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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 29 de febrero de 2012

El Ruido de un Trueno Ray Bradbury


El Ruido de un Trueno
Ray Bradbury


El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente.
Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:
Safari en el Tiempo S.A
Safaris a cualquier año del pasado.
Usted elige el animal.
Nosotros lo llevamos allí.
Usted lo mata.
Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia
abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras
alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares
ante el hombre del escritorio.
-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios.-. Este es el señor
Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué
momento. Si usted desobedece sus intrucciones, hay una multa de otros diez mil
dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.
Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de
cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el
sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos
los calendarios del pergamino, todas las horas apilada en llamas.
El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante,
sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las
brasas y cenizas, del polvo y los viejos años, como doradas salamandras, saltarán
los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán
negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla,
huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos
occidentales y se pondrán en los orientes gloriosos, las lunas se devorarán al
revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas,
los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte
en la semilla, la muerte en verde, al tiempo anterior al comienzo, bastará el roce
de una mano, el más leve roce de una mano.
-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro
delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace
pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo
de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese
ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo,
antihumano, antiintenlectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero
no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492.
Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos
modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
-Matar mi dinosario.
-Un Tyrannosaurus rex. El Lagarto del Trueno, el más terrible mounstro de la
historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos
dinosaurios son voraces.
Eckels enrojeció, enojado.
-¡Trata de asustarme!
-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El
año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a
darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo
enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más
emocionate cacería de todos los tiempos. SU cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena suerte –dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su
disposición.
Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el
metal plateado y la luz rugiente.
Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego díanoche-
día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055. 2019.
¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió.
Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores.
Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro.
Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el
fusil. Había otros cuatro hombres en la Máquina. Travis, el jefe del safari, su
asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos
a otros y los años llamearon alrededor.
-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? –se oyó decir a Eckels.
-Si da usted en el sitio preciso –dijo Travis por la radio del casco-. Algunos
dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No
les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos
primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La Máquina aulló. El tiempo era un película que corría hacia atrás. Pasaron soles,
y luego diez millones de lunas.
-Dios santo –dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy.
África al lado de esto parece Illinois.
El sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los
viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari
con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
-Cristo no ha nacido aún –dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar
con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que
Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
-Eso –señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y
cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre
pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
-Y eso –dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho.
Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un
árbol. Es de metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque
usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No
se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire
contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por qué? –preguntó Eckels.
Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un
olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.
-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al
gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para
conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado.
Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pájaro, un coleóptero,
aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las
especies.
-No me parece muy claro –dijo Eckels.
-Muy bien –continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un
ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón usted
primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno, ¿y eso qué? –inquirió Eckels.
-¿Eso qué? –gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan
esos ratones sobrevivir?. Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de
diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de
insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojados al caos y la
destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años
más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el
mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha
aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así
que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas,
no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura
nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a
nuestros días. Destruya usted a ese hombre, y destruye usted una raza, un
pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán.
El pie que ha puesto sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos
sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces.
Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no
saldrán nunca de la matriz. Quizá Roma no se alce nunca sobre las siete colinas.
Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y
prolífica. Pise usted un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad.
La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá
un país llamado Estados unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca
pise afuera!
-Ya veo –dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales.
Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta
alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté
equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda
cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un
desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más
tarde, una mala cosecha liego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente,
un cambio en la conducta social de alejados países. O algo mucho más sutil.
Quizá un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan,
tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe?
¿Quién puede decir que realmente lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es
más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros
viajes en el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible
crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros
cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje.
Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una
antigua atmósfera.
-¿Cómo sabemos que animales podemos matar?
-Están marcados con pintura roja –dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje,
enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a
ciertos animales.
-¿Para estudiarlos?
-Exactamente –dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia,
observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se
acoplaban. Pocas, La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir
aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la
hora exacta, el minuto y el segundo, y le arroajaba una bomba de pintura que el
manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra
llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos
minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin
futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende que cuidadosos somos?
-Pero si ustedes vinieron esta mañana –dijo Eckels ansiosamente-, debían
haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito?
¿Salimos todos... vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
-Eso hubiese sido una paradoja –habló Lesperance-. El tiempo no permite esas
confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo, Cuando va a ocurrir
algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de
aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada?
Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos
nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro
monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.
Eckels sonrió débilmente.
-Dejemos esto –dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie!
Se prepararon a dejar la Máquina.
La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo por siempre y
para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el
aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos
gigantes nacidos del delirio de una noche febril.
Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle,
bromeando.
-¡No haga eso! –dijo Travis-. ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le
dispara el arma...
Eckels enrojeció.
-¿Dónde esta nuestro Tyrannosaurus?
Lesperance miró su reloj de pulsera.
-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura
roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡
Quédese en el Sendero!
Se adelantaron en el viento de la mañana.
-Qué raro –murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado
el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen
aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni
fueron pensadas aún.
-¡Levanten todos el seguro, todos! –ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels.
Luego, Billings. Luego, Kramer.
-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero Jesús, esto es caza –comentó
Eckels-. Tiemblo como un niño.
-Ah –dijo Travis.
Todos se detuvieron.
Travis alzó una mano.
-Ahí delante –susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros.
De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El ruido de un trueno.
De la niebla, a cien metros de distancia salió el Tyrannosaurus rex.
-Jesucristo –murmuró Eckels.
-¡Chist!
Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros
por encima de los árboles, un gran dios del mal, apretando sus delicadas garras
de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón,
quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos,
encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de
un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la
gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos
que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuelo de
serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra
esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo. En la boca entreabierta
asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos
vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de
muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los
pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad.
Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en
equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigosamente en el área de sol, y sus
hermosas manos de reptil tantearon el aire.
-¡Dios mío! –Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.
-¡Chist! –Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.
-No es posible matarlo. –Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese
indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en
sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es
imposible.
-¡Cállese!- siseó Travis.
-Una pesadilla.
-Dé media vuelta –ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la Máquina. Le
devolveremos mitad del dinero.
-No imaginé que fuera tan grande –dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora
quiero irme.
-¡Nos vio!
-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!
El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes.
Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos,
de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo
mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de sangre cruda cruzó la
jungla.
-Sáquenme de aquí –pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que
saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he
equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es
demasiado para mí.
-No corra –dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina.
-sí.
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un
gruñido de desesperanza.
- ¡Eckels!
Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies.
- ¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante ton un grito
terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon.
De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y
sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle
que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla,.
Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, Y se sintió
solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran
Palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en
nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó
como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como
cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto
rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes.
Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.
Como un ídolo de piedra, Como el desprendimiento de una montaña, el
Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su
caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron
alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los
rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus
mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la
garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas
nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo,
rojos y resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la
pesadilla, la mañana.
Billings y Krarner se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de
pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuarnente.
En la Máquina de¡ Tiempo, cara abajo, yacía Eckelsl estremeciéndose. Había
encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina.
Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una
caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
-Límpiense.
Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne
sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían
las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos
corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo
se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una
excavadora de vapor en el momento en que se abren: las válvulas o se las cierra
herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó
como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.
Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó
a la bestia muerta como algo final.
-Ahí está -Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco
que originalmente debía caer y matar al animal.
Miró a los dos cazadores ¿Quieren la fotografía trofeo?
-¿Qué?
-No podemos llevar un trofeo al futuro; El cuerpo tiene que quedarse aquí donde
hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las
bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su
equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza.
Caminaron a lo largo del Sendero de Metal. Se dejaron caer de modo cansino en
los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, -el monte
paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban
ya en la humeante armadura.
Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí,
temblando.
-Lo siento -dijo al fin.
- ¡Levántese! -gritó Travis.
Eckels se levantó.
- ¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no
volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance tomó a Travis por el brazo.
-Espera...
- ¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra
casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! -Salió
del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados! Cristo sabe qué multa nos pondrán.
¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo
dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta
quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!
-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
- ¡Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado
misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en
la boca, y vuelva.
- ¡Eso no tiene sentido!
-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí
las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo.
¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros.
Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña
de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando
los pies.
Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados Y rojos
hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas.
Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
-No había por qué obligarlo a eso -dijo Lesperance.
-¿No? Es demasiado Pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo
inmóvil.
-Vivirá. La Próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una
fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa.
1492.1776.1812.
Se limpiaron las caras Y manos. Se cambiaron las camisas Y pantalones. Eckels
se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante
diez minutos.
-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.
-¿Quién puede decirlo?
-Salí de] sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere
que haga? ¿Que me arrodille y rece?
-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo
el fusil.
-Soy inocente. ¡No he hecho nada!
1999.2000.2055.
La máquina se detuvo.
-Afuera -dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo
hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el
mismo hombre detrás del mismo escritorio.
Travis miró alrededor con rapidez.
-¿Todo bien aquí? -estalló.
-Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo
como entraba la luz del sol por la única ventana alta.
-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve,
que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los
colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más
allá de la ventana, eran... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le
temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros
del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos
que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más
allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era
exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un
mundo de calles Y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber.
Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de
ajedrez que arrastraban un viento seco...
Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el
mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.
De algún modo el anuncio había cambiado.
SEFARI EN EL TIEMPO. S.A.
SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO
USTE NOMBRA EL ANIMAL.
NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI.
USTE LO MATA.
Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus
botas. Sacó un trozo, temblando.
-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy
hermosa y muy muerta.
- ¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.
Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los
equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran
dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del
tiempo. La mente de Eckels giró sobre sí misma. La mariposa no podía cambiar
las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:
-¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?'
El hombre detrás del mostrador se rio.
-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese
condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de
agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos
temblorosos.
-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a
la Máquina-, no podríamos llevarla allá no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No
podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos ... ?
No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis
gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.
El ruido de un trueno.

martes, 28 de febrero de 2012

ICARO DE LAS TINIEBLAS Bob Shaw









ICARO DE LAS TINIEBLAS
Bob Shaw
* * *
Bob Shaw, oriundo de Belfast, Irlanda del Norte, trasladado a
Inglaterra huyendo de la guerra civil estallada en su país, es quizá
más consciente que los mismos norteamericanos de lo que supone
la gigantesca ola de violencia que azota el mundo contemporáneo.
En Dark Icarus nos ofrece un ingenioso relato futurista en el que la
gente posee la facultad cotidiana de volar por los aires mediante
unidades individuales de antigravedad, y las pesquisas que una
policía de tráfico aéreo realiza en torno a un asesino que ha
encontrado nuevos caminos para el crimen...
* * *
El cadáver del polizonte se deslizaba oblicuamente a una altura de unos tres mil
metros, en dirección a la zona de control de Birmingham. Era una noche de invierno
y la temperatura que imperaba a esa altura, por debajo de los cero grados, había
agarrotado sus miembros y recubierto enteramente su cuerpo de una oscura
escarcha. La sangre, que había fluido por entre el resquebrajado blindaje, habíase
congelado sobre la especie de cangrejo que rodeaba el pecho del hombre con los
émulos de pinzas. El cuerpo, en correcta posición de vuelo, se mecía indefenso a
merced de incontroladas corrientes, experimentando un extraño deslizamiento a
través del espacio. Situada sobre la cintura, podía verse una insistente luz del
tamaño de un guisante que parpadeaba en progresivo descenso, bajo una espesa
capa de hielo.
Robert Hasson, sargento de la Policía del Aire, se encontraba más cansado e
irritable que si hubiera realizado una jornada de ocho horas de vuelo. Había
permanecido en el cuartel general hasta la hora del almuerzo, dictando y recibiendo
informes, ocupado en formalidades con el propósito de obtener un balance de sus
gastos y pagos en el curso de los dos últimos meses. Y entonces, justo cuando se
disponía a marcharse a casa, bastante disgustado, fue requerido en la oficina del
capitán Nunn para echar una nueva ojeada sobre el asunto de los Ángeles Wellwyn.
Los cuatro Ángeles detenidos
–Joe Sullivan, Flick Bugatti, Denny Johnston y Toddy Thomas– se encontraban
sentados a un lado del despacho, pudiendo verse todavía sobre sus cuerpos los
engranajes de vuelo.
–Le diré qué es lo que me molesta de todo este asunto –decía Bunny Ormerod,
el anciano abogado, con la actitud propia de su oficio–. La indiferencia rutinaria de la
policía. La despreciativa dureza con que los rancios burócratas aceptan la trágica
muerte de un niño. –Ormerod se volvió protectoramente hacia los cuatro Ángeles,
con cierta complicidad en su gesto–. Uno podría llegar a pensar que se trata de
cotidiana rutina.
Hasson se encogió de hombros.
–Así es, prácticamente –dijo.
Ormerod abandonó su boca a una indolente mueca, al tiempo que giraba el
objetivo de la pequeña filmadora prendida de su camisa de seda hacia la figura de
Hasson.
–¿Tendría la amabilidad de repetir esa declaración? –preguntó.
Hasson posó la mirada directamente sobre el objetivo del aparato registrador,
ahora enteramente al descubierto.
–Prácticamente, cada día o cada noche, sucede que algún retrasado mental se
ajusta un mecanismo contragravitatorio, se pone a volar a una velocidad de
quinientos o seiscientos kilómetros por hora y, pensando que es Supermán,
merodea por entre los bloques de viviendas. Entonces estás perdido. Y no exagero.
Créame, yo no los condeno por cagarse en las paredes de los edificios. –Hasson
advirtió que Nunn se removía tras su abarrotada mesa, pero continuó obstinadamente–.
El asunto sólo nos concierne cuando comienzan a despanzurrar a la gente.
Sólo entonces me pongo a perseguirlos.
–Usted los caza abajo.
–No hago otra cosa.
–Me refiero a la forma en que usted captura a estos niños.
Hasson miró a los Ángeles con frialdad.
–No veo aquí ningún niño. El más joven de esta banda tiene dieciséis años.
Ormerod dirigió una sonrisa de conmiseración hacia los cuatro Ángeles vestidos
de negro.
–Vivimos en un mundo difícil y complejo, sargento –dijo–. Para un joven que tiene
dieciséis años, no es fácil, precisamente a causa de su edad, la comprensión del
mundo que lo rodea.
–Mierda –comentó Hasson. Miró nuevamente a los Ángeles y señaló a un
rechoncho y barbudo mozalbete sentado tras ellos–. Tú, Toddy, acércate.
Los ojos de Toddy parpadearon brevemente.
–¿Para qué? –preguntó.
–Quiero que enseñes tus insignias a Mr. Ormerod.
–Ni hablar. No quiero –respondió Toddy con engreimiento –. Me parece un
abuso.
Hasson suspiró, se dirigió hacia el grupo formado por los cuatro Ángeles, agarró
a Toddy por las solapas y lo condujo hasta donde Ormerod estaba como si lo que
arrastraba no fuera sino un fardo de cuero barato. Tras él se escuchó un rumor de
frenéticas protestas y el crujido de las sillas al moverse, en tanto Toddy era
arrancado del coto protector de sus compañeros. La oportunidad de expresar sus
sentimientos mediante la acción, por limitada que ésta fuera, proporcionaba a
Hasson una satisfacción cercana a cualquier efectiva terapéutica.
Nunn se irguió a medias y exclamó:
–Sargento, ¿qué supone usted que está haciendo?
Hasson: ignorándolo por completo, se dirigió a Ormerod.
–¿Ve este emblema? ¿La «F» grande con alas? ¿Sabe qué significa?
–Para mí no tiene más interés que lo que pueda significar su propia conducta,
sargento –respondió Ormerod, al tiempo que una de sus manos, en un ademán
pretendidamente casual, bloqueaba el objetivo de su pequeña filmadora. Hasson
comprendió el gesto: la reciente legislación estipulaba que los tribunales rehusaran
considerar cualquier evidencia filmada a menos que fuera entregado como prueba
todo el carrete –y era evidente que Ormerod no quería registrar la existencia de la
insignia.
–Échele una ojeada, ande. –Hasson repitió la descripción de la insignia para que
fuera recogida por la grabadora de sonido adjunta a la fumadora–. Significa que
nuestro niño entre comillas ha practicado actos sexuales agarrado a su presa en
libre caída. Y está orgulloso de ello, ¿no, Toddy?
–¿Mister Ormerod? –Los ojos de Toddy se detuvieron suplicantes en la cara del
abogado.
–Por su propio bien, sargento, creo que debería dejar marchar a mi cliente –dijo
Ormerod. Su pequeña mano mariposeaba todavía frente al objetivo de la filmadora.
–Claro que sí. –De un zarpazo arrancó Hasson la filmadora de la camisa de
Ormerod, dejando un agujero en su lugar, y la irguió frente al pecho de los Ángeles
y sus ordenadas insignias. Apartó luego a Toddy de su lado y devolvió la filmadora a
Ormerod con un amanerado y sarcástico gesto de cortesía.
–No debió hacerlo, Hasson. –Los aristocráticos modales de Ormerod
comenzaban a dejar paso a la ira que permanecía oculta–. Su comportamiento
explica a gritos que se trata de una venganza personal contra mi cliente.
Hasson rió.
–Toddy no es su cliente. Usted fue contratado por el padre de Joe Sullivan para
intentar salvarlo de una acusación de homicidio impremeditado, y ocurre que el
simplón de Toddy se encuentra en el mismo lío.
Joe Sullivan, sentado entre los otros tres Ángeles, abrió la boca para responder
pero al punto cambió de idea. Parecía mejor preparado que sus compañeros.
–Vale, Joe –le dijo Hasson–. Recuerdas perfectamente que la voz cantante debe
llevarla el picapleitos. –Sullivan pareció resentirse y guardó silencio con la mirada
puesta sobre los azules nudillos de sus puños apretados.
–Me parece que no sacamos nada en claro –dijo Ormerod a Nunn–. Tengo que
hablar en privado con mis clientes.
–Hágalo –soltó Hasson–. Dígales que se borren la pintura de guerra. ¿No es eso
lo que le preocupa? A ver si la próxima vez me encuentro con algo mejor. –Aguardó
impasible, en tanto Ormerod y dos policías acompañaban a los cuatro Ángeles fuera
de la habitación.
–No le entiendo –dijo Nunn tan pronto como los otros hubieron salido–. ¿Qué es
lo que cree estar haciendo exactamente? Ese chico puede declarar que usted lo ha
estado maltratando...
–Ese chico, como usted lo llama, sabe dónde podemos encontrar al Fogonero.
Todos ellos lo saben.
–Ha sido usted demasiado duro con ellos.
–No lo afirme tan aprisa. –Hasson sabía perfectamente cuándo se sobrepasaba y
cuándo no, pero era demasiado obstinado para retractarse y reconocer sus
excesos.
–¿Qué quiere decir? –Nunn hizo una mueca remilgada que, sin embargo no tenía
nada de inofensiva.
–¿Por qué se me ha obligado a hablar con ese hato de chulos en esta oficina?
¿Qué pasa con los despachos disponibles en el piso de abajo? ¿Acaso sólo somos
una banda de asesinos los que no hemos obtenido dinero del viejo Sullivan por bajo
manga?
–¿Está usted diciendo que yo he aceptado dinero de Sullivan?
Hasson reflexionó un momento.
–No creo que sea ése su caso –dijo–. Permítame aclararle un punto. Sé a ciencia
cierta que esos cuatro han volado con el Fogonero. Si pudiera estar solo con
cualquiera de ellos, al menos media hora, entonces yo...
–Usted mismo se ha quemado, Hasson. Parece no darse cuenta de que no se
puede ir por el mundo sin saber el suelo que se pisa. Usted es un policía del aire, y
esto significa que la gente no quiere nada con usted. Hace cien años los
automovilistas no aguantaban a la policía de tráfico sólo porque ésta los obligaba a
obedecer unas cuantas normas de sentido común; ahora cualquier persona puede
volar por los aires, mejor incluso que los pájaros, y la gente se encuentra con que
también hay policías por allí arriba, amargándolos, Has–son. Usted amarga a la
gente y la gente le odia a usted.
–Eso no me quita el sueño.
–No pienso en ningún momento que tema usted los gajes del trabajo policial,
Hasson. De veras que no. Sólo quiero decir que, en esa obsesión suya por el mítico
Fogonero, usted quiere saltarse las reglas del juego.
Hasson empezó a excitarse, percatándose de que Nunn estaba llevando la
conversación hacia un tema importante.
–El Fogonero es real –dijo–. Yo lo he visto.
–Tanto si existe como si no, voy a impedirle volar a usted.
–No puede hacer eso –exclamó Hasson súbitamente.
–¿Por qué no? –preguntó Nunn, mirándolo atentamente.
–Porque... –Hasson luchaba por encontrar los términos exactos, cualesquiera
términos, cuando el comunicador esférico del escritorio de Nunn titiló con rojos
destellos, indicando la presencia de un mensaje urgente.
–Sí –dijo Nunn en dirección a la esfera.
–Señor, hemos registrado una angustiosa llamada automática –contestó una voz
masculina–. Alguien vuela sin control a unos trescientos metros. Creemos que
puede ser Inglis.
–¿Muerto?
–Hemos intentado establecer contacto por radio, señor, pero no contesta.
–Ya. Hay que evitar que cause algún accidente. Envíe alguien por él. Quiero un
informe completo.
–Sí, señor.
–Yo subiré por él –dijo Hasson, lanzándose hacia la puerta.
–No podrá con el tráfico que hay a estas horas. –Nunn se puso en pie y dio una
vuelta a la mesa–. Además, usted está cesante de vuelo. Ya se lo dije, Hasson.
Hasson pensó que estaba sobrepasando los límites de la especial indulgencia
para con los miembros de la Patrulla Aérea.
–Si es Lloyd Inglis el que está arriba, subiré por él ahora mismo –dijo–. Y si está
muerto... me prohibiré a mí mismo el poder volar. Permanentemente. ¿De acuerdo?
Nunn movió la cabeza indeciso.
–¿Quiere matarse?
–Tal vez. –Hasson cerró la puerta y corrió hacia sus aparejos de vuelo.
Dejando a sus pies la cúpula del cuartel general de policía, Hasson emergió a un
firmamento llameante, surcado por innumerables ríos de fuego. La mayor parte del
tráfico estaba compuesta por viajeros procedentes del sur, que regresaban de una
agotadora jornada de trabajo; una minoría de usuarios provenía de diversos puntos
ubicados en la agitada zona de control de Birmingham. Las luces intermitentes
colocadas en hombros y tobillos de miles y miles de viajeros volantes chisporroteaban
y parpadeaban, alterando su paralaje en virtud de las falsas olas de
avance y retroceso a lo largo del constante flujo. Confundidas en la distancia, la
proximidad y la lejanía conferían una apariencia de orden en forma de enhiestas
columnas verticales. Hasson sabía, sin embargo, que la apariencia no correspondía
a ninguna realidad... Había quienes se precipitaban en cruces y adelantamientos,
concediendo la mínima atención posible a los cambios de luces y al contingente
peligro de colisión. Eran justamente los que se consolaban a sí mismos pensando
en la disminución progresiva de las posibilidades de choque con cualquier otro
infractor; pues no era sólo propio de los habituales agentes de ventas trasnochadores
el volar salvajemente. Estaba también el borracho, el drogado, el
antisocial, el inepto, el suicida, el buscador de emociones fuertes, el criminal: toda
una amplia gama de tipos que no estaban preparados para las responsabilidades
inherentes al vuelo personal, en cuyas manos los aparejos antigravitatorios se
convertían en instrumentos de muerte.
Hasson puso al máximo de intensidad sus luminosas señales de policía. Con la
pistola de tintura al alcance de la mano, Hasson ascendió con cautela, elevándose
hasta que las luminosas estelas de la ciudad conformaron a sus pies un infinito
laberinto de brillantes trazos regulares. Cuando el altímetro adosado a la pantalla de
su visor le informó que se encontraba a una altura de doscientos metros, comenzó a
prestar mayor atención a las funciones del radar. Se trataba de la altitud media que
frecuentaba la mayor parte de los voladores. Sin embargo, continuó ascendiendo
con creciente atención, ya inmerso en una densa oscuridad que podía albergar
perfectamente el peligro de encontrarse de repente con otro ser lanzado a mortal
velocidad. Los aéreos ríos de viajeros volantes se distinguían ahora como estratos
separados. Pese a la tiniebla, aquéllos no evitaban las grandes velocidades, adelantándose
unos a otros como fugitivas estelas de luz.
Al alcanzar poco más de los ochocientos metros, Hasson comenzó a sentir un
leve relajamiento. Se encontraba enfrascado en el problema de cómo trasladar a
Inglis cuando súbitamente, radar y alarmas sonoras le avisaron de algún peligro.
Volvió la mirada en la dirección señalada por los alertas. Ante el terreno barrido por
sus propios faros apareció la figura de un hombre volando sin luces, lanzado a
extrema velocidad. Veterano en miles de lances parecidos, Hasson tuvo tiempo de
calcular con un margen de escaso error su viraje. En la fracción de un segundo
apuntó con su pistola y disparó una nube de indeleble tizne. El otro pasó a través de
ella –rápido vislumbre de rostro pálido y azotado por la soberbia, y oscuros ojos
incapaces de ver– y desapareció entre una estruendosa ráfaga de turbulencia.
Hasson llamó al cuartel general e informó detalladamente del suceso, añadiendo de
su cosecha que el delincuente podía estar bajo el efecto de alguna sobredosis de
droga. En un sector que alberga un millón de personas surcando los aires, era
prácticamente imposible –y molesto– la captura del agresor; pero sus arreos de
vuelo y equipo en general habían sido marcados a perpetuidad y la reposición de
los mismos utensilios no estaba al alcance de todos los bolsillos.
Al alcanzar los tres mil metros, Hasson estabilizó la fuerza de su antigravitación y
tomó una dirección hipotética que le sirviera de referencia para la 1ª búsqueda de
Inglis, iniciando un deslizamiento horizontal con los ojos bien abiertos e interrogando
la oscuridad que le rodeaba. Sus faros iluminaron una espesa neblina,
descubriéndose inmerso en una zona de velada visibilidad que le hacia imposible
detentar cualquier objeto situado más allá. La zona limitaba el vuelo personal que no
fuera provisto de calentadores especiales; Hasson sintió que el frío comenzaba a
traspasarlo. La corriente del tráfico quedaba abajo, cálida y segura.
Unos cuantos minutos más tarde el radar de Hasson registró la presencia de un
objeto frente a él. Horadando la oscuridad con los faros alcanzó a descubrir la figura
de Lloyd Inglis, que se deslizaba grotescamente por entre los ríos de negro aire.
Supo al mismo tiempo que su amigo estaba muerto y comenzó a girar en torno
suyo, respetando los límites de la interferencia de campo, hasta que descubrió la
grieta en la placa pectoral de Inglis. La herida parecía haber sido producida por una
lanza.
La última semana Inglis y Hasson patrullaban rutinariamente por los alrededores
de Bedford cuando descubrieron un grupo de ocho voladores sin luz. La explosión
de una pequeña linterna, desprendida de las manos dé Inglis, permitió descubrir
brevemente las siluetas, entre las cuales ambos hombres entrevieron el delgado
contorno de una lanza. La tenencia de cualquier objeto sólido estaba prohibida para
cualquier persona con aparejos de vuelo, pues representaba un serio peligro para
los otros voladores y para cualquier caminante de tierra firme; es más, no era
frecuente el uso de armas aun entre los delincuentes del aire. Todo parecía indicar
que habían dado con el Fogonero. Extendiendo redes y lazos, Inglis y Hasson se
lanzaron a su persecución. En el curso de la caza organizada perecieron dos
personas: una de ellas, una joven mujer que también volaba sin luces, lanzada de
cabeza contra uno de la banda; el otro había sido uno de los líderes del grupo, que
acabó casi partido por la mitad al caer sobre la antena de una emisora de radio.
Finalmente, todo cuanto los policías pudieron mostrar después de tantos inútiles
esfuerzos era un grupo de cuatro segundones de los Ángeles
Wellwyn. El Fogonero, portador de la lanza, había desaparecido amparado en el
anonimato.
Ahora, mientras inspeccionaba el cuerpo congelado de su antiguo camarada,
Hasson comprendió que el Fogonero había actuado bajo el impulso de la venganza.
Había identificado a sus víctimas a través del reportaje periodístico sobre el arresto
de Joe Sullivan. Maldiciendo con tristeza y amargura, Hasson inclinó su cuerpo,
quedando horizontal por el peso de sus útiles de vuelo. Súbitamente, se dejó caer
sobre el rígido cadáver pasando los brazos en torno suyo; inmediatamente ambos
cuerpos iniciaron un rápido descenso, a causa de la recíproca anulación de los
campos antigravitatorios. No desconociendo los trucos de la libre caída, Hasson se
esmeró para atar una cuerda a uno de los ojales del cinturón de Inglis, hecho lo cual
alejó el cuerpo de sí. Mientras los dos cuerpos se separaban más allá de la
distancia de interferencia de campo, la violencia de la fuerza del aire en torno a ellos
desaparecía gradualmente. Hasson consultó su posición y vio que había caído poco
más de cien metros. Sujetó la cuerda largada a su cintura y se dirigió hacia el
Oeste, en dirección a cualquier lugar donde pudiera descender mediante los conmutadores
de nivelación. Muy por debajo de él se apreciaba el tráfico de la zona de
control de Birmingham, arremolinándose como una galaxia de dorados tonos; pero
Hasson –situado ahora en el centro de su propio universo, de blanca y neblinosa
luz– – se encontraba aislado de todo ello, absorbido por sus pensamientos.
Lloyd Inglis, el bebedor de cerveza, el amante de los libros, el nunca tacaño Lloyd
– estaba muerto. Y antes que él otros habían caído: diaspar, Singleton, Larmor, y
luego McMeekin. La mitad de los hombres que desde siete años atrás compusieron
el equipo de Hasson había muerto en el cumplimiento de su deber... ¿y para qué?
Para un policía era insoportable la existencia de esta humanidad agraciada con la
libertad tridimensional que proporcionaban los utensilios de vuelo. Utilizando la
propia gravedad de la Tierra, volviéndola contra sí misma, el vuelo había sido
posible. Era algo fácil, no demasiado costoso, incluso divertido... e imposible de
controlar. Tan sólo en las Islas Británicas había ocho millones de voladores individuales,
y cada uno de ellos era como un superhombre impaciente por desatar su
intemperancia y 'lanzarse en busca del ocaso sobre el curvo horizonte del mundo.
La aviación había ido progresivamente desapareciendo del cielo, casi de la noche a
la mañana, y no porque no fuera en definitiva una necesidad sino porque resultaba
peligroso deslizarse entre núcleos atestados de insoportables novatos con su recién
estrenado juguete. En cambio, el alado delincuente nocturno, el Icaro de las
tinieblas, era el verdadero héroe de la época. ¿Dónde estaba la solución para un
policía del aire?, se preguntaba Hasson. Quizás el tradicional concepto de policía,
perro guardián de la responsabilidad ajena, no era ya del todo válido. Quizás el
inevitable precio de la libertad consistiera en una lenta lluvia de cuerpos
destrozados sobre la tierra, en tanto la hipotética autoridad iba menguando...
El ataque cogió a Hasson por sorpresa.
Sobrevino tan rápidamente que fue simultánea la doble peligrosidad de la
alarmante cercanía y el desplazamiento del aire tras el cuerpo atacante. Hasson se
dobló, vio la lanza negra, viró para esquivarla, recibió un terrible golpe tangencial
producido por el viento y salió catapultado mientras giraba sobre sí mismo. Todo
ello en la fracción de un segundo. La caída, causada por la momentánea
interferencia de campos antigravitatorios, no había sido gran cosa. Desconectó los
faros y luces de vuelo en un acto de precaución refleja; luego forcejeó para desasir
sus brazos de la cuerda que lo unía al cadáver, ahora enrollada en torno suyo por
efecto de su rotación. Cuando obtuvo cierta estabilidad permaneció completamente
inmóvil, intentando darse cuenta de la situación. Su cadera derecha estaba
resintiéndose desde el impacto, pero, dentro del margen que le permitían sus
sensaciones, podía asegurar que ninguno de sus huesos se había roto. Se preguntó
entonces si su atacante se habría marchado, satisfecho con un único embate, o si
permanecía por allí en espera de continuar lo que no habría sido sino el comienzo
de un duelo.
–Eres un tío rápido, Hasson –dijo una voz en la oscuridad –. Más rápido que tu
compinche. Pero eso no te salvara.
–¿Quién eres? –gritó Hasson mientras buscaba el mando del radar.
–Lo sabes perfectamente. Soy el Fogonero.
–Eso es una horterada. –Hasson mantenía la firmeza de su voz mientras
comenzaba a desplegar sus redes y lazos–. ¿Cuál es tu verdadero nombre? Te
pregunto por el que puede leerse en los libros psiquiátricos que comentan tu caso.
La tiniebla río.
–Muy bien, sargento Hasson. Eres un chico impaciente: pretendes ganar tiempo,
intentas amoscarme y quieres saber mi nombre. Todo a la vez.
–No necesito ganar tiempo. Acabo de lanzar un mensaje por radio.
–Quieres ganar el tiempo que tardarán en venir los encargados de encontrarte
muerto.
–¿Por qué muerto? ¿Por qué quieres matarme?
–Porque te dedicas a cazar a mis amigos y a impedirles que vuelen.
–Son una amenaza para ellos mismos, y también para el resto de la gente.
–Eres tú quien los obliga a ser una amenaza. Te engañas a ti mismo, Hasson.
Sólo eres un poli al que le gusta rastrear a la gente para acabar con ella. Voy a
enviarte a tierra por ser tan buen poli: voy a enviaros a ti y a los lazos con los que
quieres auxiliarte.
–¿Lazos? –gritó Hasson en dirección a la voz.
Hubo otra risa y el Fogonero empezó a cantar: «Yo puedo verte en las tinieblas
porque yo soy el Fogonero; puedo volar contigo aunque no adviertas que estoy
ahí.» Las conocidas palabras crecían chillonamente a medida que su origen se
aproximaba. Y, repentinamente, iluminada por el tráfico que abajo circulaba y por
las estrellas que chisporroteaban arriba, –Hasson distinguió la forma de un hombre
corpulento. Advirtió algo espantoso e inhumano en sus mecanismos de volar.
Hasson, suspirando por el arma de fuego que le había sido denegada por la
tradición de la policía británica, observó algo.
–¿Dónde está la lanza?
–¿Quién la necesita? Déjala estar.
El Fogonero extendió sus brazos y, aun en medio de la confusión, aun sin la
menor referencia de puntos en el espacio, hízose evidente que aquel hombre era un
gigante, un ser que no tenía ninguna necesidad de otras armas que las que la
naturaleza le había concedido.
Hasson pensó en la lanza cayendo pesadamente sobre un concurrido suburbio
tres mil metros más abajo, y un odio helado comenzó a serpear dentro de él
reconciliándolo con la futura pelea, a despecho de los resultados. Mientras el Fogonero
se preparaba, Hasson volteó un lazo en lentos círculos, inclinando sus
aparejos para contrarrestar la inercia que las vueltas del lazo provocaban. Alzó las
piernas preparándolas para algún rápido golpe, al tiempo que acababa de
desembarazarse de la cuerda que hacía del cuerpo de Inglis un fantasmal
espectador de los acontecimientos. Sintióse nervioso y excitado, pero no
particularmente asustado desde que el Fogonero había descartado el empleo de la
lanza. El combate aéreo tenía características especiales que no se daban en el
comúnmente sostenido sobre suelo firme, donde tenía primacía la participación de
los instintos; el combate aéreo debía ser aprendido y practicado necesariamente, e
incluso los mismos profesionales nunca abandonaban cierta inseguridad de
aficionado, a despecho de la fuerza y la inteligencia del otro. El Fogonero, por
ejemplo, había cometido un serio error al permitir a Hasson la estabilidad necesaria
para el uso agresivo de sus piernas.
Pese a sus bravatas, el Fogonero, según se podía apreciar vagamente,
vectoraba la nivelación de sus aparejos con apenas perceptibles movimientos de
hombros. Es un buen volador, pensó Hasson, aunque no sea tan bueno en la teoría
del combate...
El Fogonero cayó como una exhalación, aunque no tan rápido como debiera
haberlo hecho. Hasson experimentó algo parecido a una desbordante lujuria cuando
se contempló a sí mismo con tiempo suficiente para calcular y colocar su golpe justo
donde quería. Había escogido un punto vulnerable, exactamente bajo el visor, y
cuando propinó la patada su movimiento fue imprevistamente contrarrestado por la
abrupta caída provocada por la mutua supresión de los dos campos
contragravitatorios, conllevando empero suficiente energía como para reventar el
cuello de un hombre. De cualquier modo que fuera había fallado y el Fogonero, al
tiempo que apartaba la cabeza, asió la erecta pierna de Hasson. Ambos hombres
cayeron de nuevo, ahora en condiciones desiguales, pues Hasson sujetaba todavía
el cuerpo de Inglis, cuyo campo contragravitatorio se encontraba demasiado lejos
para ser suprimido. Un segundo después, el Fogonero, usando la fuerza de sus
enormes brazos, quebró la pierna de Hasson doblándola al revés por la articulación
de la rodilla.
Aturdido por el dolor, Hasson sintió su cabeza sin fuerzas siquiera para pensar.
Flotó en la negrura durante un tiempo indefinido, agitando los brazos
incontroladamente, contraído su rostro en desesperada mueca. Lejanamente
percibía el movimiento de la nebulosa espiral que se agitaba a miles de metros
debajo de ellos; precisamente por allí, interponiéndose entre esa imagen lejana y su
aturdida mirada, una oscura silueta se movía amenazan te. Una parte del cerebro
de Hasson informó de que era imposible entretenerse con reacciones primarias;
intentó desesperadamente recuperar el equilibrio físico, pensando que si la vida
debía continuar para él sólo iría mediante el ejercicio de la inteligencia. Pero,
¿estaba en disposición de pensar cuando el dolor invadía su cuerpo un ejército que
arrojara insoportables bombas de mortero continuamente sobre su cerebro?
En principio, se dijo Hasson a sí mismo, debes zafarte de Lloyd Inglis. Y
comenzó a manipular el nudo que la cuerda formaba en la hebilla de su cinturón;
entonces la voz del Fogonero sonó cerca de él, a sus espaldas.
–¿Cómo te gustaría, Hasson? –El tono de la voz era triunfal–. Eso es para
mostrarte que puedo participar de tu propio juego. Pero podemos también intentar
jugar al mío.
Hasson aceleró sus movimientos sobre el nudo, al tiempo que tiraba de la
cuerda. El cuerpo de Inglis se encontraba ya próximo y finalmente apareció con su
interferencia radial. Manteniéndolo en esa provechosa cercanía, Hasson e Inglis comenzaron
a caer. Al instante, pudo verse al Fogonero lanzarse en picado sobre
ellos, alargando un brazo y atrapando el cuerpo de Hasson, cayendo el trífido grupo
en confuso descenso. Remolinos de fuego comenzaron a expandirse bajo ellos.
–Este es mi juego –cantaba el Fogonero en la conjunta caída–. Puedo cabalgar
sobre ti durante todo el camino hasta el suelo, porque yo soy el Fogonero.
Hasson, conociendo los trucos típicos del aire, acalló su dolor y alcanzó el
interruptor general de energía, pero dudó un momento sin atreverse a accionarlo.
En la interacción de dos cuerpos, la extinción de un campo contragravitatorio restauraría
al otro su normal funcionamiento, desatándose una fuerza que repelería a
ambos entre sí. Éste era un dato previo en el juego del Fogonero, pues todo
consistía en una prueba de nervios, en la que el continuo descenso y la recíproca
anulación de campo contragravitatorio desafiaba la fortaleza y resistencia de los
contrincantes. Aquí, sin embargo, la situación se complicaba por la presencia de
Inglis, el silencioso compañero que ya había perdido: su campo contragravitatorio
anulaba el de los otros dos, a despecho de la muerte de cualquiera, a me–nos que...
Hasson pudo liberar un brazo de la tenaza paródicamente lasciva en que lo tenía
el Fogonero y atrajo hacia sí el cuerpo de Inglis. Tanteó buscando el interruptor
general de energía del hombre muerto, pero sólo encontró una lisa capa de sangre
helada.
Los antes lejanamente brillantes horizontes volvíanse cercanos, con su flujo de
tráfico abriéndose como una planta carnívora. El aire, a causa de la velocidad de
caída, rugía de manera ensordecedora. Hasson intentó romper el helado casquete
que cubría el interruptor del artefacto de Inglis, pero instantáneamente el brazo del
Fogonero se aferró en torno a su cuello, obligándole a torcer la cabeza.
–No conseguirás escaparte de mí –gritó al oído de Hasson–. No conseguirás huir
como un cagón. Quiero comprobar lo bien que botas en el suelo.
Continuaban cayendo.
Hasson, todavía preso por el nudo que la cuerda formaba en la hebilla de su
cinturón, se resintió del peso de Inglis y se dispuso a desembarazarse de él de una
vez por todas. Sin embargo, pensó entonces que ganaría muy poco con ello. Cualquier
niñato juguetón mantendría la interferencia de campo hasta el último
momento, pero hasta tan postrer instante que, aun con su mecanismo funcionando
a la máxima potencia, el golpe contra el suelo seria inevitable. El Fogonero, conocedor
de su resistencia, probablemente intentaba prevenirse de ser destrozado en el
impacto. El juego era un desafío a muerte, de manera que deshacerse del cuerpo
de Inglis no conducía a nada.
Habían descendido casi dos mil metros y les faltaban ya pocos segundos para
penetrar en el campo de acción de los niveladores de las vías aéreas. El Fogonero
comenzó a jadear con excitación, restregándose contra Hasson como un perro en
celo. Sujetando a Inglis con la mano izquierda, Hasson usó la derecha para sujetar
el extremo de la cuerda en torno al alzado muslo del Fogonero, anudándola
violentamente. Todavía se encontraba en esta operación cuando irrumpieron en
plena zona de tráfico. Las luces relampagueaban por todas partes y la vertiginosa
galaxia se cernió sobre sus cuerpos. Los contornos de las calles podían apreciarse
bajo ellos, divisándose claramente la circulación de tráfico rodado. Supo Hasson
entonces que estaba cerca el momento en que el Fogonero liberaría el abrazo.
–Gracias por el paseo –gritó el Fogonero de súbito, con la voz entrecortada por
efecto de la caída –. A ver si llegas pronto.
Hasson encendió sus faros y acabó de apretar el nudo, provocando la atención
del Fogonero. Éste miró el nudo en torno a su muslo. Su cuerpo sufrió una
convulsión al comprobar que era él y no Hasson quien permanecía sujeto al muerto
y mortal policía del aire. Dio un empellón a Hasson y comenzó a arañar la cuerda.
Hasson quedó libre a merced del viento, sabiendo que la cuerda resistiría aun ante
la fuerza del gigantesco Fogonero. Al ponerse en funcionamiento el campo contragravitatorio,
pareció que alas invisibles comenzaban a agitarse; entonces volvió la
vista atrás. Vio ambos cuerpos cayendo, el uno gritando frenéticamente, rebasar el
alcance de sus luces, rumbo a un mortal impacto con la tierra.
Hasson no disponía de tiempo para perderlo en introspecciones estériles su
propio aterrizaje forzoso estaba a punto de suceder y requeriría de toda su destreza
y experiencia para salir airoso y con vida–, pero no podía dejar de considerar que no
le era satisfactoria la forma en que el Fogonero había encontrado la muerte. Nunn y
los otros estaban equivocados con él.
–Aun así, –pensó durante los precipitados últimos segundos, –he estado cazando
como un halcón por demasiado tiempo. Este será mi último vuelo.
Sin temor, se preparó para el irracional abrazo de la tierra.
FIN

LOS HOMBRES METÁLICOS Tomás Salvador





LOS HOMBRES METÁLICOS
Tomás Salvador



Adscrita al servicio comercial interplanetario, la nave Gladiador sería
excepcionalmente rápida si no fuera tan meticulosa. O lo que es igual, perdía
fisgando los rincones lo que ganaba corriendo. En realidad, no creemos cometer
indiscreción diciendo que el servicio comercial interplanetario era una pantalla
para actividades muy diferentes. Y la Gladiador aunque parecía un navío
investigador, verdaderamente estaba registrado como crucero de guerra, si bien
este secreto lo sabían muy pocos en la Tierra y Marte, sin contar, claro está, la
tripulación, especialmente escogida. Gladiador, por decirlo así, informaba sobre
las cosas raras que pasaban en los planetas y satélites: explotaciones mineras
ilegales, regiones de confinamiento para indeseables, hallazgos que era necesario
comprobar, depósitos de armas y cosas por el estilo. En fin, léase servicio de
inteligencia en vez de servicio comercial y se habrá comprendido por qué la
Gladiador corría menos de lo que podía y por qué escondía una batería de
excelentes cañones desintegradores.
Más difícil sería explicar por qué Marsuf estaba a bordo de dicha nave sin
pertenecer al servicio, aunque de ello no estamos seguros. ¿Quién podía estar
seguro de algo tratándose de Marsuf? Si alguien podía ser un espía excepcional,
este alguien era Marsuf, el loco Marsuf, el admirado Marsuf, el hombre que podía
estar en todas partes sin necesidad de justificarse, el que podía viajar en todas las
naves sin tomar billete, el que desataba las lenguas con su sola presencia. Todo
parecía favorecer el que Marsuf perteneciera al servicio, salvo una cosa: que
Marsuf era demasiado emotivo, demasiado independiente para obedecer a nadie.
Por unas razones o por otras, nosotros nos guardaremos bien de opinar si Marsuf
hacía esto o si hacía lo otro.
Aeronavegaba la Gladiador por la zona llamada de los asteroides, que está
situada entre el cuarto y quinto planetas de la corte solar, o sea, entre Marte y
Júpiter. Allí en épocas muy remotas, debió de pasar algo gordo. Nada menos que
un planeta mucho mayor que la Tierra haciéndose pedazos, bien a causa de un
choque, bien a causa de una explosión interna. Dos razones hay para creerlo:
una, que existe una relación entre las distancias planetarias, llamada ley de Bode,
que falla totalmente allí; otra, que el espacio está materialmente sembrado de
asteroides en una zona muy ancha, dando vueltas por su cuenta, como si después
de haberse partido el cántaro los pedazos siguieran dando vueltas. Estos
asteroides son de muy diferentes tamaños, grandes como Portugal o pequeños
como un grano de arena.
Marte está situado de la Tierra - en dirección contraria al Sol - entre sesenta
millones de kilómetros cuando están al mismo lado y trescientos cincuenta cuando
el Sol los separa. A continuación de Marte viene Júpiter, pero a una distancia
enorme, setecientos millones de kilómetros que son los que se supone se
reservaba el planeta que hizo explosión, llenando de cascotes, llamados
asteroides, la ancha zona vacía. Dicha zona de asteroides tiene tantos millones de
cascotes - valga la palabra - que explorarla toda es materialmente imposible. Por
eso las patrullas militares y los servicios informativos la vigilaban todo lo posible.
Nada raro era encontrar asteroides lo bastante grandes para ser habitables o con
restos de antigua configuración planetaria, muy buscados por los astrónomos,
pues se presumía que allí debió de haber alguna civilización.
Explorando, pues, la zona de los asteroides, entre Marte y Júpiter, se encontraba
la Gladiador el mes de marzo del año 2058, cuando la pantalla de radar avisó la
existencia, a un millón de kilómetros, de una masa considerable de materia sólida.
Era pronto para medir su volumen y densidad, pero el analizador de a bordo
anticipó que se trataba de «un buen pedazo», como dijo él, del orden de los
doscientos kilómetros de diámetro.
- ¡Buen escondrijo! - dijo el comandante Varsovia.
- Tienes deformada la sesera, comandante - dijo con su habitual forma de hablar
Marsuf, que había escuchado el informe -; sólo piensas en contrabandistas, bases
secretas y refugio de bandidos.
- ¿No pensará encontrar una biblioteca a esta distancia y en ese montón de
rocas?
- ¿Y por qué no?
El comandante Varsovia aclaró lo que era innecesario, porque todos lo sabían:
- Sólo uno entre cada mil de los asteroides que visitamos tiene algo interesante y
ninguno vida humana.
- ¡No me enseñes a leer, jovenzuelo! - gruñó Marsuf -. Anda, dile al piloto que se
acerque a ese asteroide.
- Marsuf, ¿quién manda en esta nave? ¿Tú o yo...?
- Tú, desde luego.
- Bien. Como mando yo, voy a ordenar que... nos acerquemos al asteroide.
Las risas de los oficiales apagaron los gruñidos de Marsuf. A veces le parecía
señal de decadencia el que le respetaran de aquella forma. Echaba de menos los
tiempos en que se peleaba con todo el mundo, cuando debía imponer sus
opiniones a puñetazos. Y estaba muy cerca de la verdad. Aquel hombre ciego,
huraño, mordido por todos los fríos del espacio, era mundialmente famoso y las
nuevas tripulaciones le trataban con un respeto rayano en el asombro. A veces,
por alegrar sus viejos huesos, le contradecían acaloradamente, le amenazaban
con abandonarle en algún lugar desierto. Pero la realidad es que Marsuf era
admirado por todos y que todos hubieran dado un brazo por conservarle a su lado.
Pero el indomable barbudo, incluso al borde de la decadencia física, se obstinaba
en ir siempre de un lugar para otro, ignorando que era discretamente vigilado para
que no hiciera daño. Si en esta historia el tiempo pasa muy rápidamente y no se
refleja de un modo exacto la fama de Marsuf, débese a que la escogemos
libremente entre las muchas que se pueden contar, saltando de un tiempo a otro,
de una nave a otra nave, sin sujetarnos a un rigor cronológico.
El ecólogo entregó los datos al comandante. Este los examinó detenidamente.
Interesante asteroide: gravedad cero ochenta y nueve; densidad tres coma
veintidós; atmósfera fluida, ligeramente superior en oxígeno de lo normal. Sesenta
y cinco grados bajo cero. Y seguían los datos en cuanto a volumen, composición
física, velocidades, triangulaciones, etcétera.
- Y bien - preguntó el capitán -, ¿Qué dice el ecólogo de las reciprocidades?
- Es habitable para el hombre con ciertas limitaciones. Necesita calefacción y
cámara compensada para dormir. Posible estar dos o tres horas sin casco, pero
eso equivale a una ligera borrachera. Tras ese síntoma, puede venir la muerte
azul de no ponerse casco, como mínimo, durante un tiempo similar al pasado sin
él.
El comandante Varsovia interrumpió la exposición:
- Le digo si cree usted que existan habitantes.
El ecólogo vaciló. Y dijo al fin:
- No es de mi departamento, pero el técnico en comunicaciones asegura haber
captado radiaciones intermitentes de poca potencia. No está muy seguro.
- Que venga personalmente.
El técnico en comunicaciones amplió muy poco el informe del ecólogo. Se oían
unos chasquidos intermitentes, que podían ser producto de la energía estática del
espacio o causadas por las perturbaciones solares, pero...
- Acabe, hombre de Dios - ordenó el capitán.
- Aunque casi inaudibles, son demasiado rítmicas y regulares para ser
ocasionales. Es todo lo que puedo decir.
- Bien, ¿qué te parece, Marsuf?
- Cuando la espada es corta se da un paso adelante - dijo el aludido.
- Amigo Marsuf, usas unas expresiones tan anticuadas que no hay manera de
entenderte. Menos mal que yo, en la academia, usaba un ridículo espadín, que,
por cierto, estorbaba más que el hermano pequeño de una novia. Por eso puedo
entenderte.
Después de tan lozana explicación, el comandante de la nave dio órdenes para
que ésta se pusiera en órbita sobre el asteroide, a un centenar de kilómetros, para
que las cámaras fotográficas y la televisión permitieran observar de cerca el
fenómeno.
Después de unas complicadas operaciones para cambiar de rumbo y desacelerar,
el Gladiador estuvo en condiciones de ir dando vueltas al asteroide, fotografiando
su superficie y reflejándola en la pantalla de televisión. Marsuf, junto a los oficiales,
aguardaba pacientemente a que la cosa se aclarara. Estaba acostumbrado a
aquella maniobra, que centenares de veces había hecho él mismo. Sólo que ahora
estaba ciego y necesitaba preguntar:
- ¿Qué se ve?
- Un informe montón de rocas. Rocas oxidadas, erosionadas y mondas de
vegetación.
Y más tarde:
- ¿Qué se ve?
- Ahora, nada; estamos en la zona oscura.
Y al cabo de un rato, habiendo percibido un murmullo de expectación.
- ¿Qué estáis viendo, decidme?
- Algo raro, Marsuf. Una edificación aplastada entre dos montañas. Vamos
demasiado aprisa para la visión simple. La fotografía nos dará más detalles.
- Acerca más la espada, comandante - aconsejó nuevamente Marsuf.
Gladiador redujo velocidades y bajó hasta una decena de kilómetros. Cundía el
interés. El asteroide no estaba registrado en la cartografía espacial y las
edificaciones observadas parecían indicar un tipo de habitantes que no mostraban
mucho interés en comunicarse con la nave. O bien no quedaba vida o no poseían
conocimientos técnicos.
- ¡Ya estamos otra vez! - gritó un oficial.
- ¿Qué se ve, hermanos? - rogó Marsuf.
- La misma edificación; es grande. Parece una fábrica...
- ¡Atención! - dijo una voz -. ¡Mirad esas manchas negras!
- ¿Cómo son esas manchas negras que se ven. - pidió el invidente...
- Son... como hormigas... Aquélla es grande...
- Sí - dijo la voz del comandante -, y ahora se disgrega. Y son muchas, pequeñas;
muchas, como hormigas.
La nave rebasó la zona y había que esperar otra vuelta, tiempo que aprovechó el
comandante para un cambio de impresiones.
- Sean los que fueren - dijo Marsuf - no parecen peligrosos. No estarían apiñados
así de serlo.
- Mi deber es desconfiar de todos los que se esconden. Bombardearemos la zona
y luego veremos.
Marsuf se puso en pie:
- Tú no harás eso - dijo -. Los hombres van siempre con las armas por delante, sin
darse cuenta que eso les predispone a ser cazadores. Además, la historia de la
conquista planetaria nos ha demostrado que nuestros enemigos éramos nosotros
mismos.
- Por eso lo digo... Temo que sean hombres los que estén bajo esos techos
planos.
- ¡Un momento! - interrumpió un observador -. Según esto fotografía ampliada ¡son
robots!
La sorpresa paralizó a todos los presentes durante unos instantes. Luego, todos
se agruparon en tomo al comandante, que examinaba las fotografías.
Efectivamente, la ampliación indicaba un tipo de estructura metálica, con vaga
reminiscencia humana en las extremidades y una cabeza sobre un delgado cuello.
Pero el color, la rigidez de las masas, indicaban el clásico tipo de robot ya
desaparecido de la Tierra. Marsuf, aun sin ver lo que los demás veían, podía
imaginarse fácilmente la escena.
- Ya volvemos a pasar sobre la zona - anunció el piloto.
El comandante, comprensivo, fue detallando a Marsuf lo que veía. Una edificación
chata, de gruesos muros; grandes manchas negras, en movimiento, como las
hormigas, juntándose y disgregándose.
- ¡Increíble! - dijo al fin -. Deben de ser millares. ¿Qué significa esto?
- Sólo hay una forma de saberlo: bajando - dijo Marsuf.
La exclamación de sorpresa del comandante tenía una razón. Los hombres
conocían los robots, articulaciones electrónicas puestas a su servicio. En realidad,
estas máquinas resultaban toscas y duras, pero especializadas en un tipo de
trabajo podían dar un rendimiento superior al de cuatro hombres, Porque eran
incansables. A finales del siglo XX se pusieron de moda. Había máquinas-robots,
calculadoras robots y servidores robots; estos últimos con vaga estructura
humanoide, utilizados para faenas laborales en cuatro tipos: servicios domésticos,
minas, trabajo mecánico en cadena y labores agrícolas.
Pero los sindicatos habían protestado. En un mundo superpoblado no podía
admitirse que las máquinas fueran dejando a los hombres sin trabajo. Bien
estaban aquellas que facilitaban el trabajo posterior de los mismos hombres, pero
no la suplantación que estaba a punto de entronizarse si continuaba la política de
perfeccionamiento robótico. No es que la falta de trabajo que podía suplirse con
subsidios, molestase demasiado; era que los políticos preveían ya la posible
causa de disturbios sociales que implicaría una multitud desocupada y sin los
frenos morales del trabajo. En consecuencia, la fabricación de robots había sido
declarada fuera de la ley. Hacía cincuenta años que no existían robots
humanoides en la Tierra y sus colonias.
Cuando la Gladiador decidió tomar tierra en un claro, no lejos de la extraña
construcción, desde la torre de mando se puso observar claramente -por lo menos
con la claridad posible de la altura de una casa de treinta pisos, altura de la naveque
los robots iban acudiendo, alzando los brazos, sin armas aparentes.
- No tienen armas - comentó el teniente Douglas
- Los robots, ni por acción ni por omisión pueden hacer daño al hombre - comentó
secamente, Marsuf -. Es la ley robótica.
- Ya comprendo por qué estabas tan confiado - bromeó el comandante -. El
adversario no tiene espada.
- Quizá tenga una arma contra la que podemos luchar.
La nave consiguió una vertical perfecta y durante unas horas el comandante
ordenó que se vigilara la actitud de los hombres metálicos desde las escotillas
laterales. Los informes coincidían. Los robots continuaban llegando en enormes
masas. Todos eran iguales, aunque algunos parecían haber perdido el brillo del
metal niquelado. Se detenían a doscientos metros de la nave, formando un círculo.
No se veía humano alguno, ni después de haber tomado tierra se escuchaba el
clip intermitente de la emisora fantasma.
La actitud de los robots desencadenó en seguida numerosos comentarios en la
nave. Marsuf se enteraba por los comentarios. Lentos, diríase que una vez
llegados a un punto desde el cual podían ver la nave, los hombres de metal se
quedaban inmóviles...
- Yo diría que tienen la patética inmovilidad del perro que espera una caricia - dijo
el médico de a bordo, persona muy sensible.
- ¡Eso es! - dijo Marsuf, como si comprendiera -. Comandante: voy a bajar.
- Espera, Marsuf. Son miles.
- Tengo una teoría y la quiero comprobar.
- No; tú tienes alguna noticia más, que te callas.
- Es posible. Quiero bajar.
- De acuerdo. A condición de que no te alejes cien metros de la nave.
- No puedo calcular distancias. Recuerda que soy ciego - dijo Marsuf, con aire de
inocente.
- Lo que tú puedes hacer siendo ciego lo saben de memoria en todo el sistema
solar.
Colocado Marsuf en la plataforma de descenso, dotado de un traje acondicionado
para guardar el calor, se hicieron los preparativos necesarios. El comandante,
mediante gestos, ordenó se tomaran las precauciones necesarias para que una
patrulla vigilara la actitud de los hombres metálicos sin que se enterara Marsuf. Al
fin, la plataforma descendió entre las cuatro enormes estructuras de la nave que
servían para la dirección en vuelo y el aterrizaje, mezcla de alas y patas. Marsuf,
con el cuerpo protegido pero la cara al aire, sintió la fuerza del aire frío en el rostro
y respiró ávidamente. Después de largas semanas dentro del aire acondicionado
de la Gladiador, respirar el aire espacial tenía el encanto de siempre. Por otra
parte, el aire no era tan frío como anunciara el ecólogo. Sin duda, una ligera capa
atmosférica mitigaba el intenso frío de unos kilómetros más arriba.
Marsuf no podía ver, pero tenía un oído muy fino y sabía orientarse perfectamente.
El resto lo supo luego por la tripulación de la nave. Abandonó la plataforma. Bajo
sus pies, el suelo era liso, casi pulimentado. Allá, no lejos, donde los hombres de
metal aguardaban, se produjo un ruido extraño, como un chocar de infinitos
metales. Marsuf caminó en línea recta. Del círculo de robots comenzó a elevarse
un cántico extraño, emocionado. Cuando Marsuf creyó haber recorrido la mitad de
la distancia se detuvo. Los seres aquellos, cuales fueran, debían comprender que
estaba esperando a que ellos hicieran la mitad de camino.
Y así fue. Del compacto pelotón se desprendieron cinco masas metálicas.
Caminaban suavemente, pero se percibían sus pasos, su ruido metálico. Y cuando
estaban muy cerca, cesó todo ruido. Fue como si los miles de testigos metálicos
quisieran escuchar lo que se tenían que decir los adelantados del encuentro. El
silencio, el aire frío sobre su cara, la emoción paralizó la acción de Marsuf, que,
incapaz de otra cosa, aguardó.
- Has venido, señor. Te estábamos esperando - dijo una voz bien timbrada, pero
que se notaba no era humana.
- ¿Quién eres tú? - preguntó Marsuf.
- Soy tu servidor - contestó la voz.
- ¿Quiénes son ellos?
- Son tus servidores. Nos dijiste que aguardásemos y eso hemos hecho.
La voz, impersonal, tenía un tal acento de júbilo que Marsuf sintió una punzada de
dolor. ¿Quién sería el señor de aquellos hombres? Trató, desesperadamente, de
ganar tiempo hasta que se le ocurriese una salida:
- ¿Cuántos son ya los servidores?
- Somos ciento veintitrés mil quinientos doce, señor.
- ¿Tú sabes lo que son los ojos?
- Sí. Sirven a los señores para ver.
- Pues los míos están enfermos. Acércate.
Marsuf sintió unos pasos. Tendió las manos y tocó una estructura metálica.
Recorrió rápidamente la superficie para darse cuenta de lo que tenla delante. En
tamaño y altura, el robot era sensiblemente igual a un hombre. Carecía de
vestidos. En la cabeza era donde más se notaba la diferencia. No tenía boca ni
oídos, reemplazados por una abertura cubierta a su vez por una membrana. Los
ojos eran una célula fotoeléctrica y en ambas sienes tenía una corta antena.
Mientras Marsuf realizaba su inspección, pudo oír un susurro:
- Señor, señor nuestro... ¡Cuánto has tardado! Tus servidores te hemos esperado.
Tú nos dijiste que amásemos y eso hacemos, pero, ¿qué hacemos con nuestro
amor? Nos llamabas hijos, pero ¿dónde está nuestro padre?, - preguntaban los
que no tuvieron la dicha de conocerte -. Señor, señor...
- ¿Cómo se llama tu señor? - preguntó Marsuf.
- ¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso no eres tú mi señor?
- Responde - ordenó Marsuf, sabiendo que ningún robot desobedece una orden.
- Mi señor es Luis van der Welt. Se marchó en una nave como esa y nos dijo:
«Esperadme»... Señor, señor... Ya somos muchos, porque hemos trabajado como
nos enseñaste y caminamos siempre, siempre, buscándote...
Marsuf hubiera jurado que el robot estaba llorando. En todo caso, en su voz latía
una desesperación auténtica, terrible por cuanto no tenía los cauces naturales del
ser humano para ser expresada.
- Llévame junto a ellos. Dame tu mano y dime lo que hay en el suelo. Ya te dije
que tengo los ojos enfermos - ordenó Marsuf.
- Gracias, señor, por ordenarme. Te están esperando, señor.
Marsuf colocó al robot de modo que apoyándose él en su antebrazo pudiera ir
ligeramente retrasado.
- Vamos.
El robot, caminando suavemente, guió a Marsuf al grueso del anillo robótico. Antes
de adentrarse, ya escuchó el suave, el constante saludo:
- Señor, señor, señor...
Y durante mucho rato, horas quizá, Marsuf caminó entre aquella ingente multitud,
que se abría ante él, dejando un pasillo. A lo lejos se oían los que iban llegando,
corriendo con poderosa zancada; se escuchaban igualmente gritos de llamada, de
júbilo.
- ¿Quieres ver nuestra casa? - preguntó el robot que primero hablara.
- Sí.
Era una fábrica, desde luego, trabajando a pleno funcionamiento. Una fábrica sin
hombres, toda automática. Se escuchaba el deslizarse de las vagonetas
acarreando material, y el estruendo de los pulverizadores, y el vibrar de la planta
atómica que calentaba los hornos; y sentíase el calor de los fuegos, el zumbar de
las cadenas sinfín, el roce de los metales.
- Aquí nacemos, señor.
Iba a seguir su inspección Marsuf cuando un rumor de pasos y voces humanas
llamó su atención. Eran sin duda, tripulantes de la nave que también habían
desembarcado.
- ¡Marsuf! ¡Marsuf!...
- Estoy aquí.
Poco después una patrulla, compuesta del segundo jefe y cinco soldados llegaba
hasta Marsuf.
- Tardabas tanto que nos intranquilizamos - dijo, a modo de disculpa, el jefe.
- ¿Sois también señores? - preguntó el robot.
- Sí.
- ¿Os podemos servir?
- ¿Eh? Bueno...
El robot se detuvo, como intentando comprender una situación fuera de su
comprensión. Meneó la cabeza y dijo al fin:
- Mi señor es Luis van der Welt y nos dijo: «Esperad». Y se fue en una nave.
Vosotros sois señores... sois ¡hombres!
- Sí. Somos hombres.
- Entonces, ¿dónde está él?
Marsuf, antes que nadie contestaba, dijo a su robot:
- Volvamos a la nave. Nosotros, los señores, podemos caer enfermos...
- Sí. También lo decía él. Podemos hacer una casa.
- Mañana. Ahora vamos a la nave.
- Como ordenes, señor.
Y se reanudó la extraña marcha. Entre millares de seres metálicos, excitados y
silenciosos, los cinco humanos, asombrados por lo que veían, caminaban en
silencio, Marsuf sostenido por su lazarillo. Cerca de la nave, de la cual había
desembarcado un comando de protección poderosamente armado, que vigilaba
atentamente pese a la actitud pacífica de los robots, se detuvo el cortejo.
- Escucha, amigo - dijo Marsuf -, ahora volvemos a la nave. Pero volveremos.
- ¿Volveréis, señor? ¿Está dentro mi creador?
- Es posible. Tened paciencia. Si habéis esperado tanto, ¡qué importa un poco
más! Y gracias, me has servido muy bien. En adelante, cuando yo baje, tú me
ofrecerás tu brazo.
- Yo te ofreceré mi brazo, señor, y tú te apoyarás en él.
- Extraña situación, señores - comentó el capitán, desde la cabina de mando de la
nave, rodeado de Marsuf y los oficiales contemplando la ingente multitud de
robots, que, silenciosos, anhelantes, contemplaban la morada de los señores.
- Parecen perros esperando la salida del amo - comenta el segundo jefe -. Cuando
iba en la patrulla, tenía miedo al principio. Su masa nos hubiera ahogado con sólo
caernos encima. Pero en seguida comprendí que mi miedo era irrazonado.
- Bien, Marsuf, ¿cuál es tu teoría?
Marsuf, que había permanecido silencioso, comenzó a hablar, titubeando.
- Tienes el Who's Who in World? - dijo.
- Creo que sí - comentó, divertido, el comandante -; este cargo mío tiene a veces
mucho de diplomático. Sí, aquí lo tengo...
- Si no me equivoco, Luis van der Welt era hace sesenta y cinco años un famoso
ingeniero electrónico, creador de un tipo de robot.
- Sí, desaparecido en el año 2012 - agregó el comandante.
- Hace mucho tiempo, no recuerdo cuánto - dijo Marsuf -, en Fobos se estrelló una
nave. No se sabía nada de ella. Alguien dijo que era la Zuiderzee, de matrícula
holandesa...
- ¿Y supones...?
- Estoy tratando de enhebrar el hilo. Hace tiempo, también, circulaba una historia
de un planeta de hombres metálicos. Lo tenía olvidado. Mi teoría es la siguiente:
Luis van der Welt, ingeniero e inventor, no se conformó con la prohibición de
construir robots en la Tierra y en una nave huyó al espacio, con parte de su
laboratorio. Encontró un islote en el mar de asteroides, construyó un laboratorio
nuevo, o quizá una fábrica, ayudado por humanos o quizá robots, y se dedicó a
perfeccionar sus inventos. Quizá quería demostrar que había encontrado un
circuito amoroso, un circuito que convertía en seres capaces de emoción a los
robots. Cuando creyó haberlo conseguido, quiso volver a la Tierra para demostrar
el fruto de su trabajo, intentando posiblemente levantar la prohibición de
construirlos. Dejó las cosas dispuestas de modo que la fábrica, completamente
automática, siguiera produciendo hombres metálicos. Pero él no llegó a su
destino. No tengo pruebas, excepto mi viejo recuerdo y, ¡ay Dios!, las palabras del
robot. «¡Has vuelto, señor! ¡Te estábamos esperando!»
Sin querer, las miradas de todos los videntes se dirigieron a los ventanales. A la
luz grisácea del eterno amanecer que reinaba en el asteroide se distinguían las
manchas negras de los hombres de metal, inmóviles, rodeando la nave...
- Sí, están esperando una orden - comentó Marsuf, como si comprendiera los
pensamientos de todos -. Su creador les dijo: «Esperad». Y eso hacen. Y su
creador les dio un circuito amoroso, un circuito de eterna obediencia al hombre, y
quieren obedecer. Es su finalidad, su razón de existir. Lo terrible, lo que me ha
llenado de dolor, incluso tratándose de máquinas son los muchos años, casi
cuarenta, que llevan esperando, vagando por la superficie de esta pequeña roca,
buscando al hombre, llamando al hombre. Les fue dicho: «Obedeceréis y
amaréis». Y no encuentran el objeto de su obediencia. Y llevan muchos años
esperando, esperando...
- ¡Maldita sea! Calla, Marsuf.
- ¿Callar? ¿Y ellos...? Ahí los tenéis, como perros, esperando la voz del hombre
que les ordene, porque sólo obedeciendo pueden ser felices. ¿Puedes tú,
comandante, bajar ahí y decirles: «Vuestra espera ha sido en vano. Luis van der
Welt murió hace mucho tiempo. No volverá más. Y vosotros no podéis servir a los
hombres porque los hombres no os quieren»? ¿Puedes hacerlo? Anda, corre...
- ¡Calla, condenado borrachín!
- ¿Quieres acaso que lo haga yo? Tú no has estado, como yo, cerca de ellos,
escuchando sus murmullos. Son máquinas, cierto, pero están sufriendo. Es un
sufrimiento que nosotros no comprendemos, hecho de paciencia, de
renunciamientos... ¡Y no piden otra cosa que servirnos! Somos sus dioses. No, no
puedo ir a decirles que su larga espera ha sido inútil, no puedo... Y su fábrica,
destinada a seguir funcionando mientras haya mineral, construirá nuevos seres,
igualmente preparados para la obediencia, pero que luego como los otros, estarán
condenados a vagar por las rocas, llamando a su señor. Su fidelidad durará, quizá
centenares de años... Permanecerán con los ojos en el cielo, esperando la vuelta
de la nave que se marchó con su señor a bordo...
- Y hoy, cuando llegamos nosotros, creían que era él.
- Sí. Ahora ya saben que no. Pero saben también que somos hombres y que es su
deber y su alegría obedecernos.
- ¡Puff! ¡Condenada situación! El ingeniero van der Welt pudo haber construido
tornillos. Si pudiera, los destruiría a bombazos. Pero después de tus palabras,
Marsuf, no puedo.
- Quizá por eso las dije.
Quince días después, medidos por los relojes de a bordo, la situación en el
asteroide no había cambiado. Completamente inofensivos, deseosos de servir a
los humanos, los robots aguardaban anhelantes que los hombres abandonaran su
morada. Les seguían por todas partes, les guiaban en sus trabajos de exploración,
explicaban las cosas hasta donde su comprensión lo permitía. Indudablemente, el
ingeniero van der Welt había realizado un trabajo digno de todo elogio. Agradables
a la vista, incansables, sumisos, los robots eran las máquinas que más se
acercaban al hombre. Eran, en cierto modo, capaces de sentir emociones, y ese
fue el gran hallazgo de su creador. Sometidos a una situación contradictoria, la
pugna de emociones podía producir su muerte. Por ejemplo, un tripulante de la
Gladiador cayó por un tajo profundo. No habiendo podido evitar el resbalón, y
testigos de aquello, un centenar de robots murieron al fundirse su circuito.
Murieron de dolor, dijo luego Marsuf.
Marsuf fue quien más profundizó en el conocimiento hacia los hombres de metal.
Estaba siempre rodeado de grandes masas. Les hablaba, les recitaba sus versos,
que luego ellos podían repetir casi perfectamente; les hablaba del hombre y su
aventura en el espacio. Y contaba historias del ingeniero Luis van der Welt, que un
día u otro tenía que volver.
Por fin, el capitán Varsovia, comandante de la nave, dio orden de reintegrarse a
sus puestos. Los sabios habían explorado suficientemente el asteroide, que
resultó tener una atmósfera artificial, creada por el mismo ingeniero, señor de los
robots, y el misterioso asteroide, calculadas sus órbitas, quedaba incorporado a la
cartografía del espacio. Era preciso continuar. No podían permanecer
indefinidamente allí.
Pero, en los preparatorios, Marsuf no apareció. Buscado con afán, fue encontrado
en una casa, construida sobre las ruinas de otra antigua. Marsuf se negó a
embarcar.
- Te llevaré a bordo aunque tenga que dejarte sin sentido de un puñetazo - rugió el
comandante.
- No harás eso. Yo me resistiría. Lucharíamos. Y estos seres, no preparados para
el odio y la lucha, morirían. Ya ves, es curioso; pero una emoción incomprendida
los mata. ¿Quieres hacerlo?
- ¡No me importa! Son máquinas.
- No; en cierto modo no lo son y tú lo sabes. Son criaturas del hombre, lo mismo
que nosotros somos criaturas de Dios; son como perros, como seres inválidos sin
nuestra presencia.
- Marsuf, maldito, ¡no puedo dejarte aquí!
- Yo tampoco puedo marcharme, dejándolos otra vez en la eterna espera.
- No podemos hacer otra cosa. Sé razonable, Marsuf - rogó el comandante.
- Lo estoy siendo - dijo Marsuf -. Más que nunca. Toda mi vida he sido un violento
un egoísta; incluso mi amor, mi hijo, murió por mi egoísmo. Quizá haya hecho
cosas nobles, pero era porque me divertían. Ahora, ante estas criaturas de metal,
menos que perros, quiero redimirme - intentó incluso bromear -. Además, son
unos oyentes ideales. Les parece bien todo lo que improviso...
- No, Marsuf, no...
Los miles de robots eran testigos de la extraña pugna. El terreno entero estaba
cubierto de hombres de metal, sumisos, anhelantes.
- Vete, comandante. He dado a los robots mi palabra de que podrían servir al
hombre. Y yo, aquí, soy su esperanza. Vuelve a la Tierra; llévate algunos de ellos,
explica allí lo que pasa. Han transcurrido ya muchos años y la ley antirrobótica
habrá perdido fuerza. Explica cómo son estos seres. Diles que podemos destruir la
fábrica, los planos, pero que no podemos destruirlos a ellos porque nos aman y el
mundo no está sobrado de amor. Diles que los pongan a cuidar a los niños. Yo les
habré enseñado muchas historias. Diles que... ¡Diles lo que quieras, cabeza de
melón! Pero convénceles y vuelve. Vuelve con otras naves, para ir
transportándolos a la Tierra, u otras colonias. Yo te esperaré. Te doy mi palabra
de viejo cabezota que te esperaré.
- ¡No puedo hacerlo, Marsuf!
- ¿Acaso hay algo imposible para el servicio? Recuerda: «Orgullo y paciencia»...
Cinco horas más tarde, ya en el aire, pero todavía circunvolando el misterioso
satélite, el comandante, con sus oficiales, contemplaba el panorama desde su
puente de mando. En cada vuelta, la masa negra, las hormigas robóticas, se
movían como para demostrar que estaban esperando su vuelta, por encima del
tiempo, el olvido y la muerte.
Los ojos del comandante Varsovia tenían un brillo sospechoso. No estaba bien
que un viejo patrullero llorase, pero, ¿quién hubiera supuesto una situación
semejante?
- ¿Qué hacemos comandante? - preguntó el segundo.
- ¡Qué hacemos, cabeza de chorlito! - estalló el comandante para ocultar su
emoción -. ¡Rumbo a la Tierra a toda máquina! ¡He dicho que a toda máquina! Y
diga a esos incapaces de la sala de máquinas que dejen de hurgarse las narices y
que trabajen.
- Exactamente. Eso les diré, comandante.
Pronto las manchas negras se fueron haciendo diminutas; luego, se perdieron. El
asteroide fue primero una gran pelota luminosa; poco más tarde una naranja
azulada y dos horas después, una simple y pequeña estrella en el negro
firmamento.

FIN

lunes, 27 de febrero de 2012

Imagen en un espejo I. Asimov





Imagen en un espejo

I. Asimov



Lije Baley acababa de decidir volver a encender su pipa cuando la puerta de su despacho se abrió sin una llamada preliminar o un aviso de cualquier otra clase. Baley alzó la mirada haciendo una mueca de irritación..., y dejó caer su pipa. El hecho de que no intentara recogerla decía mucho sobre su estado mental.

-R. Daneel Olivaw... -dijo con una mezcla de excitación y desconcierto-. ¡Por todos los cielos! Eres tú, ¿verdad?

-En efecto -dijo el alto y bronceado recién llegado, y su rostro impasible no perdió ni por un momento su expresión de calma habitual-. Lamento sorprenderle entrando sin avisar, pero la situación es delicada y hay que implicar al mínimo número de robots y seres humanos posible..., incluso en este lugar. Me complace mucho volver a verle, compañero Elijah.

El robot alargó la mano derecha en un gesto tan completamente humano como su apariencia. Baley seguía estando tan desconcertado que se quedó inmóvil durante unos momentos contemplando aquella mano como si no entendiera qué se esperaba de él. Pero después la estrechó entre las suyas sintiendo su cálida firmeza.

-¿Pero por qué, Daneel? Eres bienvenido aquí en cualquier momento, pero... ¿ Cuál es esa situación tan delicada de la que has hablado ? ¿ Volvemos a tener problemas ? ¿ Es que la Tierra... ?

-No, compañero Elijah, no es algo que afecte a la Tierra. A primera vista la situación que he calificado de delicada es algo insignificante, y se limita a una disputa entre matemáticos; pero dio la casualidad de que nos encontrábamos a un paso de la Tierra, por decirlo así, y...

-Entonces esa disputa tuvo lugar en una nave espacial.

-Sí, por supuesto. Fue una disputa sin importancia, aunque los humanos implicados en ella parecieron considerarla sorprendentemente grave.

Baley no pudo evitar una sonrisa.

-No me extraña que los seres humanos te resulten sorprendentes. No estamos sometidos a las Tres Leyes, recuérdalo.

-Eso es una deficiencia, por supuesto -observó gravemente R. Daneel-, y creo que en ocasiones los seres humanos son capaces de sorprender incluso a los mismos seres humanos. Puede que usted se sorprenda menos que los espaciales debido a que en la Tierra hay muchos más seres humanos que en los Mundos Exteriores. Si es así, y creo que estoy en lo cierto, podrá ayudarnos. -R. Daneel hizo una pausa, y cuando siguió hablando Baley tuvo la impresión de que lo hacía más deprisa que de costumbre-. A pesar de todo he aprendido algunas de las reglas que rigen el comportamiento humano. Por ejemplo, según los patrones de conducta humanos creo que acabo de comportarme de una forma descortés ya que no le he preguntado por su mujer y su hijo.

-Están bien. El chico está en la escuela, y Jessie se ha metido en la política local. Bueno, ya hemos cumplido con los requisitos de la cortesía... Ahora cuéntame cómo has llegado hasta aquí.

-Como ya le he explicado podría decirse que estábamos a un paso de la Tierra -dijo R. Daneel-, y sugerí al capitán de la nave que consultáramos con usted.

-¿ y el capitán aceptó? Baley tuvo una súbita visión del altivo capitán de una nave espacial de los Mundos Exteriores dando su permiso para posarse nada menos que en la Tierra..., jpara consultar con un terrestre!

-Creo que se hallaba en una situación tan complicada que habría aceptado cualquier sugerencia -dijo R. Daneel-. Además yo le hablé de usted y le alabé considerablemente, aunque estoy seguro de haber dicho sólo la verdad. Acabé aceptando encargarme de las negociaciones para que ningún pasajero o miembro de la tripulación se viera obligado a tener el más mínimo contacto con ninguna de las ciudades terrestres.

-Y para que no tuviera que hablar con ningún terrestre, naturalmente... ¿Pero qué ocurrió exactamente?

-Entre el pasaje de la nave espacial Eta Carina había dos matemáticos que iban a Aurora para asistir a una conferencia interestelar de neurobiofísica. La disputa tuvo lugar entre esos dos matemáticos..., Alfred Barr Humboldt y Gennao Sabbat. ¿Ha oído hablar de uno de ellos o de los dos, compañero Elijah?

-No, no he oído hablar de ninguno de los dos -replicó Baley-. No sé nada de matemáticas. Daneel, supongo que no le habrás dicho a nadie que soy un entusiasta de las matemáticas o...

-Desde luego que no, compañero Elijah. Ya sé que nunca le han interesado, pero eso no importa porque la naturaleza exacta de las matemáticas implicadas no tiene ninguna relevancia para el asunto.

-Bueno, entonces adelante.

-Dado que no conoce a ninguno de los dos matemáticos, compañero Elijah, permítame decirle que el doctor Humboldt ya ha entrado en su década número veintisiete de existencia... Disculpe, ¿decía algo?

-Nada, nada -murmuró Baley con irritación. Se había limitado a lanzar una exclamación ahogada en una reacción natural a ese nuevo recordatorio de la vida prolongadísima que era habitual entre los habitantes de los Mundos Exteriores-. ¿ y todavía sigue ac- tivo a pesar de su edad ? En la Tierra un matemático de más de treinta años ya no suele...

-La opinión unánime es que el doctor Humboldt es uno de los tres matemáticos más eminentes de la Galaxia -dijo Daneel con su voz impasible de costumbre-, y sigue en activo, naturalmente. En cuanto al doctor Sabbat es muy joven y aún no ha cumplido cincuenta años, pero ya ha conseguido una gran reputación como el talento más notable de las más oscuras ramas de las matemáticas.

-Así que los dos son grandes matemáticos, ¿eh? -dijo Baley. Se acordó de su pipa y la recogió, pero decidió que ya no valía la pena volver a encenderla y vació la cazoleta-. ¿Qué ocurrió? ¿Se ha cometido un asesinato? ¿ Uno de ellos ha matado al otro o qué?

-Uno de esos dos hombres de gran reputación está intentando destruir la del otro. Según los valores humanos, creo que puede considerarse que eso es algo peor que el asesinato físico.

-Sí, supongo que a veces puede considerarse que lo es... Así que uno de ellos está intentando destruir la reputación del otro, ¿ eh ? ¿ Por qué ?

-El porqué... Ése es el punto crucial, compañero Elijah: el porqué.

-Continúa.

-El doctor Humboldt ha expuesto su versión de los hechos con mucha claridad. Dice que antes de subir a bordo tuvo un destello de inspiración e imaginó un nuevo método de analizar los canales neurales a través de los cambios producidos en los esquemas de absorción de las microondas en las zonas corticales locales. Su inspiración acabó dando como resultado una técnica puramente matemática de extraordinaria sutileza, pero naturalmente no puedo comprender los detalles y me resulta imposible transmitirlos de forma comprensible; y de todas formas los detalles no son importantes. El doctor Humboldt siguió pensando en su idea, ya cada hora que pasaba estaba más convencido de tener entre manos algo realmente revolucionario que convertiría en insignificantes sus logros anteriores en el terreno de las matemáticas..., y entonces se enteró de que el doctor Sabbat también estaba a bordo.

-Ah... ¿ y trató de ponerse en contacto con él?

-Exactamente. Los dos habían coincidido en reuniones de carácter profesional con anterioridad, y cada uno de ellos conocía la gran reputación del otro. Humboldt fue a ver a Sabbat y le expuso su idea con gran detalle. Sabbat estudió el análisis de Humboldt, y se mostró muy generoso en sus alabanzas sobre la importancia del descubrimiento y su ingeniosa elaboración matemática. Sus palabras alentaron y tranquilizaron a Humboldt, y éste preparó un informe en el que describía de forma resumida las líneas generales de su trabajo, y dos días más tarde hizo que fuera enviado por onda subetérica a Aurora y al presidente adjunto de la conferencia para que éste pudiera dejar establecida de forma oficial su prioridad y hacer los arreglos necesarios a fin de que pudiera ser discutido antes de que terminaran las sesiones... y para sorpresa suya se enteró de que Sabbat había redactado un informe prácticamente idéntico al de Humboldt que había presentado como suyo, y que se preparaba para enviarlo a Aurora mediante la onda subetérica.

-Supongo que Humboldt se pondría furioso.

-jMuchísimo!

-¿ Y Sabbat? ¿Cuál es su historia?

-Exactamente la misma que la del doctor Humboldt palabra por palabra.

-Bien, entonces... ¿Cuál es el problema?

-Que los dos informes son tan idénticos como un objeto y su imagen en un espejo salvo por el cambio de nombres. Según Sabbat fue él quien tuvo la idea y quien consultó a Humboldt; según Humboldt fue Sabbat quien estuvo de acuerdo con su análisis y lo alabó.

-Así que cada uno afirma que la idea es suya y que el otro se la robó, ¿eh? Bueno, no me parece que haya ningún problema... En asuntos de la erudición siempre he creído que basta con exhibir las grabaciones del proceso de investigación debidamente fechadas y autentificadas. El juicio de prioridad puede establecerse a partir de esos datos. Aunque uno de los dos presentara una falsificación podría averiguarse mediante las contradicciones internas.

-En circunstancias normales tendría razón al afirmar que no habría ningún problema, compañero Elijah, pero hablamos de matemáticas y no de una ciencia experimental. El doctor Humboldt afirma haber elaborado mentalmente los puntos esenciales, y dice que no puso nada por escrito hasta que inició la redacción del informe..., y el doctor Sabbat dice exactamente lo mismo, por supuesto.

-Bien, entonces hay que ser un poco más drástico y usar otro método de comprobación. Somételes a un sondeo psíquico y averiguarás cuál de los dos está mintiendo.

R. Daneel negó lentamente con la cabeza.

-No comprende cómo son esos hombres, compañero Elijah. Pertenecen a la intelectualidad, y son miembros de la Academia de Ciencias. Eso impide que puedan ser juzgados por su conducta profesional salvo por un jurado de sus colegas profesionales..., a menos que decidan renunciar a ese derecho, naturalmente.

-Lo que dicho en otras palabras significa que e] culpable no renunciará a ese derecho porque no puede permitirse el lujo de enfrentarse a un sondeo psíquico, y que e] inocente renunciará enseguida. Ni siquiera tendrías que llevar a cabo e] sondeo, Daneel.

-Las cosas no funcionan de esa manera, compañero Elijah. Renunciar a ese derecho en este caso equivale a aceptar una investigación llevada a cabo por profanos en la materia, y eso supondría aceptar un golpe muy serio a su prestigio profesional y correr el riesgo de que éste no se recuperara nunca. Los dos se niegan a renunciar a su derecho a un juicio especial. Es un asunto de orgullo profesional, y el problema de la culpabilidad o la inocencia se ha vuelto completamente secundario para ellos.

-En ese caso olvídalo todo hasta que lleguéis a Aurora. En la conferencia de neurobiofísica habrá un gran número de colegas profesionales suyos, y entonces...

-Eso significaría asestar un tremendo golpe a la ciencia, compañero Elijah. Ambos sufrirían las consecuencias de haber sido los instrumentos de un gran escándalo, e incluso el inocente sería culpado por haberse visto involucrado en tan desagradable situación. El problema debería ser resuelto de la forma más discreta posible.

-De acuerdo. No he nacido en los Mundos Exteriores, pero intentaré imaginar que esa actitud tiene sentido. ¿ Qué es lo que dicen los dos matemáticos en cuestión?
-Humboldt está totalmente de acuerdo. Dice que si Sabbat admite haberle robado la idea y permite que él transmita el informe o deja que lo presente en la conferencia no presentará ninguna acusación. El delito de Sabbat será un secreto sólo conocido por él..., y naturalmente por el capitán, que es el único ser humano implicado en la disputa aparte de los dos matemáticos.

-Pero supongo que el joven Sabbat no acepta esa solución, ¿verdad?

-Al contrario, está de acuerdo con el doctor Humboldt hasta en el último detalle..., sólo que invirtiendo los nombres. De nuevo la imagen en el espejo, compañero Elijah.

-Así que la cosa está en tablas y cada uno sigue sentado esperando que el otro dé su brazo a torcer, ¿no?

-Creo que cada uno de ellos está esperando a que el otro haga un movimiento y admita su culpabilidad, compañero Elijah.

-Bueno, entonces esperemos.

-El capitán ha decidido que eso es imposible. Existen otras dos alternativas al esperar. La primera es que los dos sigan firmes en su actitud hasta que la nave espacial se pose en Aurora y se produzca el escándalo intelectual. El capitán es responsable de la administraciÓn de justicia a bordo de la nave y caerá en desgracia por no haber sido capaz de arreglar discretamente el asunto, y la alternativa le parece evidentemente inadmisible.

-¿ y la segunda alternativa?

-Es que uno de los dos matemáticos acabe admitiendo que ha obrado mal. Pero el que por fin confiese, ¿lo hará realmente abrumado por su culpabilidad o sólo por el noble deseo de evitar el escándalo? ¿Es correcto privar de la fama a una persona lo suficientemente ética para preferir perder esa fama antes que ver perjudicada a toda la disciplina científica a la que ha consagrado sus esfuerzos ? O, por el contrario, ¿confesará la parte culpable en el último momento, de modo que haga parecer que actúa de esa forma por el bien de la ciencia escapando así al deshonor y arrojando la sombra de la duda sobre el otro? El capitán será la única persona que llegue a saberlo, pero no desea pasar el resto de su existencia preguntándose qué papel jugó en un terrible fracaso de la justicia.

-Un jueguecito intelectual, ¿eh? ¿Quién se desmoronará primero mientras Aurora se va acercando un poco más a cada momento que pasa? ¿Es ésa toda la historia, Daneel?

-Todavía no. Existen testigos.

-jCielo santo! ¿Por qué no lo dijiste enseguida? ¿Qué testigos?

-El sirviente personal del doctor Humboldt...

-Un robot, supongo.

-Sí, por supuesto. Se llama R. Preston. El sirviente estuvo presente durante la primera entrevista, y ha confirmado lo dicho por el doctor Humboldt hasta el último detalle.

-Lo cual quiere decir que la idea se le ocurrió al doctor Humboldt; que el doctor Humboldt se la explicó al doctor Sabbat; que el doctor Sabbat alabó la idea y todo lo demás, ¿no?

-Sí, en todos sus detalles.

-Entiendo. ¿ y resuelve eso el problema o no? Es de suponer que no, ¿verdad?

-Tiene toda la razón, compañero Elijah. No resuelve el problema porque existe un segundo testigo. El doctor Sabbat también tiene un sirviente personal, R. Idda, otro robot del mismo modelo que R. Preston que creo fue construido el mismo año en la misma fábrica; y ambos han permanecido en servicio el mismo período de tiempo.

-Una coincidencia curiosa..., muy curiosa.

-Un hecho que me temo hace muy difícil llegar a ningún juicio basado en obvias diferencias entre ambos sirvientes.

-Así que R. Preston cuenta la misma historia que R. Idda, ¿eh?

-Exactamente la misma, salvo por el detalle de la imagen en el espejo de los nombres.

-Así pues R. Idda afirma que el joven Sabbat, que aún no tiene cincuenta años... -Lije Baley no pudo evitar del todo que en su voz hubiera un matiz sardónico, ya que él aún no había cumplido los cincuenta años y no se sentía precisamente joven-, tuvo la idea primero; que se la expuso al doctor Humboldt el cual la alabó entusiásticamente y todo lo demás, ¿no?

-Sí, compañero Elijah.

-Entonces uno de los dos robots está mintiendo.

-Así parece.

-Debería resultar sencillo averiguar cuál. Supongo que incluso un examen superficial llevado a cabo por un buen roboticista...

-En este caso no basta con un roboticista, compañero Elijah. Sólo un robopsicólogo cualificado posee la experiencia y la autoridad suficientes para tomar una decisión en un caso de tanta importancia, y no hay ninguno lo bastante cualificado a bordo de la nave. Un examen de tales características sólo podrá realizarse cuando hayamos llegado a Aurora...

-Y por aquel entonces ya será demasiado tarde. Bien, ahora estás en la Tierra, ¿ no ? Estoy seguro de que podremos encontrar algún robopsicólogo lo suficientemente cualificado, y también estoy casi seguro de que nada de cuanto ocurra en la Tierra llegará a saberse en Aurora y de que no habrá ningún escándalo.

-El problema estriba en que ni el doctor Humboldt ni el doctor Sabbat están dispuestos a permitir que sus sirvientes sean examinados por un robopsicólogo de la Tierra. El terrestre tendría que...

Hizo una pausa.

-Tendría que tocar al robot -dijo Baley con voz impasible.

-Son robots que llevan mucho tiempo a su servicio, y...

-No pueden ser contaminados por el roce de un terrestre, ¿no? ¿Entonces qué es lo que quieres que haga, maldita sea? -Baley guardó silencio durante unos momentos y torció el gesto-. Lo siento, Daneel, pero no veo razón alguna por la que puedas querer implicarme en este asunto.

-Yo me encontraba a bordo de la nave por una misión que no tiene nada que ver con el problema que nos ocupa ahora -dijo el robot-. El capitán se dirigió a mí porque necesitaba dirigirse a alguien. Debí de parecerle lo suficientemente humano como para poderme hablar de ello, y lo suficientemente robótico como para ser un receptor seguro de sus confidencias. Me contó toda la historia y me preguntó qué haría si estuviese en su lugar. Comprendí que nos encontrábamos lo bastante cerca de la Tierra para poder hacer una breve escala en ella, y le dije al capitán que aunque el problema de la imagen en un espejo me tenía tan confuso como a él había alguien en la Tierra que podía ayudarle a resolverlo.

-jCielo santo! -murmuró Baley.

-Compañero Elijah, piense que si consiguiera resolver este problema tanto su carrera como la Tierra saldrían considerablemente beneficiadas. El asunto no podría ser divulgado, por supuesto, pero el capitán es un hombre con ciertas influencias en su mundo natal y sabría mostrarse agradecido.

-Estás depositando un gran peso sobre mis hombros, Daneel.

-Estoy totalmente seguro de que ya tiene alguna idea respecto a lo que hay que hacer -dijo R. Daneel con voz impasible.

-¿De veras? Supongo que el paso más obvio es interrogar a los matemáticos..., uno de los cuales parece que es también un ladrón.

-Me temo que ninguno de los dos querrá venir a la Ciudad, compañero Elijah..., y tampoco querrán que vaya a verles.

-Y no hay forma de obligar a un espacial a que se ponga en contacto con ningún terrestre sea cual sea la emergencia. Sí, Daneel, lo comprendo..., pero yo estaba pensando en una entrevista mediante un circuito cerrado de televisión.

-Tampoco es posible. No se dejarán interrogar por un terrestre.

-¿Entonces qué es lo que quieren de mí? ¿Puedo hablar con los robots?

-No permitirán que los robots vengan aquí.

-Cielo santo, Danee1... jTú has venido!

-Fue decisión mía. Mientras me encuentre a bordo de una nave espacial me está permitido tomar decisiones de esa índole sin que ningún ser humano aparte del capitán pueda ponerme impedimento alguno..., y el capitán se mostró muy deseoso de que estableciera contacto con usted. Le conozco lo suficientemente bien como para decidir que el contacto por televisión era insuficiente, compañero Elijah, y además deseaba estrechar su mano.

Lije Baley se ablandó un poco.

-Aprecio lo que acabas de decir, Daneel, pero si quieres que te sea sincero sigo deseando que no hubieras pensado en mí para resolver este caso. ¿ Puedo hablar con esos robots mediante el circuito cerrado de televisión ?

-Supongo que sería factible.

-Bueno, algo es algo. Significa que tendré que hacer el trabajo de un robopsicólogo..., de la peor manera posible.

-Pero usted es detective, no robopsicólogo.

-Dejemos eso a un lado de momento y pensemos un poco antes de interrogar a los robots. ¿Es posible que ambos robots estén di ciendo la verdad, Daneel? Puede que la conversación que mantuvieron los dos matemáticos fuese un tanto equívoca. Quizá se desarrolló de forma que cada robot está sinceramente convencido de que su dueño es el propietario original de la idea..., o quizá un robot sólo oyó una parte de la conversación y el otro otra parte, y cada uno pudo suponer que la idea había surgido de su dueño.

-Eso es completamente imposible, compañero Elijah. Ambos robots repiten la conversación de forma idéntica, y las dos repeticiones son básicamente completas.

-¿ Entonces no cabe ninguna duda de que uno de los dos robots está mintiendo ?

-Ninguna. -¿ Podré ver la transcripción de todas las evidencias obtenidas hasta el momento..., en presencia del capitán si llegara a resultar necesario?

-Pensé que podría pedírmelo, y he traído copias conmigo.

-Estupendo. ¿ Sabes si se confrontó a un robot con el otro, y en caso de que se hiciera si existe una transcripción del resultado ?

-Los robots se limitaron a repetir sus declaraciones iniciales. La confrontación habría tenido que ser supervisada por un robopsicólogo.

-¿O por mí?

-Usted es detective, compañero Elijah, no...

-De acuerdo, Daneel, de acuerdo... Intentaré guiarme por la psicología de los espaciales. Un detective puede hacerlo precisamente porque no es un robopsicólogo, ¿entiendes? Bien, sigamos pensando... En circunstancias normales un robot no mentirá, pero lo hará si es necesario para no infringir las Tres Leyes. Puede mentir para proteger su propia existencia de acuerdo con la Tercera Ley, y su capacidad para mentir aumenta considerablemente cuando lo hace siguiendo una orden dada por un ser humano en concordancia con la Segunda Ley; y esa capacidad de mentir aumenta todavía más si el objetivo de la mentira es salvar una vida humana o impedir que un ser humano sufra daños porque en ese caso está obedeciendo la Primera Ley.

-Cierto.

-Y en este caso cada robot podría estar defendiendo la reputación profesional de su dueño, y podría llegar a mentir si lo considerase necesario. Bajo estas circunstancias la reputación profesional puede ser algo equivalente a la vida, lo que equivaldría a una compulsión a mentir originada en la Primera Ley.

-Pero con esa mentira cada sirviente estaría dañando la reputación profesional del otro matemático, compañero Elijah.

-Así es, pero cada robot puede tener una concepción muy clara de lo que vale la reputación de su dueño y juzgar honestamente que es superior a la del otro matemático; y en tal caso supondría que su mentira produciría un daño menor que decir la verdad.

Lije Baley permaneció inmóvil y en silencio durante unos momentos después de haber pronunciado aquellas palabras.

-Bien -dijo por fin-, ¿podrías arreglar que pueda hablar un rato con cada robot? Creo que empezaré por R. Idda.

-¿El robot del doctor Sabbat?

-Sí -dijo secamente Baley-, el robot del jovencito.

-Necesitaré unos minutos -dijo R. Daneel-. He traído conmigo un micro-receptor conectado a un proyector. Sólo preciso una pared lisa, y creo que ésa servirá si me permite retirar el montón de cintas que hay delante de ella.

-Por supuesto. ¿ He de hablar por un micrófono o algo parecido?

-No, nada de eso. y ahora le ruego que me disculpe, compañero Elijah, pero he de ponerme en contacto con la nave y concertar la entrevista con R. Idda.

-Si vas a tardar un rato en conseguirlo, ¿por qué no me das la transcripción para que le vaya echando una ojeada mientras ?
Lije Baley encendió su pipa mientras R. Daneel preparaba el equipo, y hojeó el fajo de papeles que le había entregado el robot.
Pasaron diez minutos.

-Compañero Elijah, si está preparado R. Idda también lo está -dijo R. Daneel-. ¿O quizá prefiere dedicar unos minutos más al examen de la transcripción?

-No -dijo Baley, y suspiró-. No he averiguado nada nuevo aparte de lo que ya me has contado. Establece la conexión, y asegúrate de que la entrevista quede grabada y sea transcrita.


La proyección bidimensional que apareció sobre la pared hacía que R. Idda cobrara un aspecto un poco irreal. El robot era básicamente metálico, y tenía muy poco que ver con la criatura humanoide que era R. Daneel. Su cuerpo era alto pero robusto, y salvo algunos pequeños detalles estructurales había muy poco que lo distinguiera de los muchos robots que Baley había visto antes.

-Buenos días, R. Idda -dijo Baley.

-Buenos días, amo -replicó R. Idda con una voz grave que so-naba sorprendentemente humana.

-Eres el sirviente personal de Gennao Sabbat, ¿verdad?

-Así es, amo.

-¿Desde hace cuánto tiempo, muchacho?

-Desde hace veintidós años, amo.

-¿ y la reputación de tu dueño es muy valiosa para ti?

-Sí, amo.

-¿Considerarías muy importante proteger esa reputación?

-Sí, amo.

-¿Crees que proteger su reputación es tan importante como proteger su vida?

-No, amo.

-¿Crees que proteger su reputación es tan importante como proteger la reputación de otro ser humano ?

R. Idda vaciló unos momentos antes de responder.

-En situaciones semejantes hay que tomar una decisión basándose en el mérito de cada individuo, amo -dijo por fin-. No hay ninguna forma de establecer una regla general.

Baley sufrió un momento de duda. Aquellos robots espaciales hablaban de forma mucho más educada e inteligente que los modelos terrestres y Baley no estaba totalmente seguro de poder ser más listo que ellos.

-Si decidieras que la reputación de tu dueño es más importante que la de otro ser humano..., digamos que la de Alfred Barr Humboldt... ¿Mentirías para proteger la reputación de tu dueño? -preguntó por fin.

-Sí, amo, lo haría.

-¿Mentiste cuando prestaste testimonio relativo a la conducta de tu dueño en su controversia con el doctor Humboldt?

-No, amo.

-Pero si lo hiciste negarías que habías mentido a fin de que la mentira anterior no fuese descubierta, ¿verdad?

-Sí, amo.

-Bien -dijo Baley-, pasemos a otro asunto... Tu dueño es un joven matemático de gran reputación, pero es joven. Si hubiera sucumbido a la tentación y hubiera faltado a la ética en su controversia con el doctor Humboldt su reputación sufriría un cierto eclipse, desde luego, pero es joven y tendría mucho tiempo para recuperarse del golpe. Aún le quedarían muchos triunfos intelectuales por delante, y su intento de cometer un plagio acabaría siendo considerado como el típico error de un joven impulsivo y atolondrado. Sería algo que no afectaría demasiado a su futuro. En cambio si fuese el doctor Humboldt quien había sucumbido a la tentación el asunto resultaría mucho más serio. El doctor Humboldt es un anciano cuyo historial de grandes logros intelectuales abarca siglos, y hasta ahora su reputación había sido total- mente intachable..., pero todo eso quedaría olvidado a causa de este único crimen cometido en los últimos años de su existencia, y no tendría ni la más mínima oportunidad de recuperarse en el relativamente poco tiempo de vida que le queda. Habría muy pocas cosas que pudiera hacer. En el caso del doctor Humboldt eso representaría mucho más trabajo arruinado que en el de tu amo y, por lo tanto, muchas menos oportunidades de recobrar su posición anterior. Supongo que comprendes que de los dos es el doctor Humboldt quien se enfrenta a la peor situación, y que por lo tanto merece ser tratado con mayor consideración.

Hubo un silencio bastante prolongado.

-Mentí al prestar testimonio -dijo por fin R. Idda-. El trabajo pertenecía al doctor Humboldt, y mi dueño obró mal al intentar atribuirse el mérito que le correspondía a éste.

-Muy bien, muchacho -dijo Baley-. Te ordeno que no digas nada de todo esto a nadie hasta haber recibido permiso del capitán de la nave para hacerlo. Puedes irte.

La pantalla quedó vacía, y Baley dio una chupada a su pipa.

-¿ Crees que el capitán habrá oído eso, Daneel ?

-Estoy seguro de ello. Aparte de nosotros es el único que tiene acceso a la conexión.

-Bien... y ahora ocupémonos del otro.

-Pero ya no es necesario, compañero Elijah. Dado lo que R. Idda acaba de confesar...

-Por supuesto que es necesario. La confesión de R. Idda no aclara nada.

-¿Nada?

-Nada en absoluto. Yo le hice ver que el doctor Humboldt se encontraba en una situación peor que la de su dueño. Naturalmente si mentía para proteger a Sabbat eso le impulsaría a decir la verdad, como de hecho afirmó estar haciendo, pero si estaba diciendo la verdad antes también le impulsaría a mentir para proteger al doctor Humboldt. Volvemos a estar ante la imagen en el espejo, y no hemos conseguido nada.

-Pero... ¿Qué vamos a conseguir interrogando a R. Preston?

-Si la imagen en el espejo fuera perfecta nada..., pero no lo es. Después de todo uno de los robots dice la verdad y otro está mintiendo, y eso crea un punto de asimetría. Veamos a R. Preston. Ah, si está lista dame la transcripción del examen de R. Idda.
El proyector volvió a entrar en funcionamiento. R. Preston le devolvió la mirada a Baley desde la pantalla. Era idéntico a R. Idda en todos los detalles salvo por algunos adornos en el pecho.

-Buenos días, R. Preston -dijo Baley manteniendo la transcripción del examen de R. Idda delante de él mientras hablaba.

-Buenos días, amo -dijo R. Preston. Su voz era idéntica a la de R. Idda.

-Eres el sirviente personal de Alfred Barr Humboldt, ¿verdad?

-Lo soy, amo.

-¿Desde hace cuánto tiempo, muchacho?

-Desde hace veintidós años, amo.

-¿ y la reputación de tu dueño es valiosa para ti?

-Sí, amo.

-¿Consideras importante el proteger esa reputación?

-Sí, amo.

-¿ Crees que proteger su reputación es tan importante como proteger su vida?

-No, amo.

-¿Crees que proteger su reputación es tan importante como proteger la reputación de otro ser humano ?

R. Preston vaciló.

-En situaciones semejantes hay que tomar una decisión basándose en el mérito de cada individuo, amo -dijo por fin-. No hay ninguna forma de establecer una regla general.

-Si decidieras que la reputación de tu dueño es más importante qpe la de otro ser humano..., digamos que la de Gennao Sabbat... ¿Mentirías para proteger la reputación de tu dueño? -preguntó Baley.

-Sí, amo, lo haría.

-¿Mentiste cuando prestaste testimonio relativo a la conducta de tu dueño en su controversia con el doctor Sabbat?

-No, amo.

-Pero si lo hiciste negarías que habías mentido a fin de que la mentira anterior no fuese descubierta, ¿verdad?

-Sí, amo.

-Bien -dijo Baley-, entonces consideremos esto... Tu dueño, Alfred Barr Humboldt, es un anciano que goza de una gran reputación como matemático pero ya es muy viejo. Si hubiera sucumbido a la tentación y hubiera faltado a la ética en su controversia con el doctor Sabbat sufriría un cierto eclipse en su reputación, pero su gran edad y los siglos de grandes logros estarían a su favor y lo superaría. Su intento de cometer un plagio acabaría siendo considerado como el error de un hombre viejo y quizá enfermo que no había sabido obrar juiciosamente.
En cambio, si fuera el doctor Sabbat quien hubiera sucumbido a la tentación el asunto sería mucho más serio. El doctor Sabbat es un hombre joven cuya reputación está mucho menos afianzada. En circunstancias normales tendría ante él varios siglos en los que podría acumular conocimientos y hacer grandes cosas, pero todo eso le resultaría imposible a causa de ese error de juventud. El futuro que puede perder es mucho más largo que el de tu dueño. Supongo que comprendes que de los dos es Sabbat quien se encuentra en peor situación, y que por lo tanto merece una consideración más grande.

Hubo un silencio muy prolongado.

-Mentí al prestar tes... -empezó a decir R. Preston con voz átona.

El robot no completó la frase y no dijo nada más.

-Sigue hablando, R. Preston -dijo Baley.

No obtuvo respuesta.

-Me temo que el cerebro positrónico de R. Preston ha quedado en extasis, compañero Elijah -dijo Daneel-. Está inutilizado.

-Bien, en tal caso por fin hemos conseguido producir una asimetría -dijo Baley-. Partiendo de ahí podremos averiguar quién es el culpable.

-¿Cómo, compañero Elijah?

-Piensa en ello. Supón que eres la persona que no ha cometido el crimen y que tu robot puede atestiguarlo. En tal caso no necesitarás hacer nada, ¿verdad? Tu robot dirá la verdad y tú quedarás al margen, pero si eres la persona que ha cometido el crimen tendrás que depender de tu robot para que te salve con una mentira. Tu situación puede llegar a ser bastante peligrosa porque aunque el robot es capaz de mentir si es necesario siempre estará más inclinado a decir la verdad que a mentir, y la mentira será menos firme e inatacable que la verdad. Para evitar tal eventualidad lo más probable es que quien haya cometido el crimen tenga que ordenar a su robot que mienta de forma que la Primera Ley quede reforzada por la Segunda Ley ..., quizá muy considerablemente.

-Eso parece razonable -dijo R. Daneel. -Supón que tenemos dos robots, uno en cada situación. Un robot cambiaría de la verdad no reforzada a la mentira y podría hacerlo después de una cierta vacilación sin sufrir ninguna avería grave. El otro robot debería cambiar de la mentira fuertemente reforzada a la verdad, pero correría el riesgo de quemar varios canales positrónicos de su cerebro y acabar en extasis.

-Y puesto que eso es lo que le acaba de suceder a R. Preston... -El doctor Humboldt es el culpable de plagio. Si transmites esto
al capitán de la nave y le dices que hable con el doctor Humboldt confrontándole con esta nueva situación quizá consiga obligarle a confesar. Si es así espero que me lo digas inmediatamente.

-Lo haré, desde luego. ¿Me disculpa, compañero Elijah? Debo hablar con el capitán en privado.

-Por supuesto. Utiliza la sala de conferencias, está protegida contra interferencias.
Baley descubrió que no podía trabajar en nada durante la ausencia de R. Daneel, y permaneció sentado en un inquieto silencio. Muchas cosas dependían de que su análisis fuera correcto, y Baley era agudamente consciente de su falta de experiencia en robótica.
R. Daneel regresó al cabo de media hora..., que fue con mucho la media hora más larga de toda la vida de Baley. Intentar averiguar lo que había ocurrido por la expresión del impasible rostro del robot humanoide era imposible, naturalmente. Baley intentó que su rostro permaneciera igualmente impasible.

-¿Y bien, R. Daneel? -preguntó.

-Todo ha ocurrido tal y como usted dijo que ocurriría, compañero Elijah. El doctor Humboldt ha confesado. Dijo que contaba con que el doctor Sabbat cedería y permitiría que el doctor Humboldt se anotara su último gran triunfo científico. La crisis ha quedado resuelta, y estoy seguro de que el capitán sabrá expresarle adecuadamente su gratitud. Me ha dado permiso para decirle que admira enormemente la sutil agudeza de sus razonamientos, y creo que yo mismo estaré mejor considerado a partir de ahora por haberle sugerido que consultara con usted.

-Bien -dijo Baley. Descubrir que había acertado hizo que Baley fuera repentinamente consciente de que le temblaban las rodillas y de que tenía la frente cubierta de sudor-. Pero Daneel, por todos los cielos... No vuelvas a ponerme nunca en un compromiso semejante, ¿de acuerdo?

-Intentaré no hacerlo, compañero Elijah. Todo dependerá de la importancia de la crisis o de lo cerca que esté usted, o de cierto número de factores. Pero tengo una pregunta que hacerle...

-¿Sí?

-¿Acaso no era posible suponer que el paso de una mentira a la verdad podía resultar fácil mientras que el paso de la verdad a una mentira podía resultar difícil ? y en ese caso, ¿ no era posible que el robot hubiera quedado afectado por el paso de la verdad a una mentira, y puesto que R. Preston estaba claramente afectado no se podía haber llegado a la conclusión de que el doctor Humboldt era inocente y el doctor Sabbat culpable?

-Sí, Daneel. Ese argumento era posible, pero fue el otro argumento el que resultó ser cierto. Humboldt confesó, ¿verdad?

-Sí, lo hizo. Pero dado que se trataba de una argumentación posible en ambas direcciones, compañero Elijah... ¿Cómo consiguió captar con tanta rapidez cuál era la correcta?

Baley frunció los labios durante un momento, y acabó relajándolos y dejando que se curvaran en una sonrisa.

Intentar averiguar lo que había ocurrido por la expresión del impasible rostro del robot humanoide era imposible, naturalmente. Baley intentó que su rostro permaneciera igualmente impasible.
-¿y bien, R. Daneel? -preguntó. -Todo ha ocurrido tal y como usted dijo que ocurriría, com- pañero Elijah. El doctor Humboldt ha confesado. Dijo que con- taba con que el doctor Sabbat cedería y permitiría que el doctor Humboldt se anotara su último gran triunfo científico. La crisis ha quedado resuelta, y estoy seguro de que el capitán sabrá expresarle adecuadamente su gratitud. Me ha dado permiso para decirle que admira enormemente la sutil agudeza de sus razonamientos, y creo que yo mismo estaré mejor considerado a partir de ahora por ha- berle sugerido que consultara con usted.
-Bien -dijo Baley. Descubrir que había acertado hizo que Baley fuera repentinamente consciente de que le temblaban las rodillas y de que tenía la frente cubierta de sudor-. Pero Daneel, por todos los cielos... No vuelvas a ponerme nunca en un compromiso se- mejante, ¿de acuerdo?
-Intentaré no hacerlo, compañero Elijah. Todo dependerá de la importancia de la crisis o de lo cerca que esté usted, o de cierto número de factores. Pero tengo una pregunta que hacerle...
-¿Sí?
-¿Acaso no era posible suponer que el paso de una mentira a la verdad podía resultar fácil mientras que el paso de la verdad a una mentira podía resultar difícil ? y en ese caso, ¿ no era posible que el robot hubiera quedado afectado por el paso de la verdad a una mentira, y puesto que R. Preston estaba claramente afectado no se podía haber llegado a la conclusión de que el doctor Humboldt era inocente y el doctor Sabbat culpable?
-Sí, Daneel. Ese argumento era posible, pero fue el otro argu- mento el que resultó ser cierto. Humboldt confesó, ¿verdad?
-Sí, lo hizo. Pero dado que se trataba de una argumentación posible en ambas direcciones, compañero Elijah... ¿Cómo consi- guió captar con tanta rapidez cuál era la correcta?
Baley frunció los labios durante un momento, y acabó relaján- dolos y dejando que se curvaran en una sonrisa.
-Porque tuve en cuenta las reacciones humanas y no las robó- ticas, Daneel. Sé bastante más sobre los seres humanos que sobre los robots, no lo olvides... En otras palabras, tenía cierta idea SO-

-Porque tuve en cuenta las reacciones humanas y no las robóticas, Daneel. Sé bastante más sobre los seres humanos que sobre los robots, no lo olvides... En otras palabras, tenía cierta idea sobre cuál de los matemáticos era culpable incluso antes de interrogar a los robots. En cuanto hube provocado una respuesta asimétrica en ellos me bastó con interpretarla de forma que la culpabilidad recayera sobre quien yo creía que era el culpable. La respuesta robótica fue lo suficientemente espectacular para hacer que el culpable se desmoronase, pero es probable que mi análisis del comportamiento humano no hubiese bastado para provocar esa reacción.

-Siento curiosidad por saber cuál fue su análisis del comportamiento humano.

-¡Cielo santo, Daneel! Piensa un poco y no tendrás que hacer tantas preguntas... Aparte del asunto del verdadero y falso existe otro punto de asimetría en toda esta historia de la imagen en un espejo. Es la edad de los dos matemáticos: uno es muy viejo, y el otro es muy joven.

-Sí, naturalmente. ¿ Pero qué significa eso ?

-Examinemos el asunto. Puedo imaginarme a un hombre joven que se siente arrebatado por una idea repentina, sorprendente y revolucionaria y que decide exponérsela a un anciano al que ha considerado como un semidiós desde sus días de estudiante. No consigo imaginarme a un anciano cargado de honores y acostumbrado a los triunfos que se siente arrebatado por una idea repentina, sorprendente y revolucionaria consultando a un hombre siglos más joven que él a quien seguramente considerará como un mequetrefe..., o el término que utilicéis los espaciales. Aparte de eso si un joven tuviera la oportunidad de hacerlo, ¿ crees que intentaría robar la idea a un semidiós al que reverencia? No, me parece impensable. Por otra parte un anciano consciente de que sus dotes intelectuales han empezado a declinar bien podría aferrarse a una última oportunidad de obtener la fama y considerar que un bebé recién llegado a esa ciencia no tiene los mismos derechos que él. En pocas palabras, que Sabbat le robara la idea al doctor Humboldt no era concebible y el doctor Humboldt era culpable desde ambos ángulos.

R. Daneel pensó en lo que acababa de oír durante unos momentos y acabó ofreciendo su mano a Baley.

-Debo marcharme, compañero Elijah -dijo-. Me ha alegrado mucho verle. Espero que volvamos a encontrarnos pronto.

Baley estrechó con fuerza la mano del robot.

-Si no te importa, Daneel, espero que ese encuentro tarde un poco en llegar...


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