el vaso en la mano. La única diferencia era
que éste estaba vacío. - ¿Qué?- dije yo.
-¿No nota nada de particular?
- Nada. Si acaso, una ligera sensación de alborozo. Nada más. -¿Y ruidos?
- Todo está tranquilo - dijo yo -. ¡Por Júpiter, sí! Todo está tranquilo, salvo
este tenue Pat-pat, pat-,bat, como el ruido de la lluvia al caer sobre objetos
diferentes. ¿Qué es eso?
- Sonidos analizados- creo que me respondió; pero no estoy seguro.
Lanzó una mirada a la ventana y exclamó:
-¿Ha visto usted alguna vez delante de una ventana una cortina tan inmóvil
como esa?
Seguí la dirección de su mirada y vi el extremo de la cortina, como si se
hubiera quedado petrificada con una punta en el aire en el momento de ser
agitada vivamente por el viento.
- No - dije yo -; es extraño.
-¿Y esto?- dijo Gibberne, abriendo la mano que tenía el vaso. Como es
natural, yo me sobrecogí, esperando que el vaso se rompería contra el suelo.
Pero. lejos de romperse, ni siquiera pareció moverse; se mantenía inmóvil en el
aire
- En nuestras latitudes- dijo Gibberne-, un objeto que cae recorre, hablando
en general, cinco metros en el primer segundo de su caída. Este vaso está
cayendo ahora a razón de cinco metros por segundo. Lo que sucede, ¿sabe
usted?, es que todavía no ha transcurrido una centésima de segundo. Esto puede
darle una idea de la actividad vital que nos ha dado mi Acelerador.
Y empezó a pasar la mano por encima, por debajo y alrededor del vaso, que
caía lentamente. Por último, lo cogió por el fondo, lo atrajo hacia sí y lo colocó
con mucho cuidado sobre la mesa.
-¿Eh?- dijo riéndose.
- Esto me parece magnífico- dije yo, y empecé a levantarme del sillón con
gran cautela.
Yo me encontraba perfectamente, muy ligero y a gusto y lleno de absoluta
confianza en mí mismo. Todo mi ser funcionaba muy de prisa.
Mi corazón, por ejemplo, latía mil veces por segundo; pero esto no me
causaba el menor malestar. Miré por la ventana: un ciclista inmóvil con la
cabeza inclinada sobre los manubrios y una nube inerte de polvo tras la rueda
posterior trataba de alcanzar a un ómnibus lanzado al galope, que no se movía.
Yo me quedé con la boca abierta ante este espectáculo increíble.
- Gibberne - exclamé -, ¿cuánto tiempo durará esta maldita droga ~ - ¡Dios
sabe! - repuso él -. La última vez que la tomé me acosté, y se me pasó
durmiendo. Le aseguro que estaba asustado. En realidad, debió de durarme unos
minutos, que me parecíeron horas. Pero en poco rato creo que el efecto
disminuye de una manera bastante súbita.
Yo estaba orgulloso de observar que no estaba asustado, debido, tal vez, a
que éramos dos los expuestos.
-¿Por qué no salir a la calle? - pregunté yo. -¿Por qué no:'
- La gente se fijará en nosotros. .
- De ningún modo. ¡Gracias a Dios! Fíjese usted en que iremos mil veces más
de prisa que el juego de manos más rápido que se haya hecho nunca. ¡Vamos!
¿Por dónde salimos? ¿Por la ventana o por la puerta?
Salimos por la ventana.
Seguramente, de todos los experimentos extraños que yo he hecho o
imaginado nunca, o que he leído que habían hecho o imaginado otros, esta
pequeña incursión que hice con Gibberne por el parque de Folkestone ha sido el
más extraño y el más loco de todos.
Por la puerta del jardín salimos a la carretera, y allí hicimos un minuciosos
examen del tráfico inmovilizado. El remate de las ruedas y algunas de las patas
de los caballos del ómnibus, así como la punta del látigo y la mandíbula inferior
del cochero, que en ese preciso instante se puso a bostezar, se movían
perceptiblemente; pero el resto del pesado vehículo parecía inmóvil y
absolutamente silencioso, excepto un tenue ruido que salía de la garganta de un
hombre. ¡Y este edificio petrificado estaba ocupado por un cochero, un guía y
once viajeros! El efecto de esta inmovilidad mientras nosotros caminábamos,
empezó por parecernos locamente extraño y acabó por ser desagradable.
Veíamos a personas como nosotros, y, sin embargo, diferentes, petrificadas
en actitudes descuidadas, sorprendidas a la mitad de un gesto. Una joven y un
hombre se sonreían mutuamente, con una sonrisa oblicua que amenazaba
hacerse eterna; una mujer con una pamela de amplias alas apoyaba el brazo en
la barandilla del coche y contemplaba la casa de Gibberne con la impávida
mirada de la eternidad; un hombre se acariciaba el bigote como una figura de
cera, y otro extendía una mano lenta y rígida, con los dedos abiertos, hacia el
sombrero, que se le escapaba. Nosotros los mirábamos, nos reíamos de ellos y
les hacíamos muecas; luego nos inspiraron cierto desagrado, y dando media
vuelta, atravesamos el camino por delante del ciclista dirigiéndonos al parque.
- ¡Cielo santo! - exclamó de pronto Gibberne-. ¡Mire!
Delante de la punta de su dedo extendido, una abeja se deslizaba por el aire
batiendo lentamente las alas y a la velocidad de un caracol excepcionalmente
lento.
A poco llegamos al parque. Allí, el fenómeno resultaba todavía más absurdo.
La banda estaba tocando en el quiosco, aunque el ruido que hacía era para
nosotros como el de una quejumbrosa carraca, algo así como un prolongado
suspiro, que tantas veces se convertía en un sonido análogo al del lento y
apagado tic tac de un reloj monstruoso. Personas petrificadas, rígidas, se
hallaban en pie, y maniquíes extraños, silenciosos, de aire fatuo, permanecían
en actitudes inestables, sorprendidos en la mitad de un paso durante su paseo
por el césped. Yo pasé junto a un perrito de lanas suspendido en el aire al saltar,
y contemplé el lento movimiento de sus patas al caer a tierra.
-¡Oh, mire usted! - exclamó Gibberne. Y nos detuvimos un instante ante un
magnífico personaje vestido con un traje de franela blanca y rayas tenues, con
zapatos blancos y sombrero panamá, que se volvía a guiñar el ojo a dos damas
con vestidos claros que habían pasado a su lado. Un guiño, estudiado con el
detenimiento que nosotros podíamos permitirnos, es una cosa muy poco
atrayente. Pierde todo carácter de viva alegría, y se observa que el ojo que se
guiña no se cierra por completo, y que bajo el párpado aparece el borde inferior
del globo del ojo como una tenue línea blanca.
- ¡Como el Cielo me conceda memoria - dije yo - nunca volveré a guiñar el
ojo!
- Ni a sonreír - añadió Gibberne con la mirada fija en los dientes de las
damas.
- Hace un calor infernal - dije yo -. Vayamos más despacio. - ¡Bah!
¡Sigamos! - dijo Gibberne.
Nos abrimos camino por entre las sillas de la avenida. Muchas de las
personas sentadas en las sillas parecían bastante naturales en sus actitudes
pasivas; pero la faz contorsionada de los músicos no era un espectáculo
tranquilizador. Un hombre pequeño, de cara purpúrea, estaba petrificado a la
mitad de una lucha violenta por doblar un periódico, a pesar del viento.
Encontrábamos muchas pruebas de que todas las gentes desocupadas estaban
expuestas a una brisa considerable, que, sin embargo, no existía por lo que a
nuestras sensaciones se refería. Nos apartamos un poco de la muchedumbre y
nos volvimos a contemplarla.
El espectáculo de toda aquella multitud convertida en un cuadro, con la rígida
inmovilidad de figuras de cera, era una maravilla inconcebible. Era absurdo,
desde luego; pero me llenaba de un sentimiento exaltado, irracional, de
superioridad. ¡lmaginaos qué portento! Todo lo que yo había dicho, pensado y
hecho desde que la droga había empezado a actuar en mi organismo había
sucedido, en relación con aquellas gentes y con todo el mundo en general, en un
abrir y cerrar de ojos.
- El Nuevo Acelerador... - empecé yo; pero Gibberne me interrumpió.
- Ahí está esa vieja infernal. -¿Qué vieja?
- Una que vive junto a mi casa. Tiene un perro faldero que no hace más que
ladrar. ¡Cielos! ¡La tentación es irresistible!
Gibberne tiene a veces arranques infantiles, impulsivos. Antes que yo pudiera
discutir con él, arrancaba al infortunado animal de la existencia visible y corría
velozmente con él hacia el barranco del parque. Era la cosa más extraordinaria.
El pequeño animal no ladró, no se debatió ni dio la más ligera muestra de
vitalidad. Se quedó completamente rígido, en una actitud de reposo soñoliento,
mientras Gibberne lo llevaba cogido por el cuello. Era como si fuera corriendo
con un perro de madera.
- ¡Gibberne! - grité yo -. ¡Suéltelo!
Luego dije alguna otra cosa y volví a gritarle: -Gibberne, si sigue usted
corriendo así, se le va a prender fuego la ropa- ya se le empezaba a chamuscar
el pantalón.
Gibberne dejó caer su mano en el muslo y se quedó vacilando al borde del
barranco.
- Gibberne - grité yo, corriendo tras él -. Suéltelo. ¡Este calor es excesivo! ¡Es
debido a nuestra velocidad! ¡Corremos a tres o cuatro kilómetros por segundo!
... ¡Y el frotamiento del aire! ...
- ¿Qué? - dijo Gibberne, mirando al perro.
- El frotamiento del aire! - grité yo -. El frotamiento del aire. Vamos
demasido aprisa. Parecemos aerolitos. Es demasiado calor. ¡Gibberne!
¡Gibberne! Siento muchos pinchazos y estoy cubierto de sudor. Se ve que la
gente se mueve ligeramente. ¡Creo que la droga se disipa! Suelte ese perro.
- ¿Eh? - dijo él.
- La droga se disipa - repetí yo -. Nos estamos abrasando, y la droga se disipa.
Yo estoy empapado de sudor.
Gibberne se quedó mirándome. Luego miró a la banda, cuyo lento carraspeo
empezaba en verdad a acelerarse. Luego, describiendo con el brazo una curva
tremenda, arrojó a lo lejos al perro que se elevó dando vueltas, inanimado aún, y
cayó, al fin, sobre las sombríllas de un grupo de damas que conversaban
animadamente. Gibberne me cogió del codo.
- ¡Por Júpiter! - exclamó -. Me parece que sí se disipa. Una especie de picor
abrasador. . sí. Ese hombre está moviendo el pañuelo de una manera
perceptible. Debemos marcharnos de aquí rápidamente.
Pero no pudimos marcharnos con bastante rapidez. ¡Y quizá fuera una suerte!
Pues, de lo contrario, hubiéramos corrido, y si hubiéramos corrido, creo que nos
hubiésemos incendiado. ¡Es casi seguro que nos hubiésemos prendido fuego! Ni
Gibberne ni yo habíamos pensado en eso, ¿sabe usted?... Pero antes que
hubiéramos echado a correr, la acción de la droga había cesado. Fue cuestión de
una ínfima fracción de segundo. El efecto del Nuevo Acelerador cesó como
quien corre una cortina, se desvaneció durante el movimiento de una mano. Oí
la voz de Gibberne muy alarmada: - Siéntese - exclamó.
- Yo me dejé caer en el césped, al borde del prado, abrasando el suelo.
Todavía hay un trozo de hierba quemada en el sitio en que me senté. Al mismo
tiempo, la paralización general pareció cesar; las vibraciones desarticuladas de
la banda se unieron precipitadamente en una ráfaga de música; los paseantes
pusieron el pie en el suelo y continuaron su camino; los papeles y las banderas
empezaron a agitarse; las sonrisas se convirtieron en palabras; el personaje que
había empezado el guiño lo terminó y prosiguió su camino satisfecho, y todas
las personas sentadas se movieron y hablaron.
El mundo entero había vuelto a la vida y empezaba a marchar tan de prisa
como nosotros, o, mejor dicho, nosotros no íbamos ya más de prisa que el resto
del mundo.
Era como la reducción de la velocidad de un tren al entrar en una estación.
Durante uno o dos segundos, todo me pareció que daba vueltas, sentí una
ligerísima náusea, y eso fue todo. ¡Y el perrito, que parecía haber quedado
suspendido un momento en el aire cuando el brazo de Gibberne le imprimió su
velocidad, cayó con súbita celeridad a través de la sombrilla de una dama.
Esto fue nuestra salvación. Excepto un anciano corpulento, que estaba
sentado en una silla y que ciertamente se estremeció al vernos, luego nos miró
varias veces con gran desconfianza y me parece que acabé por decir algo a su
enfermera acerca de nosotros, no creo que ni una sola persona se diera cuenta de
nuestra súbita aparición. ¡Plop! Debimos de llegar allí bruscamente. Casi en el
acto dejamos de chamuscarnos, aunque la hierba que había debajo de mí
desprendía un calor desagradable. La atención de todo el mundo (incluso la de
la banda de la .Asociación de Recreos, que por primera vez tocó desafinadamente)
había sido atraída por el hecho pasmoso, y por el ruido todavía más
pasmoso de los ladridos y la gritería que se originó de que un perro faldero
gordo y respetable, que dormía tranquilamente del lado Este del quiosco de la
música, había caído súbitamente a través de la sombrilla de una dama que se
encontraba en el lado opuesto, llevando los pelos ligeramente chamuscados a
causa de la extrema velocidad de su viaje a través del aire. ¡Y en estos días
absurdos, en que todos tratamos de ser todo lo psíquicos, lo cándidos y lo
supersticiosos que sea posible! La gente se levantó atropelladamente, tirando las
sillas, y el guardia del parque acudió. Ignoro cómo se arreglaría la cuestión;
estábamos demasiado deseosos de desligarnos del asunto y de rehuir las miradas
del anciano de la silla para entretenernos en hacer minuciosas investigaciones.
En cuanto estuvimos lo suficientemente fríos y nos recobramos de nuestro
vértigo, nuestras náuseas y nuestra confusión de espíritu, nos levantamos, y
bordeando la muchedumbre, dirigimos nuestros pasos por el camino del hotel de
la metrópoli hacia la casa de Gibberne. Pero entre el tumulto oí muy distintamente
al caballero que estaba sentado junto a la dama de la sombrilla rota,
que dirigía amenazas e insultos injustificados a uno de los inspectores de las
sillas.
- Si usted no ha tirado el perro - le decía -, ¿quién ha sido?
El súbito retorno del movimiento y del ruido familiar, y nuestra natural
ansiedad acerca de nosotros mismos (nuestras ropas estaban todavía
terriblemente calientes, y la parte delantera de los pantalones blancos de
Gibberne estaba chamuscada y ennegrecida), me impidieron hacer sobre todas
estas cosas las minuciosas observaciones que hubiera querido. En realidad no
hice ninguna observación de algún valor científico sobre este retorno. La abeja,
desde luego, se había marchado. Busqué al ciclista con la mirada; pero ya se
había perdido de vista cuando nosotros llegamos al camino alto de Sandgate, o
quizá nos lo ocultaban los carruajes; sin embargo, el ómnibus de los viajeros,
con todos sus ocupantes vivos y agitados ya, marchaba a buen paso cerca de la
iglesia próxima.
A1 entrar en la casa observamos que el antepecho de la ventana por donde
habíamos saltado al salir estaba ligeramente chamuscado, que las huellas de
nuestros pies en la grava del sendero eran de una profundidad insólita.
Este fue mi primer experimento del Nuevo Acelerador. Prácticamente
habíamos estado corriendo de un lado a otro, y diciendo y haciendo toda clase
de cosas, en el espacio de uno o dos segundos de tiempo. Habíamos vivido
media hora mientras la banda había tocado dos compases. Pero el efecto
causado en nosotros fue que el mundo entero se había detenido, para que
nosotros lo examináramos a gusto. Teniendo en cuenta todas las cosas, y
particularmente nuestra temeridad al aventurarnos fuera de la casa, el
experimento pudo muy bien haber sido mucho más desagradable de lo que fue.
Demostró, sin duda, que Gibberne tiene mucho que aprender aún antes que su
preparación sea de fácil manejo; pero su viabilidad quedó demostrada
ciertamente de una manera indiscutible.
Después de esta aventura, Gibberne ha ido sometiendo constantemente a
control el uso de la droga, y varias veces, y sin ningún mal resultado, he tomado
yo bajo su dirección dosis medidas, aunque he de confesar que no me he vuelto
a aventurar a salir a 1a calle mientras me encuentro bajo su efecto. Puedo
mencionar, por ejemplo, que esta historia ha sido escrita bajo su influencia, de
un tirón y sin otra interrupción que la necesaria para tomar un poco de
chocolate. La empecé a las seis y veinticinco, y en este momento mi reloj marca
la media y un minuto. La comodidad de asegurarse una larga e ininterrumpida
cantidad de trabajo en medio de un día lleno de compromisos, nunca podría
elogiarse demasiado.
Gibberne está trabajando ahora en el manejo cuantitativo de su preparación,
teniendo siempre en cuenta sus distintos efectos en tipos de diferente
constitución. Luego espera descubrir un Retardador para diluir la potencia
actual, más bien excesiva, de su droga. El Retardador, como es natural, causará
el efecto contrario al Acelerador. Empleado solo, permitirá al paciente convertir
en unos segundos muchas horas de tiempo ordinario, y conservar así una
inacción apática, una fría ausencia de vivacidad, en un ambiente muy agitado o
irritante. Juntos los dos descubrimientos, han de originar necesariamente una
completa revolución en la vida civilizada, éste será el principio de nuestra
liberación del Vestido del Tiempo, de que habla Garlyle. Mientras, este
Acelerador nos permitirá concentrarnos con formidable potencia en un
momento u ocasión que exija el máximo rendimiento de nuestro vigor y
nuestros sentidos, el Retardador nos permitirá pasar en tranquilidad pasiva las
horas de penalidad o de tedio. Quizá pecaré de optimista respecto al Retardador,
que en realidad. no ha sido descubierto aún; pero en cuanto al Acelerador, no
hay ninguna duda posible. Su aparición en el mercado en forma cómoda,
controlable y asimilable es cosa de unos meses. Se le podrá adquirir en todas las
farmacias y droguerías, en pequeños frascos verdes, a un precio elevado, pero
de ningún modo excesivo si se consideran sus extraordinarias cualidades. Se
llamará Acelerador Nervioso de Gibberne, y éste espera hallarse en condiciones
de facilitará en tres distintas potencias: una de doscientos, otra de novecientos y
otra de mil grados, y se distinguirán por etiquetas amarilla, rosa y blanca, respectivamente.
No hay duda de que su uso hace posible un gran número de cosas
extraordinarias, pues, desde luego, pueden efectuarse impunemente los actos
más notables y hasta quizá los más criminales, escurriéndose de este modo, por
decirlo así, a través de los intersticios del tiempo. Como todas las preparaciones
potentes, ésta sería susceptible de abuso.
No obstante, nosotros hemos discutido a fondo este aspecto de la cuestión, y
hemos decidido que eso es puramente un problema de jurisprudencia médica
completamente al margen de nuestra jurisdicción. Nosotros fabricaremos y
venderemos el Acelerador, y en cuanto a las consecuencias..., ya veremos.

martes, 14 de junio de 2011

BESTIARIO DE CIENCIA-FICCION // ABUELITO



James H. Schmitz


Un ser de alas verdes, velludo, del tamaño de una gallina, revoloteaba en la falda de la colina hasta llegar a un punto situado directamente por encima de la cabeza de Cord, a algo así como seis metros de altura. Cord, un ser humano de quince años de edad, se apoyaba en su vehículo, detenido en el ecuador de un mundo que albergaba a seres terrestres desde hacía solamente cuatro años, medidos en tiempo de la Tierra, y contempló especulativamente a la criatura. Esta se denominaba, en la libre y simple terminología del Equipo de Colonias Sutang, una chinche de pantano. Oculto en la vellosa parte de atrás de la cabeza de la tal chinche se hallaba otro animalejo, semiparasitario del anterior, conocido como el parásito de la chinche.
Este parecía pertenecer a una nueva especie, de acuerdo a Cord. Su parásito también podía ser o no desconocido. Cord era, naturalmente, un investigador. Su primer vistazo al extraño par de criaturas había despertado en el una enorme curiosidad. ¿Cómo funcionaría ese fenómeno? ¿Qué cantidad de cosas fascinantes podrían lograrse una vez que se supiera más?
Normalmente tales investigaciones solían estar limitadas por las circunstancias. El Equipo de las Colonias era un grupo de gente práctica y de gran capacidad de trabajo; dos mil personas a quienes se les había encomendado la tarea de transformar y domar este planeta, en un lapso de veinte años, a fin de que cien mil colonos pudieran establecerse con una comodidad y seguridad razonables. Aun los más jóvenes del equipo, como Cord, debían limitar su curiosidad a las pautas de investigación dictadas por la central. Ya había sucedido previamente que las inclinaciones de Cord a realizar investigaciones por su cuenta le habían acarreado la censura de los superiores inmediatos.
Miró, casi por casualidad, en dirección a la Estación de Colonias de la bahía Yoger. No pudo distinguir signos de actividad humana en el voluminoso campamento de la colina, tan similar a una fortaleza. Su parte central estaba cerrada. En quince minutos se abriría para dejar salir a la Regente Planetaria, que hoy estaba inspeccionando la Estación y sus principales actividades.
Cord decidió que quince minutos era tiempo suficiente como para tratar de descubrir algo sobre la chinche.
Pero antes tendría que capturarla.
Extrajo una de las dos armas guardadas a su lado. Esta le pertenecía: era a proyectiles, de Vanadia. Cord la ajustó para que disparara proyectiles anestésicos para piezas menores y apuntando certeramente al animal, le atravesó la cabeza y lo hizo caer.
Cuando la criatura cayó, su parásito lo abandonó. Era un pequeño y demoníaco ser de color escarlata, que se precipitó sobre Cord en tres largos saltos, listo para clavarle unos colmillos de casi tres centímetros de largo, que destilaban veneno. Casi sin aliento, Cord volvió a disparar el arma, y detuvo al animal en plena carrera. ¡Ciertamente que era una nueva especie! La mayoría de los parásitos eran vegetarianos, inofensivos, y se limitaban a alimentarse de jugos vegetales.
- ¡Cord! - llamó una voz femenina.
Cord renegó por lo bajo. No había sentido el ruido que la compuerta central había hecho al abrirse. Seguramente quien hablaba había dado la vuelta por el otro lado de la estación.
- Hola, Grayan - gritó inocentemente sin mirar alrededor -. ¡Mira lo que tengo! ¡Especies nuevas!
Grayan Mahoney, una muchacha esbelta, de cabellos oscuros, dos años mayor que él, se le acercó rápidamente. Era una estudiante de la colonia de la estrella Sutang, y el encargado de la estación, Nirmond, solía decir a Cord que debía tomar ejemplo de ella. A pesar de esto, ella y Cord eran buenos amigos, pero la muchacha no perdía la ocasión de hacerse la mandona.
- ¡Cord, pedazo de tonto! - gritó Grayan -. ¡Deja de coleccionar especimenes! Si la Regente viene ahora te verás en aprietos; Nirmond se está quejando de ti.
- ¿Quejándose por qué? - le preguntó Cord, sorprendido.
- Punto número uno - le contestó Grayan -: dice que no cumples con las tareas que se te asignan. Dos, que te escapas para hacer expediciones solo, por lo menos una vez por mes, y que hay que rescatarte.
- ¡Nadie - contestó enojado el muchacho - ha debido rescatarme todavía!
- Dime, ¿qué va a hacer Nirmond para saber que estás bien y vives si desapareces durante una semana? - le replicó Grayan -. Tres - continuó, contando los puntos con sus delgados dedos -, se queja de que has formado jardines zoológicos privados, con animales inidentificados y posiblemente venenosos, en los bosques que están detrás de la estación. Y cuatro; bueno: Nirmond dice que no quiere seguir siendo responsable por ti. - Levantó los cuatro dedos en un ademán harto significativo.
- ¡Diablos! - barbotó Cord, verdaderamente afectado. Resumido así, el concepto que tenían de él parecía ser bastante malo.
- ¡Ya lo creo que diablos! ¡Yo te avisé! ¡Ahora Nirmond quiere que la Regente te envíe nuevamente a Vanadia, y te diré que hay una nave espacial que llegará a Nueva Venus dentro de cuarenta y ocho horas! - Nueva Venus era el asentamiento base del Equipo de Colonias, situado en el lado opuesto de Sutang.
- ¿Qué debo hacer?
- Antes de nada, trata de portarte como si tuvieras sentido de la responsabilidad - dijo Grayan sonriendo -. Yo también hablé con la Regente. ¡Nirmond no te ha expulsado todavía! Pero si hoy llegaras a hacer algo que perjudicara nuestra expedición a las granjas de la bahía, te echarán del equipo sin remedio.
Se dio la vuelta para irse.
- Vuelve a poner el vehículo en su sitio. Nirmond nos llevará hasta la bahía, y luego iremos por agua. No digas que te he avisado.
Cord quedó asombrado. ¡Nunca hubiera imaginado que habían llegado a pensar tan mal de él! Para Grayan, cuya familia había servido en los Equipos Coloniales durante las cuatro últimas generaciones, nada había tan humillante como ser devuelto ignominiosamente a su lugar de origen. Para su sorpresa, Cord descubrió ahora que se sentía exactamente igual.
Dejando sus recientemente capturados especimenes para que revivieran y escaparan, se apresuró a devolver el vehículo a su sitio en la estación.

Cerca del sitio donde Nirmond dejó su transporte, una ensenada pantanosa, se hallaban sujetas tres balsas. Parecían extraños sombreros, flotando, de color verdoso y aspecto correoso. O extrañas plantas, de más de ocho metros, del centro de las cuales brotaba algo así como la parte de arriba de un ananá, enorme y de color gris verdoso. Animales-plantas de algún tipo. Sutang había sido descubierto poco tiempo atrás, razón por la cual era demasiado pronto para que existiera algo remotamente similar a una clasificación de plantas o animales. Las balsas eran una rareza local, que había sido investigada y considerada finalmente como inofensiva y moderadamente útil. Su utilidad descansaba en el hecho de que se empleaban como una forma algo lenta de transporte por las aguas poco profundas y pantanosas de la bahía Yoger. Hasta el momento, el equipo sólo se interesaba en ellas por esta razón.
La Regente se levantó del asiento posterior del vehículo, donde se hallaba sentada al lado de Cord. La partida estaba formada solamente por cuatro personas; Grayan iba sentada delante, con Nirmond.
- ¿Son éstos nuestros vehículos? - La Regente parecía divertida.
Nirmond sonrió, tristemente.
- No los subestimes, Dana. Con el tiempo podrían ser factores de gran importancia económica en la región. Pero, a decir verdad, estas tres son más pequeñas que las que acostumbro a usar. - Nirmond buscaba entre las malezas de la ensenada - habitualmente aquí suele haber un verdadero monstruo...
Grayan se volvió hacia Cord.
- Tal vez Cord sepa dónde se esconde Abuelito.
No había mala intención en esto, pero Cord había deseado que no le preguntaran por Abuelito. Entonces todos le miraron.
- ¡Oh! ¿Quieren ver a Abuelito? - dijo, algo turbado -. Verán, lo dejé..., quiero decir, lo vi hace unas dos semanas a algo así como dos kilómetros al sur de este sitio.
Grayan suspiró. Nirmond gruñó y le dijo a la Regente:
- Las balsas tienden a quedarse donde se las deja, siempre que en el lugar haya barro y aguas poco profundas. Se alimentan directamente del fondo de la bahía gracias a un sistema de finísimas raicillas. Bien, Grayan, ¿querrías llevarnos hasta allí?
Cord se echó hacia atrás, con tristeza, cuando el transporte se puso en marcha. Nirmond sospechaba que él había usado a Abuelito para uno de sus viajes sin autorización, y tenía razón.
- He oído decir que eres un experto en el manejo de esas balsas - dijo Dana, sentada detrás de él -. Grayan me dijo que no podríamos hallar un mejor timonel, o piloto, o como sea que lo quieras llamar, para nuestro viaje de hoy.
- Bien, puedo manejarlas - dijo Cord, transpirando -. No dan trabajo ninguno. No pensaba que hubiera hecho una buena impresión en la Regente hasta el momento. Dana era una mujer joven y buena moza, con una alegre forma de hablar y de reír, pero no era el miembro principal de Equipo de Colonias Sutang. Parecía muy capaz de fletar a cualquiera cuyo comportamiento no fuera el adecuado.
- Nuestras bestias tienen una ventaja sobre otros medios de transporte - dijo Nirmond, desde el asiento delantero -. No hay que angustiarse pensando que pueda subir a ellas uno de estos animales mordedores. - Y aquí se extendió en una explicación acerca de los punzantes tentáculos que las balsas desplegaban a su alrededor, por debajo del agua, a fin de asustar a los que se acercaran tratando de regodearse con sus partes blandas. Los animales agresivos de la bahía, tal como los mordedores, no captaban aún la necesidad de no atacar a los seres humanos, armados como iban, pero se cuidaban muy bien de acercarse a una de estas balsas.
Cord se sintió feliz de que se le ignorara por el momento. La Regente, Nirmond y Grayan provenían de la Tierra. Los terrestres lo hacían sentir incómodo, especialmente en grupo. Vanadia, su hogar, recientemente había dejado de ser una Colonia de la Tierra, lo que tal vez explicaba la diferencia. Los terrestres que había encontrado hasta el momento parecían dedicados a lo que Grayan Mahoney llamaba El Panorama General, mientras que Nirmond habitualmente lo denominaba Nuestro Propósito Aquí. Actuaban en estricto acuerdo con los reglamentos, a veces, según Cord, en forma completamente insana. Porque de cuando en cuando los reglamentos no cubrían del todo una situación nueva, y entonces alguien corría el peligro de resultar muerto. En tal caso, los reglamentos se modificarían rápidamente, pero la gente de la Tierra no parecía preocuparse demasiado por tales sucesos.
Grayan había tratado de explicarle la situación a Cord:
- Realmente no sabemos antes qué es lo que sucederá en un nuevo mundo. Y una vez que llegamos allí, en el poco tiempo de que disponemos, no nos es posible estudiarlo pulgada a pulgada. Se trata de hacer el trabajo, e indudablemente, se corren riesgos. Pero si te atienes a los reglamentos tienes las mejores probabilidades de sobrevivir, gracias al cálculo de quienes te han precedido.
Cord siempre había sentido que prefería utilizar su buen sentido común y no permitir que los reglamentos o el trabajo que debía cumplir lo llevaran a una situación que no pudiera desentrañar por si mismo.
El transporte dio una vuelta y se detuvo. Grayan se alzó, siempre ocupando el asiento delantero, y señaló, diciendo:
- ¡Allí está Abuelito!
Dana también se levantó, y dio un silbido de admiración al ver que el raro animal media unos veintitrés metros de diámetro. Cord miró alrededor, sorprendido. Estaba casi seguro de que, hacía dos semanas, había dejado a la balsa a cierta distancia. Tal como decía Nirmond, habitualmente no se movían solas.
Asombrado, siguió al resto de la partida hasta el agua, por un estrecho sendero circundado por hierbas de tamaño gigantesco, similar al de los árboles. Se podía ver, parcialmente, la plataforma flotante de Abuelito, el borde de la cual tocaba casi la costa. Luego el sendero se ensanchó, y entonces pudo captar la visión total de la balsa, al sol, en las aguas poco profundas; y se detuvo, sobresaltado.
Nirmond casi salta sobre la plataforma, precediendo a Dana.
- ¡Un momento! - gritó Cord. Su voz resonaba con alarma. ¡Deténganse!
Se habían inmovilizado en el sitio en que se hallaban; miraron alrededor. Luego se dirigieron a Cord, que se acercaba. Indudablemente, estaban bien entrenados.
- ¿Qué sucede, Cord? - La voz de Nirmond era tranquila, pero inquisitiva.
- ¡No suban a esa balsa, está... cambiada! - La voz de Cord sonaba insegura, hasta para si mismo -. Tal vez no sea ni siquiera Abuelito...
Comprendió que se había equivocado en esto último aun antes de terminar la frase. Alrededor del borde de la balsa pudo ver las señales descoloridas dejadas por las pistolas de calor, una de las cuales había sido la suya. Era la forma de hacer que estos animales, torpes y perezosos, se movilizaran. Cord señaló una proyección cónica central, diciendo:
- ¡Miren! ¡Está brotando! - La cabeza de Abuelito, en armonía con el resto del cuerpo, tenía casi cuatro metros de alto, e igual ancho. Su piel era gruesa y brillante, como la de un saurio, para mantener lejos a los parásitos; pero hasta hacía dos semanas había mantenido su aspecto de una prominencia informe, similar a la de las otras balsas. Ahora de todas las superficies del cono partían unos raros brotes largos, similares a alambres verdes. Algunos se hallaban retorcidos en apretados resortes, otros colgaban laciamente sobre la plataforma. La parte superior del cono estaba sembrada de rojos nódulos, como si fueran pecas, que no existían antes. Abuelito parecía estar enfermo.
- Bien - dijo Nirmond -, parece que así es. Está brotando.
Grayan emitió un sonido ahogado. Nirmond miró a Cord, asombrado.
- ¿Es esto lo que te preocupa, Cord?
- ¡Claro, claro! - comenzó a decir Cord, nerviosamente. No había captado la ironía de la frase; se sentía ansioso y temblaba -. Nunca he visto a ninguno así...
Entonces se interrumpió. Por la expresión de sus caras pudo ver que no lo habían entendido, o bien que, aunque así fuera, no iban a dejar que tales problemas se interfirieran con sus planes. Las balsas estaban clasificadas como inofensivas, de acuerdo a los reglamentos. Hasta que no se probara lo contrario, se las seguiría considerando así. Aparentemente no se discutían los reglamentos, aunque uno fuera la Regente General. No había tiempo que perder.
Cord pensó nuevamente.
- Miren... - comenzó a decirles.
Lo que quería explicarles era que Abuelito, con un factor agregado, ya no era el Abuelito que conocían. Era, en realidad, una forma enorme e impredecible de vida, que debía ser investigada con todo cuidado hasta que se estuviera seguro de lo que quería significar el factor agregado.
Pero no hubo caso. Todos sabían lo que pensaba. Se quedó mirándolos sin saber qué hacer ni qué decir. Dana se volvió a Nirmond.
- Tal vez será mejor que veas lo que pasa. - No agregó para tranquilizar al muchacho, pero sabían que era lo que pensaba, se dio cuenta de que se había ruborizado. Pensaban Cord que tenía miedo, lo cual era verdad; y lo estaban compadeciendo, a lo cual no tenían derecho. Pero no había nada que él pudiera hacer, salvo ver a Nirmond cruzar la plataforma. Abuelito tembló ligeramente, pero las balsas siempre hacían eso cuando alguien subía a ellas. El encargado de la estación se paró frente a uno de los brotes, lo tocó y luego lo golpeó ligeramente. Alzando la mano, probó la consistencia de uno de los filamentos.
- ¡Muy extraños! - dijo, dirigiéndose hacia los otros. Miró nuevamente hacia donde estaba Cord -. Bien, todo parece ser inofensivo, Cord. ¿Subimos a bordo?
Era como un sueño en que uno grita y grita sin que nadie pueda oírlo. Cord subió a la plataforma, detrás de Dana y de Grayan, sintiendo las piernas rígidas. Sabía que si hubiera vacilado un solo instante, habría oído que alguien decía, en una voz suave:
- No tienes que venir si no quieres, Cord.
Grayan había sacado la pistola de calor de la funda, y se disponía a hacer que Abuelito se moviera, dirigiéndose hacia los canales de la bahía Yoger.
Cord extrajo su propia pistola y, con brusquedad, dijo:
- ¡Eso me corresponde hacerlo a mí!
- Muy bien, Cord - le dirigió una breve mirada impersonal, como si lo hubiera visto por primera vez ese día, y se hizo a un lado.
¡Eran tan condenadamente corteses! Cord pensó que más valía que se hiciera a la idea de que lo devolvían a Vanadia lo antes posible.
Durante un rato, Cord pensó que ojalá pasara algo terrible, catastrófico, que les sirviera de lección. Pero no sucedió nada. Como siempre, Abuelito se estremeció débilmente cuando sintió que el calor mordía uno de sus bordes, y luego decidió apartarse. Lo que era habitual. Debajo del agua, donde no se podían ver, estaban las partes funcionantes de la balsa: cortas estructuras en forma de hoja, destinadas a actuar como paletas y movilizar el todo, junto con los órganos en forma de red que mantenían alejados a los animales que pudieran atacarla. También se hallaba allí situada la gran cantidad de raicillas que permitían su nutrición, que extraía del fondo barroso de la bahía, y con las cuales se mantenía sujeto.
Las paletas comenzaron a batir el agua, la plataforma se estremeció, las raicillas se soltaron y Abuelito comenzó a moverse majestuosamente.
Cord cerró la llave del calor, volvió a ponerse la pistola en la cartuchera y se puso de pie. Una vez en marcha, las balsas tendían a mantenerse en el mismo paso lento, durante un largo rato. Para pararlas se les disparaba un rayo calorífico en la parte delantera, y para que cambiaran de dirección se hacia lo mismo en la parte opuesta de la plataforma a la que uno deseara dirigirse.
Era muy simple. Cord no miraba a los otros. Todavía se sentía afectado por lo sucedido. Veía pasar la vegetación de las orillas que, cuando clareaba, le permitía distinguir la expansión neblinosa, tachonada de amarillos, azules y verdes de la bahía. Hacia el Oeste se hallaban los estrechos Yoger, llenos de peligrosos vericuetos cuando había mareas, y más allá el mar abierto, las profundidades de Zlanti, que formaba en sí todo un mundo, y del cual muy poco sabía hasta el momento.
Súbitamente se dio cuenta de que ya no iba a averiguar nada más. Vanadia era un planeta muy agradable, pero hacía tiempo que carecía de la fascinación de lo desconocido. No era Sutang.
Grayan dijo, desde atrás:
- ¿Cuál es el mejor camino para llegar hasta las granjas, Cord?
- El gran canal de la derecha - contestó. Y agregó, algo resentido -. Hacia allí nos dirigimos.
Grayan se acercó.
- La Regente no quiere verlo todo - dijo en voz baja -. Primero llévanos a los lechos de plankton y de algas. Luego veremos lo que podamos sobre los granos mutantes, durante unas tres horas. Pasa primero por los que mejor hayan rendido, así harás que Nirmond se ponga contento.
Le guiñó un ojo en forma amistosa. Cord la miró, inseguro. Por su forma de comportarse, no se podía asegurar que las cosas fueran mal. Tal vez...
La esperanza floreció en él. Era difícil no simpatizar con la gente del equipo, a pesar de que se pusieran algo pesados con sus reglamentos. Tal vez esta serie de propósitos le daba un importante impulso de vitalidad, además de tomarlos estrictos en demasía consigo mismos y con los demás. Además, el día no había terminado aún. Tal vez pudiera hacer méritos frente a la Regente. Algo podría suceder.
Cord comenzó a imaginar una alegre e improbable visión de un enorme monstruo de la bahía, que se precipitara sobre la balsa con las fauces abiertas, y se vio a sí mismo volándole la cabeza antes de que nadie, especialmente Nirmond, se diera cuenta del peligro. Los monstruos de la bahía se apartaban a la vista de Abuelito, pero tal vez hubiera alguna forma de que alguno se tentara.
Hasta entonces Cord había dejado que sus sentimientos lo controlaran. ¡Era hora de comenzar a pensar!
Primero, Abuelito debía de ser considerado. ¡Así que había largado esos brotes rojizos, y esos largos tallos! El propósito era desconocido, pero no se observaban cambios en su forma habitual de comportarse. Era la más grande de las balsas de este extremo de la bahía, si bien todas habían crecido lentamente durante el tiempo que hacía que Cord estaba aquí. Las estaciones en Sutang cambiaban lentamente; su año equivalía a algo así como cinco de la Tierra. Todavía los miembros del equipo no habían asistido al paso de un año entero.
Por lo tanto, parecía ser que Abuelito estaba pasando por una serie de transformaciones estacionales. Las otras balsas, aún no totalmente desarrolladas, presentarían signos similares algo más tarde. Estas plantas-animales debían de estar floreciendo, preparándose para multiplicarse.
- Grayan - preguntó -, ¿cómo es el comienzo de la vida de estas balsas?
Grayan pareció halagada, y las esperanzas de Cord aumentaron. ¡Sea como fuere, Grayan estaba de su lado!
- Aún nadie lo sabe - contestó la muchacha -. Hace poco estuvimos hablando sobre esto. Alrededor de la mitad de la fauna de los pantanos de la costa del continente parece pasar por un estado larval en el mar - Señaló los brotes rojos de la balsa -. Pareciera que Abuelito va a producir flores, y que luego el viento o las corrientes llevarán las semillas a los estrechos.
Estas conjeturas eran razonables. También le pareció a Cord que los cambios sufridos por Abuelito podrían ser lo suficientemente acentuados como para justificar su deseo de no subir a bordo. Cord estudió la cabezota coriácea una vez más, tratando de aferrarse a sus esperanzas. Ahora notó una serie de hendiduras en la capa dura que la cubría que no había visto dos semanas antes. Pareciera como si Abuelito se fuera a descoser. Lo que tal vez indicara que las balsas, por grandes que fueran, tal vez no sobrevivieran todo un ciclo estacional, sino que podría ser que florecieran y murieran, aproximadamente en esta época de Sutang. De todas formas, era de esperar que Abuelito no se sumiera en una decadencia senil antes de que completaran el viaje por la bahía.
Cord dejó de pensar en la balsa. Ahora comenzó a considerar la otra parte de su sueño. Tal vez realmente un monstruo complaciente se apresurara a atacarlos, dándole la posibilidad de demostrarle a la Regente que no era un cobardón.
Porque no cabía duda de que, en efecto, había monstruos.
Se los podía ver moverse si, arrodillándose al borde de la plataforma, se miraba a través de las aguas claras, de color vinoso, del profundo canal. Cord podía distinguir una buena variedad de ellos en todo momento.
Para empezar, había cinco o seis mordedores. Parecían grandes cangrejos de río, achatados, de color marrón achocolatado, con manchas rojas y verdes en los caparazones. En algunas zonas había tantos que uno podía preguntarse de qué se alimentaban, si bien se sabía que prácticamente comían de todo, hasta legar a masticar el lodo en el que descansaban. Pero preferían que su alimento fuera vivo, y de tamaño grande. Razón por la cual era mejor no irse a bañar a la bahía. A veces atacaban a los botes; pero la forma nerviosa en que los que estaban a la vista escurrían el bulto, dirigiéndose hacia los lados del canal, demostraba bien a las claras que no querían enfrentarse con una de las grandes balsas.
El fondo estaba sembrado de unos agujeros de algo menos de un metro de diámetro, que por el momento parecían estar vacíos. Normalmente se hallaban ocupados por una cabeza en cada uno. Estas cabezas poseían tres mandíbulas aguzadas que se mantenían pacientemente abiertas, configurando una serie de trampas que hacían presa en cualquier cosa que pasara al alcance de los largos cuerpos vermiformes que se encontraban detrás de las cabezas. Pero el paso de Abuelito, con sus aguijones flotantes como extraños gallardetes, hacía que estos raros gusanos se ocultaran, asustados.
Por otra parte, los otros animales eran más bien pequeños, y aquí y allá aparecía una llamarada de un escarlata maligno, hacia la izquierda de la balsa, surgiendo de entre la vegetación. Una nariz aguzada se volvía hacia donde estaban.
Cord observó al animal sin moverse. Conocía a esta extraña criatura, si bien no era muy abundante en la bahía. La sabía rápida y maligna, lo suficientemente ágil como para cazar al vuelo a las chinches de los pantanos cuando volaban cerca de la superficie. Una vez había molestado a una, haciéndola saltar sobre una balsa que estaba inmóvil, donde había realizado frenéticos movimientos hasta que pudo matarla.
No había necesidad de utilizar carnadas. Con un pañuelo podría hacerlo, si no le importaba arriesgar el brazo.
- ¡Qué extrañas criaturas! - dijo la voz de Dana, detrás de él.
- Son cobardonas - dijo Nirmond -. Y verdaderamente útiles, pues mantienen a raya a las chinches gigantes.
Cord se puso de pie. Era mejor que ahora no gastaran bromas. La vegetación que se hallaba a la derecha hervía de mordedores. Toda una colonia. Tenían un aspecto vagamente similar a las ranas, del tamaño de un hombre o más grandes. De todas las criaturas de la bahía, eran las que menos gustaban a Cord. Los fláccidos cuerpos se sujetaban a las hierbas, de unos seis metros de alto, que rodeaban el canal, gracias a cuatro delgaduchas patas. Casi no se movían, pero sus enormes ojos saltones parecían no perderse nada de lo que pasaba alrededor. De vez en cuando se acercaba una de las chinches de agua, entonces el bicho carnívoro abría su boca enorme, vertical, con una doble hilera de dientes, y extendiendo la parte anterior de la cabeza con un movimiento relámpago hacía desaparecer a la chinche. Tal vez fueran útiles, pero Cord los odiaba.
- Nos llevará todavía diez años poder determinar el ciclo completo de la vida de la costa - dijo Nirmond -. Cuando establecimos la estación de bahía Yoger no existían estos cabezas amarillas. Sólo las vimos al año siguiente. Aún con trazas de la forma larvada, oceánica; pero la metamorfosis fue casi completa. Alrededor de unos treinta centímetros de largo...
Dana hizo notar que los mismos esquemas se repetían en uno y otro lugar. La Regente inspeccionaba la colonia de cabezas amarillas con sus prismáticos. Finalmente los puso a un lado, miró a Cord y sonrió.
- ¿Cuánto falta para llegar a las granjas?
- Unos veinte minutos.
- La clave de todo - dijo Nirmond - parece ser la bahía Zlanti. En primavera debe ser un verdadero caldo de cultivo.
- Lo es - afirmó Dana, que había estado aquí en la primavera de Sutang, cuatro años atrás, medido en tiempo de la Tierra -. Parecería que solamente ese sector justificaría que se colonizara el planeta. Sin embargo, la pregunta queda planteada: ¿Cómo hicieron estos animales para llegar hasta aquí? - dijo, señalando a los cabezas amarillas.
Fueron hasta el lado opuesto de la base, diciendo algo sobre las corrientes oceánicas. Cord podría haber ido hacia donde se hallaban, pero algo hizo ruido a sus espaldas, hacia la izquierda, y no demasiado lejos. Se quedó vigilando.
Después de un rato vio un cabeza amarilla de gran tamaño. Se había soltado de su rama, y esto causó el ruido. Ahora, casi sumergido del todo, miraba la balsa con ojos desorbitados, de color verde pálido. A Cord le pareció que le miraba directamente a él. Entonces se dio cuenta por qué le desagradaban tanto los cabezas amarillas. Había algo de despierta inteligencia en esa mirada. Algo así como una extraña forma de calcular las cosas. En criaturas como ésas, la inteligencia parecía estar fuera de lugar. ¿Para qué podían necesitarla?
Se estremeció ligeramente cuando el animal se hundió completamente en el agua, dándose cuenta de que intentaba nadar por debajo de la balsa. Pero sobre todo temblaba de excitación. Antes nunca había visto que un cabeza amarilla se desprendiera de las ramas donde se hallaba. El monstruo conveniente que tanto había deseado podía estar tratando de presentarse en una forma completamente inesperada.
Medio minuto después lo vio, zambulléndose para ganar profundidad. De todas formas, no tenía intenciones de subir a bordo. Lo vió acercarse a la línea de animales que seguían a la balsa. Maniobraba entre ellos con movimientos de natación curiosamente humanos. Luego se ocultó debajo de la plataforma.
Se irguió, preguntándose qué se proponía hacer el raro bicho. El cabeza amarilla sabía perfectamente bien de la existencia de los animalejos que habitualmente seguían a las balsas; cada uno de los movimientos que hizo para acercarse parecía tener un fin determinado. Estaba tentado de decirles a los demás lo que había estado observando, pero no dejaba de desear que llegara el momento de triunfo en que pudiera matar frente a los ojos de todos al monstruo que, dejando un rastro baboso, tratara de atacarlos sobre la plataforma.
De todas formas, era casi el momento de dar la vuelta para dirigirse hacia las granjas. Si no sucedía nada hasta entonces...
Siguió vigilando. Habían pasado casi cinco minutos, pero ni signos del cabeza amarilla. Todavía pensando en lo que podría pasar, no del todo tranquilo, aguijoneó a Abuelito con un rayo de calor.
Después de un instante, repitió el estímulo. Entonces inspiró profundamente y se olvidó por completo del cabeza amarilla.
- ¡Nirmond! - llamó.
Los tres se hallaban parados cerca del centro de la plataforma, próximos al cono central, mirando hacia delante, donde se hallaban las granjas. Se dieron la vuelta.
- ¿Qué pasa ahora, Cord?
- ¡La balsa no gira! - les dijo.
- No escatimes el calor esta vez - le contestó Nirmond.
Cord le miró. Nirmond, parado unos pasos delante de Dana y de Grayan como si quisiera protegerlas, estaba algo preocupado. Y no era para menos, pues Cord ya había lanzado el rayo de calor a tres diferentes puntos de la plataforma, pero Abuelito parecía haber desarrollado una súbita anestesia. Se seguían moviendo derechos hacia el centro de la bahía.
Ahora Cord, manteniendo el aliento, graduó la pistola al máximo y disparó hacia la balsa. Un círculo se formó en el lugar de incidencia del disparo, haciéndose una ampolla y tomándose primero marrón y luego negro.
Abuelito se quedó inmóvil. Sin más ni más.
- ¡Sigue! Dispara otra... - Nirmond no terminó de dar la orden.
Se sintió algo así como un estremecimiento gigantesco. Cord trastabilló, acercándose al borde. Entonces el borde de la plataforma se levantó y azotó el agua con un sonido como el de un cañón. Cord cayó hacia delante, acurrucándose. El enorme animal se hinchaba y retorcía. Dio otros dos grandes golpes. Finalmente quedó inmóvil. Cord miró para ver dónde estaban los otros.
Se hallaba a unos cuatro metros del cono central. Unos veinte o treinta de los recién aparecidos zarcillos se alargaban hacia donde él estaba, como si fueran extraños dedos verdes. No lo podían alcanzar. La punta del más cercano estaba todavía a unos veinticinco centímetros de sus zapatos.
Pero Abuelito había atrapado a los otros. Se hallaban tumbados cerca del cono, inmovilizados por una red de cuerdas verdes extrañamente vivas.
Cord flexionó las piernas cuidadosamente, preparado para otro golpetazo, pero no sucedió nada. Entonces descubrió que Abuelito se había puesto nuevamente en movimiento, siguiendo su rumbo primitivo. La pistola de calor había desaparecido. Con suavidad, sacó la pistola de Vanadia.
- ¡Cord!, ¿también te alcanzó a ti? - preguntó la Regente.
- No - dijo, en voz baja. Súbitamente comprendió que había pensado que estaban muertos. Se sentía mal, estaba temblando.
- ¿Qué estás haciendo?
Cord miraba la parte superior de Abuelito con ojos hambrientos. Los conos que la formaban eran huecos; el laboratorio consideraba que su función principal era la de encerrar aire para lograr que flotara, pero en esa parte central estaba también el órgano que controlaba las reacciones de Abuelito.
Dijo por lo bajo:
- Tengo una pistola y veinte balas explosivas. Dos de ellas son suficientes para volar el cono.
- No, Cord - le dijo la voz, en la que se traslucía el dolor -. Si esto se hunde moriremos igual. ¿Tienes cargas anestésicas?
- Sí - contestó Cord, mirándole la espalda.
- Dispara a Nirmond y a la muchacha antes que nada. Directamente en la columna, si puedes. Pero sin acercarte.
Cord sintió que no podía argumentar. Se puso cuidadosamente de pie. La pistola disparó dos veces.
- Muy bien - dijo con voz ronca -. ¿Y ahora qué?
Dana se mantuvo en silencio durante un rato.
- Lo siento, Cord, no puedo decirte. Trataré de ayudarte en lo que pueda.
Hizo una pausa de varios segundos.
- Este animal no trató de matarnos, Cord. Lo hubiera podido lograr fácilmente. Es increíblemente fuerte. Lo vi cuando rompió las piernas de Nirmond. Pero tan pronto como dejó de moverse, tanto él como nosotros, nos sujetó. Ambos se hallaban inconscientes...
- Tienes que pensar qué se puede sacar en conclusión de todo esto. También trató de sujetarte con sus zarcillos, o lo que sean, ¿no es así?
- Así lo creo - dijo Cord, todavía temblando. Esto era lo que había pasado, y en cualquier momento Abuelito iba a volver a tratar de hacer.
- Ahora nos está dando algo así como un anestésico gracias a estos zarcillos. Con muy finos aguijones. Me invade una sensación de adormecimiento... - La voz de Dana se apagó por un momento. Luego dijo claramente -: ¡Cord!, parece que somos alimentos que está tratando de almacenar. ¿Comprendes?
- Sí - contestó él.
- Es tiempo de tener semillas. Son análogos. La comida viva probablemente sólo se ha de usar para las semillas, no para la balsa. ¡Quién iba a saberlo! ¡Cord!
- Aquí estoy.
- Quiero mantenerme despierta todo lo que me sea posible - le dijo Dana -. Pero tienes que tratar de pensar. Esta balsa va a alguna parte. A algún lugar especialmente favorable, que puede hallarse cerca de la costa. Tal vez entonces puedas hacer algo. Tú serás quien deberá decidir. Trata de mantener la cabeza fría y no hagas locuras heroicas. ¿Entendido?
- Por supuesto. Entendido - le dijo Cord. Se dio cuenta de que hablaba en tono seguro, como si no lo estuviera haciendo con la Regente sino con alguien como Grayan.
- Nirmond fue quien peor lo pasó - dijo Dana -. La muchacha perdió el sentido inmediatamente. Si no fuera por mi brazo... Bueno, si podemos encontrar ayuda en unas cinco horas, más o menos, todo va a ir bien. Hazme saber si sucede algo, Cord.
- Así lo haré - dijo el muchacho, dulcemente. Luego apuntó cuidadosamente entre las escápulas de Dana y disparó otra cápsula anestésica. El cuerpo de la Regente se relajó lentamente.
Cord no hallaba razón para que se mantuviera despierta, puesto que no se iban a acercar a la costa.
Atrás habían quedado los cúmulos de vegetación y los canales, sin que Abuelito hubiera modificado su dirección en absoluto. ¡Se movía hacia el interior de la bahía, y estaba arrastrando a algunos acompañantes!
Cord pudo contar siete grandes balsas a unos tres kilómetros a la redonda; en las tres más cercanas distinguió similares brotes de zarcillos. Viajaban en línea recta, hacia un punto común que parecía ser el centro rugiente de los estrechos Yoger, a unos cuatro kilómetros y medio de distancia.
Más allá de los estrechos, ¡las profundidades frías de Zlanti, las nieblas y el mar abierto! Puede ser que fuera tiempo de distribuir las semillas, pero estas balsas no iban a hacerlo en la bahía.
Cord era un excelente nadador. Tenía una pistola y tenía un cuchillo. A pesar de lo que había dicho Dana, tal vez consiguiera salvarse de los predadores del agua. Pero las posibilidades indudablemente eran pocas. Y no se iba a comportar como si no hubiera otra solución. Al contrario, pensaba mantener la cabeza fría.
Salvo una rara casualidad, no se podía esperar que nadie viniera a buscarlos. Si decidieran hacerlo, examinarían los alrededores de las granjas. Allí había muchas balsas. De vez en cuando alguien desaparecía. Cuando se lograra saber qué había sucedido en esta ocasión en especial, sería demasiado tarde.
Tampoco había posibilidades de que fuera advertida, por lo menos en las próximas horas, la migración de las balsas hacia los estrechos Yoger. Tierra adentro había una estación meteorológica, del lado norte de los estrechos, que ocasionalmente utilizaba un helicóptero. Era muy improbable, decidió Cord, que salieran justo ahora, así como que un transporte a chorro descendiera lo suficiente como para verlos.
Tuvo que enfrentarse decididamente con el hecho de que sería quien daría las soluciones, tal como había dicho la Regente. Cord nunca se había sentido tan solo.
Simplemente porque era algo que debería probar tarde o temprano, comenzó ensayando un comportamiento que sabía que no daría resultado. Abrió la recámara anestésica y contó cincuenta dosis, algo apresuradamente porque no quería tener que pensar para qué podía llegar a necesitarlas. Vio que quedaban todavía unas trescientas cargas, así que seguidamente procedió a dispararle a Abuelito un tercio de las mismas.
Luego esperó. Una ballena podría haber mostrado signos de somnolencia con una dosis mucho menor. Pero la balsa permaneció imperturbable. Tal vez hubiera ciertos sectores que habían quedado algo insensibles, pero sus células no eran capaces de distribuir el efecto soporífero de la droga.
No había nada más que a Cord se le ocurriera que podía hacer antes de que llegaran a los estrechos. Calculó que a la velocidad que llevaban estarían allí en menos de una hora; y pensó que cuando arribaran iba a tratar de llegar a tierra nadando. No pensó que Dana desaprobaría la idea, dadas las circunstancias. Si la balsa lograba llevarlos hacia mar abierto, no tenían muchas posibilidades de sobrevivir.
Mientras tanto, Abuelito iba volviéndose más y más veloz. Además, sucedían otras cosas, menos importantes, pero capaces de preocupar a Cord. Los brotes rojos se abrían lentamente para dejar salir unas especies de raros gusanos, color escarlata, delgados y viscosos, que se retorcían débilmente, se extendían y luego volvían a retorcerse, desperezándose en el aire. Las hendiduras verticales que había notado en la estructura se ensanchaban, dejando salir, en algunas partes, un líquido oscuro y espeso.
En otras circunstancias, Cord hubiera observado fascinado estos cambios de Abuelito. Ahora sólo pudo mirarlos con sospechosa atención, porque no sabía qué podían anunciar.
Entonces algo horrible sucedió. Grayan comenzó a quejarse en voz alta, y se dio la vuelta, retorciéndose. Luego Cord fue consciente de que no había pasado un segundo antes de que interrumpiera sus esfuerzos con otra cápsula anestésica, pero los zarcillos habían estrechado aún más su presión, no ya en forma elástica, sino como enormes espolones, que mordían en su carne. Si Dana no le hubiera advertido...
Pálido y cubierto de un sudor frío, Cord bajó lentamente el arma, viendo que los zarcillos se aflojaban. Grayan no parecía estar lastimada, y hubiera sido la primera en advertir que su luna asesina podría haberse dirigido, en forma igualmente inteligente, hacia una máquina. Pero no pudo evitar el luchar rabiosamente contra el deseo de convertir la balsa en una pobre masa desgarrada de restos.
En lugar de esto, y revelando un mayor sentido común, les suministró a Dana y a Nirmond otra dosis, para impedir que sucediera lo mismo. Sabía que esa cantidad mantendría a los tres compañeros dormidos e insensibles durante varias horas. Cinco dosis...
Trató de apartar esta idea, pero sin éxito. Volvía una y otra vez, hasta que tuvo que enfrentarla. Cinco dosis dejarían a los tres completamente inconscientes, sucediera lo que sucediese, hasta que murieran por otras causas o se les administrara un agente que obrara como antídoto.
Espantado, se dijo a sí mismo que no podía hacer una cosa semejante. Sería lo mismo que matarlos.
Pero, a pesar de todo, con pulso firme, se halló levantando el fusil y disparándoles hasta completar una dosis de cinco cápsulas para cada uno. Y si bien fue la primera vez en los últimos cuatro años que Cord había tenido ganas de llorar, también advirtió que comprendía entre otras cosas, lo que quería decir usar su criterio propio.
Poco menos de media hora después vio una balsa, grande como la que ellos montaban, que entraba en las aguas turbulentas de los estrechos, a corta distancia de donde estaban, y que era llevada violentamente hacia un lado, por la fuerte corriente. Se tambaleó y giró, trató de enderezarse, nuevamente fue arrastrada, pero finalmente se afianzó en su curso. No como un pobre vegetal, sino como un ser con un propósito inteligentemente pensado, que quiere mantenerse en una dirección.
Parecían ser casi completamente insumergibles.
Cuchillo en mano se acurrucó en la plataforma, viendo que los estrechos, rugientes, se hallaban hacia delante. Cuando la balsa saltó y tembló debajo de él, clavó y cortó con el cuchillo, asegurándose bien. Se sintió cubierto por el agua fría, y Abuelito comenzó a estremecerse, como si fuera una máquina demasiado exigida. Cord se horrorizó, pensando que la balsa podría llegar a soltar a sus prisioneros humanos, en su lucha por mantenerse a flote. Pero subestimó a Abuelito, que no soltó su presa.
Súbitamente, se aquietó. Ahora pasaban por un lugar en calma, y vio a otras tres balsas no lejos de donde ellos estaban.
Los estrechos parecían haberlas juntado, pero aparentemente no les era totalmente indiferente la presencia de sus compañeras.
Cuando Cord se puso de pie, temblando, y comenzó a quitarse las ropas, vio que se apartaban con gusto unas de otras. La plataforma de una se hallaba semisumergida. Debía haber perdido gran parte del aire que la mantenía a flote, y tal como sucedería con un buque pequeño, hacía agua.
Desde donde estaba, sólo tenía que nadar unos tres kilómetros para llegar a la costa norte de los estrechos, y desde allí alcanzaría la estación meteorológica en otro kilómetro y medio de trayecto. No sabía nada sobre las corrientes, pero la distancia no era excesiva, así es que no se consolaba al pensar que debería desprenderse de su cuchillo y su fusil. Las criaturas de la bahía amaban el calor y el fondo de barro, así que no se aventuraban más allá de los estrechos. Pero las profundidades de Zlanti albergaban gran número de predadores propios, si bien nunca se los veía tan cerca de la costa.
Parecía que las cosas podían empezar a ir bien.
Mientras Cord anudaba sus ropas, formando un atado pequeño, sentía los gritos de los animales, que sonaban como los maullidos de gatos curiosos. Miró hacia arriba. Cuatro enormes chinches de agua, que se aventuraban en el mar, pasaron cerca de él, llevando cada una su parásito. Probablemente bichos inofensivos, pero en apariencia temibles debido a sus buenos tres metros de envergadura. El muchacho recordó con preocupación el parásito venenoso y carnívoro que había dejado sin estudiar en la estación.
Una descendió perezosamente hasta acercarse a la balsa. Luego volvió a elevarse un tanto, para descender nuevamente, inspeccionando. El parásito de la chinche, que era su cerebro pensante, no estaba interesado en Cord. Era Abuelito quien lo hacía ir y venir.
Cord observaba fascinado. La parte superior del cono bullía ahora con una masa de expansiones vermiformes, como las que habían comenzado a aparecer antes de que la balsa dejara la bahía. Presumiblemente ésta era la carnada que había atraído al parásito.
La chinche se acercó revoloteando y tocó el cono. Tal como si fuera el resorte de una trampa, se liberaron una serie de zarcillos verdes que se enroscaron en las alas y parecieron incrustarse en el cuerpo grande y blanduzco.
Menos de un segundo después, Abuelito puso en acción su trampa para otro huésped que surgió del agua. Cord tuvo la impresión de ver, súbitamente, a un ser de aspecto similar a una foca pequeña, que pareció brotar del agua con un impulso desesperado y que también quedó atrapada contra el cono, cerca de donde se hallaba el primer animal.
No fue la enorme facilidad con que se produjo esta caza la que dejó a Cord completamente anonadado. Lo que derrumbó sus esperanzas fue la llegada de una criatura que hacía imposible el nadar a tierra. Apareció a corta distancia del muchacho, y entonces vio que de ella huía la presa reciente de Abuelito. Sólo pudo echarle un rápido vistazo, mientras se alejaba de la balsa; pero fue suficiente. El cuerpo, de un blanco marfil y las fauces abiertas, eran suficientemente similares a las de los tiburones de la Tierra como para indicar la naturaleza del perseguidor. La más importante de las diferencias era que no importa donde fueran los blancos cazadores de las profundidades de Zlanti; iban siempre en grandes cantidades.
Anonadado por su mala suerte, y todavía apretando su atado de ropa, Cord se quedó mirando hacia la costa. Sabiendo lo que debía buscar, podía distinguir fácilmente las reveladoras ondas en la superficie, así como los pantallazos de color blanco que súbitamente aparecían y desaparecían.
Lo habrían atrapado como a una mosca si se hubiera lanzado al agua, antes de cubrir la vigésima parte de la distancia a tierra.
Pero pasó casi otro minuto antes de que se diera cuenta del verdadero problema en que se hallaban.
¡Abuelito había empezado a comer!
Cada una de las oscuras grietas situadas a los lados del cono era una boca. Hasta ese momento, solamente una de ellas había entrado en funciones, y todavía no se abría a plena capacidad. Su primer bocado fue el parásito de la chinche, que había arrancado, con sus zarcillos, de su alojamiento habitual. A pesar de lo pequeño que era, le llevó a Abuelito varios minutos el poder devorarlo por completo; pero ya había comenzado.
Cord sentía que enloquecía, allí sentado, apretando su bulto de ropas, y sólo vagamente se daba cuenta de que estaba temblando bajo la ducha de agua fría, mientras atentamente seguía la actividad de Abuelito. Llegó a la conclusión de que pasarían algunas horas antes de que una de esas bocas llegara a ser lo suficientemente flexible y vigorosa como para atacar a un ser humano. En estas circunstancias, poco importaba lo que sucediera a los otros tres compañeros, pero ése sería el momento en que Cord haría volar la balsa en pedazos. Los cazadores blancos eran rápidos, y al muchacho le pareció que podía decidir algo en ese sentido.
Mientras tanto, existía la posibilidad de que el helicóptero que se utilizaba en la estación meteorológica los avistara. En el ínterin, y como sucumbiendo a una extraña fascinación, no podía dejar de pensar en las causas que podrían haber provocado tales cambios de pesadilla en las balsas. Ahora podía adivinar hacia dónde se dirigían; veía claramente los signos que indicaban que la dirección era seguramente los grandes depósitos de plankton de la bahía Zlanti, a unos mil quinientos kilómetros hacia el norte. Con tiempo, cada uno de estos raros animales emprendían esta ruta, para beneficio de las semillas. Lo que no se podía explicar era el cambio que los había transformado en carnívoros alerta y capaces.
Observó como la loca era arrastrada hasta una de las bocas. Los zarcillos le rompieron el cuello, y después la boca comenzó pacientemente a disponer de un bocado que era aún demasiado voluminoso. Mientras tanto, se seguían escuchando chillidos y unos minutos más tarde dos chinches de agua más fueron atrapadas, agregándose a las presas. Abuelito soltó la boca y comenzó a comerse a una de las chinches. El parásito saltó mordiendo el zarcillo que se acercó para atraparlo; pero tras de una corta lucha quedó muerto sobre la plataforma.
Cord sintió que su poco razonable odio hacia Abuelito renacía con más fuerza. Matar a una de las chinches era similar a arrancar unas hojas de un árbol; prácticamente no tenían sensaciones. Pero el parásito había logrado vivir en sociedad con ella gracias a su inteligencia, y se hallaba más cerca de la especie humana que esa enorme cosa monstruosa que lo había atrapado, igual que a sus compañeros. Sus pensamientos volvieron a dirigirse hacia la curiosa simbiosis en que funcionaban dos criaturas tan disímiles como las chinches y sus compañeros pensantes.
Súbitamente, apareció en su cara una expresión de sorpresa. ¡Ahora comprendía!
Cord se puso de pie rápidamente, temblando de excitación, con todo un plan completo en su mente. Al instante, una docena de zarcillos viborearon con extraña rapidez hacia él. No pudieron alcanzarlo, pero su reacción, rápida y salvaje, inmovilizó al muchacho. La plataforma temblaba bajo sus pies, como si la invadiera la irritación de no poder llegar a apresarlo. Afortunadamente, en ese lugar no podía movilizarse para ponerlo cerca del alcance de los zarcillos, como sucedía más hacia el borde.
De todas formas, era un aviso que no convenía desestimar. Cord se fue deslizando cuidadosamente alrededor del cono hasta alcanzar la posición que deseaba, en la mitad anterior de la balsa. Allí esperó. Esperó largos minutos hasta que su corazón dejó de latir irregularmente y hasta que se calmaron los movimientos frenéticos de los zarcillos. Sería muy importante que durante uno o dos segundos, después que hubiera comenzado a moverse nuevamente, Abuelito no se diera exacta cuenta de donde estaba.
Miró hacia atrás para ver la distancia que los separaba de la estación de los estrechos. Calculó que no estaría a más de una hora. Eso quería decir que estaba bastante cerca, de acuerdo al más pesimista de los cálculos, si lo demás salía bien. No se puso a pensar en detalle qué era ese algo más puesto que existían innúmeros factores que no se podían calcular por anticipado. Además, sentía que si especulaba demasiado sobre esto sería incapaz de llevar más hacia adelante su plan.
Finalmente, moviéndose con todo cuidado, Cord fue extrayendo el cuchillo, que mantuvo en su mano izquierda, pero dejó la pistola en su funda. Levantando el bulto de ropas sobre su cabeza, lo balanceó en su mano derecha. Con un movimiento largo y suave, tiró el atado hacia el extremo opuesto de la plataforma.
Al caer, hizo un ruido sordo. Inmediatamente, toda esa sección de la balsa se plegó y azotó el agua, tratando de poner al objeto en contacto con los zarcillos.
Simultáneamente, Cord se lanzó hacia adelante. Por un momento, su intento de distraer la atención de Abuelito tuvo éxito, luego cayó de rodillas al comenzar nuevamente a moverse la plataforma.
Se hallaba a unos dos metros del borde. Cuando volvió a azotar el agua, siguió tratando, desesperadamente, de avanzar.
Un instante después se hallaba atravesando, con su cuchillo preparado, el agua fría y clara, delante de la balsa, y luego se sumergió una vez mas.
La balsa le pasó por encima. Montones de pequeñas criaturas del mar escapaban por la jungla de raíces oscuras que las alimentaban. Cord evitó, con un sobresalto, una criatura verde y vidriosa, de las de aguijón, y sintió un dolor quemante en uno de los lados del cuerpo, lo que le hizo notar que no había podido evitar a otra. Pasó, con los ojos cerrados, por los cúmulos de raíces que cubrían el fondo de la balsa, y finalmente se halló dentro de la burbuja central por debajo del cono.
Lo rodeó una media luz y un aire maloliente y cálido. El agua, azotándolo, lo arrastró. No había aquí nada donde sujetarse. Luego vió encima de él, hacia la derecha, como moldeado dentro de la curva interior del cono, y con apariencia de haber crecido allí desde un comienzo, la forma con aspecto de sapo, del tamaño de un hombre, de cabeza amarilla.
El compañero inseparable de la balsa.
Cord atrapó al ser simbiótico de Abuelito, y guiado por una de sus fláccidas patas posteriores, emergió, acuchillándolo hasta que no notó más vida en los pálidos ojos verdes.
Había calculado que el compañero de la balsa necesitaría un segundo o dos para apartarse de la misma, tal como sucedía con las otras criaturas similares a él, antes de poder defenderse. Sólo había llegado a dar la vuelta a la cabeza; su bocaza mordió el brazo de Cord por encima del codo. Su mano derecha hundió el cuchillo en uno de los ojos, y el cabeza amarilla se apartó con un salto, llevándose el cuchillo lejos de su alcance.
Deslizándose hacia abajo, tomó la fláccida extremidad con ambas manos, y tiró con todas sus fuerzas. Durante un momento más, el cabeza amarilla no soltó la presa. Entonces las innúmeras prolongaciones nerviosas que lo conectaban con la balsa se liberaron con una sucesión de ruidos succionantes y desgarrantes. Finalmente, Cord y el cabeza amarilla llegaron al agua juntos.
Otra vez la selva de negras raíces, y dos sensaciones de dolor punzante en su espalda y piernas. Pensando que el cabeza amarilla habría muerto por estrangulación, Cord lo soltó. Por un momento vio descender, girando, un cuerpo que poseía extraños movimientos humanoides; luego fue desplazado por el impulso del agua, cuando un cuerpo grande y blancuzco golpeó contra el animal que descendía, y siguió hacia delante.
Cord subió a la superficie a unos tres metros por detrás de Abuelito, y esto hubiera sido el final de la historia si no fuera porque la balsa estaba aminorando su marcha.
Luego de dos intentos llegó a trepar nuevamente a la plataforma, y allí se quedó, tosiendo y respirando anhelosamente. No había indicaciones de que su presencia fuera desagradable. Unos pocos zarcillos se retorcieron intranquilos, como si trataran de recordar sus funciones previas, cuando llegó, cojeando, al lado de sus compañeros, para asegurarse de que aún respiraban. Cord sólo pudo darse cuenta de eso.
En realidad, seguían respirando, y no intentó curar sus heridas, puesto que no había tiempo que perder. Tomó la pistola de calor que Grayan guardaba en su cartuchera. Abuelito se había parado.
Cord aún no podía razonar correctamente, de otro modo hubiera comenzado a preocuparse pensando si Abuelito, tan violentamente privado de la ayuda de su compañero, iba a ser capaz de moverse. El muchacho se limitó a determinar la dirección aproximada de la Estación Principal de los Estrechos, y eligiendo un lugar correspondiente de la plataforma, dio a la balsa un toque de calor.
Al principio, no pasó nada. Cord suspiró y subió el control del calor. Abuelito tembló levemente. Cord se puso de pie.
Primero en forma lenta y vacilante, pero luego con mayor brío y precisión, si bien ahora ya carecía de la cabeza que le guiaba, Abuelito se dirigió hacia donde se hallaba la estación.

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